La segunda parte. ¡Gracias a quien me lea!

Capítulo 2.

Follamigos

Para Kiyoomi, Miya Atsumu era muchas cosas. Algunas ellas -las más evidentes- las sabía desde los quince años, cuando coincidió con él por primera vez en uno de los campamentos juveniles de la Selección. Entonces ya tenía esa misma sonrisa de medio lado, esa forma de caminar mirando a todos por encima del hombro, esa manera de hablar de los rematadores como suyos, como si de verdad le pertenecieran, como si les hiciese un favor colocándoles la pelota.

Por favor.

A los dieciséis ya se teñía el pelo. Pasable cuando eres un niñato deseoso de llamar la atención, completamente inasumible cuando el ecuador de la veintena comienza a enseñar los dientes. A Kiyoomi le molestaba profundamente que se pusieses ese tinte barato del supermercado con olor a agua oxigenada, el mismo que venía en las bolsas de cartón junto al medio kilo de pechuga de pavo de Bokuto y las diez bolsas semanales de pipas que Hinata devoraba viendo Naruto

Mezclar productos del cabello con embutido y aperitivos, ¿cómo es posible que alguien sea tan caótico? Engreído. Soberbio. Insufrible.

Desde que Kiyoomi accedió a vivir en la residencia de los Black Jackals, había descubierto más, mucho más. Miya pretaba la pasta de dientes con furia en vez de presionar suavemente por la parte baja. Su cepillo no era eléctrico, y todo el mundo sabe que los manuales no tienen el mismo poder de limpieza. Padecía la misma enfermedad que Hinata, una extraña y desconocida consistente en acumular tazas de anime, tantas que en cualquier rincón de la residencia podías encontrar una cara de Midoriya o de Itadori. Escuchaba regeaton a un volumen insano y perreaba con Bokuto y Hinata de forma indecente sobre los sofás comunes -sobre-los-putos-sofás- con los mismos calcetines con los que iba al baño a mear. Comentaba las películas en voz alta con cosas como "pero tío, ¿en serio vas a bajar al puto sótano a que te maten?", reutilizaba la mascarilla de un solo uso hasta que la goma dejaba de sostenerse, hablaba -discutía- a voces con su hermano por teléfono, salía del dormitorio medio desnudo para pedir condones, bebía a morro del cartón de leche y saludaba a todos con una palmada en el culo.

Menos a Kiyoomi.
Habría sido una pena cortarle la mano al mejor colocador de Japón.

Le observó sin disimulo mientras servía vino para los dos. Llevaba gomina y olía al perfume de Bokuto. Kiyoomi sabía que el de Miya se había acabado hacía semanas, el bote vacío seguía de adorno en el segundo estante del baño, y desde entonces había empezado a oler sospechosamente como Bokuto o como Inunaki. Hinata no usaba perfume, y Kiyoomi tenía el suyo bajo llave. Arrugó la nariz. Si alguien buscaba anticita en google, saldría una foto de ellos dos.

—Omi-kun, ¿quieres pedir algo para compartir o...?

—Prefiero perdir lo mío, gracias.

Miya rió, entornando los ojos.

—Así que me lo vas a poner difícil. Los retos me ponen —dijo, levantando las cejas y pasándole la carta sobre la mesa, con una de sus sonrisas perdonavidas.

—A ti todo te pone.

Ni siquiera pensó antes de soltárselo. ¿Para qué, si era la verdad?

—Eso es un prejuicio, Omi. ¿Eres de esos? —Kiyoomi frunció el ceño, sin entender—. Ya sabes, de los que juzgan por las apariencias.

—No te juzgo por tu apariencia. Te conozco.

—¿Tú crees? —preguntó, sonriendo suave mientras cogía un trozo de pan—. ¿Cómo se llama mi abuela?

—¿Hah?

—Mi abuela. Cómo se llama.

—¿Y yo que sé?

—No puedes decir que me conoces si no te acuerdas de mi abuela.

—Me acuerdo de tu abuela, no recuerdo su nombre pero sí a ella —replicó, dándole un manotazo cuando intentaba robar el trozo de pan que no le correspondía. No pensaba comerlo, pero era suyo—. Le pegó a Hinata con el bolso hasta tirarle al suelo después de aquel partido.

