Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.
Thank you iambeagle for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.
Capítulo 19
El viaje de regreso a mi casa se siente como un sueño.
Siento que estoy flotando, mi mente está en otro lado, mientras maniobro por las calles desiertas e invernales. Todos están metidos en sus casas y la mayoría de los negocios están cerrados, aprovechando el día nevado.
Por muy tentador que fuera quedarme con Edward, la situación se sentía extraña después de la llegada de Lauren. Lleno de gente, como le dije. Aunque todavía no sé quién es exactamente ella para él, no creo que haya algo ahí. Al menos, nada de lo que valga la pena preocuparme. Además, sé cuál es la situación entre Edward y yo. Incluso si hubo una reticencia persistente de parte de él después de mencionar lo de registrar nuestra relación, sus palabras sonaron fuertes y claras: me quiere a mí.
Me pregunto qué pensará mi familia y qué dirá Rose. En realidad, no creo que a alguien le importe, pero sigo sintiendo curiosidad. He pasado toda mi vida hasta ahora esperando ser emparejada en el Grupo de Parejas. He soñado con ese día, con la promesa de un alma gemela, mi contraparte perfecta. Pero ahora todo eso palidece en comparación con lo que siento por Edward. No quiero estar con alguien más, incluso si esta persona es considerada perfecta para mí. No quiero correr ese riesgo porque eso significa perder potencialmente a Edward. Y creo que eso me mataría.
Él saca un lado diferente de mí. Tiene esta habilidad de hacer que me abra de algún modo, y eso es raro. Algo burbujea debajo de la superficie con nosotros. Algo me hace seguir regresando a él. Hay un nivel de confort que siento con él que no siento con mucha gente, y fue instantáneo. Incluso si lo negué al principio, solo me contuve porque me asustaba. Él me frustra y me reta, pero también me hace reír. Me hace anhelar la intimidad. Me hace desear.
La duda empieza a clavarse en mí entre más me acerco a mi casa. Es como si entre más lejos estoy de él, más me convenzo de que lo que estoy haciendo y lo que siento está mal de alguna forma. Es tan fácil dejarse envolver en él cuando estamos solos. Él es todo en lo que pienso, todo lo que veo. Pero solo ha pasado una semana. En realidad, menos que eso. Seis días. Con un poco de distancia y la comprensión de que todo está pasando tan rápidamente, la incertidumbre ahoga mi deseo. Mi cerebro me silencia el corazón.
Pero por primera vez no permito que el miedo se apodere de mí.
Por primera vez, empiezo a hacer mis propios planes para el futuro y todos involucran a Edward.
XXX
Entro en mi calle para encontrarla en silencio y desierta, igual que el resto de la ciudad.
Cuando meto la llave a la puerta comprendo que ya está abierta. Giro el pomo y entro, quitándome la nieve de las botas sobre la alfombra.
Después de colgar el abrigo me dejo puesta la sudadera de Edward y giro en la esquina hacia la cocina. Las luces están encendidas y hay un plato a medio comer en la encimera, pero no está Rose.
Avanzo por el pasillo y toco dos veces su puerta. Puedo escuchar la televisión encendida, pero aparte de eso me encuentro con el silencio.
—¿Rose? Estoy en casa.
Escucho y espero. Creí que las cosas habían terminado bien anoche al teléfono, pero tal vez ella no me va a perdonar con tanta facilidad. No está en su naturaleza. Tal vez todavía no merezco que me perdone. Ella soltó una noticia muy grande, confiando en mí, y yo hui. Fui demasiado cobarde para enfrentar esto con ella. La juzgué y me fui.
Ella merece estar enojada. Si la situación fuera al revés, yo también me sentiría herida.
Apoyo la frente en la puerta.
—Rose, ¿por favor? Ya te dije que no haré nada estúpido. Quiero ayudarte a arreglar esto. Solo… por favor, no te vayas. Te necesito. Los necesito a ti y a Emmett.
La ansiedad me nubla la mente al recordar los cuentos de Carmen sobre las tierras no incorporadas. Pero no veo cómo sería posible siquiera salir de aquí. Hay una cerca electrificada y están los ejecutores. Hay guardias y pistolas. E incluso si Rose y Em de alguna manera lograran salir con vida, no hay nada allá afuera para ellos. No puede haber.
Dejo desaparecer todos mis sombríos pensamientos y me concentro en lo que está pasando ahora. Tenemos tiempo para arreglar las cosas. No necesitamos recurrir todavía al peor escenario.
