Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.
Thank you iambeagle for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani B por ser mi beta en esta historia.
Capítulo 14
Más allá de la ventana la nieve cae en un silencioso frenesí. Miro aturdida la tormenta que se fortalece con cada segundo que pasa.
Tal vez debería sentirme avergonzada por venir aquí y buscar el consuelo de Edward, pero no me siento así.
Ni siquiera un poquito.
—¿Miel?
La voz de Edward me saca de mi aturdimiento. Mi corazón se acelera ante el apodo cariñoso, hasta que comprendo que me está preguntando si quiero miel en mi té*. Creo que no se da cuenta de que mi mente se fue por ese lado. El silbido de la tetera se roba su atención, dándome un segundo para componer mi rostro.
Le digo que me encantaría un poco de miel, y llena dos tazas con agua humeante.
—Pensándolo bien…
Voltea hacia mí, alza las cejas.
—¿No quieres miel?
—¿Tienes algo que sea más fuerte que el té?
Sonríe.
—¿Te serviría un poco de bourbon?
—No bebo mucho whisky, pero aceptaré lo que pueda tomar por ahora.
—Ahí te lo traigo.
Dejando las bolsitas de té sin usar en la encimera, estira la mano sobre su cabeza y rebusca en un gabinete para tomar la botella de whisky.
—Ha pasado un tiempo desde la última vez que probé esto —musita.
—¿Oh, sí?
—Sí. —Es difícil leer su expresión—. Sé que no te gusta el whisky, pero tengo la sensación de que este sí te gustará.
—Ponme a prueba.
En lugar de servirlo en nuestras tazas, agarra dos vasos y llena cada uno con un poco de bourbon. Los trae y le acepto uno con reticencia. Huele dulce, casi como caramelo de mantequilla. Le doy un pequeño trago, me sorprende el sabor. Es un sabor fuerte a caramelo y especiado como con nuez moscada.
—Oh. —Arde, pero le doy otro trago—. Vaya. Tienes razón.
Su sonrisa es suave.
—¿Sí?
—Me gusta mucho.
—Eso pensé. —Le da un trago al suyo manteniendo su mirada en mí—. Puedo prepararte un ponche si quieres, pero creo que este necesita consumirse solo. Sin diluirlo en nada.
—Sí, me gusta así solo —coincido, y me froto los ojos. Mis pulgares se manchan de negro y comprendo que probablemente me veo como un desastre después de mi crisis—. ¿Puedo usar el baño?
Asiente y avanzo por el pasillo hacia la puerta de la izquierda.
Tenía razón. Me veo muy desaliñada.
Me veo como alguien cuya vida está a punto de venirse abajo, pero tal vez no es justo sentirlo tan profundamente. Rose la tiene peor. La vida de Rose se está viniendo abajo de verdad y se está volteando de cabeza. Igual que la de mi hermano. Tengo la terrible sospecha de que nada volverá a ser lo mismo después de esto.
Para ninguno de nosotros.
La culpa penetra entonces. Pesa en el fondo de mi estómago. Por dejar a Rose. Por hacerla creer que podría traicionarla.
Y mientras la culpa se posa en mí, la emoción se alza caliente y pesada en mi garganta. Saco mi celular para llamarla y me responde en el primer timbre.
—¿Dónde estás? —exclama con voz llena de pánico.
—Lo siento —le digo en voz baja—. Lo siento mucho.
—¿Qué hiciste, Bella? —pregunta, y la acusación en su tono le añade peso a mi conciencia.
—Nada. No hice… no hice nada. —Al mirar mi reflejo, mis ojos se llenan de lágrimas volviendo borrosa mi imagen—. Lamento haber dicho que te iba a reportar. Eso fue una estupidez y…
—¿No nos vas a reportar?
—No.
Exhala pesadamente en el teléfono, pero no dice nada más. La línea permanece en silencio hasta que vuelvo a hablar.
—Me agarraste desprevenida —le digo—. Me siento estúpida.
—No eres estúpida. No debí haberte dicho ni la mitad de las cosas que te dije. Lo siento. —Solloza, y entonces comprendo que ella está llorando, el alivio es evidente en su voz—. Ha sido muy difícil ocultarte esta mierda. No tienes idea.
—Habría estado ahí para apoyarte —murmuro—. Estoy aquí para ti. Y para Emmett. Solo… no hagan nada todavía, ¿de acuerdo? Por favor.
—No haré nada. Pero de verdad me sorprendiste hace rato.
—Igual que tú a mí —digo suavemente.
