Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.
Thank you iambeagle for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.
Capítulo 17
El humor ligero y juguetón de nuestra pelea con bolas de nieve nos sigue dentro de la casa. Edward nos prepara chocolate caliente, llena mi taza hasta el borde con pequeños malvaviscos.
Somos miradas prolongadas y sonrisas suaves y misteriosas. De vez en cuando, él me roza deliberadamente o toca mi hombro, mi mano, y mi piel arde por el contacto.
Nos movemos hacia la sala, sentándonos en la alfombra junto al fuego. Él me da una de sus sudaderas y un par de calcetines para usarlos. Estoy calentita y huelo a él. A cedro, especias y jabón.
—¿Qué querías ser cuando eras pequeña?
—Quería ser cirujana —respondo, encogiéndome de hombros.
—¿Para el Procedimiento? —pregunta, mirando mi cara con interés.
—Sí. Estoy estudiando para eso.
Sonríe.
—Pero quiero saber qué querías hacer por diversión. No tu meta realista.
En realidad, no sé a qué se refiere.
—¿Como qué?
—Como… lo que sea. ¿No había algo más que quisieras hacer o ser?
Mi mente vaga de regreso a mi infancia. Todo estaba tan reglamentado. Ordenado. No había tiempo para diversión ni juegos o sueños.
Pienso largo y tendido, y la única cosa que se me ocurre es:
—Quería ser como Carmen.
La sonrisa de Edward es sincera.
—Ella trabaja para tu familia, ¿cierto?
—Sí. Pero no es una sirvienta ni nada parecido. —Siento el impulso de defenderla—. Carmen es… Carmen. Puede que esté en la nómina de mi padre, pero ella es como familia para mí. —Eso no le hace justicia, así que añado—: Ella es mi familia.
—Cuéntame sobre ella —responde con calidez, se estira en la alfombra y se alza apoyándose en un codo.
—Ella me enseñó a cocinar. A leer. A ser amable. Hacíamos pequeños cisnes de origami y los colgábamos de mi techo. Ella es el corazón de la casa. No puedo imaginarme crecer sin ella.
—Entonces, es una buena persona.
—Sí que lo es. —Me llevo las rodillas al pecho—. ¿Tú qué querías ser? —pregunto.
—¿Qué no quería ser? —se ríe con ojos brillantes—. Astronauta. En cierto momento estoy muy seguro de que quería ser Batman. Oh, y hubo una fase en la que quería ser un payaso.
—Detente.
Me mira sonriendo.
—¿Qué?
—¿Un payaso? —La risa sale de mí.
La parte superior de sus mejillas se pone rosa, haciéndome reír con más fuerza.
—Sí. Puedes usar maquillaje muy genial y hacer reír a la gente, y o sea… ¿me enseñé solo a hacer malabares? —Lo dice como si fuera pregunta, con sus ojos brillantes y su sonrisa contagiosa.
Lucho contra una sonrisa.
—¿De verdad sabes hacer malabares?
—Sí.
—Detente —repito, y jalo las mangas de su sudadera sobre mis manos para esconder mi cara detrás de ellas, riéndome sobre el algodón desgastado.
Él me aparta las manos, su sonrisa le ilumina la cara.
—¿Ves? Ya te estás riendo. Sería un payaso jodidamente bueno.
—Es la profesión menos atractiva de todas, si es que puedes llamarla así —bromeo.
Me da un empujón con su pie.
—Bueno, no necesariamente estaba intentando atraer a las damas en aquel entonces.
—Oh, ¿y ahora sí?
—Solo a una —dice en voz baja—. ¿Está funcionando?
—Estoy aquí, ¿no?
Su sonrisa es sincera.
—Sí.
Cuando le doy un trago a mi taza, entrecierra los ojos con diversión.
—¿Qué?
—Tienes… —Se detiene, luego se sienta y se inclina para besarme—. Tenías chocolate en los labios.
—Oh. —Alzo una mano y me limpio la boca—. No sentí nada.
—Tal vez te mentí.
Me río una vez.
—Como si necesitaras una excusa para besarme cuando quieras.
—¿No la necesito? —Niego con la cabeza y él mira mi rostro, manteniendo el suyo cerca del mío—. Me gustas así.
—¿Así cómo?
—Feliz. Tranquila —murmura, se estira de nuevo, pero mete un cojín debajo de su cabeza esta vez—. Amo tu risa. Y tu sonrisa, y tu… todo. —Mis mejillas arden por su confesión—. También amo cuando te sonrojas.
