Hola!
Antes de nada, quiero pedir disculpas por no actualizar antes pero no pude entrar en mi cuenta de fanfiction hasta ahora, había algún problema en las claves y era imposible. Por fin puedo actualizar, así que publicaré los capítulos 4, 5 y 6 esta semana. Son 7, el último quedaría para la semana que viene. También contestaré las review pendientes, perdonadme.
¡Gracias!
Capítulo 4
Salvaje
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Si el entrenamiento del sábado a las nueve de la mañana fue fuerte, mucho peor fueron los del resto de la semana. Parecía que la dureza de las exigencias del entrenador iba en relación proporcional a la intensidad del enfado de Omi-kun. Atsumu había intentado acercarse de todas las maneras que conocía. Había pedido disculpas, preparado desayunos, ofrecido productos de limpieza de los más caros que le vendieron en la perfumería. Incluso había encerado el jodido suelo del salón, una actividad absolutamente carente de sentido, desde su punto de vista, pero que pareció calmar el ánimo de Omi durante un tiempo. No mucho. Tal vez media hora, desproporcionado para las tres que se tiró arrastrado dejándose las uñas en el proceso.
Omi estaba saliendo a correr a primera hora, y después desayunaba sólo, en su habitación, un café solo y una pieza de fruta. Sólo tenía la posibilidad de interactuar con él en la furgoneta de camino al gimnasio, pero esa semana le tocaba conducir y al parecer Shoyo era su copiloto permanente. Él iba detrás, flanqueado por Bokuto e Inunaki, soportando todos los spoilers posibles de Tokyo Revengers. Es que ya ni tenía ganas de ver el anime, joder, le habían contado hasta la última maldita escena del manga. Lo único que sabía es que le encantaría tener la súper potencia de patada de Mikey-kun, para liarse a hostias con todos menos con Omi, porque aunque se lo estaba poniendo difícil, a Atsumu las dificultades le ponían cachondo. Para qué negarlo.
Cuando salía con Shoyo aprendió a leer su estado de ánimo en la música que escuchaba, pero con Omi era distinto. Más difícil. Más excitante, en definitiva. Un reto que exigía de él lo mejor. Omi enchufaba la radio y se tragaba lo que fuese, con los ojos fijos en la carretera, sin rebasar jamás el maldito límite de velocidad. Atsumu miraba de vez en cuando por el espejo retrovisor central, esperando captar alguna ojeada furtiva, alguna señal. Nada. Era como si aquellos besos en el museo y aquellas carreras de la mano por las escaleras nunca hubiesen existido... Pero estaban ahí. Había sentido el deseo en sus caderas buscando su muslo, en su lengua trazando la línea de su paladar, en sus ojos pidiendo que le empotrase contra la pared. Tenía que rescatar todo eso, tenía que traerlo de vuelta. No confiaba en sus capacidades para enamorar a nadie, pero si algo era Atsumu era un Dios del sexo, un Kami-sama de los placeres carnales y si tenía que mostrarle todas sus habilidades ocultas a Omi para que se quedase en el lado oscuro, por supuesto que lo haría.
Y Shoyo... Bueno. Parecían atravesar un período de guerra fría. No había vuelto a ver a Tobio-kun en la residencia, aunque eso tampoco indicaba nada. Era mediados de semana, y tendría sus entrenamientos en Tokio. Suspiró. La charla de Omi le había afectado. Cuando se cruzaba con Shoyo y veía sus ojeras, o cuando le oía despertarse en medio de la noche, ponerse las zapatillas y salir a correr, se sentía como una mierda.
¿Por qué todo era tan complicado? ¿Podría arreglar algo si le pedía disculpas?
Definitivamente no quería tener a Tobio en calzoncillos paseándose por la residencia con cara de me estoy follando a tu ex, pero Omi le había dicho que básicamente él había estado haciendo eso durante meses, pared con pared con Shoyo. Era verdad. Se había esmerado especialmente, insistiendo a sus amantes en que le gustaba la cosa bien sonora, golpeando a propósito el cabecero contra la pared y diciendo todas las obscenidades que se le ocurrían y alguna que sólo había visto en las películas porno más perturbadoras. Si Tobio-kun y Shoyo hiciesen algo así... No, definitivamente eso era imposible. Ni les había visto besarse. Atsumu se sentía como una rata de las alcantarillas, y eso no le gustaba. El autoodio es fuente de arrugas prematuras, y él quería ser perpetuamente joven.