—Pero sabes que lo amo, ¿cierto? Muchísimo. Nunca querría meterlo en problemas. Es que esto es un maldito desastre.
—Lo sé. Pero lo arreglaremos. De alguna manera. ¿Bien?
—Bien.
Me aclaro la garganta, uso la manga de mi suéter para darme toquecitos en los ojos.
—Tengo que colgar, solo quería que supieras que lo lamento.
—¿Vas a volver a casa?
—En un ratito.
—Espera, ¿dónde estás?
Vacilo, me muerdo la parte interna de la mejilla.
—Estoy con ese paciente que fue a la clínica la semana pasada. Puede que no lo recuerdes. Se llama Edward.
—Lo recuerdo —dice con naturalidad.
—Es él con quien estaba la otra noche también. Nos hemos topado varias veces en el autobús, y estaba trabajando en la fiesta de Em, y yo solo… sí.
—Bella…
Trago.
—¿Qué?
—Solo… ten cuidado. ¿De acuerdo?
—Siempre lo tengo —prometo—. Te veré pronto.
Colgamos y me mojo la cara con agua, tallándome gentilmente bajo los ojos para quitarme todo el maquillaje de la piel. Me seco la cara y uso el baño. Cuando regreso a la cocina, Edward sigue en la mesa, girando el vaso entre sus manos.
—¿Todo bien? —pregunta, alzando la vista hacia mí.
Asiento y me siento frente a él otra vez, me jalo las mangas del suéter para taparme las manos.
—Estaba hablando con Rose.
—Ah. ¿Sabe que estás aquí?
—Ahora sí. —Bajo la vista a mi regazo—. Por cierto, gracias.
Su voz suena suave.
—¿Por qué?
—Por el whisky. Y la hospitalidad. He sido muy poco amistosa contigo, sin embargo, sigues siendo tan jodidamente amable conmigo. No me das la espalda cuando aparezco aquí.
—Tampoco soy exactamente altruista. —Sus dedos rozan deliberadamente mi brazo, y mi mirada salta a la suya—. Yo también obtengo algo de esto.
—¿Qué cosa?
Toma un trago, sus ojos se mueven a mi boca.
—Me gusta estar cerca de ti.
Tomando un trago para darme valor, hago mi propia confesión.
—También me gusta estar cerca de ti.
Sus ojos se iluminan.
—¿De verdad?
Mis mejillas se sonrojan.
—Vamos —digo con ligereza—. No me hagas repetirlo.
—Solo una vez más. ¿Por favor? —Su tono es juguetón, pero puedo ver la seriedad en su mirada.
—Me gusta estar cerca de ti —digo en voz más suave que antes, y el sentimiento permanece entre nosotros—. ¿Feliz?
Su sonrisa en respuesta es gentil.
—No tienes idea.
Me río un poco de él, sacudo la cabeza ante su osadía, pero en secreto me deleito de lo bien que me hace sentir.
—Entonces…
—Encontré…
Hablamos al mismo tiempo, nos sonreímos brevemente.
—¿Qué encontraste? —pregunto.
Pasa un momento, luego mete la mano a su bolsillo y deja algo sobre la mesa.
—Encontré esto en mi guante después de que te subiste al autobús.
—Mi anillo. —Lo agarro, admiro la gema rojo rubí. No me había dado cuenta de que estaba perdido, pero mi mente ha estado en otras partes.
—Creí que dijiste que no era tuyo —cuestiona, mirándome a la cara.
—O sea, no lo es.
Sin pensarlo me lo pongo en el dedo anular antes de recordar que no pertenece ahí.
—Se te ve bien —murmura Edward—. Es una pena que no te quede.
Me lo quito y me lo pongo en el dedo índice, ignoro el zumbido en mi vientre bajo.
El viento aúlla por fuera de la ventana y durante un momento las luces parpadean.
—¿Pepper está aquí? —pregunto, empieza a preocuparme que ella esté afuera en la nieve.
—Todavía no. Pero no te preocupes, estoy alerta a eso.
—Espero que esté bien.
—Estoy seguro de que sí. Es fuerte —dice, sosteniendo mi mirada—. Siempre regresa al lugar donde pertenece.
Bajo la vista al anillo.
—Eso es bueno.
Le da otro trago a su bebida y lo imito, la calidez del whisky me arrulla a un estado de relajación. Ahora siento una comodidad persistente, pero no sé si eso se debe al alcohol o a Edward.
—¿Te sientes un poco mejor? —pregunta.