—Sé que dije que vendría a casa anoche, pero luego… —inhalo profundamente y me alejo de su puerta—. Quise quedarme con Edward. Sé que me dijiste que tuviera cuidado, y sí lo tuve. Pero yo solo…
Espero a que salga, pero no lo hace. Jalo de forma nerviosa las mangas de la sudadera de Edward para taparme las manos. Me pregunto si ella notará que no es mía. Si pregunta si pasó algo, le diré. Le diré todo. Desde viajar en autobús con él, a besarlo y tocarlo en su cama. Le contaré sobre la pelea de bolas de nieve y lo ligero que me hace sentir el corazón. Le confiaré lo mucho que deseo estar con él, y que vamos a hacer que esto sea oficial.
—Él es… —Todo—. Él me hace reír. —Mi voz es apenas más que un susurro. Ni siquiera sé si ella puede escucharme, pero sigo hablando—. Me hace sentir cosas, y estoy tan jodidamente asustada. Pasé toda mi vida esperando ser emparejada con alguien y ahora solo… no sé. Si no es él, no quiero a nadie.
Necesito la opinión de Rose. Necesito que ella me diga que estoy haciendo lo correcto y que lo elija. Si ella me pregunta si lo amo, le diré que sí. Que incluso si es una jodida locura y demasiado pronto, creo que podría amarlo.
Ahora que he considerado esa idea, siento que lo amo. Siento que es amor.
Nunca me he comportado así con nadie. Jamás. Aunque la cicatriz detrás de mi oreja indica que ya he intentado esto una vez, ciertamente sé que no me sentí de esta forma antes. Si lo hubiera sentido, no lo habría dejado ir.
Espero y le doy oportunidad a Rose de contestar, pero sigo encontrándome con silencio de su parte y risas de la televisión. En cierta forma, la risa suena burlona, así que con un suspiro pesado, me rindo.
—Iré a bañarme. —Apoyo una mano en la puerta—. No puedes enojarte conmigo para siempre —le digo y me alejo.
XXX
Tomo una ducha larga y caliente hasta que el agua se enfría.
Cuando salgo y veo el espejo empañado, sonrío para mí y dibujo dos corazones, uno dentro del otro. Iguales a los que Edward y yo dibujamos en la ventana de mi carro. La condensación los hace sangrar. Los miro, preguntándome por qué esto se siente conocido y extraño a la vez.
El leve sonido de mi teléfono sonando capta mi atención, así que salgo del baño con el vapor ondeando detrás de mí mientras desconecto mi celular de su cargador.
Un número desconocido aparece en la pantalla.
—¿Hola?
—Hola. —Es Edward y suena aliviado—. No me llamaste.
—Lo siento, tenía que cargar mi celular.
—Está bien. Solo estaba preocupado. —Se queda callado por un momento—. Pero ¿llegaste bien a casa?
—Manejé lento, pero llegué muy bien. —Sonrío y me siento en el colchón mientras me aferro la toalla al pecho—. ¿Estabas preocupado por mí?
—Pues sí. Es casi vergonzoso decir que solo he estado mirando mi teléfono esperándote. —Puedo escuchar su sonrisa a través de la línea y eso hace volar mi corazón—. ¿Qué estás haciendo?
—Nada. Acabo de salir de la ducha.
—Oh. Cuéntame más. —Otra vez con la sonrisa.
—Pues me lavé el cabello. Y el cuerpo.
—Suena divertido.
—Fue todo muy rutinario —digo, y su risa entrecortada se derrama al teléfono—. ¿Lauren sigue ahí? —pregunto.
—No. —La línea se queda en silencio—. Detesto que hayas sentido que tenías que irte.
—Está bien.
Suspira.
—Quiero decir, no lo está, pero…
—Sé cuando no soy bienvenida. —No lo digo para ganar su simpatía. Lo digo porque es la verdad.
—Yo te quería aquí.
Mi corazón se contrae.
—Lo sé.
Con otro suspiro, dice:
—Lauren tiene buenas intenciones. Solo está… cuidándome. Eso es todo.
Siento un golpe de celos en el fondo del estómago, pero sé que es ilógico. Él tiene permitido tener amigas. Yo sigo conociéndolo, y aunque a veces se siente que somos las únicas personas que importan, él tiene más gente en su vida que lo cuida y quieren lo mejor para él. A pesar de eso, me veo abrumada por la urgencia de ser yo la que lo cuida.
—¿Por qué ella tendría que cuidarte? —pregunto en voz baja.
—Hemos sido amigos desde hace tiempo. Solo quiere asegurarse de que no voy a resultar herido.
Sé qué es lo que él está diciendo, pero aun así me hace fruncir el ceño.
—¿Y sería yo la que te lastimaría?
—En cierta forma, supongo.
