Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.
Thank you iambeagle for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.
Capítulo 9
Conforme avanza la noche, Edward y yo mantenemos la mirada el uno en el otro.
No volvemos a platicar. En realidad, no. Pero yo voy y vengo, pidiéndole bebidas, compartiendo sonrisas secretas y miradas intencionales.
—¿Viste quién está aquí? —pregunta Rose en cierto momento.
—Sí, me sorprendió un poco —respondo, mirando a Edward al otro lado de la carpa.
—¿Por qué? Ella siempre aparece en eventos como este y coquetea con cada soltero disponible y no disponible. Es triste.
Sigo la mirada de Rose y comprendo que está hablando de Tanya. Me recupero rápidamente, asintiendo con ella.
—Cierto. Sí. Es triste.
Ambas miramos a Tanya avanzar hacia James para susurrarle algo al oído. Se ríen. Él le susurra algo en respuesta. Luego su mirada se mueve hacia mí antes de alejarse de ella.
Rose bufa.
—No te preocupes. Él solo tiene ojos para ti.
—No estoy preocupada —le digo honestamente.
—Además, ¿no salieron ellos por poco tiempo hace como dos años?
—Eso creo.
—Entonces definitivamente no tienes nada de qué preocuparte. —Rose se ríe—. Gracias al Procedimiento, la historia nunca se repite.
—Sí, lo sé —respondo tranquilamente, mirando una vez más a Edward.
La fiesta termina puntualmente a las nueve para asegurarse de que la gente pueda llegar a casa antes del toque de queda, me quedo debajo de la carpa tanto tiempo como me es posible antes de que se vuelva muy obvio que estoy esperando hablar con Edward antes de que se vaya. En realidad, no tengo nada que decirle, solo… quiero despedirme. Pero él está ocupado recogiendo, y otras personas del staff están esperando cerca de él, así que me quedo quieta.
—¿Bella? ¿Qué sigues haciendo aquí afuera? —La voz de mi madre se roba mi atención. Está viendo con total horror como apilo platos para parecer que estoy siendo útil.
—Solo estaba… limpiando un poco.
Se ríe, pero no es con humor. Es condescendiente.
—Para eso está el personal que contratamos.
—Claro. —Dejo los platos.
Renée me mira con demasiada atención.
—Juro que últimamente te comportas de forma muy extraña. Entre esto y…
—Lo siento, señora Swan —dice Carmen, apresurándose a nosotras—. Le pedí ayuda a Bella.
Miro a Edward, que ya no está volteando hacia acá. Tengo la sensación de que Carmen me está cubriendo, pero no sé por qué.
Por la posición de su boca, Renée no está feliz de escuchar eso de Carmen, pero se relaja.
—Ve a prepararte para dormir —me dice—. Carmen, pon sábanas limpias para las chicas. —Nadie se mueve—. Ahora mismo. Por favor.
No planeaba quedarme a pasar la noche en casa de mis padres. Pero ya que tengo que regresar en la mañana para el desayuno de cumpleaños de Emmett, donde Kate y él compartirán su gran anuncio con el resto de la familia, Rose y yo decidimos dormir en mi vieja habitación.
O más bien, mi madre lo decidió por nosotras.
Comienzo por decirle a Renée que está bien, que Rose y yo podemos cambiar las sábanas, pero Carmen asiente.
—Lo haré, señora.
Carmen evita mi mirada cuando se va. Igual Renée. Me trago la sensación de que soy una niña de nuevo, y que he decepcionado inconscientemente a mi madre de alguna forma.
Con una última mirada hacia Edward, que parece estar ensimismado con guardar todo, me dirijo hacia adentro.
Encuentro a Rose en mi vieja habitación, buscando en los cajones algo para dormir.
Siempre le ha encantado mi habitación, y nuestra casa en general. Estaba llena de magia, decía. Más grande que la casa donde ella creció y más lujosa, con techos altos, largos pasillos, y unos cuantos pasajes secretos que eran ideales para el juego de las escondidas. Mi pasaje favorito era uno del que Rose y Emmett siempre se olvidaban, el que comenzaba en la biblioteca, bajaba al sótano, y eventualmente llevaba a la cocina. Me aseguraba la victoria en cada juego que jugábamos.
Nos preparamos para dormir en silencio. Justo antes de apagar la lámpara se escucha un golpe en la puerta y Carmen asoma la cabeza.
—Solo me aseguro de que se mantengan fuera de problemas. —Nos sonríe cálidamente.
—Qué graciosa —digo—. Hasta mañana.
—Duerman bien.