Encogiéndome de hombros, respondo:
—Sí y no. El bourbon ayuda. Al igual que tu compañía.
—¿Quieres hablar de ello?
Vacilo.
—¿Mi crisis emocional no te ha espantado aún?
—En absoluto. Como te dije ayer, no te desharás de mí tan fácilmente.
—Quiero decir… no es que esté intentando deshacerme de ti. —No sé por qué lo digo, pero la mirada en su rostro me hace sentir alegre por haberlo hecho.
—No quiero que pienses que tienes que dar explicaciones por venir aquí —dice con naturalidad. De forma dulce—. Quiero que sepas que puedes confiar en mí.
—Lo sé.
—Así que, si quieres hablar, podemos hablar. Si solo quieres beber, podemos beber.
Bajo la vista a mis manos y me muerdo el interior de la mejilla.
—Quiero ambas cosas —le digo con franqueza, y él rellena nuestros vasos mientras yo respiro profundamente—. Rose y yo nos peleamos cuando llegué a casa. Ella está en problemas, y yo enloquecí un poco porque… me agarró desprevenida. Honestamente me siento aterrada por ella.
Da un trago a su bebida, luego pregunta con cautela:
—¿En qué clase de problema se metió?
No hay otra forma de decirlo más que:
—Rompió la ley.
Ni siquiera hace una mueca. Apenas parpadea.
—¿Qué hizo?
Un momento de duda destella dentro de mí. Confiar en Edward significa que ahora lo estoy involucrando.
—¿Me juras que esto se quedará entre nosotros? —susurro.
—Puedes confiar en mí, Bella.
Con una respiración profunda, le cuento todo.
XXX
Un atardecer tardío de verano brilla a través de las cortinas, y disfrutamos bajo la luz. Él se ve satisfecho y feliz, pero luego un destello de duda pasa sobre su rostro.
—Así no era como esperaba que sucediera nuestra primera vez —dice después de un latido, se ve apenado.
Rozo mis dedos sobre sus labios.
—¿A qué te refieres?
—No fue muy romántico —murmura, besando mi boca—. Está jodidamente caluroso aquí, y mi mamá está al final del pasillo, y fue algo rápido…
—Oye.
—¿Sí?
—Fue perfecto —susurro. Y lo digo en serio.
Su mirada se pone tierna y se ve un poco aliviado.
—¿De verdad?
—Sí —digo simplemente, espero poder borrar sus nervios—. No me importa dónde o cuándo ni nada de eso. Todo lo que me importa es cómo me haces sentir. Y me amas. Así que… sí. Fue perfecto.
Traza un dedo sobre mi nariz y mi mejilla.
—Eres perfecta.
—Cállate —me río—. No lo soy.
—Lo eres —insiste—. Con tu sonrisa y tus pecas y tu risa. ¿Y la forma en que tú me haces sentir a mí? Tan jodidamente feliz. Todo el tiempo. Eres perfecta para mí.
Mi corazón se contrae por la forma en que él me mira. Siento ganas de llorar o reír, pero no hago nada de eso. En vez de eso, solo le digo la verdad, que él también es perfecto para mí.
XXX
Me despierto otra vez en el sofá de Edward, pero esta vez estoy sola. Él no está en el piso ni en la habitación.
Después de terminar mi segundo whisky, el plan era dirigirme a casa. Pero la nieve continúa y las temperaturas bajo cero se aseguraron de que no hubiera ninguna forma en que yo pudiera manejar cuidadosamente. Tal vez el whisky también contribuyó a eso.
Así que Edward encendió un fuego. Nos preparó algo de chili. Desapareció unas cuantas veces para revisar a su mamá. Luego nos sentamos en el sofá y platicamos mientras yo apartaba los recuerdos de su boca y la urgencia de besarlo de nuevo.
Él habló de su familia, y escuché mientras me contaba cómo su padre había muerto hace unos cuantos años. Brevemente mencionó la condición de su madre y cómo es que su mente se había ido primero, y que su cuerpo no tardaba en seguirla.
Nos sorprendí a los dos cuando le pregunté cómo creció. Por alguna razón, quería saber con desesperación. Dijo que lo habían educado en casa, así que los únicos amigos que tenía eran los que vivían cerca. Sus mejillas se tiñeron de una tonalidad más oscura cuando admitió que solía tartamudear, y que su madre lo ayudó a superarlo haciéndolo recitar poesía cada noche.
Luego me sorprendí a mí misma al pedirle que me recitara algo.
Más tarde, había dicho, su voz de seda me daba calor.
