TODO EMPEZÓ EN UNA BODA

Por Cris Snape


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.

Esta historia participa en el topic "¡Duelos entre Potterhead!" del foro Hogwarts a través de los años.

Dani H. Danvers me desafió a escribir un fic de Draco y Astoria sin drama de por medio. ¡Allá voy!


Theodore Nott y Daphne Greengrass se casan el 25 de diciembre de 2003. Hace un frío de cojones y los jardines de la mansión de los Greengrass están cubiertos de nieve. La ceremonia de unión tiene lugar a los pies de un Cercis siliquastrum que está rodeado por multitud de esferas luminosas de color dorado.

Daphne está guapísima. Se ha empeñado en dejar sus hombros al aire pese a que la piel se le está poniendo un poco azul. Su vestido es precioso y Astoria se ha encargado de su cabello y del maquillaje. Es, después de todo, su pasatiempo favorito. Camina del brazo de su padre, que está muy elegante y henchido de orgullo. Hyperion Greengrass entrega a su primogénita a Theodore, convencido de que ha encontrado el mejor yerno posible.

El apellido Nott podría haber caído en desgracia. El padre de Theo fue un mortífago de lo peor, un auténtico cabrón y un hijo de puta sanguinario. Le hubiera encantado que su hijo siguiera sus pasos y sirviera a su Señor Tenebroso, pero Theodore eligió otro camino. En Hogwarts, se unió al Ejército de Dumbledore y luchó contra Voldemort y sus acólitos durante la última batalla. Después de la guerra, heredó todo el patrimonio de los Nott, puesto que su progenitor fue parcialmente devorado por acromántulas y se llevó todo el deshonor de la familia a la tumba.

Astoria no está segura de que Theodore le caiga bien. Apenas ha tratado con él en los últimos años. Después de graduarse en Hogwarts, se marchó a Estados Unidos para disfrutar de un año sabático que se ha transformado en unos cuantos más. Regresó a Inglaterra en septiembre, para ayudar a su hermana con los preparativos de su boda, y su padre le ha dejado las cosas bien claras. "Es hora de que pienses en tu futuro, vida mía".

En realidad, tiene bastante claro lo que quiere hacer. Viajar, conocer gente, salir de fiesta, divertirse y comprarse cosas. Lástima que Hyperion no quiera seguir costeándole sus caprichos. Astoria ha buscado el apoyo de su hermana, pero Daphne está de acuerdo en que no puede proseguir con esa existencia superflua y desenfrenada. ¡Cómo si tuviera algo de malo! Si su madre siguiera viva, seguro que se pondría de su parte. Por desgracia, falleció cuando Astoria sólo tenía cinco años. Se sabe sola en este mundo y supone que, a partir del próximo uno de enero, se verá obligada a hacer esa cosa tan horrible: madurar.

Hasta que ese día llegue, piensa seguir disfrutando de la vida. No es por presumir, pero el vestido azul que llevan las damas de honor le sienta mejor que a nadie. Millicent Pucey está demasiado embarazada (y tiene una cara rara), Tracey Davis es demasiado bajita y Pansy Parkinson se lo tiene muy creído. No sabe cuál de las tres le cae peor. En Hogwarts siempre la apartaban y la llamaban mocosa insoportable. Supone que con el tiempo se habrán vuelto más simpáticas o no serían amigas de su hermana.

Alza la vista para fijarse en los padrinos. Jimmy Peakes no está nada mal para ser un nacido de muggles. Blaise Zabini tiene pinta de ser un auténtico Dios del Sexo. Explosivo Finnigan sigue siendo un retaco, en sintonía con la estatura de Tracey. Draco Malfoy aún va por la vida con la nariz arrugada como si oliera excrementos animales, aunque es atractivo. No tanto como Zabini, pero una puede alegrarse la vista a gusto contemplando el cabello rubio y los ojos grises. Si sólo fuera un poco más simpático.

Astoria intenta hacer memoria. Todos en el mundo mágico saben que llevan la Marca Tenebrosa tatuada en el brazo. Después de la guerra, fue sentenciado a dos años en Azkaban, aunque la pena le fue conmutada por servicios comunitarios y una cuantiosa multa. Astoria lo recuerda bien porque su padre fue el encargado de comunicarle la sentencia. Hyperion Greengrass se convirtió en el azote de los mortífagos después de la guerra, aunque muchos le acusaron de ser demasiado laxo con los más jóvenes. No tiene mucha idea de lo que ha sido de él en estos años. Si está en la boda de Daphne, ha debido portarse bien. O tal vez no, porque no se le escapa la mirada despectiva que le dirige su progenitor.

