Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es iambeagle, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is iambeagle, I'm just translating her amazing words.


Thank you iambeagle for giving me the chance to share your story in another language!


Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.


Capítulo 40

Jake y yo corremos hacia la cubierta del bosque, desapareciendo entre las ramas y los árboles. Presto atención a los sonidos, esperando oír gritos o disparos. Alarmas. Estoy a la expectativa de que toda la ciudad sepa lo que acabamos de hacer, y que haya consecuencias. Pero todo lo que escucho son ramitas y hojas crujiendo debajo de nosotros, y nuestras respiraciones superficiales al correr.

Eventualmente debemos llegar lo suficientemente lejos porque Jake ralentiza el ritmo hasta que nos detenemos. Estoy tan jodidamente agradecida por el descanso. Recuperamos el aliento y me recargo en un árbol en busca de soporte. Me arden los pulmones y me duelen los costados.

Todavía no termino de recuperar el aliento cuando Jake habla.

—¿Estás bien? —susurra.

Solo niego con la cabeza, a pesar de que está demasiado oscuro para que me vea. No estoy bien. No estaré bien en un tiempo, pero ahora no es el momento de enfocarme en eso. No quiero que este desconocido me vea desmoronarme. Necesito contenerme hasta estar a solas.

—Estoy bien —miento.

Mis ojos se llenan de lágrimas, pero reprimo mis emociones mientras Jake saca una linterna de su mochila. La enciende, un haz de luz ilumina nuestro camino cuando seguimos caminando. No estoy segura de cómo es que él sabe a dónde ir, pero no lo cuestiono de la misma manera en que no cuestioné a Edward. Eventualmente llegamos a un camino más grande que no se siente ni de cerca tan siniestro como se sintió en el interior de la cubierta de los árboles.

—¿Cuánto falta? —susurro.

—Diría que dos horas —me dice, su voz suena a volumen normal, lo que significa que debemos estar a salvo—. ¿Estás segura de que estás bien?

—Sí.

—Está bien si no estás bien —dice con naturalidad—. La primera vez que crucé a los diecisiete años, tuve un ataque de pánico. Fue brutal. —Exhala una risa a través de la nariz, como si fuera un recuerdo grato o algo así.

Supongo que me está diciendo esto para hacerme sentir mejor o para identificarse conmigo, pero todo lo que provoca es acelerarme todavía más el corazón. No sé cómo es que hice eso. Todo esto. No pensé, solo actué. Lo cerca que estuve de casi ser capturada me golpea otra vez, y de repente mi pecho se siente tenso.

—Casi no pude… —Me detengo cuando se me rompe la voz—. Casi…

—Pero lo hiciste —dice con voz alentadora.

Pero lo hice.

Caminamos en silencio después de esto y con cada paso que me alejo de mi viejo mundo, me obligo a tomar una respiración sanadora.

—¿Cuál es el plan ahora? ¿Se supone que debo esperar a que Edward llegue? —Necesito escuchar algo concreto. Necesito algo que esperar y en que concentrarme.

—La única indicación que me dieron es que se supone que debo contactar de inmediato a Edward cuando regrese para avisarle que estás bien —dice Jacob—. Fue muy insistente con esa parte. Con suerte unos días después de mi regreso podremos sacar a Esme. Pero no conozco la logística de esa parte.

Así que sí existe una especie de plan. Tal vez habría estado bien con eso si lo hubiera sabido con anticipación. Pero Edward no me dio esa oportunidad. No me involucró. Le preocupaba que no fuera a escucharlo, y estaría mintiendo ahora si dijera que, en este momento en particular, eso no me hacía sentirme resentida con él.

Seguimos caminando, las sombras y las figuras se ciernen a nuestro alrededor. Juegan con mi mente. Es escalofriante, pero mantengo la mirada al frente, en el haz de luz.

Eventualmente se distinguen figuras a la distancia. Un conjunto de refugios aparece ante la vista y recuerdo las caravanas que Edward mencionó.

Jake me guía a lo largo hasta que estamos en medio de la comunidad. Me habían dicho que no había electricidad. Ni agua potable. Que no había nada civilizado en esto. Pero es real. Todas las historias que he escuchado a lo largo de los años. Todos los rumores y advertencias. Hay gente viviendo de verdad aquí, y verlo con mis propios ojos es irreal.