Pero más tarde nunca llegó porque debí haberme quedado dormida.
Me siento, pestañeando lentamente. El fuego sigue encendido, el calor arde abriéndose camino por toda la habitación.
La televisión está encendida, pero silenciada. Cuando la cara de mi padre aparece en la pantalla, se me revuelve el estómago.
Es solo un video de una conferencia de prensa de inicios de esta semana. Incluso sin el sonido sé lo que está diciendo. Quiere que la ciudad sea mejor en cuestión de ahorro de energía. Lo que significa que, iniciando la próxima semana, se cortará la electricidad durante el toque de queda. Por supuesto, no será en toda la ciudad. Las únicas partes de la ciudad que se verán afectadas son las más necesitadas.
Edward aparece en el marco de la puerta con Pepper en sus brazos, y uso el control remoto para apagar la televisión, me siento agradecida cuando la cara de mi padre se desvanece a un color negro.
—Mira quién decidió aparecer —dice Edward con un toque juguetón en su voz.
Pepper maúlla ruidosamente. Edward la baja y ella avanza hacia mí. Choca su cabeza con mi pierna, la cargo y la pongo en mi regazo, pasando las manos sobre su húmedo pelaje.
—Nos tenías preocupados —le digo suavemente, ganándome un agudo maullido en respuesta—. Y estás toda mojada.
Edward mira el intercambio y se ríe antes de poner una manta junto al fuego, la cual Pepper inmediatamente reclama como suya.
—Te quedaste dormida —dice con gentileza, sentándose a mi lado.
—Perdón.
Exhala una risita.
—Empiezo a pensar que soy demasiado aburrido o simplemente te sientes tan confortada por mi presencia que no puedes evitar dormirte.
Definitivamente siento algo cerca de él.
Protegida.
A salvo.
Algo muy parecido a la añoranza.
—No eres aburrido —digo con suavidad—. Culpa al whisky.
—¿También debería culpar al whisky de que hables dormida?
—¿Qué? —exclamo—. ¿De verdad lo hice?
Sonríe.
—Así es.
Me tapo la cara.
—¿Qué dije?
—Estabas murmurando, así que era difícil de entender. Pero definitivamente escuché la palabra amor por ahí. Creo que también dijiste mi nombre.
—Ahora ya sé que estás mintiendo —me río y sacudo la cabeza. De todas formas, mis mejillas arden.
Su sonrisita se convierte en una de ironía.
—Bien, pero sí te quedaste dormida sobre mí —admite.
—Ya habíamos establecido eso.
—No, o sea, literalmente te quedaste dormida en mí. No me habría movido, pero escuché a Pepper arañar la puerta de atrás y tenía que dejarla entrar.
—Oh. Eso es tal vez más vergonzoso que hablar dormida. Lo siento.
—No lo sientas —murmura—. Fue lindo.
—¿Lindo?
No aparta sus ojos de los míos, y el aire entre nosotros se siente pesado.
—Sí.
Trago, señalando la televisión para cambiar el tema.
—¿Estabas viendo las noticias?
—Sí —repite.
—Pensé que no te importaba ni creías en realidad lo que el gobierno dice.
—Así es, pero me gusta mantenerme informado. —Se encoge de hombros—. Si me van a cortar la electricidad en medio del invierno, me gustaría saber por qué. Aunque todavía no entiendo eso.
—Tu casa no…
—Sí se verá afectada. Está dentro de la zona.
—Apenas. —Trago con pesadez, una sensación de vergüenza por él inunda mis mejillas.
Pienso en él y en su madre aquí sentados, la única luz y el único calor proviniendo de la chimenea.
Hace que mi estómago se retuerza con furia.
—No es que importe, pero… no siempre estoy de acuerdo con él.
—¿No siempre estás de acuerdo con quién? —pregunta, pero no hay forma en que no sepa de quién estoy hablando.
—Con mi padre. —Giro el anillo en mi dedo un par de veces—. ¿Como el asunto de Bree? Y ahora con todo este asunto de la conservación de energía.
Edward se remueve un poco, asintiendo.
—¿Él lo sabe?
—¿Qué crees tú? —pregunto en voz baja.
—Supongo que no.
—Supones correctamente. —Suspiro, ya no quiero seguir hablando sobre mi padre—. ¿Qué hora es?
—Casi las once.
—Mierda.
Parándome del sofá, me muevo hacia la ventana para apartar la cortina y mirar afuera. La nieve cae más lenta ahora, pero la acumulación debe tener más de unas cuantas pulgadas de altura.