Apoyó la cara sobre la barra, sintiendo el frío contra la mejilla.
—Joder, Tsumu, acabo de desinfectar ahí. Siéntate como una persona.
—Es que ya no sé qué hacer —resopló con exagerado dramatismo, apretado los párpados con fuerza mientras ignoraba deliberadamente a su hermano—. ¿Sabes cuando todo te sale mal y es como si te hubiese pillado una ola y te diese vueltas y vueltas antes de escupirte en la arena?
Samu frunció el ceño tras la mascarilla oscura con el logotipo de Onigiri Miya. El restaurante ya estaba vacío, eran más de las diez de la noche. Se suponía que había ido a ayudarle a limpiar, pero Samu ni siquiera había fingido darle una escoba o algún producto. En cuanto entró por la puerta le suministró el quit de emergencia: tres onigiris tamaño titán, un vaso del sake que hacía su abuela y un trozo de bizcocho de chocolate con nueces.
—No te sale todo mal, es que no paras de cagarla una y otra vez —dijo Samu, dividiendo el bizcocho restante en trozos para congelarlo—. ¿Cómo se te ocurre vomitarle en el baño a Sakusa-san? ¿No te acuerdas del día que le vimos en los nacionales?
Atsumu gruñó por lo bajo. Ese día, en los segundos nacionales de los Miya, Atsumu se había bebido algo así como tres litros de agua y tenía tanta acumulación de líquido en su vejiga que estaba en la cola del baño dando saltos, rezando por no mearse encima mientras el idiota de Suna le picaba hablándole de ríos y fuentes. A su lado Samu y Kita-kun revisaban en el móvil las mejores jugadas de Wakatoshi-kun, convencidos de que tenía que haber pasado algo muy extraño para que un equipo como el Karasuno, que no los conocía ni su madre a la hora de comer, hubiese dejado al cañón de Japón fuera de los nacionales.
Y tras ellos estaban esperando dos chicos con chaquetas verdes y amarillas, la peor combinación de colores de la historia del vóley japonés. Los urinarios masculinos seguían ocupados, y aquello no avanzaba de ninguna de las maneras, así que Atsumu, al borde de la muerte, entró corriendo en los baños de chicas, ignorando los gritos de su hermano y las miradas amenazantes de Kita.
No se cruzó con ninguna chica, no veía cuál era el problema. Se lavó las manos canturreando y salió, secándolas en la parte trasera de su pantalón de deporte, sintiendo la mirada penetrante de aquel chico de ojos negros con mascarilla. Sakusa-kun. Había coincidido con él en el campamento nacional unas semanas antes, pero no habían cruzado ni dos palabras.
—¿Qué? —preguntó, frunciendo el ceño, claramente desafiante. Por muy bueno que fuese como rematador, él era un colocador. Los rematadores eran sus juguetes, los usaba como le daba la gana, no permitía que le mirasen con ese gesto de suficiencia y menos siendo un niñato de primero.
—Espero que hayas tenido la decencia de hacerlo sentado —soltó, mirándolo como si fuese una cucaracha.
—¿Cómo dices?
—Kiyoomi, déjale. ¿No te acuerdas de quién es? —oyó decir al chico que acompañaba a aquel idiota, estaba casi seguro de que se llamaba Komori. Pero Sakusa parecía anclado a ese lugar, la cola de los baños, y ni parpadeaba.
—Has entrado en el baño de las chicas. Espero que no hayas ensuciado todo.
—¿Y a ti que más te da, es que está tu novia por aquí y tienes miedo de que se moje el culo? —rió, frunciendo el ceño, enseñando los dientes ante el gesto de desprecio—. Y ¿sabes una cosa? Los tíos no mean sentados. Lo aprenderás cuando te crezca pelo en los huevos.
—Santa mierda, Motoya —dijo Sakusa, volviéndose hacia el otro chico mientras abandonaba la cola—. ¿Por qué este sitio está lleno de salvajes en celo? Qué asco. Dios.
