Tzz Tzz TzzTzz
¿Quién lo diría? Esto no pasó ¿Quién lo creería? ¡Telón!
Bienvenidos a un nuevo capítulo más de Reverso
(Insisto en que debí ponerle un mejor nombre)
Y espero que preparen los pañuelos, porque hoy va a terminar.
Dos días son cuarenta y ocho horas, cuarenta y ocho horas son dos mil ochocientos ochenta minutos, y dos mil ochocientos ochenta minutos son ¡muchos segundos sin ver a Diana! Y no me mal entiendan, todo esto no lo digo porque haya contado o sentido cada segundo que pasaba sobre mí en la ausencia de mi querida novia. No. No es eso a lo que quiero llegar. Simplemente quiero apuntar a la inmensidad del tiempo y a sus infinitas microcifras que componen sus números enteros; como lo grande se compone de lo pequeño y como esto se repite en todo lo que conocemos; incluso en el amor.
Si lo pensamos bien, el amor se compone de pequeños sentimientos que forman un gran sentimiento. Ejemplos de estos son: El cariño, la paciencia, la seguridad, la conformidad, la plenitud y, otros tantos, que dependerán exclusivamente de tu forma de ser y pensar, a la vez que de sentir. Porque sentir es importante dentro del amor, es la acción que genera el impulso de amar. Si no sientes, no puedes amar. Y si no puedes amar ¿Qué sientes?
Últimamente me he planteado mucho esta pregunta, asociándola claramente al rostro de Diana en mi mente y al momento exacto en que ella misma fue capaz de decírmelo sin nada de pudor.
"Te amo"
Recordarlo todavía me pone la piel de gallina. Y si cierro los ojos, aunque sea por unos segundos, todo lo que sentí aquella noche vuelve y se reproduce en mi cuerpo como sensaciones electrizantes que me dejan sin aliento. Diana me dejó sin aliento esa noche, y quiero pensar que por eso mismo nunca fui capaz de decirle que la amaba de la misma forma en que ella lo hizo conmigo, pero…
¿Y si yo realmente no la amaba?
Quiero decir, aunque corta, amar es una palabra muy grande, es una palabra que significa mucho en nuestro idioma y que no debiese ser mencionada a la ligera como sinónimo de gustar, porque gustar es distinto de amar. A mí me gusta jugar, me gustan los pasteles y me gusta quedarme un domingo por la mañana mirando el techo sin hacer nada. Me gusta la magia, me gusta Shiny Chariot y me gusta sentir que puedo volar en una escoba por mi cuenta. Me gustan mis amigas, me gustan mis profesoras y me gusta Luna Nova. Pero ¿Puedo decir que me gusta Diana o debo decir que amo a Diana?
Esa es la gran diferencia.
Esa es la pregunta fundamental que rompe mis sueños y pesadillas y elimina el deseo de dormir, pues mi mente no necesita descansar, necesita respuestas. Necesita eliminar las dudas e incertidumbres enraizadas en la base de mi accionar, que ponen al descubierto mis más sinceros sentimientos hacia alguien que es capaz de fragmentarme en diminutas particular de polvo que puedes echar a volar únicamente con soplar suavemente sobre ellas.
Esa, esa Diana Cavendish, mi dilema existencial que surge cada noche a las tres de la madrugada mientras intento conciliar el sueño entre sábanas que se sienten cada vez más apretadas, como el yugo de una relación sobre mi metafórico cuello de buey, exhausto de arrastrar el peso que conlleva todo esto. Yo estoy exhausta. Yo estoy cansada y aburrida de seguir intentándolo, de autoconvencerme de que lo que hago está bien, mientras no sólo me daño a mí misma, sino que también rompo una y otra vez el corazón tierno y dulce de una persona que no ha hecho más que quererme sin recibir nada a cambio. Y si yo no le doy nada a cambio, significa que yo…
- No amo a Diana Cavendish…
Un segundo después dejé de respirar. Y lo que pensé era la noche haciéndose más noche, resultó ser la soledad haciéndose más grande.