—¿Carmen? —Se detiene por un breve momento—. Gracias.
Ni siquiera estoy segura de por qué le agradezco, pero se siente necesario.
—Siempre —me dice con un guiño antes de cerrar la puerta con un suave golpe.
Apagando la lámpara, me subo el edredón hasta el mentón y dejo que mi mente vaya ahí.
A Edward.
Revivo sus palabras sobre el deseo y la química una y otra vez.
Puedo admitir que hay algo ahí. Una especie de tirón, cierta atracción hacia él. Sería estúpida de negarlo. Incluso más estúpida si hago algo al respecto. No debería arriesgar todo solo porque lo encuentro atractivo.
Aunque no es como que él me esté pidiendo que arriesgue algo. Como dijo ese día en el autobús cuando le dije que no iba a salir con él, no me lo pidió. No me ha pedido nada. Sin embargo, en cierta forma siento que sí lo ha hecho.
Pienso en nuestras respectivas fechas de emparejamiento. La suya está a menos de dos meses. Y la mía en poco menos de cuatro. Puede tardar hasta un año en colocarte con alguien después de unirte al Grupo de Parejas, pero si ambos tenemos suerte, sucederá de inmediato para nosotros.
Supongo que técnicamente podría ser una de las mujeres consideradas para él. No estoy segura de cómo funciona exactamente el proceso, pero no está fuera de posibilidad.
Solo por un momento, me permito imaginarme siendo emparejada con él. Luego alejo el pensamiento tan rápido que se siente como si nunca hubiera estado ahí.
—¿Recuerdas las historias que Carmen nos contaba cuando venía a dormir? —pregunta Rose en voz baja, la oscuridad se cierne sobre nosotras.
—Sí.
Los fugitivos.
Cómo es que renunciaron a todo y arriesgaron sus vidas para vivir fuera de la civilización.
Cómo es que sobrevivieron afuera de la malla y sacrificaron las necesidades diarias como agua potable y electricidad para ser libres.
Cómo es que se hicieron una vida afuera en la naturaleza, más allá de la frontera electrificada.
A veces pienso que Carmen nos contó esas historias como una advertencia.
Pero me pregunto si había algo más ahí.
—¿Crees que es verdad? —pregunta Rose, su voz es apenas más que un susurro.
—No sé —digo con honestidad—. No sé cómo alguien podría vivir así. O por qué querrían hacerlo.
—Yo sí lo creo —admite Rose y mi corazón se acelera. Me pongo de costado para verla de frente, pero ella está acostada de espaldas con la mirada en el techo—. Creo que hay gente allá afuera, en lo salvaje. Y creo que sé por qué arriesgan todo.
—¿Por qué? —pregunto con la piel erizada.
—Porque no tenían otra opción.
XXX
—Te amo.
Labios en mi cuello.
Boca en la mía.
Risas.
Tantas risas que salen burbujeando de mí.
—No puedo creer que seas mía. —Hay asombro en su voz, como si de verdad no pudiera creerlo—. Para siempre —añade.
—Para siempre —digo, y siento la verdad en mis huesos.
XXX
Una débil luz mañanera lucha para abrirse camino a través de las ventanas. Hace frío en la habitación, y me acurruco más debajo del edredón, deseando poder volver a dormir.
Soñé anoche.
No puedo recordar exactamente qué estaba pasando, pero recuerdo la sensación. Las emociones. Había una sensación de felicidad y tanto amor. Ahora mi pecho duele con un vacío inquietante y desesperado, y un profundo anhelo por algo que nunca he tenido.
Mi mente va directo a Edward.
Me quedé dormida pensando en él solo para despertar y tenerlo todavía ahí.
Me pregunto qué está haciendo justo ahora. Tal vez está trabajando en otro empleo al azar, como lo hace. Tal vez está con su mamá, preparándole la sopa del domingo.
Tal vez también está pensando en mí.
Sin embargo, es algo tonto pensar eso. Con un profundo suspiro, saco todos los pensamientos de él de mi cabeza.
Rose ya se levantó, y yo no puedo llegar tarde al desayuno. Bostezo, mi cuerpo se pone rígido cuando me estiro antes de desaparecer en el baño para ponerme presentable. Cuando regreso a la habitación, encuentro un vestido estirado en la cama para mí. Probablemente fue Renée. Lo dejo donde está y encuentro unos jeans viejos y un suéter demasiado grande en el fondo del cajón. Me pongo rápidamente la ropa desgastada, y cuando meto la mano en el bolsillo de los jeans, encuentro un anillo de oro con una solitaria gema de un profundo color rojo. Lo examino de cerca antes de ponérmelo en el dedo anular. Es un poco grande para ser mío. De todas formas, lo vuelvo a guardar en mi bolsillo.
