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Capítulo 3
Ojos de chacal
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Durante su adolescencia, Kiyoomi se aficionó a los dramas coreanos. Al principio era un tema tabú, un secreto más oculto que el diario de Tom Riddle, algo que uno hacía en la soledad de su habitación con los auriculares puestos y pendiente siempre de la puerta.
Sus primeros nacionales fueron estresantes. Después de ganar el segundo partido, mientras sus compañeros se iban a celebrar y su primo insistía en que debía ir con ellos para crear piña, es importante estar unidos, Kiyoomi consiguió escaquearse al hotel donde estaban concentrados y, en la oscuridad de la sala común, con su tablet y auriculares, comenzó a ver un capítulo de That winter, the wind blows. Estaba tan metido en la trama que no escuchó los pasos acercarse. Cuando sintió la presencia de otra persona se sobresaltó, la tablet voló por los aires y alguien la atrapó al vuelo, auriculares incluidos.
Wakatoshi.
Kiyoomi, con mascarilla y guantes y gesto de terror, le miró en silencio. Wakatoshi, sin decir palabra, sacó de su bolsillo un pañuelo de tela (de seda, un auténtico y maravilloso pañuelo de seda) y limpió con cuidado la pantalla de la tablet, donde el capítulo continuaba reproduciéndose. Después se la entregó.
—Me gustó más Ai nante irane yo, Natsu —dijo de pronto, y quizás era la primera vez que le oía decir algo más que monosílabos. Kiyoomi parpadeó, cogiendo su tablet. No estaba respirando, no lo estaba haciendo pero a quién podría importarle respirar—. Buenas noches, Sakusa-kun.
¿Sabe mi nombre?
¿En serio sabe mi nombre?
Kiyoomi se aferró a la tablet como si fuese el último saliente antes del precipicio, mirando a Wakatoshi alejarse. Olía a gel de Adidas y crema hidratante, y tenía un maldito pañuelo de seda con el que recorría el mundo a altas horas de la noche ayudando a adolescentes a mantener limpios sus dispositivos electrónicos. Era un superhéroe. Un milagro de Navidad, sólo que en primavera.
Mierda, pensó. Creo que acabo de enamorarme.
Kageyama se quitó un auricular y les miró.
—Buenas noches, Sakusa-san. Atsumu-san.
—¿Qué haces aquí? —. La pregunta de Atsumu fue firme, sin vacilar— ¿Ves el cartel en la puerta? Residencia de los Black Jackals. Jaaa-ckaaals —repitió, despacio, trazando el kanji en el aire con un dedo—. ¿Eres un chacal, Tobio-kun? Porque se te ven las plumas a un jodido kilómetro de distancia.
Kageyama parpadeó.
—Hinata me invitó.
—Oh, Shoyo te invitó —dijo Atsumu, descalzándose y avanzando hacia él—. ¿Vas a quedarte a dormir?
Kageyama miró hacia la cocina. Alguien preparaba allí la cena, a juzgar por el olor a curry. Kiyoomi se preguntó si conocía algún drama coreano con un argumento similar que hubiese acabado bien. Había muchos objetos contundentes en esa sala, empezando por el cenicero de piedra volcánica que Bokuto había robado de un restaurante con la firme convicción de que si lo tocaba antes de un partido, se volvía invencible.
—Sí.
Era una respuesta previsible, teniendo en cuenta que Kageyama vivía en Tokyo, a más de 500 km y el último tren bala había salido hacía algo así como media hora.
—Genial —Atsumu se giró y se chocó con Kiyoomi. Puso una mano en su hombro, suave, y se acercó a su oído—. Perdóname, Omi-kun.
Sin decir nada más, comenzó a bajar las escaleras de tres en tres, desapareciendo por el descansillo, el fin de su absistencia perdiéndose en las calles fundido en negro, como en las peores películas. Todo su cuerpo se desinfló. Algo entre sus costillas crujió un poco, entre el enfado y la impotencia.
Me cago en mi santa vida.
Más tarde tendría que buscar en Internet cuánto tiempo tiene que pasar uno sin sexo para que se considere que ha recuperado su virginidad. Entró en la residencia de los Black Jackals y cerró. Kageyama seguía mirándole, como si tuviese las respuestas a todas las preguntas complejas de la existencia humana. Kiyoomi se descalzó y se dirigió a la cocina.
—Sakusa-san. ¿Puedo hacerte una pregunta?
