Advertencia: este capítulo tiene contenido adulto. /Fin del momento madre


Capítulo 5

Atsumu y Kiyoomi


Atsumu cogió aire sobre la piel de Omi y se levantó sin mirarle, apoyándose en sus caderas.

—Yo... —empezó Shoyo al otro lado de la puerta, manteniendo un tono de voz bajo—. Quería decirte que gracias por lo de antes, odio perder y... Tú me conoces, y bueno... Estoy pensando en mudarme definitivamente a un apartamento, y sólo quiero que sepas que no vas a encontrarte más a Kageyama-kun en la residencia, y me gustaría que pudiésemos ser amigos algún día, si quieres, cuando quieras, y si no quieres pues al menos que no me odies y...

—No te odio —murmuró Atsumu, alejándose de Omi y apoyándose a su lado, en la pared, con los ojos clavados en la puerta—. Y no tienes que irte de la residencia.

—Pero no pasa nada, de verdad —siguió Shoyo—. He encontrado un apartamento pequeñito cerca del gimnasio y, bueno, sabes, tiene un salón más grande para cuando vengáis a verme. Si quieres venir, claro. Estará súper limpio entonces... Yo... No quiero que sufras y...

—No estoy sufriendo —replicó. Lo había pasado mal, es verdad, pero estaba siendo rabiosamente consciente de lo infantil de su comportamiento ¿En serio iba a hacer que se mudase? ¿Otra vez? Bokuto le había dado una idea genérica del zulo de quince metros cuadrados, sin ventanas, donde Hinata estuvo viviendo los meses en que la convivencia en la residencia era imposible. Entonces la ruptura estaba reciente, ¿pero ahora?

Una parte de su mente, la más podrida, le susurraba pídele que Kageyama no vuelva por la residencia, eso es todo. Estaba en posición de exigir al menos eso, ¿no? No es como si no pudiesen verse en otra parte.

Claro que no, imbécil, susurraba la voz racional de su cerebro, que se parecía sospechosamente a la de Samu. No tienes ningún derecho, eres un descerebrado, dile que lo sientes, que sientes haberle chantajeado emocionalmente y deja de joder.

—Lo siento, Tsumu, de verdad que lo siento y me gustaría poder hacer algo para ayudarte, creo que es mi obligación...

—Tú no tienes ninguna obligación hacia mí —respondió. El cuerpo se le había enfriado, pero sentía la presencia de Sakusa a su lado, hombro con hombro. No le podía mirar. ¿Estaba enfadado, incómodo? ¿Había destruído cualquier posibilidad de volver a acariciar sus rizos?

—Sabes, aunque no estemos juntos yo sigo queriéndote mucho y creo que tengo algo así como... ¿responsabilidad afectiva? —dijo Shoyo. Atsumu se tapó la cara con una mano—. Has estado a mi lado en momentos difíciles, y sé que crees que cuando nosotros...

—Shoyo —le interrumpió—. No estoy enfadado, de verdad. Todo eso es pasado, voy a pasar página. No tienes que hacer nada, no tienes que irte.

—De verdad que no me importa, he encontrado un sitio y...

Atsumu iba a decir algo cuando sintió a Omi moverse a su lado hasta la puerta. Se había subido los pantalones y tenía el gesto serio. Debía llevar una mascarilla en el bolsillo, porque ahora tenía la boca y la nariz cubiertas por la tela. Abrió la puerta y allí estaba Shoyo, vestido, con el pelo mojado. Se miraron durante unos segundos sin decir nada.

—O-omi-san... Huh... Sakusa-senpai...

—No me llames senpai —le cortó Sakusa—. Hinata, déjame pasar.

Ah, yo, eh —Shoyo parecía al borde de la implosión, inmóvil, ocupando la salida. Atsumu asumió la responsabilidad. Dio un paso adelante y se puso al lado de Omi, abriendo la puerta completamente y poniendo una mano en el hombro de Shoyo, moviéndole suavemente hacia un lado. Efectivamente, estaba tan sonrojado que podría haber frito un huevo en su cara—. ¡Atsumu! No sabía que estabas... acompañado...

—Bueno —dijo Atsumu, soltándole y cogiendo la mano de Sakusa sin pensar en sus acciones—. ¿Ves? Estoy bien, no tienes que preocuparte.

Cogió su mano. Su puta mano. Sin lavarse antes, sin desinfectar sus dedos, sin guantes.

Pero qué haces, pedazo de lerdo, rugía la voz de la Samu en su interior.

—¡AH! ¡Oh! No sabía que vosotros... Huh, me alegro mucho, es decir, hacéis... ¿Buena pareja?

Omi intentaba soltarse de la mano de Atsumu. Le apretó con más fuerza. Esta era una huida hacia delante, o saltaba o se caía con todo el edificio. En cualquier caso todo apuntaba a que se estamparía contra el suelo.

¿Hay alguien más idiota que yo en todo el sistema solar?
Tranquilo, piensa en Tobio. Seguro que Tobio lo habría hecho peor.

—¡De verdad es una súper noticia! —La cara de Shoyo era otra. Había desaparecido el semblante triste y estaba otra vez en ese modo felicidad permanente, como esos Papá Noel de peluche que si les tocas la panza, cantan un villancico—. ¡Omi-san, me alegro de que le des una oportunidad, Tsumu es genial!

Sakusa seguía luchando por soltarle la mano, y Atsumu estaba seguro de la inminencia de su muerte. Esperaba que fuese rápido, que le aplastase la cabeza a ser posible entre sus muslos.

—Sí. Bueno, es... Es algo pronto, pero tío, es el jodido Sakusa, ¿no tengo mucha suerte?

Qué coño estoy diciendo.

—Disculpa —dijo Omi, cerrando la puerta en la cara de Shoyo, echando el pestillo y sujetando a Atsumu por la camiseta, le arrastró otra vez contra la pared. ¿Desde cuándo este tío tenía esa fuerza? Se acercó a él, sin bajarse la mascarilla, con las cejas apretadas y un brillo asesino en la mirada —. ¿Eres imbécil?

Atsumu se estaba poniendo muy cachondo.

Huh... ¿Mejor me voy? O queréis que os espere porque... —decía Shoyo desde fuera. Sakusa giró la cara hacia la puerta cerrada y habló con voz grave.

—Hinata, desaparece.

Bien. Casi pudo sentir las pisadas de Shoyo huyendo de los vestuarios. Atsumu supo entonces que iba a morir, tal vez su hermano pudiese leer su llamada de auxilio telepática y venir en su ayuda. Tragó saliva. Sakusa se giró hacia donde estaba y clavó sus ojos en los de él. Completamente negros, con un destello grisáceo cerca del iris. Atsumu nunca se intimidaba, pero ahora... Ahora era distinto. Omi apretó los dedos en el agarre de su camiseta y tiró hacia arriba, empujándole más fuerte contra la pared, acercándose. La mascarilla era azul, quirúrgica, y se movía suavemente bajo el ritmo de su respiración. Atsumu quería cerrar los ojos, pero se mantuvo firme.

—Omi —El corazón de Atsumu inició un solo de batería. Era por la situación, seguro. La presión, el estrés de la derrota. No tenía nada que ver con la cercanía de Omi, con sus dedos apretados en la pechera de su camiseta, con los lunares sobre su ceja, con su olor a gel hidroalcohólico y desinfectante de limón—. Oye, siento que Shoyo haya aparecido, no podía hacer otra cosa, ¿qué querías, que siguiese como si nada?

Sakusa no contestó, pero le sostuvo la mirada. Joder, ¿Estaba poseído? Sus caídas de párpados habituales no funcionaban con él, estaba inmunizado a todos sus encantos. Dejó que le apretase un poco más contra la pared y después sintió su mano en el cuello, sus dedos en la nuca y su pulgar sobre la garganta, recorriendo despacio su tráquea, centímetro a centímetro, deteniéndose en su nuez y siguiendo hacia abajo. Su respiración se aceleró. Los movimientos de sus dedos eran lentos, y volvió a detenerse entre las clavículas, regresando hacia arriba igual de despacio.

Este tío va a matarme en los vestuarios.
Tengo que luchar por mi vida.