Se fija en él más que en cualquier otro padrino. La túnica oscura que lucen todos le sienta bastante bien. Es elegante, aunque no tiene pinta de ser cara. Y Astoria Greengrass sabe mucho de ropa cara. Está bien peinado y afeitado, aunque se vislumbran unas líneas oscuras bajo sus ojos. ¿Habrá tenido una noche movidita? Siempre ha sido delgado, pero esa mañana Astoria piensa que necesita engordar algunos kilos. Se distrae tanto observándolo que casi se pierde el momento de la unión entre Theo y Daphne.

Sonríe mientras se besan. Su padre carraspea ruidosamente cuando dicho beso dura más de lo deseable. Astoria piensa en lo mojigato que ha sido siempre. Cuando tenía siete años, le dijo que una dama no solo debía ser honrada, sino parecerlo. ¡Qué estupidez! En primer lugar, tendría que haberle explicado que significaba para él eso de ser honrada.

Una vez terminada la parte más solemne de la celebración, comienza lo más divertido. A Astoria le encantan las fiestas y es un auténtico placer para ella ejercer de anfitriona. Puesto que su madre no está, recae sobre su persona la obligación de atender a los invitados. La crème de la crème se ha reunido en su mansión. Después de todo, su padre es un hombre importante y con influencias. El Ministro de Magia, la Presidenta del Wizengamot, un montón de mandamases y gente rica. Incluso Harry Potter anda por allí, junto a su esposa. Ginny también está embarazada y luce un vestido verde de manga larga que resalta su belleza. Una buena elección, sí señora. Potter aún es considerado un héroe por la mayor parte de los magos y las brujas de Inglaterra, pero sigue siendo muy torpe en sociedad. Cuando baila con su esposa, Astoria tiene que apartar la mirada.

—Es doloroso de ver, ¿verdad?

Es Draco Malfoy. Se ha pasado toda la velada dando vueltas por allí, con la cabeza erguida y comportándose como si fuera el rey del mundo mágico. Astoria siente mariposas en el estómago cuando le habla. De cerca es mucho más guapo.

—Aunque haya salvado al mundo mágico, alguien debería prohibirle bailar en público, sí.

Draco se ríe. Tiene una copa de champán en la mano derecha. Astoria siente la tentación de subirle la manga para observar el tatuaje de Voldemort.

—Cinco galeones a que le da un pisotón a la pequeña comadreja en los próximos cinco minutos.

—¡Qué va! Antes de que acabe esta canción.

Estrechan las manos. Apenas han pasado treinta segundos cuando Astoria gana la apuesta. Celebra su victoria con una carcajada y Draco la mira con una expresión extraña en la cara. Nunca le ha gustado perder. Teme que haya podido enfadarse por semejante tontería, aunque al final él también se ríe.

—No presumas tanto. Ganar esa apuesta era demasiado fácil.

—¡Venga! Mis cinco galeones.

Draco se palpa los bolsillos, fingiendo que pone mucho empeño en encontrar algo. Al cabo de unos segundos, se encoge de hombros.

—Me temo que tendremos que quedar otro día para que pueda dártelos.

Astoria le observa, perspicaz. Se lleva las manos a las caderas y le hace el reproche con un tono de voz muy serio.

—Eres un sinvergüenza, Malfoy.

—¿Por qué lo dices, Greengrass?

—¿Has perdido a propósito?

No contesta a su pregunta. Hay algo misterioso en sus ojos que le atrae poderosamente la atención. Puesto que no va a regresar a Estados Unidos por el momento, encuentra que podría ser muy divertido salir con Malfoy. Desde la distancia, su padre les está observando con el ceño fruncido. Bien. Un aliciente más para aceptar la propuesta. A lo mejor ya es demasiado mayor para buscar formas de fastidiar a su progenitor, pero está molesta con él por cerrarle el grifo.

—¿Has probado la nueva cerveza del Caldero Chorreante? —Malfoy niega con la cabeza—. Entonces quedamos el sábado a las siete. ¿Te parece bien?

—Perfecto.

—No te olvides de mis cinco galeones.


