Barkis Bittern observó la ciudad desde la colina. Una suave neblina cubría todo y le dificultaba la vista, pero sabía perfectamente a dónde se dirigía. Las luces de la gran mansión que presidía la pequeña ciudad iluminaban su camino, invitándolo a entrar en la ciudad. Con una sonrisa sacó el recorte de periódico que llevaba en el bolsillo. El papel arrugado mostraba a una joven de pelo castaño junto con un hombre y una mujer de mediana edad y entre las letras descoloridas todavía se podía leer el encabezado de la noticia:

EMILY MERRIMACK, LA GRAN HEREDERA DEL IMPERIO DE LA SEDA

Guardó otra vez el recorte y retomó su camino. Necesitaba prepararse para el día siguiente. Al fin y al cabo, no era como si todos los días fuera a conocer a su futura esposa.


Emily se despertó como cada mañana, con la luz del sol entrando por su ventana. Como todos los días, se levantó y se vistió, se dirigió al salón y desayunó con sus padres, para después irse a la sala de estar a practicar con el piano. Desde que era capaz de recordar le había gustado tocar el piano y podía pasarse horas tocando sin preocuparse de comer o dormir. Le gustaba sentir el tacto de las teclas del piano bajo sus dedos y la melodía que salía de las entrañas del piano cada vez que tocaba. Al principio, solo seguía las partituras, pero poco a poco había empezado a improvisar, cambiando un sol por un do o un fa por un la, experimentando y cambiando las melodías, hasta que finalmente había sido capaz de casi componer una canción entera ella sola. Emily no se consideraba una virtuosa, creía que todavía tenía mucho por aprender, pero era consciente de que tenía talento para ello.

El gran reloj del salón resonó varias veces por la casa hasta que Emily decidió que había pasado suficiente tiempo entre las teclas. Notaba el cuerpo entumecido después de haberse pasado horas sentada y decidió que iba a disfrutar de un paseo para relajar la tensión de los músculos.


Emily disfrutaba de sus paseos por la ciudad. Adoraba ver a la gente por las calles, a los niños divirtiéndose en la plaza y a los ancianos disfrutando del buen tiempo que había. Emily saludaba a todos los habitantes de la plaza. A pesar de tener una gran fortuna, Emily nunca se había sentido muy alejada del resto de la gente y siempre les contestaba con palabras amables y conversaba con ellos. El resto de la ciudad le tenía en gran estima y siempre hablaban buenas palabras de ella a los extranjeros que preguntaban por ella al quedarse embelesados por su belleza.

Los pasos de Emily la llevaron más alejada de lo que normalmente iba y cuando quiso darse cuenta, se encontraba a la entrada del bosque que cubría la ciudad. Sin dudarlo, decidió entrar dentro. Emily amaba la naturaleza y le encantaba ver los diferentes tipos de plantas que crecían en el bosque. No solía ir al bosque tanto como quería, pero los viajes que hacía siempre eran bien aprovechados.

Adentrándose en el bosque, notaba la humedad que había en el ambiente y cuando uno de sus tacones quedó atrapado en la tierra mojada, Emily cayó al suelo delante de un viejo roble y su vestido se llenó de barro. Soltó un gruñido impropio de una dama de su clase social. Escuchó unos pasos chapoteando cerca de ella y levantó la vista, encontrándose cara a cara con un hombre que le tendía la mano. Su corazón saltó en su pecho y Emily se sintió como en un cuento de hadas. Había encontrado a su príncipe azul.

-Muchas gracias- Emily le agradeció cuando logró volver a poner los pies en el suelo.

-No hay nada que agradecer, señorita…- el extraño dejó que las palabras quedaran en el ambiente y Emily se adelantó a contestar.

-Emily, Emily Merrimack- contestó con una sonrisa que el extraño le devolvió, haciendo que las mariposas de su estómago revolotearan.

-Encantado, yo soy Barkis Bittern- se presentó el extraño, acercando la mano para que Emily pusiera encima la suya y se la besara. Emily no tardó ni un segundo en hacerlo y pudo sentir los labios de Barkis sobre su piel. Aunque fuera momentáneamente, Emily disfrutó del contacto.

-¿Y qué le trae por aquí?- le preguntó Emily por curiosidad.

Barkis entonces empezó a relatar la historia que se había inventado la noche anterior, tendido sobre su cama. Barkis le contaba sus aventuras falsas por el mundo, le contó sus viajes a la India y sus viajes por América. Los ojos de Emily brillaron, interesada en cada una de las palabras de la historia que le contaba su acompañante y puso una mueca de tristeza cuando acabó.