Trago, mi pecho sube y baja por sus dulces palabras.
—No me estoy sonrojando —miento.
—Sí estás. Estabas.
—Estamos sentados junto al fuego. Está caliente.
Sonríe con picardía.
—Claro. De acuerdo.
—Oye.
—¿Sí?
—¿Piensas en nosotros? —dejo escapar.
—¿Qué?
—O sea… piensas en nosotros estando juntos.
Ha estado al frente de mi mente desde esta mañana y ya no pude mantenerlo ahí por más tiempo. Necesitaba decirlo en voz alta, ver su reacción. Necesitaba contemplar la idea de que tal vez haremos oficial esto antes de entrar más en ello.
Edward traga, de pronto se pone serio. Mi corazón golpetea cuando no responde de inmediato.
—Pienso en nosotros estando juntos todo el jodido tiempo —susurra.
Los nervios revolotean en mi estómago.
—No estoy intentando apresurar nada. Es que… nos estamos tocando y besando y coqueteando…
—Sí, coqueteas mucho conmigo.
Me encuentro con su mirada y su sonrisa descarada.
—Definitivamente tú empezaste —replico, entrecerrando juguetonamente los ojos.
—Tienes razón. Es porque no puedo contenerme cuando estoy cerca de ti —murmura—. Perdón, no pretendía interrumpirte. ¿Qué estabas diciendo? ¿Algo sobre lo mucho que me amas y quieres estar conmigo?
Aunque está acostado, lo empujo juguetonamente, ese calor vuelve a alzarse en mis mejillas. Él sigue mencionando casualmente esa palabra, amor, y me está poniendo nerviosa. De buena manera.
—Edward…
Él se ríe y cuando intento empujarlo otra vez, me agarra la muñeca con gentileza y me jala hacia él para que nuestros pechos queden pegados y nuestras caras cerca.
—Bella —imita mi tono, pero su voz suena más baja, ronca. Me nubla la mente y me calienta el cuerpo—. Oye —dice y mis ojos se encuentran con los suyos.
—¿Sí?
—Pienso en ti todo el tiempo, y definitivamente quiero estar contigo.
—Bien —murmuro. Su mano encuentra la parte trasera de mi cuello y jala mi cabeza un poco hacia abajo para encontrarme con sus labios. Me aparto después de un segundo—. O sea, ¿nos registraremos y haremos que esto sea algo oficial?
Un momento de incertidumbre pasa sobre su rostro.
—Sí. Podemos hacerlo. Si es lo que quieres.
—¿Lo que quiero? —repito, riéndome un poco—. Quiero decir, técnicamente tendríamos que hacerlo si queremos salir de verdad.
—Sí. Lo sé. —Su expresión se mantiene neutra—. ¿Qué hay de mi fecha de emparejamiento?
Mis dedos trazan sus labios.
—¿Qué pasa con eso?
—Es en un par de meses.
No puedo mirarlo, y a pesar de que fui yo la que comenzó esta conversación, tocar el tema de inminentes fechas de emparejamiento no era necesariamente algo que iba a mencionar ahora.
Mi cabello cae sobre mi rostro y me muevo para acostarme junto a él.
—Oye. —Se pone de lado, bajando la vista hacia mí.
—¿Sí?
—¿Te estás poniendo rara conmigo?
—No.
Sonríe suavemente.
—No tenemos que hablar de esto justo ahora —murmura, agacha la cabeza para besar el costado de mi cuello—. De hecho, hay muchas otras cosas que preferiría hacer con nuestro tiempo.
—Hmm. —Lo jalo de los hombros hasta que está recostado entre mis piernas y la presión de él justo ahí me distrae y es buena.
—Sabes que solo te deseo a ti, ¿cierto? —La sinceridad en sus palabras me cierra la garganta, y no sé qué decir—. Solo a ti. Justo ahora, en dos meses… para siempre. No quiero ser emparejado con nadie más. Pero sé que quizás tú todavía no llegas a ese punto. Y está bien. Como dije, tenemos un poco de tiempo.
Cuando vuelve a acariciar el hueco de mi cuello con su rostro, siento sus labios, suaves e insistentes, en mi piel. Sería tan fácil ceder a este sentimiento, pero ahora mi mente no se quiere apagar.
