¡Hola! Aquí vamos con la precuela que nadie pidió -ni siquiera yo- acerca de Máscara de la Muerte y Afrodita.

Aquí hay referencias al Manga, Anime, The Lost Canvas, Saintia Sho y básicamente todo lo que me apetezca. El canon es un bufé libre y pienso elegir lo que más me guste, chicos.

Advertencias: lenguaje malsonante a mansalva y referencias a abuso infantil, uso indebido de medicación.

El nombre de Athan es una referencia a DTE o Donde Todo Empieza, el maravilloso fanfic de Sociedad de Malvadas, que recomiendo leer al 100%. Es más, si no lo habéis leido, ¿a qué estáis esperando?

Ahora sí, espero que os guste.

.


.

Padre Nuestro.

El hombre que cruzó aquel día la gran verja metálica del Orfanato de Nuestra Señora de la Misericordia, no era, en opinión de la directora Sor María, un hombre decente.

Para empezar, no se vestía como tal: tenía un aspecto desaliñado y la ropa que llevaba, si bien no estaba sucia, había conocido tiempos mejores. La barba descuidada y los ojos inyectados en sangre que insinuaban una relación demasiado cariñosa con la bebida eran ya la guinda del pastel.

-¿Exactamente qué motivo le ha traído hasta aquí, señor... -comenzó a preguntar la mujer, antes de hacer una pequeña pausa y leer el nombre escrito sobre el papel que tenía en su mesa- Giuliano? -finalizó con desconfianza.

-Lo cierto, Sor María... puedo llamarla Sor María, ¿verdad? Es que busco adoptar un pequeño querubín que alegre mis días -el hombre esbozó una sonrisa encantadora. Algo en el estómago de la monja se retorció e inconscientemente se apresuró a echar mano al rosario que llevaba consigo oculto bajo el hábito. Sor María iba a tener que pasar varias noches rezando padres nuestros.

-Eso imaginaba, al fin y al cabo esto se trata de un orfanato. Sin embargo, espero que no le importe que cuestione el interés que pueda tener un hombre soltero de adoptar por adoptar a un niño -contestó en tono reprobatorio. Su interlocutor abrió los ojos y se llevó la mano al pecho, claramente indignado.

-Disculpe, me hayo profundamente dolido por su acusación. El hecho de que sea un hombre no hace que sea menos capaz de cuidar a un niño y además no soy soltero, soy viudo. Mi esposa y yo siempre quisimos tener hijos, pero ella falleció antes de que pudiéramos cumplir nuestro sueño -aclaró negando levemente con la cabeza. Una lágrima asomaba por uno de sus ojos.

La directora se revolvió incómoda en su sitio.

-Bueno, veo que tiene todos los papeles en orden. Imagino que no hay nada que yo pueda decirle. ¿Tenía alguna preferencia de edad en mente?

El hombre esbozó una sonrisa que rayaba lo macabro.

-Bueno, respecto a eso...


.

-Ángelo, tienes visita -la voz desagradable de la directora rebotó entre las raídas paredes grisáceas de la pequeña habitación donde se encontraba el crío.

El chiquillo que estaba sentado sobre una cama de sábanas que habían visto ya demasiados lavados, era un mequetrefe de cabello negro ralo y ojos rojizos que adornaban un rostro más bien feucho y con labios mordidos y resecos. El niño, de unos nueve años, alzó la vista y se los quedó observando sin mediar palabra.

-¡Ángelo! ¿Acaso no te hemos inculcado modales? Saluda al caballero -lo sancionó Sor Maria.

-Hola -saludó el niño a regañadientes. Tenía un leve temblor en sus manos que no parecía cesar.

-Anda, parece ser que la criaturita es tímida -sonrió el hombre-. No pasa nada, hermana, seguro que con un par de minutos a solas podremos conocernos algo mejor. Sólo vamos a hablar un poco, ¿verdad Ángelo?

Si la hermana todavía tenía alguna reticencia, decidió que no valía la pena discutirlas con el extraño. Y mucho menos, se dijo, por un mocoso endemoniado como Ángelo. Aliviada de poder abandonar al recién llegado durante al menos unos minutos, abandonó la habitación sin apenas protestar. Una vez se hubieron quedado a solas, la expresión del hombre cambió.

