Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.


Thank you iambeagle for giving me the chance to share your story in another language!


Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.


Capítulo 10

—¿Liam? —repito el nombre.

El bebé de Bree.

—Creo que hace falta un cambio de nombre —dice Charlie con una carcajada áspera—. Algo fuerte. Poderoso. Después de todo, ya es un Swan.

—Sí que lo es. —Kate sonríe y arrulla al bebé mientras se sienta de nuevo junto a mí.

—¿Cómo sucedió esto? —pregunto, cuidando de mantener mis emociones a raya—. ¿Por qué…?

Mi reacción debe ser la equivocada porque mi madre chasquea su lengua con desaprobación.

—Bella —me regaña—. Felicita a tu hermano y tu cuñada.

Parece que ya no puedo encontrar mi voz.

—Charlie logró que sucediera —responde Kate mi pregunta, mirando a mi padre con gratitud—. Y no podríamos sentirnos más agradecidos.

—No, no podríamos —añade Emmett, su voz carece de la calidez que tiene la de Kate.

Miro a mi padre, pero luego mis ojos se concentran en Renée.

Ella me está mirando.

Como si esperara un arrebato.

—Felicidades —digo al fin, moviendo mi mirada hacia Kate—. Son noticias maravillosas. Estoy muy feliz por ustedes dos.

—Gracias, Bella. —Kate acurruca a Liam cerca de ella, y cuando toca gentilmente su pequeña nariz, él alza la manita para agarrarle el dedo. Bree tenía razón. Sus manos son pequeñitas—. ¿Te gustaría cargarlo?

Se me seca la garganta.

—No, de hecho… —Me pongo de pie y empujo mi silla—. Tampoco me siento bien. Rose estuvo enferma la semana pasada, así que ahora me pregunto si me he contagiado de lo que ella tenía. Detestaría enfermar también al bebé.

—No queremos eso —acepta Renée—. ¿Asumo que Rose tomó prestado tu vehículo? —Asiento—. Pediremos un carro.

—Tonterías —interviene James, dejando la servilleta sobre su plato—. Yo la llevaré.

Antes de poder rechazar su oferta, Emmett alza la voz.

—No es necesario —le dice a James, moviendo hacia atrás su propia silla antes de ponerse de pie—. Yo puedo llevarla.

XXX

El viaje a casa transcurre en silencio.

Me quedo mirando por la ventana, viendo el paisaje pasar. Tonalidades de verde y café se mezclan junto con el cielo blanco.

Estoy mirando, pero no viendo en realidad.

—¿Rose estará bien? —pregunta al fin Emmett, llenando el silencio.

—No sé. —Me aclaro la garganta—. Ella no me ha dicho en realidad qué sucede.

—¿Qué te hace pensar que sucede algo?

—Está actuando raro.

—¿Cómo raro?

Lo miro, escudriñándolo por un momento.

—Solo diferente.

Mantiene la mirada en la carretera.

—Hmm.

—Así que ya eres papá —murmuro—. Quiero decir, esas eran las noticias que estaba esperando hoy, pero no de esta forma.

—A mí también me tomaron por sorpresa.

—¿Qué?

Su mandíbula se tensa, y aprieta el agarre que tiene en el volante.

—Me enteré hace dos días.

—¿Cómo es posible?

—Supongo que papá usó sus influencias.

La pregunta es por qué.

—Entonces, ¿solo les entregó el bebé a Katy y a ti, y eso fue todo? ¿No hicieron preguntas? ¿No les dieron respuestas?

—No sé… tal vez estoy mejor sin saber.

—Obediencia ciega —digo en voz tan baja que estoy segura de que Em no puede escucharme—. Liam ya tenía una familia.

—¿Supongo que eran inadecuados?

Recuerdo a Bree ese día en la oficina. Parecía adecuada. Un poco emocional, pero dadas las extrañas circunstancias, eso era de esperarse. Incluso si no lo era, ¿cuál es la probabilidad de que sus padres tampoco lo fueran?