¿Por qué a mí, dioses?
Se giró y se encontró con la mirada de Kageyama. Levantó una mano hacia él y cerró los ojos, cansado.
—Antes de hablar, valora si vas a contribuir a que mi dolor de cabeza se vuelva insoportable.
Kageyama pareció contrariarse.
—No sabría decir.
—Por supuesto que no —murmuró, pinzándose la nariz con dos dedos—. Qué pasa.
—¿Por qué Atsumu-san se ha ido sin zapatillas?
Kiyoomi se giró hacia la entrada y, en efecto, comprobó cómo allí estaban, junto a la puerta, las zapatillas fluorescentes de Atsumu, las que según él tenían súper poderes para acabar la noche triunfando. Se figuró cuál debería ser su contribución en todo aquel asunto. ¿Tendría que coger las zapatillas y correr por las calles persiguiendo al idiota de Miya, recordándole que un jugador profesional no puede atentar contra su salud de manera tan temeraria? ¿Gritarle que si se ponía enfermo o se lesionaba podía acabar con las expectativas del equipo de toda la maldita temporada?
—Prepararé un circuito —murmuró, con el cansancio posándose en sus hombros. Kageyama no añadió nada más, y lo agradeció.
Entró en la cocina y el olor a curry le atacó sin piedad. El estómago rugió, molesto, recordándole el fracaso de su cena que no fue cena, de su cita que no fue cita y de su polvo que, por supuesto, sólo existió en los minutos en que la lengua de Atsumu en su boca fue una húmeda realidad. Hinata estaba allí, en pijama, con una camiseta de manga larga que claramente era de tres tallas superiores a la suya, canturreando algo en portugués mientras emplataba de una forma propia de un concurso de chef, ajeno al caos que estaba generándose a su alrededor.
Ignorándole, se dirigió hacia la zona de los productos de limpieza y empezó su selección. Un circuito era una cosa seria, estaba en sus manos evitar una catástrofe pandémica que asolase a los chacales.
—¡Omi-san! —exclamó Hinata en cuanto le notó, girándose hacia él con una sonrisa alegre—. ¡No te oí entrar! ¿Cómo te fue la noche?
Kiyoomi reprimió un suspiro mientras metía dentro del barreño amarillo un par de guantes rosas de plástico, un bote gigante de gel hidroalcohólico, un pequeño bote con lejía y desinfectante especial antivírico.
Pies descalzos en el medio de la calle. Pies, sobre el asfalto, sobre las baldosas donde los perros mean y defecan y los viejos escupen y el covid crece y los drogadictos se inyectan en vena...
—Mal.
¿Llevaba calcetines ese pedazo de imbécil? Podrían ser su salvación. Palpó la botella de lejía. Una gota de lejía en agua es un potente desinfectante. Mejor dos. Si se quemaba le importaba una mierda, había sido un imprudente temerario y no podía correr más riesgos.
Cogió el guante metálico. Tendría que sufrir si quería entrar en la residencia de una forma que no implicase amputarle a la altura de los tobillos.
—Oh, vaya. Cuánto lo siento. ¿Pudiste cenar algo, al menos? —. El estómago de Kiyoomi rugió como respuesta. Hinata ahogó una exclamación y en dos segundos estaba añadiendo un plato a la mesa—. ¡Cena con nosotros, Omi-san, por favor!
Kiyoomi agregó un desinfectante de vinagre y levantó la vista hacia Hinata.
—¿Contigo y con Kageyama?
—¡Claro! He hecho un montón de arroz al curry, y he añadido un guiso de carne que aprendí a hacer en Rio, digamos que es una mezcla de sabores internacional un poco arriesgada pero con un gran potencial.
Le brillaban los ojos, y se pasó una mano por el pelo mientras con la otra iba señalando las elaboraciones.
—¿Potencial de que acabe la noche con ardor y gastroenteritis? —preguntó, observando los guantes rosas sin tomar una decisión. Hinata soltó una risa.
—Potencial de que acabes enamorándote de mi —dijo, abriendo la olla frente a él para que viese el contenido. Dioses, el curry olía mejor que el de su madre, y la madre de Kiyoomi era una de esas señoras tocadas por el dedo divino de la cocina. Kiyoomi suspiró, clavando su mirada en los ojos castaños de Hinata.
—Ya hay demasiada gente enamorada de ti.
