Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.
Thank you iambeagle for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani B por ser mi beta en esta historia.
Capítulo 15
Con otro tronco al fuego, seguimos bebiendo.
Bebemos hasta que la botella queda casi vacía. Bebemos hasta que todo se siente nebuloso y soñador, y mis miembros se relajan. Bebemos hasta que de alguna forma termino acostada en el sofá con la cabeza en el regazo de Edward, lo miro y me río.
Nuestra charla está teñida de coqueteos y ternura. Nos reímos y nos tocamos, seducimos y provocamos. Llega con mucha facilidad. No bajo la guardia con mucha gente, eso si es que lo hago, así que permitirme relajarme y emborracharme cerca de él significa algo.
—No hago esto muy seguido —le digo, arrastrando un poco mis palabras—. O, más bien, jamás.
—¿Hacer qué?
—Dejarme llevar así.
Me sonríe y puedo sentir el calor detrás de su mirada cuando dice:
—Me gusta cuando te dejas llevar.
—Te gusta, ¿eh? —Entrecierro los ojos juguetonamente—. Bueno, me gusta cuando me miras así.
—¿Así cómo? —me provoca con una sonrisa coqueta en sus labios.
—Así. —Intento levantar la mano para señalarlo con el vaso todavía en mi agarre. Un poco de bourbon se derrama por un lado y me río hasta que él agarra gentilmente mi muñeca y lame el líquido de mi mano. Luego ya no me estoy riendo. Estoy ardiendo.
Ambos nos miramos.
—Perdón —exhala con aprensión en su tono—. ¿Es raro que haya hecho eso?
Si fuera alguien más, sí. Habría sido raro. Pero es él, así que:
—No.
—No lo pensé bien —dice con seriedad, sigue mirándome, tiene la vista en mi boca.
—Sigues haciendo eso.
—¿Qué hago?
—Miras mi boca.
Se moja los labios y quiero saber a qué saben. Quiero saber cómo se sentirían sobre mi boca, con nuestras inhibiciones rebajadas y mi resolución completamente desmoronada. Quiero saber cómo se sentiría besarlo tan libremente, sin ninguna reticencia y sin pensarlo dos veces.
—Me alegra que hayas venido —dice Edward, sus ojos están un poco acristalados y su sonrisa es un tanto arrogante.
—También me alegra haber venido.
—No me malinterpretes. Detesto que te sintieras molesta. Verte llorar así fue algo… carajo, me mató.
—¿En serio?
—Sí. —Traga—. Me asustaste durante un segundo.
—También estaba asustada. —Me siento lentamente, la cabeza me da vueltas—. Sigo un poco asustada y preocupada por la situación. Pero justo ahora, aquí contigo, las cosas se sienten bien.
Hay cierta gentileza detrás de su mirada. Luego sus ojos verdes están ahí de nuevo, en mi boca. Mi pecho se agita y me llevo una mano al cuello, mi piel se sonroja por la forma en la que él me está mirando.
Me siento expuesta. Siento que puede leer mi mente. Si pudiera, sabría lo jodidamente mucho que lo deseo justo ahora.
—Puedes hacerlo, sabes. —Lo digo tan suavemente que ni siquiera yo estoy segura de haber hablado.
Su voz es igual de suave al responder:
—¿Qué?
—Besarme.
El bourbon me ha vuelto audaz, y me ha dado una excusa para ir tras lo que quiero. Y lo que quiero es a él.
—¿Soy tan obvio? —pregunta, una risita sin aliento se escapa de sus labios perfectos—. He estado ansiando besarte desde el momento en que llegaste esta noche.
—¿Y bien?
—No parecía ser el momento adecuado —murmura.
—¿Y ahora? ¿Se siente como el momento adecuado?
—No sé. —Su mirada salta entre mi boca y mis ojos—. Tú dime.
—Ya te lo dije.
Traga.
—Estás borracha.
—Igual que tú.
—Un poco, sí —acepta.
El fuego crepita y cruje, y él se levanta del sofá. Lo veo ponerse de rodillas frente a la chimenea, agrega y ajusta los troncos y le sopla un poco para hacer que las brasas ardan de nuevo.
