INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ.
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Corazón en invierno
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CAPITULO 2
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Londres, 1805
Cinco años después.
La joven tabernera iba a arrojar un cubo de agua servida a la calle, pero se detuvo y abrió la boca de asombro al notar a los atractivos oficiales que se acercaban del otro lado de la acera.
Venían varios, pero era imposible no notar a los más guapos del equipo, vestidos de forma impecable con su uniforme rojo, su resplandeciente sable y con esa increíble aura de masculinidad rotunda que emanaban.
El teniente Bankotsu Hamilton sonrió al notar el estado de la joven criada. No desconocía el efecto que producía en las mujeres.
―Con un demonio que si extrañé a las mujeres inglesas ―replicó Bankotsu, luego de guiñarle un ojo a la muchacha.
Su acompañante, el teniente segundo Hiten Percy entornó los ojos al comprobar el jueguito de seducción de su mejor amigo.
―Pues mejor que las vayas olvidando, que sabes que viniste a esta ciudad para buscar a una sola.
―Y que me lo recuerdes…
―Tu padre fue un hombre muy extraño al dejar la directiva de matrimonio ¿nunca escribiste con ninguna de las muchachas? ―preguntó Hiten, con curiosidad.
Bankotsu meneó la cabeza.
Luego de cinco años regresaba a Londres hecho un militar en plena carrera, con la instrucción terminada y luego de haber cumplido un servicio en Irlanda que le valió la promoción que poseía.
En Angers fue que conoció a Hiten, y desde entonces se hicieron los mejores amigos. Fiel a su promesa, a su padrino el Coronel Arthur Wellesley, quien le había costeado la carrera, Bankotsu se dedicó plenamente a ella.
Cumplida esta parte, regresaba a Londres, hecho un hombre de honor por los servicios que venía prestando en el nombre de su Majestad y por tanto a reclamar lo que le faltaba: pedir la mano de una de las muchachas de la casa del Barón Herbert para finalmente cobrar su herencia y acceder al título de vizconde de Portland.
Tenía 21 años y se perfilaba como un joven notable, atractivo y de modales aristocráticos.
Se había estirado tanto, que su altura en conjunto con su figura fibrosa, indefectiblemente producía que todas las mujeres, como aquella criada de taberna se quedaran con la boca abierta mirándolo.
Además, hablaba con fluidez, además de inglés, el francés y el español.
―Lord Herbert es un caballero amable y predispuesto, no le fallaré a él, a mi padrino y menos a la memoria de mi padre ―aseveró Bankotsu
―No puedo creer que te cases tan pronto, y además con una mujer que no conoces ¿no hay forma de esperar?
Bankotsu se acomodó los guantes, riendo sarcásticamente.
― ¿Y darle tiempo a mi gracioso hermano Inuyasha?
― ¿Sabes si está en Londres? ―preguntó Hiten
―Dicen que lleva una vida licenciosa en Bristol, así que debo aprovechar el margen de tiempo ―declaró Bankotsu, con rotundidad.
Hiten frunció la boca. No iban a poder divertirse como el resto de los oficiales, y menos cuando Bankotsu necesitaba imponer una buena imagen ante el Barón y no pensaba desacreditarse tan pronto, visitando tabernas o sitios de juegos.
―Entonces iremos hoy mismo a la casa del barón ―reflexionó Hiten ―. ¿Al menos las muchachas son bonitas?
―La verdad no recuerdo ―sostuvo Bankotsu. Lo cierto es que le daba vergüenza admitir que todos esos años había recordado a la niña intrépida sobre el caballo e imaginarla en cómo sería a una edad adulta. En la actualidad tendría 16 años, una edad más respetable e incluso apta para pedir su mano en matrimonio, cosa que el Barón no le denegaría.
Claro que está, que primero quería verla a ella, y por supuesto también a la prima.
Pero se decantaba por la menor por los recuerdos que tenía, aún sin haberla visto.
Bankotsu le escribió a Lord Herbert, cuando aún estaba en Irlanda, avisándole que su guarnición pasaría por Londres en la primavera, y que vendría movido a cumplir el ultimo designio de su padre. El barón le había respondido que esperaría su llegada con ansias y que las muchachas estaban más que listas para ser presentadas.