Detesto tener que preguntar, pero…
—No hay nada más ahí, ¿cierto?
—¿A qué te refieres?
—¿Contigo y ella? O sea, le interesas, o…
—Espero que no —se ríe—. Está saliendo con mi amigo Jasper. No creo que a él le emocione mucho eso.
Mi ansiedad se calma.
—Bien. Por un momento no estaba segura. Me… preocupaba un poco.
—¿Estabas celosa? —Suena divertido, tal vez incluso un poco presumido, y pongo los ojos en blanco.
—Quiero decir, ¿no te sentirías celoso tú? Estábamos admitiendo que queríamos estar juntos y entra una chica. No estaba segura de qué pensar.
—Eres tan linda.
—No lo soy —suspiro.
—Sí lo eres. —Él también suspira, pero es más que nada para imitarme, y me río—. Bella, Bella, Bella.
—¿Qué?
—Sabes que eres la única chica a la que quiero —murmura dulcemente—. Decía en serio todo lo que te dije hoy. Quiero estar contigo.
Mi estómago se contrae de la mejor manera.
—Qué bueno.
Se ríe.
—Sí. Qué bueno.
—Entonces, ¿Lauren cuida a Esme en ocasiones?
—Sí. —Nos quedamos callados por demasiado tiempo antes de que él diga—: Ya no quiero hablar de Lauren. Cuéntame más sobre tu ducha.
Me río, mi estómago se revuelve con una energía insinuante. Me sorprendo al decir:
—¿Qué quieres saber sobre eso?
—Todo.
Muevo los ojos hacia mi puerta abierta y le murmuro que me espere un momento mientras la cierro, luego me llevo el teléfono otra vez a la oreja.
—Bien, ya regresé.
—¿A dónde fuiste?
—A cerrar la puerta de mi habitación.
—¿Por qué? —Su voz suena queda, cálida.
—No sé. Tú dime.
Gime suavemente y le sonrío al techo.
—Fue… —se detiene.
—¿Qué?
—Fue muy difícil mantener las manos quietas anoche al estar acostado a tu lado.
—No tenías que mantener las manos quietas —le recuerdo mientras que las imágenes de su mano moviéndose entre mis piernas pasan por mi mente.
—Esa no era la única forma en que quería tocarte —admite, su voz es apenas poco más que un susurro.
—¿Oh? —Me siento valiente, dejo que mi toalla se abra—. ¿Cómo querías tocarme?
Se queda en silencio.
—¿De verdad quieres saber?
—Sí —susurro—. Dime qué querías hacerme.
—Me estás matando —se ríe suavemente—. Joder.
—¿Joder? —repito, sonriendo un poco—. Yo también quería eso. Detesto de verdad que Lauren llegara cuando lo hizo.
—¿Por qué?
—Porque tal vez nosotros… —Casi me acobardo y me detengo de decirlo. Pero a través del teléfono me siento valiente. Necesito que sepa lo mucho que lo deseo—. ¿Tal vez estaríamos haciendo eso justo ahora?
—Sí —dice con voz hosca—. Definitivamente me estás matando.
—No eres el único —murmuro, poniéndome caliente—. Estoy igual de muerta aquí.
—O sea, podríamos…
—¿Qué?
—¿Hacer otras cosas? Justo ahora.
—¿Cosas como qué? —pregunto.
—Tú podrías, um… tocarte, y fingir que soy yo. —Suena un poco nervioso al decirlo y casi sonrío.
—Bien —acepto suavemente, de forma casi tímida.
—Bien —repite, y espero a que él siga hablando.
Nos quedamos callados en la línea, pero el silencio está acalorado. Cargado. Me pregunto si él ya se está tocando y mi cuerpo se pone todavía más caliente, el dolor entre mis piernas se intensifica. Nunca he hecho algo como esto, no me he tocado mientras hablo con alguien. Ni he deseado con desesperación que mi mano sea la de alguien más tocándome. Pero justo ahora, con Edward, eso es todo lo que deseo.
—Dime qué hacer —susurro.
Él empieza lento diciéndome que me quite la ropa, luego gime al teléfono cuando admito que solo estaba usando una toalla y ésta ya no está. Me dice que baje mi mano sobre mi piel y por mi estómago hasta que mis dedos me estén rozando.
Gimoteo cuando mi mano se posa entre mis piernas y deslizo un dedo dentro. Su respiración sale más pesada por la línea al preguntar si se siente bien. Le digo que sí y luego añado otro, removiéndome sobre el colchón y aferrándome el teléfono a la oreja.
