Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.


Thank you iambeagle for giving me the chance to share your story in another language!


Gracias a Yani B por ser mi beta en esta historia.


Capítulo 16

Duermo tranquila y profundamente hasta que la suave luz de la mañana se filtra a través de las cortinas.

Estoy sola en la cama de Edward, pero mi mente se llena con pensamientos de él despertando hace rato. En mi bruma adormilada, le dije que no se fuera. Me acurruqué más cerca de él y recuerdo su suave y somnolienta risa. Con un beso rápido en mis labios, se levantó de la cama, me arropó otra vez y me dijo que volviera a dormir. Y debí haberme dormido. No sé qué hora es ahora, pero está más brillante afuera que hace rato.

Mi mente vaga de regreso a lo de anoche. O supongo que a esta mañana. Pienso en su boca caliente y en sus dedos dentro de mí. Sus brazos fuertes y firmes abrazándome con fuerza mientras me quedaba dormida. Durante toda la noche nuestros cuerpos se mantuvieron entrelazados de cerca en el pequeño colchón. Una parte de mí siempre lo estuvo tocando.

Me quedo aquí acostada y reflexiono si debería sentir alguna clase de culpa o pinchazo de arrepentimiento. Pero no llega nada. El alcohol solo avivó lo que ambos ya sentíamos. Ciertamente no es una excusa para lo que hicimos.

Me siento y aparto la cortina. Afuera todo está cubierto de blanco. Todo está congelado. Ya se fueron las nubes enojadas, y el sol brilla. Mentiría si dijera que no me sentía decepcionada al ver que la tormenta había pasado.

La ventana se empaña con mi aliento y disfruto de la tranquilidad un momento más antes de levantarme. Me pongo mis jeans y decido seguir usando la camiseta de Edward. Recojo un poco la habitación, doblo mi suéter y tiendo la cama. Agarro mi celular de donde está en su cómoda, pero descubro que murió en algún momento mientras dormíamos.

Al abrir la puerta de la habitación puedo escuchar una conversación unilateral de Edward proviniendo de la cocina. Parece que está al teléfono, así que me escabullo al baño durante un momento para arreglarme un poco y darle privacidad.

Me veo y me siento descansada. Más de lo que me he sentido probablemente en un mes.

Esculco en algunos cajones en busca de pasta dental y uso un dedo para extenderla sobre mis dientes. Con la liga de Bree todavía en mi muñeca, me ato mi despeinado cabello en un chongo flojo antes de acompañar a Edward en la cocina.

Bajo la luz de la mañana él es todo sonrisas y gentiles ojos verde cristal. Se mete el celular al bolsillo, su mirada pasando sobre mi cuerpo y admirando la imagen de mí en su camiseta.

Es solo una cosa más que me hace sentir que soy suya.

—Buenos días —murmura.

Mi sonrisa es tierna.

—Buenos días.

—¿Café?

—Sí. Dios, sí. —Aunque mi cabeza no está punzando como creí que sucedería a causa del bourbon, aun así necesito un golpe de cafeína—. Gracias —le digo cuando pone una taza llena frente a mí.

—¿Dormiste bien? —pregunta, acompañándome en la mesa.

—Es lo mejor que he dormido en un tiempo.

—¿A qué se debe eso? —Hay una sonrisa pícara en su cara, como si estuviera buscando que yo le dijera lo que quiere escuchar.

—Ya sabes por qué.

—Sí. Pero siempre es lindo escucharlo.

Con un suspiro exagerado, digo:

—Obviamente tuvo que ver contigo.

Sus ojos se suavizan.

—Yo también duermo mejor contigo cerca.

—Aunque me entristeció un poco despertar sola —digo con ligereza, bajando la vista a Pepper que se está frotando a modo de buenos días en mi pierna.

—Lo siento. No quería dejarte ahí —murmura—. Si de mí dependiera, me quedaría todo el día contigo en la cama.

—Oh, ¿en serio? —bromeo y contemplo la idea de qué otras cosas podríamos hacer en su cama.

—En serio —dice con voz baja y calculada—, pero necesitaba hacer una llamada. Y ayudar a mi mamá.

—Está bien. Lo entiendo.

—Tampoco estaba seguro si… no sé.

Escudriño su expresión, intentando descifrar sus palabras. La inseguridad aparece en su rostro, y creo saber qué es lo que le preocupa.