—¿Cómo que inadecuados? —pregunto.

—No sé. Te repito, creo que estoy mejor sin saber. —Con una breve mirada hacia mí, añade—: Y usualmente tú piensas lo mismo sobre eso.

—Es extraño —digo, pero puedo sentir la resignación empezar a filtrarse—. Sabes que es extraño.

—Todo lo que sé es que Kate no ha podido embarazarse, y tenemos los medios para ofrecerle una buena vida a este niño. ¿De acuerdo?

Esa es la única parte reconfortante de todo esto. Bree no sabrá la diferencia en este momento, pero al menos su bebé estará bien cuidado. Em y Kate son buenas personas. Serán buenos padres. Aunque eso solo disminuye un poco el dolor.

—Bien. —Jalo un hilo suelto en la manga de mi suéter—. ¿Puedo preguntarte una cosa más?

—Sí.

Vacilo antes de preguntar:

—¿Eres feliz, Em?

Su silencio dura más de lo que espero.

—¿Qué importa eso? —pregunta al fin.

—No sé. —Tal vez no importa. Pero Rose me lo preguntó la otra noche y le di mi respuesta. Ahora quiero saber la de él.

—A veces lo soy —ofrece con la mirada todavía en la carretera—. A veces soy tan jodidamente feliz, y me siento culpable. Como si no lo mereciera. Otras veces solo estoy aquí. Existiendo.

Sus palabras tocan una fibra sensible dentro de mí.

No la parte de la felicidad. Sino la de existir.

Todos estamos solo existiendo.

La emoción se alza en mi pecho. Empieza sintiéndose muy lejos, como una ola en la distancia. Piensas que no hay forma en que pueda tocarte y de repente, está aquí, chocando contra ti y hundiéndote.

Siento que me estoy hundiendo.

La urgencia por llorar casi sale a la superficie, pero la empujo. En lugar de eso, miro otra vez por la ventana, dejando que el paisaje difumine las lágrimas contenidas.

XXX

Para mi alivio, mi carro está en la entrada y Rose está durmiendo en su cama cuando llego a casa.

Em insiste en entrar conmigo, pero cuando ve que Rose está aquí y está bien, se va rápidamente.

Todo queda en silencio entonces. A veces aprecio el silencio, pero hoy no es uno de esos días. Mi mente puede correr libremente con preguntas sin respuestas del porqué Emmett y Kate adoptarían a Liam.

Intento distraerme limpiando un poco y lavando ropa. No es hasta que estoy vaciando los bolsillos de ropa sucia que recuerdo el tesoro que está en mi bolsillo. Termino de llenar la lavadora, luego meto la mano a mi bolsillo para sacar el anillo que encontré hoy más temprano.

Debe ser un granate, pero no es una gema grande. Una delicada piedra roja en una delgada banda de oro. No tengo idea de dónde salió, y sigue quedándome grande, pero encaja mejor en mi dedo índice.

Pasa una hora y voy a checar a Rose, que sigue durmiendo profundamente. La agitación se apodera de mí y el silencio de la casa se vuelve tan ensordecedor que me pongo mi abrigo, me rodeo el cuello con una bufanda y le dejo una nota a Rose diciéndole que he ido a dar un paseo.

Está fresco afuera. Las nubes se ven pesadas, enojadas, y hay un intenso frío en el aire que me hace pensar que nevará hoy.

Camino y camino hasta que me encuentro en el autobús. Ni siquiera voy a algún lugar en particular, solo quiero subirme y que me arrulle hacia la relajación.

Miro a la gente ir y venir.

Escucho el zumbido del motor y el siseo de las puertas.

Y luego lo veo.

Gorro oscuro, abrigo negro, ojos avellana.

Ojos que se iluminan brillantemente cuando me ven.

Es entonces cuando comprendo que me subí al autobús por una razón.

Me subí por él.

Lo estaba esperando.