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Eran muy diferentes una de la otra. Mientras la mayor Kikyo, que ahora detentaba 18 años y una belleza deslumbrante, la prima menor Kagome, de 16 años, era un poco menos bonita, pero a diferencia de Kikyo, poseía una chispeante personalidad. Si de niña le gustaba cabalgar con ambas piernas, subir a los árboles y ser políticamente incorrecta, de adulta recrudeció su carácter y era una joven vivaracha e inteligente, capaz de pasar por encima de la señorita Thompson.
Cuando su tío llamó a ambas muchachas y les comunicó que debían estar preparadas, porque pronto recibirían la visita del hijo de su difunto amigo, y venía a por la mano de una de las dos.
Y que no podían rechazarle.
A estas alturas, el barón hizo uso de su autoridad para regir aquello. Que les había permitido vivir con tranquilidad y libertad, pero que su matrimonio con un hijo del difunto vizconde era innegociable.
Kikyo asintió con sumisión, pero Kagome arrugó el entrecejo y estuvo a punto de vociferar, pero la detuvo el profundo respeto que le inspiraba su tío, que la había criado y mantenido, que siempre se presentó como un espíritu de bondad con ella.
Lo único que la calmaba es que Kikyo era más bonita y probablemente ese teniente la prefiriese a ella.
Kagome no podía casarse con ese sujeto y más cuando ya tenía otros planes.
Pero prefirió mantener la boca cerrada, esperanzada en la belleza de la silenciosa Kikyo y su inmensa capacidad de enamorar hombres.
―Estuviste a punto de ser grosera con el Barón ―Kikyo le hizo un reclamo suave, cuando estuvieron ambas fuera del salón.
―No voy a casarme con nadie que me impongan ―amenazó Kagome ―. De algo me va a servir ser la fea de la casa, que ese hombre no se vendrá a fijar ahora en mí.
Kikyo, quien era alta, esbelta, de piel cremosa y blanca, con unos cabellos negros que creaban un maravilloso contraste con su cutis.
Kagome en tanto era más morena y de menor estatura, aunque de espigada figura. Sus cabellos eran castaños al igual que sus ojos, siempre estaba sonriendo y sin dudar, era alguien adelantada para su tiempo, lo cual la frustraba un poco. Habia perdido a sus padres de muy pequeña por escarlatina y no los recordaba, pero su tío, Lord Herbert la había criado maravillosamente. Solo discrepaba en este asunto de supeditarla a un posible matrimonio con un hombre que no conocía, y que tampoco quería conocer.
―Voy a salir a cabalgar ―anunció Kagome ―. Haré que ensillen a Viento Oscuro.
Ese potro era su favorito, obsequio de su tío.
Kikyo no le respondió, pero estaba horrorizada con los aspavientos de su prima y esos deseos que tenía de contender a las reglas.
Kagome salió canturreando feliz, colocándose sus guantes de amazona rumbo a los establos.
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Decidieron alquilar un coche de tiro, aunque hubieran preferido cabalgar, pero las reglas del caballero dictaban que se presentara en un carruaje y con su uniforme, sin que apestara a caballo.
El teniente Bankotsu Hamilton y su mejor amigo, el teniendo segundo Hiten Percy posaron sus ojos con admiración al pasar frente a la imponente mansión de Grosvenor Square.
Justo cuando ellos entraban, el sonido del casco de un caballo que galopaba a toda prisa salía de una de las entradas del costado.
Una mujer que galopaba desafiante con ambas piernas de costado y sin importarle la inconveniencia del trato en una calle tan elegante. Era claro que marchaba a los parques públicos.
Bankotsu se quedó mirando a la imponente mujer, con quien cruzó la mirada solo un momento. Sólo detrás de ella, iba un pequeño coche de tiro con dos damas adentro con todo el aspecto de ser acompañantes de la intrépida joven, procurando seguirle el paso.
El joven teniente recibido con hospitalidad por Lord Herbert junto a una hermosa joven y miembros del servicio.
Hiten y Bankotsu se presentaron con exquisita cortesía.
―Permita que os presente a mi hija, la señorita Kikyo Herbert.
Siguiendo las reglas, Bankotsu besó aquella mano blanca y perfumada de aquella chica de velada belleza y que parecía muy tímida. Ya que incluso se sonrojó con el saludo de él.
En ese momento el barón frunció el ceño.