La sonrisa de Hinata se borró de golpe de su cara. Puso la olla sobre el salvamanteles y empezó a servir a Kiyoomi, despacio, con el mismo emplatado terriblemente cursi que había usado para él mismo y para Kageyama.
Sakusa se sintió un poco culpable. Hinata le caía bien. Era un tío cuidadoso, y eso es más de lo que Kiyoomi esperó alguna vez de sus compañeros de equipo. Estaba la forma en que era consciente de las necesidades de los demás. La forma en que respetaba el espacio personal de Kiyoomi, evitando tocarle si no era estrictamente necesario. Se duchaba a diario, sabía poner la colada sin mezclar toda la ropa. Cuando Kiyoomi le aleccionaba sobre el tipo de desinfectante que debía usarse según la superficie, no hacía falta repetírselo dos veces. Conocía el desayuno preferido de cada uno de los Black Jackals allí alojados y cuando le tocaba a él prepararlo, siempre estaba en el punto perfecto. Veía vídeos y escuchaba música siempre con auriculares, y no dejaba pelos en la ducha. Además, sabía cocinar. Sabía planchar el cuello de una camisa. Incluso sabía usar una llave inglesa para arreglar un inodoro roto, por el amor de los dioses.
¿No podía el idiota de Miya haber tenido su drama, no sé, con Bokuto? A nadie le importaba que Bokuto se mudase. Realmente era como un huscky siberiano, ruidoso e intenso, lleno de amor y pelos, fácil de recompensar con una simple palabra, repartiendo endorfinas y suciedad a partes iguales por todas las superficies de la residencia.
—¿Atsumu está aquí? —susurró Hinata, terminando de emplatar al mismo tiempo que Kiyoomi remataba su faena de preparación del barreño. Lo cargó apoyándolo en la cadera, mirando a Hinata.
—Se ha ido —dijo, directo—. Este tipo de guerras no son buenas para el equipo.
Hinata sonrió, cansado, colocando una ramita de albahaca sobre el plato de Kiyoomi y acercándose a por la jarra de agua fresca.
—No me gusta la guerra —murmuró, cogiendo los tres platos como si fuese un camarero experimentado, apoyando el tercero sobre un antebrazo—. Sólo quiero tener una vida normal.
—Miya necesita tiempo —dijo Kiyoomi, caminando a su lado hacia la puerta. ¿Desde cuándo se preocupaba por las necesidades de ese imbécil? Maldijo para sí. Un idiota descalzo por Osaka, probablemente infectado con medio millón de enfermedades.
—¿Cuánto tiempo más? Han pasado siete meses—replicó Hinata, con cansancio en la voz, deteniéndose a la altura de la puerta y bajando el tono. No quiere que Kageyama lo escuche—. Me preocupa Atsumu, pero también está él. Kageyama-kun no se merece todo esto. Quiero hacer las cosas bien pero... A veces no sé cómo. ¿Crees que debería irme otra vez?
—No —respondió sin pensar, presa de un instante de pánico—. No, no deberías irte.
Hinata asintió, se encogió de hombros, borró la sonrisa triste y pasó a la salita con los tres platos. Kiyoomi llevó el cubo a la entrada por la misma puerta, sin mirar hacia ellos mientras les oía hablar sin fijarse en el contenido de la conversación.
Kiyoomi tenía una opinión formada de Kageyama Tobio, una que venía de atrás, concretamente del momento en que le soltó en su cara lo que venía siendo un no eres para tanto. Ni siquiera había pretendido ofenderle, y eso era lo peor. Después se convirtió en el jugador más joven de la Selección nacional, a los diecinueve, y Kiyoomi empezó a respetarle. Sólo un poco. Las personas que son competentes en lo suyo siempre le parecieron dignas de su consideración, y Kageyama era bueno. Ahora parecía ser la mano derecha de Wakatoshi en los Adlers, y eso le hacía sentir un impulso irrefrenable de someterle a un interrogatorio absolutamente fuera de lugar.
En su mente estaba sucediendo, por supuesto.
—...Y me dijo que esas zapatillas eran todavía mejores, porque tienen esa cosa nueva de la suspensión en la suela, y se rumorea que si hace ese efecto es como que puedes saltar hasta diez centímetros más alto.
Kageyama sonrió con maldad.
—Las zapatillas no te harán más alto.
—¡Bakayama, las zapatillas son importantes!