Después de su primera visita al Caldero Chorreante, la pequeña Astoria tuvo pesadillas durante tres semanas seguidas. Era un local sucio, oscuro y repleto de gente extraña. Años después, es un sitio bastante agradable. Hannah Abbott, su dueña actual, ha pintado las paredes de blanco y ha renovado el mobiliario, que ahora es de madera oscura y tiene los asientos tapizados en color crema. Todo está tan limpio que le sabe mal incluso pisar el suelo. Los camareros llevan uniformes la mar de pintorescos y la comida es excelente. Astoria no se ha hospedado en sus habitaciones, pero aseguran que han experimentado un cambio similar. Sin embargo, lo que más le gusta del lugar es su carta de cervezas. Las hay mágicas y muggles, nacionales y de importación, y todas están riquísimas.

Toma asiento en una mesita redonda junto a la ventana. Desde allí tiene una maravillosa vista panorámica de toda la habitación y al mismo tiempo cuenta con suficiente discreción como para pasar desapercibida. Apenas se ha quitado el abrigo cuando Malfoy hace acto de presencia. Entra por la puerta que da al Callejón Diagon y trae puesta una túnica oscura. Saluda a Abbott con un movimiento de cabeza un tanto seco e ignora la media docena de miradas de disgusto que recibe. Astoria teme que alguien vaya a meterse con él, pero llega hasta la mesa sano y salvo.

—Así que eres puntual.

—¿Esperabas otra cosa?

Malfoy se retira la túnica de abrigo y Astoria contempla con curiosidad el conjunto de ropa que lleva debajo. Camisa y pantalón negros, con el corte clásico que usan los brujos de su condición. Sin embargo, faltan algunos detalles que los Malfoy de antaño acostumbraban a usar, como los botones de oro o los bordados, discretos y elegantes del cuello y los puños. Según los rumores, la riqueza de su familia ya no es la que era. El Ministerio la esquilmó a base de bien y ya no pueden permitirse el antiguo tren de vida, por más que Draco se empeñe en aparentar otra cosa. Toma asiento mientras se aparta el cabello de la frente. No lo lleva engominado. Está más corto que cuando iban a Hogwarts y le sienta bien.

—¿Cómo era eso que decías en Hogwarts? Los Malfoy no acatamos la tiranía del reloj.

Había sido tan arrogante e idiota. A Astoria no le gustaba aquel chico que, aparte de belleza, no tenía ni una sola cualidad positiva. El Draco de ahora sonríe y coloca los brazos sobre la mesa.

—A este Malfoy en concreto le gusta llegar a tiempo, sobre todo si va al encuentro de una chica como tú.

La Astoria de Hogwarts se hubiera puesto más roja que un tomate ante semejante piropo. La actual se ríe.

—Así que empiezas fuerte. No te cortes, dime qué clase de chica soy.

Draco abre la boca, aunque no emite ni una sola palabra. Un camarero de camisa color burdeos y pantalón oscuro se aproxima a ellos para tomarles nota. Astoria hace un gesto y pide dos cervezas rubias de una marca alemana y dos mini sándwiches de queso. Cuando el chaval se aleja, retoma la conversación.

—¿Qué me decías?

Permanece callado un instante, observándola con suma atención. Parece aprobar su aspecto físico.

—Conozco a pocas brujas sangre puras que se decanten por la moda muggle.

Astoria no duda a la hora de ponerse en pie para lucirse ante él. Se ha puesto un vestido de color marrón con un cinturón dorado a juego. Su padre lo tacharía de indecoroso por ser demasiado corto y tener un escote bastante pronunciado. A ella le encanta como combina con los botines de piel de ante que se compró en el Londres muggle tres días antes.

—¿Te gusta?

Menea su larga cabellera castaña, consciente de que está atrayendo las miradas de otros parroquianos. No le importan en absoluto. Sí le gusta que Draco la contemple de esa forma, como si estuviera ante una criatura fascinante.

—Es muy bonito.

—Me lo compré en Nueva York, en una boutique de la Quinta Avenida. Una tienda fascinante, repleta de cosas preciosas. Creo que te gustaría mucho.

—No me siento cómodo con la ropa muggle.

—¿No? Pues qué lástima. He viajado mucho en los últimos años y te aseguro que nadie diseña moda como un muggle. He estado en París, en Milán, en Nueva York. Esa tonta de madame Malkin no tiene ni idea de cómo crear algo que tenga un mínimo de personalidad.

—Pareces saber mucho del tema.