Miya soltó una risotada. Kiyoomi sonrió un poco, solo un poquito. Realmente fue una escena propia de una película de comedia. Hinata intentó huir arrastrándose por el suelo de la pista, aún sudado del último set. Todas las cámaras de televisión grabaron a aquella anciana loca pegándole con un bolso mientras profería insultos en Kansai.

Shimota, no suele ser tan violenta. Estaba enfadada con Sho-kun, ya sabes. Por romperle el corazón a su nieto preferido y todo eso.

—No creo que nadie pueda romperte el corazón —dijo, mirándole con una ceja ligeramente levantada.

—¡Claro que sí! Sufrí mucho, Omi.

—Una semana te duró el sufrimiento.

Después se reinició el desfile de buenorros a altas horas de la madrugada. Miya apretó los labios y entornó los ojos.

—El luto puede llevarse por dentro.

Eso no es amor —declaró, convencido. El camarero apareció y Kiyoomi se arrepintió de no haber pensado más en lo que quería pedir.

—¿No es amor, dices? ¿Alguna vez te has enamorado, Omi-Omi? —preguntó, levantando las cejas. Kiyoomi no contestó. No pensaba hacerlo. No le daría explicaciones al tío más frívolo del planeta. Miya se volvió hacia el camarero y le sonrió con una mirada pícara—. Yo pediré un solomillo, si puede ser que esté casi crudo. Vuelta y vuelta.

—No vas a comer carne cruda— dijo, escandalizado. El camarero les miró sin entender.

—Disculpa, danos un momento —le dijo Miya, con esa sonrisa de idiota con la que se ligaba a todo lo que se movía. Después se dirigió a Kiyoomi, mordiéndose la punta de la lengua—. Lo hacen muy bueno, en serio. Pide uno, venga. ¿O es que no quieres gastar porque sabes que vas a perder?

—No es eso. No me gusta la carne cubierta de sangre, ¿sabes por qué el ser humano desarrolló su cerebro?

—Seguro que no fue comiendo proteína en polvo.

—Con el fuego. Cocinando los alimentos.

Miya soltó una risotada.

—Pero es que a mí me gusta todo crudo.

—Porque tú eres un salvaje de Kobe.

—Eso no me lo dices en la calle —dijo, entornando los ojos con fingida mirada de malote.

—En mi petición puse que quería un vegano, para evitar esto.

El idiota de Miya sonrió, tocándose el pelo. Así es como se liga a todos esos cachas sin cerebro.

—¿En serio pusiste eso? ¿Has dejado de comer carne sin decirme nada?

—Como carne, pero no cruda. No soy un animal salvaje.

—Eres un chacal —dijo, sonriéndole otra vez.

—En la pista. El resto del tiempo soy humano, no como tú.

—Vaya, Omi. Me encanta cuando me dices cosas bonitas— dijo, como quien oye llover—. Pero aceptaste mi perfil, y no había una foto de mi cara. ¿Te gustó mi culo?

Kiyoomi se fijó en el trozo de pan de la bandeja. No estaba en una bolsa de plástico, cualquier desaprensivo pudo haberlo tocado, pero necesitaba algo que le hiciese distraerse de la imagen del culo de Miya para poder evitar el sonrojo que empezaba a subirle desde el cuello. No llevaba mascarilla para disimularlo. Piensa en otra cosa. Piensa en una bañera llena de pelos negros y enredados. Ni siquiera eso podía borrar la imagen del último día que el idiota de Miya había dejado la puerta de baño abierta, y allí estaba, regulando los grifos del agua caliente, un poco agachado, desnudo.

Su culo.

No quiso mirarlo, los dioses saben que no quiso hacerlo, pero estaba en su campo de visión, y era algo así como una obra de arte. Musculoso, trabajado, naturalmente hecho para ser agarrado y palmado. Kiyoomi no soportaba el noventa por ciento de las cosas que hacía Miya, pero su culo era una maravilla de la Humanidad.

Estoy muy enfermo.
No hay vacuna para mí.

Kiyoomi carraspeó, mientras Miya se relamía.

—No pasa nada, Omi. Tengo un buen culo. Es lógico que te guste.

—Cállate.

—A mí también me gustan cosas de ti. Además de tu culo, claro.

—Que te calles.

