Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.


Thank you iambeagle for giving me the chance to share your story in another language!


Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.


Capítulo 24

Pasado

Este verano ha estado más cálido de lo normal, pero hoy el clima ha estado abrasador, estamos cerca de los treinta y dos grados. A medio camino hacia la casa de Edward me arrepiento de no venir manejando. Sin embargo, cuando lleguen los días largos y oscuros del invierno, extrañaré esto. La forma en la que el sol se alza tan alto en el cielo. Cómo es que todo se ve verde y dorado y vivo. Intento apreciar esos aspectos y no concentrarme en cómo se me pega el cabello a la nuca.

Al ver la casa de Edward a la distancia incremento mi ritmo y me ato el cabello para buscar un poco de alivio. Mis sandalias golpetean las plantas de mis pies con cada paso, mi corazón salta con anticipación. Ya tenemos un mes viéndonos, y las cosas han estado muy cómodas. Diría incluso que perfectas. Es por eso que al llegar abro la puerta principal sin tocar.

Lauren está en la sala a media carcajada.

—Hablando del rey de Roma —dice, me sonríe cuando entro—. Estábamos hablando de ti.

Me quedo junto al sofá, mirándola con curiosidad. Un ventilador de caja en la ventana sopla aire caliente, haciendo nada por aliviar la calidez que hay dentro. Edward está en la esquina de la sala, ocupado con algo que no puedo ver. Cuando se gira para sonreírme dulcemente, puedo ver algunos cables en sus manos.

—Hola —murmura.

Su piel está bronceada por el tiempo que pasamos ayer en la playa. Quiero más días despreocupados como ese. Nos acostamos sobre toallas en la arena, absorbiendo el sol. Bebimos cervezas que se calentaron ya que el hielo en la hielera se derritió con demasiada rapidez. Y después del atardecer, caminamos por la orilla del mar para reunirnos con Jasper y Lauren para una fogata.

—Hola. —Le sonrío en respuesta a Edward, pero la mía se siente más suave. Más tímida—. Entonces, ¿qué estaban diciendo exactamente de mí? —pregunto, alzando las cejas.

—Oh, fue algo muy jugoso. —Lauren se ríe—. Edward estaba diciéndome lo mucho que él…

—¿Lo? —la interrumpe él—. Cierra la boca.

Siento curiosidad por la conversación, pero Edward se ve avergonzado, la parte superior de sus mejillas se está poniendo rosa debajo de su bronceado.

Es adorable e indudablemente un poco sexy.

Lauren alza las manos a modo de defensa y pone los ojos en blanco.

—Como sea. De todas formas, ya me iba.

—Adiós, Lo —dice Edward con dulzura fingida.

—Adiós, Lauren —repito de forma un poco más amistosa que Edward.

Ella me sonríe, musita algo que no puedo comprender del todo, luego se va.

—¿Tienes algo que compartir conmigo? —pregunto ahora que estamos solos.

—¿Hm? Saliste temprano de trabajar.

Lo dejo cambiar el tema, pero planeo mencionarlo otra vez más tarde.

—Salí temprano. Es difícil estar dentro todo el día cuando el clima está así de agradable. —Dejo mis sandalias junto a la puerta y me vuelvo a acomodar el tirante de mi blusa sobre el hombro—. ¿Qué estás haciendo?

—Encontré esto en el ático —dice, sigue jugueteando con los cables.

—¿Qué es?

—Un tocadiscos. Creo que era de mi papá. —Abre la tapa y sopla para quitarle un poco de polvo—. Estoy intentando ver si todavía funciona, pero está resultando ser un puto dolor de culo.

Con su concentración de nuevo en el tocadiscos, puedo admirar lo atractivo que es. No es que eso sea algo nuevo. He estado enamorada de él desde el primer momento en que nos vimos. Por supuesto, intenté negarlo. Sin embargo, él vio a través de mí.

—Estoy tan… cerca… —dice de forma distraída, inclinado en donde está. Mis ojos permanecen en el ángulo de su mandíbula. La forma de sus labios. La ligera barba que cubre sus mejillas.

Lo estoy viendo en silencio y admiro cada pequeño detalle sobre él. El silencio debe ser demasiado porque él se endereza y me mira.