-Oh, perdona, debo de estar aburriéndote- dijo Barkis al acabar, buscando provocar a Emily.

-No, no, para nada. Estoy disfrutando de tu conversación- Emily le contestó apresurada. El hombre le parecía encantador. Al contrario que los hombres que se presentaban en su casa, que lo único que buscaban era agradar a su padre, Barkis realmente había logrado seducirla.

Siguieron enfrascados en la conversación hasta que el gran reloj del pueblo sonó, sacando a Emily de sus fantasías y percatándose de que se le había hecho bastante tarde para volver. Se disculpó con Barkis y se dio la vuelta para volver por donde había venido.

-Espera. Emily- escuchó la voz de Barkis detrás de ella y se volvió a girar, estando otra vez cara a cara con él. Barkis puso la mejor cara de modestia que pudo y volvió a hablar- quizá es algo inapropiado, pero me gustaría volver a verte.

Una sonrisa apareció en la cara de Emily. Ella también deseaba volver a verle.

-No es inapropiado, para nada- Emily le tranquilizó- a mí también me encantaría volver a verte.

Barkis y Emily quedaron en volver a encontrarse debajo del mismo roble, a la misma hora. Emily estuvo de acuerdo. Le gustaba la privacidad que le podía dar el bosque y le daría tiempo a volver a su casa sin problemas.


Cuando Emily desapareció de su campo de visión, una gran sonrisa apareció en la cara de Barkis. La primera parte de su plan estaba completa con éxito. No se podía creer que esa niña fuera tan tonta como para enamorarse tan rápidamente de él, pero no se iba a quejar. Iba a ser millonario mucho antes de lo que pensaba.

Barkis había seguido a Emily por el pueblo toda la mañana, escondiéndose en los callejones y evitando ser visto, buscando la oportunidad perfecta para encontrarse con ella. La oportunidad perfecta se le había presentado cuando ella había entrado en el bosque y se había caído. Había sido tan fácil de seducir… simplemente había contado un par de historias que había leído alguna vez en el periódico y se había inventado otras tantas y ella había sido tan ingenua de no cuestionar ninguna. Ahora tenía que preparar la segunda parte de su plan, por lo que se volvió a su posada canturreando feliz.


Durante las semanas siguientes, Barkis y Emily continuaron viéndose, siempre en el mismo lugar, siempre a la misma hora, siempre a solas. Emily salía siempre temprano de casa, intentando evitar encontrarse con nadie que le pudiera hacer preguntas. Barkis había insistido en llevarlo en secreto, ya que no quería que se pudiera gafar la relación que estaba empezando a florecer y a Emily simplemente le había parecido bien. La gente en la ciudad se comenzó a preocupar cuando dejaron de verla por la plaza y cuando no volvieron escuchar la música del piano salir de su casa. Emily se encontraba reacia a dar cualquier tipo de explicación y, si por algún casual, se encontraba con alguien del pueblo que le preguntara, intentaba cambiar el tema de conversación a algo más banal o se escabullía de la conversación con cualquier excusa.

Los días se sucedían igual hasta que un día Barkis le hizo una pregunta que hizo que el corazón de Emily se acelerara.

-Emily, sé que nos conocemos desde hace poco, pero siento como si nos conociéramos de toda la vida- Barkis se apoyó sobre una rodilla mientras sacaba un anillo del bolsillo- ¿Querrías casarte conmigo?

Emily no se lo podía creer. Se sentía flotar y su primer impulso fue saltar sobre Barkis, abrazándolo. Barkis sonrió en el abrazo. Emily era tan ingenua. Dile un par de frases bonitas, sonríe un poco y será tuya.

-Me encantaría- Emily le dijo al oído. Barkis casi podía sentir el dinero en sus manos, pero Emily continuó, dificultándole su plan- a papá le encantará cuando se lo diga. Creo que os llevaréis muy bien cuando os presente.

Barkis se quedó petrificado. No esperaba tener que conocer a Anton Merrimack, su padre, pero negárselo podría poner en riesgo su plan.

-Me encantaría- le contestó sin entusiasmo en la voz.