El camarero les lleva el pedido en ese momento. Astoria no se lo piensa dos veces antes de agarrar su jarra de cerveza y ponerse a beber como una cosaca. Está sedienta. Ha pasado toda la tarde mirando escaparates en el mundo muggle, tiritando de frío y con dolor de pies. Siempre es problemático estrenar calzado, aunque al final termina por acostumbrarse. Draco alza una ceja ante su alarde bebedor, pero no comenta nada al respecto.

—Cuando vivía en Nueva York me apunté a una escuela de moda. Papá puso el grito en el cielo. Esperaba de mí que hiciera con mi vida algo un poco menos superficial. Al final lo dejé.

—¿Por qué?

—No sé. Me aburrí, supongo.

Y se cansó de escuchar siempre el mismo discurso. ¿Qué es eso de la moda? ¿Coses vestidos como una vulgar modista? Puedes aspirar a algo mejor, vida mía.

—¿Alguna vez diseñaste algo?

La pregunta de Draco la pilla desprevenida. Cuando comenzó a hablar, no se imaginó que fuera a prestarle atención. Los brujos tienden a ignorarla cuando trata el tema de la moda. Tan solo Daphne la apoya en su cruzada contra la hortera moda mágica de las túnicas de madame Malkin. Está tan sorprendida que no sabe si decir la verdad u ocultar esa faceta de sí misma. Al final hace un ruido poco comprometido y aleja el foco de su persona.

—¿Qué haces tú?

Manejar la fortuna de los Malfoy (o lo que quede de ella). Seguro. Con Lucius Malfoy cumpliendo una pena de diez años en Azkaban, es lo más lógico. Nuevamente es sorprendida por el hombre que tiene delante.

—Estoy a punto de terminar la Maestría de Pociones.

—¿Pociones?

—Siempre me han parecido fascinantes.

Astoria recuerda al profesor Snape. Aunque fuese el jefe de la casa Slytherin, siempre le dio miedo. Se notaba a la legua que enseñar no le gustaba en lo más mínimo. Nunca comprendió por qué había pasado tantos años en Hogwarts, si los niños le irritaban y carecía de cualidades pedagógicas. Cada vez que Snape se colocaba tras ella en clase, Astoria temblaba como una hoja y organizaba alguna clase de desastre. Con Slughorn mejoró algo, pero entonces llegaron los Carrow y, tras el año de exilio en Australia junto a su padre y Daphne, no volvió a cursar esa asignatura.

Malfoy sigue hablando.

—Me gustaría ser profesor.

—¿En Hogwarts?

—Slughorn quiere jubilarse al acabar este curso. Es viejo y odia el frío de Escocia. Este verano visité a la directora McGonagall y me ofrecí para el puesto. Si culmino con éxito la Maestría, podré incorporarme al colegio durante el próximo curso escolar. Y cabe la posibilidad de que me convierta en jefe de Slytherin.

Astoria no da crédito a lo que escucha. Draco es demasiado guapo, demasiado rico y demasiado Malfoy para ser profesor. No puede imaginárselo en esa tesitura, encerrado en las mazmorras y rodeado de niños gritones. Le suena a locura.

—¿Estás hablando en serio?

—Se me da bien enseñar. ¿Te acuerdas de Crabbe y Goyle? Aprobaban gracias a mí. Te aseguro, Astoria, que eso es ser muy buen profesor.

Tiene razón. Crabbe y Goyle eran dos zopencos gigantescos cortados por el mismo patrón. A esas alturas de su vida, ni siquiera sabe quién era Greg y quién Vincent. Sólo sabe que caminaban detrás de Draco como perrillos falderos, obedeciendo sus órdenes y siendo imbéciles. La apena un poco reconocer que no sabe cuál de los dos falleció durante la Batalla de Hogwarts.

—Si es eso lo que quieres, ojalá tengas suerte.

Ha aprendido de Daphne a dar esa clase de respuestas diplomáticas y vacías. Draco sonríe y, de nuevo, toma el pulso de la conversación.

—¿Qué haces tú?

Es exactamente la misma pregunta que le formuló antes. Le ocurre algo bastante curioso: por primera vez en su vida, se avergüenza un poco del estilo de vida que lleva. Intenta dar una respuesta poco comprometida.

—Ser feliz.

Draco se ríe. Parece incrédulo y divertido.

—Es lo que deberíamos hacer todos, sí.