Bajo mi pecho, mis latidos se sintieron pesados, y sobre mis ojos, unas inmensas ganas de llorar hicieron florecer lágrimas donde antes no las hubo, agitando mi respiración en el más descarado sentimiento de culpa que tuve en toda mi vida.
- ¿Qué siento por Diana Cavendish?
Me vuelvo a preguntar en el clamor de una noche inquieta, cerrando los ojos mientras espero una respuesta. Y mi respuesta, atemorizada por la intensidad de la nada, es:
"¿En serio sientes algo por mí?"
- Nada.
Aunque no pudiese dormir durante toda la noche, creo que fui la primera en despertar dentro de la habitación. Y no necesariamente hablo de un despertar habitual en donde mis ojos y boca se abren al mundo. No. Más bien, me refiero al despertar espiritual ante la lucidez de una verdad poco evidente, también así llamada epifanía.
Creo que son pocas las veces que realmente me he llegado a sentir así, muerta en vida, con la pesadez del cuerpo cayendo gravemente hacia el suelo y el embotamiento sentimental que me impide ser algo más que un títere sin la disposición de andar solo por primera vez. No me quiero mover. No quiero tener que levantarme, ni comenzar un nuevo día, ni ir a desayunar, ni prestar atención en las clases, ni ver a Diana sin sentir nada. No quiero que ella me vea así. No quiero que me mire a los ojos y entienda algo que he estado ocultando hace ya mucho tiempo.
No quiero decirle la verdad.
Todavía puedo estirar esto un poco más. Todavía puedo alargarlo hasta conseguir sentir lo mismo que ella siente por mí. Solamente debo forzarme a ello. Demostrarle que yo también puedo amarla. Así que no tengo tiempo para estarme sentada aquí. Aún es muy temprano, ni siquiera llegan a ser la siete de la mañana y, sin embargo, sé perfectamente quién estará sentada en una de las mesas de la cafetería, casi completamente sola, mientras se bebe un té caliente a la espera de su primera clase. Por eso mismo, esta es mi oportunidad. Hoy le devolveré a Diana lo que ella me ha estado entregando sin pedir nada a cambio.
Caminar por los pasillos de la academia, mientras esta permanece vacía, no es algo nuevo para mí. Pero, a pesar de ello, se siente diferente. Sé que me estoy arriesgando muchísimo al haber tomado esta decisión y, el que la cafetería esté a unos metros delante de mí, no hace más que acelerar mi corazón y hacerme replantear severamente el si estoy yendo por buen camino.
Diana posiblemente esté dentro ya, después de haberse marchado durante dos días, en donde lo último que supo de mí fue que me burlaba de ella y la llamaba acosadora. No sería raro que estuviese molesta conmigo, se notó molesta cuando se alejó de mí montada en su escoba ¿Por qué ahora sería diferente? Ah, cierto, porque me ama y, generalmente, está dispuesta a perdonar y satisfacer cada uno de mis caprichos. "Perfecto".
Si sentirme culpable por cada una de mis tonterías es por lo que debo pasar para poder acercarme a ella, que así sea. Sólo tengo que controlar mi boca y, en cuanto la vea, no decir lo primero que piense. Ahora debo ser cautelosa. Incluso cuando me apoyo en la puerta de entrada a la cafetería y mis ojos esculcan cada rincón, sin ver a Diana por ningún lado.
Uff, qué suerte.
Es lo primero que pienso, antes de que mi respiración se detenga al verla pasar justo delante de mí, sin percatarse de mi presencia ¿Qué le pasa? A simple vista, parece distraída, pero Diana nunca se distrae por nada ¿Habrá pasado algo con su familia? No me sorprendería que su tía le haya tomado el pelo otra vez con alguna de sus ingeniosas ideas. ¿Será por eso que se encuentra tan absorta en sus pensamientos, por lo que no es capaz ni de mirar a su alrededor y solo se sienta frente a su mesa, con la vista pegada a su taza de té? ¿O existe una razón aparte? ¿Y qué si esa razón soy yo?