Anton Merrimack no era idiota. Había construido un imperio de la nada con sus propias manos y sabía cuándo algo iba mal. El primer signo de alarma que vio fue cuando no escuchó a Emily tocar el piano por la mañana. Extrañado, se había acercado a su habitación solo para encontrarla vacía y las sirvientas no habían sabido decirle dónde se encontraba. Al escuchar a su hija regresar, Anton había bajado de su despacho y la había confrontado, recibiendo solo vagas respuestas que no complacían al magnate, por eso decidió llegar al fondo del asunto. Cuando Emily le habló de Barkis, Anton pudo ver su oportunidad de hacer ver a su hija que no le hacía ningún bien, por lo que estuvo de acuerdo en conocerlo.

Ver a Barkis delante de su puerta temblando ante él, hizo que sus sospechas se incrementaran. Emily estaba cegada por el amor y no podía ver la realidad de Barkis, pero su padre veía a través de las capas de falsas promesas de Barkis y supo lo que era en realidad, un buscafortunas que se había acercado a su hija solo por su dinero. Anton no iba a decirle nada a su hija por el momento, encontraba divertido ver a Barkis intentando impresionarle con historias falsas.

-Padre- le llamó Emily- queremos casarnos.

Anton casi se atraganta con el café que estaba bebiendo en ese momento. La furia lo inundó y se levantó de la silla con un salto, haciendo que la silla se cayera al suelo con un ruido seco. Emily nunca había visto a su padre tan enfadado, por lo que se estremeció contra Barkis. Barkis por su parte, veía su plan derrumbarse. Estaba claro que Merrimack había logrado descubrir su fachada y no se iba a quedar callado.

-¡Ya es suficiente!- Anton se acercó a Barkis amenazante- ¡Te quiero fuera de la ciudad mañana y no quiero que vuelvas a acercarte a mi hija jamás!

-Pero padre…- Emily intentó tranquilizarte.

-No te preocupes, Emily- dijo Barkis. No quería que Emily descubriera lo que era, así que lo único que podía hacer era retirarse de la forma más elegante posible- me iré.

Barkis se levantó de donde estaba y se dirigió a la puerta. Emily miró una última vez a su padre, que temblaba de la furia, y corrió tras él.

-Emily, no- fue lo último que escuchó de su padre antes de cerrar la puerta de un portazo.

Encontró a Barkis volviendo por las calles refunfuñando y lo detuvo. Barkis se sorprendió de que le hubiera seguido después de todo lo que había pasado con su padre. Quizá su plan no estaba tan perdido como pensaba, pero necesitaba arreglarlo rápido. Una idea se formó en su cabeza.

-Escapémonos juntos- le dijo a Emily cogiéndole de las manos y rápidamente añadió- no puedo vivir sin ti.

Emily se sintió conmovida por la frase y un sonrojo apareció en sus mejillas.

-Pero ¿de qué viviremos?- le preguntó preocupada.

-Venderé mi reloj de bolsillo. Con eso podremos vivir un tiempo sin problemas y mientras tanto yo podré trabajar de cualquier cosa. Limpiaré establos, si hace falta.

Emily se sorprendió. Barkis le había contado que el reloj de bolsillo era una gran herencia familiar que se pasaba de padres a hijos. Otra de las grandes mentiras de Barkis. Ese reloj no valía nada y se lo había robado a un mercader en la última ciudad en la que estuvo.

-No, no puedo dejar que hagas eso- Emily le dijo- cogeré joyas de la familia y algo del dinero que tiene mi padre escondido.

-¿Harías eso por mí?- le preguntó Barkis actuando de la mejor manera que pudo.

Emily asintió. Estaba dispuesta a hacer lo que fuera por el amor de su vida, pero ahora tenía que volver a casa o su padre mandaría que la buscasen. Emily y Barkis se despidieron, dejando fijada la hora para encontrarse y el lugar. Emily volvió a casa alegre por el plan, pero su cara cambió al entrar por la puerta. Todavía tenía que enfrentarse a su padre.


Emily había esperado con los ojos abiertos en su cama a que llegara la hora de marcharse. Había soportado sin decir ninguna palabra el sermón de su padre y se había ido a la cama después de darle un abrazo y de asegurarle que todo iba a ir bien. Emily sabía que su padre se preocupaba por ella, pero ella quería ser capaz de tomar sus propias decisiones. Se sentía un poco culpable de marcharse de casa a escondidas y sin despedirse, pero no podía dejar que su padre se entrometiese.

El reloj sonó dando las dos de la madrugada y Emily se levantó de su cama intentando hacer el menor ruido posible. Había escondido debajo de su cama una bolsa con las joyas de la familia y fajos de billetes de su padre. Sonrió. Iba a ser muy feliz empezando una nueva vida al lado de Barkis. Él era perfecto y era el hombre de su vida, al que había estado esperando durante mucho tiempo. Antes de irse, decidió cambiarse de ropa, si se iba a casar lo iba a hacer apropiadamente, por lo que cogió el vestido de novia de su madre del armario. Su madre se lo había regalado en su decimoctavo cumpleaños con la promesa de ponérselo el día de su boda con alguien a quien de verdad quisiera, como ella había hecho años atrás con su padre.