-Bueno. Vamos al grano, mocoso, porque ya le he preguntado al resto de críos de este agujero y ninguno ha nacido en la fecha correcta ¿Cuándo es tu cumpleaños?

-El... el 24 de junio -tartamudeó el chaval, anonadado.

-Bien, bien, perfecto. Parece que el viejo no se equivocaba cuando dijo que las estrellas habían predicho que buscara aquí. Y dime, ¿has hecho algo raro últimamente?

-Yo no he hecho nada -respondió el chaval con rapidez, como si hubiera memorizado esa respuesta más rápido que cualquier plegaria.

-Y una mierda que no. Venga, chaval, responder así de rápido te delata. Tienes que aprender a mentir mejor.

-¡Pero de verdad que esta vez no he hecho nada! -exclamó con desesperación, lo cuál provocó que un espasmo cruzara su rostro- He pasado la mañana sin salir de mi cuarto, lo juro.

-Sí, sí. Me dijo la directora que estás aquí metidito por haber dejado una rata muerta debajo de la almohada de una de tus compañeras, así que no te hagas el santo. De todos modos, no es a eso a lo que me refiero.

-No es para tanto -se defendió el niño-. Total, la rata ya estaba muerta cuando la encontré -murmuró. Por un momento, el hombre pareció estar al borde de tener que reprimir la risa, pero en seguida se recompuso.

-A ver, lo que quiero saber es si has visto o hecho algo sobrenatural. ¿Has escuchado voces o visto algo, por ejemplo? O quizás has sentido algo extraño.

El niño palideció.

-La hermana dice que hablar de eso es pecado -dijo casi en un susurro acompañado por un nuevo espasmo.

-La hermana probablemente considera que cualquier cosa que haga latir en lo más mínimo su pequeño corazón reseco es pecado. Ahora, responde a mi pregunta -bufó el hombre con sorna.

-Yo no he visto nada -dijo el chiquillo apartando la vista y mordiéndose el labio inferior. Al succionar, un viejo corte volvió a reabrirse. Había miedo en sus ojos, se dio cuenta el hombre, miedo real. Sin embargo, si presionaba un poco más...

-¿Ah, sí? ¿Y por qué tengo yo la sensación de que eso es mentira? Vamos, chaval, que estoy dispuesto a sacarte de este agujero infecto. Lo menos que puedes hacer por mi es decirme la verdad -le sonrió.

"Así, meneando la llave de la puerta de la libertad delante de sus narices", pensó. Ángelo titubeó.

-La hermana dice que si veo cosas tendrán que subirme la medicación. Y me harán rezar más -admitió a regañadientes. El niño pronunció la palabra "rezar" como si le diera alergia.

Las cejas del hombre se enarcaron.

-¿Medicación?

-No me gusta. Me hace sentirme cansado todo el rato -dijo el chiquillo con la vista clavada en el suelo. El extraño negó para sus adentros y por un momento desvió la vista a uno de los varios crucifijos que habían colgados en las paredes de la habitación. Si bien el orfanato entero estaba a rebosar de iconografía religiosa, alguien había puesto especial interés en que aquel cubículo quedara hasta arriba de Cristos agonizantes y vírgenes piadosas.

Por mucho que quisiera, no le sorprendía. Con esa panda de paletos ignorantes, lo sorprendente era que no hubieran tratado de exorcizarlo.

-Y a que lo adivino, da igual lo mucho que te empastillen, que aún así esas cosas siguen apareciendo cuando menos te lo esperas, pero eres lo suficientemente listo para fingir que ya no las ves -suspiró con resignación. Tras un instante de duda, el niño negó con la cabeza- ¿No? -preguntó el hombre sorprendido.

-No es que aparezcan cuando menos me lo espero -murmuró el crío, como si le estuviera revelando un secreto-. Es que siempre están ahí.


.