—Me gustan ellos dos —dijo, estirando dos dedos hacia Kiyoomi. Antes de tocarle se frenó. Miya era un imbécil, pero hacía eso. Respetaba su espacio personal—. Tus lunares. Están uno junto al otro, cerca pero lejos, a una distancia que es perfecta. Como Marte y la Tierra. Nunca podrían colisionar, porque tienen órbitas distintas, pero se hacen compañía. Los dos saben que estarían bien solos, pero es mucho mejor cuando están juntos. ¿Sabes qué creo? Tus lunares —dijo, levantando las cejas y sonriendo con gesto tranquilo— serían como una representación del amor.

Kiyoomi llevaba varios segundos sin parpadear. Lo hizo a conciencia, y abrió la boca dos veces antes de que el camarero le salvase de la vergüenza de haberse quedado sin palabras.

No caigas en sus redes. Kiyoomi, idiota, estúpido, qué crees que hace Miya para llevarse a la cama a toda la V-League, les cuenta cosas de sus lunares, les pone esa cara de nunca haber roto un plato.
Ese es su juego. No seas imbécil.

Kiyoomi apretó los labios y pidió. Ni siquiera estaba muy claro el contenido de su plato, pero era vegano. Mientras su mente intentaba abandonar el pensamiento culo-muslos oyó de lejos cómo Miya pedía.

—Solomillo poco hecho.

—Te dije que pidieses otra cosa —dijo, frunciendo el ceño.

—Hay una cosa que no sabes de mí, Omi —contestó Miya, ladeando la cabeza, sin dejar de sonreí—. Nadie me da órdenes. Si eso, si me gustas lo suficiente, a lo mejor te permito alguna en la cama. El resto del tiempo hago lo que me da la gana.

—Muy bien. Pues ahí te quedas.

Se levantó, dispuesto a marcharse. No aguantaría más gilipolleces de Atsumu, por mucho que tuviese un buen culo, por mucho que sus muslos fuesen un asunto de interés nacional. Había otros tíos buenos en el mundo. Muchos, seguro. Quizás alguno no tuviese una tara, quizás incluso hubiese alguno decente, lógico, bueno, guapo...

—Omi, espera —se detuvo y miró hacia atrás—. Estoy un poco de malas hoy. No es culpa tuya. No te enfades.

—No me enfado. Esto es una mala idea.

—Venga, siéntate. Dame otra oportunidad. Un colocador y su rematador tienen que estar, ya sabes —hizo un gesto uniendo ambas manos—. Tú y yo, a muerte. Vamos, no voy a cagarla. Háblame de lo que quieras, yo escucharé.

Kiyoomi resopló, pero se sentó.

—Pues mira, si tienes tanta ansia de escuchar, te informo de que en la carne cruda hay como un millón de toxinas. ¿Conoces lo que es la toxoplasmosis?

—¿No es un estilo de pintura contemporánea? —se rió, otra vez confiado. Kiyoomi ya se estaba arrepintiendo de esa segunda oportunidad —. No me gustan esos rollos modernos. Me gustan los cuadros de toda la vida, con esas señoras blancas y muslonas desnudas. De pequeño tenía una especie de rollo erótico con esa movida.

—No estoy seguro de querer saberlo.

—En serio, tienes que ver alguno. Mira —dijo, poniéndose de pie—. Vamos. Te voy a llevar a un sitio.

—Miya, no hemos cenado.

—Ya, ¿y qué?

Miya estaba de pie en medio del restaurante, tendiéndole una mano que sabía que no cogería, porque Kiyoomi no era de los que tocaban manos ajenas sin desinfectarlas previamente. Aunque fuese la mano de Atsumu. Aunque fuese dura a la vista, suave al tacto, aunque supiese mantenerla lejos de su culo cuando pasaba todo el tiempo tocando los de los demás compañeros.

Tragó saliva. La peor cita de su vida, sin duda.

¿Por qué Miya era tan random?

—No podemos irnos. Sería de mala educación.

—¿Quién lo dice?—. Contestar mi madre habría quedado un poco mal, así que optó por el silencio, aun sabiendo que eso abonaba el campo para que Miya sembrase sus absurdas ideas—. Hace un minuto estuviste a punto de dejarme aquí plantado.

—Porque fuiste un cretino.

Le encantaba poder usar esa palabra en cualquier contexto.

—Venga, ven conmigo.

Debía estar bajo el efecto de alguna droga, porque se levantó. Eso sí, no cogió su mano. No estaba tan loco, ni tan desesperado. Bueno, quizás sí lo segundo, pero hasta en su infinita abstinencia era capaz de discernir una idea de mierda de otra nivel kamikaze. Una cita con Miya era de las primeras. Dejar que le cogiese de la mano era algo así como un puto salto al vacío.