—Es más importante entrenar. Fortalece esas piernas —dijo, masticando despacio y pinchando un palillo bajo la mesa, presumiblemente en el muslo de Hinata, que soltó un aullido y se echó hacia atrás en la silla.
—¡Mis piernas son de hierro! ¡Fortalece tú el cerebro! —exclamó Hinata, pinchándole con su palillo en un brazo. Kageyama cogió un trozo de pollo y se lo lanzó con fuerza, impactándole en medio de la frente.
—Lo único de hierro es tu cabez... —empezó, llevándose más arroz a la boca. Hinata cogió el trozo de pollo y se lo lanzó, acertando en un ojo. Kageyama le lanzó los palillos a la cabeza—. ¡Hinata, idiota!
Kiyoomi se comía su arroz pensando cómo narices esos dos podían tener una relación.
—¡Recoge los palillos!
—Soy tu invitado. No pienso moverme.
Kiyoomi comió más deprisa. Su móvil estaba vibrando en su bolsillo, pero lo ignoró pretendidamente. Por la hora, sería su maldito primo queriendo conocer los pormenores de un sexo celestial que nunca existió.
—¡Vas a dormir en el sofá! ¡No comparto mi cama con un águila idiota!
—Pues entonces devuélveme mi camiseta. Es demasiado grande para un chacal de medio metro.
Kiyoomi quería aplastarles a ambos la cabeza contra el suelo. Se puso de pie, apoyando ambas manos a los lados de su plato, se colocó la mascarilla en la boca y carraspeó.
—Disculpadme. Qué tal, sí. Me estaba preguntando qué coño hago aquí.
—Hola —contestó Kageyama, serio desde su asiento, frunciendo el ceño mientras masticaba un trozo de pollo—. Yo me preguntaba lo mismo.
Hinata le lanzó a Kageyama la servilleta, con fuerza, golpeándole en la frente.
—¡Bakayama! ¡Era una pregunta retórica! ¡Dios!
Kiyoomi miró a Hinata, casi alegrándose de que existiese una persona en el mundo con peor gusto para los hombres que él mismo.
—Muy rico el arroz. Disfrutad de vuestra romántica velada... guerra... relación... lo que sea que tenéis aquí montado. Buenas noches.
Kiyoomi no solía tardar en dormirse. Había cultivado de forma metódica lo que llaman "higiene del sueño", de modo que cuando vibró su teléfono a las cinco de la mañana y todavía estaba despierto, el pánico se apoderó de su ser.
Horas enteras desvelado mirando al techo.
Horas pensando en lo impensable.
Podría haberse desvelado repasando las tácticas de los rivales en los siguientes partidos, o maldiciendo a Wakatoshi por ser tan asquerosamente perfecto incluso teniendo la etiqueta dudosamente honrosa de ex, o recorriendo mentalmente la cuenta exacta de los días que llevaba sin tener sexo.
Cualquiera de esas actividades serían más dignas que estar media noche pensando en Miya. En los ojos de Miya repasándole entero, mirándole como un lobo antes de atacar. En sus manos, en la curva de sus nudillos, en la humedad de su lengua. En la forma en que mordió su oreja y le habló al oído mientras le besaba contra la pared, en sus dedos rizando los mechones más espesos de su nuca, volviendo a enredarlos, tirando. Estaba a punto de cruzar todas las líneas -incluyendo la de su pantalón de pijama—cuando el teléfono sonó por sexta vez.
Lo alcanzo, maldiciendo su propia miseria existencia. Cuando miró la pantalla ahogó una exclamación.
Miya.
—Sí.
—¿Hola?
Kiyoomi parpadeó, sin reconocer la voz.
—¿Miya?
—Ah, eh, no. Mira, tu amigo está aquí y vamos a cerrar y oye, ven a buscarlo o se va a quedar tirado en la calle.
—¿Está bien?
—Pues no lo parece. No ha pagado las copas. Además, creo que le han robado las zapatillas.
Jodido Miya.
—¿Dónde es la dirección?
Kiyoomi nunca había conducido la furgoneta multiplaza de los Jackals, estaba acostumbrado a los vehículos de cambio automático como el de su madre, pero ese imbécil teñido había encontrado la manera de ir hasta la otra punta de la maldita ciudad descalzo y sin dinero. Aparcó en la puerta del pub y entró como esos vaqueros del Oeste, empujando las puertas con ambas manos.