Sakusa suavizó el ceño y apretó un poco la mano, arrancándole un jadeo, mientras se acercaba hasta quedar a medio palmo de sus labios. La tela de la mascarilla le rozó la nariz.

Bueno. Puedo luchar por mi vida dentro de un par de minutos.

—He conocido a muchos idiotas, pero ninguno de tu categoría —dijo, hablando en un susurro. Atsumu estaba de acuerdo, no iba a negar la evidencia a esas alturas de su vida, pero tenía toda la sangre concentrada en un mismo lugar y esa era una barrera a su ingenio.

—Es parte de mi encanto, Omi —consiguió decir, el aire cortándose al hablar. Sakusa ladeó un poco la cabeza, tan cerca. Si no llevase mascarilla podría sentir su aliento en los labios.

—¿Es encantador ser un idiota?

—A ti te gusta.

La mano más apretada en su garganta. Atsumu sonrió, y Sakusa presionó con el pulgar bajo su barbilla, obligándole a echar la cabeza hacia atrás.

—No sabes nada de lo que me gusta.

—Enséñamelo —susurró. La voz le salió un poco rota. Kiyoomi le destruyó con otra de esas miradas sin parpadeo, ¿cuándo había tenido esas pestañas tan largas? El cerebro de Atsumu era un puré, su sangre había dejado de transportar oxígeno para centrarse en las hormonas y a esas alturas todas las decisiones las tomaba su entrepierna—. Déjame seguir lo de... antes.

Kiyoomi apretó un poco más los dedos en su garganta, cortándole el aire, para soltarle segundos después y desplazar esa mano hasta el lateral de su mandíbula, haciéndole girar la cara. Atsumu jadeó. Por el rabillo del ojo le vio bajarse la mascarilla y sintió algo frío sobre la piel.

Sakusa Kiyoomi le estaba pasando una jodida toallita desinfectante por el cuello. No sabía si reírse o ponerse de rodillas. Restregó la toallita siguiendo el músculo hasta su hombro, y el olor a limón se extendió por todas partes. Después otra toallita, esta sin olor.
¿Dónde mierda lleva todo ese arsenal?

Omi...

—No hables.

Y Omi enterró los dientes sobre su yugular.

Atsumu cogió aire deprisa, sorprendido. Sakusa comiéndole el cuello en los vestuarios solo podía significar que iba a ser asesinado. Una vez había visto un documental donde informaban del tiempo que tarda un humano en desangrarse cuando le cortan el cuello. Una muerte rápida, en los brazos de Sakusa Kiyoomi.

Me va a sacrificar como hace mi abuela con el cordero en Año Nuevo. Joder, esto va a ser peor que la matanza de Texas.

Mordió y lamió después, tanteando y abriendo la boca sobre su piel.

—Omi, por favor, no me mates —susurró, cerrando los ojos. Kiyoomi movió la mano hacia él e hizo que la cabeza le chocase contra la pared. Atsumu ahogó un gruñido mientras sus manos viajaron hasta los brazos de ese tío, ese chacal vengativo que iba a devorarle en un baño por haberle dejado a medias, y su hermano entonces ganaría la apuesta de quién es más feliz al final de sus días, porque no se puede ser feliz si estás desangrándote asesinado en un baño colectivo.

—No me toques con las manos sucias —susurró Omi sobre su cuello, apartándole las manos con su única mano libre. Mordió otra vez en el mismo sitio, con más fuerza, y Atsumu gimió, sujetándole del pelo. Le gustaba el tacto de sus rizos enredados después del partido. No eran sedosos, más bien salvajes. A Atsumu le gustaban las cosas que no son lo que parecen, y le gustaba ese depredador asesino escondido bajo el temperamento calmado y distante de Omi-Omi. Como represalia, Sakusa bajó la mano hasta su cuello y volvió a apretar, obligándole a soltarle el pelo—. Te he dicho que no me toques.

—Vas a dejarme marca.

Omi se separó y pasó los dedos por su cuello, mirando el probable destrozo. Al menos estaba vivo, aunque su cerebro seguía en punto muerto. Ni eso le ablandó. Se acercó a su oído y sopló suave sobre el lóbulo, sin tocarlo. Atsumu apretó los párpados mientras a unos metros Bokuto anunciaba a gritos que iba a tener una noche de amor con Akaashi.

—Te lo mereces —susurró, mirándole a los ojos. Así se mantuvieron durante segundos, sin romper el contacto. Atsumu se dio cuenta de su propia respiración, rápida, inconexa, como si acabase de salir de la pista. Se pasó la lengua por los labios y no se perdió la mirada de Kiyoomi, hacia allí, devolviéndole un poco de confianza. Avanzó hacia él, desesperado por besarle, persiguiendo su boca intentando mantener la dignidad, pero Kiyoomi volvió a apartarse, se giró y avanzó hacia la puerta.

—¿A dónde vas?

—A la ducha.

—Omi, espera. Puedo... ¿invitarte a cenar? Ya sabes, para hacer las paces. Y lo que surja. ¡Pero más las paces!

Kiyoomi se giró y un mechón rizado cayó sobre uno de sus ojos, bailando sobre su ceja derecha. Atsumu se quedó sin aire, quería enredar ahí sus dedos, quería tenerle debajo, robarle toda esa chulería repentina contra el colchón de su cama. Probaría todas sus tácticas. Si tenía que levantarse a las cinco de la mañana para correr con él, correría. Incluso estaba dispuesto a ver uno de esos dramas coreanos que Omi veía a escondidas cuando creía que nadie miraba.

Atsumu sabía, porque era un colocador e incluso sin ser consciente, siempre estaba mirando. Siempre lo veía todo.

Sin responder, Kiyoomi salió del baño y se fue a las duchas. Atsumu le siguió. En el agua sólo quedaba Shoyo, con el pelo lleno de espuma, cantando en voz alta uno de esos regeatones que Omi rechazaba por ser machistas, simples y con letras de mierda. Atsumu no entendía nada de las letras y tampoco esperaba una obra cumbre de la literatura. Lo único que sabía es que el ritmo era bueno para perrear duramente a altas horas de la madrugada.

Contuvo su impulso automático de ponerse a bailar con Shoyo, porque estaban todos en pelotas, llevaba días cagándola muy duramente y seguía siendo su ex. Un ex divertido y con un gusto musical aprovechable, pero un ex. La culpabilidad aún pendía sobre la cabeza de Atsumu, y ese sentimiento de costillas demasiado apretadas si pensaba más allá de lo que debía pensar.

En cuanto ellos entraron en las duchas, Hinata se aclaró el pelo como loco.

—¡Ya me voy! ¡Lo siento!

Cuando iba a salir huyendo, todavía con restos de jabón, Sakusa le cogió del brazo.

—Hinata —dijo, serio. Atsumu ya se había puesto en la ducha del fondo y fingía no prestar atención, aunque no había estado más interesado por nada en toda su vida—. Mañana vamos a comer en la residencia —lo dijo mirando hacia Atsumu, que se volvió tan rápido que casi se parte el cuello—. Dile a Kageyama que está invitado.

—Pero...

—¡Omi!

—Está invitado —insistió, soltándole—. Miya va a cocinar.

—Omi, no estoy de acuerdo con esta puta idea de mierda que has...

—No es mi idea —le cortó, fulminándole con la mirada—. Es idea de Meian, que debe estar cansado de dramas adolescentes.

—¿Lo ha dicho él? —preguntó Shoyo, conmocionado, con un hilo de champú escurriéndosele por la cara, haciéndole cerrar un ojo—. ¿Está decepcionado con nosotros? ¿Crees que ya no le gustamos?

—Pregúntaselo tú —contestó Omi, ocupando una ducha y empezando a enjabonarse el pelo.

