Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.


Thank you iambeagle for giving me the chance to share your story in another language!


Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.


Capítulo 28

Presente

No voy a casa cuando llega Navidad, a pesar de la insistencia de Charlie en que vaya. Todavía no he perdonado a mis padres por no honrar la vida de Emmett, y nunca lo haré.

Celebro la festividad con Lauren, Jasper y Esme. No intercambiamos regalos ni cantamos villancicos ni ninguna otra actividad que pueda indicar que es Navidad. Solo pasamos tiempo juntos y eso me trae cierto nivel familiar de confort que he estado extrañando sin Rose y Emmett cerca.

Cuando llego a casa más tarde esa noche, mi teléfono suena con un número desconocido. Es algo tarde y ya estoy acostada, así que considero dejar que la llamada se vaya al buzón de voz. Pero luego mi corazón hace algo desconocido que deja que la esperanza aparezca de la nada y respondo en caso de que sea Edward.

—¿Hola? —La línea está inquietantemente en silencio, así que miro la pantalla para asegurarme de haber contestado bien—. ¿Hola? —repito, pero no escucho nada antes de que la llamada se corte.

No tengo tiempo para discernir qué sucedió porque vuelve a sonar.

—¿Hola? —pregunto, esta vez ligeramente irritada.

—Bella, soy yo. Carmen.

Ella nunca me llama, y mi corazón se acelera.

—¿Todo está bien?

—No puedo hablar por mucho tiempo —dice de forma rápida y en voz baja.

—Bien. —Me muerdo la parte interna de la mejilla, y recuerdo nuestra conversación de hace casi un mes, la promesa que dijo que no podía hacer; que investigaría el paradero de Edward por mí. La he contactado dos veces, pero en ambas ocasiones ella no pudo decirme nada—. ¿Esto es sobre…?

—Sí. Investigué por ti —dice crípticamente—. Lamento haberme demorado tanto. Lo he estado intentando. De verdad que sí.

—Cuéntame todo —espeto, me siento en la cama mientras me aferro con fuerza el teléfono a la oreja—. ¿Dónde está? ¿Está bien?

Un latido de silencio, después:

—No sé.

—¿No sabes? —pregunto exasperada; no con ella, sino con la situación en general. Han pasado cuatro semanas desde que Edward desapareció. Cuatro semanas de estar en este limbo de extrañarlo. Me he aferrado a la esperanza, justo como Esme me pidió que hiciera. Pero algunos días son más difíciles que otros y escuchar que Carmen no sabe nada es desalentador.

—Te dije que las cosas están complicadas —dice con tono de disculpa—. No quería decirte nada antes de saberlo con certeza, pero eso ha resultado ser difícil. Aunque creo que sí hay algo que deberías saber.

—¿Qué?

—Edward estuvo ahí la noche en que murieron Em y Rose.

No lo entiendo.

—¿Dónde?

—En ese campo. Él estuvo ahí en todo el asunto.

—¿Por qué?

—Piensa, Bella. —No lo dice de forma grosera, pero de todas formas frunzo el ceño—. Estaba intentando ayudarlos.

—Intentando ayudarlos… ¿a escapar? —susurro.

—Sí.

—¿Quién te dijo eso? —presiono, pero ella no ofrece esa información.

Mi mente se desboca con imágenes de esa noche. Recuerdo lo que vi en las noticias, lo que vi en fotos, e intento encajar a Edward en todo eso.

—¿Por qué lo haría? Quiero decir, ¿por qué…? —Sacudo la cabeza, y aunque me siento desesperada por todas las respuestas, solo hay una que necesito saber—. ¿Dónde está él ahora?

—Hay ciertas cosas que no puedo explicarte —dice Carmen después de un momento—. Solo pensé que deberías al menos saber esa parte. Pensé que podría ayudarte a darle un fin a este asunto o…

—¿Un fin? —repito, el calor se alza en mi pecho—. Carmen, ¿dónde está él?

—Ese es el asunto —dice de forma sombría—. Tengo una idea, pero no sé. Nadie sabe. Eso podría cambiar, pero al día de hoy no hay forma de saberlo.