Apenas una hora más tarde el hombre volvía a cruzar la verja del orfanato, esta vez con los papeles firmados de la adopción en una mano y al crío de ojos rojos en la otra.

En cuanto se hubieron alejado lo suficiente, lo soltó como si quemara.

-Bueno, mequetrefe, te he sacado de ese agujero de mierda así que ya puedes ir dándome las gracias. A partir de ahora, como se te ocurra llamarme Giuliano, o peor, papá, te calzo un guantazo que te reconecto con el universo sin necesidad de entrenamiento -le soltó sin andarse con rodeos. Atrás quedaba el hombre que había fingido ser delante de la hermana.

-¿Y entonces cómo se supone que tengo que llamarte? -preguntó el niño, a medio camino entre el miedo y la impertinencia- ¡Ay! -se quejó llevándose la mano a la oreja, pues el hombre acababa de pegarle un buen tirón.

-A mi no te me pongas contestón, niñato. Para empezar nada de tratarme de tú a tú. Me llamo Athan, pero tú me te dirigirás a mi como Maestro. ¿Entendido? -sonrió.

El camino al santuario prometía ser absolutamente miserable, al menos, para uno de ellos.


El viaje en tren hasta el aeropuerto había sido tan incómodo y repleto de improperios como Ángelo había vaticinado que sería. Athan era un hombre malhablado, desagradable y demasiado amigo de pellizcarle o golpear su nuca cuando se le antojaba, pero aún así, peor era el orfanato. Además, había podido descubrir durante el trayecto más cosas acerca del mundo exterior de lo que había visto en toda su vida, lo cuál lo había mantenido entretenido aproximadamente los primeros quince minutos del viaje. En su opinión, las cosas que podía ofrecerte un pedazo de tierra antes de volverse aburrido eran limitadas y para colmo, su nuevo maestro había insistido de empezar desde ese instante con sus lecciones de griego.

-Qué coño piensas hacer cuando llegues al santuario y nadie más hable italiano, ¿eh, imbécil? -le había espetado cuando Ángelo había intentado protestar.

Las clases iban frecuentemente acompañadas de las quejas de su maestro ante su aparente falta de talento para los idiomas.

-Esperemos que no seas tan melón para entender el funcionamiento del cosmos como el de la gramática -había suspirado.

A pesar de todo, el mundo que se presentaba ante él parecía misterioso y emocionante. O como mínimo, más emocionante que el Orfanato de Nuestra Señora de la Misericordia -lo cuál, para ser justos, tampoco era tan complicado.

-¿Sabes esa especie de cositas brillantes que nadie más puede ver? -le había preguntado Athan en otra ocasión, mientras se fumaba un último cigarro a las afueras del aeropuerto.

-¿Eh? ¿Cómo sabes cómo son? ¿Acaso tú también puedes verlas? -había respondido Ángelo boquiabierto. Desde que había dejado de tomar las pastillas, los temblores y tics de sus manos habían parado y sus labios resecos y cortados tenían un aspecto mucho más saludable.

-Pues claro que puedo verlas, niñato. ¿Creías que eras el único? -sonrió Athan- Son almas -explicó.

-Almas... -musitó el niño para sí- ¿esas cosas que están dentro de la gente? La hermana Sofía dice que cuando morimos Dios se lleva el alma al cielo.

-Las hermanas de tu orfanato no dicen más que gilipolleces. ¿Acaso te crees todo lo que te dicen? -dijo Athan llevándose el cigarro a los labios y tomando una honda calada. Su vuelo todavía tardaría en salir y el hombre se había negado a entrar al aeropuerto antes de lo que fuera absolutamente necesario.

Ángelo dudó, así que finalmente no dijo nada.

-¿La gente del Santuario puede ver almas? -se decidió por preguntar.

-Nah, cada uno tiene su especialidad. Lo entenderás mejor cuando lleguemos -sonrió Athan- Pero mejor tú tampoco te hagas muchas ilusiones. Y hablando de ello, es hora de que pasemos a facturar. Pienso empujar un somnífero con una buena copita del alcohol, así que estaré fuera de combate durante el vuelo. Si me entero de que la has liado mientras dormía, te la vas a cargar, y si tienes ganas de potar, vete al baño -finalizó tirando la colilla al suelo y pisándola.