—¿Qué pasa? —pregunta con la frente fruncida.

—¿Qué?

Su sonrisa es suave.

—¿Todo bien?

Asiento.

—Sí. Por supuesto.

Mira mi cara al decir:

—Ven aquí.

Me acerco más, y sin vacilar para nada, él toma mi cadera, jalándome hacia él.

—Te extrañé hoy —murmura, agacha la cabeza para besarme a mí, luego a mi hombro. Mis hombros siguen sensibles por el sol, pero sus labios se sienten suaves.

—Te vi esta mañana —digo, riéndome en su boca después de regresarle el beso.

Hace un pequeño puchero.

—¿Y? Eso no significa que no puedo extrañarte. ¿Tú no me extrañaste?

Sí lo extrañé. Pensé en él todo el día mientras estaba en el trabajo. Mi concentración estaba tan distraída que fingí estar enferma para poder salir temprano. Rose sabía qué sucedía, pero solo ella. Se burló de mí, por supuesto, pero podía ver en sus ojos que ella alentaba esto.

—Siempre te extraño —digo con honestidad, hay cierta vulnerabilidad en mi voz.

—Bien. —Su sonrisa hace saltar mi corazón, igual que la forma en que deja besos gentiles a lo largo de mi mejilla, mandíbula, boca. Me río, apoyándome en su abrazo—. Hazme un favor, ¿puedes revisar esa caja?

Aprieta mi cadera y luego me suelta, regresando hacia el tocadiscos. Me siento en el sofá y me asomo en la caja abierta.

Pepper saca la cabeza, sorprendiéndome.

—¡Oh! —me río—. ¡Pequeña escurridiza!

Se sale de un salto y se da la vuelta sobre el suelo, enseñando el vientre. La acaricio antes de que ella escape hacia la puerta para arañarla. Se la abro y luego se va.

—Su pierna se ve mejor —digo.

—¿Qué te dije? Es una campeona.

Cuando vuelvo a mirar dentro de la caja de donde salió Pepper, encuentro discos. Agarro unos pocos y los inspecciono.

—¿Estos también estaban en el ático? —pregunto, admirándolos.

—Sí. Elige uno.

—¿Para qué?

—Para poder bailar.

Me río.

—Estás loco si crees que voy a bailar.

—Bueno, nunca dije que estaba cuerdo —dice a modo de conversación—. Y sí, vas a bailar.

—No, no lo haré.

Voltea a verme, hay picardía en su mirada.

—Podría obligarte.

No me sorprendería de él.

—¿Y cómo lo harías? —lo reto.

Se encoge de hombros y sonríe.

—Tengo mis métodos.

—Ya veremos —digo y sacudo la cabeza, luchando contra una sonrisa.

Después de pasar unos minutos acomodando algunos de los cables, Edward finalmente logra encender el tocadiscos. Le entrego uno de los discos que se ve prometedor.

—Phil Phillips & The Twilights —lee, sacándolo de la funda—. Nunca he escuchado de ellos.

—Tampoco yo. Solo me gustó el título de la canción.

—Cruza los dedos para que funcione este chico malo.

Pone con mucha delicadeza el vinilo sobre el plato giratorio, acomodando la aguja en su lugar. El sonido cruje y truena, pero la canción empieza y Sea Of Love llena la quietud de su sala.

—Funciona —digo, un poco sorprendida—. Bien hecho.

Sonríe de forma dulce al ofrecerme una mano.

—Ven aquí.

Gimo.

—Te vas a arrepentir de esto.

—No es posible. Ven aquí.

Tira de mi mano y me jala a su pecho. Con un brazo rodeándome la cintura y el otro sosteniendo mi mano en la suya, nos mece al ritmo de la música.

—Mírate —dice con tono bromista—. Estás bailando.

—Estoy siendo obligada a bailar —aclaro y se ríe profundamente.

—Me gusta esta canción. Buena elección.

Nos quedamos en silencio entonces, bailamos en nuestro sitio en medio de su sala. Me rindo ante el momento y me concentro en la canción, una sensación agridulce se apodera de mí cuando las palabras "Quiero decirte lo mucho te que amo" llenan la habitación. Con nuestras miradas cruzadas, Edward traga y me abraza con un poco más de fuerza. Mi pecho se llena de anhelo y apoyo la cabeza en su hombro.