—Espera, espera —Atsumu le miraba desde su propio lugar, detrás de una cortina de agua que quizás le estaba impidiendo entender bien. ¿Cocinar para Tobio? ¿Qué clase de broma era esa? Shoyo se fue, huyendo, prometiendo que avisaría a Kageyama y que se disculparía formalmente con Meian-san. Atsumu gruñó por lo bajo mientras se restregaba la pastilla de jabón con brutalidad por todas partes. Frente a él, Omi, de espaldas, se enjabonaba el pelo. Los brazos levantados tensaban los músculos de su espalda y Atsumu bajó la mirada siguiendo su columna vertebral, su cintura... joder, joder. Se giró, mirando a la pared, para intentar disimular su erección. Odiaba su cuerpo, ahora tenía que estar enfadado, no cachondo, ¿por qué su pene iba por libre?—. ¿Qué clase de encerrona es esa, Omi? Sabes, no pienso cocinar para ese tío. ¡Me ha robado el premio al mejor servicio, por no hablar de... lo otro!

Cállate, cállate, no la cagues.

—¡Me refiero a que tiene... la mejor habitación! —intentó solucionarlo, pero su boca seguía hablando, mentira, imbécil, la mejor la tiene Omi, tiene un baño dentro, por Dios, un baño en el que vomitaste por todas partes como un jodido surtidor porque eres estúpido—. De verdad, no pienso cocinar para ese tío, es que ni borracho, en serio, escupiría en su plato hasta la última saliva de mi boca, una mierda se va a comer, no hay manera de que yo cocine ni un puto arroz blanco para ese...

Omi invadió su ducha, su espacio, y le mordió en la nuca, empujándole con el peso de su cuerpo contra la pared. Atsumu frenó el golpe con las manos, jadeando, y cuando se giró a mirarle, Omi le sujetó del pelo y le mantuvo en su sitio, presionando más su pecho contra su espalda, hasta que las manos de Atsumu cedieron y su propio cuerpo quedó pegado a la pared. Kiyoomi lamió su nuca, besó sus primeras vértebras con la boca abierta mientras recogía el agua de la ducha con los labios, y su mano se deslizaba por la cadera de Atsumu, tanteando su ingle. Atsumu no podía respirar, su mente racional estaba sepultada bajo un montón de pensamientos que podían resumirse en una súplica, tócame, tócame, tócame.

No estaba acostumbrado a eso. Era él quien solía hacer que otros suplicasen. Usando toda su fuerza, se giró, quedando de frente. Kiyoomi se desequilibró y Atsumu aprovechó el momento para sujetarle suavemente de las caderas y atraerle a su boca. Omi era como una pantera. Una peligrosa, silenciosa, que se movía de noche. Si pisaba una rama, si hacía el menor movimiento en falso, saldría corriendo y jamás volvería a atrapará. Pero si se arriesgaba, también corría el peligro de ser devorado. Atsumu sabía que con la suficiente técnica, hasta las panteras negras salvajes pueden ser cazadas.

Le besó, suave, dulce, sin usar la lengua. No le había dado tiempo a lavarse los dientes después del partido, aunque había estado chupando caramelos de menta. Omi tarareó y le empujó de nuevo hacia la pared, cambiando el ritmo del beso, abriéndole los labios y buscando su lengua. El agua le goteaba por el cabello rizado hasta la nariz, y Atsumu volvió a enredar los dedos en su pelo, joder, su pelo, me gusta mucho su pelo, tengo un crush con estos rizos.

Omi deslizó la mano derecha hasta la cadera de Atsumu y le acarició allí, moviéndose hacia el centro, jugando con dos dedos sobre su vello y haciéndole suspirar. Todavía se oía a Shoyo recogiendo y vistiéndose en la sala de al lado.

Shoyo, vete de una puta vez, lárgate.

—Vas a hacer lo que diga Meian —susurró Omi en su boca. Atsumu le acercó, sujetándole de la espalda baja y volvieron a besarse. El agua caliente no ayudaba en mantener las cosas tranquilas, y Atsumu se involucró en una lucha por intentar dominar lo que pasaba en el espacio unido de sus bocas. Omi sonrió, una sonrisa suave y real, para él, y vale, creo que me estoy muriendo.

—Omi —suspiró, cogiéndole de la mano cuando intentó volver a su ducha. Él le miró con una ceja levantada—. ¿Vamos juntos a cenar? Hoy, es decir, ahora. Conozco un sitio que te va a encantar, está súper desinfectado, de verdad, es...

—La última vez que me llevaste a un sitio fue un museo donde ibas con tu ex.

Vale, golpe bajo. Kiyoomi se libró de su mano, se enredó en una toalla, fue hasta las taquillas y sacó su ropa. Atsumu le siguió. Tenía lunares por todas partes, en serio, por todas. Cogió el cepillo de dientes, peine y fijador de rizos y fue a los espejos.

—Ya, bueno. Eso fue el calentamiento. Sal conmigo, una cita de verdad.

Omi se tomó su tiempo lavándose los dientes. Atsumu estaba a su lado, haciendo todo lo que él hacía. Así que también se lavó los dientes, pero esforzándose en hacerlo más largo que sus treinta segundos habituales, tenía que fingir una higiene dental extrema si quería tener opciones.

—No voy a salir contigo —dijo Omi al final, después de enjuagarse la boca. Las gotas de agua caían de sus rizos por sus hombros, escurriéndose por los pectorales. Atsumu se miró a sí mismo en el espejo. Tenía los ojos vidriosos, estaba sonrojado, y lo peor: había un morado del tamaño de un yen extendiéndose por su cuello. Se llevó los dedos ahí, y abrió la boca para protestar, pero se cruzó con la mirada de Kiyoomi a través del espejo.

Joder.

Las ideas morían más allá de donde la toalla se levantaba, pero aún había un par de neuronas de emergencia que le permitían mantenerse de pie, respirar y luchar por no cagarla. Sakusa se peinó, distribuyendo gel fijador con los dedos. Atsumu se fijó en sus dedos embadurnados y tuvo pensamientos absolutamente depravados.

—Omi, venga—. Fueron hasta la zona de vestuario y empezaron a vestirse. Atsumu no lograba mantenerse en silencio—. Esta cita será genial, lo juro. Dime qué te gusta. ¿Cómo lo hacías con tus otras citas? En plan ¿Cenar y pasear? ¿Quieres ir al cine? Hay una película de un meteorito que destroza el Sol y entonces en la Tierra hay que sobrevivir sin...

—Eso es acientífico. No subsistiría la vida sin el Sol. Y además, ¿sabes la masa que tiene? ¿Su poder de atracción gravitacional? ¿El calor de su superficie?

Atsumu no tenía ni puta idea, pero quería acostarse con ese tío.

—Omi-Omi, ¿sabes qué es más caliente que el Sol?

—Dios, cállate.

—Podemos hablar también de la masa, tiene unas buenas proporciones...

Miya.

—Pero mira, también ponen esa película de intercambio de cuerpos entre una chica de pueblo y un tío de Tokio. ¿Te imaginas que te despertases en mi cuerpo? ¿Qué harías?

—Pedir la eutanasia.

—¿Pero y antes? —intentó, con su mejor mirada seductora—. Porque yo si me despertase en tu cuerpo estaría todo el día haciéndome...

Kiyoomi, ya vestido, le acorraló contra las taquillas, empujándole con fuerza. Atsumu iba más lento, y solo estaba vestido de cintura para abajo. Todavía tenía la frase en la punta de la lengua cuando Omi se la arrancó, lamiéndole desde los labios hasta el paladar, un beso profundo con los ojos cerrados.

—Cállate, Miya. Cállate de una jodida vez, ¿es que no sabes estar en silencio? Vamos directos a la cama. Es lo que teníamos que haber hecho desde el primer momento.

—Joder, sí.

—Hay quince minutos en coche a la residencia. ¿Crees que te dará tiempo a hacer algo mal?

Obviamente, era posible.

—¿Quieres hacerlo en la residencia? —preguntó, todavía cerca. Omi le miraba a los ojos, como si estuviese examinando un extraño especímen.

—No.

Se separó y cogió su bolsa.

—¿Entonces por qué quieres ir con los demás hasta allí?

—Porque no me gusta airear mi vida privada.

Atsumu se emocionó con la anticipación.

—Vas a flipar, Omi —susurró, cogiéndole de la mano—. Te voy a follar como no te ha follado nadie.