—¿No estabas seguro de si me arrepentiría de lo que hicimos? —pregunto, llenando los espacios en blanco.

Sus labios se presionan en una línea triste.

—Sí.

—Pues no me arrepiento. ¿Y tú?

—No —responde con la mirada ardiendo—. Nunca podría arrepentirme de nada sobre ti, Bella.

—Siento lo mismo de ti —admito, y el alivio que llena su mirada hace titubear mi corazón.

Ideas de hacer esto de verdad, de estar con él en serio y registrar nuestra relación, entran en mi mente. Vacilo al sacar el tema porque no quiero apresurarme a nada, todavía tenemos tiempo.

Mi cabeza me dice que sea inteligente, que planee esto. Que sopese los pros y contras, y que piense en el futuro. ¿Qué sucederá cuando llegue su fecha de emparejamiento en un par de meses? Él ha expresado que está en contra de permitir que el gobierno elija su pareja, e incluso si empiezo a comprender eso un poco más después de pasar tiempo con él, eso no significa necesariamente que es lo mejor. Eso no significa que estamos destinados a estar juntos, y esto podría no funcionar. El que sintamos atracción entre nosotros ahora no necesariamente significa que debamos comprometer nuestras vidas el uno al otro.

Sé qué es lo que mi cabeza está diciendo. Mis pensamientos son ruidosos y claros. Pero mi corazón… oh. Aunque mi corazón pueda ser más silencioso, el anhelo es profundo. Mi corazón está decidido por él.

—¿Ya viste cómo está afuera? —pregunta, sacándome de mis pensamientos.

—Ya. Es un paraíso de invierno.

Sonríe.

—Estaba pensando en ti esta mañana.

—¿Sobre… qué? —pregunto.

Se me acelera el corazón y me pregunto si será él el que saque el tema de lo que estamos haciendo y hacia dónde va esto.

—Estaba pensando en cómo es que te sentabas en tu ventanal y mirabas la nieve caer. Como si estuvieras en una bola de nieve.

—Oh. Esa tonta historia —musito. No sé por qué le dije eso.

—No es tonta. Me encanta esa historia.

—¿Por qué?

—Es bonita. —Se encoge de hombros—. Hay una chispita que aparece en tus ojos cada vez que la cuentas.

—Oh, Dios —gimo, pensando en mis parloteos de borracha. Creí que solo se la había mencionado ayer en el autobús, pero parece que no—. ¿Cuántas veces te he contado eso?

—Dos. —Sonríe—. No tienes que ir a ningún lado hoy, ¿cierto?

—Tengo clases más tarde, pero apuesto a que las cancelaron.

—Entonces estás libre.

—Eso parece.

Sus ojos se iluminan.

—Bien.

Los nervios aletean contra mis costillas al pensar en quedarme otro día más dentro de esta bola de nieve con él.

—¿Quieres desayunar? —me ofrece—. Creo que puedo preparar algo.

Bebo mi café con leche y azúcar.

—Solo si me dejas ayudarte.

Sonríe.

—Claro.

Él bate los huevos. Yo hago pan tostado y frío tocino. Orbitamos uno alrededor del otro, mirándonos furtivamente de vez en cuando, y no me pasa desapercibida la normalidad de este momento.

Cuando terminamos de cocinar, él prepara tres platos y desaparece para entregarle uno a su mamá. Regresa momentos después todavía con el plato, pero su cara es ilegible.

—¿Está todo bien? —pregunto con cautela.

—Todo está bien, pero… mi mamá quiere conocerte —dice nervioso.

—Oh.

—Si es muy raro, puedo decirle que no.

—No es raro, es que… —Me muerdo la parte interna de la mejilla—. ¿Tú crees que es raro?

—No.

—Bien. —Los nervios se posan en mí. Siento curiosidad por ella, claro, pero la inseguridad me atormenta—. ¿Y si no le agrado?

Con una sonrisa suave y ternura en la mirada, me dice:

—Sé que le vas a agradar.

Muevo la comida en mi plato. Tal vez es estúpido querer agradarle y necesitar su aprobación sin siquiera conocerla, pero así es. Es importante para mí.

—Bien —digo después de un momento—. Me encantaría conocerla.

Él se va más tiempo del que esperaba, pero cuando regresa es con su madre en un lado.

