Advertencias: Un poco de OoC, mención de desnudos y malas palabras.
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• Lovers are Strangers •
—Cuando tu mirada se pierde a lo lejos, sé que piensas en alguien más. Tobe, dime a quién amas en verdad…
Recordó la primera vez que ella le espetó eso mientras bailaban; fue impactante, ya que cuando la conoció era una preciosa muñeca de porcelana muda. Tiempo después se dio cuenta que era por timidez y, a veces, desdén a los clientes. Para ella, él había dejado de ser un cliente desconocido más. Pero para él, ella no era sino una chica linda que trabajaba en ese elegante recinto (engañoso y mortal, mejor dicho) para conseguir que tipos como él, con el corazón roto y la lógica ahogada por las emociones, gastasen a manos llenas.
Él se sorprendió ante el tono imperativo de su fina voz. Incluso, el agarre que tenía en la cintura femenina se soltó levemente. Sin embargo, recuperó su fría postura y, apretando su talle nuevamente, zanjó todo el tema:
—¿Significa algo para que sea motivo de tu incumbencia? —soltó con sequedad, tratando de sonar lo más ofendido ante su impertinencia.
La joven meretriz se sonrojó y, con un mohín de ira contenida, enterró su rostro en el pecho masculino. Él esbozó una mueca cansada, imitando a una sonrisa, apoyando su mentón en el suave cabello que destilaba un agradable aroma a jazmín. Pensó si realmente pensaba en él, más allá del dinero que podía generarle, sino en él como un ser con sentimientos. Como hombre a quien en verdad podía llegar a... ¿querer? Prefirió ignorar todo eso: como si nunca, en un aparente ataque de celos, le hubiese preguntado si deseaba a alguien más que no fuera ella.
Por el momento, sólo deseaba refugiarse en la suavidad que todo su cuerpo significaba, la maestría de sus manos y la dulzura de sus labios. Aunque su corazón fuese ajeno a él...
Él había llegado en busca de consuelo para su corazón atormentado. Últimamente tenía problemas de negocios con otros jefes de la mafia asiática. Su rival estaba consiguiendo cuantiosas ganancias y estaba acabando con las alianzas que él había logrado después de largas temporadas de negociación y sacrificio. Los señores de la guerra estaban metiendo sus narices más de lo normal en sus asuntos y algunos, los más entrometidos, eran intocables. Así también su relación con su novia se estaba yendo a pique. Ya ni siquiera quería volver a verla en lo que le quedaba de vida, sin embargo, era hija de otro de sus aliados y no podía deshacerse tan fácilmente de su compromiso.
Su mejilla se tornó tibia de forma repentina. Una manecita le acariciaba con ternura. Bajó la mirada, encontrando un rostro que supuraba preocupación. Sintió cómo le punzaba el corazón. Encontró una inocencia inusual en sus ojos, en el alma de esa encantadora seductora. Sintió una extraña calidez invadirle el cuerpo y se había quedado paralizado. La chica se paró en las puntas de sus pies y le besó con dulzura. Tobe no pudo hacer otra cosa sino abrazarle, cubriendo casi por completo su menudo cuerpo. Ella sonrió y le llevó a una habitación.
Se había prendado de ella y ni siquiera sabía cómo se llamaba.
Cuando había llegado a la "Casa del Cielo", conocido tugurio de vicios y negocios corruptos para los estratos poderosos de China, difícilmente esperaba encontrar alivio a sus males. Fue a una cita de negocios, buscando conseguir un buen trato con el mayor contrabandista de opio en Asia. El dueño, al percatarse de tan importante y peligrosa clientela, decidió ofrecerles el mejor servicio del lugar: el recinto más rico y suntuoso de la casa, los platillos más deliciosos, un conjunto de bellas mujeres que tocaban las melodías que ellos pidiesen y las más hermosas damas de compañía.
Aún con semejante exposición de lujo y voluptuosidad, no habían generado ni la más mínima reacción en él. Sino hasta que ella apareció en escena. Era en verdad hermosa. En su precioso rostro apareció una mueca en un intento de sonrisa y eso hizo que llamara su atención definitivamente, sobre cualquier otra chica del lugar.
—Quédate —soltó resuelto.
—Siempre quedándote con la mejor parte, Tobe —su amigo contrabandista se rio con gran revuelo, estrujando entre sus gruesas manos a otra de las damas de compañía.
La chica se sentó a su lado, apenas sin hacer más ruido que el roce de su vestido de seda con los mullidos muebles de la estancia. Levantó su mirada y sonrió suavemente, casi con alivio. Y ella se quedó, como él le había pedido.
—Cuando tu mirada se pierde a lo lejos, sé que piensas en alguien más. Dime a quién amas en verdad…
Cuando volvió a preguntarle, él la separó totalmente de su cuerpo. Descubrió cierto pesar cubriéndole los rasgos maquillados. Encontró, nuevamente, la inocencia por la que se había prendado de ella. ¿Por qué preguntaba eso? La chica no era sino una dama de compañía más, había estado con cientos de hombres, ¿qué le importaba la opinión de uno más de ellos? No es como si él se carcomiese el corazón, pensando en quién amaba esa mujer pública. Porque, cuando lo hacía, sólo torturaba sus incipientes sentimientos. Y prefería ignorarlos a todos y pensar, que mientras estuviese a su lado, esa chica era suya.