Ángelo terminó, efectivamente, vomitando en el baño del avión. Por desgracia, en su carrera al servicio terminó empujando a Athan y despertándolo; lo que conllevó, efectivamente, en una buena azotaina al pisar tierra.


.

Cuando llegaron al Santuario, Ángelo fue recibido por antiguos edificios de piedra que parecían salidos de otro mundo y varios guardias que portaban unas ropas diferentes a lo que él hubiera visto antes. El ambiente árido y pedregoso tan diferente de la campiña italiana le recordaba continuamente que su vida en el orfanato había quedado definitivamente atrás.

-Espera aquí y ni se te ocurra moverte, niñato -había dicho su maestro antes de acercarse a hablar con un hombre que, para sorpresa del niño, llevaba una brillante armadura plateada.

Ángelo se había quedado mirando cómo Athan se alejaba. Si bien no era que hubiera desarrollado mágicamente un gran apego hacia el hombre en los últimos días, quedarse solo en un lugar desconocido tampoco entraba en la lista de sus cosas favoritas. Mientras escaneaba confuso sus alrededores, un par de chiquillos decidieron acercarsele.

-¿...mo t' mas? -por primera vez, Ángelo deseó haber prestado más atención a las clases rápidas de griego que había recibido con su maestro.

-¿Qué? -preguntó estúpidamente. Los niños se miraron entre ellos. El que le había preguntado, un chavalín de piel morena y cabello negro que a todas luces parecía ser el cabecilla del grupo, dijo algo que no pudo entender y que suscitó las risas de sus acompañantes. O casi todos. Un chaval pelirrojo respondió algo en tono de reproche para después volverse hacia él con una sonrisa.

-Te ha preguntado cómo te llamas -enunció lentamente. Esta vez, Ángelo sí entendió la frase.

-Ángelo ¿tú? -preguntó con cuidado. Si se ceñía a las frases simples, no tendría problemas en comunicarse. O eso esperaba.

-Albert -sonrió el chaval- ¿para qué armadura vas a entrenar?

Ángelo repitió las palabras del niño en voz baja, esforzándose por traducirlas en su mente. Qué... ¿armadura?

-Oh. Cáncer -respondió con naturalidad, y no entendió cuando los ojos de los niños se desorbitaron.

-Bah, seguro que lo dice para llamar la atención -volvió a intervenir el chiquillo del pelo negro. Sin embargo, había un leve matiz de indecisión en su voz. Esta vez, sus secuaces no se rieron.

-¿Eh? ¿Por qué? -respondió ladeando la cabeza.

-¡Ángelo! -la voz de Athan cortó la conversación de lleno.

Si los rostros de los chiquillos parecían impactados cuando mencionó la armadura de Cáncer, al ver acercarse a su maestro cualquiera diría que habían visto un fantasma. Incluso el cabecilla terminó de perder todo su fuelle. Para cuando llegó Athan, Ángelo era el único niño que quedaba, pues todos los demás habían huído como alma que lleva el diablo.

-¿Es que no puedo dejarte solo ni cinco minutos? -reprochó Athan.

-¡Pero si no he hecho nada! -protestó Ángelo.

El hombre simplemente lo ignoró y procedió a agarrarlo de la muñeca con brusquedad y tirar de él, dejando tras ellos una gran nube de polvo.

-Tira, anda. Por Athena, no sabes cómo me muero por llegar de una vez a mi puto templo -suspiró Athan- Dime, ¿qué te estaban diciendo esos críos?

-Oh. Eran una panda de stronzos* -respondió encogiéndose de hombros. Su maestro le asestó una buena colleja- ¡Auch!

-Oye, cuidadito con el lenguaje.

-¡Pero si tú lo estás diciendo todo el rato!