Ella es pequeña comparada con la altura de él. Edward tiene una mano firme debajo de su brazo y alrededor de su cintura mientras la ayuda a entrar a la cocina. Sus ojos son amables, y me buscan de inmediato. Edward va cuidando por donde caminan, pero ella me mira al sentarse.

—Hola. —Esa única palabra cuelga en el aire, su voz suena fuerte considerando su frágil cuerpo.

Intento sonreír, pero estoy ansiosa.

—Hola.

No se presenta, así que Edward dice:

—Ella es Esme, mi madre.

—Gusto en conocerte, Bella —dice.

—También es un gusto conocerla.

Miro a Edward, que parece estar nervioso también. Está vibrando, rebota la rodilla. Esme también lo nota.

—Deja de preocuparte —se ríe entre dientes, pero luego su risa se convierte en una fea tos. Edward le entrega un vaso de agua y después de un momento sus pulmones se calman—. Recuerdo lo que dijiste. No la voy a espantar.

Mis propios nervios se desvanecen un poco a causa de su diversión y su deseo de avergonzar a su hijo.

—No me asusto tan fácilmente —le digo.

—¿Oh? —Me mira durante un momento—. Es bueno tener un poco de valentía en ti.

Bajo la vista a mis manos, no estoy segura de qué decir. A veces siento que no tengo nada de valentía en mí. Pero eso parece estar cambiando recientemente.

—Diré que esto es un desastre —dice, sin tocar su comida.

Siguiendo su mirada hacia la ventana, asiento mostrándome de acuerdo.

—No estaba esperando que nevara antes de diciembre. Especialmente no tanto.

—No hablaba del clima —dice con naturalidad, mirándonos a Edward y a mí.

No entiendo a dónde quiere llegar, pero igual mis mejillas arden a la vez que Edward interviene.

—Mamá. —Se miran durante un largo momento—. Come.

—Te dije que no tengo hambre —replica, tosiendo otra vez.

Edward la ignora y le pone mantequilla al pan tostado de su plato. Él carraspea y agarra un tenedor, intentando darle de comer. Ella solo menea la cabeza y yo aparto la mirada, sintiendo su vulnerabilidad.

—Usualmente no estoy aislada en mi habitación —dice—. Es que no tengo la energía que solía tener, especialmente desde hace poco.

—Estás bien —replica Edward—. Solo necesitas recuperarte de este resfriado y estarás como nueva.

—¿Como nueva? No soy una jovencita —dice con un toque de humor, y le ofrezco una sonrisa de simpatía.

La conversación se termina por un momento, pero el silencio que la acompaña no es incómodo. Como unos bocados de mi comida y admiro el chal que tiene en los hombros. Estoy a punto de preguntarle si teje, pero luego ella habla.

—¿Dónde está Carl? —pregunta, mirando a Edward.

Me siento confundida por un momento. Sé que Edward dijo que su padre falleció. Y luego recuerdo también lo que dijo sobre su madre. Que su mente se fue primero, y su cuerpo no tarda en seguirla.

Edward se encuentra con mi mirada por un breve momento.

—Salió por un rato —dice Edward de forma neutral.

Ella está sorprendida.

—¿Con este clima?

—Sí. Fue a la tienda a comprar algunas cosas. Regresará en un rato.

—¿Cosas para uno de sus largos viajes? —pregunta y frunzo el ceño, intentando descifrar a lo que podría estarse refiriendo.

—No —dice Edward con un poco de pan en la boca—. Solo fue a la tienda. Al rato regresa, ¿de acuerdo?

No sé qué es lo que hay en el que Edward finja que su padre sigue vivo por el bien de su madre, pero eso hace que mi corazón duela con admiración.

Es un buen hijo y un hombre maravilloso. Su corazón es puro y sus intenciones son buenas. E incluso si no ha admitido qué es lo que hace que pudiera considerarse como peligroso, no me importa. Lo veo a él y me importa él. Nada más importa en realidad.

—Hoy es nuestro aniversario —me dice Esme como si fuera un secreto que está feliz por compartir.

—Qué encantador —digo en voz baja, y puedo sentir la mirada de Edward en mí—. Feliz aniversario.

—Hemos estado juntos por demasiado tiempo —se ríe con ligereza—. Sin embargo, ese tonto todavía me derrite. De entre todas las mujeres, Carl me eligió.

