Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.
Thank you iambeagle for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.
Capítulo 21
Luego de que Emmett me deja en casa llamo de inmediato a los papás de Rose. Hablo de forma muy vaga, pero soy honesta con mi preocupación. No les cuento sobre Emmett ni el bebé ni que pienso que se la llevaron los ejecutores. No quiero poner ese estrés en ellos, así que solo digo que está perdida, tal vez desde anoche, pero definitivamente a partir de esta mañana.
Sus padres no tardan mucho en aparecer en la casa.
Buscan en su habitación igual que lo hizo Emmett. Me hacen preguntas que son más fáciles de responder ya que fui interrogada por Em hace rato. Es sencillo apegarme a mi historia ahora que la he repasado. Su papá se sienta en la sala y llama al hospital y a los amigos de la familia mientras su mamá camina de un lado a otro. Pero nadie ha visto ni ha sabido nada de Rose.
Estamos estancados en este limbo y lo detesto por completo.
Mientras ellos están distraídos yo me escabullo a mi habitación. Mi teléfono debió haber muerto en algún punto, así que tengo que conectarlo. Cuando se enciende llamo a Edward. No responde y pienso en dejar un mensaje de voz, luego decido que si no sé de él, iré a su casa cuando los padres de Rose se vayan.
Son ya casi las siete para cuando ellos se van a casa. Su mamá me abraza con fuerza y anhelo el consuelo que eso me da. Su papá enfatiza que les avise si sé de algo, y me trago la emoción cuando sus ojos se llenan de lágrimas.
La casa se siente rara cuando estoy sola. Demasiado callada y escalofriante. Estoy nerviosa, así que intento llamar a Edward otra vez para aliviar mis nervios, pero cuando él sigue sin contestar una segunda vez, me abrigo y tomo el autobús que va a su lado de la ciudad.
Me bajo a diez minutos de su casa, no estoy segura de dónde está en realidad la estación de autobuses más cercana, y camino el resto del trayecto. La calle nevada está a oscuras y en silencio. Todos ya están encerrados por la noche, sus casas están tenuemente iluminadas y las chimeneas echan humo. Sin embargo, cuando me acerco a la casa de Edward se ve a oscuras. Eso me retuerce el estómago con ansiedad.
Subo apresurada los escalones de madera de su porche y toco dos veces en la puerta. Tres veces, cada golpe más fuerte. El pánico empieza a salir a la superficie, pero no está justificado. No tengo razón real para preocuparme. Tal vez está durmiendo. Tal vez está en la parte de atrás, cuidando a su mamá.
Con esos pensamientos rodeo la casa y me meto a las sombras. Veo una ventana iluminada, la cual debe ser la habitación de su mamá. Pero estoy nerviosa y no quiero molestarla si no es necesario. Me voy hacia el otro lado de la casa donde está la cocina y toco esa puerta.
Finalmente se abre al quinto golpe y mi corazón empieza a calmarse hasta que comprendo que es Lauren la que está ahí parada.
—Oh —digo, incapaz de esconder la sorpresa en mi rostro. Él dijo que ella se había ido hace rato, así que no estoy segura de por qué ahora está de regreso. Los celos se despliegan, pero los aplasto.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunta, ni siquiera reprime su molestia.
—Necesito hablar con Edward.
—No está aquí —dice fríamente.
—¿Dónde está? —pregunto.
—Salió —es todo lo que dice.
—¿Cuándo volverá?
—No sé.
—¿Qué? —La confusión enmascara mi cara—. ¿A dónde fue? ¿Por qué…?
—Mira. —Lauren me detiene con una mirada—. No creo que sea inteligente de tu parte seguir viniendo aquí.
—Yo no creo que esa sea tu decisión —digo desafiante.
—No, supongo que no. Edward no te dirá que te mantengas lejos, pero yo sí.
—Repito, no es tu…
—Lo estoy haciendo por él. Si te importa aunque sea un poco, me harás caso. Esto no vale la pena.
—¿Qué?
Vacila antes de decir:
—Rebajarte a estar con él antes de que te emparejen con alguien más.
Una actitud defensiva se alza en mi pecho y burbujea por mi garganta.
—Eso no es lo que estoy haciendo.