Su voz suena baja cuando dice que me desea. Tan jodidamente mucho. Dice que piensa en mí todo el tiempo y que me extraña. Carajo, me extraña, y a juzgar por la desesperación y hosquedad en su voz, comprendo entonces que él también se está tocando.
Eso me excita todavía más.
—¿Qué extrañas de mí? —pregunto, estoy determinada a empujarme hasta caer por la orilla.
—Todo —dice entre dientes—. Tus tetas. Tu boca. Los soniditos que haces cuando te hago correrte.
—Carajo —susurro y cierro los ojos con fuerza, me dejo atrapar por el momento.
—Tenía tantas ganas de tocarte anoche. Quería estar dentro de ti.
—Yo también lo quería —le digo, mis dedos se mueven más rápido—. Te habría dejado.
—Mierda —sisea—. Bell, yo…
—Desearía que fueras tú el que me toca justo ahora.
—Estoy tan cerca —jadea.
—Yo también.
Nos quedamos callados en ese momento, solo el sonido de nuestras pesadas respiraciones y suaves gemidos llenan la línea. Él murmura una serie de maldiciones, y la forma ronca en que dice mi nombre suena tan bien saliendo de su boca.
No tardo mucho en caer, caer, caer también por el precipicio. Es su nombre el que canto cuando veo estrellas tras mis párpados.
Recuperamos el aliento. Me pongo la toalla encima y muevo los ojos hacia la puerta. Había escuchado un ruido allá afuera, justo antes de dejarme ir, y mis mejillas se sonrojan un poco. No creo haber sido lo suficientemente ruidosa para que Rose escuchara, pero estaba tan atrapada en el momento que no tengo idea.
Edward carraspea.
—Vaya. —Se ríe un poco en la línea—. No estaba, um… no llamé por esto. Espero que no pienses eso.
—Claro, claro —me río, bromeando un poco con él.
—¿Crees que soy así de ágil? —pregunta, divertido.
—Mmm, sí —me río—. No. No sé. —Creo que es encantador, pero no de forma deshonesta y lisonjera.
—¿Estás segura de que no puedes venir antes de mañana en la noche?
—¿Qué me estás haciendo? —Lo digo como si estuviera quejándome, pero en secreto me encanta jodidamente mucho.
—Te estoy haciendo enamorarte de mí de todas las maneras posibles. Obviamente.
—Obviamente —me río con el corazón ligero.
El leve sonido de un golpeteo en la puerta principal me asusta, me siento de golpe y me aferro la toalla al pecho.
—Creo que hay alguien aquí —digo confundida.
—¿En tu apartamento?
—Sí. Debería ir a ver quién es.
—Sí —dice—. ¿Quieres quedarte al teléfono conmigo por si acaso?
—¿Por si acaso qué?
Se queda callado.
—No sé. Aunque me sentiría mejor si te quedaras en el teléfono por un momento.
Me río suavemente.
—Bien, dame un segundo. Tengo que vestirme.
Me pongo frenéticamente unos leggins y la sudadera de Edward, sacándome el cabello mojado de la espalda. Con el teléfono otra vez pegado a mi oreja, me apuro a salir de la habitación. Los golpes siguen haciendo eco por toda la casa y no puedo escuchar bien lo que Edward murmura en la línea.
Cuando me asomo por la mirilla veo a mi hermano.
—Es solo Emmett —le digo a Edward—. Está bien.
—De acuerdo. Te dejaré ir. Ten cuidado —murmura y colgamos con la promesa de hablar más tarde.
Al abrir la puerta, la expresión de Emmett me hace pausar.
—¿Qué sucede? —le digo.
—¿Está ella aquí?
—¿Quién?
—¿Quién crees, Bella? —grita—. ¡Rose!
—¿Rose? —pregunto, el amargo aire frío se apresura hacia adentro—. Está en su habitación.
Se ve confundido y pasa junto a mí, cerrando de golpe la puerta.
—¿Qué estás haciendo? —le grito, tropezándome tras de él.
Cuando abre la puerta de la habitación de Rose, la veo vacía, pero la televisión está encendida.
—Pero… —Miro a mi alrededor mientras la angustia se clava en mí—. Juro…
—¿Cuándo fue la última vez que la viste? —pregunta, el pánico se alza en su voz.
Estoy demasiado inquieta para pensar.
—Um… la vi el domingo. ¿Domingo en la noche? Más bien en la tarde.
—¿Qué sucedió? ¿Se fue? ¿Te dijo a dónde iba? ¿O alguien vino aquí?
Con el corazón acelerado, digo:
—No sé. No tengo idea.
—¿A qué te refieres con que no sabes, Bella?
