Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.


Thank you iambeagle for giving me the chance to share your story in another language!


Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.


Capítulo 32

Mi corazón y el tiempo y todo se detienen.

Edward.

Nos quedamos mirándonos el uno al otro. Una parte de mí todavía no cree que él de verdad esté aquí. Han pasado meses. Cuatro meses y medio de estar separados. La urgencia de tocarlo es fuerte, pero no lo hago. No me puedo mover ni pensar con claridad ni respirar.

Así que lo miro.

Está empapado hasta los huesos, caen gotas de lluvia de su cabello y de su rostro con barba. Su mirada es intensa. Está temblando. Y es tan jodidamente hermoso.

—Bella. —Su voz cruje alrededor de mi nombre, y mi corazón se rompe por el sonido. Se ve exactamente como me siento: un poco roto y un poco inseguro—. Yo… carajo. Carajo, es tan bueno verte.

—De verdad eres tú —susurro porque todavía no puedo creerlo.

Abre la boca para hablar, pero no sale ninguna palabra.

Y luego:

—Lo siento muchísimo, Bell.

Cualquier vacilación que sentía hace momentos se disuelve al instante cuando lo escucho decir mi nombre otra vez. Sin pensarlo dos veces, salto hacia enfrente y le rodeo el cuello con los brazos. Lo abrazo muy fuerte, aferrándome a él. Me preocupa que desaparezca si no lo hago. Si eso vuelve a pasar, no creo poder sobrevivirlo.

La lluvia cae a nuestro alrededor, empapándonos ahora a los dos. Ni siquiera me importa que también estoy mojada. Él está temblando como si tuviera frío o miedo, así que lo abrazo con más fuerza, mi propio cuerpo se sacude conforme el alivio penetra en mí.

—No llores —me ruega en voz baja, una mano me rodea la cintura, la otra me acaricia la nuca.

—Estás aquí —digo, mi voz suena ahogada sobre su cuello, mis lágrimas se mezclan con la lluvia en su piel. Con su mentón sobre mi hombro, su cuerpo se curva sobre el mío, manteniéndonos a los dos en este abrazo.

—Estoy aquí —susurra—. No me iré a ninguna parte.

Aprieta el agarre en mi cintura y me levanta un poco para meternos a ambos. Debe cerrar la puerta con su pie porque en ningún momento me suelta.

Con mis pies otra vez sobre el suelo, cierro los ojos con fuerza y lo inhalo. Huele diferente a lo que recuerdo. También se siente un poco diferente. Tal vez más delgado. A pesar de eso, sigue siendo él, y muero de alivio y consuelo. Él está aquí ahora y todo lo que puedo hacer es abrazarlo. Todo lo que puedo hacer es memorizar su aroma y sus caricias y la sensación de su corazón latiendo bajo su camiseta.

—¿Por qué…? —sollozo, me aparto un poco para capturar de verdad su rostro. También está un poco diferente. Ahora tiene barba. Se ve cansado, y el brillo de sus ojos ya no está. Su piel está grabada con preocupación y dolor. Mis dedos pasan sobre el vello facial que esconde su afilada mandíbula—. He estado tan preocupada. He estado tan… —Se me atora la voz y tengo que recordarme que debo respirar y dejar de llorar antes de volver a hablar—. ¿Estás bien? ¿Dónde estabas?

—Es una historia muy, muy larga —murmura, me aparta un poco de cabello mojado de la cara—. Pero te la contaré si estás dispuesta a escuchar.

—Por supuesto. Quiero saber todo —digo con honestidad. Exhala la más pequeña de las risas, como si estuviera aliviado—. ¿Qué?

—Nada, es que… no estaba seguro de cómo resultaría esto —murmura—. He estado tan estresado al pensar que tú siguieras con tu vida o… carajo. No sé. Se siente jodidamente bien verte y abrazarte.

Los nervios revolotean en mi estómago.

—Yo también tengo unas cuantas cosas que contarte… —insinúo, no estoy segura de cómo comenzar con toda la conversación sobre James.

Su expresión se torna sombría, así que debe saberlo.