Cuando se marchó, tenía el mismo gesto que su rostro presenta ahora, la mirada marchita y los labios remarcando una línea plana que no aporta ninguna emoción clara a su cara. Simplemente era ella, siendo ella. Impoluta e indolora. Pero sufriendo como lo hacen los ángeles, en completo silencio.
¿Será que alguien se atrevió derechamente a lastimarla? ¿Será que ese alguien sólo soy yo?
Impotente, como siempre, vuelvo mis pasos hasta poder estar frente a la barra de la cafetería. Allí, me distraigo fuertemente observando el menú de hoy, y cuando agacho la mirada para ver al duende que sirve los platos, este, lisa y llanamente, me sonríe y escoge por mí algo que a sabiendas me tiene preparado. Una bandeja con una taza de leche caliente, un sándwich de huevo forrado en papel alusa y un pedazo de pastel que solo es reservado para las alumnas más madrugadoras de toda la academia, siendo en este caso yo una de ellas. Dios. Gracias por este regalo, sabré apreciarlo con diligencia.
Continúo.
Vuelvo a lo que hacía, y me reencuentro eligiendo mis pasos dubitativamente mientras finjo no saber donde tomar asiento, a la par en que mis ojos no se despegan de Diana todavía inmóvil en su mesa. No hay nadie más acá. No hay nadie más que nosotras dentro de un frío y resonante salón, que reproduce cada eco de mis pasos como si de los latidos de mi corazón se tratase. Ya ni siquiera el duende que me sirvió la bandeja exponía su presencia dentro de la cafetería, porque sólo estábamos nosotras dos. Diana y yo. Y nadie más. Y fui todavía más consciente de ello, cuando finalmente me paré frente a ella y ella me miró a los ojos, pero sus ojos no me dijeron nada. Estaba tan vacío todo. Y, sin embargo, me envalentoné y me atreví a sentarme a su lado, pese a los miles de pensamientos negativos que invadían mi cabeza y que, con torpeza, me hicieron apoyar sutilmente mi mano sobre la mano de Diana, sacándola tan rápido como me percaté de ello.
Por supuesto, esto le llamó la atención, pero seguía sin expresar nada. Simplemente me miró y luego a mi mano y nuevamente a mí, haciendo un gesto sencillo con uno de sus dedos, indicando que me acercase un poco más. Yo obedecí concienzudamente y hasta moví mi silla de lugar para poder estar más cerca, sin prever, en absoluto, que ella se aproximaría audazmente y me tomaría de una de las mejillas; como solo ella puede hacerlo, delicada y decididamente; para poder besarme en la otra. Sin embargo, ella tampoco pudo prever que yo movería mi cara accidentalmente y que aquello provocaría que nuestros labios se volvieran a juntar después de tanto tiempo separados. Y sí, lo admito, como dije, fue accidental. Pero no por ello, menos significativo. Diana me estaba besando y no sólo lo hizo una vez, antes de darse cuenta del incidente, sino que lo repitió dos veces más, porque yo se lo permití. ¿Y saben qué? Creo que me gustó, porque se sintieron como esos besos que le das a tu pareja después de haber vivido una vida entera unidos, saboreando la felicidad de poder estar junto a la persona que amas un día más.
"Junto a la persona que amas"
Qué embusteras e hipócritas suenan esa palabras en mi boca. Pero no hubo tiempo para ponerme a pensar en ello, porque a los segundos de haberse alejado de mí, y sonreír de forma fugaz, Diana me hablana por primera vez durante la mañana, dándome los buenos días.
- Bu-buenos días.