—Entonces… ¿qué? ¿Estaremos juntos y luego cuando llegue la fecha de tu emparejamiento, si yo decido que no quiero estar contigo, terminaremos y dejarás que el gobierno te empareje con alguien más? —Incluso aunque lo digo de forma hipotética, mi estómago se retuerce con celos al imaginarlo con otra mujer para siempre.
Cuando se aparta, su expresión muestra diversión.
—Oh, pelearía y te intentaría convencer de lo contrario. Pero todo esto depende de ti. Así que si eso es lo que tú quieres…
Creo que ya sé qué es lo que quiero, y honestamente me sorprende muchísimo. Si alguien me hubiera dicho hace una semana que estaría echando la precaución por la ventana y contemplando la idea de no ser emparejada, sino de elegir a mi pareja, no les habría creído. Pero justo ahora, en este momento, todo parece ser muy simple. Edward es todo lo que quiero.
—No quiero que estés con nadie más —susurro—. Jamás.
Sus ojos brillan y vuelve a agachar la cabeza para besarme, de forma dulce y apasionada. Jalo sus hombros para tenerlo más cerca. Su peso se siente bien, y con los brazos rodeándole el cuello, nos perdemos el uno en el otro. Muevo un poco mis caderas para encontrarme con las suyas, y puedo sentir la tensión en sus jeans. Me pone caliente. Ansiosa. Me hace perder la jodida cabeza.
—Bell —murmura entre besos—. Carajo, yo…
Su mano baja a la orilla de la sudadera. Antes de que sus dedos se abran camino por debajo, se escucha un golpe en la puerta. Ambos nos sobresaltamos y él se sienta, se pasa una mano por la boca.
—¿Quién es? —pregunto, me siento y me acomodo la ropa.
—No sé.
Se ve nervioso al ponerse de pie para asomarse por la mirilla, se ajusta antes de abrir la puerta.
—Hola, Phil. ¿Qué puedo hacer por ti? —pregunta amablemente, carraspeando.
—Lamento molestarte —escucho a un hombre decir—. Me quedé sin leña. ¿Hay posibilidad de que podamos pedirte un poco?
—Sí, no hay problema. —Edward me mira sobre su hombro—. Ahora vuelvo.
Asiento mientras él se pone el abrigo y las botas antes de salir.
Recojo nuestras tazas y las llevo a la cocina para lavarlas, las dejo secando en un paño de cocina cerca del fregadero.
Por la ventana de la cocina aparecen Edward y otro hombre, y los miro durante un momento. El hombre se queda a un lado, habla con Edward mientras este se prepara para cortar un poco de leña. Con un hacha en sus manos enguantadas, Edward la alza sobre su cabeza con facilidad y golpea la leña, partiéndola en dos. Hace esto una y otra vez, el poder detrás de su movimiento es fascinante.
La puerta principal se abre y se cierra, y no registro de inmediato que Edward y el hombre siguen afuera.
Camino de regreso a la sala, medio esperando que sea Esme. Pero no es ella. Me quedo sorprendida durante un momento cuando veo a una mujer con un largo cabello oscuro y una bolsa sobre su hombro parada junto a la puerta.
Cuando ella me ubica y se encuentra con mi mirada, se ve igual de desconcertada por mi presencia.
Abre la boca para decir algo, pero se detiene.
Me quedo donde estoy, nerviosa, mis manos se retuercen entre ellas.
—Hola. Soy Lauren —dice con cautela—. ¿Edward está aquí?
—No. Quiero decir, sí, pero está afuera cortando leña.
No ofrece ninguna otra explicación sobre quién es antes de pasar junto a mí y entrar a la cocina.
Me muevo para sentarme en el sofá, la confusión y la ansiedad me retuercen el estómago sobre quién podría ser ella.
Mi mente divaga hasta que la puerta principal se vuelve a abrir una segunda vez y Edward entra. Cuando sus ojos se posan en mi rostro, se detiene en el marco de la puerta.
—¿Todo está bien?
—Hay alguien aquí —susurro, moviendo los ojos hacia la cocina.
—Sí, era mi vecino. Él…
—No, o sea, hay alguien en la casa.
Un breve momento de pánico pasa sobre su rostro, y con la puerta todavía abierta mira sobre su hombro hacia afuera.
—¿Quién?
—Está en la cocina. ¿Alguien llamada Lauren?
La comprensión aparece en su cara, pero todavía puedo sentir una ligera alarma debajo de eso.