—No estaba aquí. —Las lágrimas escocen en mis ojos y me preparo para sus preguntas sobre dónde estaba—. No estaba aquí, pero sí hablamos. El domingo en la noche. Todo estaba bien. Luego cuando regresé hoy y ella no respondía a su puerta, pensé que…
—Mierda. Mierda, mierda, mierda —repite antes de golpear la pared. Deja una marca, pero su mano termina peor.
—Dios. Cálmate.
Respirando pesadamente se examina los nudillos sangrientos.
—Déjame verte —murmuro, pero él se aparta, abre frenéticamente su armario y revisa sus cajones—. Emmett, ¡detente! Dime qué demonios está pasando.
Se gira hacia mí entonces, el enojo aparece en su rostro.
—Me llamó el domingo en la noche, estaba jodidamente alterada. Me dijo que te contó todo.
—Lo hizo —susurro.
—Le dije que fue un error. Le dije que tú no entenderías ni un carajo. —Sus palabras duelen—. Pero no pude venir a calmarla. No pude… la nieve y… —se detiene y me mira—. Bella. ¿Nos reportaste?
—No —digo, firme y honesta.
—Dime la verdad —espeta.
—Eso hago. —Mi tono es agudo, agrando los ojos ante su acusación—. Estoy siendo honesta —le prometo—. No los reporté. No haría eso.
—Pero Rose dijo que lo ibas a hacer.
La culpa se clava en mí.
—Eso dije, pero estaba asustada, ¿sí? Me acababan de decir que todo lo que conocía estaba… mal. Era una mentira. —Cierro los ojos—. No haría eso —repito, me encuentro con su mirada y espero que él pueda ver la honestidad en la mía—. Hablamos más tarde esa noche. Le dije que no los iba a reportar. La quiero. Te quiero a ti. No me importa si rompieron la ley.
Él resopla un aliento y mi corazón duele.
No me cree.
Si estuviera en sus zapatos, probablemente tampoco me creería.
—Enamorarse no es un crimen —casi lo escupe, sigue buscando pistas en la habitación de ella.
—No, enamorarse no es un crimen, pero…
—No me des sermones ahora, Bella. No lo hagas.
Me empuja para pasar a mi lado y lo sigo hacia la sala.
—Necesitas ponerte un poco de hielo en…
Me detengo cuando llegamos al comedor y encontramos su teléfono en el piso con la pantalla rota.
—¿Qué carajos? —pregunta, lo agarra e inspecciona el daño—. No tiene sentido. —Se vuelve a girar hacia mí, en esta ocasión hay más miedo que enojo detrás de su mirada—. Tú eras la única que sabía, Bella. ¿No lo entiendes? Esto no tiene sentido.
—¿Cómo sabes que ella se fue? Tal vez solo… ¿salió?
—Sus mierdas están aquí. No se iría sin llevarse nada.
—Exacto. ¿Tal vez fue a dar un paseo? —Me aferro a la última esperanza.
—¿En la nieve? ¿Estando embarazada? ¿Sin su celular? —El dolor en su rostro cuando lo dice me rompe el corazón.
La realidad de todo esto me golpea a la vez. Pasé el último día evitando la severidad de toda esta situación. Fui tonta al pensar que habría alguna manera para que Em y Rose salieran ilesos de esta. Y ahora parece que ellos, que nosotros, estamos enfrentando las consecuencias.
—No sé, Em —digo en voz baja, mordiéndome la parte interna de la mejilla—. No sé dónde podría estar. —Sigo un poco atónita por haber asumido que ella estaba en su habitación todo este tiempo cuando no era así.
—Creo que se la llevaron —dice, su voz se rompe un poco—. Nada más tiene sentido.
—Pero yo no la reporté. Y tampoco tú. —Hago una pausa, intentando recordar la última conversación que tuve con ella—. Tal vez se entregó sola.
—Ella no lo haría.
—¿Cómo lo sabes?
—¡Porque teníamos un plan! —grita con la cara roja—. Ella no haría eso. No me dejaría.
Me trago la emoción, mi garganta se cierra mientras intento no llorar. Pero no tiene caso, y mis lágrimas caen libremente cuando Emmett se seca sus propios ojos. Nunca lo había visto llorar. Nunca lo había visto tan alterado. Me aterra.
—¿Alguien más sabe sobre lo que ella te dijo? —pregunta, su voz se endurece a pesar de las lágrimas.
—No —digo automáticamente, limpiándome con fuerza la cara usando las mangas de la sudadera.
—¿Nadie?
—No le dije a nadie. Nadie lo sabe —le prometo.
Pero luego mi cara se descompone y lo recuerdo.
Edward.
Le conté todo a Edward.