―Mi sobrina, la señorita Kagome no se encuentra en este momento, pero ya le mandaré un mensaje urgente ―el barón hizo una seña a un criado ―. Tened a bien pasar, que ordenaré que nos traigan el té con unas buenas pastas.
Los recién llegados entraron y disfrutaron del salón, con un exquisito té y la compañía del barón con la señorita Herbert.
La conversación versó sobre numerosas anécdotas que compartieron ambos amigos con sus anfitriones.
Ya cuando retiraban el servicio de té, la puerta se abrió y por ella, entró una muchacha con aspecto hastiado. Muy joven y con el vestido algo arrugado. Era claro que ella era la joven con quien Bankotsu se había cruzado poco antes y que cabalgaba de modo tan particular.
El barón se apresuró en presentarla.
―Teniente, conozca a mi sobrina, la señorita Kagome Herbert
Bankotsu se levantó para saludarla y le cogió la mano para besársela.
Kagome fue menos cordial y retiró la mano, rápidamente.
―Teniente, espero disfrute su estancia aquí ¿Cuánto tiempo nos visitará?
Para ser tan joven, era muy impertinente.
―Junto a mi compañero, el teniente segundo Hiten Percy tenemos planificado pasar una temporada antes de volver a nuestra guarnición ―informó él, sin dar muestras de molestarse por la patente grosería de Kagome.
―Los tenientes aquí presentes nos estaban ofreciendo una amable velada, prima ―Kikyo intentó interceder, para cortar la tensión de ambos
En parte sirvió, porque las chispas se cortaron y la recién llegada tomó asiento junto a su prima.
Hiten decidió amenizar a su vez, entablando charla, pero Bankotsu no le oía, mas enfrascado en observar a la fascinante jovencita.
Kagome le devolvió la mirada, de forma atrevida y Bankotsu desplegó su irresistible sonrisa blanca.
―Por supuesto, estáis invitado a ser nuestros huéspedes, el tiempo que deseéis ―ofreció el barón.
―Aceptamos ―respondió rápidamente Bankotsu, ante la sorpresa de Hiten.
Luego de aquello, ambos oficiales fueron conducidos al ala de huéspedes, donde se les asignarían habitaciones y podrían refrescarse.
Cuando estuvieron solos en el pasillo, Hiten le increpó.
― ¿Por qué aceptaste quedar?, si querías seguir viendo a las muchachas, sólo podías venir mañana.
―Tengo prisa y, además, ya tengo a la que me interesa.
― ¿Quién? ¿la señorita Kikyo?
Bankotsu meneó la cabeza.
―La otra tiene una chispa diferente que me atrae.
―Es muy joven, casi una niña ―refirió Hiten
―Es los suficientemente mayor para casarse, así que quiero conocerla mejor ―concluyó Bankotsu
―Entonces ya tomaste una decisión con sólo verla una vez ―formuló Hiten, bostezando ―. Iré a descansar, que esto ha perdido la gracia ―dicho eso el joven oficial se retiró a la habitación que le habían mostrado.
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La cena fue bastante distendida y Bankotsu procuró intercambiar frases con la reticente de Kagome, quien le fascinaba aún más con sus evasivas.
Bankotsu no alcanzó a quitarle ni una sola palabra amable, pero si obtuvo el permiso de su tío de que pasearan mañana en el parque. Por supuesto, además de Bankotsu y Kagome, iría Kikyo, Hiten, el propio Barón y una cuadrilla de damas para que Bankotsu no estuviera solo con ninguna de las muchachas en público y las reglas del cortejo se hicieren siguiendo las pautas de la decencia.
Esa noche, Bankotsu durmió muy satisfecho de sus acciones y de su probable elección.
Todo este galanteo era como recreo que podría distender su alma de soldado joven, ya que tanto él como Hiten, en algún momento tendrían que marchar al continente a detener el peligro expansionista que representaba Napoleón Bonaparte, que sólo el año anterior se había declarado Emperador, poniendo en jaque el tratado de Amiens, que fuera un pacto de paz entre británicos y franceses.
Bankotsu deseaba poder marchar, ya casado y con el título de vizconde bajo el brazo.
Mentalmente ya había escogido a la destinataria de su proposición matrimonial.
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Al día siguiente, luego del desayuno, la comitiva salió a dar aquel paseo social por los elegantes jardines de Grosvenor Square, que estaba en la misma calle de la casa del Barón.