Me recuesto en el sofá, mi corazón martillea con la posibilidad de algo más. Algo grande. Solo que no sé qué es.
Con el fuego ardiendo, él regresa a mí. Pero en lugar de acostarse conmigo en el sofá, se sienta en el piso y recarga su espalda en los cojines.
Lo sacudo juguetonamente con mi pie.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto.
Sonríe.
—Es más seguro aquí.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Confía en mí.
—Sí lo hago, pero… ¿por qué? —insisto.
—Hemos estado tomando, y eres tan jodidamente bonita, y me estás mirando como, como… —Con una breve pausa sus ojos se posan en mí, sus palabras suenan exasperadas y desesperadas—. No quiero joder esto. Así que creo que es más seguro mantener un poco de distancia.
—No quiero que mantengas tu distancia —susurro.
—Ya entendí eso, lo que hace que sea malditamente difícil…
Vuelvo a mover su hombro con mi pie y él lo agarra con gentileza, tiene una mirada suplicante en sus ojos.
—Si no vienes aquí arriba, entonces yo bajaré —le advierto.
Gime un poco y el sonido me revolotea el estómago.
—Bell.
—¿Qué?
—Solo… —Echa la cabeza atrás y la recarga en el sofá mientras mira el techo—. ¿No te das cuenta de lo mucho que te deseo?
Puedes tenerme, quiero decirle. Pero luego asimilo su expresión y me doy cuenta de que se ve muy devastado. No entiendo cuál es el problema.
En realidad, ni siquiera estoy segura de qué es lo que intento presionar. ¿Para que me bese? ¿Me toque? Lo que sea que es, actúo solamente por instinto. Mi cuerpo está reaccionando a él de una forma que nunca antes he sentido, pero quiero lo que sea que él esté dispuesto a darme.
El problema es que de repente él parece muy inseguro.
Tal vez su indecisión se debe a que su mamá está en casa. O tal vez es porque hemos estado bebiendo y nuestras inhibiciones se han reducido.
Lo que sea que es, me despeja un poco y doy marcha atrás.
—Lo siento —digo en voz baja.
—No. No lo sientas. Yo… carajo. —Se agarra el cabello con un puño, exhala otro aliento—. Muévete.
—¿Qué?
—Hazme espacio.
—Tal vez deberías pedírmelo de forma amable —bromeo.
—Tal vez deberías moverte para poder acostarme contigo —dice con voz cansina—. Por favor.
Lucho contra una sonrisa al hacerme hacia atrás y él se acuesta en la orilla del sofá conmigo metida entre él y los cojines. Mi estómago cae en picada debido a nuestro contacto estrecho, pero se calma después de un momento.
—¿Está bien esto? —exhala, su cara está tan cerca de la mía.
—Sí.
No sé dónde poner mis manos, pero luego él me jala para acercarme, así que quedo acurrucada en sus brazos, tengo la cabeza apoyada en su pecho y una pierna sobre su muslo.
Nos quedamos así, envueltos el uno en el otro, sin movernos durante un rato. Casi logra sofocar el deseo dentro de mí.
Escucho su respiración. El fuego crepitante. Su boca roza mi sien de vez en cuando. Y, por un momento, todo se detiene. Todo se siente bien.
—¿Te dormiste? —murmura, subiendo y bajando su mano por mi espalda.
Su voz me regresa un poco al aquí, y miento, abriendo solo un ojo para verlo.
—No.
—Bella. —Se ríe en voz baja, pero mi cabeza en su pecho ahoga el sonido—. Vamos. Puedes quedarte en mi cama.
—Estoy bien aquí.
—Este sofá es horrible.
Gimo.
—No me quiero levantar.
—Te cargaré.
Me río somnolienta.
—No.
—Te echaré sobre mi hombro como un cavernícola.
—No te atreverías —digo con voz chillona.
—Mírame.
—Edward.
Se ríe.
—Vamos. Te dejaré en mi habitación. Estarás más cómoda allá.
Se levanta del sofá, luego tira de mis brazos hasta que estoy de pie. Con una mano en mi cintura, me guía por el pasillo.
Lanzo una breve mirada hacia la habitación de su mamá, me pregunto si nos escucha. Me pregunto si sabe que estoy aquí. Me pregunto si siente tanta curiosidad por mí como yo siento por ella.