No insiste. Cuando se terminan la primera ronda de cerveza, piden otra más. Draco le habla sobre la nueva decoración de la mansión Malfoy y de lo bien que se lo pasa jugando con su sobrino Teddy. Astoria retoma el tema de la moda, hablándole sobre lo especial que es el abrigo que tiene en el respaldo de la silla. Cuando terminan la velada, ambos desean verse una vez más y quedan para el siguiente fin de semana.


Con el paso de las semanas, Astoria descubre algunas cosas bastante interesantes sobre Draco Malfoy. Por ejemplo, se le da estupendamente cocinar.

—Soy pocionista, Astoria. Ambas cosas van de la mano.

No sólo camina erguido por una cuestión de orgullo, es un gesto defensivo. La gente no siempre es amable con él y, cuando está tenso o nervioso, se lleva inconscientemente la mano al brazo izquierdo.

Adora al pequeño Teddy, un niño revoltoso de pelo azul al que Astoria conoció por casualidad una tarde de domingo.

Nunca habla de su padre. Aunque ya no vive en la mansión Malfoy, visita a su madre casi a diario. Es absurdamente perfeccionista y bastante insistente. Le ha sacado el tema de la moda media docena de veces.

—Te lo digo en serio. Está claro que eres toda una experta en esos asuntos. Y te gusta muchísimo. ¿Por qué no te dedicas profesionalmente a ello?

—Mi padre me desheredaría si me hago modista.

—Pues le pueden dar mucho por culo —dice eso con rabia, aunque se arrepiente enseguida—. Pero no me refiero a que diseñes tu propia ropa, si no a que asesores a los demás.

—¿Asesorar?

—Te he visto decirle a tu hermana qué cosas comprarse para este evento o el otro. Sé que analizas el estilo de todo el mundo y que siempre sabes cómo mejorarlo. Piénsalo. Podrías ganar mucho dinero.

—¿Diciéndoles a los demás lo que tienen que hacer?

—No me digas que no te parece genial. Ojalá yo tuviera ese poder.

Astoria hace una mueca extraña. Reflexiona bastante sobre el asunto y no le parece mala idea.

—¿Cómo crees que podría enfocarlo?

—Yo me presentaría como Astoria Greengrass, personal shopper. Creo que es así como lo llaman los muggles.

—¿Has estado moviéndote por el mundo muggle?

Draco ignora su pregunta. Sigue hablando.

—Puedes ofrecer tus servicios de alguna forma rimbombante. ¿Quieres presentar tu mejor cara en sociedad? Llámame y recibirás asesoramiento de los mejores profesionales del mundo de la moda.

—Eso suena cutre, Draco.

—Bueno, ya se nos ocurrirá algo. —Hace un gesto despectivo con las manos—. La cuestión es que te ganarás la vida haciendo algo que ahora mismo haces de forma gratuita.

—No voy a cobrarle a mi hermana por ayudarle con la compra de un vestido.

Draco bufa y la mira como si la considerara la criatura más estúpida sobre la faz de la Tierra. Le da un golpecito en el brazo y le hace el reproche correspondiente.

—No seas obtusa. Entiendes muy bien lo que te estoy diciendo.

—¿De verdad crees que funcionará?

—Estoy seguro al cien por cien.

No entiende qué quiere decir con esa última frase, pero la da por buena. Por primera vez y sin que sirva de precedente, está preparada para seguir los consejos que le da otra persona.


El día que Hermione Granger se convierte en la directora del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica más joven de la historia del Ministerio de Magia, lleva puesta una túnica de color azul celeste y estrena nuevo corte de pelo. Las ondas castañas le caen suavemente sobre los hombros y el maquillaje acentúa la chispa inteligente de su mirada. Su esposo, Ron Weasley, dijo de ella que estaba tan guapa que podría habérsela comido a besos allí mismo. Astoria sólo la observa desde aquel extremo del Atrio, orgullosa por haber llevado a cabo un trabajo excepcional.

Sabe que su carrera profesional está a punto de despegar. Cuando la prensa informe sobre el nombramiento, no faltarán los artículos entorno a la imagen pública de la joven bruja y surgirá su nombre. Todas las personas importantes del mundo mágico comprobarán con sus propios ojos que no es ninguna charlatana. O eso es lo que dice Draco Malfoy.

—Se matarán para que trabajes con ellos, te lo aseguro.