El local era deprimente, pero más lo era el idiota de Miya, sentado en la barra mientras un tío de unos cincuenta años le pasaba el brazo por los hombros y le decía cosas al oído. Atsumu levantó la copa y dijo algo en voz baja y brindó con aquel señor, que intentó besarle, pero se apartó sonriendo, sin deshacer el abrazo. Kiyoomi se puso a su otro lado en la barra.
—¿Cuánto es? —le preguntó al camarero, que estaba ya apagando las luces. Puso tres billetes sobre la barra, esperando que el estúpido de Miya no hubiese bebido más de lo que parecía.
—¡Omi-Omi! —exclamó Atsumu, con voz melosa, librándose del brazo de aquel tío desconocido y lanzándose sobre Kiyoomi—. ¿Qué haces aquí? ¿Has venido a rescatarme?
—Ey, chico —dijo el señor gangoso a su izquierda—. ¿Vienes a mi coche?
Kiyoomi se asomó sobre la barra para mirar al señor, ajustándose bien la mascarilla para prevenir posibles motas de saliva en el aire.
—Disculpe, caballero. Estoy con él.
—Pero si acabas de llegar —dijo el señor, sacando un billete cuantioso y poniéndolo sobre la mesa. Miya soltó una carcajada y puso una mano en el muslo de Kiyoomi.
—¿Has visto, Omi? ¿Cuánto vas a dar por mí?
Kiyoomi apartó la pierna, con las orejas ardiendo.
—¿Te parece gracioso? Porque yo lo veo lamentable.
—Chico, ¿te vienes?
Atsumu se giró hacia el señor.
—Lo siento. En otra ocasión.
El hombre se puso de pie maldiciendo. Kiyoomi soltó el aire despacio. Se centró en su bolso, y sacó tres cosas de él. Un gel desinfectante, una mascarilla en su envoltorio y una pastilla.
—Abre la boca —ordenó. Atsumu tenía los ojos medio cerrados, pero la abrió, sacando la lengua con una sonrisa.
—¿Vas a besarme otra vez, Omi? —preguntó, hablando como un idiota con la boca abierta. Kiyoomi torció el gesto, le metió la pastilla en la boca y le miró con gesto duro—. Besas bien.
—Trágatela.
—Siempre lo hago.
Jodido Miya.
Sonrió, capullo, tragándose la pastilla con el medio cubata que le quedaba. Kiyoomi se echó gel en las manos enguantadas y, sin pedir permiso, embadurnó la cara de Atsumu.
—Es apto para el rostro —aclaró. El señor de la izquierda seguía ahí de pie quejándose de no sé qué mierda, y Kiyoomi empezaba a perder la paciencia—. No te muevas.
—¿Y mi beso? —susurró Atsumu, tambaleándose en la banqueta. Kiyoomi le lanzó una mirada que podría helar un volcán—. Oh, Omi-Omi. ¿No te besé bien? ¿Tú también prefieres a Tobio-kun?
—Prefiero que te calles —dijo, poniéndole la mascarilla casi como una mordaza. Fue peor el remedio que la enfermedad. Atsumu le miró con ojos grandes, con la misma expresión que un cachorro abandonado—. Dioses, ¿Te has dado cuenta de que no llevas zapatillas?
Atsumu miró sus propios pies, moviendo los dedos. Sucios. Dedos ennegrecidos y Kiyoomi quería preguntarle a los dioses por qué le ponían a prueba de una manera tan cruel.
—Me gusta andar descalzo. Me siento libre.
—Estamos en el medio de la puta ciudad, en un antro donde puede haber un millón de cepas distintas capaces de exterminar la especie humana.
—Me gustaría ser un chacal de verdad, correr por la jungla descalzo y salvaje, cazando, un auténtico carnívoro sin sentimientos devorando a mis presas, saltando sobre ellas en medio de la noche...
—Una sola herida en un pie puede ser la entrada de al menos siete millones de bacterias distintas. Podrías enfermar, contagiarnos algo, contagiar a toda la V-league cualquier cosa que haya en este suelo...
—Omi, huye conmigo. Vamos al bosque. Podríamos ser felices allí. Somos chacales.
—Somos jugadores profesionales —dijo, muy bajito, para que sólo lo oyese Miya—. Mañana no rendiremos como es debido, y esto no te lo voy a perdonar.
—Quiero vivir en el bosque, desnudo y peludo.
Kiyoomi se ajustó los guantes de plástico.