—¿No? Entonces, ¿exactamente qué es lo que estás haciendo? —presiona. Su expresión sostiene una falta de creencia, algo que se profundiza cuando no le respondo. Pero lo que Edward y yo estamos haciendo es algo tan nuevo que no sé cómo responder. Además, no es de su puta incumbencia—. No quiero verlo resultar herido, Bella.
—Yo tampoco quiero que resulte herido. Y no será así. Me importa, y yo solo… de verdad necesito hablar con él.
—Claro. Pues eso no sucederá. Al menos, no ahora.
—Si sabes algo de él, ¿podrías decirle que vine? ¿Por favor?
Se escucha un impacto al final del pasillo que se roba nuestra atención.
—Carajo —suspira, moviéndose rápido para dirigirse allá. No se molesta en cerrar la puerta por completo y me esfuerzo en escuchar qué es lo que está pasando. Escucho gemidos, jadeos y más maldiciones.
En contra de mi mejor juicio, entro y cierro la puerta en silencio detrás de mí antes de moverme a través de la cocina a oscuras. Sigo los sonidos y la luz al final del pasillo hacia la habitación de Esme. Cuando llego a la puerta, veo a Lauren ayudándola a regresar a la cama.
—Solo me mareé un poco. Puedo hacerlo yo sola —murmura Esme, zafándose de su agarre.
—Sí, bueno, mira cómo te funcionó eso —dice Lauren con cierta gentileza en su tono.
—No necesito una niñera.
—Lo sé —responde Lauren con un suspiro cansado—. Pero estoy aquí, así que será mejor que me dejes ayudarte.
Sigo parada en la puerta, mirando en silencio. Empiezo a retroceder, me siento grosera por haberme entrometido, pero cuando retrocedo un paso, la madera cruje bajo mis zapatos. Lauren me nota primero, luego Esme.
—¿Qué estás haciendo aquí? —espeta Lauren—. Tienes que irte.
—Lo siento. Yo…
—¿Bella? —pregunta Esme, tosiendo al sentarse—. No seas grosera con mi invitada, Lo. Esta no es tu casa.
—Ella no es tu invitada —responde Lauren inexpresiva—. Te dije que te fueras.
—Lo sé. —Trago, mis ojos saltan entre ellas dos—. Pero me sentiría mejor al irme si supiera cuándo va a regresar Edward.
Esme hace ademán de hablar, pero Lauren la interrumpe.
—Te dije que le diré que viniste cuando regrese.
—Guarda las garras. —Esme se ríe entre dientes, vuelve a toser—. Bella es inofensiva.
Lauren la ignora.
—Recuéstate.
—De acuerdo, de acuerdo —gruñe Esme, recargándose en las almohadas—. Pero me gustaría que Bella se quedara a hacerme compañía.
—Ni pensarlo —dice Lauren de inmediato y frunce el ceño.
Esme empieza a hablar otra vez, pero luego su tos toma el control. Suena profunda y con flema, peor que hoy en el desayuno, y eso me preocupa.
—Puedo preparar algo de té —me ofrezco gentilmente.
—Igual que yo —espeta Lauren.
—¿Neumonía? —pregunto, mirando solo a Lauren.
Su mirada se suaviza solo por un momento, luego dice en voz baja:
—Entre otras cosas.
—No hablen de mí como si no estuviera aquí —dice Esme de malas. Pero tiene razón, así que Lauren y yo nos disculpamos al mismo tiempo.
Esme gruñe algo en respuesta, cerrando los ojos después de un momento. Lauren la cubre con una manta. Le dice que regresará de inmediato antes de alejarme de la puerta hasta que estamos paradas a solas en el pasillo tenuemente iluminado.
—¿Está tomando antibióticos? —pregunto, no puedo reprimir mi curiosidad y la urgencia por ayudar de alguna manera.
Lauren me analiza por un momento, como si estuviera debatiendo si puede o no confiar en mí. Al final debe decidir que está bien porque dice:
—Creo que no.
La tos de Esme vuelve a alzarse al otro lado de la puerta.
—No se le calma la fiebre. Su tos está empeorando y no puedo comunicarme con Edward —murmura Lauren—. Él no responde su teléfono. Estoy… preocupada.
De pronto esto también me preocupa. Es más fácil tenerla despreocupada por su partida que lidiar con su preocupación. Me duele el estómago a causa del miedo, pero intento alejarlo.
—¿A dónde fue? —pregunto.
—En realidad no sé.
—¿Cuándo se fue?