—Has sido emparejada con alguien, ¿no? —Las lágrimas vuelven a llenar mis ojos y asiento en confirmación silenciosa. Sus ojos se mueven detrás de mí, como si esperara que alguien llegara en cualquier momento y nos atrapara así—. ¿Debería irme? —pregunta en voz baja.

—No —exclamo, negando frenéticamente con la cabeza—. No te vayas, por favor. James y yo todavía no vivimos juntos.

—¿James?

—Él es… un amigo de la familia —explico, como si eso mejorara el hecho de que ahora estoy emparejada con él.

—El tipo de la fiesta de tu hermano —recuerda Edward, y tensa la mandíbula.

—Sí.

—Ese jodido… —No termina su pensamiento, su expresión se endurece—. Pensé que esto podría pasar. Carajo —exhala.

—Lo sé. Pero no es… —me quedo callada—. No quiero estar con él. Te extrañé —digo entre lágrimas—. Todos los días.

Acuna mi cara, su mirada endurecida se vuelve tan jodidamente tierna cuando me mira.

—Yo también pensé en ti todos los días. Por favor, créeme eso. Llegué aquí lo más pronto que pude.

Mi corazón martillea y de repente comprendo lo solos que estamos realmente. No hay Esme. Ni Lauren ni Jasper que podrían aparecer en cualquier momento. Solo somos nosotros. De pronto mis nervios se salen de control y me doy cuenta de que estoy temblando. No es lo suficiente para que él lo note, pero sí lo suficiente para que mis huesos sientan que están vibrando.

Hago ademán de retroceder un poco, pero sus manos no me dejan ir muy lejos. Su desesperación por mantenerse cerca hace que me revolotee el estómago.

—Estás empapado —digo en voz baja—. Debes estarte congelando. —Solo niega un poco con la cabeza, sus ojos nunca dejan mi rostro—. Deberías bañarte. Podría lavarte la ropa.

—Así está bien.

—En serio. No me molesta.

—Pero deberíamos hablar.

Trago, pero ni siquiera sé por qué estoy ansiosa. Sé que necesitamos hablar. Quiero saber dónde ha estado y cómo regresó a mí cuando todo lo que me han dicho durante este tiempo es que probablemente nunca lo volvería a ver. Y luego está todo el asunto que necesito confesar sobre que nosotros estábamos comprometidos antes. Pero no sé. Es difícil asimilar todo esto. Hace horas me fui a la cama convencida de que necesitaba soltarlo y aquí está. Creo que solo necesito un minuto para calmar mi corazón y aclarar mis pensamientos.

—Hablaremos. Pero estás mojado y… —Empiezo a alejarme de él otra vez y me agarra con más fuerza la cintura, sus dedos se sienten cálidos a través del delgado algodón de mi camiseta.

—¿Bell?

Respiro profundamente y lo miro.

—¿Sí?

—No tengas miedo. Soy solo yo —susurra—. Todo está bien.

Me jala más cerca para quedar pegada otra vez a él. Paso mis manos por sus brazos y su pecho, y solo lo veo. Mis dedos rozan su barba y exhala temblorosamente.

—Es que esto es… he pensado en ti regresando tantas veces —murmuro—. Creo que solo estoy nerviosa.

Deposita su palma sobre mi corazón. Es un gesto destinado a ser tranquilizador, pero su toque solo hace que se me acelere el pulso. Su mano se queda ahí durante unos segundos antes de subir a mi garganta. Trago bajo su caricia. Su mano acuna el costado de mi cuello, su pulgar roza mi mentón. Tal vez piensa que me está calmando, pero solo está empeorando las cosas. Puede que sus caricias se deshagan de mi tensión, pero crea otro tipo de nerviosismo, lo deseo. Con desesperación. Y si me cargara ahora mismo y me llevara a mi habitación, no sería capaz de negarme a él.

—¿Qué estás pensando? —pregunta en el peor momento posible. Niego con la cabeza, no estoy dispuesta a compartir—. Está bien —susurra con voz pesada—. No estés nerviosa.

Miro su pecho y asiento.

—Déjame cuidarte —le ruego—. ¿De acuerdo? Quiero cuidarte.

Sus ojos se suavizan y se pasa una mano por el cabello mojado.

—Bien.