No contestó. Era un silencio de asentimiento, seguro, Atsumu lo había visto en otros tíos. Algunos hablaban sin parar para ocultar su nerviosismo, otros se ponían a soltar estupideces sobre lo buenos que eran en la cama. Algunos empezaban a derrumbarse en el camino, mientras él conducía en silencio, disfrutando de la tensión que empezaba a construírse. Los peores eran los presumidos, los que pensaban que podían manejarle. Atsumu tenía un ritual para ellos, uno que consistía en dejarlos tan hechos polvo que la prepotencia se escurriese en sus ojos, de su boca, olvidándose de la palabrería y reducidos únicamente a su nombre propio.

El resto de los chacales estaban en la furgoneta desde hacía un rato. Le tocaba conducir a Shoyo, y Omi se sentó de copiloto, empezando una charla intrascendente sobre grupos de música brasileña. Atsumu se vio atrapado entre Meian e Inunaki, y se alegró de que Bokuto estuviese en la fila trasera, mensajeándose desesperadamente con su novio.

Empezó a pensar en lo que venía a continuación. ¿A dónde le llevaría? ¿Había pensado algo? Atsumu no conocía hoteles en la zona, sabía que había un hotel del amor a unos veinte minutos porque Bokuto iba algunas veces, pero él siempre pasaba de esos rollos. Si vivía en la residencia, pues follaba en la residencia, era un asunto tan natural como comer o cagar, no tenía por qué esconderse. No le daba ninguna vergüenza.

¿Qué haría con Omi? No tenía ni idea de por dónde empezar. Había imaginado cosas, pero todas se quedaban cortas. Indagó en su mente, buscando respuestas. Sabía más de lo que necesitaba sobre las preferencias de alcoba de Bokuto, y podría decirse que tenía un conocimiento exhaustivo de lo que hacía romperse a Shoyo. Meian había dejado caer algún que otro dato sin demasiado interés, e Inunaki no era de los que se ahorraban detalles. Thomas y Oriver, casados, rehuían esas conversaciones. Pero Omi... Era una jodida tumba. Atsumu no tenía nada con lo que trabajar, aunque lo encontraría. Por supuesto que lo haría.

Él era colocador, y los colocadores lo ven todo, todo el tiempo. Pensó. Le gustaba besar. La mayoría de sus amantes no se paraban mucho en eso, incluso se había acostado con tíos sin intercambiar ni medio beso. A Omi sí le gustaba. Besos lentos y húmedos y manejo duro, tal vez fuese un buen desarrollo. Si era igual de flexible en la cama que en los estiramientos del gimnasio...

Joder, cuándo vamos a llegar a la maldita residencia.


Hinata había dejado la cena preparada para todos. Si ganaban, normalmente pedían comida para llevar, pero él siempre cocinaba de más el día antes por si llegaba el bajón de la derrota. Su nerviosismo por ese partido era evidente viendo la cantidad ingente de ollas llenas.

—Hice arroz con curry y un poco de carne típica de Rio.

—Otra ronda de hinaturry —rió Inanuki, frotándose las manos y pasándose la lengua por los labios.

—¡Jo, siento repetir! Pero si no queréis volver a comer lo mismo puedo intentar preparar una...

—¿Qué sería de una derrota sin una dosis de hinaturry con esas bolas extrañas de carne? —dijo Miya, remangádose mientras le ayudaba a colocar platos en la mesa común. Kiyoomi les miraba como si viese una aparición. ¿Dónde estaba el resentimiento y el drama? ¿Esos idiotas arreglaban su tragedia en cinco minutos o se había perdido algo?

—No son extrañas, sabes —murmuró Hinata, frunciendo el ceño—. Y no son... bolas. Dicho así suena fatal. Es un guiso.

Kiyoomi tenía claro que eran bolas, no había discusión. Tenían forma de bola, la geometría no era algo subjetivo.

—¡A mí me encanta el hinaturry! —exclamó Bokuto, abriendo la puerta. Se había vestido tan rápido que llevaba la camisa del revés, pero cuando Hinata intentó avisarle, Inunaki le tapó la boca—. ¡Siento perdérmelo, pero Akaashi ha comprado unos condones especiales con los que no te corres nunca!

—Demasiada información —dijo Meian, tapándose la cara con las manos.

—¿Qué gracia tiene si no te corres nunca? —preguntó Inunaki. Hinata huyó extremadamente sonrojado a buscar otra olla de bolas con arroz.

—Omi-Omi, te he reservado un sitio a mi lado —dijo Miya, palmeando la silla junto a él. Kiyoomi se sentó, se quitó la mascarilla y la guardó religiosamente doblada en dos trozos. Era de varios usos, pero la tiraría en cuanto acabase esa cena improvisada de virus compartidos. Sintió la mirada de Miya taladrándole.

—Deja de mirarme —murmuró, colocando los palillos.

—¿Quieres una cerveza?

Kiyoomi enfrentó sus ojos. Fieros, brillantes.

—Agua. Para ti también —dijo, abriendo una botella de agua de cristal y sirviéndoles a ambos. Necesitaba mantenerse sobrio.

En verdad Kiyoomi estaba un poco asustado con el desarrollo de los acontecimientos. El partido había sido una mierda. No perdieron por mucho, pero perdieron, y precisamente contra Wakatoshi-kun, la última persona contra la que desearía perder en algo, teniendo en cuenta la forma en que terminó todo con él. Amigable, educada, caballerosa, porque el jodido Wakatoshi no podía ser un capullo ni para abandonarte, tenía que sacar su puto pañuelo de seda para secarte las lágrimas. Seda china, de verdad, ¿por qué nadie habla del terrorismo emocional?

Fue tan fácil dejar fluir el enfado, la derrota, la visión de Atsumu volviendo a cagarla, el recuerdo de las baldosas sucias de su baño, ese número trece que no debería mirar más que como su colocador, esa mirada que veía hasta en sueños. Todo eso le enfadaba, y no se le ocurría mejor forma de animarse que teniendo sexo. Con él. Todo muy lógico y racional, que habría dicho Motoya. ¿Qué podría salir mal?

Llevar tanto tiempo a dos velas seguro que es atenuante.

Mientras Hinata conducía, había reservado el hotel. Uno a veinte minutos en taxi, cinco estrellas, costaba una pasta, pero Kiyoomi no iba a hoteles que no tuviesen un diez en al menos tres páginas web de comparativa. El Hotel Tokio Grand Spa era lujoso, ya lo conocía. Las superficies de las zonas comunes olían a desinfectante aromático, había dispensadores de gel hidroalcohólico cada cinco metros y los espejos brillaban. Todo era minimalista, blanco y en colores crudos, las paredes estaban insonorizadas y los camareros de pisos servían la comida con guantes y mascarilla.

Todo estaba bien, salvo su confianza en sí mismo. Kiyoomi no tenía miedo de lidiar con Miya, pero sí una ligera presión por las expectativas, todo ese rollo de Sakusa inalcanzable que Miya dejaba caer a su paso no le agradaba, porque creaba un relato falso. Era completamente alcanzable, sólo que no había mucha gente que le interesase. Era difícil que alguien le gustase a ese nivel, y aunque tenía sus necesidades físicas, no encontraba a alguien a quien realmente pudiese desear. En fin, en toda su vida tuvo sexo con dos personas, Wakatoshi y un tío con pintas de macarra de los Sendai Frogs, poco después de la ruptura, aunque era mejor no contarlo porque fue un jodido desastre. Aún deseaba secretamente que ese equipo jamás ascendiese a la V-league para no tener que cruzarse con él en un partido.

—Omi —le oyó susurrar, mientras acababan el arroz. Decidió ignorarle. Meian ya se había ido a dormir, y Hinata estaba disertando otra vez sobre los ejercicios más interesantes para trabajar los deltoides. Kiyoomi siguió comiendo en silencio. Lo siguiente que sintió fueron los labios de Atsumu muy cerca de su oído—. Omi, ¿nos vamos?


El taxi les dejó en la puerta del hotel. Miya no estuvo en silencio ni un jodido minuto, era como esos muñecos a los que les das cuerda y hablan y hablan hasta el fin de los tiempos. Le contó una historia delirante sobre un hongo que crecía en el jardín de su abuela, encadenó eso con los hongos que tuvo su hermano durante la escuela secundaria y que le impidieron compartir sus zapatillas, y acabó reflexionando sobre el cambio climático y si los osos polares seguirían siendo blancos si acababan viviendo en un sitio sin nieve. Tonteó con la recepcionista, con un botones con el que se cruzaron, incluso con el matrimonio de mediana edad con el que compartieron ascensor. Lo peor es que la mujer le dio una tarjeta con su teléfono, por si quieres pasar por nuestra habitación.