Hiten se encargó de darle caballerosamente el brazo a la señorita Kikyo, ya que Bankotsu se empecinaba en ponerse de lado de la huidiza señorita Kagome. Él no entendía como podía cortejar a alguien tan joven y tan arisca.
―Anoche estuve leyendo de cuando Napoleón emprendió una agresiva campaña en Egipto, sólo para mermar las rutas comerciales inglesas a la India ―expresó Kagome.
Aquel tema de conversación, presentado por una mujer y además tan joven, sorprendió a Bankotsu.
―Me alegra que se mantenga informada, señorita Herbert.
Pero Kagome no estaba por la labor de ser amable.
―Pues es una pena que usted no haya llegado a participar de aquella campaña ¿no?
―Aquella época aún estaba iniciando mis estudios en la academia, pero sin embargo las tácticas del general Jean Baptiste Kléber, al mando de aquella expedición y segundo de Napoleón, fue parte de análisis en mis clases ―manifestó Bankotsu con seriedad
― ¿Cuándo piensa volver a unirse a su guarnición?
Aquella pregunta poco cortés fue finalmente la que dio pie para que Bankotsu pusiera en claro su plan.
― ¿Me permite ser franco, señorita Herbert?
―Es un país libre, teniente.
―Usted sabe que volveré al continente tan pronto como cumpla el cometido que me trajo a casa de su tío ―anunció Bankotsu ―. Tengo la intención de pedir su mano en matrimonio ―refiriéndose a ella
Kagome paró la marcha, haciendo que todos los demás quedaran.
Ella guardó su abanico y se giró a mirar al teniente Hamilton.
―Soy fiel creyente de que los matrimonios no deben ser arreglados.
―Es usted muy joven para tener estas ideas tan arraigadas ―enunció el joven teniente.
Kagome quiso decir algunas cosas más, pero la severa mirada que le dirigió su mirada, acalló lo que pensaba. Volvió a sacar su abanico y retomó el paseo.
Aunque el teniente volvió a hablarle, ella contestaba con monosílabos.
Bankotsu podría estar disgustado, pero tenía escasa experticia en mujeres, salvo las dispuestas irlandesas y francesas con las que se topó mientras realizaba su instrucción. Damas a las que sólo le bastaba unas monedas para complacerlo.
Por eso aquella chiquilla altanera le atraía tanto. Era puro fuego y no temía decir lo que pensaba.
Aunque ella se mostrara huidiza e irreverente, el teniente Hamilton seguía teniendo claro que era su mano la que pediría en matrimonio.
Cuando el paseo se hizo largo, entraron a un elegante establecimiento a servirse alguna bebida fresca, Bankotsu se arrimó junto a Hiten para comentarle sus impresiones, pero sus planes se vieron tocados cuando vio materializarse en el lugar a una persona inesperada, pero que él conocía muy bien, pese a los escasos encuentros.
Vestido con un elegante traje de dos piezas y con pañuelo de dandy, allí estaba su maldito medio hermano Inuyasha Hamilton.
Tan visible como él, con su apostura, porque era tan alto como el teniente, aunque su cutis fuera más claro, una cabellera rubia corta y ojos de un tinte de miel. Y un rostro armonioso que era el deleite de las mozas.
¿Qué rayos hacía ese imbécil en Londres y además paseando en Grosvenor Square?
― ¿Qué ocurre? ―preguntó Hiten
Bankotsu se llevó el vaso a la boca.
―Ese hombre…es mi hermano y no se supone que estuviera en la ciudad.
Hiten, quien estaba al tanto de la cruenta rivalidad entre ambos hermanos entendió el malestar de Bankotsu.
Inuyasha debería estar en Bristol, pero en cambio estaba paseándose por esta elegante avenida y solo podía significar que podría estar interesado en cortejar a una de las muchachas Herbert.
El joven Inuyasha le hizo un gesto con el vaso como saludo, desplegando una de sus sonrisas burlonas. Pero para fortuna de Bankotsu, no se acercó a la familia ya que se retiró enseguida.
Igual su presencia en la ciudad, era para activar las alarmas. Inuyasha también estaba en carrera por acceder al título de su padre, y claro la fortuna.
