Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.


Thank you iambeagle for giving me the chance to share your story in another language!


Gracias a Yani B por ser mi beta en esta historia.


Capítulo 11

Edward y yo viajamos en el autobús hasta que llega a la terminal. Me deja bajar primero, quedándose cerca detrás de mí.

Probablemente estamos a media hora de mi casa e incluso más lejos de la suya.

La tarde ha empezado a llegar sigilosamente. Para este momento, todavía hay pequeños copos cayendo del cielo tenuemente iluminado y la nieve se pega a las banquetas y las calles.

Me rodeo el cuello con la bufanda al mismo tiempo que él se mete el cabello debajo de su gorro.

—¿Ahora a dónde? —pregunta Edward, caminando a mi lado.

—A casa, supongo.

—¿La mía o la tuya? —pregunta casualmente. Atrevido.

—Ambas —digo, captando la diversión que baila en sus ojos—. Yo iré a la mía. Tú irás a la tuya.

—¿Qué? ¿No quieres que pasemos otro rato juntos?

—O sea… ¿qué más hay por hacer?

Su sonrisa fácil hace que mi estómago dé una pirueta.

—Podemos encontrar suficientes cosas para hacer.

Es tan tentador.

—Debería irme a casa. Quiero asegurarme de que mi amiga se sienta bien.

—¿Rose sigue enferma?

—Eso creo —respondo, luego lo miro de reojo y hago más lento mi caminar—. ¿Cómo supiste su nombre?

—¿Hmm?

—Creo que no te lo he dicho.

—Te escuché. Cuando estabas al teléfono la otra noche, viendo cómo estaba. —Carraspea—. Si necesitas ir a casa, puedo caminar contigo.

—No caminaré a casa. Hay una parada de autobús a unas calles que me dejará lo suficientemente cerca.

—Entonces iré contigo.

—No es necesario.

—¿Qué clase de hombre sería si no me aseguro de que llegues a salvo a casa?

—Esta ciudad es segura —le digo automáticamente—. La violencia es casi inexistente.

—¿Crees eso?

Me detengo en mi sitio y me abotono el abrigo para alejar el frío.

—Lo sé, lo sé. Debes pensar que el gobierno es corrupto y que todo lo que nos dicen son mentiras.

—De hecho, sí. Eso pienso. —Espera junto a mí y alza las cejas de forma retadora.

—Sí recuerdas quién es mi padre, ¿cierto?

—Como si pudiera olvidarlo —murmura.

Su pelea muere entonces, y se queda callado justo cuando esperaba que me dijera algo más sarcástico en respuesta. Sin embargo, no me permito aparentarlo y dejo el tema por la paz.

—Me voy a quedar contigo hasta que llegues a casa —dice finalmente cuando abrocho el último botón de mi abrigo—. Eso no está a discusión. Mi mamá me mataría si supiera que te dejé caminar sola en la noche.

Empieza a caminar otra vez, tirando brevemente de mis dedos para que lo siga. Y luego estamos sosteniéndonos las manos. Dura solo un segundo. Es un gesto tan simple, el contacto más inocente, pero hace que mi pulso se acelere y mi estómago revolotee.

Se siente como algo natural, mis dedos encerrados en los suyos. Creo que ni siquiera comprende que me ha tomado la mano hasta que lo hace, y luego la suelta.

Mi piel arde debido al contacto rápido.

—¿Tu mamá sabe de mí? —pregunto.

—No te preocupes, no sabe que fuiste a la casa ni nada.

—Pero sabe de mí —aclaro.

Mantiene la cara agachada, mirando el pavimento mientras caminamos lado a lado.

—Puede que tu nombre se haya mencionado.

Mi estómago se tensa.

—¿En serio? ¿Qué le dijiste?

Ignora mi pregunta, señala una tienda de abarrotes en la esquina.

—Oye, ¿no tenías que llegar a la tienda?

—No cambies el tema.

Reprime una sonrisa al decir:

—¿O mi presentimiento era correcto y solo ibas en el autobús con la esperanza de verme?