Después su hermano le había dado una colleja y le había arrastrado de vuelta a los vestuarios, diciéndole ese tío es de los mejores jugadores de Japón. Algún día tendrás que volver a colocarle la pelota como en el puto campamento, idiota, que eres idiota.
Sí, fue todo un éxito y sí, odiaba que su hermano algunas veces tuviese razón. No es que Atsumu tuviese un listón especialmente elevado, pero su concepto de hombre soñado pasaba necesariamente por un tío que pudiese hacer que se empalmase sólo con su vóley.
—No manché nada, joder, me estaba meando encima —murmuró, con los recuerdos borrosos de la noche del viernes todavía luchando por salir a flote por mucho que intentaba hundirlos en lo más profundo de su cerebro—. Había bebido como si no hubiese un mañana.
—¿Has probado a hablar con él?
—Me está evitando. Sólo habla con Shoyo, al parecer. Se han vuelto amiguitos del alma —dijo, frunciendo el ceño—. ¿Crees que acabarán juntos o algo así? Sería como un plot twist muy dramático, imagínate que...
—Deja de montarte películas en la cabeza —le cortó Samu, poniendo más onigiri frente a él. Atsumu cogió uno y lo saboreó, suspirando ante la forma en que se deshacía en su boca—. Hinata está con Kageyama. No va a estar con otra persona, esos dos son como un pack indivisible de yogures multifrutas, no puedes arrancar el de coco y dejar ahí el resto.
Su hermano era bueno con la cocina, pero no con los recursos literarios.
—Me gustaba el yogur de coco —suspiró, acabando el arroz y comenzando el bizcocho—. Era mi yogur de coco, ¿por qué tuvo que venir Tobio a meter su cuchara en mi puto yogur?
Lo dijo accionando con su propia cuchara como si fuese un arma. Samu puso los ojos en blanco y se sentó en un taburete, frente a él. Cogió una cuchara, se bajó la mascarilla y empezó a comerse la mitad del bizcocho de Atsumu.
¿Por qué todo el mundo come de mi jodida comida?
—Mira, no sé si estamos hablando de yogures o de Hinata.
—¿Ves como soy el gemelo inteligente?—. Samu le dio una patada en la espinilla, arrancándole un grito demasiado agudo—. Joder, estamos hablando de él, siempre estamos hablando de él. ¡Ah! ¿Por qué vuelves a pegarme, tío?
—Porque has dicho que Hinata es tu yogur. Hinata no es tu yogur ni el yogur de Kageyama, no está ahí para que los dos choquéis vuestros cuernos como dos machos cabríos en celo. Es una persona independiente, con sus deseos. ¿Sabes que eso es posible, Tsumu? Ya sabes, que existan otros seres humanos que no orbiten alrededor de tu polla.
—Pareces Omi-kun —susurró, frunciendo el ceño—. Pero en realidad lo que quería decir es que...
—¿Te gusta Sakusa-san? —le cortó, cogiendo una cucharada de pastel de tamaño claramente abusivo, ante su gesto de indignación.
—Define gustar.
Samu puso los ojos en blanco.
—Otra vez no, por todos los dioses. Tenemos aproximadamente un millón de años.
—Veinticuatro.
—Pues eso. Viejos como montañas —murmuró Osamu, encogiéndose de hombros. Atsumu intentó golpearle, pero su gemelo se apartó.
—Habla por ti, yo soy joven y viril como cuando tenía dieciséis. ¡Y no cambies de tema!
—Esta conversación la tuvimos por primera vez a los ocho.
—¡Esa niña uniceja no me gustaba!
—Te gustaba hasta que te robó el bocadillo y te dio una patada. Entonces dejó de gustarte porque era más fuerte que tú.
—Te odio.
Samu sonrió con malicia.
—Sakusa-san me gusta, no solo para ti, en general. Tiene los tres atributos más importantes: inteligencia, limpieza y buen vóley. Si supiese cocinar no sé qué más podrías pedir.
Atsumu suspiró.
—Shoyo sabe cocinar.
—Discrepo —murmuró Samu, cruzándose de brazos—. Hinata-kun sabe hacer cuatro platos que aprendió en Río y los mezcla entre ellos para que parezca que no es lo mismo, pero siempre es curry, arroz y cosas añadidas a eso. No le llames cocinar.