—Oye.

—¿Sí?

—Es verdad, sabes —susurra en mi cabello.

—¿Hmm?

—Te amo.

Mi corazón se acelera y seguimos meciéndonos durante unos cuantos latidos más.

—Te amo, Bella —repite, esta vez con más confianza.

Me aparto para ver su rostro y nuestros movimientos se ralentizan hasta detenerse. Sus ojos están ardiendo y brillantes. La forma en que me mira es tan pura, tan llena de la palabra que acaba de usar. Siento la verdad de sus palabras con cada mirada, cada caricia. De verdad que sí. Sé que me ama. Yo también lo amo.

Al ver que sigo sin hablar, sus cejas se fruncen con preocupación.

—Di algo —suplica.

—Yo…

El vinilo salta, dilatando el momento. Me giro al sonido, pero al volver a ver a Edward noto que su mirada sigue en mí. Cuando resulta obvio que el vinilo no se arreglará solo y la canción empieza a repetirse, él me suelta con reticencia y camina hacia el tocadiscos, levanta la aguja hasta que nos encontramos con el silencio.

En lugar de regresar a mí, se queda donde está, así que yo avanzo hacia él.

—Pedazo de basura —murmura, jugueteando con los cables.

—Oye.

—¿Sí?

Sonrío y le rodeo la cintura con los brazos, obligándolo a detener lo que está haciendo para verme.

—Edward.

—Mira, sé que apenas llevamos unas pocas semanas conociéndonos —responde como si necesitara una explicación para lo que acaba de confesar.

—De hecho, ya ha pasado un mes.

Registramos nuestra relación hace dos semanas. No fue como que habláramos de amor o el futuro ni nada así, pero queríamos más tiempo juntos, así que teníamos que hacerlo oficial. Pero yo sí pienso en amor. Y en el futuro. Solo que no estaba segura de que él también hubiera estado pensando en eso.

Se humedece los labios.

—Tal vez es algo pronto, pero…

—¿Me vas a dejar hablar? —pregunto, la comisura de mi boca se alza en una sonrisita.

Su expresión se suaviza.

—Sí.

Me tomo mi tiempo en ese momento, secuestrando las palabras en mi lengua. No es a propósito, pero quiero recordar este momento. Quiero memorizar el brillo en sus ojos mientras me mira. La forma en que me sostiene cerca de él. No quiero olvidar nunca la forma suave y dulce en que dice mi nombre, como si estuviera persuadiendo las palabras a salir de mí.

Subiendo las manos por su pecho, digo:

—No sabía que podía sentirse así.

Su mirada es tierna.

—¿Así cómo?

—Así tan… ¿incontenible? Abrumador.

—Yo también estoy abrumado por ti.

—Todo lo que hago es pensar en ti —admito, rozando sus labios con mis dedos—. Día tras día. Estás solo… tú.

Todo trazo de duda en su rostro desaparece, y sonríe suavemente.

Lo sabe.

Sabe que lo amo y que estoy tan comprometida en esto como él.

Alzando una mano, roza mi mejilla con su pulgar antes de acunar mi rostro.

—Quiero escucharte decirlo.

La anticipación se alza en mi pecho porque nunca antes he dicho esas palabras. Tal vez a mi familia, pero eso es diferente. Esas dos palabritas con un significado tan grande permanecen sobre mi lengua. Dos palabritas que parecen ser tan insignificantes comparadas con lo que siento por él. Pero él quiere escucharme decirlas. Y más que eso, yo quiero que él lo sepa.

Me muevo para rodearle el cuello con los brazos y alzo el mentón para besarlo.

—Te amo. —Lo digo tan suavemente que ni siquiera estoy segura de que me haya escuchado. Pero luego siento su sonrisa sobre mi boca antes de corresponder mi beso con más fuerza.

—Tú me amas —repite con una sonrisa satisfecha en el rostro.

—Sí. Te amo muchísimo.

Nos besamos otra vez. Jalo su camiseta, lo quiero más cerca. Sus manos vagan sobre mi cintura, bajan a mi culo, me pegan a él. A veces actúa muy mano larga, pero nunca así. Esto es más apasionado que las otras veces. Hay más deseo detrás de nuestras caricias, y cuando su lengua roza sobre la mía, gimo en su boca.