—Por supuesto que sí —dice Edward con dulzura—. Es un hombre inteligente cuando no está siendo terco.

Esme se acerca otra vez como si fuéramos viejas amigas y ella tuviera un chisme para compartir.

—Charlotte, una de mis compañeras de clase, estaba muy segura de que ella iba a ser emparejada con él —recuenta Esme, riéndose—. Casi se peleó conmigo cuando se dio cuenta de que él y yo nos íbamos a casar.

Edward y yo nos reímos junto con ella.

—Entonces, ¿no fueron… no fueron emparejados por el Grupo de Parejas? —pregunto, espero no estarme sobrepasando.

—Nop —dice orgullosa.

—Me han contado que su conexión fue instantánea —añade Edward—. Se conocieron y un mes después se casaron. A pocos meses de que él tuviera que ser emparejado.

Edward mantiene su mirada en mí al decir esto, y mi corazón late salvajemente cuando pienso en nuestra propia conexión. Cómo es que solo ha pasado una semana y ya nos sentimos tan atraídos el uno por el otro.

Antes de ahora no podía decir que conocía personalmente a alguien que no hubiera optado por el Grupo de Parejas. He escuchado historias, claro, pero siempre son las que cuentan cómo es que no funciona. Solo escuchamos por qué elegir a tu propia pareja tiene complicaciones y no se aconseja. Nunca escuchamos que puede resultar exitoso.

—Teníamos apenas cuatro semanas de conocernos antes de comprometernos —se ríe—. ¿Puedes imaginar estar tan seguro de algo? Estábamos locos. Tan, tan locos.

—No estaban locos —murmura Edward, aparta su mirada de la mía para sonreírle suavemente a su mamá—. Solo lo sabían.

—Apuesto a que salió a comprarme un regalo de aniversario —dice Esme, sus ojos se iluminan—. Ese pillo. Sabe que no tenemos dinero extra para eso.

Me río entre dientes con ella y me bebo lo último de mi café. Cuando me llevo la taza a la boca, el anillo en mi dedo capta su mirada.

—Es hermoso —admira.

Lo miro.

—Gracias.

—¿Es un granate? —pregunta, todavía viéndolo.

—Oh, no sé —murmuro—. Podría ser.

Musita.

—Esa es mi piedra de nacimiento. De verdad que es muy encantador.

Edward se muestra de acuerdo con su mamá antes de empujar la silla hacia atrás y ponerse de pie.

—Qué te parece si te alistamos para cuando Carl regrese, ¿sí?

—Quiero arreglarme el cabello —advierte, mirándolo—. Ya que es una ocasión especial y todo eso.

—Lo sé, lo sé.

Edward rodea la mesa y la ayuda a levantarse.

—Espera —anuncia ella una vez estando de pie.

Los tres nos quedamos en silencio. Esperando. Como ella pidió. Me gusta que Edward no la apresura. Él le da todo el tiempo que ella necesita.

Luego es como si la luz se desvaneciera de sus ojos, y de repente ella está de regreso en este momento exacto. Está de regreso en esta cocina, con su hijo y una chica desconocida, y el recuerdo de su esposo fallecido.

Se lleva una mano temblorosa a la boca, sus ojos están distantes y vidriosos. Edward pone una mano en su hombro, musitando en voz baja que todo está bien.

Mi garganta se cierra con emoción.

—¿Puedo darle un abrazo de despedida? —le pregunta a Edward.

Él me mira en busca de una confirmación. Cuando asiento veo la gratitud en sus ojos.

Me paro y me acerco reticente a Esme, sus frágiles brazos me rodean los hombros.

—Recuerda que él te ama —me susurra al oído antes de apartarse.

Se me seca la garganta y busco algo en su rostro solo para notar que ella evita mi mirada. Cuando miro a Edward, lo veo analizándonos de cerca con expresión neutral. No escuchó lo que ella me murmuró.

—¿Mamá? —Edward se mueve hacia ella y pone gentilmente su mano debajo de su brazo—. ¿Quieres quedarte aquí o regresar a tu habitación?

Con un suave suspiro, ella elige su habitación y lo deja guiarla de regreso por el pasillo.