-Ya, pero yo soy un adulto. Una de las primeras cosas que tienes que aprender en esta vida, pequeño bastardo, es que el mundo no es justo. Grábatelo bien en esa cabecita tuya -dijo Athan mirándolo fijamente. Tras su sonrisa sardónica brillaba una chispa de inusitada seriedad que hizo que Ángelo tragara saliva y se limitara a asentir-. De todos modos, si te estaban molestando, tampoco le des importancia. Dentro de unos meses, más de la mitad de esos mocosos estarán muertos.

Ángelo se detuvo en seco, ganándose un tirón de muñeca por parte de su maestro que casi lo hizo salir despedido.

-¿Que estarán muertos? -gritó al incorporarse escupiendo polvo. Athan se limitó a encogerse de hombros.

-Claro, la mayoría de los aprendices palma durante el entrenamiento -la expresión de absoluto terror del niño fue más que suficiente para dejar claro a Athan qué debía estar pensando su alumno-. Tú no, cazurro -suspiró rodando los ojos.

-¿Cómo estás seguro de que yo no? -exclamó el muchacho, claramente aún desconfiado.

-En primer lugar, porque eres un aprendiz de caballero de oro, no de plata o bronce como esos mindundis. Y en segundo lugar, porque si tengo que ir a buscar a otro pequeño pedacito de mierda como tú y entrenarlo desde cero, te juro por lo más sagrado que me tiro de cabeza desde lo alto de la estatua de Athena -dijo Athan deteniéndose para mirarlo fijamente a los ojos- ¿Satisfecho?

-Oh -Ángelo no estaba seguro de qué implicaba ser un caballero de oro, pero si podía confiar en algo, era por el absoluto disgusto que su maestro sentía por los niños-. Caballero de oro... -musitó- ¿Es por eso por lo que los otros niños me miraron raro cuando les dije que iba a entrenar para la armadura de Cáncer?

-Exactamente, niño... exactamente -sonrió Athan. Antes de darse cuenta, su caminata los había llegado al comienzo de su escalinata que llevaba a una serie de majestuosos templos de marmol. Ángelo los contempló embobado- Cierra la boca y dime, ¿ves ese precioso templo griego que se erige imponente sobre las escaleras? -dijo señalando al último edificio que se veía en lo alto de la colina. Ángelo asintió- Pues espero que te guste subir escaleras, porque vamos a subir a presentar nuestros respetos ante el Gran Patriarca y yo no pienso cargarte. Andando.

-Espera, ¿qué? -preguntó el niño con los ojos como platos.

-Y nada de quejas.


.

Para cuando llegaron al Templo Principal, Ángelo sentía que ya estaba medio muerto. El aura intimidante del gran Patriarca y de los caballeros con armaduras doradas que lo escoltaban a sus lados terminaron de asesinar sus ganas de hablar, así que se limitó a quedarse quietecito y callado al lado de su maestro en un alarde de buen comportamiento que las monjas habrían dicho que era imposible para él.

Athan no se demoró en empezar con su entrenamiento y durante las próximas semanas, los cardenales, las magulladuras y agujetas se convirtieron en sus nuevas compañeras. Muchas noches, se iba a dormir tan dolorido a su cama en el cuarto templo, que en ocasiones se preguntaba si no habría sido mejor para él quedarse en el orfanato. Sin embargo, el fantasma de la imagen de los caballeros de armadura dorada que había visto el primer día había permanecido acechando en su mente. En el orfanato, se dijo, no había nada para él, a excepción de los crucifijios que lo observaban atormentados desde las paredes raídas, las plegarias de las monjas y una medicación que lo dejaba atontado. Tampoco ahí había terminado de encajar con los otros niños, que por algún motivo, parecían tenerle miedo. En el santuario, al menos, tenía la posibilidad de convertirse en alguien importante, alguien poderoso. Y, por otro lado, observándolo desde un lugar privilegiado en la entrada del templo, estaba la armadura de Cáncer.

Pocas veces había visto a su maestro portándola, y cuando lo hacía se trataba principalmente durante su turno de hacer guardia. Sin embargo, incluso aquel hombre de barba mal afeitada y cabello despeinado parecía un héroe de cuento cuando la vestía. En ocasiones Ángelo había tratado de imaginarse a sí mismo llevándola, pero la imagen nunca terminaba de aparecer en su mente.