Nos detenemos para recuperar el aliento y apoya su frente en la mía.

—Bella…

Puedo sentir que se endurece contra mí, mostrándome lo mucho que me desea. Mi cuerpo se enciende con deseo, necesidad y lujuria propias.

—Te deseo —le digo con desesperación.

Busca algo en mi rostro.

—Me tienes, nena.

—Te deseo… así.

Algo se enciende en su mirada.

—¿Así cómo?

Es atrevido, pero meto mi mano entre nosotros y la paso sobre el bulto en sus pantalones.

Ahora que mi corazón y mente se decidieron, quiero esto más que nunca.

—¿Por favor? —le ruego, él me mordisquea la mandíbula, el cuello.

—Te daré lo que sea que quieras —murmura entre besos—. Lo que sea que quieras, Bella.

Cuando me levanta, mis piernas le rodean la cintura. Beso su mandíbula y chupo su cuello mientras él nos lleva a su habitación. Pasamos por la habitación de su mamá, pero la puerta está cerrada y el leve murmullo de la televisión llena el silencio.

Sigo pegada a él cuando cierra la puerta con su pie. Y luego cruza la habitación hacia la cama y me recuesta gentilmente sobre mi espalda.

—Oh. Mierda. —Se mueve para cerrar la ventana junto a su cama—. Para que los vecinos no nos escuchen o algo así.

Me río un poco. Ya se siente caliente aquí con la ventana abierta, lo que significa que la habitación está a punto de sentirse sofocante. Pero no me importa. No puedo concentrarme en eso cuando hay una sensación tan profunda de anhelo que aparece en su mirada al verme.

Sigo completamente vestida, pero él me hace sentir deseada. Segura. Me siento amada. Adorada.

—¿Puedo desvestirte? —pregunta en voz baja y todo lo que hago es asentir.

Sentándome, me saca el top por la cabeza y sus ojos se mueven sobre mi pecho. Estiro las manos hacia mi espalda para desabrocharme el sostén, y su boca se abre ligeramente, como si mis pechos fueran la mejor cosa que ha visto en su vida. Los ha tocado antes, más que nada sobre la ropa, y ha tocado un par de veces sobre el sostén cuando se ha sentido atrevido.

Traga como si estuviera nervioso y es tan jodidamente dulce. Sin embargo, por alguna razón yo no me siento nerviosa. Nunca he hecho algo como esto, pero se siente bien. Estar expuesta y vulnerable se siente natural con él.

—¿Puedo tocarte? —susurra.

Vuelvo a asentir.

Su mano se siente húmeda y fría sobre mi piel caliente cuando acuna mi seno desnudo. Mi pecho sube y baja debajo de su toque, y mi respiración se acelera cuando su mano se mueve a la cintura de mis shorts y los desabrocha. Me recuesto otra vez sobre la cama y levanto el culo para que él pueda quitármelos.

Estoy acostada en la cama usando solo mi braga y la mirada en su rostro me mata.

Lujuria pura.

Excitación y deseo.

Amor.

Tanto jodido amor.

—¿Mi turno? —pregunto y él vuelve a tragar.

—De acuerdo.

Sentándome en la orilla de la cama, levanto el dobladillo de su camiseta y él se saca el resto de la prenda por la cabeza. Su cintura queda a la altura de mis ojos y me tomo mi tiempo desabrochando, bajando el cierre y quitándole el pantalón. Este cae al piso y él se lo quita de los pies, se queda parado usando solo su bóxer. Forma una carpa cerca de la entrepierna y meto la mano en la abertura para tocarlo. Inhala bruscamente ante el contacto.

Él sigue parado, pero se agacha y captura mi boca en un beso apasionado.

—Me haces desearte con todas mis jodidas fuerzas —dice entre dientes mientras lo acaricio.

—¿Sí?

Asiente, humedeciéndose los labios.

—Quítatelo —digo, bajándole el bóxer.

Luego queda desnudo y mis ojos se posan inmediatamente en su polla.

—Quítate también la tuya, nena. —Su voz rezuma deseo y necesidad, y crea una excitación descarada dentro de mí.