Y yo le respondo escasamente, balbuceando, mientras concentro toda mi atención en descubrir mi sándwich del molesto papel alusa, que se niega a ser retirado ¿Qué? ¿Ahora los sellan al vacío o qué? ¿Por qué es tan difícil abrirlo? Bien podría tratarse de una treta. Pero ¿De quién? Yo no les he hecho nada a los cocineros como para que intenten tomarme el pelo.
¿¡Y por qué mis manos tiemblan tanto!?
- A ver, déjame ayudarte con eso.
Afortunadamente, Diana percibe rápido mi inconveniente y se apersona para ayudarme, abriendo un agujero en el empaque y sacando de ahí mi sándwich. Ni siquiera me lo iba a comer de los primeros, pero agradezco el gesto. Entonces ella lo deja sobre mi plato y se sacude las manos, volviendo a su habitual pose. Erguida ante el respaldar de su silla, con la cara comprimida en seriedad. Allí está el gesto que estaba buscando. Allí otra vez aparecía su mueca de angustia invisible. Aquello por lo que está preocupada, pero que en estos momentos es incapaz de admitir. Porque Diana nunca habla directamente de sus emociones, siempre las mantiene al límite, sacándolas a florecer solo en instantes que son estrictamente rigurosos. Como si de un protocolo familiar se tratase.
Y hablando de su familia.
- ¿Todo bien en casa? – Pregunté finalmente, queriendo sacar de mi esta curiosidad asesina, a lo que ella escuetamente responde:
- Bueno, no le dije de lo nuestro a la Tía Daryl.
No negaré que eso, en primera instancia, me hizo reír. Pero velozmente mi mente recreó nuestra despedida y eso no logró más que angustiarme.
Una rotunda garganta apretada fue toda mi contestación para ella.
- Pero, en fin, no es nada de lo que quiera hablar por ahora.
- Si es importante para ti, podrías decírmelo – Tomé la palabra de nuevo, mientras trataba de acomodarme fallidamente sobre la silla. Y es que la incomodidad no provenía de allí – ¿Tu tía hizo algo malo de nuevo?
- No, no hizo nada. Nadie ha hecho nada malo – Diana tomó su taza de té y la puso sobre sus labios, antes de continuar hablando y decir: – Pero, de verdad, no quiero hablar de eso. Es… un poco más personal y… No lo sé – Ella dejó la taza en su plato y el sonido tintineó entre nosotras dos – No lo quiero repensar demasiado.
- ¿Dices eso porque realmente lo sientes o es que no quieres hablar conmigo? – Silencio – Entonces debo pensar que estás enojada conmigo ¿Es por lo que pasó cuando te fuiste?
- No toda mi vida gira entorno a lo que haces.
- Pero esto sí ¿No?
- No me mal entiendas – Diana dijo, y procuró apoyarse sobre la mesa cautelosamente a la vez que me regalaba una mirada pasiva. Gestos que he aprendido a distinguir y que sé perfectamente lo que significan: "No te alteres, Akko" – Sí, estoy algo… confundida… Y no quiero pensar en cosas que me molesten.
- Entonces sí estás molesta conmigo por lo de la otra noche.
- Hugh…
Muy bien. Puede que esté siendo algo insistente con todo esto, pero si no es sincera conmigo ¿Qué espera?
- Akko, tengo en mi cabeza un montón de cosas que me molestan en estos momentos y esa también es una de las cosas de las que prefiero no hablar ¿Entiendes?
- Entiendo – Asentí con firmeza – Entiendo que tenemos un problema y que tú no lo quieres hablar porque siempre huyes de mí.
- ¿Huir de qué? – Me preguntó, exasperada – Te estoy pidiendo tiempo para ordenar mis ideas en la cabeza y, agradezco tu preocupación, pero la que siempre está huyendo de mí eres tú, no yo.
- ¿Qué yo huyo de ti? Estoy constantemente tratando de acercarme a ti y lo único que logro es dudar de ello porque temo que pase exactamente esto, simplemente por querer ayudarte.
