Hijos de la oscuridad

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

Esta historia participa en "Casa de Blanco y Negro 2.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


III

Los niños de tierra

—Deberíamos volver —dijo Rabastan—. ¿Y si Victoria se da cuenta de que nos hemos escapado?

Rodolphus bufó.

—¿Cuándo Victoria se da cuenta de algo? —Tuvo que darle la razón. Victoria era la nueva esposa de su padre. Era tan joven que las personas pensaban que era su hermana mayor y no su madrastra. Ella estaba más pendiente de su reflejo en el espejo y de su manicura francesa que de dos niños—. Apresúrate. Ya estamos por llegar.

Los niños siguieron caminando por el bosque. Los troncos de los árboles estaban marcados con flechas talladas por ellos mismos que indicaban dónde se encontraba la cueva.

La entrada tenía forma de una boca y amenazaba con engullirlos por completo. Sin embargo, ninguno de los dos sentía miedo de entrar en ella. Las paredes cavernosas que repetían sus palabras y la oscuridad que no los dejaba ver más allá de sus narices tenían algo que los atraía, que hacía que todo valiera la vena.

El primero en descubrirlo había sido Rodolphus en una de sus incursiones por el bosque. Escuchó una voz que provenía de la cueva y pensó que se trataba de una mujer perdida. Pero una vez que se acercó más a la cueva, descubrió que esa voz era demasiado conocida. Hacía años que no la escuchaba.

Después, llevó a Rabastan con él y le preguntó si la escuchaba. El niño se sentía confundido, pero le entusiasmaba el hecho de embarcarse en una aventura con su hermano y lo siguió sin dudar. Él también escuchaba una voz como su hermano, pero no la reconocía.

«Es la voz de nuestra madre —le dijo Rodolphus. Le explicó que él no la había conocido porque había muerto unas horas después de darlo a luz—. No puedes reconocerla, pero eso no significa que no la hayas escuchado.»

Su padre nunca hablaba de ella. Rabastan la conocía por medio de los relatos que su hermano le contaba. Gracias a él sabía de qué color eran sus ojos y su pelo, cuánto lo quería y cómo lo había abrazado hasta el final.

Entrar en aquella cueva era una forma de volver a estar cerca de ella.

—Papá dice que es un boggart —dijo Rodolphus una vez que entraron. Sus palabras resonaron en la cueva—. Pero no tiene sentido, ¿sabes? Los boggarts toman la forma de nuestro mayor temor. ¿Por qué nosotros temeríamos a nuestra madre?

—No lo sé —respondió Rabastan, pero no estaba siendo sincero.

¿Y si los dos temían olvidarla? ¿Y si los dos pensaban que, algún día, el recuerdo de su madre desaparecería? Su padre había quitado los retratos de la casa y les había impuesto muchas mujeres antes de casarse con Victoria.

«Nunca dice su nombre —pensó el niño—. Es como si nunca hubiera existido. Pero ella existió y murió por tenerme —se recordó. Mentiría si dijera que no se sentía culpable por ello—. Jamás la olvidaremos.»

Los niños se arrodillaron en la oscuridad de la cueva y aguardaron a que su madre llegara por ellos.