Le pone un fin a estármelo comiendo con la mirada porque me recuesta gentilmente sobre mi espalda y me baja la braga por las piernas, aventándola al piso.

Pasa un momento antes de que él se pose sobre mí. Jalo sus hombros hasta que su cuerpo queda pegado al mío y está acostado entre mis piernas. Sin nada entre nosotros, el calor de nuestros cuerpos me hace ansiar.

—Eres tan bonita —murmura, besándome el cuello—. Tan jodidamente bonita.

Le aparto un poco de cabello de la frente. Quiero decirle que él también lo es, pero suena estúpido, así que no lo digo.

—¿Alguna vez has hecho esto? —pregunto en vez de lo otro.

—No. ¿Tú?

—No.

Sonríe entonces, agacha más la cabeza para besarme mientras se frota en pequeños círculos contra mí, dándome justo en el lugar correcto.

Oh —jadeo, no esperaba que ese acto tan simple se sintiera tan maravilloso.

Su voz suena áspera al preguntar:

—¿Se siente bien?

—Tan jodidamente bien. Hazlo otra vez.

Está duro, y menea las caderas una y otra vez, haciéndonos gemir a ambos en respuesta.

—Caraaaajo —maldice sobre mi piel.

Me muevo debajo de él, buscando esa deliciosa fricción, y nos perdemos el uno en el otro. Perdidos en la sensación de nuestros cuerpos frotándose juntos, deslizándose con pasión y calor y sudor. La punta de su polla roza más abajo y ambos pausamos, inseguros.

Alza la cabeza, sus ojos están entrecerrados con placer y sus labios hinchados a causa de nuestros febriles besos.

—¿Quieres…?

—¿Tú quieres? —pregunto.

—Más que nada —dice con desesperación.

—Yo también.

—No… no tengo nada —murmura, se ve un poco apenado—. Protección ni eso.

—Está bien. Confío en ti.

Asiente, traga pesadamente como si de repente volviera a sentirse nervioso.

—Tú también confías en mí, ¿cierto?

—Más que en nadie —repite—. Supongo que estoy… quiero que esto sea bueno para ti.

—Lo será —susurro, alejando los nervios que acechan.

Alzándose un poco sobre mí, mete la mano entre nosotros y se agarra la polla, posicionándose donde más lo deseo.

—¿Estás segura? —vuelve a preguntar y asiento.

Esto son semanas de coqueteo en preparación. Semanas de besos lánguidos en su cama. Semanas de caricias tiernas y miradas suaves. Semanas de sesiones calenturientas de besos que terminaban con ambos frustrados e insatisfechos porque ninguno de los dos era lo suficientemente valiente para llevarlo a donde queríamos ir.

Con sus ojos prendidos de los míos, entra lentamente en mí. Me doy cuenta de que estoy aguantando la respiración, así que la suelto. Hay punzadas de incomodidad, y le murmuro que se mueva más lento mientras mi cuerpo se ajusta a él.

Deja de moverse por completo, como si estuviera preocupado.

—¿Estás bien? —exhala—. ¿Debería salirme?

—Sí. Quiero decir, no. Sí, estoy bien. Pero… ¿te sales cuando te corras?

Gime con excitación ante mis palabras y se mueve un poco más, pero no es hasta que yo empiezo a mover mis propias caderas contra las suyas que aumenta el ritmo. Ahora ya hay placer más allá del dolor, y me pierdo en la sensación de tenerlo dentro de mí. Del peso de su cuerpo en el mío. Del calor de su boca, la ternura de su beso.

—Oh, carajo —dice entre dientes—. No tienes idea de lo bien que se siente esto.

—Sí, sí sé. Sí sé.

Me chupa el cuello, debajo de la oreja. Sus besos torpes, apasionados, y gimo un poco demasiado alto ante el contacto que me está dando.

—¿Se siente mejor?

—Sí —exhalo, arañándole la espalda—. Ugh. Mucho mejor.

—Te amo —jadea—. Te amo, Bella, yo… carajo. Solo te quiero a ti.

—Lo sé. —Agarro sus hombros con fuerza, sosteniéndolo sobre mí—. Yo también. Siempre.