Bueno, eso era verdad. Atsumu miró al techo, buscando ayuda divina.
—Bueno, Omi también cocina algunas cosas. No muchas, pero hace unas ensaladas de salmón ahumado que son un puto orgasmo. Además, está su culo. Tiene un culazo.
—Ese no es uno de los tres atributos más importantes —se quejó Samu, mientras Atsumu cogía el pastel restante y se levantaba, alejándose con él para salvarlo de las garras devoradoras de su hermano.
—¡Claro que sí! ¡Un buen culo lo es todo en esta vida! —se llevó el último bocado a la boca, saboreándolo con los ojos cerrados—. Shoyo tenía un buen culo. Sigue teniéndolo. Se pasea con su culo por el pasillo así, como si nada, sabes.
—Es lo que tienen los culos, que los llevas pegados al resto del cuerpo —murmuró Samu. Atsumu le miró con desaprobación. ¿Para qué tener un gemelo si no corrobora todos tus pensamientos? Debería estar acostumbrado, pero siempre albergaba la esperanza de que alguna vez le diese la razón. La gente estaba muy equivocada con lo que significaba tener un hermano gemelo—. ¿No conoces el refrán? Un culo saca otro culo.
—No era así.
—¿Qué más da? El culo de Shoyo ya lo tienes muy visto. Ya sabes... Extiende tu dominio.
Silencio de tres segundos. Se miraron a los ojos e hicieron a la vez el mismo gesto, imitando a Megumi de Jujutsu Kaisen, y diciendo al unísono ¡jardín sombrío de quimeras! Después empezaron a reírse a carcajadas, el sonido rebotando por las paredes del restaurante vacío y haciendo a Samu doblarse y llorar, y Atsumu se alegró un poquito de la conexión gemelar, aunque Samu fuese un grano en el culo el 98% de las ocasiones.
—Haz eso que haces siempre —dijo finalmente Osamu, secándose las lágrimas, acompañándole hasta la puerta mientras se desataba el delantal, anudado a la espalda. Atsumu le miró, sonriendo con todos los dientes.
—¿Conquistarle con mis encantos? ¿Te refieres a eso, Samu?
—No me hagas decirlo.
Atsumu soltó una carcajada.
—No te preocupes. Utilizaré mi truco definitivo.
El segundo partido de la temporada MSBY vs Adlers se resolvió a favor de éstos, decidiéndose todo en el último set y por dos puntos. Kageyama parecía más fuerte que nunca, llegando a marcar cinco puntos seguidos de saque, hasta que Hinata detuvo el machaque y, con el ataque súper rápido que había mejorado con Atsumu, le devolvieron al menos uno de los puntos.
Hinata, completamente poseído por el espíritu de guerra que le atrapaba en los partidos, saltó sobre Atsumu y le abrazó con fuerza, rodeando su cuello con los brazos mientras rugía, fuera de sí. Kiyoomi les miró con miedo, esperando que Atsumu montase alguna escena, que le apartase, que Kageyama sacase un arma y los matase a todos... Pero no. Miya devolvió el abrazo, sonriendo, levantando a Hinata en el aire y revolviendo su pelo hasta convertirlo en un desastre. Cuando aún no le había soltado, miró directamente a Sakusa y le señaló con la mano libre.
—¡Omi! ¡La próxima es tuya!
Le colocó una bola perfecta, pero no fue suficiente para dar la vuelta al partido. Llegaron a los vestuarios derrotados, sobre todo Hinata. Se colocó una toalla mojada sobre la cabeza y se quedó allí, sentado, sin moverse, sin cambiarse, sin ducharse. Kiyoomi le puso una mano en el hombro y le pareció que asentía, pero seguía ahí, inmóvil. Bueno, necesitaría su tiempo. Hinata se tomaba muy en serio los partidos contra Kageyama, en esa competición delirante que al parecer mantenían desde que eran críos.
Kiyoomi estaba sacando cosas de su taquilla mientras Bokuto intentaba sin éxito animar a Hinata, saltando a su alrededor, tocando su espalda, recordándole las reglas del camino de un as. Desde ahí vio también cómo Miya se acercaba y se agachaba frente a él, a la altura de su cara. Le dijo algo en voz baja, un susurro. Kiyoomi no escuchó qué, pero sí vio que hablaban y, al final, se abrazaban bajo la toalla.