—Dime qué crees que le pasó.

Exhala al teléfono.

—Puede que los ejecutores lo tengan encerrado en alguna parte, o…

—¿O? —Cuando no me responde, comprendo que es porque la otra opción es demasiado oscura—. Crees que está muerto —digo simplemente.

—No puedo asegurar…

—Pero si no es así, está encerrado. —Si lo han detenido, bien podría estar muerto. No hay forma en que pueda salir si lo atraparon intentando ayudar a huir a otras personas—. No puede estar muerto. Ellos no… quiero decir, vimos los videos. ¿Por qué las noticias no mencionaron que él estaba ahí?

—Porque no podían —dice Carmen con énfasis—. No lo harían. Admitir eso significaría que esto sucede más seguido de lo que la gente cree.

—¿Y sí sucede? —Se queda callada y me permito asimilar lo que ella me acaba de decir. Ahora mi conversación con Esme empieza a tener más sentido, y sus palabras hacen eco ruidosamente en mi cabeza. Conociendo a mi chico, probablemente está ayudando a alguien. Y hasta que estén a salvo, no regresará.

Pero Emmett y Rose no están a salvo. Están muertos. Y Edward sigue sin regresar.

—Las historias que solías contarme…

—Sí —responde, interrumpiéndome.

Las tierras no incorporadas. Los vagabundos. La gente que no quería tener nada que ver con el gobierno, así que crearon su propia comunidad.

La resistencia.

—Edward era parte de…

—Sí.

—Y tú…

—Sí.

Mi mundo da vueltas y siento el estómago ligero, revuelto.

—¿Es verdad? —pregunto con la garganta seca.

—Sí —repite, esta vez con más suavidad.

—¿Cómo? —murmuro con voz rota, pero no me responde porque no creo que eso sea algo que ella pueda explicar—. ¿Qué debería hacer?

—Nada. Esperar —responde—. Es todo lo que podemos hacer por ahora.

—Estoy cansada de esperar —lloro—. No ayuda en nada. Necesito hacer algo, Carmen.

—Oh, Bella. Tal vez no debí… —se queda callada y cierro los ojos con fuerza—. No te conté esto para perturbarte.

—No estoy perturbada —sollozo y me recuesto sobre el colchón, mirando al techo—. Quiero decir, sí lo estoy, es que… detesto esto, carajo. Detesto no saber dónde está.

—Lo sé. Pero él estaba haciendo algo bueno. Estaba intentando ayudar a tu hermano y mejor amiga. Sin importar nada, siéntete orgullosa de él por eso.

Vuelvo a cerrar los ojos y me pongo de lado, dejo que la almohada recoja mis lágrimas.

—Sí.

Suspira pesadamente.

—Si me entero de algo más, te avisaré. Pero no hables de esto con nadie. ¿Bien? No confíes en nadie.

—No lo haré.

Colgamos y me quedo acostada silenciosamente en una bruma. Con esta nueva información, intento imaginarme a Edward ahí. Sin embargo, es difícil comprenderlo. Es tan difícil visualizarlo en ese campo. Pero los tiempos tienen sentido. Edward desapareció casi al mismo tiempo que sucedió todo lo de Rose y Em. Pero ellos sí están presentes, y él no.

Antes de dejar que mi mente se descontrole, llamo a Jasper. Sé que Carmen me dijo que no confiara en nadie, pero… confío en él. No sé por qué, pero sí. Nunca hemos hablado por teléfono y puede que él piense que es completamente extraño que lo esté llamando, pero necesito una voz amistosa y alguien en quien confiar. Necesito alguien que me diga que tal vez las afirmaciones de Carmen no tienen fundamento y Edward regresará pronto.

—Hola —dice en la línea.

—Hola. Perdón, sé que es tarde…

—Está bien. —Escucho movimiento a través de la línea—. ¿Estás bien?

—Sí. —Me muevo sobre el colchón y miro la oscuridad más allá de la ventana—. ¿Sigues en casa de Esme?