Mi corazón está en llamas cuando se sienta inmediatamente a mi lado. Estoy viendo hacia enfrente, fingiendo que no me afecta.

—Hola —dice en voz baja.

—Hola.

—¿A dónde vas?

Entro en pánico por un momento.

—A la tienda.

—Ah. —Acomoda su cuerpo hacia mí, hay una sonrisa placentera en su rostro cuando se quita el gorro y se pasa una mano por el cabello—. ¿Segura que no me estabas buscando?

Sostengo su mirada y me desenredo la bufanda, dejándola como un montón de lana en mi regazo.

—¿Quieres que te busque?

—Sí.

Lo admite con tanta facilidad.

—¿Por qué? —pregunto.

—Porque significa que tenía razón.

—¿A qué te refieres?

—El día de mi Procedimiento, cuando te dije que te sentías atraída a mí. Tenía razón.

Me molesta irracionalmente ser tan fácil de leer.

—¿Y tú no te sientes atraído a mí? —replico.

—Sí. No tienes ni idea. —Su voz suena baja y cerca, y la forma en que lo dice tan desesperada y francamente hace que mi corazón flote en mi pecho.

—Oh. —Lo digo en voz baja, de repente muy consciente de lo cerca que estamos sentados. El costado de su rodilla está tocando la mía, y no me puedo obligar a eliminar el pequeño contacto que tenemos.

No parece nada, pero se siente como algo.

—¿Oh? —repite mi solitaria palabra—. ¿Dije demasiado? No intento hacerte sentir incómoda.

—No me estás haciendo sentir incómoda —le digo.

Parece que quiere sonreír, pero no lo hace.

—Bien.

Miro por la ventana y veo los copos de nieve flotar en el aire. Viajamos en silencio por unos minutos, ninguno habla ni se baja del autobús. Solo nos… quedamos. Su rodilla no se mueve de la mía y me veo arrullada hacia el confort.

—Siempre me ha encantado la nieve —murmuro cuando la nevada empieza a caer más rápido.

—¿Sí?

—Sí. Cuando era más joven, me sentaba en el alfeizar de la ventana en mi habitación durante las tormentas de nieve y pegaba la cara muy cerca del vidrio para sentir que estaba dentro de una bola de nieve. —Sonrío un poco ante el recuerdo—. Me quedaba horas ahí sentada. Tal vez no horas, pero se sentía como mucho tiempo.

Cuando volteo a verlo sus ojos ya están en mí.

—Me gusta esa historia —murmura, mirando mi cara—. Nunca me ha interesado la nieve —añade, hundiéndose un poco más en el asiento para ponerse cómodo, como si fuéramos a estar aquí un buen rato.

—¿Por qué no?

—Porque me encanta el sol. —Cuando lo dice, su rostro forma una cálida sonrisa que casi puedo sentir—. Días calientes en verano que duran para siempre.

—Hmm. —Sonrío un poco—. No para mí. Prefiero por mucho los fríos días de invierno donde puedes acurrucarte debajo de una manta y deleitarte de la calidez.

Sigue sonriendo.

—¿Finalmente tenemos algo en común?

—¿Cómo llegaste a esa conclusión? —pregunto divertida—. A mí me gusta el invierno y a ti el verano. Son opuestos.

—Pero a ambos nos gusta la calidez —señala—. Yo la prefiero del sol. Tú la prefieres de estar cobijada. —Cuando lo dice, el bajo timbre de su voz me hace sentir que estoy siendo envuelta.

—Supongo —acepto con reticencia—. Aunque parece una exageración encontrarlo como algo en común.

Se ríe un poco, su mirada se suaviza.

—Apuesto a que te ves hermosa en verano. ¿Podemos estar de acuerdo en eso?

Mi estómago da piruetas.

—¿Qué?

—No me malinterpretes. Eres hermosa todo el tiempo, estoy seguro. Pero ¿en verano? —Mira atentamente mi cara—. Sí.

