Espero que os guste. Nunca es demasiado Sakuatsu.


Capítulo 1.

Una idea de mierda


El taburete era de esos altos, con las patas de madera largas, afiladas, demasiado alejadas del suelo para saber cómo sentarse correctamente. Por suerte el más de uno noventa de Kiyoomi era bastante para posar los pies en el suelo, las zapatillas nuevas -blancas, casi nucleares lavadas con lejía tres veces consecutivas-, apoyadas con firmeza sobre las baldosas magenta. Menudo antro. Menos mal que ya no emiten esto por la tele. Se giró hacia el camarero, pidió un agua con gas y maldijo mentalmente al idiota de Motoya por haberle metido en semejante lío.

—¿Primera vez? —preguntó el camarero, sonriendo. Era rubio, tan alto como él, con una suave perilla, casi una sombra fantasma sobre el mentón pronunciado. Guapo. Kiyoomi tragó saliva, intentando recordar algunos de los doscientos consejos de su primo. Los llevaba anotados en un trozo de papel doblado cuatro veces, en el bolsillo trasero de los jeans, pero le juró que sólo lo usaría en caso de emergencia. El rubio-Ken-de-la-Barbie sonrió mostrando unos dientes que jamás habían conocido una caries, y Kiyoomi pensó que tal vez eso sí podría considerarse una urgencia. Asintió con la cabeza, siendo consciente de su propia estupidez—. No te preocupes. Le gustarás.

Kiyoomi cogió su vaso de agua y le dio un sorbo. Le temblaba la maldita mano como si fuese un adolescente. No quiero gustarle a un desconocido que podría ser un idiota infeccioso, quería decir, luchando contra su propio ceño que se empeñaba en fruncirse. Tú me gustas, ¿tienes tus vacunas al día? ¿No puedo tener la cita contigo?

No estaba solo en el bar, claro. En la barra, por toda su longitud, se sentaban hombres y mujeres de distintas edades. Les examinó, intentando no parecer demasiado maníaco. Una chica con las zapatillas muy, muy limpias le miró y le sonrió, tímida. Kiyoomi escupió medio vaso de agua y empezó a toser al borde de la muerte. Cuando recuperó la compostura y la capacidad de respirar autónomamente, medio bar le estaba mirando, y probablemente le consideraban una bomba vírica de la que escapar.

Genial, Kiyoomi. Lo estás haciendo genial.

El camarero-Dios-del-Olimpo le trajo otro vaso de agua. Kiyoomi se cubrió la boca con el antebrazo y tosió otra vez, negando con la cabeza. Mierda, sabía que tenía que haber traído la maldita mascarilla, Dios, somos el mundo post-covid, ¿a quién podría parecerle raro que llevase una?

—Necesito algo más fuerte —dijo, todavía un poco ahogado.

—¿Sake? —preguntó el camarero. Kiyoomi negó con la cabeza—. Tenemos de varios tipos. Sake Honjozo, para todos los paladares. Junmai, y mañana no tendrás ni pizca de resaca. ¿Nigori? Es ácido y cremoso.

Kiyoomi solía comerse un limón en ayunas, para equilibrar sus encimas intestinales y matar a cualquier parásito con una buena dosis de acidez. Le pareció buena idea.

—Ponme eso—. El camarero le sirvió sin quitar su sonrisa de sirenito. En serio, si Ariel hubiese sido un chico, en fin, sería ese tío y en vez de tener conchas en los pechos pues tendría una caracola en la-

—¿Qué has pedido?

Se sonrojó, temiendo que ese ser divino pudiese también leer mentes.

—¿Perdona?

—Que qué has pedido —dijo, apoyándose sobre la barra y acercándose un poco a él, fijándose en la chapita amarilla que le habían colocado en la chaqueta; debía identificar a su cita sorpresa de esa manera—. Hay mucha gente en la barra, tu cita puede ser cualquiera. ¿Esa chica de las zapatillas no te parece linda? ¿Se ve su chapita desde aquí?

—Un chico —le interrumpió, sintiéndose en una subasta de ganado de esas que, cuando eran niños, su primo le obligaba a ver en YouTube cuando se quedaba a dormir en su casa—. He elegido con un chico.

—¿Y cómo lo has pedido?

Como tú, quería decirle, pero se perdió en esos ojos tan azules, pestañas infinitas y mierda Motoya, ¿por qué no me conseguiste una cita con este señor? Seguro que así todo en mi vida se solucionaba.

—Limpio —dijo, porque no estaba dispuesto a salir con un tío que no se duchase y se cambiase de ropa interior todos los días. Había escuchado las historias de terror que contaba Hinata sobre su estancia en Brasil, donde conoció hombres que consideraban suficiente una ducha semanal y que eran capaces hasta de darse la vuelta a los calzoncillos para seguir usándolos—. Deportista. Vacunado. Que no tenga halitosis.

—¿Qué es eso? —preguntó el camarero de perpetua sonrisa, y Kiyoomi sopesó si su desconocimiento sobre los problemas de mal aliento podrían suplirse si su culo estaba a la altura de su cara. Abría la boca para contestar cuando oyó la puerta del bar, sintió el frío de la calle inundarlo todo y se paralizó. Idea de mierda, huir, huir, eso sería lo más oportuno—. Ah, creo que ya le tienes aquí. Es guapo.