No sé cuándo empecé a referirme a ese lugar como casa de Esme en vez de Edward, y eso me genera una punzada en el pecho.

—Sí, aquí estoy.

—¿Lauren está ahí? —pregunto.

—Está durmiendo.

—Oh.

—¿Qué sucede? —pregunta Jasper de forma suave.

—Es que…

Me arde la garganta, pero no quiero que me escuche llorar. No me presiona por más y aprecio su paciencia.

—¿Jasper?

—¿Sí?

—Hablé con alguien sobre Edward —digo, me guardo la identidad de Carmen para mí—. Creen que él está muerto o detenido.

—Yo te pude haber dicho eso.

Frunzo el ceño ante su respuesta, me erizo ante la facilidad con que lo dice.

—¿Y por qué no lo hiciste?

Tose.

—Supongo que me pareció insensible.

—¿De verdad crees que él podría estar… muerto?

—Es una situación de mierda, pero nunca lo sabremos con certeza —dice sombríamente.

—¿Por qué no?

—Porque así es como lo quiere el gobierno.

Mi corazón late rápidamente.

—¿Qué tanto sabes?

—¿Sobre qué?

—Sobre lo que él estaba haciendo. ¿Exactamente por qué estaba ayudando a Em y Rose a escapar?

Aunque tengo una buena idea al respecto, quiero escuchar a alguien decirlo. Necesito una confirmación.

El silencio se apodera de la llamada y desearía poder ver la cara de Jasper justo ahora cuando se dé cuenta de que yo podría saber más de lo que he admitido. Tal vez debería sentirme presumida, pero más que nada me enoja. Estoy cansada de sentirme ingenua. Estoy cansada de que me dejen en la oscuridad solo porque la gente piensa que estoy mejor sin saber la verdad.

—No voy a colgar hasta que me lo digas —digo tranquilamente a pesar de mi acelerado corazón.

Jasper no me debe nada. Podría colgarme y negarse a hablar. Y si decide hacer eso, ni siquiera podría culparlo.

—Sé algunas cosas. No todo, pero… lo suficiente —dice con cautela.

—Entonces dime lo que sabes —exijo—. ¿Por favor?

Suspira dramáticamente como si no quisiera entrar en detalles del asunto.

—Hipotéticamente hablando, ¿cierto?

—Claro.

—Hipotéticamente hablando, podría existir una especie de… grupo. Rima con insistencia.

—¿Por qué nadie lo dice en voz alta? —pregunto, la ansiedad y la paranoia se filtran en mí—. ¿Alguien podría estar escuchando?

—La verdad, probablemente no. Pero no seré yo el que lo descubra —admite, calmando e incrementando simultáneamente mis nervios—. Así que digamos que Edward era parte de ese grupo. Él podría estar potencialmente a cargo de escoltar a la gente para salir de este lugar.

—A las tierras no incorporadas —digo con naturalidad como si lo supiera desde siempre—. ¿Qué hay allá afuera en verdad?

—No sé si alguien lo sepa con certeza, pero… se supone que hay una supuesta comunidad que existe afuera de la cerca electrificada.

—¿Has ido? —susurro, aferrándome el teléfono más cerca de la mejilla.

—¿A este lugar hipotético? —Puedo escuchar la diversión en su voz—. No.

—¿Me estás diciendo la verdad o lo que crees que debes decir?

—Maldición —se ríe, aliviando un poco de la tensión—. Nunca he estado allá. De verdad.

—¿Pero estás involucrado con este grupo?

—Sí, pero no ayudo a la gente a salir. Soy demasiado cobarde. Edward, por otro lado… el tipo no tiene ni una pizca de miedo en su cuerpo —dice con orgullo—. No lo entiendo, pero lo aprecio. Todos lo apreciamos.

Siento una oleada de orgullo por Edward. Él estaba intentando hacer algo para ayudar a mi hermano y mi mejor amiga. Pero ese orgullo se ve rápidamente reemplazado con angustia. Si no hubiera estado ahí esa noche, si hubiera sido alguien más, él seguiría aquí. Rose y Em probablemente no estarían, pero tendría a Edward. Es un pensamiento terrible y egoísta, pero es honesto.