—No te irás a ninguna parte —me dice Edward—. Incluso si no pasara ya la hora del toque de queda, no es seguro manejar en esta tormenta.
Me vuelvo a sentar y me llevo las rodillas al pecho.
—Lo dices como si te sintieras feliz —lo acuso, mi tono es ligeramente burlón.
—Lo dices como si no hubieras estado esperando quedarte aquí esta noche.
Siento un sonrojo subir por mi cuello.
No está equivocado.
Yo lo busqué. Ansiaba su compañía para alejar mi mente de todo lo que está pasando con Rose.
Tal vez fue egoísta dejarla sola, pero necesitaba un momento para digerir todo. Necesitaba un momento para escapar mentalmente y pretender que todo estará bien, incluso si es solo por esta noche.
No tengo idea de cómo resultará esta situación. Todo lo que sé es que Rose y Emmett me necesitan de su lado.
Y sin importar nada, ahí estaré.
Edward debe interpretar mi silencio como incomodidad porque dice:
—Si de verdad te quieres ir, hay formas de llegar a casa. Ciertas calles que puedes tomar para evitar las patrullas. Pero aun así… no creo que sea seguro con la nieve, y egoístamente quiero que te quedes.
Lo miro recelosa.
—¿Cómo sabes las formas de evitar a las patrullas?
—Solo lo sé.
Una inquietud se posa en mi estómago, y las palabras de Rose sobre tener cuidado suenan en mi mente. Pero ella no conoce a Edward. En realidad, no. Más bien sus palabras pretendían ser genéricas. No una advertencia de verdad.
—Entonces, si no hubiera una tormenta, ¿podría irme de aquí y llegar a casa con tus consejos sin ser detenida ni interrogada?
Pasa un latido antes de decir:
—Sí.
—Lo que significa que has salido después del toque de queda —aclaro.
—Sí.
—Y no te han atrapado.
—Todavía no.
—¿Qué hace exactamente uno después del toque de queda?
Su rodilla rebota.
—Muchas cosas.
—Dime. ¿Por favor? —lo animo.
Su reticencia despierta más mi interés.
—A veces mi empleo requiere que trabaje en las sombras.
Frunzo el ceño, me devano el cerebro.
—¿Cuál empleo?
Me ve de cerca.
—El verdadero.
—No lo entiendo —digo en voz baja, mi corazón late irregular.
—Creo que por ahora es mejor que no lo entiendas.
—¿Por qué no?
—No quiero asustarte, Bella.
—Puedo con ello —digo, pero no estoy segura de eso.
—Hoy en la tarde Rose te aventó una enorme bomba —razona—. No quiero abrumarte. Así que solo dame un poco más de tiempo. ¿De acuerdo? Te juro que te lo diré.
—¿No confías en mí? —suelto, pero no hay una razón verdadera por la cual debería confiar. Soy la hija del alcalde. Mi reacción inicial ante la noticia de Rose fue reportarla. Tal vez ni siquiera yo confío en mí.
—Sí confío en ti —promete—. No decirte es más bien para mantenerte a salvo.
El estómago se me cae al piso ante esa palabra, y la advertencia de Rose está ahí otra vez, al frente de mi mente.
—¿Por qué necesitaría estar a salvo? ¿Eres… peligroso?
—Eso depende de a quién le preguntes —dice crípticamente.
—Te estoy preguntando a ti.
Sus ojos permanecen pegados a los míos, y su voz se reduce con un toque de advertencia al decir:
—No soy el tipo malo. —No estoy segura de qué esperaba que me dijera, pero no era eso—. Solo dame un poco más de tiempo, ¿de acuerdo? —murmura—. Es todo lo que necesito.
—¿Qué conseguirás con ese tiempo? —susurro.
—No sé. Pero es todo lo que tengo —dice, determinado.
Nos miramos el uno al otro, el fuego muere lentamente, y el efecto del bourbon se fue desde hace rato. No estoy segura de si es por la angustia en su voz o la honestidad tras su mirada, pero decido que, peligroso o no, confío completamente en él. No estaría aquí ahora, buscando su confort, si no fuera así.
—Pues ya que me voy a quedar… ¿qué te parece otro trago? —pregunto, aligerando el ambiente.
Hay alivio en su mirada cuando sonríe y dice:
—Eso sí puedo hacerlo.
*Edward le dice "Honey". Esa palabra se usa cuando se quieren referir a alguien como "Cariño", de ahí la confusión de Bella.