Quiere creer que tiene razón. Parafraseando el dicho popular, acaba de meter todos los huevos en la misma cesta. Al menos su padre ha comprendido que se toma muy en serio todo aquello. Ha dejado de darle la lata con la idea de sentar la cabeza y confía en su criterio. No tanto como a Astoria le gustaría, pero esa mañana puede verlo sentado en primera fila y no le quita ojo de encima a Granger. Y no porque se sienta atraído por su belleza o su carisma. De vez en cuando busca a Astoria con la mirada, como si no pudiera creerse que tanta elegancia fuese cosa suya.

—Te dije que saldría bien.

Es Draco Malfoy. Está allí porque Astoria lo ha invitado. A su padre no le hizo demasiada gracia. No quiere que vaya por el mundo con un hombre que tiene una Marca Tenebrosa en el brazo, pero a Astoria no podría importarle menos. En su sentencia judicial, el mismísimo Hyperion Greengrass aseguró que Draco no había sido libre de tomar sus propias decisiones, que casi todas las cosas que hizo como mortífago fueron bajo coacción. ¿Qué sentido tiene rechazarlo a esas alturas? A ella le gusta que esté a su lado porque, si ha llegado tan lejos, es en parte gracias a él. Sin sus ánimos, jamás se hubiera atrevido a profesionalizar su pasatiempo.

—El discurso de Granger es un aburrimiento. ¿Nos tomamos un descanso?

Astoria no cree que nadie vaya a echarla de menos. Agarra la mano que Draco le tiende y abandona en Atrio, adentrándose en uno de los pasillos laterales. No le gusta mucho el Ministerio de Magia. Es el lugar más hortera y frío que ha visto jamás. Alguien debería ocuparse de destruir todos esos azulejos negros y de adaptar la decoración a los tiempos modernos. Al menos es agradable sentir el contacto de la piel de Draco. Siempre tiene las manos frías. Hace mucho que Astoria empezó a sentir esas mariposas en el estómago cada vez que se tocan. Han salido juntos muchas veces, han charlado, se han divertido. Una vez incluso lo convenció para salir de paseo por el Londres muggle y estuvieron a punto de tirarse al Támesis para echar una carrera de natación. A Astoria le gusta mucho su compañía, aunque hay una cosa que nunca han hecho: no se han besado.

Sabe que Draco también quiere. Puede verlo en sus ojos. Hay un anhelo extraño que no se parece en nada al deseo con la que la han mirado otros hombres. Astoria puede ver su dolor y su vergüenza y le parecen una tontería. Tal vez por eso decide que ya han hecho el tonto lo suficiente. Cuando se detienen, Draco la mira de esa manera y ella no se lo piensa dos veces. Le rodea el cuello con los brazos y le da un beso en los labios. O lo intenta, porque él aparta la cara y la mira con espanto.

—No.

—¿Por qué no?

—No sabes lo que haces.

—Claro que lo sé.

Vuelve a la carga. Sigue rechazándola. Se toca el brazo derecho.

—No soy bueno para ti.

—¿Quién lo dice?

—A tu padre no le caigo bien.

—Pues le pueden dar mucho por culo.

Repite las mismas palabras que él pronunciara aquella vez. Draco se ríe, pero enseguida vuelve a quedarse serio.

—Astoria. Llevo la Marca Tenebrosa tatuada en el brazo. No soy bueno para nadie.

¡Ah! Puñetera guerra de mierda. No les ha traído nada más que problemas. Astoria le agarra el brazo tatuado. Espera que la piel le queme por debajo de la ropa, pero no siente nada.

—Yo decido lo que es bueno para mí. Ni tú ni mi padre tenéis nada que decir al respecto. Además, sólo quiero darte un beso, Draco. No te estoy pidiendo matrimonio. Sólo quiero un beso y, si se nos da bien, a lo mejor podemos echar un polvo en el cuarto de baño.

—¡Astoria!

Está alarmado y un poco avergonzado. Ella se ríe. Tiene claro que quiere probar con la primera parte de su proposición, aunque no está preparada para la segunda. Si alguien los pillara en mitad de una sesión de sexo salvaje (o no) en los baños públicos, podría ir despidiéndose de su carrera como asesora de imagen.

Vuelve a agarrarlo por el cuello. Él no se resiste.

—Venga, Draco.

Escucha el bufido. Ya no ejerce ninguna resistencia física. Astoria se pone de puntillas y une los labios con los suyos. El contacto es tan breve como electrizante. Cuando se separan, está convencida de que querrá repetirlo una y mil veces. Todas las que hagan falta. Con o sin Marca Tenebrosa. Con Draco y contra el mundo.

Y pensar que todo empezó en una boda.