—Si sigue vivo, y si está encerrado…

—Nunca lo volveremos a ver —dice Jasper sombríamente—. Incluso si hubiera una forma de sacarlo, lo cual sería jodidamente difícil y nunca ha resultado exitoso, sería identificado como fugitivo por lo que hizo. No podría vivir una vida normal. Se habría delatado él mismo. Tendría que vivir en las sombras. E incluso si de alguna manera escapa de prisión e intenta huir, estoy muy seguro de que justo ahora tienen confinada con más fuerza la frontera. Nadie entra, nadie sale. La comunicación allá está superjodida. —Jasper hace una pausa—. Todo esto hablando hipotéticamente, claro.

Mi corazón no solo se hunde, cae en picada. Hasta el piso, hasta que está enterrado, y no siento nada.

—Así que cualquier escenario es desesperanzador —digo en una bruma.

Jasper vacila.

—Estoy intentando ser realista, Bella.

Sé que sí, y aprecio su honestidad. Pero eso no hace nada para calmar mi corazón. No me brinda un cierre. Ciertamente no me acerca más a descubrir la verdad.

XXX

Pasado

Edward ha estado actuando raro desde que llegué a su casa. Supuse que no era nada e intenté no darle mucha importancia, pero entre más tiempo pasamos juntos, me doy cuenta de que está actuando más distante. Callado. Distraído. Sumido en sus pensamientos.

La preocupación se posa en mi estómago, pero intento no pensar en eso. Hemos estado muy unido en los dos meses que llevamos juntos. Sé que para otros eso no es tanto tiempo, pero hay días en que siento que lo conozco mejor a él de lo que me conozco a mí. Es por eso que sé que sucede algo.

—¿Todo está bien? —indago cuidadosamente.

—Todo está bien —dice, su tono suena tranquilo y reconfortante.

—Bien. —Sé que no me oigo convencida, y es porque no lo estoy.

—Estoy cansado —añade, incluso bosteza.

—Yo también. Es por eso que ya estamos en la cama. Pero toda la noche has estado un poco callado —le digo—. Y sé que estás aquí, pero es como si estuvieras pensando en algo más… ¿en alguien más?

Se pone de lado y me ve de frente, su mano me agarra la cadera y me acerca a él.

—¿Piensas que de eso se trata esto? ¿Que estoy pensando en alguien más? —Lo dice como si fuera gracioso y mi corazón se calma un poco.

—¿No sé?

—No hay nadie más —murmura, me besa la punta de la nariz y luego la boca—. Jamás habrá alguien más.

Me siento estúpida por necesitar esta reafirmación. Me muerdo la parte interna de la mejilla, sigo sin convencerme de que todo está bien.

—Pero si fueras a terminar con esto, ¿podrías… decírmelo primero? ¿En vez de pedirle a alguien de la clínica que termine conmigo por ti? Eso pasa todo el tiempo, y es horrible. Rose tiene que llamar a la gente para agendarles el Procedimiento, pero ellos ni siquiera saben que lo necesitan porque la persona con la que están saliendo no les dijo que iban a terminarlos. La verdad es algo cobarde…

Se ríe.

—Nena. —Alza mi mentón para que pueda verlo a los ojos. Todo lo que veo es una confianza y determinación inquebrantable—. Te quiero para siempre. ¿Entendido?

Mi estómago se tensa con mariposas. No hemos hablado en realidad de lo que estamos haciendo aparte de confesar que nos amamos y que disfrutamos de pasar tiempo juntos. No hemos hablado a largo plazo, como el matrimonio o elegirnos potencialmente el uno al otro en lugar de ser emparejados con otras personas. Pero ahora que él ha dicho para siempre, eso es lo que yo también quiero.

—Entonces, ¿qué sucede? —pregunto en voz baja mientras le aparto un poco de cabello de la cara—. ¿Se trata de tu mamá?

Suspira como si estuviera dividido. Mi mente se desboca, pero ahora que sé que lo que sea que es esto no tiene que ver con nuestra relación, puedo relajarme un poco más.