—Bienvenida a las tierras no incorporadas —dice Jake alegremente. Como si esto fuera normal. Como si no acabara de arriesgar mi vida, y la suya, para llegar aquí.

Sigue caminando y me lleva hacia una de las caravanas que es la que está más lejos.

—Esta es la casa de Edward. Vendré a buscarte en la mañana a ver cómo estás. Intenta dormir —dice con aspereza—. Oh, y toma esto. —Se quita la mochila y me la entrega—. Tiene algunas provisiones. Medicina. Ropa. Comida.

Agarro la mochila, estoy a la expectativa que me deje con más información. Pero eso es todo. Jake hizo su trabajo. Me escoltó aquí a salvo, y ahora estoy por mi cuenta. Todavía ni siquiera puedo asimilarlo todo, pero de repente me siento muy agradecida por este desconocido. Por su amabilidad y disposición a arriesgar su propia seguridad para ayudarme. Sin pensarlo dos veces, me muevo hacia enfrente y lo abrazo.

—Gracias.

Es algo incómodo porque él es alto y no me corresponde el abrazo. Todo lo que hace es asentir, murmurar "no fue nada" y luego se aparta mientras espera a que yo entre a la caravana.

Cuando se cierra la puerta detrás de mí, encuentro intimidante la oscuridad que hay adentro y choco contra cosas mientras busco a tientas. Cuando escucho un jadeo y veo un leve movimiento, me quedo donde estoy parada hasta que brilla la luz al otro lado de la caravana.

Y luego veo a Rose en la cama. Se ve diferente, tiene el cabello más largo y lo lleva en una trenza que cuelga sobre su hombro. Está usando ropa que nunca he visto, tiene el estómago hinchado y apretado debajo de la camiseta. Cuando me ve empieza a llorar de inmediato.

—¿Bella? —dice con voz ahogada, tapándose la boca con la mano.

Ver a Rose desbarata algo dentro de mí. La intensidad de las últimas horas se apodera de mí y me pierdo, derrumbándome por completo. Ella lucha por levantarse de la cama y de inmediato me envuelve en un abrazo.

—Oh, Dios mío. Estás aquí. Lo lograste —llora, abrazándome con fuerza—. No estaba segura… no creí…

No termina sus frases y lo agradezco. No quiero pensar en lo mal que pudo haber salido todo, así que no digo nada en respuesta. Solo dejo que una emoción abrumadora y el alivio se apoderen de mí al regresarle el abrazo.

—Tú estómago —suelto, y sonrío entre lágrimas al separarnos—. Oh, Dios mío.

Se ríe coincidiendo conmigo.

—Lo sé. Soy una ballena.

—No lo eres.

Cubro su estómago con mis manos y me agacho para acercar mi cara. Saber que mi sobrino o sobrina está dentro de ella me vuelve a poner muy sentimental. Mis lágrimas ya no son de felicidad, sino que están llenas de dolor por Emmett y todo lo que hemos perdido.

—¿Dónde está Edward? —pregunta, mirando hacia la puerta como si él fuera a entrar en cualquier momento.

—Él… —Se me atora la voz en la garganta, y solo niego con la cabeza. Es demasiado para entrar en detalles ahora. Más tarde le contaré todo. Le explicaré la información incriminadora que James encontró y por qué tuve que huir tan rápidamente para evadir la investigación. Cómo fue que Charlie y los ejecutores llegaron a la casa del lago, buscándome. Por qué Edward se quedó por su madre y lo devastada que me siento al haber sido separada de él—. Me hizo venir sola —digo en voz baja—. Se quedó atrás, pero el plan es que venga aquí pronto con su madre.

La expresión gentil de Rose hace que mis lágrimas caigan más rápido.

—Lo logrará. Estará bien —dice con confianza—. Todo el tiempo que estuvo aquí estuvo decidido en regresar a ti. Ha pasado por muchas cosas. No se rendiría ahora. Estará aquí. Mantendrá su promesa.