Miya pagó las bebidas, pidió disculpas a los camareros mientras Kiyoomi observaba, avergonzado, desde la puerta. No se le escapó el tonteo con el camarero buenorro hijo del príncipe tritón de los mares. Antes de volver con él, se dieron los teléfonos. Le despidió guiñándole un ojo. El puto rubio de sus sueños era gay, estaba soltero y Miya se lo acababa de levantar en cinco segundos. Todo bien en mi vida.

Antes de que pudiese quejarse o manifestar algo al respecto, Miya llegó hasta él y le ofreció la chaqueta. En algún momento la había cogido del ropero. Kiyoomi activó sus siete radares de peligro.

—Qué haces.

—Ponerte la chaqueta.

—Tengo brazos. No me va ese rollo.

Atsumu soltó una risa y levantó las manos en gesto de inocencia.

—Vale, vale. Pensé que estabas buscando el amor.

Salieron del restaurante. Hacía calor en la calle, aunque por la tarde había caído una tormenta, de esas de verano que dejan a uno empapado en medio de la calle, con las chanclas y la gorra en la cabeza y el helado entre los dedos, preguntándose qué acaba de pasar. Un poco como Kiyoomi cada vez que Miya rozaba sus dedos con los de él mientras caminaban.

—No busco el amor. Quiero echar un buen polvo con un tío al que no tenga que ver nunca más.

Ni siquiera se sonrojó cuando lo dijo, porque estaba hasta las narices de todas esas historias románticas que acababan con él hecho mierda y Motoya intentando convencerle de que si no salió bien es porque te espera algo mejor después, te lo prometo, encontrarás a alguien. Una mierda. Puto amor romántico. Maldijo mentalmente las altas expectativas que Disney plantó en su corazón desde niño. Entonces Miya le abrazó, sin previo aviso, pasando un brazo sobre sus hombros. No fue invasivo, más bien suave, pero el gesto le pilló por sorpresa.

—¿Eso me descarta?

—¿Tú qué crees? —preguntó. Al girarse hacia él se dio cuenta de que estaba muy cerca. Miya ganaba en las distancias cortas. Sus ojos eran grandes, sus pestañas, largas. Tenía unos dientes bonitos. Kiyoomi se fijaba en esas cosas absurdas. Los de Miya eran del tamaño ideal, ni grandes ni pequeños, y tenía los colmillos afilados. Cuando estuvo con Hinata no era raro verle con marcas en el cuello. Se preguntó si las hacía a propósito, esas señales. Si algo en su mente atávica le llevaba a dejar su huella en la piel que tocaba, o si era de esos que se perdían en la pasión.

Esta vez sí se sonrojó.

—Bueno, la cita no ha terminado. Aún puedes cambiar de opinión.

—¿A dónde vamos?

—Ya te lo dije. A ver un cuadro.

Kiyoomi frunció el ceño, sin entender.

—Son las nueve de la noche.

—Ese museo abre hasta la madrugada. Creo. Bueno, conozco al tío de la puerta. Nos dejará entrar.

Para Miya conocer quería decir que había pasado por su cama, claro. Kiyoomi puso los ojos en blanco.

—¿Hay alguien a quien no te hayas tirado? —se arrepintió de la pregunta nada más hacerla, pero Miya no contestó. Se dirigieron hacia uno de los museos de réplicas del centro, había como cuatro o cinco. Kiyoomi no había visitado ninguno desde que iba al colegio y le llevaban a esas soporíferas visitas guiadas en inglés.

No fue difícil entrar. Miya no exageraba, el tío de la puerta les abrió y les dejó pasar con poco menos de una caída de ojos. Kiyoomi miró de reojo a Atsumu, preguntándose qué les daba a todos esos para tenerles así.

Recorrieron las estancias en silencio, una a una. Miya a veces decía algo sobre un cuadro, un dato aleatorio, alguna información poco relevante. Sin embargo, a Kiyoomi le pareció todo tan interesante que se esforzó por recordar lo que decía. No le apasionaban los museos de pintura, pero la voz de Miya había entrado en un registro nuevo, desconocido, más suave, que era casi como una droga. Iba a su lado, de cuadro en cuadro, y escuchaba su historia, pensando seriamente si estaba ejerciendo sobre él algún tipo de rito de hipnosis.
¿Cuándo coño aprendió tanto de pintura?