Con su mano en la mía, lo guío a través de la casa y por el pasillo hacia el baño. Permanece parado sin hacer nada mientras yo abro la regadera, asegurándome de que esté perfecta. El vapor llena el baño, pero él no se mueve. Se queda ahí parado viéndome. Tal vez debería ser raro tenerlo aquí en mi espacio, tan solo tenerlo aquí. Pero no es raro. Se siente tan bien que casi tengo ganas de llorar otra vez.

—Allí hay jabón. Y si el agua empieza a enfriarse, tienes que girar la llave hacia el lado frío. Se pondrá más caliente, te lo prometo, pero… —Hay una sonrisita en sus labios—. ¿Qué?

—Nada. Es que te extrañé. Extrañé verte… extrañé todo.

Trago pesadamente, mi corazón sigue retumbando.

—Yo también te extrañé. —Paso junto a él, señalando la toalla en el toallero—. Puedes usarla para secarte. Y… regresaré después de que te metas a la ducha para tomar tu ropa.

—Gracias —murmura.

Asiento y cierro la puerta en silencio detrás de mí, me quedo parada con la espalda recargada ahí, tomando un muy necesitado respiro. Edward está aquí. En mi casa. En mi baño. Está aquí, está vivo y está a salvo. Esto es lo que he querido por muchísimo tiempo. Repito todo eso, y la comprensión me calma un poco el corazón. Hay muchas cosas por las cuales sentirme ansiosa, pero que él esté aquí no es una de ellas.

Después de un minuto o dos, regreso al baño para recoger su ropa tirada en el piso. Pero cuando abro la puerta, lo encuentro todavía vestido y sentado en la orilla de la tina, tiene la cabeza entre las manos.

—¿Edward? —No levanta la cabeza, así que me acerco para pararme entre sus piernas y paso mis dedos por su cabello. Ladea la cabeza hacia atrás para alzar la vista a mí, su mirada se ve vulnerable, su garganta se mueve al tragar—. Oye —digo con gentileza, y sus dedos rozan la parte trasera de mis muslos, haciéndome hervir el estómago—. ¿Necesitas algo más?

—Solo a ti —susurra, y el suave timbre de su voz hace que me duela todo el cuerpo—. No te vayas.

—Bien —murmuro con la garganta seca.

Le quito la chaqueta mojada del cuerpo y la aviento al piso. Mis dedos agarran la orilla de su camiseta y la subo a la mitad de sus hombros antes de necesitar que él se la quite solo. Cuando lo hace, casi jadeo. Unas heridas de un horrible color rojo marcan su cuerpo. Cerca de su hombro, sobre su cadera.

No dice nada al respecto y yo no pregunto. Tengo demasiado miedo de hacerlo. Cuando se para y se desabrocha el jeans, noto que la peor herida está en su muslo, justo debajo de su bóxer. Es como si hubiera sido destrozado para luego ser cosido otra vez de muy mala manera. Sin embargo, intento no reaccionar mucho porque la forma en que evita mi mirada me hace asumir que es un tema sensible. Pero quiero abrazarlo. Quiero hacer que todo esté mejor. Quiero besar su piel y quitarle todo el dolor que sintió.

—¿Te quedas conmigo? —me ruega, se pasa una mano nerviosa por la barba.

Asiento temblorosamente, mis ojos siguen pegados a los suyos, y me saco la camiseta por la cabeza. Él no aparta la vista, incluso cuando me bajo por las piernas el pequeño short de algodón que estoy usando. Ambos nos quedamos solo con la ropa interior y me pregunto si esto está bien… luego decido que no me importa ni un carajo. No me importa. Al carajo con James. Al carajo con mi emparejamiento. Quiero estar cerca de Edward. Necesito estar cerca de él. Así que me quito la ropa interior y me meto a la ducha. Después de un momento de reticencia, él se quita su bóxer y se une a mí.

Su mirada es intensa, tiene la boca un poco abierta mientras sus ojos vagan sobre mí. El chorro de agua golpetea sobre su espalda y nosotros solo… nos miramos. Me da nervios apartar la mirada de sus ojos porque sé que si lo hago miraré sus heridas y no sé si él quiere contarme sobre eso o no.

