INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ.
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Corazón en invierno
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CAPITULO 1
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Londres, 1800
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El hombre alto y fornido, vestido con un elegante traje militar que denotaba su cargo de coronel acomodó su sable y luego le dirigió una mirada paternal al adolescente que lo acompañaba, que ya casi era tan alto como él.
El Coronel Arthur Wellesley, quien había estado cumpliendo funciones al servicio de la Corona en la India, estaba aprovechando su licencia en Londres para cumplir una tarea crucial: la de acompañar a su querido ahijado de 16 años, el joven Bankotsu Hamilton en una visita oficial a la casa del Barón de Stewart, Lord Francis Herbert, otrora el mejor amigo del padre de Bankotsu, fallecido hace menos de tres meses.
El Coronel se sentía con la responsabilidad de guiar a su ahijado a cumplir con los designios del difunto Vizconde de Portland, Mathew Hamilton: la de que su hijo se casara con una descendiente de la casa de su amigo Lord Herbert.
No sería algo extraño, si la cuestión no tuviere una complicación especial.
El Vizconde de Portland nunca se casó, pero si llegó a engendrar dos hijos varones con distintas mujeres. Dos bastardos, que fueron legitimados por el Vizconde. Además de darles su apellido, se encargó que los niños recibieran una educación acorde.
Los niños eran Bankotsu, que era el favorito de su padre por ser el mayor, y porque su madre fue especial para el Vizconde, y el otro era Inuyasha, un año menor que Bankotsu, pero de carácter diferente, porque mientras Bankotsu era obediente, lo contrario se vislumbraba en la rebeldía de Inuyasha.
Punto aparte, ambos medio hermanos no tenían ninguna relación ya que Inuyasha se crió en Bristol con su madre.
Además, su vínculo tenía un cierto aire competitivo, ya que el Vizconde invocó una clausula especial en su testamento.
El hijo que heredaría su fortuna y su título, sería aquel que se casara con una mujer de la casa de Lord Herbert y fuera un hombre de honor.
El vizconde tenía serias esperanzas que su hijo Bankotsu lograra primero aquello, ya que era el más responsable y proclive a seguir las reglas paternas. Además, con el auspicio de su padrino, abrazaba un apego a la carrera militar.
Justamente la visita a casa de Lord Herbert, además de presentarse ante el barón como un potable candidato para alguna dama de la casa, era la de poner a su conocimiento de que el joven Bankotsu estaba a punto de marchar a Angers, en Francia a la academia militar y comenzar su instrucción.
Por supuesto, el Barón Herbert conocía aquellas intenciones ya que la idea de casar a sus descendientes con los de su apreciado amigo, el Vizconde fue una decisión conjunta.
Recibió con afecto al Coronel, y al joven Bankotsu.
Ya estaban compartiendo el té cuando Lord Herbert explicó que con gusto esperaba el cumplimiento de la última voluntad de su mejor amigo.
―Y en efecto, tengo dos niñas ahora, las únicas que podrían servir para tal cometido, y por supuesto a vuestra elección en unos años, cuando tengan edad suficiente.
Mientras el Barón explicaba que se trataba de dos niñas que se criaban bajo su exclusiva tutela, porque una era su sobrina, hija de su hermana fallecida por escarlatina. Enfermedad que también se llevó a su esposo.
La otra niña era su propia hija bastarda, producto de una aventura del barón con una cocinera. Aunque la pequeña fue legitimada por su padre.
Bankotsu dejó su taza de té y se acercó al ventanal, ya que le llamaron la atención unos gritos de algarabía infantil y el ruido del casco de un caballo.
Y ahí pudo vislumbrar a una niña de coletas, con un gracioso sombrero, encima del corcel, riendo a tambor batiente. Y que cabalgaba con ambas piernas y no de lado, como acostumbraban las damas.
Era una chiquilla, pero excelente jinete.
Bankotsu se quedó hipnotizado mirando la técnica de la pequeña, la seguridad con la que montaba y la compenetración con el caballo.
―Esa es mi pequeña Kagome, mi amada sobrina ―la voz amable del Barón se oyó junto al joven Bankotsu ―. Es una gran amazona y sólo tiene once años.
―Tiene mucha energía ―refirió Bankotsu
En eso el Barón hizo una seña hacia una esquina, donde estaba sentada una niña en un banco, con una mujer que parecía su institutriz.
―Esa otra es Kikyo, mi hija legitimada. Y será una gran belleza, tiene trece años.
El adolescente sólo le dedicó unos segundos, para enseguida regresar su atención en la adorable niña de coletas que causaba estragos en el cuidador de caballos con su patente manejo del potro.
En eso, un carraspeo del mayordomo denotaba que deseaba saber si los caballeros se quedaban a cenar.