Detesto lo acertado que es y lucho contra mi propia sonrisa.

—Si respondes mi pregunta, responderé la tuya.

—Hmm. —Se mete las manos a los bolsillos del abrigo—. No estoy seguro de esto.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque tu respuesta es un sí o un no. La mía es un poco más complicada.

Detesto lo desesperada que me siento por saber qué le ha dicho a su madre sobre mí.

—¿Cómo complicada?

—De la única forma en que pueden ser las complicaciones. Caóticas. Rebuscadas. Confusas.

—¿Y qué hay de caótico y rebuscado y confuso en mí? —Mi tono suena más ligero ahora y él sonríe. Esperamos a que pase un carro, luego cruzamos la calle.

—No digo que tú seas esas cosas. Eres… —Hace una pausa por un momento, se pone más serio de lo que esperaba.

Pasa el momento, pero él no termina su pensamiento. Por mucho que quiero saber exactamente qué es lo que iba a decir, dejo ir el tema.

Una pareja pasa junto a nosotros en la banqueta, y Edward se acerca a mí, su brazo roza el mío. Incluso luego de que la pareja ha pasado y volvemos a estar solos, él se mantiene cerca.

Me estremezco, pero no estoy segura si se debe al frío o a su proximidad.

—Tal vez podamos toparnos a propósito la próxima vez. O sea… con un lugar específico y una hora en mente en lugar de solo tener la esperanza de vernos en el autobús.

Le lanzo una mirada a su expresión neutral. Los copos de nieve se acumulan sobre sus anchos hombros y sobre su gorro.

—¿Me estás invitando a salir?

—No. Sé que no tienes citas —responde, evitando mi mirada.

La nieve cruje bajo mis botas.

—Tienes razón. No salgo.

—Pero lo hiciste. Una vez —me recuerda, y lucho contra la urgencia de tocar la cicatriz detrás de mi oreja izquierda—. ¿O tal vez más que eso?

—Solo una vez. Queda claro que eso no funcionó. De otra forma seguiría con él.

—¿Cómo sabes que no fue una "ella"? —pregunta con una sonrisa descarada.

Me río y lo empujo juguetonamente.

—Cierra la boca.

—Bien, así que no funcionó. Pero ni siquiera sabes por qué.

—Ese es el punto.

—¿Cómo se supone que no vamos a repetir los mismos errores si no podemos aprender de ellos?

Suspiro dramáticamente.

—No repitamos esta conversación.

—¿Y bien? Hasta que puedas convencerme de que toda esta mierda del Procedimiento es algo bueno, no lo voy a dejar.

—No necesitamos aprender de nuestros errores. Solo demuestras más mi argumento de que todos deberíamos estar con una pareja que el gobierno elija para nosotros —digo simplemente—. Menos complicaciones. Menos angustia, por lo tanto, menos lecciones que aprender.

—No estoy de acuerdo. Incluso diría que eso crea más complicaciones.

—¿Cómo?

—El gobierno y los evaluadores no saben lo que es mejor.

Mi mente se dirige a Bree y me siento titubear durante un mínimo momento. Contemplo la idea de confiarle sobre Em y Kate adoptando a Liam, pero me contengo. No es de su incumbencia. No son mis noticias para compartirlas.

—¿Podemos hablar de algo más? —pregunto.

—¿Toqué una fibra sensible?

—No —digo, me siento demasiado molesta para convencerlo de lo contrario.

El silencio salta entre nosotros hasta que llegamos a la parada de autobús. Está todo inquietantemente silencioso, la nieve amortigua los sonidos de alrededor.

Me muevo de un pie a otro, me encuentro con sus ojos.

—En serio no tienes que venir conmigo.

—Quiero hacerlo.

—Pero este autobús va en dirección contraria a tu casa.

Sus ojos bailan con diversión.

—Estoy muy consciente de cómo funciona el sistema de autobuses.

—Entonces, ¿te vas a desviar de tu camino solo para dar marcha atrás y dirigirte a casa?

—¿Sí? No te vas a deshacer de mí tan fácilmente —dice, su tono es ligero y juguetón.