—Está bien —me dice en voz baja, como si leyera mi mente—. Ya debe estar dormida.
Enciende una lámpara y una luz cálida resplandece desde la esquina de la habitación, haciéndolo brillar. Parpadeo para alejar la luminosidad.
—¿Esta es tu habitación?
—Sí.
Mis ojos se mueven hacia la estantería rebosando de literatura. Hay una cama matrimonial revuelta y una pequeña cómoda llena de fotos.
Me muevo lentamente hacia los recuerdos.
—¿Ese es tu papá? —pregunto.
—Sí. Su nombre era Carl.
—Es muy guapo.
—Ahora ya sabes de dónde obtuve mi guapura —bromea.
—Oh, por favor —murmuro para esconder el hecho de que estoy pensando exactamente eso.
Es la viva imagen de su padre. Especialmente en esta foto. Ambos tienen un grueso cabello rebelde, mandíbula fuerte, arrugas en los ojos y hombros anchos. Incluso sus sonrisas son las mismas, y ambos pares de ojos brillan como si estuvieran guardando secretos.
—¿Quieres algo de ropa para dormir? —pregunta Edward mientras sacude la manta, acomodando un poco la cama.
—Estoy bien. En serio.
—¿Segura?
Es tentador aceptar su oferta. Usar algo que pertenezca y huela a él.
—De hecho, me vendría bien una camiseta.
—¿Solo una camiseta? —pregunta con voz baja.
—Sí.
Se mueve hacia la cómoda y me entrega una camiseta enorme de mangas largas.
—¿Eso está bien?
La aferro a mi pecho.
—Sí. Gracias.
Pepper entra corriendo a la habitación e inmediatamente se abre camino hacia la cama.
—Supongo que ella dormirá contigo. —Edward se ríe y la vemos caminar en círculos sobre el colchón un par de veces antes de ponerse cómoda.
—Supongo que sí.
Él sacude una almohada.
Cierra las cortinas.
Apaga la lámpara.
Y luego ninguno de los dos nos movemos.
El espacio está cargado con electricidad.
Puedo sentir su presencia al otro lado de la habitación y eso hace vibrar mi cuerpo.
—Gracias —murmuro, rompiendo el silencio.
—Ni lo digas.
Puedo distinguir su sombra moviéndose hacia mí, como si fuera a abrazarme o besarme, pero pasa sin tocarme, luego se detiene en el marco de la puerta.
—¿Necesitas algo más?
Niego con la cabeza.
—Creo que no.
—Estaré acá afuera si cambias de parecer —dice neutralmente, su cuerpo está iluminado por la tenue luz detrás de él.
—Gracias —repito.
Se queda en su lugar un momento más.
—Buenas noches, Bella.
—Espera.
—¿Sí?
—¿Te quedarías conmigo?
Mi corazón martillea ante mi solicitud, pero no lo quiero al final del pasillo durmiendo en el sofá. Lo quiero cerca. Lo quiero conmigo.
—¿Aquí?
—Sí.
Titubea.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Bien. Dame un segundo —dice y desaparece.
No estoy segura de a dónde se va, pero me abro camino palpando todo en la habitación hasta que encuentro la cama. Me quito los jeans y el suéter antes de ponerme su camiseta, me encanta lo suave y enorme que es. Gateando para meterme debajo de las mantas, me muevo de forma que Pepper permanezca sin ser molestada a los pies del colchón.
Poco después él regresa a la habitación, cierra la puerta a su espalda y se queda cerca de la orilla de la cama.
—¿Te importa si, uh…? —empieza a preguntar.
—¿Qué?
Carraspea.
—¿Debería quedarme con los jeans puestos o…?
—No —digo—. Ponte cómodo.
Se los quita y se mete debajo de las cobijas conmigo.
—La camiseta que me diste no huele a ti. Estoy algo decepcionada —le digo.
—Probablemente porque está limpia. —Puedo sentir su sonrisa en la oscuridad—. No sabía que querías una sucia.
—Bueno, ahora ya lo sabes para la próxima vez.
—Próxima vez, ¿eh?
Tarareo mostrándome de acuerdo y cierro los ojos.