Echa la cabeza hacia atrás para quedar justo debajo del chorro de agua, un pequeño gemido de apreciación sale de sus labios. Lo veo relajarse y sus ojos se cierran conforme la tensión deja su cuerpo.

—Ven aquí —susurra y abre los ojos.

Me acerco a él, mis dedos rozando gentilmente sobre la piel desnuda de su hombro. Sus manos ásperas agarran con gentileza mi cintura y sus pulgares se encajan en mi piel, haciéndome anhelar más de sus caricias.

—Edward. —Ni siquiera sé qué preguntar—. ¿Estás herido?

—Un poco. No tanto como antes —murmura, bajando la vista hacia mí.

Quiero llorar al imaginar qué implica el antes.

Se mueve un poco para cambiar de posición, pone una mano en el azulejo para apoyarse para que sea yo la que ahora quede parada debajo del chorro de agua. Agradezco que el agua esconda mis lágrimas. Pero lo que no esconde es el dolor en mi rostro porque me jala a él, y nuestros cuerpos mojados se presionan el uno contra el otro. Mi corazón martillea cuando él deja un beso de boca abierta sobre mi hombro.

—Te extrañé muchísimo —murmura, sus labios rozando mi piel.

—¿Dónde estabas? —murmuro y entierro la cara en su pecho—. ¿Quién te lastimó?

Meto mis brazos debajo de los suyos para abrazarlo, mis dedos suben y bajan gentilmente por su espalda. Sube una mano para acariciar mi cabello, calmándome. Susurra que está bien, pero su voz se rompe al decirlo. Saber que él también está llorando me hace sentir enferma. Me hace sentir impotente. Él promete que está bien y que no se volverá a ir a ninguna parte. No se irá, y no dejará que nadie me separe de él.

Nos separamos lo suficiente y alzo la cabeza hasta que nuestros labios se encuentran. Nuestro beso es frágil. Tierno. Sus labios se sienten diferentes a lo que recuerdo, y su barba me pica la piel, pero no me importa. No hay pasión detrás de nuestro abrazo, solo una desesperación por cercanía y sanación.

Sin embargo, entre más nos besamos, más apasionado se vuelve. Acuna el costado de mi cuello y gimo en su boca. Puedo sentirlo, todo él, entre nosotros. Hace que mi propio cuerpo reaccione con deseo y anhelo. Quiero mirar y tocar y sentirlo, pero estoy demasiado nerviosa. Así que solo lo amo con mi beso, y le muestro lo mucho que lo extrañé. Le regreso el beso con más fuerza hasta que me separo y dejo besos a lo largo de su cuello y pecho, necesito que esté bien. Lo beso hasta que ya no puedo hacer nada más. Lo beso hasta que estoy llorando otra vez.

Entonces solo nos quedamos abrazándonos. Mi cabeza en su pecho. Su mentón sobre mi hombro. Nos quedamos parados debajo de la regadera hasta que el agua se entibia y ya no nos quedan lágrimas a ninguno de los dos.

XXX

Nos sentimos agotados emocionalmente después de nuestra ducha.

Echo su ropa a la lavadora, pero solo seco su bóxer para que al menos pueda ponérselos por ahora. Le doy su vieja sudadera para que se la ponga, la que me quedé después de nuestro último día juntos, y se ve bien con ella puesta.

Me sigue a mi habitación y no hay necesidad de decir que se quedará aquí esta noche. La idea de que me deje y salga otra vez es muy difícil de considerar para mí, así que sin decir palabra nos metemos debajo de la cobija sobre mi cama.

Él está sorprendido, pero agradecido, de ver que Pepper está aquí y está siendo cuidada. Ella se para sobre su pecho cuando estamos en la cama y en la oscuridad de la habitación, el ambiente se siente ligero por un momento. Ella le maúlla, como si lo estuviera regañado por haberse ido por tanto tiempo. Sonrío, pero todavía me duele el corazón porque sé que aún tenemos que hablar. Sobre nuestros Procedimientos. Sobre James. Sobre dónde ha estado él todos estos meses y por qué está tan roto.

—Te extrañó —murmuro, acurrucándome en el hueco de su brazo luego de que Pepper se hace bolita al pie de la cama—. Aunque no tanto como yo.