—Puedes contarme lo que sea —prometo.

Sus ojos se encuentran con los míos y lo que sea que ve en ellos debe ayudarlo a decidirse.

—No se trata de mi mamá —dice al fin—, pero sí necesito decirte algo.

—Bien.

—Es que… —Se vuelve a acostar sobre su espalda y mira al techo—. Tengo que irme por un par de días.

Miro su perfil, el ángulo de su mandíbula sin rasurar.

—Bien.

Me mira.

—Es que no quiero que te preocupes.

—¿Por qué me preocuparía?

—Porque no podremos hablar mientras no esté.

—¿A dónde vas?

—Esa es la parte difícil. —Abre y cierra la boca un par de veces antes de decir—: Me preocupa que esto pueda complicar las cosas.

Me muevo para sentarme y recargarme en su cabecera, y él imita mis movimientos.

—¿Cómo complicar las cosas?

—Lo que estoy haciendo no es exactamente… legal.

Se me cae el estómago al piso.

—Oh.

—Sí.

Dándome un segundo, me permito asimilar lo que está diciendo. Mi mente está tan entrenada en seguir las reglas y mantenerme en línea que no puedo imaginar ninguna manera en la que él podría estar rompiendo la ley. Al menos, ninguna manera que no conozca ya.

—¿Qué has estado haciendo? —pregunto, mi voz es apenas un susurro. Permanece en silencio, reflexivo—. Quiero saber.

—Y yo también quiero que lo sepas, pero…

—No se lo diría a nadie.

—Sé que no lo harías. Pero ¿no te enojarías? ¿O pensarías menos de mí? ¿O…?

—¿Qué? No. —Me muevo desde mi sitio junto a él y me siento a horcajadas en su regazo, necesito estar más cerca—. ¿Por qué me enojaría?

—¿Porque te he escondido una parte de mi vida? —comenta taciturno—. Porque he estado rompiendo la ley y tu padre es… sí.

—No me importa —le digo con honestidad—. Eres una buena persona y un buen hombre. Y te amo. —Beso su mejilla, su mandíbula—. No me importa quién es mi padre. Y francamente justo ahora no me interesa tanto mi familia. —No después de que lo desairaron y se negaron a cenar con nosotros—. Tú significas más para mí que ellos —digo firmemente, necesito que lo entienda—. Siempre será así.

Las manos de Edward suben por mi espalda y me sostienen cerca de él mientras entierra la cara en mi cuello. Se siente como si se estuviera escondiendo, y le doy ese momento de confort antes de apartarme.

—Cuéntame todo —lo exhorto en voz baja, mis dedos juegan con el cabello en la base de su cuello.

—A veces me… voy.

—¿A qué te refieres?

Está susurrando ahora, unos preocupados ojos avellana buscan algo en mi rostro.

—A veces voy a las tierras no incorporadas.

El miedo me llena los huesos. No estoy segura de qué esperaba que dijera, pero no era esto.

—¿Cómo?

—Hay maneras —dice crípticamente.

—¿Por qué? ¿Qué hay allá afuera?

—Otra vida —es todo lo que dice.

—¿Otra vida? —Sacudo la cabeza mirando su pecho.

—No te enojes, por favor.

—No estoy enojada. Es que no entiendo.

Se pasa una mano por la boca.

—¿No has escuchado las historias? ¿Sobre la gente que vive allá?

—Sí las he escuchado, pero solo son historias.

—No es así.

—Entonces, ¿por qué sales hacia allá? —presiono.

—Ayudo a la gente a escapar.

¿Qué?

—Hay un grupo de nosotros que hace eso. Es algo que mi papá hacía. Y su papá. Y yo solo… empecé a hacerlo.

Siento que me pegaron en el estómago. Como si el aire hubiera sido succionado de la habitación. No solo rompe la ley, sino que ayuda a que otros también lo hagan. Una y otra vez.