—Espero que no te hayas metido ninguna puta droga, porque nos hacen controles semanales y te juro que te arranco las bolas.
Atsumu rió, abrazándose a Kiyoomi.
—Omi, me encantan tus ojos, ¿te lo dije alguna vez? La primera vez que te vi pensé que eras guapo, pero lo que recordé después fueron tus ojos. Ojos de chacal, oscuros y feroces. Me gustaría hacerte el amor. ¿O te gustaría más hacérmelo?
—Joder, Miya. Suéltame —murmuró, manteniéndolo sentado en la banqueta y librándose de sus brazos—. Te he traído unas zapatillas.
Sacó la bolsa de plástico del bolso, mientras el camarero empujaba del brazo al último de los borrachos que quedaba allí, además del propio Atsumu.
—Ey, chico —dijo el hombre, volviéndose hacia él—. Llámame mañana. Te juro que no lo olvidarás.
—Seguro —contestó Atsumu, sonriendo y haciéndole el gesto de ok. Kiyoomi resopló, observándolo mientras se rociaba con torpeza el desinfectante en las plantas de los pies y se ponía las zapatillas deportivas. Al menos no parecía haber cortes, ni heridas de consideración, aunque cualquier micro fisura en la piel podía ser la vía de entrada de al menos siete millones de patógenos asesinos.
—Por favor, vamos a cerrar —repitió el camarero, casi en una súplica. Kiyoomi pidió disculpas, arrastró la cabeza de Miya hacia abajo para obligarle a hacer una reverencia al menos tan pronunciada como la suya, y después le arrastró de nuevo, esta vez hacia la furgoneta. Le colocó el cinturón de seguridad y arrancó. El sol empezaba a salir, y con él se iniciaba el camino de la vergüenza de los borrachos por la zona más nefasta de la ciudad.
—Omi.
—Cállate.
La residencia estaba en Higashi Osaka, a unos quince minutos conduciendo.
—Omi...
—Súbete la maldita mascarilla, Miya. A saber dónde has metido la lengua esta noche.
Atsumu no obedeció, por supuesto. Intentó agarrar su mano sobre la palanca de cambios, y Kiyoomi le dio un manotazo rápido.
—No he metido mi lengua en ningún sitio, salvo en tu boca. Me gustó hacerlo. Quiero repetirlo. ¿Vas a dejar que vuelva a besarte?
—No.
Kiyoomi valoró las posibilidades de sobrevivir arrojando el coche por el viaducto que estaban atravesando. Un 98% de morir en el acto. Un 2% de sobrevivir y seguir recordando los besos de ese idiota de Kobe, quizás atrapado en un terraplén durante días, una probabilidad demasiado alta como para arriesgarse.
—¿Ni siquiera un beso pequeño, uno que diga perdón Omi-Omi?
—No.
—Omi, no quería que vinieses a buscarme, yo solo estaba intentando escapar de esa... —empezó otra vez, incombustible, con voz suave, mientras manipulaba la ventanilla—. ¿Me has puesto el jodido seguro para niños?
—¿Tú qué crees?
—Abre la puta ventanilla, Omi.
—Súbete la mascarilla.
—Abre la ventanilla o tiro del freno de mano.
—¿Quieres que nos matemos? —gritó, mirando por el rabillo del ojo cómo ponía la mano en la palanca.
—Quiero abrir la maldita ventanilla.
Kiyoomi era una persona extremadamente precavida al volante, jamás rebasaba el límite de velocidad, cada año repasaba el manual de la autoescuela, versión nueva, por si se hubiese modificado alguna normativa y no estuviese al tanto. Y ahora iba a morir por culpa de un colocador imbécil con el pelo teñido de agua oxigenada. Pulsó el botón de liberación del seguro de la ventanilla, reprimiendo sus instintos asesinos, y Atsumu retiró la mano del freno y bajó la ventana hasta que el aire frío de la madrugada les golpeó a ambos en la cara.
Entonces sacó la cabeza y empezó a vomitar.
Maravillosa noche de cita.
La noche terminó del siguiente modo: Atsumu, incapaz de tenerse en pie, arrastrado por la fuerza al interior de la residencia. Atsumu obcecado con la posibilidad de dormir en el descansillo de la escalera. Atsumu negándose a ir a los dormitorios. Atsumu queriendo volver a la calle para estar lo más lejos posible de Hinata y Kageyama.