—¿Vas a ir? —preguntó Kiyoomi cuando las puertas se cerraron y estuvieron solos en el pasillo. Atsumu sonrió a su lado, pasándole una mano por los hombros y susurrando en su oído.

—Solo si tú vienes.

Tch, dijo Kiyoomi. El brazo de Miya no le incomodó, y se dirigieron así hasta la habitación, caminando despacio por el ancho pasillo, pulcro, brillante. Carraspeó ligeramente mientras buscaba la tarjeta-llave de la habitación.

—¿Alguna vez lo has hecho? —preguntó de pronto, sin mirar a Miya. La puerta se deslizó a la primera con un clic suave—. Acostarte con más de una persona a la vez.

—Sí.

No añadió nada más.

La habitación que había elegido era grande. La cama, tamaño king. Tenía un buen espejo en un lateral, y todo era blanco, inmaculado. Abrió la mochila que llevaba consigo, se puso los guantes de fregar rosas, se ajustó la mascarilla y empezó a limpiar. Miya estaba en silencio, así que probablemente estaba decepcionado, pero no era algo que estuviese en su mano. No podía esperar a que se desnudase en un lugar extraño sin antes desinfectarlo, ¿no? Joder. Kiyoomi era consciente de que lo suyo no era normal. No es que viviese ajeno a la realidad, pero Miya le conocía, ¿no? Sabía cómo era, y estaba ahí a pesar de ello, entonces ¿por qué ahora estaba tan callado?

—¿Te ayudo? —preguntó de pronto, agachándose a su lado. Llevaba unos guantes de fregar y una mascarilla y Kiyoomi le miró con los ojos muy abiertos. Le vio encogerse de hombros—. Bueno, traje esto porque pensé que tú... No sabía si el sitio iba a estar lo bastante desinfectado y limpio y me pareció que, no sé...

Kiyoomi sonrió bajo la mascarilla, esperando que las arrugas en sus ojos revelasen su gesto. Por si no era suficiente, movió su cabeza suavemente junto a la de Atsumu y acarició su pelo con la sien, un roce. Quizás una disculpa mutua, una pipa de la paz. Atsumu ronroneó como un gato, cerrando los ojos contra su toque, y después empezaron a limpiar.

—Fue con Shoyo —dijo al final. A diferencia de las otras veces, no sonaba triste. Kiyoomi no sabía si debía seguir preguntando, pero había un clima de intimidad mientras frotaban las baldosas del baño del hotel que lo hacía fácil.

—No me digas que el otro era-

—Teníamos una relación abierta y pareció una idea guay. Oi, no me mires así. Puedes decir algo...

—Estoy sin palabras —dijo Kiyoomi. Atsumu rió, una risa sincera. No estaba melancólico.

—No soy posesivo, y bueno, ellos nunca se habían acostado, así que era divertido, yo iba a ser el puto jefe y hacer que flipasen, sabes. Me daba morbo, yo qué sé. Fue después del primer partido de Shoyo, aquel contra los Adlers. Primero creí que Tobio-kun no querría, y cuando quiso estuve seguro de que sería torpe e idiota y yo quedaría como... Bueno, eso.

—Así que tu objetivo era lucirte.

—Omi, no seas malvado. Era solo sexo. Shoyo dijo que era solo sexo, y el resto de la historia ya la sabes. Esto... Esto no lo sabe ni Samu. Eres la primera persona a la que se lo cuento.

Kiyoomi frotó un poco una junta entre dos azulejos ignorando la cálida sensación entre las costillas y después se puso de pie, quitándose los guantes y mirando a Atsumu desde arriba.

—No me gustan las relaciones abiertas.

—Ya —dijo Atsumu, también levantándose y quitándose los guantes—. ¿No serás uno de esos tíos posesivos...?

—La monogamia es más eficaz para el control epidemiológico.

Atsumu sonrió, levantando las cejas.

—¿Entonces yo soy una excepción?

Kiyoomi apretó los labios. Olía todo a desinfectante y eso siempre le daba fuerzas.

—Hace tiempo que no salgo con nadie.

—¿En serio? —dijo, sorprendido—. Ah, está bien, no quiero decir que esté mal ni nada, solo que me ¿sorprende?

—¿Por qué?

—Porque eras muy popular en la Universidad. Tenías como un millón de tías detrás.

—¿Tú cómo sabes eso?

—Me estuve informando cuando entraste en los MSBY —dijo, quitándose la mascarilla y tirándola a la papelera. Tenía las mejillas sonrojadas por el esfuerzo—. Internet es una fuente de sabiduría.

Kiyoomi tragó saliva, arrugando la nariz bajo la mascarilla.

—No me gustan las chicas. Soy gay.

—Bueno, es una suerte que yo no sea una chica.

Lo dijo con esa sonrisa de idiota absoluto. Kiyoomi puso los ojos en blanco y se dirigió al dormitorio.

—¿Te importa que tomemos una ducha antes? —No era una pregunta en verdad. Estaba sacando sus chanclas, toalla y productos de aseo cuando Atsumu abrió la bolsa que había traído y sacó su champú y sus cosas—. ¿Trajiste tu propio champú?

—Bueno, siempre uso el de hotel pero pensé que igual tú estabas más cómodo si todo olía como siempre.

Se encogió de hombros. Kiyoomi quería darle una patada, echarle, porque no era justo. No tenía que hacer eso, no tenía que hacer que todo fuese tan fácil. Obviamente quería que se mantuviese limpio y no protestase ante sus estándares de limpieza tanto corporal como de los espacios, pero cuando intentaba normalizar lo que no era normal Kiyoomi empezaba a preguntarse cosas.

No quería preguntarse nada. Sólo quería sexo.

Fue el primero en ducharse, y después fue Miya. Le esperó en la cama, con la ropa cómoda que había traído y el cabello, aunque seco, un poco húmedo en las puntas. Pasó la mano por el edredón, alisando una arruga. Sus manos parecían menos blancas sobre las sábanas inmaculadas. Oía el sonido del agua cayendo, y a Miya tarareando alguna de esas músicas horribles...

Ni siquiera supo qué estaba haciendo cuando se vio a sí mismo quitándose otra vez la ropa y entrando en el baño sin llamar.

—¿Omi? —preguntó Atsumu tras la mampara empañada. La movió, abriéndola. Había humo por todas partes, y tenía el pelo lleno de jabón—. ¿Estás bien?

No. No lo estaba. Un me gustas y no quiero que me gustes se precipitó y consiguió atraparlo en el último momento, al tiempo que cogía a Atsumu de la nuca, sintiendo el champú entre los dedos, y se encontraba con su boca abierta, húmeda, una sonrisa convertida en un beso hambriento. Movió la mampara y entró con él en la ducha. El agua caía con fuerza, ahogándoles mientras se besaban. Atsumu le empujó hacia un lado antes de volver a atrapar su boca. Allí el agua rebotaba contra su espalda y sobre las manos de Kiyoomi, que acariciaban sus omóplatos. Le gustaba la espalda de Miya. Le gustaba vestido, con el número trece orgulloso y confiado, y también desnudo, músculos y piel suave al tacto.

Atsumu enredaba una mano en su pelo y con la otra acariciaba su clavícula, su hombro, bajaba hasta su bíceps y se detenía en el antebrazo. Estuvieron mucho tiempo bajo el agua caliente, en una exhibición horrible de falta de cuidado por el medioambiente, pero la forma en que la lengua de Atsumu se encontraba con la suya era adictiva. No había otra cosa que el momento, la forma de acercarse, alejarse, su sonrisa, su olor, sus dedos tocando sin traspasar barreras invisibles. Y entonces, una mano en su cadera.

—Quiero acabar lo que empecé antes —susurró Atsumu en sus labios. Kiyoomi asintió, cambiaron posiciones para que el agua de la ducha superior no cayese directamente sobre Miya, que ya estaba de rodillas, repartiendo besos. Kiyoomi tocó su pelo, y Atsumu condujo su mano para que le sujetase con más fuerza.