Estaba aliviado, eso era así. Pero también quería coger a Atsumu y lanzarlo de una patada a Hokkaido, porque sus esfuerzos arrastrados de los últimos días le habían hecho albergar la esperanza de que dejase de hacer el imbécil con Hinata y la residencia recobrase el ambiente de normalidad. Bastante tenía con haber sido derrotado por un Wakatoshi-kun demasiado musculado para ser legal, con esos bíceps apretados bajo la camiseta y esos abdominales que se intuían cuando saltaba a bloquear.
En serio, Kiyoomi no lo recordaba tan buenorro. Le parecía insultante, ese culo donde uno podría partir piedras. Wakatoshi-kun siempre fue atractivo, obviamente, con esa serenidad y ese saber estar que le hacía parecer uno de esos reyes europeos posando con su cetro y su perro pequinés. Sólo que esa tarde, durante el partido, no estaba tan pendiente de él. Su vista viajaba, traicionera, al número trece de negro y dorado, a la forma en que se movía por la pista salvando balones imposibles, colocando lo que fuese para quien fuese, dándole a Kiyoomi los mejores pases que jamás había recibido. Atsumu era imbécil, era pretencioso, pero tenía algo que le faltaba a Wakatoshi-kun.
Atsumu era pasión salvaje y desmedida, desbordando por todas partes, un refresco que alguien había agitado antes de abrir y que mojaba a todos los que estaban alrededor, una carcajada incontenible desde el fondo del pecho, un beso capaz de hacer arder el mundo. Y Kiyoomi no quería mirar más tiempo el número trece en su espalda. No quería repetir los errores del pasado, los crush imposibles, los intentos de encajar piezas de distintos puzzles. Miya era un tsunami y él el dique, firme, gris, constante y esperando siempre en la playa. Podían chocar, tocarse, pero si Atsumu golpeaba fuerte, sabía que acabaría rompiéndose. No quería eso. Ya había tenido bastante drama sentimental. La visión de Atsumu susurrando a Hinata bajo la toalla le recordó que uno no debe acercar la mano al fuego si no quiere quemarse.
Todo esto pensaba, razonando que quizás debería volver al bar de las citas y probar suerte nuevemente, cuando Atsumu le empujó dentro del baño de los vestuarios mientras todos estaban ya en las duchas, cerrando la puerta tras de sí. Cuando la espalda de Kiyoomi chocó contra las baldosas frías del cubículo, supo que era demasiado tarde. Atsumu ardía, y él estaba a punto de entrar en combustión por el calor residual de sus ojos castaños mirándole como si hubiese marcado el punto final de un partido ganador.
—Qué quieres —dijo, elevando un poco la barbilla, manteniéndose digno. Le gustaba mirar así a Miya, desde arriba, aprovechando la ventaja de la altura. Atsumu se acercó, sudoroso y con el pelo desordenado, la sonrisa burlona y los párpados caídos, sus manos cálidas en los costados de la camiseta.
—Todo.
Kiyoomi tragó saliva y esperó que no se notase su nerviosismo. Atsumu ya estaba en su espacio, invadiéndolo sin permiso, apretándole contra la pared pese a ser más bajo. Sintió su pecho contra el de él, sus abdominales, los huesos de sus caderas, su olor. Sudor y desodorante deportivo. Wakatoshi-kun nunca olía a sudor, no tenía un solo vello en el cuerpo, y de pronto Sakusa se encontró deseando que Atsumu tuviese el pelo que le faltaba a su ex, quería bajarle los pantalones y comprobar lo que había podido intuir tantas veces en las duchas.
—Espero que sepas cómo ganártelo —dijo, sin saber siquiera qué estaba pidiendo. Deberían estar dialogando como adultos racionales, hablando de cosas importantes. De los días que llevaban sin hablarse. De la forma en que Atsumu huyó de su cita-de-mierda para ir a llorar otra vez la ruptura con Hinata. De la manera en que él y el propio Hinata habían estado susurrando bajo la toalla, íntimos, a la distancia de un beso. Podían hacer todo eso, pero Kiyoomi estaba duro y tenía la noche valiente, y quería que Atsumu gimiera su nombre, que lo llorase, que suplicase.