Mis pies están descalzos cuando cruzo el frío piso de madera hacia la ventana. Aparto un poco la cortina. Hoy el día está grisáceo. Las ventanas están congeladas con copos de hielo, y me estremezco.
Mirando de nuevo el vestido que no tengo deseos de usar, bajo las escaleras.
Escucho los ásperos susurros de una conversación en la cocina, pero se detienen abruptamente cuando entro.
—¡Bella! —exclama Rose cuando me ve, y le lanzo una mirada extrañada—. Me asustaste.
Em y ella están sentados en unos taburetes en una orilla de la isla de la cocina, bebiendo café. Parece muy normal. Incluso bien. Pero su comportamiento está raro y una vibra de tensión permanece en el aire después de la extraña reacción de Rose. Estoy a punto de preguntarles qué pasa cuando entra mi mamá.
Me entrecierra los ojos a mí primero.
—¿Qué le pasó al vestido que te dejé?
—Tenía frío —le digo simplemente, jalándome las mangas del suéter sobre las manos.
—Al menos Rose me deja vestirla —dice en respuesta. Comprendo que Rose está usando uno de los viejos vestidos de mi madre. Podría ser raro, pero mi madre intenta hacer esto cada vez que estamos aquí, diseñar cada momento a su gusto. Una enorme familia feliz, pulcramente arreglados, sentados alrededor de la mesa para una comida. Sonriendo, riéndonos. De ensueño.
—Nunca había usado algo tan encantador —dice Rose amablemente, pero puedo notar que su tono de voz no está bien. No le gusta más de lo que me gusta a mí, pero tal vez ella es mejor en el juego de complacer.
Renée sonríe.
—El desayuno está listo —anuncia, lo que significa que Carmen cocinó todo y la mesa está puesta y lista para nosotros. Renée lleva el cabello atado en un apretado chongo en la base de su cuello. Puede que sea raro, pero solo en dos ocasiones antes he visto el cabello de mi madre suelto, y me pregunto brevemente si duerme con el pelo peinado de esa manera o si se lo suelta en la noche.
—Oh, qué bien —comenta Emmett, parándose del taburete—. Estoy hambriento.
Sigue a Renée hacia el comedor formal, y me giro para caminar detrás de ellos, pero Rose no se mueve.
—¿Está todo bien? —le pregunto en voz baja mientras la espero.
La mirada que me dedica hace que me duela el estómago. Durante un breve segundo se ve preocupada, asustada. Pero luego pasa otro momento y todos los trazos de desesperación desaparecen.
—De hecho, no me siento muy bien —dice al fin.
Frunzo el ceño. Se veía bien ayer.
—¿Estás enferma otra vez?
—No. Quiero decir, pues… sí. Creo que bebí demasiado anoche y lo estoy resintiendo.
—Oh.
—De hecho, puede que mejor regrese a casa. Justo ahora.
—¿Y perderte el gran anuncio de Emmett? —El color abandona su cara después de lo que dije, y corre hacia el baño al final del pasillo. Me apresuro a seguirla, pero la puerta tiene seguro, así que espero afuera hasta que escucho el retrete y el lavamanos.
»¿Rose? —Toco de nuevo, y luego estamos cara a cara. Puedo ver en sus ojos que algo no está bien—. ¿Está todo…?
—Te dije que no me sentía bien. —Lo dice de forma mordaz, pero inmediatamente se ve apenada—. Lo siento, yo…
—Está bien.
Se aparta el cabello de la cara.
—Te alcanzo allá. Solo… necesito un minuto.
—Bien.
Gira en la esquina para subir las escaleras y yo me dirijo al comedor. Ya están todos sentados. Renée y Charlie. Emmett y Kate. James y sus padres.
—¿Dónde está Rose? —me pregunta Charlie.
—Fue al tocador —le digo.
James se para y me saca la silla, así que quedo sentada entre Kate y él.
—Buenos días —dice, me da un apretón de hombros antes de volver a sentarse.
Asiento amablemente.
—Buenos días.
—La mesa se ve encantadora —le dice Kate a Renée, que sonríe con orgullo. Como si ella tuviera que ver con algo de esto.
—Y tú te ves encantadora, querida —le dice Renée a Kate antes de posar sus ojos en mí—. Todavía no puedo creer que no te pusieras el vestido que elegí para ti.
—Es invierno. Tengo frío —le repito.
—Usaste un vestido anoche.
—Esa fue una fiesta. Este es el desayuno.