Es raro escucharla hablar así de él. Como si lo conociera. Aunque por supuesto que lo conoce. Pasaron cuatro meses juntos, apoyándose el uno en el otro. Olvidé lo cercanos que se volvieron durante ese tiempo.

Nos quedamos calladas y el elefante en la habitación, su beso compartido, se presenta solo.

—¿Te lo dijo? —pregunta tímidamente.

—Sí —respondo, nerviosa también.

—Lo siento mucho. Estoy tan… tan jodidamente apenada, Bella.

—Lo sé —sollozo, sacudiendo la cabeza.

—Estaba pasando por un momento muy malo —explica, hay una súplica desesperada en sus ojos—. O sea, todavía lo estoy, pero… ni siquiera era a él a quien quería. Por favor, debes saber eso. Estaba… estaba aterrada y dolida. Y fue algo muy horrible de mi parte. Nunca querría lastimarte. Jamás. Lo sabes, ¿cierto?

—Rose, lo sé. No estoy enojada.

—¿No?

Vuelvo a negar con la cabeza.

—No. Quiero decir, no disfruté al escucharlo. Y sí dolió mucho, pero… no estoy enojada.

El alivio le llena la mirada. Sería injusto estancarme en esto. Con tantas cosas pasando, y tanto en riesgo, tenemos otras cosas de que preocuparnos. Superaremos esto. Tenemos que superar esto. Compartimos una sonrisa suave y justo así volvemos a ser nosotras.

—No me merezco tu perdón —dice simplemente—. Pero gracias.

Mis manos se mueven otra vez hacia su vientre y la incomodidad del momento se desvanece.

—No puedo esperar para conocer a este pequeño. ¿Ya puedes sentirlo patear?

—Sí. Pero estoy convencida de que es una niña. Se mueve como loca en las noches. Ya me está robando el sueño —se ríe, su voz adopta un tono maternal que nunca he escuchado.

—¿Cuánto tiempo te falta?

—¿Tal vez un mes? Es difícil de saber. —Se frota el vientre con una mano tranquilizadora, cubriendo mi mano—. No puedo creer que estés aquí. Creí que tendría que pasar por esto sola. Creí… —Su exhalación está revestida de ansiedad—. Es que agradezco que estés aquí.

Nos quedamos calladas, asimilando la pesadez del momento. Estamos aquí y estamos a salvo. E incluso si ninguna sabe exactamente qué nos depara el futuro, al menos nos tenemos la una a la otra.

Rose me pregunta si quiero cambiarme, y es apenas ahora que comprendo lo incómoda que me siento con la ropa ligeramente mojada. Me entrega unas cosas y me desvisto, poniéndome una camiseta enorme y un bóxer que tengo que doblar en la cintura. Saber que esta ropa le pertenece a Edward hace que mi corazón lo añore. Cuando Rose se da la vuelta, me llevo la camiseta a la nariz, inhalando brevemente. Ya no huele a él, y eso hace que me duela todavía peor el corazón.

La quietud toma el control y mi cuerpo se siente agotado. Estoy exhausta, mental, emocional y físicamente. Pero no sé si podré dormir. No con tantas cosas en mi mente. Solo sé que una vez que mi cabeza toque la almohada, estaré pensando en Edward y recordando todo el caos que acabo de aguantar. Me preguntaré si él regresó a salvo. Me veré absorta en imaginar nuestra reunión.

A pesar de mi falta de sueño, Rose y yo nos metemos a la cama y quedamos de frente, como solíamos hacer en casa. Ella me cuenta todo, empezando con los primeros días entre Emmett y ella hasta el día en que murió. Lloramos hasta que se nos hinchan los ojos. Hablamos hasta que ya no quedan palabras. Cada secreto es compartido. Cada verdad es dicha. Me quedo dormida con ella cantándole la canción favorita de Emmett al bebé, y eso me trae cierto nivel de paz que no había sentido en mucho tiempo.

Sueño con Edward. Sueño con la libertad. Sé que pronto tendré ambos.

XXX

—¿Qué te parece Avery?

Rose lo considera.

—No.

—¿Anna?

—No es mi primera opción…

—¿Abby?