La palabra resistencia pasa por mi mente. Solo he escuchado las historias. Son casi leyendas urbanas. Pero no creí que algo de eso fuera verdad. Más que nada porque no podía serlo. Un grupo de gente que se resiste al gobierno y vive libremente no es algo que creí que podría existir.

—Carmen solía contarme cosas como esta —le digo, intentando darle sentido. El reconocimiento aparece en su mirada cuando digo su nombre, pero se mantiene callado—. ¿Conoces a Carmen?

—Sí.

Eso me desbalancea por un segundo. Mi cabeza casi da vueltas, todo lo que he conocido se tambalea sobre su eje. Casi me siento enferma, pero intento mantener la compostura por él. No quiero que piense que estoy tan protegida o soy tan ingenua que no puedo entender todo, mucho menos que no puedo escucharlo. Es solo que es difícil cuando esto va en contra de todo lo que me enseñaron a creer. Es difícil que todo esto sea sacado a la luz cuando he estado en la oscuridad.

Un millón de preguntas pasan por mi cabeza.

—¿Cómo es que el gobierno no lo sabe?

Se encoge de hombros.

—No sé. Si lo saben, probablemente se hacen de la vista gorda. Reconocer que existe gente afuera de aquí significaría que su sistema es ineficaz y encontramos una manera de salir. Nunca admitirían eso. Probablemente preferirían fingir ignorancia que admitir la derrota.

—Así que, cuando alguien se va… ¿qué pasa entonces?

—Entonces son libres.

—¿Y si los atrapan?

Sus ojos brillan con resentimiento.

—Los encierran y son catalogados como fugitivos. O asesinados. Supongo que depende.

Fugitivo suena como una palabra muy dura, y muerte suena como un castigo todavía más duro para alguien que únicamente buscaba libertad.

Frunzo el ceño.

—Pero ¿no es difícil salir?

—O sea, sí. No nos dejan simplemente salir danzando de aquí. Es peligroso. Hay guardias armados y ejecutores, pero conocemos la manera de rodearlos. Es por eso que solo nos movemos de noche.

—Y nunca te han atrapado —susurro, el miedo pasa a través de mí.

—He estado cerca —dice con una sonrisa sardónica—. Pero no. Nunca me han atrapado.

—¿Conoces a gente a la que sí hayan atrapado?

Su expresión se vuelve lúgubre, e interpreto eso como un sí. Y no terminó bien.

—¿Qué hay de la cerca? —pregunto, todavía lo estoy entendiendo—. Está electrificada.

—No es así —dice con facilidad—. Tal vez a veces está encendida, pero mantenerla electrificada todo el día todos los días les costaría un putero de dinero.

Casi jadeo.

—Pero…

—Es una táctica de intimidación, supongo. Todo es solo una manera de mantenernos a raya, nos asustan para someternos. Podrías escuchar el zumbido si estuvieras lo suficientemente cerca. Yo nunca la he escuchado encendida. Jamás. Y he cruzado cientos de veces.

No sé qué decir, así que no digo nada. Es algo sorprendente. Él ha cruzado cientos de veces. Ha vivido una vida enteramente diferente que yo ni siquiera sabía que existía. Y yo solo he estado aquí… dejándome llevar. Creyendo lo que me han dicho.

—¿Estás enojada? —pregunta vacilante.

—No.

—¿Decepcionada?

—Edward, no.

—Dime lo que estás pensando —murmura con ojos suplicantes.

—Yo… —Mi estómago se tensa a causa de los nervios—. Me siento estúpida.

Chasquea la lengua y niega con la cabeza.

—Nena, no. No te sientas así.

—¿Cómo es que no sabía de nada de esto? —murmuro, lágrimas de vergüenza arden en mis ojos.

—Se supone que no debes saberlo. La mayoría de la gente no lo sabe. Es más seguro así. No te sientas estúpida.

Agarro gentilmente con el puño el cuello de su camiseta, me siento desesperada por mantenerlo cerca.

—Más que eso, yo estoy… estoy asustada por ti.

Cuando roza mi mejilla, su expresión se suaviza con sinceridad.

—Estaré bien. Lo he estado haciendo desde hace mucho tiempo.