—Aquí empiezan las tías —dijo, deteniéndose frente a uno de una señora muy rubia y muy blanca que estaba semidesnuda, abrazada a su perro. Kiyoomi frunció el ceño—. Esta me flipaba de pequeño. Era la reina de las pajas.

—Perturbador —sentenció, mirando los pies descalzos y después las manos pequeñas y rechonchas— ¿Por qué tiene las uñas tan largas?

—En algunas culturas era signo de poder, de nobleza, bueno. Una persona que no tiene que trabajar el campo o lo que sea puede llevarlas así.

—¿Te gustan? —preguntó, con la vista clavada en esa especie de garras. Miya le miró con las cejas levantadas y después volvió a centrarse en el cuadro.

—¿Las uñas? No lo sé.

—¿No lo sabes? ¿No era la reina de las pajas?

Se encogió de hombros, sonriendo.

—Bueno, cualquiera puede serlo si tienes quince años y estás un poco motivado.

—¿Ves? —dijo, indignado, avanzando hacia el siguiente cuadro—. Te da igual todo. Todos te ponen, te follas a todo lo que se mueve.

—¿Y qué pasa? Estoy soltero, soy joven y no tengo pareja. Además, de los dos tú eres el único insatisfecho. ¿No será que tienes envidia?—. Lo dijo en un susurro. Kiyoomi le apartó de un empujón suave, sonrojándose—. Es broma, anda. Mira este cuadro.

Le llevó frente a uno en la esquina. Eran tres chicas, también blancas, también de muslos importantes. Dos estaban besándose, y una tercera lejos, mirándolas, y su cara estaba en la sombra.

—¿Esto te va?

—No demasiado. Este era el favorito de Shoyo.

Kiyoomi le miró, un poco indignado.

—¿Me estás llevando a la ruta de tus ligues?

—Shoyo no era mi ligue —contestó, acercándose al cuadro—. Era el amor de mi vida.

Ya empezamos con el drama.

Miya, no me jodas.

Pero se giró, y estaba con esa cara de perro abandonado de ojos llorosos. Bien, Motoya se reiría de él hasta el final de los tiempos.

—Es la verdad. Era perfecto. Tú no lo sabes. Tío, él se fijó en y yo le traje aquí. Se quedaba aquí como media hora mirando a las chicas. Las llamaba Anita, Juno y Señor Mirón, porque tenía la teoría de que esa de ahí era un chico. Hacíamos sus voces, sabes, como si... Bueno, nosotros hacíamos esas cosas que te parecerán idiotas, pero con Shoyo era distinto. Al final, cuando sabía que me iba a dejar, a veces venía aquí a escondidas y le encontraba. Siempre enfrente de este cuadro. Creo que él pensaba que yo era ese señor del fondo, colándome en un puto cuadro en el que no pinto nada.

Kiyoomi quería decir algo, pero no se le daban bien esas situaciones. Todos conocieron las partes más importantes de su drama con Hinata. La historia entre ellos duró unos cuantos meses, justo cuando Hinata entró en el equipo, hasta que Kageyama aterrizó sobre ellos como un meteorito venido del espacio. A partir de entonces todo se complicó. Hinata pasó unos meses viviendo fuera de la residencia, para hacer las cosas más fáciles. Después volvió. Ahora había una calma tensa entre ellos. Una que Atsumu se empeñaba en forzar llevando a sus citas más sonoras a mantener a Hinata despierto, pared con pared, hasta altas horas de la mañana.

Hinata, por su parte, nunca había llevado a Kageyama a la residencia.

—Vamos, no hagas eso. Si alguien no te quiere, pues no te quiere.

—Gracias, Omi. Me estás dando muchos ánimos.

—Es la verdad. Lo sabes perfectamente. Olvídate de él.

—Tú no me entiendes —dijo, en su mejor interpretación trágica. Kiyoomi puso los ojos en blanco. Miya podía ser demasiado dramático si se le daba rienda suelta. Extendió el brazo y le cogió la mano, tirando de él.

—Vamos, enséñame un cuadro. Otro. Uno que no te recuerde a él.

Atsumu le miró a los ojos.

—Todo me recuerda a él. La residencia. El uniforme de los Jackals. Mis animes favoritos. Mi jodida cama, ¿sabes por qué no paro de llevar a tíos a pasar la noche? Porque estoy esperando que se lleven su puto olor, y nunca se va, está ahí, lo tengo dentro, yo creo que estoy enfermo, lo tengo en el pecho y no puedo-

Kiyoomi hizo algo improvisado. Dios, en serio lo hizo.
Debía estar muy mal de la cabeza.