Bankotsu hubiera querido quedarse, pero tenía un barco que tomar.
―Agradecemos vuestra amabilidad, Lord Herbert, pero Bankotsu debe viajar esta misma noche ―informó el coronel.
Entonces el barón regresó a su silla, y Bankotsu hizo lo mismo.
―Consentiré el matrimonio con cualquiera de ellas, ambas tienen mi apellido y tienen edades similares a la vuestra ―replicó el barón.
―Es mi intención volver aquí luego de acabada mi instrucción militar, ya que deseo cumplir la primera parte del condicionamiento de mi padre, la de ser un hombre de honor, antes de volver por alguna de esas niñas, lo cual me tomará años ―fue Bankotsu quien explicó su posición.
―Tened por seguro que ninguna de ellas será prometida a nadie más que no sea de la familia de mi querido amigo, pero debéis entender que si vuestro medio hermano Inuyasha, sobre quien pesa la misma condición, viene antes y pide formalmente la mano de alguna de ellas, no podré negárselo ―concluyó el barón.
Bankotsu frunció la boca al pensar en medio hermano. La última vez que se vieron, en el funeral de su padre, habían rodado en el suelo, enfrascados en una pelea de barro.
―Mi hermano nunca será un hombre de honor.
―Es un chiquillo rebelde, así que no lo vemos viniendo a Londres a presentar sus respetos ante usted, así que mi ahijado sigue siendo la mejor opción para sus niñas ―se apresuró en agregar el coronel, al notar tan tenso a su protegido.
―Pues se ha ganado puntos con esta visita ―observó el barón amablemente y mirando al joven Bankotsu con nostalgia por su gran parecido físico con su difunto amigo.
Sería alguien de gran estatura a juzgar que aún no acababa de estirarse. Los ojos grandes azules, la piel levemente tostada y un rostro armonioso. Lo mejor eran sus impecables modales.
El coronel le había dicho que era un chico de carácter, pero cortés y de excelente educación aristocrática.
―Puedo darle mi palabra que él no volverá aquí hasta no haber ganado sus espuelas, milord ―refirió el coronel Wellesley.
El barón asintió, con buena predisposición.
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La pequeña Kagome Herbert estaba aún montada sobre su caballo favorito, haciendo sus demostraciones ante su prima Kikyo, cuando notó que dos hombres salían de la casa, para embarcarse en un coche de tiro.
El uniforme rojo del mayor le llamó mucho la atención, ya que era una niña perspicaz.
― ¿Quiénes son esos caballeros, señorita Thompson? ―preguntó a la mujer que estaba sentada junto a una niña muy bonita, que bordaba en silencio.
La mujer se giró a verlos. Le tomó un rato reconocer al caballero de uniforme, pero la institutriz Alice Thompson no era ajena a los planes que el barón tenía para sus dos pupilas.
―Pues el hombre de uniforme es un coronel muy respetado y el otro más joven, es su ahijado.
― ¿Ahijado? ―Kikyo dejó la costura a un lado, interesada en el relato.
―Ese joven será, algún día, marido de alguna de vosotras.
― ¡Yo no permitiré que nadie me escoja esposo! ―Kagome reaccionó con la impulsividad tan natural y fuerte que tenía, y que ninguna enseñanza de la señorita Thompson podía sacar.
Kikyo no dijo nada, pero estaba sorprendida de aquella novedad. De todos modos, ella y su prima aún era muy pequeñas para pensar en aquellas cosas.
― ¿Qué os había dicho acerca de los gritos? ―la institutriz se levantó ―. Una dama no debe gritar, así que si no te comportas, te castigaré privándote de los paseos a caballo, o mejor, que sólo cabalgues de lado ¿Qué te parece eso? ―retó a Kagome
A la pequeña rebelde fue suficiente asustarla con eso para que calmara sus brotes. Regresó su mirada a la entrada de la casa.
Ya el coche y los visitantes se habían marchado. Era una lástima, le hubiese gustado ver la cara del chiquillo que se creía con poder suficiente para obligarla a casarse con él.
Menos mal, el asunto sólo era con una de ellas, así que sonrió, pensando en que Kikyo acabaría cumpliendo aquel mandato.
CONTINUARÁ.
Buenas queridas, esta nueva historia que se viene tendrá 21 capítulos y esta fue su introducción, parecerá lenta, pero espero poder captar el interés.
Procuraré actualizar los martes y sábados, en principio.
Nota especial: El Coronel Arthur Wellesley fue un personaje real, y de hecho es un héroe nacional inglés, ya que acabó convirtiéndose en el gran duque de Wellington, héroe que mandó a Napoleón a freír espárragos ( si googlean se encontraran con la fascinante historia de su vida)
Besos a todas mis hermanas georgianas.
Paola.