—¿Cuánto?

—Desde que tenía quince años. Iba con mi papá. Nunca me dejaba acompañarlo cuando iba con otras personas, pero a veces iba y lo ayudaba a llevar suministros allá afuera.

—¿Suministros?

—Como suministros médicos. Comida. Agua. Cobijas. No es que no tengan recursos, pero es bueno recibir un poco de ayuda.

Sé que lo que me está diciendo está técnicamente mal. Al menos, me criaron para creer eso. Pero conociendo a Edward y escuchar todo esto de él hace que mi corazón me duela con admiración.

—Yo también puedo ayudar. Puedo sacar suministros del trabajo y puedes llevarme allá…

—Bella, no.

—¿Por qué no?

—No es seguro.

—¿Pero si es lo suficientemente seguro para ti? —lo reto, ya no estoy asustada, ahora siento determinación.

—Es diferente.

—No debería serlo. Puedo ayudar. Quiero ayudar —le ruego—. Quiero ver cómo es allá afuera.

Me mira y puedo notar que su resolución se está desmoronando.

—Si algo te pasara, no podría vivir conmigo mismo —murmura, se inclina y traza mi mandíbula con su nariz.

Le rodeo el cuello con los brazos, manteniéndolo cerca. Deja un beso en mi cuello, luego en mi boca.

—Solo piénsalo —murmuro—. ¿Bien?

—Bien.

Nos acostamos sobre la cama otra vez y me acurruco debajo de su brazo. El silencio se apodera, la severidad de todo lo que acaba de divulgar pesa en el momento. No obstante, me alegra que me haya contado. Estoy agradecida de que sintiera que podía confiar en mí.

—¿Planeas hacer esto para siempre? —Me muevo un poco para alzar la vista hacia él, sus dedos suben y bajan perezosamente por mi brazo.

—Tal vez no para siempre, pero ayudaré a la gente hasta que ya no pueda —dice suavemente.

—Como tu papá —murmuro.

—Sí.

—¿Puedo preguntarte sobre él? —No quiero fisgonear, pero se siente que es algo que debería saber.

—¿Qué de él? —pregunta Edward en voz baja.

—¿Qué le sucedió?

—Murió en prisión —murmura y puedo sentir que su cuerpo se tensa—. De hecho, olvida eso. La prisión habría sido mejor. Murió donde sea que encierran a la gente cuando los atrapan intentando escapar. O en su caso, ayudando a la gente a escapar.

Mi estómago se retuerce con angustia y mi corazón se rompe absolutamente por él.

—Oh, Edward.

Su garganta se mueve al tragar.

—Sí.

—Lo siento. Lo siento mucho —exhalo sobre su cuello, lo beso, reconfortándolo—. Carajo.

—Estuvo encerrado un año antes de que su cuerpo se rindiera. Probablemente no lo estaban alimentando lo suficiente. Habría preferido que solo lo mataran y terminaran con todo en vez de torturarlo así.

Me escocen los ojos, pero parpadeo para alejar las lágrimas. En ese momento no puedo evitar preocuparme por Edward. El miedo me cala hasta los huesos y me aferro a él con más fuerza, temo que algún día le suceda algo. Después de un momento, me besa el costado de la cabeza y se relaja junto a mí.

—Oye. —Alza mi mentón—. Estaré bien —murmura, como si me leyera la mente.

—¿Cómo lo sabes?

—Simplemente lo sé. La situación es diferente ahora. Está mejor elaborada. Planeada. Tenemos un sistema, y funciona.

Suspiro pesadamente, y cuando su pulgar me roza los labios, lo beso. Nunca le diría que deje de hacer lo que está haciendo. Más que nada porque no creo que lo deje. Pero me aterra, y saber lo que sucedió con su padre solo solidifica ese miedo.

—Estaré bien —me promete otra vez, y sus palabras me consuelan.

Se me llena el pecho de orgullo por lo que él hace y lo que arriesga. Es abrumador. Reconfortante. Por un momento, ese orgullo supera mi preocupación y miedos.