- No todos mis problemas vas a arreglármelos tú. Lamento si alguna vez te di la idea equivocada
- ¡No, nunca me la diste, porque jamás me das una maldita idea de nada! Todo el tiempo vivo confundida por lo que pasa entre nosotras dos. Y a la oportunidad que tengo para comportarme como una buena novia, siendo comprensiva y amable, vas tú y pateas la oportunidad lejos. Estoy tratando de ser como tú lo eres conmigo, pero no logro nada ¡Nunca logro nada! ¡¿Por qué nunca logro nada?!
- ¿Y me lo dices a mí? Soy yo la que siempre tiene que buscarte y entenderte, temiendo que hagas algo estúpido. No sabes lo difícil que es eso.
- ¿Y si es tan difícil por qué no terminas conmigo?
No estoy segura de si aquella elección de palabras fue la correcta en el momento correcto, pero de lo que sí estoy segura, es que gatillaron en nosotras el fuego necesario para encender la mecha. Una vez terminé de decirlas, supe el rumbo que tomaría nuestra conversación y el inevitable final con el que culminaría todo. Con Diana mirándome nuevamente como lo hizo en un inicio, recelosa y altiva, y conmigo sintiéndome inferior a su imponente figura, pero determinada a demostrarle lo contrario. Yo no iba a ceder más y esperaba que ella tampoco lo hiciera ¿Cierto?
- Así que eso es – Afirmó finalmente ella, poniéndose de pie y continuando con su perorata mal lograda, sin una pizca de remordimiento en su haber – Todo esto para llegar a lo mismo de siempre. A lo que debí de hacerle caso desde la primera vez que lo insinuaste. Pero ¿Sabes qué? Ganaste. Te doy la razón, porque es imposible seguirte el paso. Terminemos con esta porquería de relación que tenemos. No te hace bien a ti y me dejó de hacer bien a mi desde hace mucho tiempo. Ya no me quiero conformar con migajas. No puedo seguir estando con una persona que no me quiere como yo la quiero a ella – Y de repente, toda esa entereza con la que empezó su discurso, se vino abajo, cuando su tono de voz cambió y su mirada ya no fue capaz de sostener la mía, transformando la elocuencia en aberrante conmoción – …Ya no quiero... Ya no debemos seguir con esto. Por ti y por mi y por todo lo que hemos pasado. Pero no te sientas mal por no quererme de la misma forma, la culpa fue mía por engañarme a mi misma y obligarte a permanecer a mi lado.
Dicho esto, no volví a ver más el rostro de Diana. Y no sólo porque ella se alejase cada vez más de mí y desapareciera tras cruzar la puerta de la cafetería. No. Sino que también fue porque mis ojos se hundieron en lágrimas que no podía limpiar, aunque me restregase una y otra vez con las mangas de mi camisa.
Yo no gané esta vez, seguí perdiendo como siempre.
Y este es el final, el final de la relación de Diana y Akko. (xd)
Probablemente, dentro de la semana que viene, suba el siguente capítulo.
Na más, porque todavía había una poquita de gente diciendome: Queremos mássssss. (Akster Ercken, no te decepcionaré, porque sé lo que significa que un fanfic no termine) Así que esto va para ustedes y espero que no lo hayan disfrutado porque eso significa que no les gusta el Diakko (Jajaja, mentira, con lo tóxica que era su relación, normal que la hayan terminado ¿o no?)
Todo tiene una justificación de ser y se sabrá dentro del próximo capitulo. Además va a aparecer el hermoso de Andrew, porque me encanta Andrew ;D
Como siempre digo, cualquier falta de ortografía es porque ¡un hechizero lo hizo! (Y no me copien esa frase porque ya la he visto en otros fanfics y me siento ultrajada) Nos estamos leyendo.
L-LAURIET
ReaMir - Solo por que te encantaría leer más.
Fer - Porque todavía no llegamos al resultado final.