—A mediodía. Creo que se fue muy rápido. Yo ni siquiera alcancé a regresar antes de que él se fuera.
Me sorprende que dejara a Esme a solas, y me pone nerviosa pensar que lo que sea que se haya ido a hacer claramente es más importante que cuidar a su propia madre. O tal vez no tuvo opción. Si reportó a Em y Rose, tal vez también se lo llevaron para interrogarlo.
Alejo ese pensamiento con la misma rapidez con la que aparece. Todavía no estoy segura de nada y simplemente no quiero creer que fue él.
—¿Esme no dijo nada sobre a dónde había ido? —presiono.
—Ella estaba dormida, así que ni siquiera se había dado cuenta de que no estaba.
La miro con curiosidad, casi sin creerle, me pregunto qué tanto sabe.
—Cuando él se tiene que ir así, siempre mantiene los detalles muy vagos por temas de seguridad —explica, como si pudiera leerme la mente.
—¿Lo ha hecho antes? —pregunto, sintiendo algo cercano a la esperanza al pensar que las cosas podrían estar bien.
—No tan abruptamente, y nunca durante el día. Pero sí. Suelo quedarme aquí de vez en cuando si él necesita irse por uno o dos días.
Eso ayuda a calmar mis nervios, solo un poco. Pero sigo detestando la sensación de que tengo que forzar la información para sacársela. Si ella intenta proteger a Edward, está haciendo un buen trabajo. Solo desearía que él hubiera confiado en mí de la forma en que confía en ella. No ayuda a mi posesividad saber que ella está al tanto de una parte de su vida de la que yo no sé nada.
—Puedo ayudarte —me ofrezco después de un momento—. Con Esme.
—¿Cómo?
—Puedo conseguirle antibióticos.
—¿Cómo? —vuelve a preguntar Lauren, su tono es más suave en esta ocasión.
—Trabajo en una clínica. Tengo acceso a algunos medicamentos.
—Así está bien —murmura—. Igual gracias.
—¿Desde hace cuánto tiene neumonía?
—¿Dos semanas? Tal vez tres. Y no estamos seguros de que sea eso. En este punto ya solo suponemos.
—Déjame ayudar, por favor —le pido—. ¿Por favor?
—¿Para quién dirás que son los antibióticos? —me cuestiona Lauren, mirándome directo a los ojos.
—No tendré que decirle a nadie. Puedo solo tomarlos.
—¿No te meterás en problemas?
—Nadie lo sabrá. Puedo ir ahora. La oficina está cerrada y tengo el código…
—Edward no querría que hicieras eso —dice Lauren, su tono es una advertencia—. La verdad se enojaría si supiera que te estás involucrando así.
—Pues Edward no está aquí. Así que no tiene voz ni voto —respondo tensamente, ignorando el dolor en mi pecho a causa de su partida—. Puedo ir y volver en una hora.
Lauren mira la puerta cerrada de Esme, luego a mí.
—Bien. Pero si pasa algo… —empieza a decir, su voz se endurece—. Déjanos fuera de este asunto.
—Bien —prometo—. Lo haré.
XXX
Estoy vibrando a causa de los nervios mientras cruzo la ciudad en autobús hacia la clínica. Con la nieve y la hora, no hay mucha gente afuera, así que hacemos menos paradas a lo largo del camino.
Apenas pasan de las ocho y media cuando llego. Desde afuera la clínica se ve oscura y vacía, al igual que el estacionamiento. De todas formas me mantengo alerta, por si acaso.
Rodeando el edificio hacia la parte de atrás, avanzo por el callejón oscuro y encuentro la puerta trasera que usualmente solo usan los de intendencia. Mi mano tiembla cuando meto cuidadosamente el código y escucho el pestillo abrirse automáticamente. Con la puerta abierta, la alarma de seguridad resuena y me hace saltar en respuesta.
Me muevo rápidamente después de eso, me voy directo a la sala de personal para desactivar la alarma. Lo hago en segundos, pero mis oídos siguen zumbando por el sonido.
Con las luces apagadas, avanzo por el pasillo hacia la oficina de la doctora Howard. Está cerrada, por supuesto. No sé por qué pensé que estaría abierta. Muevo el pomo unas cuantas veces, pero no sirve de nada.