—No es simplemente un desayuno —respinga mamá—. Crees que puedes andar como si nada por aquí y…
—Renée. —Charlie frunce el ceño—. Déjalo así.
Mamá exhala bruscamente, mirándome.
—Es que…
Charlie solo agita la cabeza y le lanzo una mirada de aprecio que no pasa desapercibida por mi madre.
Inhalo profundamente.
—Aprecio el gesto —le digo con voz más suave—, pero preferiría no usar un vestido hoy.
Todavía se ve enfadada.
El comedor se queda en silencio y una incomodidad persiste entre nuestros invitados.
Luego la voz de Charlie sorprende a todos menos a mí.
—¿Carmen? ¡Carmen!
Ella entra al comedor.
—¿Sí?
—Trae por favor a la señorita Hale. Estamos listos para comer.
—Papá, está bien. Yo iré por ella.
Carmen nos mira a los dos, pero no espero su confirmación antes de pararme de la mesa, ignorando los susurros silenciosos de Renée y Charlie. Sin duda mi madre le está diciendo que no debería dejarme ser irrespetuosa. Pero él siempre ha estado de mi lado, así que sé que le está quitando importancia al asunto.
Cuando llego al rellano de las escaleras, corro por el pasillo hacia mi vieja habitación.
—¿Rose? —la llamo cuando llego a la puerta, pero ella no está ahí.
Busco en el baño adjunto, pero también está vacío.
Y luego noto que el vestido que Rose estaba usando está sobre la cama, junto con una nota de ella.
Tomé prestado tu carro. No te enojes, nos vemos más tarde.
Corro a la ventana y veo que mi carro no está. Miro su nota de nuevo e intento leer entre líneas, pero no estoy segura de qué pensar. No me dijo a dónde iba o por qué, y la incertidumbre de su abrupta partida hace que el pánico se alce en mi pecho.
Pero no hay razón para sentir pánico. Rose no se sentía bien. Tomó prestado mi carro. Probablemente está en casa.
Y creo que sé por qué arriesgan todo. Porque no tenían otra opción.
Sus palabras de anoche suenan en mi cabeza.
No.
Estoy exagerando.
Todo está bien.
Ella va a casa.
No se sentía bien.
Todo está bien.
Esa narrativa se repite en mi cabeza como un mantra cuando bajo las escaleras.
Charlie me mira impaciente al llegar sola.
—Rose se fue a casa —le digo—. No se sentía bien.
—Oh, Dios. Espero que esté bien —comenta Renée.
—Estará bien —añado para consolar. Más que nada a mí.
—Ah, bueno. Más comida para nosotros —bromea el señor Whiterdale, ganándose una risa de todos menos de Emmett y de mí.
—¿Qué le pasa a Rose? —me pregunta Em, preocupado.
—Creo que bebió demasiado anoche —digo, pero al pensarlo bien, nunca vi una copa de champaña en su mano. Ni una vez. Emmett también debe saberlo, porque no se ve convencido.
—Qué pena —dice Charlie, pero puedo notar que no le preocupa—. Comamos.
Justo así, abandonan el tema, y todos comenzamos a llenar nuestros platos. La preocupación y la confusión se posan en lo profundo de mi estómago, apenas puedo comer.
No es hasta que casi terminamos de comer que Charlie mira de forma expectante a Kate y Emmett.
—¿Y bien?
El gran anuncio.
Kate sonríe.
—Hay alguien que quiero que todos conozcan —dice, su voz burbujea con entusiasmo.
Está claro que soy la única confundida cuando Carmen entra cargando un bebé.
Miro a Emmett, que parece estar evitando mi mirada. Las sonrisas de mis padres y los Whiterdale son deslumbrantes, compensando la falta de emoción de Em.
Kate se levanta para tomar al bebé en sus brazos. El bebé es tan pequeño, tan frágil, parece que apenas tiene un par de meses. Durante un atónito momento, mi cerebro no registra lo que está pasando.
—Lo adoptamos —anuncia Kate, mirando al bebé con adoración—. Nos enteramos de un niño con necesidad y saltamos ante la oportunidad de ayudar.
—Creí que estabas embarazada. —Tal vez está mal decirlo, pero mi mente sigue vibrando por esto.
—No. Todavía no. —Su voz suena hueca y un poco apagada—. Sueño con ese día, pero por ahora haremos lo que podamos por este niño.
Emmett se mueve de su silla para pararse a su lado como muestra de solidaridad. Besa al bebé en la cabeza y a Kate en la mejilla.
Luego nos presenta a su nuevo hijo, Liam.