—Espera aquí. Ahora vuelvo —me dice, desapareciendo por la esquina del pasillo.
Intento mantener la calma, pero estoy desesperadamente curiosa por saber quién es. Así que me acerco a la pared y escucho a hurtadillas.
La conversación empieza con un volumen normal.
—¿Qué estás haciendo aquí? —escucho a Edward preguntar.
—Siempre cuido a Esme los lunes.
—Pero te llamé y te dije que yo estaría en casa por la nieve.
—Bueno, quizás también venía a cuidarte a ti. Para ver cómo estás.
Su voz suena más baja ahora.
—Estoy bien.
—¿De verdad?
Suena casi demasiado suave, pero estoy segura de que él dice que sí.
—¿Qué estás haciendo, Edward?
Sus palabras suenan altas y claras, es casi como si quisiera que yo la escuchara.
Hay un momento de silencio antes de que la conversación se vuelva aguda y susurrada, pero no puedo descifrar por completo qué es lo que están diciendo además de pequeños fragmentos que viajan a través del espacio.
—Bueno, al menos preséntamela. —Es la última cosa que escucho antes de que el sonido de pisadas me obligue a correr de regreso a mi sitio en el sofá.
Edward entra primero y me pongo de pie, mirándolos a los dos.
—Bella, ella es Lauren. Es una vieja amiga y me ayuda con mi mamá.
Esto sigue sin decirme nada sobre ella. Quiero saber cuánto tiempo llevan conociéndose. Por qué él busca su ayuda. Si se han besado. Y si no lo han hecho, ¿quieren hacerlo?
Me encuentro con la mirada de ella y observo su pequeño cuerpo, la forma de su mentón. Sus ojos se ven amables, pero su mirada es distante. Comprendo que está tan ansiosa como yo.
—Lauren, ella es Bella.
Ella no dice nada, así que yo hablo primero.
—Es un gusto conocerte —digo, alejando la incomodidad.
—Sí, igualmente.
El silencio permanece al igual que su mirada de curiosidad. Si ella quiere saber más sobre quién soy, no indaga. Lo que hace es preguntar cómo nos conocimos.
—Um… —Miro a Edward para que él hable por nosotros.
—En el autobús —dice después de un latido.
—Oh. —Ella cruza los brazos y mira a Edward, es como si estuvieran teniendo una conversación silenciosa. Ninguno de ellos habla, así que rompo la tensión.
—De hecho, estaba a punto de… —empiezo a decir y Edward se mueve hacia mí.
—No tienes que irte —me exhorta—. En serio. Lauren ya se iba.
—Dios, gracias —espeta—. Tomé dos autobuses para llegar aquí, ¿y ya me estás corriendo?
—En serio debería regresar con Rose —respondo, avanzando hacia la puerta para ponerme el abrigo sobre su sudadera.
—No te vayas solo porque yo estoy aquí —dice Lauren, pero puedo notar que no lo dice en serio—. Sigan haciendo lo que sea que estaban haciendo.
—¿Podrías solo…? —Capto la mirada de enojo que Edward le lanza, pero finjo no darme cuenta—. Danos un momento, Lauren.
Ella alza las manos al retroceder unos cuantos pasos.
—Iré a ver cómo está Esme.
—Gracias —musita. Él espera para volver a hablar hasta que escucha el clic de una puerta al final del pasillo—. Bella.
—¿Qué?
—No te vayas, por favor.
Me envuelvo la bufanda en el cuello y me agacho para ponerme las botas.
—Está bien. En serio, Rose debe estar preocupada y mi teléfono está muerto, y esto es algo incómodo —digo todo en un solo aliento, así que se escucha muy mezclado.
—No lo es —replica.
—Sí lo es. Un poco.
Se pasa una mano sobre la boca y miro la incipiente barba que le cubre el mentón y las mejillas.
—Bien. Sí es un poco incómodo —acepta.
—Si significa algo para ti —empiezo a decir, mirando su rostro—, no quiero irme.
Se acerca a mí, tomando mi mano.
—Entonces no te vayas.
—Pero sí debería.
La nieve en nuestra bola de cristal se ha asentado y es hora de irme.
—Probablemente debería regresarte esto, ¿eh? —pregunto, tirando de la orilla de su sudadera.
—Quédatela.
Mi estómago da una voltereta.
—¿Estás seguro?
—Ya es tuya.