Bajó las escaleras, con cuidado de no despertar a nadie, y salió por la puerta principal. El frío viento nocturno le mordió la cara y los brazos, pero eso no le detuvo. Tenía que llegar a su destino, el gran roble donde se habían encontrado por primera vez.

Emily subió la colina que la llevaba a su destino y se decepcionó al ver que Barkis no había llegado. Sacudió la cabeza intentado librarse de pensamientos intrusivos. Barkis iba a venir, estaba segura. Intentó entretenerse observando a su alrededor. Desde donde estaba, la ciudad se veía diminuta, como si fuera de juguete. Una parte de su corazón le decía que no se fuera, que se quedara, pero otra le gritaba con fuerza que siguiera con el plan y eso hizo.

Cuando Emily estaba a punto de irse frustrada, escuchó unos pasos detrás de ella que hicieron que se girara con miedo, pero se tranquilizó al ver la cara de su prometido saliendo de entre las sombras.

-¡Barkis!- Emily saltó a sus brazos- Has venido.

-Por supuesto que he venido- Barkis sonrió en el abrazo y dirigió una de sus manos al bolsillo de su chaqueta, sacando una pequeña daga. Era su oportunidad. Aprovechando la poca distancia que los separaba, Barkis clavó la hoja hasta la empuñadura, haciendo que Emily soltara un quejido al notar el metal abriéndose paso por sus entrañas.

-¿Qué has…?- Emily intentó articular mientras Barkis la dejaba tirada en el suelo. Acercó la mano a donde había clavado la daga y se asustó al ver la cantidad de sangre que había. Las sienes le palpitaban y se notaba cada vez más débil mientras intentaba mantener la consciencia.

-Oh, querida, no es nada personal, solo negocios- Barkis rio mientras levantaba la bolsa que había traído Emily y se perdía en la oscuridad de la noche, dejándola sola en el suelo.

Emily estaba desesperada. Notaba que la vida se le escapaba y no podía hacer nada. Los músculos apenas le respondían y la falta de sangre hizo que su vista se volviera borrosa. Intentó aunar fuerzas y arrastrarse para pedir ayuda. Era inútil, al intentar apoyarse en el suelo resbaló y se volvió a quedar en la misma posición. Emily se desvaneció, no siendo capaz de mantener la consciencia durante más rato. Su corazón se detuvo y exhaló por última vez.


Cuando Emily se despertó, no reconoció el sitio en el que se encontraba. La música sonaba por todos lados como si hubiera una fiesta y Emily se levantó del sofá donde estaba. Se inspeccionó el cuerpo. Tenia el vestido lleno de barro y sangre y estaba roto en algunas zonas. Le faltaban las joyas y tenía el pelo lleno de hojarasca. Emily tocó con su mano la zona en la que había estado la daga de Barkis, sintiendo el agujero que había dejado en su piel, aunque ya no salía sangre. Se estremeció. ¿Qué había pasado?

Titubeante se dirigió a la primera puerta que encontró. Al abrirla, la música de jazz golpeó sus oídos, junto con las risas y gritos de la gente. Al mirar dentro se asustó. La puerta que había abierto era la entrada a un bar donde había esqueletos tocando en el escenario y varios cadáveres en diferentes estados de descomposición aplaudían y vitoreaban a los artistas. El cantante principal la señaló alegre, interrumpiendo la música al hablar.

-Nuestra invitada ha venido- al decir eso, la sala entera se giró y la miró. Estallaron en aplausos y una cabeza encima de varias cucarachas le dirigió la palabra.

-Bienvenida. ¿Algo para beber? Invita la casa- le preguntó con un marcado acento francés.

Emily se sentía a punto de colapsar. Tenía que estar soñando. Esto no podía ser real. La falta de sangre le había tenido que afectar a la cabeza. Estaba segura de que si cerraba los ojos, cuando los volviera a abrir todo volvería a la normalidad, pero no funcionó. Cuando volvió a abrir los ojos se encontraba en el mismo pub, con la misma gente mirándola expectante.

-Dejadla tranquila. La vais a asustar- un pequeño esqueleto con un fémur a modo de bastón salió de entre la multitud.