Maldigo en voz baja y regreso a la sala de personal, abro y cierro cajones, busco algo que meter en la cerradura. No hay mucho, pero encuentro un clip que mantiene juntos un montón de papeles sobre la encimera. Enderezo el metal, pero dejo doblada una mitad en un ángulo de noventa grados para tener donde hacer presión.
Regreso a la puerta cerrada y meto el clip en el agujero.
No tengo idea de qué estoy haciendo. No sé qué es lo que estoy buscando. Puedo sentir diferentes ranuras en el cerrojo, así que giro el metal de un lado, luego al otro, pero no pasa nada.
Lo saco y lo vuelvo a intentar una y otra vez.
Estoy a punto de rendirme cuando la punta del clip presiona contra algo, es casi como si se encajara en un perno o un resorte. Lo muevo de un lado y del otro. Hay tensión y empujo un poco más.
La puerta se abre.
No tengo tiempo para procesar mi shock al moverme rápidamente dentro de la oficina y por detrás del escritorio. Estoy esperando encontrar los gabinetes con la medicina cerrados, pero para mi sorpresa no lo están. Abro un lado y empiezo a leer las etiquetas, pero la oscuridad del cuarto no ayuda. Después de buscar por un minuto, agarro dos botellas de lo que necesito, lo cual debería ser suficiente para derrotar lo que sea que está en el sistema de Esme, pero no tanto para que alguien note su ausencia. Además, no es como si estuviera robando analgésicos. Que esos se perdieran alzarían unas cuantas cejas. Los antibióticos son menos preocupantes.
Meto los contendores al bolsillo de mi abrigo y me apresuro para asegurarme de que todo se vea intacto. La adrenalina corre furiosamente por mis venas hasta que la realidad se asienta y comprendo que hay un problema: pude abrir el cerrojo con un clip, pero no creo ser capaz de cerrarlo. Lo intento unas cuantas veces, pero me rindo antes de tener éxito.
Después de un momento decido que no importa. Incluso si la doctora Howard encuentra extraño que su puerta esté abierta, podrá ver que no falta nada de valor. Incluso si culpan a alguien por esto, dudo que sospechen de mí. No tendrían razón para hacerlo.
Así que dejo la puerta de su oficina sin seguro, pongo la alarma y me voy.
XXX
Cuando regreso a casa de Edward, Lauren no se ve tan molesta con mi llegada en esta ocasión.
Le entrego las botellas y me agradece. Su voz sigue sin ser necesariamente amable y tampoco su comportamiento, pero puedo sentir la gratitud en su mirada. Eso compensa su falta de calidez.
Me quedo en la sala con Pepper y me siento en el sofá mientras Lauren atiende a Esme. No regreso con ella, quiero darles privacidad. Además, es tarde. Debería agarrar el último autobús a casa y regresar a esperar en caso de que Rose aparezca. En vez de eso, me quedo donde estoy, en el sofá de Edward, y digo una súplica silenciosa para que Esme se recupere con rapidez. También mantengo a Rose en mis pensamientos, espero que esté bien y que regrese pronto sana y salva.
Y mientras estoy suplicando por el bienestar de otros, también añado a Edward ahí.
Me duele el pecho por la incertidumbre. Espero que mi reacción inicial esté mal y él no tenga nada que ver con la desaparición de Rose. Espero que esté a salvo. Donde quiera que esté. Lo que sea que esté haciendo.
Por favor.
Tiene que estar a salvo.
Tiene que regresar.
Incluso si fue él el que reportó a Rose y Em… solo quiero que esté bien.
Me escocen los ojos a causa de las lágrimas y comprendo que mi súplica se ha convertido en una plegaria. Pero ni siquiera sé a quién le estoy rogando. Ni siquiera sé quién estaría escuchando. Pero esto se siente importante. Necesario. Así que sigo adelante.
Rose, Edward, Esme.
Edward, Esme, Rose.
Sus nombres giran en mi mente.
Cuando mis miembros se sienten pesados y se me cierran los ojos, es el nombre de Edward el que permanece en la punta de mi lengua. Y cuando me duermo, es su rostro el que veo.
XXX
—Despierta.
—No.
—Nena…
Una boca cálida en mi cuello, una sonrisa sobre mi piel.
—Todavía ni siquiera es de mañana. Dormir más —gruño.
—Bella. —Edward se ríe profundamente—. Tengo que irme pronto.
Abro los ojos y veo su determinada mirada color avellana.