Lucho contra la urgencia de besarlo, luego comprendo que no tendría por qué hacerlo. Así que me paro de puntillas y cierro los ojos, inclinándome para presionar mis labios sobre los suyos. Sus manos agarran mi cintura, acercándome a él. No es necesariamente un beso de despedida, pero en definitiva hay una sensación latente de separación. Detesto irme tan abruptamente, pero quedarme no parece ser una opción, especialmente ahora que hay alguien más aquí.
Agarro mis cosas de su habitación, pero dejo a propósito mi suéter ahí.
—¿Me acompañas al carro? —pregunto, y todo lo que hace es asentir.
Un golpe de aire frío me asalta cuando él abre la puerta principal. La nieve cruje bajo nuestras botas cuando caminamos por el sendero que empecé a limpiar hace rato.
—¿Estás bien para manejar? —pregunta, mirando a su alrededor.
Quitaron la nieve de las calles y las carreteras no se ven terribles, pero estoy un poco nerviosa por manejar.
—¿Creo que sí? Si los autobuses están funcionando, estoy segura de que todo irá bien.
—¿Me llamarás? ¿Al llegar a casa?
—Claro. —Le digo mi número y lo agrega a su teléfono.
Cuando me abre la puerta del carro, me meto y él se queda ahí parado con la puerta abierta, sin irse. Enciendo el carro y pongo la calefacción.
—¿Cuándo te volveré a ver? —pregunta, agachándose un poco.
Me martillea el corazón en el pecho.
—Pronto.
—O sea, ¿esta noche? —sonríe—. O mañana. Estoy muy seguro de que también estoy libre pasado mañana.
Me río de su insistencia.
—Edward.
Sus ojos se ven suaves y sinceros cuando me acomoda un mechón de cabello detrás de la oreja.
—¿Qué? ¿Estoy siendo muy directo?
—No. Me gusta que me quieras tener cerca. Es que… esto se siente muy lleno de gente justo ahora.
Suspira dramáticamente, presionando los labios en una firme línea.
—Regresarás —dice con vehemencia.
Tiene razón.
—Tal vez —respondo.
—Lo harás. —Mete la cabeza al carro y me besa con gentileza. Antes de que se aparte, yo me muevo y profundizo el beso. Puedo sentir su sonrisa sobre mi boca—. Sí. Regresarás —dice con confianza.
—Tal vez mañana en la noche —le digo y su rostro se ilumina—. Deberíamos terminar esa… conversación.
No soy nada sutil y sonríe.
—Sí. Definitivamente esa conversación tiene que terminarse.
Pongo los ojos en blanco.
—Pero en serio.
—Soy muy serio en lo que a ti respecta.
—Yo también.
Vuelve a meter la cabeza para besarme otra vez.
—Entonces, mañana.
—Mañana —repito, mis dedos pasan ligeramente sobre sus labios.
Cuando se endereza y cierra mi puerta no puedo evitar que mis ojos se muevan hacia la casa para asegurarme de que Lauren no nos está viendo.
No es así.
Al menos, no que pueda notarlo.
—Adiós, Bella —dice Edward, su voz se oye ahogada desde el otro lado de la puerta cerrada.
—Adiós.
Miro por el parabrisas, pero no me voy.
No sé por qué se siente tan difícil el irme.
Él sigue parado ahí, como si me estuviera animando a bajarme del carro, a seguirlo adentro y nunca irme.
Me pongo el cinturón y lo miro, sus ojos están brillando y sonríe un poco.
—Maneja con cuidado, ¿sí? —dice a través de la ventana.
—Lo haré.
Pero sigo sin irme.
—No es que quiera que lo hagas, pero ¿de verdad te vas a ir? —pregunta juguetonamente.
—Sí.
Su sonrisa crece.
Luego se acerca a la ventana y sopla un poco de aire caliente en el vidrio frío. Miro con curiosidad cómo usa su dedo índice para dibujar algo.
Retrocede un paso y miro al corazón dibujado en el vidrio empañado, este hace tartamudear a mi propio corazón.
Mis ojos arden y puedo sentir que me está mirando. Pero no lo miro. En vez de eso, me acerco a la ventana, frunzo los labios al soplar y creo mi propio lienzo. Dentro de su corazón, dibujo uno más pequeñito.
Cuando me encuentro con su mirada, su sonrisa lo dice todo.
Y esto se siente como si fuera todo.