Me quedo sola entonces. Podría quedarme atrapada en mis pensamientos, pero intento no pensar demasiado en sus palabras. Dudo que siquiera sepa lo que estaba diciendo. Dudo que haya un gran significado detrás de ellas. Su mente probablemente viajó a otro tiempo y pensó que yo era alguien más. Momentos antes creía que Carl seguía con vida. No hay forma de decir qué significaron realmente sus palabras, o para quién eran.

Me tomo un momento para componerme y permito que la pesadez del momento pase. Luego empiezo a apilar nuestros platos y a limpiar la cocina para ocuparme en algo mientras que Edward no está. Para cuando él regresa yo ya terminé.

—Gracias por hacer eso —dice, pasándose una mano por el cabello.

—No te preocupes —respondo, colgando un trapo de cocina en el asa de la puerta del horno—. No había mucho que limpiar.

—Me refería a lo de mi mamá. Por seguirle la corriente… por ser amable.

—Por supuesto.

—Es que a veces es más fácil —murmura con la mirada distante—. Solía decirle que papá estaba muerto porque no sabía qué más hacer. Pero parecía ser algo cruel. Qué tiene de malo dejarla creer que él sigue aquí, ¿sabes?

—Lo sé.

Se talla la nuca como si siguiera sin sentirse convencido de que está haciendo lo mejor para ella.

—Tal vez es algo muy jodido, pero…

—No lo es. Creo que es dulce.

Con una sonrisa astuta, pregunta:

—¿Qué te dijo mi mamá?

—Nada —miento.

—Bella.

—¿Qué? —pregunto con inocencia. Se siente como si fuera un secreto, pero no sé por qué.

—¿Dime? ¿Por favor?

—En serio no fue nada —insisto, quitándole importancia.

—Bien, pero tu cara no se veía como si no fuera nada, y…

—¿Sabes qué deberíamos hacer? Despejar el camino.

Frunce el ceño.

—Despejar el… ¿qué?

Paso junto a él y me pongo el abrigo antes de ponerme las botas. Cuando abro la puerta de enfrente un golpe de aire frío entra. Me preparo y salgo al porche, dejándolo adentro. Hay una pala apoyada en la casa, así que la agarro y bajo con cuidado los escalones congelados.

La puerta principal se abre de golpe y Edward sale conmigo, acurrucado en su abrigo.

—Literalmente saliste corriendo de nuestra conversación —me acusa, pero su tono es suave.

Mis botas se hunden más en la nieve.

—No estoy corriendo. Estoy caminando.

—Bell.

—Si tu mamá hubiera querido que escucharas lo que me dijo, entonces lo habría dicho en voz alta —le digo—. No es la gran cosa.

—Te veías un poco alterada, así que solo quiero asegurarme…

—No estoy alterada. Así que ya déjalo.

Su shock se transforma en diversión cuando empiezo a despejar el camino hacia mi carro.

—¿Qué estás haciendo? —pregunta con una sonrisita.

—Estoy quitando la nieve. Obviamente.

—¿Quieres irte o algo así?

—No. Es que estoy…

—¿Huyendo de nuestra conversación?

—Cierra la boca —me río exasperada.

—Bueno, si no estás intentando irte, entonces no tienes que hacer esto —insiste—. Yo puedo quitar la nieve más tarde.

—Está bien. Quiero hacerlo.

Con ambas manos en la pala, la entierro en la nieve.

Raspar, enterrar, levantar, tirar. Raspar, enterrar, levantar…

—¡Oye! —grito girándome hacia Edward cuando una bola de nieve hace contacto con mi brazo.

Su sonrisa es juguetona y el brillo travieso en su mirada me hace saber que está satisfecho con su puntería.

Entierro la pala en la nieve para dejar libres mis manos y me limpio el polvo de la manga de mi abrigo.

—¿Por qué hiciste eso?

Se encoge de hombros y sonríe.

—Para divertirme.

—Divertirte, ¿eh?

—¿Qué? ¿Nunca antes has jugado en la nieve? —pregunta con tono de burla.

No he jugado. No en realidad. Pero decir que no probablemente sonaría estúpido, así que no digo nada.

Antes de comprender qué está haciendo, me avienta otra bola de nieve. Esta vez hace impacto en la parte frontal de mi abrigo, cubriendo la lana color beige con polvo.

—Detente —advierto, pero estoy luchando contra una sonrisa.