—¿Qué te hace pensar eso? —pregunto en voz baja, asombrada por lo atrevido que está siendo.

—Es una corazonada. —Sigue mirándome—. Me gustan tus pecas.

Pienso en el puñado de puntos descoloridos que tengo sobre la nariz y miro rápidamente hacia la ventana.

—Entonces, ¿haces esto muy seguido? —pregunto.

—¿Hacer qué?

Volteo para verlo, encontrando una comisura de su boca alzada en una sonrisita.

—Viajar en autobús. Coquetear con mujeres al azar.

—No. —Cuando se ríe, sus ojos se entrecierran un poco—. No eres al azar.

—Pero me estás coqueteando —confirmo.

—Estoy siendo amigable. Y declarando hechos. Eres atractiva. Si eso se interpreta como coqueteo entonces… supongo que lo es.

—Hmm. —Me desabrocho el abrigo, sintiéndome un poco caliente—. ¿Les hablas así a mujeres que en realidad no conoces?

—Te conozco.

Escudriño su rostro.

—No en realidad. No por completo.

—Siento que sí, pero si no lo crees, entonces cuéntame sobre ti.

Mi reacción inmediata es decir que no, pero luego pienso en esa noche en su casa, en su sofá, la urgencia por conocerlo está burbujeando dentro de mí.

—¿Qué quieres saber? —pregunto.

—Todo.

—¿Todo? —pregunto con incredulidad—. Es demasiado general. Limítalo un poco.

—Bien. —Suspira, dramático y juguetón—. ¿Qué estabas soñando la otra noche? El día que te quedaste.

—Eso es un poco íntimo.

—También lo es llegar a la casa de alguien sin avisar. Y quedarse dormido en su sofá.

—No pretendía hacerlo, solo…

—Bella. —Exhala una carcajada—. Está bien. Me gusta que te hayas quedado.

—¿Sí?

—Sí. —Sostiene mi mirada, luego dice—: Dices que mi pregunta es demasiado íntima, pero ¿no es ese el punto de conocer a alguien? ¿Ser íntimos? —No le respondo eso—. Te contaré uno de mis sueños si tú me cuentas uno de los tuyos.

—¿Tienes sueños? —pregunto, ahora con curiosidad. Es tan raro que suceda después de realizarse el Procedimiento, y no es algo de lo que se hable, es por eso que ambos estamos hablando ya en susurros.

—Sueño todo el tiempo —me dice, y envidio su honestidad y la forma tan abierta con la que me habla, sin vacilar.

—¿Con qué?

Después de un momento de deliberar, murmura:

—Con una vida diferente. Árboles cerniéndose sobre mí. A veces hay oscuridad. Otras veces hay fuego. Muchas veces empiezan sintiéndose llenos de esperanza, pero usualmente todos terminan con angustia. ¿Y en cada uno de los sueños? —Estoy pendiendo de cada una de sus palabras—. Es tu cara la que veo —dice al fin.

Mi estómago cae en picada.

—¿Qué? ¿Por qué?

Se encoge de hombros, hay una tenue sonrisa en sus labios.

—Hace tiempo que no consulto mi libro de sueños, pero es seguro decir que tal vez nos conocimos en otra vida. O tal vez el destino me está llevando a ti. O a ti a mí. Como quieras verlo.

Mi corazón está martilleando fuera de mi pecho y no puedo explicarlo, pero una sensación de aprensión se desata en mí. Tal vez esto es peligroso. Tal vez él es peligroso. Nada de lo que ha dicho o hecho hasta ahora respalda esta sensación fantasma. Ha sido agradable. Amable. Encantador, aunque un poco irritante a veces. Pero eso es parte de lo que me atrae a él. Así que, a pesar de la urgencia por salir corriendo del autobús y dejarlo atrás, algo en su mirada me hace quedarme.

Algo en lo profundo de mi corazón me mantiene en mi lugar.

—Ahora es tu turno —susurra.