—Aunque tu almohada sí huele a ti. A madera. Con un toque de… ¿especias? O pino. No sé.
Exhala una risa silenciosa.
—Prefiero que huela a ti.
—¿A qué huelo?
—Hueles a… —Me acerca con su mano en mi cadera, así que otra vez estoy en sus brazos. Acaricia mi cuello con su cara, inhala y exhala audiblemente. Mi piel cosquillea debido a su aliento—. Justo ahora hueles a alcohol. —Me río y puedo ver su leve sonrisa—. Pero debajo de eso usualmente es un aroma floral, algo así. Fresco.
—Probablemente es mi champú.
Musita y su cara está ahí otra vez, presionándose sobre mi cuello.
—Me encanta que estés aquí, Bell —susurra.
—¿En tu cama?
Bosteza.
—Sí.
—Pues a mí…
—¿Qué?
—Me encanta cuando me dices Bell.
Otra risita entrecortada.
—Ese es tu nombre.
—Sí, pero nadie nunca me ha dicho así. Se siente algo… íntimo. No sé. Tal vez es una estupidez. Pero me gusta.
Nos movemos y nos ponemos cómodos, así que quedamos acostados igual que en el sofá, con sus brazos rodeándome y mi cabeza en su pecho.
Mi mente se va a la deriva y flota, y mis miembros se sienten pesados a causa del cansancio. Justo antes de quedarme dormida, alzo un poco mi mentón.
—¿Estás dormido? —susurro.
Su pecho sube y baja debajo de mí.
—Casi.
—Buenas noches, Edward.
—Buenas noches.
Dejo un beso gentil en su mandíbula hasta que él agacha un poco la cabeza y se encuentra con mi boca. Nos besamos una vez. Suave. Dulcemente.
Y luego sueño.
XXX
—Se acabó.
—No se acabó. No hagas esto, por favor.
—Confía en mí. Esto es lo mejor.
—¿Cómo podría ser lo mejor? Creí que te importaba. ¿No ves que esto no es lo que quiero?
—Sí me importas. Es por eso que esto tiene que suceder.
—No tiene que ser así.
—Sí tiene que ser. Y lo será.
XXX
Me despierto de golpe y se me atora el aliento en la garganta, la palabra no está en la punta de mi lengua.
Luego comprendo que sí la estoy diciendo.
La estoy repitiendo.
Con pánico.
No, no, no.
Una y otra vez.
Luego las manos de Edward se posan en mí, firmes y tranquilizadoras. Seguras y protectoras.
—Oye, oye, oye. Bella, soy yo. Está bien.
Mi corazón está martilleando cuando vuelvo en mí por completo, al recordar dónde estoy. Con quién estoy. De qué estaba huyendo y por qué estoy en su cama para empezar.
—Estás llorando dormida —murmura, una sombra danza sobre su cara.
Me enderezo un poco y me aferro la manta al pecho, limpiándome los ojos.
—Perdón.
—¿Te estás disculpando por llorar? —Puedo escuchar un toque de diversión en su voz.
—Perdón por despertarte —aclaro.
—Está bien —repite, esta vez con más gentileza—. Estaba preocupado. Estabas gritando. Pensé… bueno, no sé qué fue lo que pensé.
—No te preocupes. Todo está bien. Estoy bien.
—¿Recuerdas qué estabas soñando?
Lo pienso, pero no hay nada concreto en mi mente. Sin embargo, había dolor. Angustia.
—No sé —susurro en la oscuridad—. Pero no me gustó.
Roza mi mejilla con el dorso de su mano.
—Lo siento.
Nos quedamos callados entonces.
—¿Pepper se fue?
—Encontró un nuevo lugar para dormir, en tu suéter —murmura, ligeramente divertido.
—La espanté.
—No, estás bien. ¿Puedo traerte algo? —pregunta con dulzura—. ¿Agua?
—No, estoy bien. Gracias.
—¿Crees que podrás volver a dormirte?
—No sé —digo con honestidad.
—¿Todavía quieres que me quede?
—¿Por favor? —murmuro, aparto el horror que llenó mi pecho mientras estaba soñando—. ¿Podrías distraerme?
—Puedo intentarlo.