Sé que estamos atrapados por el momento, pero nuestras palabras no se sienten falsas. Son honestas.

Dejando caer su sudorosa frente sobre la mía, me mira a los ojos, sus movimientos flaquean. Su mirada se vuelve tierna.

—Se siente muy bien. —Se ríe sin aliento, como si estuviera avergonzado.

Mis dedos juegan con el cabello en la base de su cuello.

—Está bien —le prometo—. No te detengas.

—¿Estás segura?

Asiento, cerrando los ojos con fuerza.

—Pero ¿qué hay de ti? Quiero que te sientas bien.

—Tenemos tiempo —le recuerdo, pensando en todas las formas que podemos experimentar para que me sienta bien—. Podemos hacerlo una y otra y otra vez.

Acelera el ritmo ante esta idea, entra y sale de mí. Estira la mano sobre mí para agarrar la cabecera y me aferro a él. Sus embestidas son erráticas, un poco agitadas, y se le atora el aliento en la garganta. Con una serie de maldiciones, empuja en mí una última vez antes de salirse, respira pesadamente al dejarse ir y correrse en mi muslo.

Tiene las mejillas sonrojadas y usa su bóxer para limpiarme, luego vuelve a acostarse entre mis piernas. Nos quedamos cerca y recuperamos el aliento, permitiéndonos asimilar el momento. Nuestra piel está caliente, pegajosa, pero no quiero que se mueva. Todavía no.

—¿Estás bien? —susurra, mirándome.

—Sí.

Un atardecer tardío de verano brilla a través de las cortinas, y disfrutamos bajo la luz. Él se ve satisfecho y feliz, pero luego un destello de duda pasa sobre su rostro.

—Así no era como esperaba que sucediera nuestra primera vez —dice después de un latido, se ve apenado.

Rozo mis dedos sobre sus labios.

—¿A qué te refieres?

—No fue muy romántico —murmura, besando mi boca—. Está jodidamente caluroso aquí, y mi mamá está al final del pasillo, y fue algo rápido…

—Oye.

—¿Sí?

—Fue perfecto —susurro. Y lo digo en serio.

Su mirada se pone tierna y se ve un poco aliviado.

—¿De verdad?

—Sí —digo simplemente, espero poder borrar sus nervios—. No me importa dónde o cuándo ni nada de eso. Todo lo que me importa es cómo me haces sentir. Y me amas. Así que… sí. Fue perfecto.

Traza un dedo sobre mi nariz y mi mejilla.

—Eres perfecta.

—Cállate —me río—. No lo soy.

—Lo eres —insiste—. Con tu sonrisa y tus pecas y tu risa. ¿Y la forma en que tú me haces sentir a mí? Tan jodidamente feliz. Todo el tiempo. Eres perfecta para mí.

Mi corazón se contrae por la forma en que él me mira. Siento ganas de llorar o reír, pero no hago nada de eso. En vez de eso, solo le digo la verdad, que él también es perfecto para mí.

—Así que, ¿eso fue lo que le estabas diciendo a Lauren hace rato? —bromeo, besándolo—. ¿Que me amas?

Sonríe.

—Más o menos. Ella es una persona buena, me escucha hablar de ti todo el tiempo.

Un toque de culpa tiñe el momento porque, aparte de Rose, yo no hablo con nadie más sobre Edward. No es que lo esté escondiendo. Es solo que es un poco sorprendente haber ido de ser reservada y estar decidida a ser emparejada, a entregarme completamente a alguien y hacer planes para nuestro futuro.

Edward me atrapó con la guardia baja de la mejor manera. Ahora no hay forma de retractarme.

—¿Conocerías a mi familia? ¿Este fin de semana? —pregunto con los nervios revoloteando en mi estómago. Tendré que decirles que me he registrado con él antes de entonces. Eso me pone todavía más nerviosa, pero me trago el sentimiento.

—¿En serio?

—Sí. Yo lo planearé todo, pero creo que el domingo estaría bien.

—Bien. Si piensas que eso está bien… me encantaría conocerlos.

—Bien —repito, sonriendo. No estoy segura de cómo se desarrollará esto, pero hay una cosa de la que no tengo dudas. Porque si yo estoy feliz, seguramente ellos también lo estarán—. Mi familia te amará.