¿Cómo decirle que no pensaba en nadie más que en ella? ¿Que se había olvidado, finalmente, de quien lo había orillado a llegar allí en primer lugar? Que ahora su corazón estaba ocupado por ella y nadie más. Aquella prometida no era sino un vago recuerdo de días pasados. Y que se lo llevase el diablo si la dejaba ir...
—Lo intuyo, Tobe. Apenas me diriges la palabra y, cuando lo haces, tu tono es frío y severo. Tus manos hablan más que tus labios. Y aún así vienes diariamente y me buscas: si no soy yo, no es nadie más. Pero nunca me has llamado por mi nombre.
Tomó su rostro entre sus fríos dedos. Ella tembló ante el repentino contacto silencioso.
—Entonces dímelo —su rudo acento jamás abandonaba sus palabras.
—Aunque te lo diga, eso no cambiará lo que te dije. No cambiará tu corazón —cierta amargura se notaba en su voz.
—Dímelo —estrechó el contacto hasta juntar la punta de su nariz con la suya; penetrándola con su afilada mirada de acero oscuro.
Gruesas lágrimas inundaron sus ojos y nublaron su vista. Susurró su nombre sin ver a la razón de su tristeza.
Y con esa pequeña muestra, él supo que en verdad la amaba.
—Sé sólo para mí, Pucca —soltó un día, tan parco como solía hacerlo.
Ella se quedó estática. Se peinaba ante el espejo, media desnuda. Se cubrió, con un ridículo pudor, ante su escueto mensaje. Ella se quedó observando su reflejo en el espejo: notó la seriedad de sus rasgos y la seguridad dominante que supuraba su cuerpo musculoso, lleno de cicatrices. Lo miró profundamente, como si buscara desentrañar esas extrañas palabras en sus ojos honestamente sinceros.
—¿Por qué alguien como tú querría estar con alguien como yo? —le pareció ver que su esbelto cuerpo temblaba; acurrucándose, como si quisiera ser más pequeña de lo que era ya.
Le sorprendió su amarga pregunta.
—Todos mis amantes de han ido. Se hastiaron de mí. Incluso aquellos que en verdad he amado se han ido de mi lado... Y no soportaría que tú también te fueses. No podría soportar que tú me olvidases. ¡Si realmente me quieres, no me hagas pasar por esto!
—Yo no te quiero. ¿Lo mencioné acaso?
Dolorosos sollozos prorrumpieron de su garganta. El largo cabello se cayó de su alto moño; cubriéndole, como una hermosa cortina de seda oscura, el rostro destrozado por la pena. Pequeña, cada vez se hacía más pequeña, admiró sorprendido. Él se levantó de la cama, apenas sujetándose el cinturón que le sujetaba la túnica a la cintura. Estrechó uno de sus frágiles hombros, ella dejó de llorar ante su contacto y se limitó a besar su mano.
Tobe retiró los labios y subió a su cabeza, acariciando con suavidad.
—Yo... te necesito, Pucca. Siempre conmigo. Hasta el día que este cuerpo maltrecho sea abandonado por el aliento de vida, deseo que estés a mi lado. No quiero que busques en otros labios lo que está en mi corazón. ¿A quién amo realmente? Me lo has preguntado unas cuantas veces... Amo a quien besaba al bailar mientras tal pregunta permanecía en el aire, sin aparente respuesta...
La joven exhaló un gemido que se llevó su espíritu. Levantó sus manos y las llevó a sus tiernos labios, cubriéndolos, casi cubriéndolos en un intento de pudor. Sin embargo, se levantó en un ímpetu nervioso y estrujó al varón con las fuerzas que le quedaban. Sus ojos rasgados se abrieron de forma imposible, Tobe consideró que algún espíritu se había posesionado de ella y en cualquier momento lo devoraría, pero sólo lo observaron fijamente.
—Apenas nos conocemos, Tobe… —exclamó en un sollozo ahogado—, sé que eres un gran señor de la mafia y yo una ilusa puta que te adora con cada fibra del corazón. Si tus palabras son ciertas, demuéstralo y no te vayas de mi lado esta noche.
Él esbozó una sonrisa burlona ante la petición tan inocentona.
Tobe se quedó a su lado, suspiró en su cuello perfumado y lo besó.
Al día siguiente, ambos se habían ido de la Casa del Cielo. Nadie volvió a saber de ellos en China.
Quizá ese par de desconocidos habían huido a otra parte de Asia, tal vez para amarse hasta el fin de sus días, como se lo habían prometido esa noche.
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Fin
N/A:
Siempre he sido fan de las crackships donde se involucra la heroína con el villano y en Pucca no iba a ser diferente. ¿Qué puedo decir en mi defensa cuando me encontré con la adorable obra "What's yours is mine" de LittleKidsin? Así que tenía que sacar algo sí o sí. De manera adicional, en este fanfic Pucca puede hablar, ya que soy de la idea que la voz es tan importante en una persona que no todos merecen escucharla del todo o con su tonalidad real, sólo aquellos que realmente tengan nuestro corazón. Espero les haya gustado y si tienen ideas (AU's o headcanons) para otras historias entre Pucca y Tobe, ¡me encantaría leerlas!
See you around...~