—¿Me recitas un poema?
Gime.
—Tenías que recordarlo, ¿eh?
—Nunca lo olvidaré. Imaginarte de niño y tartamudeando poesía de amor es demasiado adorable para olvidarlo.
—Nunca dije que fuera poesía de amor —aclara.
—Bueno, ¿qué era entonces? —Se queda callado el tiempo suficiente para saber que sí, era poesía de amor—. No tienes que hacerlo si no quieres —digo, dándole una salida.
Veo un esbozo de sonrisa cuando se mueve para sentarse un poco recargado en la cabecera, todavía me rodea con el brazo.
—¿No te vas a reír?
—No. —Se ve muy nervioso, algo que no es propio de él. Hace que mi corazón se caliente con la urgencia de proteger y tranquilizar—. Te prometo que no me reiré.
—¿Qué debería recitar? —pregunta.
—El que sea que te hayas memorizado, ¿supongo?
—Eso no reduce mucho las opciones.
—Entonces tu favorito —sugiero, me pongo de lado para alzar la vista hacia él.
Suspira y puedo sentir su reticencia. Estoy a punto de decirle que así está bien cuando empieza a hablar.
—Tengo hambre de tu boca, de tu voz, de tu pelo —murmura, y mi estómago revolotea hasta que comprendo que ha empezado a recitar un poema—. Y por las calles voy sin nutrirme, callado, no me sostiene el pan, el alba me desquicia, busco el sonido líquido de tus pies en el día.
Su tono melancólico y la cadencia de su voz me envuelven mientras él recita lentamente cada palabra. Lánguidamente. Como si tuviera todo el tiempo del mundo. Como si esta noche nunca fuera a terminar.
No puedo apartar la vista de su cara, pero tampoco puedo verlo mucho tiempo a los ojos porque él me ve con mucha atención. Me mira, me ve, como si sus palabras fueran para mí. Y tal vez lo son. Me emociona y me asusta. Hace explotar mi corazón.
Miro sus labios mientras él habla de amor y lujuria. Deseo y desesperación. Miro su boca mientras recita palabras sobre buscar a alguien, hambriento por su corazón.
De repente, el poema termina. De repente, estoy consciente de lo cerca que estamos. De que ambos estamos bajo esta cobija con muy poca ropa.
Lucho contra mi propio deseo. Mi propia desesperación.
—¿Te gustó? —pregunta, su voz es apenas poco más que un susurro.
—Me encantó.
—Eso pensé.
Mi corazón está acelerado.
—¿De quién es?
—Pablo Neruda.
—No lo había escuchado antes —exhalo.
—Sí, sí lo has escuchado. —Lo dice con toda seguridad.
Y tal vez lo he escuchado.
Tal vez sonó diferente saliendo de su boca.
Tal vez me hizo sentir más cuando él lo recitaba que al leerlo en un libro o analizarlo en la escuela.
—¿Es tu favorito? —pregunto.
Su boca se alza un poco.
—Es el que me recuerda a ti —dice sin tapujos.
La satisfacción que siento al oír esto solo dura un momento antes de convertirse en nervios.
—¿Te recuerda a mí?
—Sí. El desear a alguien con tantas fuerzas… de la forma en que yo te deseo a ti.
—Oh. —Es un susurro, un aliento, y mi corazón late fuera de control.
—Bell…
—¿Sí?
—No puedo dejar de pensar en nuestro beso.
Su candor me sorprende, pero las palabras se detienen en mi garganta. Secretamente amo su honestidad. Amo lo abierto que está siendo.
—¿Cuál beso? —pregunto sin aliento.
—Todos.
La oscuridad soñadora de la habitación me hace querer ser valiente también. Este espacio ensombrecido me hace querer decir y hacer cosas que sé que no haría a plena luz del día.
—Dime por favor que tú también has estado pensando en eso —murmura, sacándome de mis pensamientos.
—Por supuesto que sí. Solamente he estado intentando hacer que me toques durante casi toda la noche.
—Lo sé. Es que… quiero que tú me desees. No quiero que sea solo por el bourbon.
Las puntas de mis dedos rozan sobre sus labios, los separo solo un poco.
—Sí te deseo.