—Detesto cuando te vas —murmuro, mis dedos rozan sobre sus labios.
—Lo sé.
—Me asusta.
—Lo sé —repite, esta vez más gentil—. No tienes nada de qué preocuparte.
Trago con pesadez, apartando todos los peores escenarios de mi mente.
—Sí tengo algo de que preocuparme.
Me besa con fuerza y pasión. Como si estuviera intentando llevarse todas mis dudas e inseguridades. Como si intentara reemplazarlo todo con amor y luz.
Y lo hace.
Todos los días, lo hace.
—Te amo. ¿Lo sabes? —pregunto, alzando una mano para apartarle el cabello del rostro.
Es entonces cuando lo veo.
Un anillo en mi mano izquierda. En el cuarto dedo.
—¿Qué es esto? —pregunto con la boca seca y el corazón acelerado.
Estoy muy segura de saber qué es. O al menos, qué quiero que sea.
Pero quiero escucharlo a él decirlo en voz alta.
—Es un símbolo de mi amor —susurra, dejando un beso en mi mandíbula—. Y afección. —Sus labios rozan la comisura de mi boca—. Pero puede significar lo que quieras que signifique. —Su voz suena baja, y besa mi boca entonces, suave y gentilmente.
—Es hermoso —murmuro, me arden los ojos y se empañan de lágrimas—. Un poco grande.
—Es de mi madre. Supuse que por ahora está bien, pero puedo comprarte un anillo diferente…
—No. Me encanta este —sollozo—. Así que…
Sonríe.
—¿Así qué?
—Lo pusiste en mi dedo anular.
—Sí.
—Lo que solo significa una cosa.
Sus ojos se iluminan con picardía y diversión.
—Típicamente, sí.
—Y eso es… ¿eso es lo que quieres? ¿Cuál era tu intención cuando me lo pusiste?
—Mi única intención es estar contigo para siempre, Bella.
—Yo también quiero eso —confieso.
Roza mi mejilla con su pulgar.
—Entonces, ¿es un sí? ¿Te casarás conmigo?
El corazón me explota en el pecho. Elegir estar con él significa muchísimo más que el que me digan con quién se supone que debo estar. Porque esta es nuestra decisión. Eso es todo lo que importa. No hay ciencia ni evaluaciones involucradas en esto. Nada más que el sentimiento que evocamos el uno en el otro, el cual es innegable.
—Sí. Por supuesto que me casaré contigo.
La sonrisa que se apodera de su rostro es cegadora. Embriagadora.
—¿Sí?
—Sí —repito.
—Te amo.
Labios en mi cuello.
Boca en la mía.
Risas.
Tantas risas que burbujean para salir de mí.
—No puedo creer que seas mía. —Hay cierto asombro en su voz, como si de verdad no pudiera creerlo—. Para siempre —añade.
—Para siempre —digo, y siento la verdad de eso en mis huesos.
XXX
Me despierto de golpe. El corazón me martillea. Tengo la boca seca.
No tardo casi nada en reconocer mis alrededores, o recordar dónde estoy o por qué estoy aquí. Rose está perdida y Edward no está. Esas no son cosas que se me escaparían fácilmente de la mente.
Miro mi teléfono esperando ver una llamada perdida. Un mensaje. Lo que sea de Edward o Rose o Emmett. Pero la pantalla está en negro y mi esperanza se desinfla.
Sentándome en el sofá, me froto la sien.
Y luego una imagen aparece al frente de mi mente.
Edward.
Edward… en mi sueño.
Era inconfundiblemente él. Él era el que estaba en la cama conmigo. Cabello cobrizo desaliñado, unos suaves ojos verdes y una sonrisa adormilada.
Sin embargo, no puedo ubicar el momento exacto. No es un recuerdo de ayer. No, esto era diferente. Estábamos en mi cama, no en la suya. Y esta versión es más dulce, más romántica y cómoda de lo que alguna vez hemos estado juntos.
Otra imagen, está vez más nítida.
Para siempre.
Risas. Besos. Promesas de matrimonio.
Con el corazón martilleando, miro mi mano y encuentro el anillo de granate de mi sueño. No está en el mismo dedo, pero está ahí. El anillo existe. Lo que puede significar solo una cosa: mi sueño fue real.
Y tal vez no fue un sueño en absoluto.
Fue un recuerdo de mi pasado.