Tal y como había dicho su maestro, muchos de los chiquillos que había visto pulular por la arena de entrenamiento terminaron desapareciendo eventualmente. Nadie los mencionaba, era como si nunca hubieran estado ahí. En una ocasión, Ángelo pudo escuchar sollozar al alma del chico pelirrojo con el que había hablado el primer día. Esa noche, apenas pudo dormir.

Durante las primeras semanas alcanzó a ver por las escalera a un par de críos varios años menores que él que su maestro le dijo que eran los aprendices de Acuario y Escorpio. También alcanzó a ver de refilón a un adolescente rubio y que caminaba con un aire innato de elegancia en dirección al tercer templo. Sin embargo, nada le hacía sentir curiosidad por acercarse a ellos, pues bastante tenía con sus propios problemas.

Ángelo no lo sabía, pero eso estaba a punto de cambiar.


.

La niña que entró en el santuario era, probablemente, la criatura más bella que había visto Ángelo hasta aquel día. Con delicados rizos rubios que rozaban los lóbulos de sus orejas y unos bellos ojos color aguamarina, parecía un querubín sacado de uno de los cuadros que las monjas tenían expuestos en el orfanato.

Cuando pasó a su lado, Ángelo se percató de dos cosas: la primera, que la niña tenía varios moratones floreciendo sobre la piel pálida que quedaba a la vista bajo la ropa de entrenamiento. La segunda, que su mirada parecía tan vacía y carente de vida la de los pequeños ángeles de las pinturas.

-No te encariñes con él, no vale la pena -bufó su maestro con una risilla desagradable, mientras la chiquilla se alejaba escaleras arriba acompañada por un hombre de largo cabello plateado y armadura dorada que Ángelo no había visto hasta ahora.

-¿Él?

-Claro, idiota, todos los aspirantes para una armadura dorada son hombres. Ese que acaba de pasar es Lugonis de Piscis, y el que va con él, su nuevo aprendiz. Pero no tiene pinta de que vaya a durar mucho.

Ángelo frunció el ceño ante la información recibida.

-Pensaba que los aspirantes a una armadura de oro eramos especiales... ¡Auch! -añadió, frotándose la nuca tras recibir una generosa colleja por parte de Athan.

-Primero que nada, que ni se te ocurra pensar que eres especial, mierdecilla. En segundo lugar, cuesta encontrar a mocosos que hayáis sido bendecido por la estrella adecuada, pero eso no es nada en comparación con el entrenamiento que tienen que llevar a cabo los caballeros de Piscis. El proceso que siguen para conseguir envenenar su sangre mata a casi todos los aspirantes. Te apuesto lo que quieras a que ese flacucho estará vomitando sus propios intestinos en un máximo de tres días.

El flacucho, para sorpresa de su maestro, sobrevivió los primeros tres días. Eso días se convirtieron en una semana y en breve, un mes. Cuando Ángelo le llamó la atención sobre ese hecho, tuvo que esquivar una cuchara de madera lanzada con muy buena puntería y bastante mala baba.

Sin embargo, eran ambos aprendices de caballeros de oro. Y eso significaba que estaban destinados a cruzarse.

.


.

¡Y hasta aquí el capítulo, chicos!

Este fic pertenece al universo de Entre las cenizas, y lo sucedido aquí es canon dentro de esa historia. No es necesario leerlo para entender este fic, pero si os gusta cómo escribo os animo a que le echéis un vistazo.

Para este capítulo, me baso en la idea que manejaba Lost Canvas de que cuando Sage encontró a Manigoldo, este ya podía ver y comunicarse con las almas. También voy a basarme en el canon del mismo universo de que, para poder sobrevivir rodeados de rosas venososas, la sangre de los caballeros de Piscis termina envenenándose.

Por otro lado, la medicación que le administraban a Ángelo eran antipsicóticos que producen, entre otras cosas, los efectos secundarios ya mencionados.

Stronzo es un insulto en italiano que significa, esencialmente, "gilipollas". Bastardo significa exactamente lo mismo que en español.

Cualquier cosita, me la dejáis en los comentarios.