—¿Qué hay con todos esos nombres con A? —se ríe, se apoya en los codos y alza un poco su camiseta para que su vientre quede de frente al sol.

—No sé. Estoy repasando el abecedario. Es más fácil así —le digo—. ¿Beth?

—Buu —se ríe Rose, enseñándome los pulgares hacia abajo—. No.

Con un suspiro exagerado me recuesto en la manta, el río ondula pacíficamente en la cercanía. El sol calienta mi piel, pero aun así hay cierta frialdad en el aire. Sin embargo, es el clima perfecto para Rose, que se ha estado sintiendo un poco caliente en las últimas semanas.

Yo fui un desastre los primeros días después de cruzar la cerca. Lloraba mucho. Dudaba de mis decisiones. No porque me arrepentía, sino porque no me sentía lo suficientemente fuerte. Lo suficientemente valiente. No tenía la esperanza suficiente para creer que todo resultaría bien y que Edward lograría llegar a mí. Y él todavía no ha regresado. Pero con el tiempo llega la paciencia. Con la paciencia llega la aceptación. Entiendo las decisiones y sacrificios que él hizo para mantenerme a salvo, pero deseo con desesperación que él estuviera aquí.

—Leah me encontró un lugar a donde mudarme —dice Rose, y miro las tenues nubes, viendo sus formas moverse y transformarse—. Quiero decir, cuando regrese Edward y así.

Solo hablamos positivamente de su regreso. No nos permitimos estancarnos en el hecho de que él debió haber llegado aquí hace dos semanas. Todavía nadie nos ha dado malas noticias, así que interpreto eso como una buena señal. Tengo que hacerlo.

—¿Dónde te quedarás? —pregunto, me pongo de lado y me tapo los ojos del sol.

—Con una amiga suya. No es mucho, pero supongo que nada aquí lo es. Hay más espacio que en la caravana de Edward, así que habrá espacio para el bebé y para mí.

—No tienes que irte, Rose —le recuerdo.

—Sí, sí tengo —se ríe—. No voy a vivir con Edward y contigo. Eso es… no. Sería muy raro.

Tiene razón. Sería raro si se quedara con nosotros. Lo dije más que nada por ser amable, pero asiento para mostrarme de acuerdo. Ella me está facilitando esto y lo agradezco.

—Pero no sientas que tienes que mudarte de inmediato.

—Está bien —me promete—. Necesito aprender a estar por mi cuenta. Pero ¿puedo esperar que aun así sigas cerca para ayudarme? De verdad, de verdad que no puedo hacer esto sin ti.

—Por supuesto.

Sonríe, pero puedo sentir un poco de tensión subyacente ahí. Sé que le da miedo parir aquí. También a mí me preocupa al pensar en todas las complicaciones que podrían ocurrir y todo lo que viene después. Tener un recién nacido. Criar un hijo. La paternidad es desconocida y nueva de todas maneras, pero ¿hacerlo aquí? No sé. Tal vez todo lo que se necesita es intuición. Tal vez navegarlo no será tan intimidante como Rose cree.

—¿Quieres regresar? —pregunto, me siento y estiro los brazos sobre mi cabeza.

—Supongo que sí.

Me paro y le ofrezco una mano para ayudarla. Necesito de un poco de fuerza para jalarla hasta ponerla de pie, y ambas nos reímos.

—Dios —gime Rose, sacudiendo la cabeza—. Ni siquiera puedo… —Hace una pausa, agranda los ojos al moverlos detrás de mí.

—¿Qué? —pregunto, luego me giro para ver detrás de mí, siguiendo su mirada.

Lo veo, justo entre los árboles. Edward. Sigue un poco lejos, pero está caminando lentamente hacia nosotras con un ligero cojeo en su andar. Mi corazón martillea y aunque mis piernas se sienten temblorosas, salgo disparada al instante hacia él. Corro hasta que me arden los pulmones. Corro hasta que me atrapa y me alza en sus brazos.

Se detiene en su sitio y me abraza. Mis piernas le rodean la cintura. Sus brazos se aprietan a mi alrededor, no me suelta. No me suelta nunca.

Carajo —digo con voz ahogada, y entierro la cara en su cuello—. Estás aquí.