Kiyoomi tomó las siguientes decisiones: le sometió al circuito, desinfectando sus pies; le metió en su propia habitación, violando todos los protocolos de cuarentena antivírica que él mismo había establecido. Era el único de los chacales que tenía baño propio en el dormitorio, así que le condujo allí, cerró la puerta y le concedió el beneficio de la ducha. Atsumu se lo pagó vomitando por todas partes, en su limpio y pulcro inodoro blanco sin una marca de uso, en sus baldosas sin una mota de polvo.
—Lo siento Omi...
—Te juro que esto no te lo perdono en la vida —murmuró Kiyoomi, colocándose los guantes rosas y limpiando el desastre mientras Atsumu se derrumbaba en una esquina del baño.
—Yo sólo quería que las cosas saliesen bien.
—Las cosas no pueden salir bien cuando te bebes medio litro de whisky. Creo que eso se aprende a los quince años.
Atsumu suspiró pesadamente.
—Me refiero a ti. Quería que tuviésemos una cita inolvidable.
—Y te pareció que montar una escena con tu ex era la mejor manera de conseguirlo. Enhorabuena, Miya. No voy a poder olvidar esta puta mierda de noche aunque viva cien años —el silencio de Atsumu le calentó todavía más, haciendo que la ira tomase forma física en su estómago, creciendo hacia arriba, hacia las cuerdas vocales—. Tiene razón tu hermano, eres un egocéntrico. Te crees que eres el primero que sufre por una ruptura, el único que tiene derechos. ¿Qué pasa contigo? ¿No te das cuenta de que no eres el centro del maldito mundo? Hinata te ha dejado, acéptalo de una vez y deja de hacerle sentir mal, porque tú llevas meses torturándole a él y de paso a todos nosotros, follándote a todo lo que se mueve en nuestro horario de sueño, mientras Hinata ha traído a Kageyama a dormir una única vez en más de medio año —se ensañó con una mancha oscura que probablemente era parte de una grieta en la superficie, pero la limpiaría hasta que desapareciese aunque sus uñas se quedasen en el camino.
—Omi, yo no...
Kiyoomi no le daría tregua. No la merecía.
—Cállate. ¿Oyes algo? Mira, en serio, guarda silencio y presta atención. ¿Oyes algo? ¡Ah, mira! ¡No están formando un espectáculo! ¡Qué sorpresa, eres el único idiota inmaduro de esta jodida residencia que nos ofrece su festival del sexo! ¿Cómo coño iba a estar Hinata contigo, si en vez de un hombre eres un niñato de mierda incapaz de gestionar sus emociones? Joder, no puedo creerme que haya estado a punto de acostarme contigo. Le debo una muy grande a Kageyama.
Terminó de hablar sudando, frotando el interior del váter. Miró sobre su hombro para comprobar que el silencio de Miya no implicaba que hubiese muerto de coma etílico, pero estaba allí, serio, mirándole fijamente, con el halo del alcohol pendiendo en sus ojos castaños. Parecía ido. Quizás lo había roto con su arrebato de sinceridad fulminante.
Kiyoomi se arrepintió de haber hablado tanto. Se había pasado tres pueblos, definitivamente. En fin, qué más daba. Todo era cierto. Atsumu era un egocéntrico y le había dado una de las noches más terribles de los últimos tiempos, y al día siguiente entrenarían y no había dormido una mierda.
No sabía qué le daba más rabia, si su actitud con Hinata, o el hecho de que le hubiese dejado a medias para ir a emborracharse de forma absurda, robándole el sueño y poniendo en riesgo la integridad biológica de todo el vóley japonés.
Se arrancó los guantes de cuajo, pulverizó desinfectante por todas partes y avanzó hacia la puerta del baño.
—Omi —le oyó murmurar, casi un susurro. Se había vuelto a poner la mascarilla, el muy imbécil—. ¿Puedo dormir aquí? Por favor. No te molestaré. Me quedaré aquí, en el baño.
—No —contestó Kiyoomi, sin pensar—. No soy Hinata, a mí no me vas a manipular. Tu dormitorio está a cinco metros. Fuera.
—Omi...
Kiyoomi se mordió el labio, entró en el baño de nuevo, cogió a Atsumu del brazo y, levantádolo por la fuerza, lo arrastró fuera del dormitorio. Le dio un empujón y cerró la puerta.
—Omi —le oyó decir al otro lado—. Lo siento.
—Que te jodan, Miya.
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Gracias por leer :-)