—Como gustes.

—Gracias. Eso haré.

Los faroles empiezan a parpadear al unísono cuando las últimas pizcas de luz se vacían completamente en el cielo. Ahora que no nos estamos moviendo, el aire helado empieza a calar.

—Hace frío —me quejo mientras soplo aire cálido en mis manos.

—Típicamente así funciona el invierno. —Está sonriendo, repitiendo mis palabras mordaces de nuestra conversación de hace unos días en el autobús.

Mi sonrisa es un reflejo de la suya.

—Te crees muy gracioso, ¿eh?

—No. Pero me agrada que pienses que lo soy.

—No dije eso.

—Estás sonriendo —dice, poniéndome en evidencia—. ¿Quieres mi chaqueta?

—No, gracias.

—¿Estás segura?

—Estoy segura.

—¿Aceptarías al menos esto? —Saca un par de guantes del bolsillo de su abrigo.

Lo rechazo con un movimiento de mano.

—Está bien así.

—Vamos. Tienes frío.

—¿Estás seguro de que no quieres usarlos?

—Estoy seguro, Bella.

Se ven cálidos y desgastados. Cedo.

—Bien.

Los acepto murmurando un gracias y me mira mientras meto una de mis manos en su enorme guante.

—Me gusta tu anillo —dice, notando la gema roja en mi mano izquierda—. Aunque no te queda muy bien.

—¿No le queda a mi estilo?

—A tu dedo. —Sus labios se presionan en una suave sonrisa.

—Sí, es un poco grande.

—¿Dónde lo compraste?

—No sé. De hecho, no es mío.

—Un anillo misterioso —musita.

—Sí. —Lo admiro por un momento antes de ponerme el otro guante—. Pero es bonito.

Con las manos protegidas del frío, miro a mi alrededor a la calle vacía. Somos los únicos aquí afuera ahora, y ya que la nieve está cayendo con más prisa, no me queda duda de la razón.

—El autobús debe venir retrasado —digo, asomándome detrás de él. Cuando vuelvo a concentrarme en él, sus ojos ya están en mí, como si nunca hubiera apartado la mirada en primer lugar—. ¿Qué? —pregunto.

—Es que… —Se queda callado entonces, y es difícil leer su expresión. Se mueve de forma lenta para quedar parado directamente frente a mí, pero no pronuncia ni una sola palabra más.

Mi corazón se acelera.

—¿Qué sucede? —murmuro.

Solo sacude la cabeza, sus ojos arden en una súplica silenciosa.

Solo que no sé qué es lo que quiere de mí.

—¿Qué? —susurro otra vez con la boca seca.

—Nada —dice, en voz igual de baja.

Los copos de nieve caen entre nosotros.

—La forma en que me miras no se siente como si fuera nada.

Sus ojos se iluminan por un breve segundo.

—¿Cómo se siente, Bella?

Mi corazón está latiendo tan salvajemente fuera de ritmo que estoy segura de que él puede sentirlo.

Avanza un pasito tentativo más hacia mí, y nos acerca muchísimo más que antes. Tanto que tengo que levantar la vista para encontrarme con sus ojos.

—Edward…

Tanto que puedo ver su garganta moverse cuando traga.

—¿Sí?

—¿Qué estás haciendo?

—De verdad no sé. —Veo un destello de duda en sus ojos durante un breve segundo antes de alzar la mano y apartar un poco de nieve de mi cabello. Su mirada es muy tierna al murmurar—: Te ves tan jodidamente bonita justo ahora.

Repito su nombre, pero hay menos convicción tras mi tono en esta ocasión. Más bien, suena esperanzador. Cautivado.

—¿Qué? —susurra, su pulgar roza mi mejilla, gentil y deliberado.

Cierro los ojos y me apoyo en su toque.

—Yo… yo estoy…

—¿Estás qué? —Su voz suena suave y dulce—. Dime que quieres esto, Bella.

Mi estómago revolotea y lo siento acercarse más. Siento su mano en mi cadera. Su otra mano en mi cabello, ladeando mi cabeza hacia atrás.