—Lamento haber tardado tanto —me murmura al oído, su voz suena cansada.

Beso su cuello, su mandíbula, su boca, sus mejillas. Beso cada parte de él que puedo tocar con mis labios mientras sigo aferrándome a él. Me abraza por un minuto más antes de bajarme de su cuerpo, poniendo los pies sobre el suelo.

A pesar de que estoy desesperadamente aliviada de que esté aquí, la amargura se filtra en mí por un momento cuando recuerdo nuestra repentina despedida en la cerca. Jalo la parte trasera de su cuello y apoyo su frente en la mía.

—Nunca jamás… —murmuro entre lágrimas y recupero el aliento—. Jamás vuelvas a hacer eso. ¿Entendido? No me vuelvas a dejar así. No.

—Lo siento —respira, y me rodea con sus brazos—. Nena, lo siento mucho.

—¿Estás bien? —pregunto, me aparto para que mis manos y ojos puedan vagar sobre cada centímetro de su cuerpo.

Él niega levemente con la cabeza, sus ojos se muestran desesperados y suplicantes.

—No. Es Esme. Ella no… no está aquí. —Me di cuenta de eso cuando lo vi caminando hacia acá, pero asumí que la había dejado en la caravana. Su expresión se torna sombría y se talla la boca con una mano, como intentando mantener su compostura. Con sus siguientes palabras, se me cae el estómago a los pies—. Falleció.

¿Qué? —Me tapo la boca con incredulidad, mi corazón duele por él—. ¿Cuándo?

—Una semana después de que te fueras. Sucedió en casa. Empeoró y tuve que esperarme. Por eso fue que tardé tanto. Por eso fue que no pude…

Al instante le rodeo el cuello con los brazos para abrazarlo y consolarlo.

—Lo siento mucho. Carajo, lo siento mucho, cielo.

Me agarra la cintura y entierra la cara en mi cuello, en mi cabello. Su respiración sale temblorosa como si estuviera llorando, así que lo abrazo y lo dejo tomar todo el tiempo que necesita. Detesto que esto le pasara. Detesto no haber estado ahí para apoyarlo y consolarlo. Me rompe el jodido corazón imaginarlo sentado junto a su cama, esperando que ella tomara su última respiración.

Después de un minuto más o menos se aparta, limpiándose los ojos, con la nariz roja y las mejillas sonrojadas bajo su barba.

—Podemos solo… ir… —murmura y asiente hacia el campamento—. Solo necesito…

—Sí, vayamos a la caravana —murmuro, entrelazando mis dedos con los suyos. Me acerca a él otra vez y me pega a su costado al mismo tiempo que Rose al fin se acerca a nosotros. No se abrazan ni nada, sino que se reconocen el uno al otro con pequeñas sonrisas tristes.

—Me alegra que regresaras —dice ella con amabilidad.

—Gracias. —Él asiente una vez, su voz suena normal otra vez, como si fingiera que todo está bien—. ¿Cómo has estado?

—Bien, en especial ahora que tengo a Bella aquí. —Sus ojos se mueven hacia mí y sonríe suavemente—. ¿Van a regresar?

—Eso creo. ¿Nos acompañas? —pregunto, no quiero dejarla aquí sola.

—Claro.

Los tres caminamos en silencio de regreso al campamento. El ritmo de Edward es lento y puedo notar que eso lo agita. Con su brazo sobre mis hombros, le paso un brazo por la espalda, el otro está apoyado sobre su estómago para que pueda apoyarse un poco en mí.

Rose se aleja cuando regresamos a la caravana, y aprecio el tiempo a solas con Edward. Lo ayudo a entrar, y se dirige a la cama, suspira aliviado al sentarse.

—¿Estás bien? ¿Te duele la pierna?

Se pasa una mano por el muslo, masajeándolo un poco.

—Muchísimo —se ríe, pero está teñido con autodesprecio y molestia.

Me siento a su lado, pero me jala para sentarme en su regazo, con mi peso en su muslo sano.

—¿Cuánto tiempo tardaste en cruzar? —pregunto, recordando que dijo que la última vez tardó dos días.

—¿Tal vez unas seis horas?

—¿No acampaste en el camino?