Kiyoomi entró en cortocircuito. No quería dejar de mirar, pero si cerraba los ojos las sensaciones eran más fuertes. La lengua de Atsumu era hábil, estaba en todas partes, Kiyoomi se mordió el dorso de la mano mientras asumía que no iba a aguantar una mierda. Dios, pensó, mientras los dedos de Atsumu se clavaban en su cadera, forzando un ritmo más rápido, no puedo durar un minuto, pero ese tío se estaba esforzando como si le fuesen a dar un premio. Estaba cerca, estaba cerca, estaba...

—Tsu... Mu-mu... —jadeó, tirándole del pelo hacia afuera. Miya lamió una vez más antes de separarse, dejándole en el borde y tambaleándose. La mirada que le dio fue de absoluta malicia.

—¿Si te doy lo que quieres me llamarás otra vez así? Mu-mu... Me gusta eso —dijo, lamiéndose los labios. Kiyoomi se sonrojó, entre la frustración y el enfado, y presionó su hombro hacia abajo, desequilibrándole y haciendo que quedase sentado en el plato de la ducha. No pasaba nada, lo había lavado antes. Detrás fue él, se arrodilló frente a Atsumu y atrapó su boca en un beso salvaje, obligándole a hacer fuerza con los antebrazos para no caer tumbado por su peso. Después siguió por su garganta y su pecho, lamiendo hacia abajo, alcanzando el ombligo y... —Espera, Omi.

—Qué.

—Tus... rodillas —jadeó Atsumu, mirándole con la cara empapada por el agua que caía de arriba. Se puso en pie, tirando de un Kiyoomi muy confundido hacia arriba, hasta que ambos estuvieron de pie—. Mis rematadores no se arrodillan. Necesitas tus rodillas para volar.

No pudo evitar imaginar que ese era un discurso que ya había dicho antes a otro rematador. No importa. Estamos aquí para tener sexo, nada más. Atsumu enredó una toalla alrededor de ambos y se secaron en un tiempo récord, sin dejar de besarse. Parecía que Atsumu quería marcar un ritmo más suave, pero Kiyoomi no estaba dispuesto a eso. No quería derretirse, prefería ser él quien le derritiese. Sólo era una noche, pero pretendía que mereciese la pena.

—¿Quieres ir a la cama? —susurró Atsumu, sus labios contra los de él. Respiraba deprisa. No estaba tan tranquilo como pretendía aparentar. Kiyoomi descubrió que su debilidad estaba ahí, en esos instantes de duda. Cuando Atsumu mostraba una grieta en su careta, sólo deseaba meter los dedos ahí y tirar, desnudarle, ver lo que había debajo y reclamarlo como suyo. Como asentimiento, Kiyoomi tiró de él hacia la cama y Atsumu le empujó, poniéndose encima, besándole con una sonrisa de suficiencia. Kiyoomi no abrió la boca, facilitándole solo sus labios. Idiota presumido, se dijo, esforzándose por contenerse. Atsumu besaba de la forma en la que le gustaba, y sabía que ese era un problema. Casi estaba deseando que el polvo fuese un desastre, porque no podía permitirse que le gustasen las dos cosas más importantes que buscaba en un tío. Dirigió la corriente de besos suaves hasta una más desordenada y bruta, acarreando a un Atsumu que parecía pasárselo demasiado bien con los premilinares.

Te voy a quitar esa sonrisa pretenciosa.
Voy a partir en dos hasta tu nombre.

No había muchos objeto en ese dormitorio, sobrio, minimalista, como el propio de Kiyoomi. Todo el mundo sabe que bajo las estanterías habitan civilizaciones completas de micropatógenos, incluso portadores de enfermedades de otros tiempos. Las luces estaban apagadas, pero Atsumu extendió el brazo hasta los interruptores del cabecero y las escendió. Todas.

¿Pero qué quiere, hacerlo bajo un puto foco?

Kiyoomi apagó todas salvo una lamparita sutil. Le gustaba la luz, el brillo anaranjado sobre los ojos castaños, las sombras de sus clavículas, de los huesos de sus caderas. Atsumu se sostuvo sobre los antebrazos, le lamió la barbilla con la boca abierta, burlón y capullo.

—¿Te gusta con las luces apagadas? —susurró. Era una pregunta malvada, pero su tono no era de risa.

—No estoy en un quirófano.

Atsumu rió y enredó los dedos de ambas manos en su pelo. Le encantaba ese gesto, la naturalidad con la que lo hacía, como si fuese algo de toda su vida. Le volvía loco, y eso era algo que Miya no necesitaba saber. Sintió su rodilla entre las suyas, casi una duda. Kiyoomi abrió más las piernas y Atsumu acomodó un muslo entre ellas. Presionó un beso más profundo, su mano izquierda le acarició los mechones de la nuca y bajó hasta las primeras vértebras. Estaban desnudos, y Kiyoomi jadeó al sentir el roce cuando él se movió, sin romper el beso. Deslizó los labios por su mandíbula hasta su oreja y enredó su mano libre con la de Kiyoomi, acariciando la palma.

Si le dejo que lleve el control, será él el que parta en dos mi nombre.

—Sabes —susurró Atsumu, el sonido en su oído le hizo contener un jadeo—. Me flipan tus manos.

—Miya, no me...

—Calla, Omi —Atsumu le apretó contra el colchón, besándole mientras hablaba, pasando el pulgar por sus nudillos—. Quiero que sepas que me gustan tus jodidas manos.

—Es evidente —dijo, serio, mirándole a los ojos, tan cerca que costaba enfocarle. Atsumu parpadeó, confundido.

—¿El qué es evidente?

—Mis manos —dijo, levantándolas entre ellos, sosteniéndole la mirada— dan sentido a tu trabajo.

El gesto de Atsumu cambió de golpe, y Kiyoomi tuvo que esforzarse por contener una sonrisa malvada. Él también podía pinchar si le apetecía, incluso estando como estaba.

—Kiyoomi —dijo Atsumu y oír su nombre sin diminutivos, susurrando en la comisura de la boca le hizo jadear—. Tú vuelas para mí.

Y una mierda.

Hizo fuerza con el antebrazo sobre la cama, sujetó a Atsumu de la cadera y giró con él, dejándole debajo, tan sorprendido que todo su gesto se había suavizado. Quería más de eso. Quería aprender a desarmarle, limarle, arrancar las malas hierbas y quedarse con los frutos. Se movió contra él y Atsumu elevó las caderas para completar el roce. Kiyoomi cargó sobre él todo su peso, y bajó la mano derecha hasta su pelvis.

—Eres tú el que colocas para mí. Cuando salto tú me sirves la pelota —susurró, bajando hasta su garganta con besos húmedos, mientras su otra mano daba un tirón al vello oscuro entre sus piernas, haciéndole jadear.

—Eso no es...

—Cállate.

—Cállate tú —gruñó Atsumu, sonriendo mientras le agarraba del pelo sin delicadeza y tiraba hacia atrás, obligándole a alejarse de su garganta y a mirarle, pese a estar sobre él—. Sé los pases que te gustan. Sé cómo hacer que sonrías como un idiota cada vez que tocas la pelota. Sé usar estas como me da la gana —sujetó su mano, dirigiéndola hacia abajo. Kiyoomi resopló, envolviendo los dedos alrededor y arrancándole un suspiro.

—¿No te enseñaron los fundamentos del vóley en tu cutre colegio de pueblo? —preguntó en un susurro, manteniéndole la mirada. Miya se mordió la lengua mientras tiraba un poco más de su pelo hacia atrás, enredando los dedos en los rizos oscuros, con los ojos brillantes. Era un puto salvaje, una bestia, pero Kiyoomi iba a domarlo.

—Mi colegio era el más caro de la prefectura —susurró, mordiéndole—. Al menos nuestra equipación de vóley no parecía de aparcacoches adicto al crack.

Kiyoomi le arrancó un beso bruto, descuidado, pero no borró su sonrisa pretenciosa.