Hay fuego en su mirada y la electricidad chisporrotea. Mi interior se derrite por el calor que hay.
Luego susurra mi nombre.
Suena como una súplica, una oración en sus labios.
Lo repite.
Bella, Bella, Bella.
No sé qué es lo que me está pidiendo. No sé qué es lo que quiere. Pero sí sé qué es lo que yo quiero.
Mi corazón se acelera, pero luego dejo de pensar y solo actúo. Me inclino y él se encuentra conmigo a mitad del camino, nuestras caras están lo suficientemente cerca para tocarse.
Es mi turno de decir su nombre.
Nuestras narices se rozan.
Nuestras respiraciones se mezclan.
Ladea un poco más la cabeza, y está tan cerca, justo ahí.
Soy yo quien cierra la corta distancia.
Soy yo quien hace que nuestras bocas se encuentren.
Soy yo quien lo besa.
Y estoy dando.
No, estoy tomando.
Sin pensar.
Solo actuando.
Boca caliente sobre boca caliente.
Pecho contra pecho.
Lenguas rozándose.
Sus manos toman mi cara y me corresponde el beso con tanta ternura, tan profundamente, que tengo ganas de llorar o reír o gritar. Toda la emoción que se acumula en lo más profundo de mí amenaza con liberarse.
Quiero soltarme.
Quiero rendirme a él.
Quiero darle todo a él.
Así que lo hago.
Me muevo desde mi lugar a su lado y me siento a horcajadas en su regazo, mis rodillas se entierran en el colchón. Con nuestras bocas todavía pegadas, sus manos suben por mi espalda y me sostienen cerca de él. Se endurece debajo de mí y me muevo sobre él, me encanta la fricción, pero necesito desesperadamente más.
Sus silenciosos gemidos llenan el silencio, luego su boca abandona la mía para chupar mi cuello, sus dientes rozan la delicada piel debajo de mi mandíbula.
—Carajo —exhalo—. Edward.
—¿Sí?
Estoy ardiendo por él.
He estado ardiendo por él.
—Tócame —le ruego.
Un momento de reticencia y duda pasa entre nosotros.
Luego le enseño donde poner su mano. Me enderezo, su cuerpo sigue debajo del mío, y guío su mano sobre mi estómago hasta que sus dedos rozan sobre mi ropa interior. Cuando alza la mirada para encontrarse con la mía, asiento.
Me recuesta sobre el colchón, y su mano se mueve entre mis piernas, hacia esa parte de mí que está muriendo por sus caricias. Cualquier reticencia que una vez estuviera ahí se llena de determinación por su parte. Mueve la orilla de mi ropa interior a un lado, sus dedos rozan sobre mí. Cálida y mojada. Caliente y ansiosa.
Se me atora el aliento cuando mete un dedo. Después de un rato añade otro. Sus caricias son deliberadas. Como si supiera lo que está haciendo, como si supiera exactamente cómo tocarme. Me pierdo en la sensación que crece y crece hasta que estoy jadeando en su boca.
Hay deseo detrás de mi beso cuando meto mi mano a su bóxer. Tal vez no estaba esperando que lo tocara porque, durante un momento, no se mueve ni me regresa el beso. Lo acaricio y lo agarro, susurro su nombre. Me acaricia la cara y me besa con desesperación, desliza su mano sobre mi culo, acercándome a él.
Lo toco, lo beso, lo amo. Ese último pensamiento me sorprende tanto que mis movimientos casi flaquean, pero luego él gime en mi boca y jadea que se siente tan jodidamente bien. No detengo lo que estoy haciendo hasta que él gruñe su liberación.
Su boca se queda sobre la mía tiempo después de haber recuperado su aliento. Nos besamos flojamente. Esos largos y apasionados besos lentamente se detienen, y deja suaves besitos sobre mi mejilla, mi mandíbula, mi cuello.
Después de limpiarse y de que volvemos a estar juntos bajo la cobija, nos acostamos muy cerca. Con nuestros cuerpos entrelazados. Envueltos el uno en el otro como si fuera algo común. Como si nos tocáramos y nos besáramos todo el tiempo.
Durante un momento, antes de sucumbir al sueño, se siente natural.
Se siente como si fuera suya.