—Debí hacerlo —murmura—, pero quería llegar aquí lo más rápido posible. No quería hacerte esperar más tiempo.

Chasqueo la lengua, amo y detesto su respuesta. Agradezco tanto que esté de regreso, pero detesto que se haya presionado.

—¿Qué pasó con tu mamá? —murmuro, mis dedos juegan con su cabello. Está apelmazado, sudoroso y se le pega al cuello.

Entierra la cara en mi cuello, como escondiéndose.

—No puedo —murmura—. No ahora. Tal vez pronto, pero…

—Está bien —susurro con comprensión—. No tienes que hablar de eso ahora.

Solloza y carraspea, apartándose para verme.

—Me alegra haber estado ahí, ¿sabes? No haber estado ahí me habría matado. Así que… me alegra. Pero lamento muchísimo haberte hecho eso. Dejarte así…

Niego con la cabeza y beso su boca.

—Tomaste la decisión correcta. ¿De acuerdo? Yo estaba bien. Ella te necesitaba más. —Él apenas asiente y mi corazón se estruja cuando el remordimiento en su mirada al fin se convierte en aceptación. Como si hubiera estado esperando todo este tiempo para que yo le diera mi aprobación. Habría sido demasiado vivir con la culpa que ambos hubiéramos sentido si ella hubiera fallecido mientras él no estaba. Me alegra que él estuviera ahí con ella. Ella se merecía tener a su hijo a su lado.

—Gracias —suspira, apoyando su frente en la mía—. Te contaré todo, pero solo… no puedo pensar en eso justo ahora. Es demasiado para asimilarlo. ¿Es horrible de mi parte?

—No —le digo con vehemencia—. Absolutamente no. Cuando estés listo para hablar de eso, estaré aquí.

Suelta una exhalación pequeña y aliviada.

—Bien.

—¿Qué puedo hacer por ti? —pregunto, desesperada por reconfortarlo.

—No lo sé.

—¿Quieres asearte? —le ofrezco y sus ojos sonríen—. ¿Puedo llenar la tina?

—Es mucho trabajo —dice, sorprendido por mi oferta.

—No lo es.

Alza las cejas. Tiene razón. Cosas sencillas como esa requieren de mucho esfuerzo. Definitivamente no es igual que en casa. No es tan fácil como abrir la llave y llenar la tina. Hay muchos pasos involucrados, desde hervir el agua del río sobre el fuego, hasta hacer múltiples viajes de ida y vuelta para llenar lo suficiente la pequeña tina. Nunca es una experiencia completamente relajante, pero es mejor que nada.

—No me molesta —le digo con sinceridad.

—¿Tal vez más tarde?

—Bien.

—Por ahora, ¿puedes solo… estar conmigo? —pregunta, con voz y ojos tiernos.

Retrocedemos sobre la cama y él se recuesta detrás de mí, rodeándome la cintura con sus brazos. Nos relajamos el uno en el otro, y cierro los ojos.

—¿Pepper está bien? —pregunto, siento un dolor en el pecho cuando pienso en ella.

—Si. —Deja un dulce beso en el costado de mi cuello—. Está disfrutando de la vida con Jasper y Lo.

—¿Hubo noticias sobre mi desaparición? ¿Sabes qué sucedió con James? —Tal vez debería esperar para preguntar todo esto más tarde, cuando él no esté exhausto y de luto—. También podemos hablar más tarde. Podemos descansar si lo necesitas.

—No sé qué pasó con James —responde en voz baja—. Estoy seguro de que lo obligaron a hacerse el Procedimiento otra vez. —Yo también estoy segura de eso. Él sabía demasiado—. No hubo mención de tu desaparición. Al menos, no estuvo en las noticias, así que no sé. Estaba algo ocupado con mi mamá.

Es extraño que no hubiera cobertura de los medios, pero supongo que tiene sentido. Mi partida no fue tan dramática como la de Emmett. No había nada que tapar. Nada que esconder. De repente un día ya no estaba. Saber que mis padres probablemente tienen una idea de dónde estoy me hace sonreír. Saber que no hay absolutamente nada que puedan hacer al respecto me hace sentir todavía más aliviada.