Me abraza cerca de él, su boca rozando mi cabeza.

—¿Esto está bien?

—¿Qué?

—Estar en tu cama… ¿estar aquí para empezar? ¿Abrazarte? ¿Besarte?

—¿Lo dices porque estoy emparejada con alguien más?

—Sí.

—Pues técnicamente no. No está bien. Pero no me importa —digo simplemente, acurrucándome cerca de él—. No amo a James. No siento nada por él.

Se queda callado.

—No puedo creer que estés con James de entre todas las personas. —Puedo sentir que se tensa cuando suelta una suave carcajada sin humor—. Quiero decir, supongo que en realidad sí puedo creerlo.

—Sí.

—Esa no fue tu decisión, ¿cierto?

No sé si soy solo yo que me siento a la defensiva, o si su voz tiene un toque de acusación, pero tardo un segundo en responder. Me muevo para verlo, las sombras danzan sobre su rostro, su mandíbula se tensa.

—¿Por qué sería James mi decisión? —pregunto.

—No sé —murmura—. Es que… no sé nada. No he estado aquí. No he… no sé.

—James no fue mi decisión. Nada de esto lo fue. Quería estar contigo, Edward. Cuando eso no pudo suceder, eventualmente me emparejaron con James. Él no es a quien yo elijo ni a quien deseo ni a quien amo. —La tensión entre nosotros se relaja un poco porque Edward debe saber en este momento que lo amo a él.

—Mi jodida cabeza no está bien. Es que… —exhala y pongo una pierna sobre su muslo, olvidando que es el que está cicatrizado. Hace una pequeña mueca y me aparto de él.

—Lo siento.

—No… yo lo siento —insiste—. No debí haberlo dicho como si tú hubieras elegido a James. Es que detesto la idea de ti siendo de alguien más. Me volvió loco durante meses saber que no podía hacer nada al respecto. Ahora que sé que es él, yo solo… lo odio, carajo. Odio al jodido tipo.

Estoy a punto de decirle que James no es tan malo, pero tal vez ahora no es el momento. Es un tema sensible y ya no quiero hablar de eso. No ahora, al menos, cuando tenemos tantas otras cosas de que hablar.

Mis dedos rozan su mandíbula y me inclino para que mis labios se puedan encontrar con los suyos.

—Sigo siendo tuya —exhalo, pienso en el recuerdo de antes donde estábamos en mi cama, y en la propuesta de Edward—. Oye.

Se roba otro beso.

—¿Sí?

—Necesito decirte algo.

Su brazo se aprieta a mi alrededor.

—Bien.

—Aunque es algo grande. Y no… —Los nervios asaltan mi estómago. Ni siquiera sé dónde empezar.

—¿Es sobre James y tú?

—No. ¿Recuerdas ese anillo que encontré? ¿El de granate? —Solo asiente—. Al fin sé de dónde vino. Sé quién me lo dio.

—¿Quién?

—Tú —susurro.

Se pone de costado para quedar de frente a mí.

—¿Quién te lo dijo?

—Nadie. Lo recordé —admito en voz baja—. Tuve un sueño después de que te fuiste y comprendí que era un recuerdo. Me pediste que me casara contigo. Estuvimos juntos antes de conocernos ese día en la clínica. Ambos nos hicimos el Procedimiento, supongo, pero de alguna manera volvimos a encontrar nuestro camino de regreso el uno al otro.

La habitación está demasiado silenciosa para haber acabado de admitirle estas noticias a él. Me pone nerviosa. Así que sigo hablando.

»También encontré algunas cosas en tu habitación después de que te fuiste. Una foto de nosotros. Unos cisnes de origami. ¿Iguales a los que solía hacer con Carmen? Y una bola de nieve. —Todos esos artículos están en mi cómoda justo ahora, pero no quiero dejar la cama para enseñárselos—. Estuvimos juntos —repito—. Estábamos enamorados.

—Lo sé —murmura—. Bella, yo… yo lo sé.

Frunzo el ceño.

—¿Lo sabes?

—Recuerdo todo.


N/T: ¡Mil gracias por los 800 reviews! Espero que les haya gustado el capítulo ;)