-Perdón, Gutknecht- el esqueleto con bombín se disculpó- nos hemos dejado llevar por la novedad.

Gutknecht no contestó. Se dirigió a Emily y le habló.

-Acompáñame, querida, estoy seguro de que tendrás muchas preguntas y este no es el mejor sitio para hablar tranquilamente.

Gutknecht se dirigió a la puerta y esperó a que Emily lo siguiera. Al volver a cerrar la puerta, la música de dentro se reanudó.

Emily siguió al esqueleto por las calles de lo que parecía una ciudad. La ciudad le parecía preciosa aunque fuera un poco tétrica. Los faroles iluminaban todas las calles y sus habitantes hablaban alegremente. Una estatua de un esqueleto de un caballo adornaba la plaza central, dándole un tono más lujoso a todo.

-¿Qué es este sitio?- le preguntó Emily a Gutknecht cuando se detuvieron delante de una casa.

-Estás en la tierra de los muertos, querida- Gutknecht le contestó con total tranquilidad, sacando un manojo de llaves y abriendo la puerta. Gutknecht era el encargado de darle la bienvenida a los nuevos residentes de la ciudad, aunque seguía siendo tan difícil como la primera vez. Emily estaba en shock. Su cabeza no era capaz de asimilar lo que estaba pasando. La realidad le pesaba. Ella estaba muerta… y su príncipe azul había sido el verdugo.

Gutknecht la dejó sola. Sabía que la gente nueva necesitaba la soledad para asumir su nueva realidad. Había visto miles de personas pasando por la tierra de los muertos y nadie estaba preparado para la muerte. Emily lloraba, culpándose por lo que había pasado. Su padre tenía razón y ahora ella tenía que aceptar las consecuencias de sus actos.

No supo cuánto tiempo había pasado hasta que se levantó del suelo, cansada de lamentarse, y se dirigió fuera de la casa. La copa que le habían ofrecido antes no le parecía tan mala idea.

Volviendo sobre sus pasos, llegó al pub de antes, con la diferencia de que ahora ningún ruido salía de la puerta. De no haber sido por la luz que estaba encendida a ambos lados de la puerta, Emily habría pensado que el pub estaba cerrado. Al entrar, Emily vio que el lugar estaba desierto, a excepción del extraño camarero que le había hablado antes y el cantante principal. Antes de que Emily entrara, ambos estaban enfrascados en una conversación sobre el pub, pero cuando escucharon la puerta abrirse, se giraron y sonrieron al ver a la chica entrar.

-Siéntate con nosotros- el esqueleto con bombín le ofreció alegre, mientras con la mano señalaba una silla a su lado- ¿Quieres tomar algo?

-Lo más fuerte que tengas- Emily le pidió mientras se sentaba en la silla. No sabía si el alcohol le iba a afectar o si lo iba a saborear si quiera, pero necesitaba esa copa. El camarero no tardó en servirle un líquido verde en una copa que Emily vació rápidamente. El líquido le resbaló por la garganta, pero en vez de sentir el ardor típico no sintió más que un cosquilleo.

Sus dos extraños acompañantes se presentaron, Paul y Bonejangles. A pesar del susto inicial, a Emily le parecieron entrañables. No supo si fue por la tristeza que todavía sentía o por la confianza que le daban, pero cuando Emily se quiso dar cuenta, les estaba contando su historia. Paul y Bonejangles escucharon atentamente a Emily hablar, buscando consolarla con su compañía. Al acabar, Emily se sentía más ligera, como si se hubiera quitado un peso de encima. Bonejangles le ofreció un puesto en su banda de jazz después de escucharle hablar de lo mucho que le gustaba tocar el piano. Emily aceptó encantada la proposición. Continuaron conversando durante bastantes horas, hablándole de la tierra de los muertos y de las cosas que hacían allí. Emily ya no se sentía como una extraña y el miedo y la tristeza se habían esfumado después de disfrutar de la compañía de ambos.

Los primeros clientes comenzaron a entrar por la puerta y saludaban a Emily efusivamente, dándole la bienvenida. Bonejangles se subió a la tarima y con una mano invitó a Emily a seguirlo hacia el piano. Emily se colocó y hábilmente comenzó a presionar las teclas. La música salía del instrumento y embaucaba a todos los presentes. Dejándose llevar por su pasión por la música y por los vítores de la gente, Emily supo que las heridas iban a sanar.

Llevaba tiempo deseando escribir algo un poco más dramático y me acordé de esta película de mi infancia. Espero que os haya gustado. :)