Entonces dejo a Edward descansar, ambos nos quedamos acostados en silencio. Debemos quedarnos dormidos porque lo siguiente que sé es que estoy despertando y la caravana está a oscuras, el atardecer brilla a través de las pequeñas ventanas.

Me pongo sobre mi estómago para ver a Edward, pero sus ojos ya están abiertos.

—¿Dormiste? —pregunto, tallándome los ojos.

—Un poco.

Bostezo en mi mano, luego me acerco para besar su boca, deleitándome en el confort de no tener nada de qué preocuparme. Nada que hacer. Se siente diferente que antes. El tiempo que pasamos juntos en casa después de su regreso, ambos reconectando y disfrutando el uno del otro, fue necesario. En cierta forma sanador. Pero no fue como esto. Siempre había una tensión subyacente. Algo de qué preocuparnos. Y al fin, al fin, estamos en este sitio donde podemos enfocarnos el uno en el otro y en nada más a nuestro alrededor. Este mundo nuevo y desconocido no se siente tan intimidante sabiendo que lo tendré a mi lado.

—Entonces… ¿ahora qué? —pregunto.

Sus ojos se suavizan y se relajan más de lo que los he visto en un tiempo.

—Ahora solo… estamos juntos. Sin escondernos. Sin emparejamientos ni Procedimientos. Solo… nosotros.

—Solo nosotros —repito, amando como suena.

Captura mi boca en un beso. Una, dos veces. La tercera vez su boca se queda en la mía. Mi boca se separa y nuestras lenguas se rozan. Y luego se abre camino besando hacia mi cuello, su barba se siente áspera sobre mi suave piel.

Sus manos se posan en mí entonces, acunando mi culo para acercarme más y poder sentir así lo mucho que me desea.

Con cada artículo de ropa que retira de mi cuerpo, lo va remplazando con un beso. Con cada beso sobre mi piel, mi cuerpo anhela por él más de lo que ya lo hacía.

Lo desvisto con la misma atención, pero lo tomo en mi boca cuando le quito el bóxer. Agarra mi cabello con sus puños y gime, y es el mejor sonido del mundo. Quiero hacerlo sentir bien, pero luego me jala sobre él y me pone sobre mi espalda antes de acomodarse entre mis piernas, su longitud se presiona justo donde más lo deseo. Hay desesperación detrás de nuestras caricias. Como si no pudiéramos acercarnos lo suficiente ni besarnos lo suficiente.

Baja por mi cuerpo para poner su boca en mí, lame y chupa solo por un momento, luego se vuelve a alzar sobre mí y lentamente se guía hacia adentro. Grito con placer, le hago saber lo bien que me hace sentir. Nos movemos juntos, frenéticos y necesitados, persiguiendo esa sensación. Le muerdo el hombro. Pasa un brazo debajo de mi rodilla para entrar más profundo. Se siente tan bien, pero luego ralentiza su ritmo.

—Nena, ponte encima —dice con esfuerzo al quitarse de encima de mí.

Me deslizo sobre él con facilidad y sus ojos están en mí, nublados con lujuria. Palmea mis pechos. Me frota el clítoris.

—Carajo, mírate —murmura con voz tensa, como si intentara contenerse.

Me deja moverme en él. Montarlo. Lento, luego rápido. Después me da la vuelta, me toma desde atrás, susurra que me ama, tan jodidamente mucho.

Quedo pegada al colchón en ese momento, con su pecho sobre mi espalda, y estamos tan cerca, casi ahí. Me pregunta si quiero cambiar otra vez de posiciones.

—No —gimo con placer—. Se siente bien. No te detengas.

Mis palabras lo estimulan y acelera el ritmo, su mano se desliza entre mi cuerpo y el colchón. Es lo que me empuja por el precipicio. Es lo que me hace temblar y tensarme a su alrededor. Me corro primero, pero él no está lejos de mí. Su boca caliente en mi cuello, y un enredo de maldiciones y palabras dulces susurradas en mi piel cuando me sigue.

Pasamos el resto de la tarde en los brazos del otro y hacemos planes para nuestro nuevo futuro. Esta no es la vida que había imaginado, pero los planes cambian. Mientras estemos juntos, eso es todo lo que importa.