—No viste un edificio de más de tres plantas hasta los nacionales —dijo—. ¿Dónde lo hacíais, en un pajar?

Ah, chico de Tokio —susurró, lamendo su oreja—. Hay un embarcadero cerca de casa... Cuando vengas a Kobe voy a hacértelo allí, encima de la madera.

—¿Crees que voy a querer repetir?

Uh, seguro —susurró Atsumu—. Vas a suplicar por más.

Kiyoomi usó su mano izquierda para ponerla en su cuello, apretando, echándole la cabeza hacia atrás.

Y empezaron a luchar.

Omi estaba encima cuando comenzó, pero Atsumu pronto le derribó, enredando las piernas desnudas alrededor de su cintura, una exhibición de fuerza que hizo a Sakusa jadear. Rodaron por la cama, y los intentos de Atsumu de inmovilizarle eran inútiles, porque Kiyoomi también era fuerte. Había empujones, tirones de pelo, y por el medio, marcando el ritmo, un beso largo, desordenado, lengua y gemidos y palabras que eran más bien estúpidos conceptos de vóley para demostrarse mutuamente si un colocador era más o menos dominante que un rematado. Atsumu estaba encima, pero Sakusa le hizo rodar hasta el borde de la cama. Se sentó sobre él, sintiendo las palmas de sus manos, abiertas, grandes, sobre su espalda, dirigiendo el roce. La habitación estaba cargada, había sudor en su piel, y Atsumu pensaba en las bacterias que podían preocupar a Kiyoomi, pero ahí estaba el toque de las yemas de sus dedos sobre su columna, suave dentro de la lucha, la forma en que tras cada pequeña victoria le besaba despacio, saboreando. Abrió la boca, grande, Omi-Omi, esta noche todo es para ti.

Atsumu lo tomó todo, se sentó con Kiyoomi sobre él y le abrazó, besándole más, y todavía más, no había besado tanto a nadie en tan poco tiempo en toda su vida.

—¿Cómo quieres hacerlo? —susurró, admirando un mechón de cabello entre sus dedos.

—Quiero enseñarte —contestó Omi. Atsumu se apartó lo suficiente para darle una mirada curiosa, levantando una ceja. Estaba despeinado, los rizos oscuros hechos un caos, sonrojado, sudado. Esa versión era jodidamente encantadora. Necesitaba hacer algo, convertir el óleo en un borrón, pasar los dedos por todas partes hasta hacer de él un desastre.

—¿Enseñarme?

—Enseñarte —repitió, poniendo una mano sobre su pecho y obligándole a tumbarse— cómo lo hace un chico de Tokio.

Atsumu se mordió la punta de la lengua, reprimiendo un jadeo. No era así como había imaginado que lo harían, pero joder, quién puede negarse a esta puta fantasía.

—Soy todo tuyo. Puedes empezar la lección, senpai —dijo, pretencioso. Kiyoomi se sonrojó y se puso de pie.

—Levántate. Contra la pared.

Lo dijo en un susurro, y Atsumu fue, en silencio, obediente. Notó a Kiyoomi tras él, empujando con su pie los de él, obligándole a abrir más las piernas. Le dejó allí y desapareció de su vista.

—Omi-Omi, ¿dónde estás? Hay una ventana aquí. Me va a ver desnudo media ciudad.

—Estamos en un puto décimo piso. Disfruta de las vistas y cállate, Miya.

—¿Pero qué haces ahí? Me estás poniendo nervi-

Cortó en seco cuando Kiyoomi aplastó el pecho contra su espalda, su aliento en la nuca, después en la oreja, y el sonido del bote de lubricante seguido del tacto de una mano sobre su polla. Miró hacia abajo, encontrándose con un guante de látex de color negro. Vale, eso no debería darle morbo, pero se lo estaba dando. Ese tío, que parecía que no había roto un puto plato, tenía guantes de látex negro en plan castigador, y de pronto Atsumu quería que le mostraste todo, todo lo que había, todo su pasado, sus secretos, su risa amplia, una verdadera que rebotase por todas partes.

—Omi —susurró, poniendo su mano sobre la de él.

—Dime cómo —contestó Kiyoomi, casi inaudible, un roce de labios en su oreja. Atsumu miraba hacia la calle, pero la noche hacía que el cristal de la ventana los reflejase a ambos, bajo la tenue luz de la lamparita. Acarició los nudillos de Omi con el pulgar y empezó a indicarle el ritmo—. Dios...

Se movían juntos, y Atsumu veía el reflejo de Kiyoomi, sus rizos moviéndose suavemente siguiendo la cadencia de su mano, sus labios en su cuello, los ojos cerrados, suaves. Los lunares. Joder, me encanta. Me encanta él. Apuró el movimiento sobre su mano, las piezas encajaban, se acercaba deprisa, la fuerza justa de sus dedos, el látex era suave y Omi le mordió en la unión del cuello y el hombro, fuerte...

—No seas impaciente —dijo, soltando la mano de su polla. Atsumu se quejó, indignado. Intentó tocarse a sí mismo, pero Omi le agarró la mano y se la sostuvo en la espalda, lamiendo su nuca—. ¿En serio acababas así de rápido con todos esos tíos?

Atsumu se sonrojó. Joder, sus pensamientos sobre Omi le estaban traicionando y necesitaba conservar su reputación de súper-fucker. Se libró de su agarre, dándose la vuelta y enfrentándolo. Sakusa pareció sorprendido por el giro de los acontecimientos. Todavía sentía el rubor en las mejillas, pero sonrió.

—Me gusta que se corran antes de hacérselo. Veo que tu dinámica es otra. ¿Seguro que no quieres que te lleve? —lo susurró acercándose, besándole. Kiyoomi recibió el beso con hambre, apretándose contra él, y el lubricante se esparció por el abdomen de los dos, escurriendo hasta sus muslos. Kiyoomi se quitó el guante de la mano derecha y con su propia piel, le acarició la cara. Sus dedos eran rugosos en las palmas y tenían callos en las yemas, allí donde la pelota le besaba desde que era un niño. Con la otra mano, aún enguantada, acarició su cadera. Le besó suave y le miró a los ojos.

—¿Quieres correrte antes? —. Atsumu se sonrojó. Joder, estaba quedando como un idiota. El sonrojo empezó a aumentar y tener un gemelo siempre ayuda a saber la intensidad de esas cosas en tu propia cara, y sabía que ahora debía parecer ya una gamba en Nochebuena. Kiyoomi le volvió a besar, sin soltar su mejilla.

—Era... una broma de las mías —dijo, encogiéndose de hombros, sintiéndose como si tuviese dieciséis, intentando averiguar donde estaba el agujero correcto—. Házmelo como quieras, Omi.

Sakusa le dio un beso largo, todo dedicación, un reflejo de su forma de hacer las cosas. Atsumu se permitió derretirse contra él, cerrar los ojos suave y abrazarle por la cintura.

—¿Qué te gusta? —susurró Kiyoomi, terminando la pregunta en otro beso.

—¿Si te digo que tú?

Kiyoomi le sonrió de una forma distinta, mostrando un hoyuelo junto a los labios, uno que Atsumu no conocía. El corazón le brincó en el pecho. Quería verlo otra vez. Quería verlo todo el tiempo.

—En la cama.

Atsumu apretó el abrazo, quería robarle, quedarse con él, no soltarle. No podía decir todo eso. Aún ni habían follado.

—¿Es que ahora tengo que ponértelo fácil, Omi-Omi?

—Eres un idiota.

—Pero te gusto.

Sakusa repitió su tch clásico, pero no contestó. No le gusto, pensó Atsumu de pronto, conteniendo la respiración. Podría haberme dicho que sí y se ha quedado en silencio. La mano resbaladiza de Omi estaba otra vez ahí, más lubricante, más humedad y Atsumu apoyó la cabeza en su hombro, jadeando, buscando más cercanía, por qué no te gusto, quiero gustarte. Omi, quiero gustarte... Kiyoomi cambió el ritmo y Atsumu apretó la nariz contra su clavícula. Sintió su nariz sobre el pelo.

—Me gusta tu champú —susurró de pronto Omi, con los labios sobre su cabeza. Atsumu frunció el ceño, y la mano de Omi le arrancó un gemido mientras intentaba juntar las palabras—. Huele a ti.