Lo dijo susurrando, bastante cerca, sobre la barra. Ese capullo, por supuesto, no tenía halitosis porque ningún príncipe de Disney tumba a la princesa con su aliento pestilente. Gruñó ante las aciagas circunstancias de su vida, y esperó que guapo fuese en verdad guapo y no como la última vez que Inunaki dijo que se estaba viendo con una chica alta que después resultó ser más pequeña que Hinata.

Tragó saliva. Cogió aire. Dio un sorbo a su sake ácido-y-cremoso.

Que sea guapo. Que sea guapo, que al amor ya he renunciado pero por lo menos me doy una alegría para el cuerpo.

—¿Omi-Omi?

Venga ya, hombre.
Ven-ga-ya.


—Qué coño haces aquí.

No era una pregunta. Por supuesto que no era una pregunta.

—¡Ua, no puedo creerlo! —Miya tenía los ojos muy abiertos y parecía en shock, señalándose y dando palmas con las manos abiertas—. ¡Omi! ¡Omi, eres mi cita mágica!

—A ciegas —dijo, sintiendo el rubor subir hasta la nariz—. Se dice cita a ciegas.

—Bueno, a mí me parece que es mágico. ¿Cómo diría Shoyo? Gwa y todo eso.

Reía, como si fuese gracioso. En serio, los dioses debían tenérsela jurada, quizás por aquella vez que le dijo a un profesor de la Universidad que por favor usase gel desinfectante antes de intentar estrechar su mano.
Se acercó a la barra, se apoyó allí y pidió un ron con Cola. Kiyoomi miró su sake extraño con un poco de rencor, y después sintió una ira homicida incontrolable.

—Qué crees que estás haciendo, Miya.

—Eres mi cita, Omi-kun. Siempre pido ron con Cola con mis citas.

—No soy tu cita.

—Claro que sí. Mira —señaló las chapitas amarillas sobre la ropa. Kiyoomi llevaba una camisa blanca muy poco formal, abrochada hasta arriba, la que el imbécil de su primo le había recomendado, porque él siempre consideró más lógico usar camiseta. Como Miya, claro. Miya entendía de citas, y él parecía un fantoche el día de su boda—. No puedes escapar de la magia. Que se lo pregunten a Hagrid.

—No hagas eso —dijo, frunciendo el ceño—. No uses Harry Potter como un arma cuando ni te has leído los libros.

—A lo mejor si cenas conmigo descubres que sí me los he leído.

—Paso contigo tres cuartas partes de mi vida. No lees más que esa página de historias raras de fans de cosas.

—¡Son fanfics! ¡Y son muy interesantes! ¡No hables como Samu! —protestó Miya, frunciendo el ceño. ¿Se había pintado los ojos? Tal vez. Kiyoomi parpadeó, confuso. ¿Por qué mierda se habría pintado los ojos? ¿Era una alucinación? ¿Por eso parecían como más grandes, más brillantes? ¿Era el pelo? ¿Le habrían drogado? Miró el sake, alarmado. Atsumu señaló la mesa—. Mira, esa es nuestra mesa. Cumplo todos los requisitos. Estoy súper vacunado. Ya sabes las exigencias del coach, no vas a encontrar a nadie sano de veinticuatro años vacunado de la maldita gripe.

Kiyoomi frunció el ceño, sintiendo el sonrojo aumentar. La descripción que le dieron de Miya era deportista, buenos muslos, amante de los animales, la música y amigo de mis amigos. Un maldito perfil genérico que le había parecido suficiente cuando vio buenos muslos. Estaba harto de dramas, amores que rompen corazones y hombres heterosexuales que no son tan heterosexuales cuando nadie mira. Quería algo rápido. Algo fácil. Unos buenos muslos sonaban como algo así. Y ahora estaba allí sentado, con un florero con tres rosas separándole del colocador de los Black Jackals, de su colocador, el tío más sobreactuado de la faz de la tierra.

—Vamos a cenar —dijo, desdoblando despacio la servilleta, con los ojos puestos en Miya, que no dejaba de sonreír como si le hubiese tocado algún premio—. Pero no es una cita.

Miya se pasó la lengua por los labios. Parecía divertirse, el muy capullo.

—Me juego el sueldo a que antes del postre esto será una cita.

—No soy tu hermano. No pienso apostar.

—¿Tienes miedo de perder, Omi-Omi?

Maldito imbécil teñido.

—Dos sueldos. Y no pienso beber ron con Cola como si tuviésemos quince años. Vino. El más caro. Voy a pagar la cuenta con tus dos sueldos.

Miya soltó una risotada, alzando la mano para llamar al camarero.

—¿Así que me vas a invitar, Omi-Omi? Esto ya parece una cita, y ni he desplegado mis encantos.

Dios. Estaba allí, de verdad estaba. Con Miya. Con el tío que tenía una media de tres ligues semanales, que no era farol, que vivían todos en la maldita residencia de los Black Jackals. Presenciaba el desfile de tíos, los enfados de Meian cuando se enteraba, las notitas de Hinata intentando decir de forma amable que por favor, Atsumu-san que dormían pared con pared, que necesitaba dormir ocho horas diarias y había demasiado ruido.

Ese Miya.

Tendría que asesinarle antes de que acabase la noche, y llevaba una camisa blanca, y había un millón de testigos. Definitivamente, no dejaría que eso fuese una cita. No tenía sentido. Ni con los ojos pintados. Ni aunque llevase dos años a dos velas.
Ni con esa sonrisa y esa lengua y esa-

Ah, que no. Que no.

Que esto es lo que Meian siempre llama una idea de mierda.

..