—No, um… —evito contestar nerviosamente.

—Vamos —me anima con gentileza—. Un trato es un trato.

Trago pesadamente, intentando recordar mis sueños. Ni siquiera recuerdo toda la imagen, solo pequeñas piezas de lo que creo que puede ser un rompecabezas más grande. Pero pienso en el que tuve anoche, y mi voz es más suave que un suspiro cuando digo:

—Sueño con el amor.

La palabra cuelga entre nosotros, permaneciendo en el aire.

Amor.

Su cara se mantiene estoica y tengo que apartar la mirada.

—¿Amor? —Suena tan dulce rodando de su lengua que enciende un anhelo en mi vientre.

—Sí. Usualmente es abrumador. Es… —Mi garganta se cierra por intentar controlar la repentina emoción que se ha apoderado de mí. Ni siquiera sé por qué de repente estoy tan triste—. Es devastador.

Se acerca un poco más y alza una mano para limpiar gentilmente la lágrima que ha caído por mi mejilla. Como esa noche que dormí en su sofá, cuando tocó la cicatriz detrás de mi oreja izquierda, no me alejo de su caricia.

—¿Por qué estás llorando?

—No sé. —Aparto la mirada. La bajo hacia mis manos. La dirijo a la ventana. A todos lados menos a él—. No recuerdo tanto como tú sobre mis sueños. Pero recientemente el sentimiento es siempre el mismo.

—Amor.

Asiento.

—Sí.

—¿Sueñas con alguien?

—Supongo. Pero no sé con quién.

—¿Tal vez soy yo? —pregunta, casi con esperanza.

No sé qué responder a esto, pero tal vez sí nos conocimos en otra vida. Durante un breve segundo, contemplo la idea de que fue él a quien eliminé de mi memoria. Sin embargo, ese pensamiento no perdura. Sé que no puede ser cierto.

—No eres tú con quien sueño —digo con cierta firmeza en mi tono.

—¿Cómo lo sabes? —murmura.

—La gente que ha estado junta en el pasado y que se han hecho el Procedimiento nunca se vuelven a encontrar —le recuerdo—. La historia nunca se repite. No se vuelven a enamorar una segunda vez. —Sus ojos casi brillan—. ¿Qué? —pregunto, sintiéndome insegura.

—¿Te estás enamorando de mí? —pregunta, y su voz de seda me llena de calidez.

Abro la boca para hablar, luego la cierro de golpe. En cierta forma al revés, supongo que acabo de admitir que podría sentir algo por él.

—Ya te dije que no sé qué estoy haciendo —susurro, traicionando al tump, tump, tump en mi pecho. Él solo sonríe—. ¿Qué? —vuelvo a preguntar—. ¿Por qué estás sonriendo?

—Porque te estás enamorando de mí. —No suena presumido cuando lo dice, pero se ve satisfecho.

—¿Y tú no te estás enamorando de mí? —pregunto, mi voz suena tranquila a pesar de los nervios agitándose dentro de mi estómago.

—Creí que era obvio. Pero si necesitas que lo diga, entonces sí. Estás mucho en mi mente.

Igual que la noche de la fiesta de Emmett, su admisión envía un estremecimiento a través de mí.

—Estoy en tu mente y sueñas conmigo —recapitulo en voz baja, con el corazón acelerado.

—Sí. —Mira mi cara de cerca, como si viendo con la fuerza necesaria, pudiera leerme por completo—. Y tú sueñas con el amor.

Esa simple palabra cuelga entre nosotros otra vez, pero en esta ocasión no aparto la vista de él. En lugar de eso, sostengo su mirada y hago mi propia confesión.

—Tú también estás mucho en mi mente.

Un destello pequeñísimo de sorpresa parpadea en su rostro. Tal vez porque no estoy negándolo ni evitándolo por primera vez. Con una pequeña y gentil sonrisa, admite:

—Qué bueno. Esperaba que dijeras eso.