—Joder, Omi...

—Mírame —Atsumu levantó la cabeza y Sakusa le besó con fuerza, abrazándolo con la otra mano, plana contra su espalda, equilibrándole. Qué guapo eres. Joder, tus lunares, tus ojos, tu pelo, tu hoyuelo... Kiyoomi le empujó a la cama, cayendo sobre él de forma controlada, frenando con las manos. Le gustaba tenerle encima, la forma en que se revelaban sus músculos, el trazo de sus abdominales, las sombras que la luz marcaba en cada esquina bien trabajaba de su cuerpo... Su mano no le soltaba, y el ritmo empezaba a hacer a Atsumu perder el control. Cerró los ojos y se puso el antebrazo sobre la cara, intentando mantenerse tranquilo—. Mírame, Atsumu.

Atsumu abrió los ojos, la punta de su nombre propio entre los labios de ambos, y un dedo de Omi, audaz, avanzando, jadeó, me muero, Omi redujo el ritmo de su mano y Atsumu movió las caderas, recibiendo un beso profundo de recompensa. Otro dedo se dirigió donde él lo quería, sin dudar. Kiyoomi sabía lo que hacía, y ese pensamiento fue suficiente para que todo empezase a desbordar.

—Omi, voy a...

—Vamos, Tsumu —susurró en su boca, y Atsumu sintió el tirón entre las costillas, la calidez como un tsunami, llevándose todo por delante. Se ahogó en los ojos de Kiyoomi, en su boca entreabierta recogiendo los restos de las palabras que no pudo articular. Había durado una mierda, pero no le importaba. Sonrió, cerrando los ojos, hecho un desastre y luego se dio cuenta de que Omi ya no estaba encima de él—. Espera un momento.

Lo dijo con la voz más suave que le había escuchado nunca. Atsumu volvía a derretirse, y eso no era nada sexual, acababa de correrse. Omi volvió con unas toallitas de esas para bebés y le limpió, despacio, con devoción. Atsumu se perdió en el movimiento de sus rizos, en su toque suave.

—Omi, eso ha sido increíble —dijo, fijándose en los lunares sobre su ceja. Omi le miró un momento, como si dudase—. En serio, ha sido genial.

—Todavía no hemos terminado —dijo, y Atsumu rió—. Sólo necesito que...

—Ya, no te preocupes. ¿Quieres que ayude con la limpieza?

—Prefiero que no te muevas.

Atsumu asintió, tarareando. Omi era rápido. En cinco minutos estaban limpios, otra vez besándose, esta vez el uno al lado del otro, con las piernas entrelazadas en un lío delicioso. Atsumu volvía a ponerse duro, y agarrando a Omi de la cadera, le dio un roce lento y deliberado.

—¿Quieres follarme? —preguntó. Omi reprimió un gruñido, haciéndolo sonar más grave, y se puso sobre él, acariciando con la mano enguantada su pecho, sus abdominales, su ombligo—. Vamos, Omi. Vas a morir, estás durísimo.

—Algunos podemos aguantarnos un rato —dijo, levantando una ceja. Atsumu intentó pellizcarle sobre la cadera, pero era todo músculo. Dios, este cuerpo, este tío es un jodido monumento.

No pienso suplicar —rió Atsumu, aunque no estaba demasiado convencido. Kiyoomi debía saberlo, porque cogió la botella de lubricante y los condones sin borrar la media sonrisa.

Ya —susurró, cogiendo a Atsumu de la cadera para acercarle—. Abre más las piernas.

Todo en su tono era suave. Atsumu pensó que podría cerrar los ojos y dejarse llevar, donde fuese, ¿qué importaba? Era Omi. Era su atacante, su arma, su compañero, su amigo. Donde le llevase estaría bien. Omi estaba ahí para hacerle disfrutar, no iba a romperle el corazón ni a hacer que se enamorase para después dejarle solo. Eso era bueno. Eso quería tomarlo.

—Fóllame de una vez —dijo cuando tuvo sus dedos otra vez dentro. Kiyoomi le dio una mirada valorativa, se mordió suavemente el labio y asintió. Deslizó un condón que era como... —Espera, ¿qué coño es eso?

—Un condón. Extrafuerte. Doble grosor.

—Pero no te vas a enterar de una mierda— dijo, escandalizado. Omi frunció el ceño, presionando su polla contra él, arrancándole un gemido—. Omi... Omi, quiero que tú también lo...

—¿Por qué nunca puedes... —no fue lento ni suave; entró de una sola vez, haciendo que Atsumu se apoyarse en los antebrazos, ahogando un grito— ...tener la boca cerrada?

Empezó a moverse con cuidado, antes de que Atsumu pudiese gestionarlo. No había música, pero el movimiento de Omi era una cadencia perfecta, una sinfonía peligrosamente parecida a un latido.

—Joder —gimió, y Omi empujó más fuerte, tirando de su rodilla hacia arriba, abrazando su muslo, profundizando más—. Om... Omi-joder-.

Kiyoomi se movió más rápido, sus caderas chocaron con una fuerza que le hizo rechinar los dientes, Atsumu lo sabía, siempre lo supe, este tío...

Eres un... chacal —murmuró, deslizando su mano por su mejilla, tocando el punto donde debía estar el hoyuelo. Sakusa empujó más sus piernas y Atsumu las separó, obediente, para ti, tómalo todo—. Tengo suerte de ser colocador... Verlo todo.

Tsumu, calla, joder...

—Qué bueno, joder, Omi —no podía pensar, Kiyoomi le golpeaba una vez, y otra, y otra, y otra y Atsumu sólo sentía el sudor resbalando, el olor a lubricante, el champú de Omi, sus besos caóticos por todas partes, su lengua, ahora otra vez, un beso dulce, un toque romántico, no voy a repetir, no puedo repetir, no puedo volver a acostarme con él y otra vez el fuego creciendo, todo ardía, Atsumu tiró de Sakusa hacia él y le derribó contra su cuerpo, abriendo más las piernas, quería todo su peso encima. Omi no dejó de moverse en ningún momento, más duro, no sabía si lo estaba diciendo en voz alta, dame eso, así, ahí, joder.

Atsumu estaba jadeando con fuerza. Kiyoomi le tapó la boca con la mano, los párpados apretados. Atsumu le tiró de los rizos, hundió sus dedos entre los mechones húmedos, una embestida más fuerte, no podía dejar de sonreír, y entonces Kiyoomi abrió los ojos, embistió, sonrió, embistió... Había un hoyuelo ahí, tan cerca, un beso en la mejilla y Atsumu se corría otra vez, un grito ahogado contra su boca abierta. Empezaba a ralentizar el ritmo, quizás para ir a limpiar el desastre entre ellos, pero Atsumu, pese a la niebla mental de su segundo orgasmo, lo mantuvo en su sitio, abrazándolo.

—Omi, no me jodas. Córrete, por favor, sigue hasta correrte, te juro que te limpiaré, lo limpiaré todo, limpiaré hasta que me muera, sigue por favor —consiguió decir. Omi le dio otra de esas sonrisas exclusivas capaces de arrodillar a un samurai, mientras un hilo de sudor caía desde su frente, atravesando su nariz.

Este tío me encanta.

Sabes, eso se parece bastante a suplicar —susurró, su jodida sonrisa asesina pintada en toda la cara, y empezó a moverse donde lo había dejado. Atsumu jadeó, su cuerpo demasiado sensible para hacer otra cosa que abrazar fuerte, susurrar palabras al oído y acariciar sus brazos mientras Kiyoomi se acercaba, más, su respiración se rompía, más cerca, y acababa susurrando Tsumu deshaciéndose en silencio.

El abrazo de después duró más de diez minutos. Atsumu sabía que Omi estaba despierto, porque jamás se dormiría con un condón usado y en el desastre de suciedad en el que estaban involucrados. Y precisamente por eso ese abrazo lleno de bacterias era la visión más clara de las cosas.

Joder, qué bien funcionamos juntos. No Sakusa y Miya. Atsumu y Kiyoomi. No podemos repetir esto. Tenemos que parar aquí.


Notas.

Pedazo tocho. Lo siento xD