Se acercó a él y le besó en los labios, sin obligarle a lavarse los dientes.

Una jodida locura.

Se dio cuenta de que le estaba sujetando la cara, de que su boca quería más, de que le estaba empujando más allá de la cinta que de limitaba cuánto podías acercarte al cuadro. Atsumu le devolvía el beso, sujetándole por las arrugas de su camiseta, a la altura de las caderas, como si le intentase retener.

No sabía qué coño estaba haciendo. Atsumu sabía a menta, siempre estaba chupando esos caramelos, y sus mejillas, húmedas por las lágrimas, habían adquirido una tonalidad rojiza muy dulce. Cerró los ojos decidido a romper el beso. Dentro de un instante. Dos segundos más. Sintió su lengua en la boca y decidió que a la mierda. Apretó la mano en su pelo y le empujó contra la pared, tirando al suelo la cinta roja. Miya se separó un segundo, jadeando.

—El... cuadro... ten cuidado no...

—Vamos a la residencia —dijo, sin pensar, volviendo a besarle. Atsumu se había coordinado tan bien con sus movimientos y llevaba tanto tiempo sin estar así con nadie que ya no podía pensar con claridad.

—¿En serio?

—Antes de que cambie de opinión —susurró, apretándole contra la pared, junto al cuadro.

Atsumu tiró de su camisa, acercándole. Abrió la boca suave y le besó despacio, dejándole saborearle la lengua, recorriendo sus labios, acariciándole la parte de espalda baja que quedaba a la vista sobre el pantalón. Kiyoomi se había besado con unos cuantos hombres, pero ninguno lo hacía como Atsumu.

O a lo mejor estaba demasiado desesperado.

—Al final te he seducido —susurró, sonriendo en su boca. Kiyoomi le mordió el labio, haciéndole jadear. Le gustaba ese sonido.

—Estabas dando pena de forma lamentable.

—Y decidiste consolarme.

—Decidí que estoy harto del amor —dijo, besándole otra vez—. Quiero follar hasta morir con alguien de quien no me voy a enamorar nunca.

Atsumu rió, y ahora fue él el que le tiró un poco del pelo, besándole y mirándole después a los ojos.

—Me gusta el plan. Me apunto. Pero como te enamores yo no-

—No pienso enamorarme de ti, Miya. Sólo haz lo que haces con todos los demás.

—Muy bien —contestó Atsumu, acariciándole la oreja mientras le besaba—. Un polvo.

—Un polvo.

—Sin amor.

—Entre amigos.

—Follamigos.

—Sin dramas amorosos —aclaró. Atsumu le miraba los labios y sus ojos brillaban. Todavía tenía marcas de las lágrimas, pero se veían menos. Sin embargo Kiyoomi sabía que estaban detrás. De la fachada, de la apariencia. Había descubierto algo nuevo de Atsumu.

Es humano. Le han roto el corazón, como a mí.

Tardaron diez minutos en dejar atrás el jodido cuadro extraño y en salir del museo hacia la residencia.

Se besaron un poco más en el portal, donde las cámaras no pudiesen verles. Kiyoomi descubrió que Atsumu tenía la piel de la espalda suave, colando una mano exploradora bajo la camiseta. Dios mío, ni siquiera podría decirse a sí mismo que estaba borracho, porque no lo estaba. Qué coño de excusa le pondría a Motoya. Qué, en serio, qué.

No era el momento de pensar. Atsumu le comió la boca con desesperación en todo el tramo de las escaleras, que tardaron tres veces más de lo normal en recorrer. Le besó el cuello, le mordió la mandíbula, gimió en su boca, joder, voy a correrme antes de entrar por la puerta.

Atsumu se las arregló para encontrar las llaves y abrir. Se quedó parado en el umbral, sin entrar, y Kiyoomi se preguntó si se estaba arrepintiendo. A lo mejor se iba a dormir con el calentón del siglo.

—¿Qué haces, Miya? ¿Te ha dado una parálisis?

Le movió de un pequeño empujón y le vio. En el sofá, con los auriculares puestos, el pelo mojado y viendo algo en la tablet, estaba Kageyama.

Bien, la noche empezaba a ponerse interesante.

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