Agarró la pechera de su camiseta, el número trece arrugándose entre sus dedos, y tiró hacia sí. Atsumu se acercó abriendo la boca, anticipándose a un beso que nunca llegó. Kiyoomi echó la cabeza hacia atrás en el último momento, rehuyéndolo. Su gesto se ganó una sonrisa de medio lado.
—Qué quieres, Omi —susurró, intentando de nuevo acercarse. Era fuerte, y Kiyoomi no tenía donde huir, con la pared contra la espalda. Le mantuvo a una distancia de una mano, y Atsumu no presionó con más fuerza.
Todo, habría querido contestar, un reflejo del deseo que veía en sus ojos.
Kiyoomi enredó los dedos en el cabello liso y sudado de Atsumu y le empujó hacia abajo con fuerza, despacio, obligándole a arrodillarse. Atsumu no protestó, y descubrió que eso le gustaba. Un Miya fácil bajo su toque, músculos y poder completamente a su servicio. Kiyoomi contuvo un jadeo mientras las manos de Atsumu bailaban por la cinturilla de su short deportivo, bajándolo junto a los calzoncillos, sin preámbulos. Sintió su beso en la cara interior del muslo y se obligó a no gemir. Acarició el cabello castaño, dándole un pequeño tirón para que le mirase.
—Estoy sudado —dijo, con el corazón en la garganta. Quizás era un poco antierótico soltar eso, pero era verdad y él ni borracho habría tocado la polla de nadie después de un partido. Atsumu le lanzó la mirada más perversa que había visto nunca, mientras sacaba la lengua y, suave, le lamía el hueso de la cadera, sin apartar la vista.
Es un demonio.
—Me gusta. Ya sabes, soy un salvaje en celo.
Kiyoomi no pudo reprimir una sonrisa y, apretando el agarre en la cabeza de ese idiota, le dirigió entre sus piernas, y Atsumu fue, sin rechistar. Así, calladito y con los ojos cerrados, parecía otro. Una versión suave, quizás la que encandilaba a todos los tíos que pasaban por su cama. Kiyoomi descubrió que aunque esa estaba bien, quería conocer las demás, las más sucias y desinhibidas. Me he vuelto loco, pensó. Apoyó la cabeza contra la pared y miró el techo, preguntándose qué coño estaba haciendo, con las voces de sus compañeros duchándose a unos metros, pero la lengua de Atsumu hacía que la respuesta le importase una auténtica mierda.
Joder, era muy bueno en eso. Controlaba el ritmo, la profundidad, la fuerza del agarre. Tenía sus dedos en la cadera, manteniéndole contra la pared, mientras con la otra mano acariciaba su perineo. Podría haberse corrido en treinta segundos, y si no lo había hecho no era por su propio aguante, sino porque Miya lo estaba alargando. Kiyoomi tardó dos minutos en perder toda compostura y abrazar con la pierna su espalda clavándole el talón de las zapatillas en los riñones, queriendo más, sintiendo su sonrisa contra la pelvis antes de volver a sumergirse, húmedo y lento, obligándole a morderse la mano para mantener un silencio imposible. Entonces, sin más, aumentó el ritmo, moviendo la mano izquierda hasta su culo y agarrándolo con fuerza, su boca más apretada, su lengua cálida, a Kiyoomi siempre le había gustado esa maldita lengua que siempre se mordía cuando estaba concentrado, y ahora estaba ahí, entre sus piernas, y no podía aguantar y...
—¿Atsumu?
La voz suave de Hinata al otro lado de la puerta hizo que Miya se detuviese de pronto y apartase la boca, apoyando la cara contra su ingle, intentando contener su respiración ahogada.
Kiyoomi se llevó una mano a la cara, pidiéndole a todos los dioses que se fuese, que se largase en ese momento.
Volvió a golpear la puerta, dos toques suaves.
—¿Atsumu, estás ahí, verdad? Me dijo Bokuto que estabas aquí.
Atsumu cogió aire contra el hueso de su cadera, despacio, todavía agarrado a él.
—Sí —contestó.
Me cago en mi vida.