Y luego siento su respiración en mi cara al decir:

—¿Puedo besarte?

Con los ojos todavía cerrados, asiento sin decir nada, luego contengo la respiración y espero.

Sus labios rozan mi frente.

El hueco de mi mejilla.

La comisura de mi boca.

Y luego nos estamos besando.

No nos movemos.

Solo nos quedamos ahí.

Cuerpo con cuerpo.

Labios con labios.

Después de un momento, su boca se abre ligeramente, así que también abro la mía. Su abrazo es suave, pero insistente. Brusco, pero dulce. Y cuando siento su lengua rozar levemente la mía, es lo suficiente para encender un fuego en mi vientre.

Me besa como si mis labios fueran aire, y él estuviera desesperado por respirar.

Me besa como si me conociera.

Cuando me jala para acercarme a él, con un poco más de brusquedad que antes, tiro de su abrigo tanto como puedo con sus guantes puestos.

Estoy segura de que nunca me he sentido así por nadie. Si lo hubiera sentido, nunca lo habría dejado ir. Perseguiría este sentimiento, esta pasión, este deseo cada segundo.

Nos besamos y quiero… más.

Pero él se aparta, ligeramente.

—Ven a casa conmigo —susurra, su voz está teñida con anhelo—. ¿Por favor?

Cuando abro los ojos, deja caer la mano que estaba en mi cabello.

—¿Ir a casa contigo? —susurro, retrocediendo un poco—. ¿Por qué?

—Porque quiero que vengas.

Mis labios cosquillean y arden, y no puedo apartar la mirada de su boca. No puedo dejar de pensar en lo bien que esto me hizo sentir.

La nieve arrecia y él se quita el gorro, lo sacude antes de ponerlo sobre mi cabeza.

—Síp. Sigues siendo bonita —determina con una pequeña sonrisa en sus labios.

Unas luces brillan a la distancia y me alejo por instinto de él.

Es el autobús.

—No puedo ir contigo —le digo por reflejo, ahora que más o menos he salido de este trance.

—¿Por qué no?

—Porque… —No puedo pensar con claridad—. Porque no siempre obtenemos lo que queremos.

—¿Y qué es lo que quieres?

No tengo idea.

Nunca me he sentido más confundida y fascinada por alguien en toda mi vida.

—Pasa otro rato conmigo. Aun así llegarás a casa antes del toque de queda —dice, como si fuera eso lo que me preocupa.

Pero lo que me preocupa es la atracción que siento hacia él que me nubla la mente.

Lo que me preocupa es cómo fue que pude besar a un total desconocido en la calle donde cualquiera puede vernos.

Lo que me preocupa es que quiero hacerlo una y otra y otra vez.

—Creo que no confío en mí para quedarme por más tiempo —le digo con honestidad.

El autobús ya está más cerca.

—Pero ¿no confías en mí?

—Creo que sí, pero es que… sí necesito ir a casa —le digo y el autobús se detiene lentamente justo junto a nosotros.

—Iré contigo.

Extiendo una mano, la pongo sobre su pecho.

—Está bien. No vengas, por favor.

Me dedica una larga mirada.

—¿Hice algo mal?

—No. No hiciste nada mal. Pero la noche estaba destinada a terminar.

La decepción inunda su cara.

—No tiene que ser así.

Me quito su gorro y le entrego sus guantes.

—Gracias. Fue… —Divertido suena extraño. Me la pasé bien tampoco encaja—. Todo este tiempo contigo ha sido tan…

—¿Abrumador?

—Sí —exhalo.

—¿Devastador?

Está repitiendo las palabras que usé cuando estaba describiendo mis sueños hace rato.

La voz se me atora en la garganta cuando lo digo por segunda vez:

—Sí.

Las puertas del autobús se abren.

—¿Se van a subir? —nos grita el chofer.

—Sí —digo por última vez con más convicción—. Solo yo.

Me apuro a subirme al autobús.

No miro hacia atrás.

A pesar del dolor en mi pecho, me convenzo de que estoy haciendo lo correcto.