Cuando estamos al borde del sueño, Edward me hace una pregunta muy simple que merece una respuesta muy simple. Es igual a esa noche en mi cama hace tantos, tantos meses, cuando me pidió que me casara con él. Pero esta vez es mejor. Porque ahora nada puede interponerse en nuestro camino.

Con lágrimas en los ojos, le digo que sí. Y con alegría en los suyos, me besa.

XXX

—¿Cómo me veo? —le pregunto a Rose, sus ojos están en el bebé arropado en sus brazos. Hubo muchísimas lágrimas cuando parió hace un mes. Muchas emociones diferentes, oscilando desde la emoción hasta el terror absoluto. Después de muchas horas de intensa labor con Leah y conmigo a su lado, Rose finalmente salió adelante y dio a luz a un bebito. Tiene los ojos de mi hermano y los mismos hoyuelos pequeños. Pareció muy apropiado que Rose lo llamara Emmett.

Cuando Rose al fin alza la vista hacia mí, está sonriendo con lágrimas en los ojos.

—Te ves deslumbrante.

No estoy usando un vestido blanco, sino un vaporoso vestido color marfil que ha sido usado muchas veces antes de mí. No hay maquillaje en mi cara, pero mi piel está dorada debido a nuestros días bajo el sol. Tengo el cabello atado en media cola con un cordel, hay flores silvestres metidas pulcramente. Puede que esto no sea cómo imaginé verme el día de mi boda, pero de alguna manera es mejor.

Recuerdo apenas hace dos meses cuando recién llegué a las tierras no incorporadas. Aunque no ha pasado mucho tiempo, me siento como una persona diferente. Más completa. Más en paz. Hay días buenos y malos, pero de todas formas así es como es la vida. Los días buenos superan en grande a los malos. Tener a Edward a mi lado tiene absolutamente todo que ver con eso.

Sigo a Rose hacia afuera y caminamos a lo largo del sendero, recordando todo el camino. El sol está brillando. Las aves gorjean desde arriba. Rose me abraza con un brazo y beso la mejilla del bebé Emmett. Él ni siquiera se inmuta, sigue en esa etapa adormilada de la infancia. Ella desaparece por el sendero y espero un par de minutos antes de seguirla.

Entre más avanzo, más ruidoso suena el río. Sus tranquilas oleadas son como una banda sonora, guiándome hasta que llego a donde terminan los árboles. Al final del sendero, cerca de la orilla del río, es donde encuentro a Edward esperándome.

Sus ojos se iluminan al verme, la más sincera de las sonrisas se posa en su cara. Con lágrimas de felicidad en mis ojos, nuestras miradas permanecen fijas hasta que estoy parada ante él. Su barba está recortada debido a que lo ayudé a rasurarse está mañana. Musita "Hola" y "Te amo" y aprieta mis dos manos. Sam nos hace repetir sus palabras y el fervor en nuestras voces suena puro y profundo y natural. El pulgar de Edward frota círculos tranquilizantes sobre el mío mientras él jura amarme para siempre. Repito el mismo sentimiento, esas lágrimas de felicidad caen por mis mejillas cuando acuna mi cara con ambas manos y me besa profundamente.

Puede que esta ceremonia no signifique nada legalmente, pero para nosotros lo es todo. Este día significa más para mí que cualquier emparejamiento. El simple acto de prometernos nuestras vidas el uno al otro contiene más verdad y validez de lo que cualquier pedazo de papel podría tener.

Nos hemos elegido el uno al otro. Simplemente. De corazón.

Es un día que recordaré para siempre.

Y algún día, cuando nuestros hijos me pregunten cuál es mi recuerdo favorito, sin duda alguna será este.


Este es el último capítulo de la historia, solo nos queda el epílogo que se subirá mañana :)

Si les gustan las historias de Meg, estoy empezando otra traducción de una de sus historias, se llamana The Inheritance y ya pueden encontrar los primeros dos capítulos en mi perfil. Si me leen en mis otras traducciones, por allá nos seguimos viendo, y si no pues mil gracias por leer y comentar, por acompañarme a lo largo de una traducción más ;)