Mis súplicas para que se detenga solo lo animan más, y echa la cabeza hacia atrás riéndose. Es una risa genuina y profunda y le hace algo maravilloso a mi corazón.

—¿O sino qué? —me incita.

—O… yo…

Se agacha y forma una nueva bola de nieve, mantiene la mirada en mí, su oponente.

De forma rápida agarro la pala y me muevo hacia él. Raspar, enterrar, levantar… y tirarla en él.

Se queda pasmado por un momento mientras se sacude la nieve del cabello y se la quita de los hombros. Pero luego sonríe y avanza hacia mí. Así que tiro la pala y corro.

Sin embargo, es difícil escaparme, y mis movimientos son pesados y lentos a través del patio. Pronto me atrapa de la cintura, me levanta y nos lanza sobre una pila de nieve que no ha sido tocada.

Grito. Nos reímos. Luego nos paramos y lo volvemos a hacer. Corro y él me persigue, siempre me atrapa. Pero lo dejo. Quiero que me atrape. Ambos estamos sudando para cuando terminamos, jadeando e intentando recuperar el aliento. Se pasa una mano por el cabello y se desabrocha su abrigo que ahora está manchado de blanco.

—Bien, me rindo —bufo, desabrochándome mi abrigo—. Tú ganas.

—No sabía que estábamos jugando un juego.

—Todo es un juego.

—Lo dice la persona a la que no le gusta divertirse —dice con sarcasmo.

—Me gusta divertirme —argumento—. Pero no todos los juegos son divertidos.

—Pues este sí lo fue. —Sonríe triunfante, tiene las mejillas y la nariz rojas a causa del frío. Se ve tan lindo—. Entonces, ¿exactamente qué gané?

Su tono suena más bajo ahora, y mi estómago revolotea con lujuria y anhelo.

—¿Qué quieres? —pregunto sin aliento. Me digo que es a causa de haber corrido, pero en realidad se debe a él.

—Otro día contigo sería lindo —musita.

También quiero esto. Quiero quedarme en nuestra burbuja, nuestra bola de nieve, por un poco más. Solo me pregunto qué pensaría Rose si no llegara hoy a casa. Pero espero que lo entienda. Después de todo, creo que ella sería la persona que más lo entendería.

—¿Un día más? —pregunto, ya sé que voy a ceder.

—¿Y si no quisiera solo un día más? ¿Y si dijera que te quiero todo el tiempo? —pregunta osadamente.

Mi corazón da un brinco y salta en mi garganta.

—¿Por qué dirías eso?

—Porque es la verdad. —Estira la mano y tira de mi abrigo, jalándome hasta que estoy pegada a él. Agacha la cabeza, solo un poco, para que su boca apenas roce la mía—. Te deseo con todas mis jodidas fuerzas. —Me besa rápidamente y se endereza—. Pero ya lo sabías.

—Supongo que sí. Pero siempre es lindo escucharlo —digo, repitiendo sus palabras de hace rato en la mañana.

—Sí, lo es. —Sus ojos se cierran un poco cuando sonríe—. ¿Y? ¿Qué dices?

Un día más me arruinará. Un día más nos llevará más profundo a ambos en lo que sea que es esto. Lo que sea que estamos empezando. Honestamente no creo que pueda alejarme de él ahora y estar bien con eso.

Me jala otra vez a él, roza su nariz sobre mi mandíbula, mi cuello. Y luego deposita un dulce beso en mi piel.

—¿Y bien?

—De acuerdo.

Me apoyo en su toque, y sus manos se meten debajo de la abertura de mi abrigo y me rodean la cintura. Me aparto para alzar la vista hacia él y busco en unos ojos avellana las respuestas a las preguntas que todavía no he formulado.

¿Qué estamos haciendo? ¿Qué sucederá después? ¿Por qué hay una punzada en mi pecho cuando pienso en irme?

¿Le importo de la forma en que dijo su madre? ¿O ella estaba pensando en otra vida, otra persona, otra historia de amor?

Mantengo mis preguntas como rehenes y me permito quedarme en el momento.

Cuando él me ofrece su mano, la tomo. Y cuando nos guía hacia adentro, lo sigo.

—Dame un día más —me promete con un beso en mis labios.

Subiendo mis manos por su pecho, murmuro:

—No será suficiente.

—Lo sé —acepta con ojos brillosos—. Nunca lo es.