―Supongo que esto hará que adelantes la pedida de mano ―opinó Hiten
Bankotsu aún tenía fresco el recuerdo de aquella horrible gresca donde ambos hermanos rodaron por el suelo, luego del servicio memorial a su padre.
Inuyasha se burló del Vizconde recientemente fallecido y eso hizo que Bankotsu se enfureciera ante su malagradecida actitud.
―Mañana mismo, luego del desayuno pediré la mano de la señorita Herbert. No voy a dejar que ese idiota de Inuyasha me gane la partida.
Luego el grupo volvió a la mansión del barón y Kagome se las arregló para escabullirse pronto y no bajó a cenar.
Era claro que la idea de prometerse con el teniente no era una prioridad, pero Bankotsu era un hombre obcecado y la quería a ella.
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Durante la cena, hubo un corto entremés donde el barón, quien había bebido un poco más de a cuenta, invitó a sus huéspedes los puros importados que guardaba para una ocasión especial.
El barón se retiró temprano, pero los dos oficiales salieron a fumar en los jardines.
―La llamada a la guarnición será mucho antes de lo pensado, han llegado los boletines de la batalla de Finisterre. Casi perdimos el canal de la Mancha y me he encontrado con algunos compañeros de la Naval, que ya fueron notificados de su comisión bajo las órdenes del vicealmirante Horatio Nelson.
Bankotsu aspiró el humo de su puro con seriedad.
―Y nosotros divirtiéndonos, mientras nuestros colegas perecen…
―Estamos aquí para defender tus intereses, amigo. Tu hermano no se saldrá con la suya y además será justicia que seas tú quien detente el título de Vizconde porque es lo que tu padre querría ―completó Hiten
―Pediré la mano de esa muchacha y nos casaremos cuanto antes, para luego marcharme a la guarnición, porque la idea es dejarla instalada en Mont House.
Mont House era la casa ancestral del vizconde de Portland, que estaba ubicada en Burnley. Además de la casa Portland, que era la mansión londinense, ambas a la espera de su nuevo vizconde.
Pero la conversación se cortó cuando notaron que un pequeño coche de tiro estacionó justo frente a los portones de la casa.
El horario no era de visitas, así que era completamente extraño. Más aún cuando vieron que una pequeña figura, vestida con una cofia cargando un pequeño baúl con dificultad salía sigilosamente de la puerta de servicio.
La figura caminaba con discreción, pero el baúl le pesaba y cayó al suelo. En ese momento, la capa que cubría su cabeza se deslizó, descubriendo a la señorita Kagome Herbert.
Era claro que estaba huyendo, y que ese coche de tiro la estaba ayudando.
Ambos oficiales no podían quedarse con los brazos cruzados viendo como una hija de la casa de donde se hospedaban cometía un acto imprudencial que podría llegar incluso a marcar a su familia.
Bankotsu mandó a Hiten a detener el coche, en tanto él corrió a hacer lo mismo con la muchachita, que, al verlo, corrió y estuvo a punto de subir al carruaje, pero Bankotsu alcanzó a bajarla de vuelta.
―Por todos los cielos ¿Qué está haciendo? ―increpó Bankotsu
―! ¡No voy a casarme con usted! Yo voy a elegir a la persona que quiero ―gritó Kagome
―No voy a dejar que arruine su nombre con esto ―insistió Bankotsu, cogiéndole del brazo
Hiten tenia detenido al cochero y sin posibilidad de moverse.
―Voy con el hombre que sí podría hacerme feliz y esta es mi prueba de amor ―exclamó la muchacha.
Preso de rabia, Bankotsu abrió la puertilla y casi se petrifica cuando se encuentra a nada menos que a su propio hermano, Inuyasha Hamilton.
Bankotsu le hace una seña a Hiten de que se llevara adentro a Kagome, y que cuidara que nadie la viera.
― ¡Eres un infeliz por incitar a una muchacha a esto!
Inuyasha sonrió sardónicamente.
―No es mi culpa que ella sea una meretriz a tan corta edad, hermano. Ella aceptó fugarse conmigo y sólo le bastaron algunas palabras seductoras.
Bankotsu se dio cuenta del verdadero trasfondo.
― ¡No pensabas casarte con ella!, solo destruir su reputación ¡eres un maldito! ―Bankotsu subió al coche para darle una paliza a ese sujeto, pero Hiten regresó justo a tiempo para detenerlo.
―Deja que se largue, no enturbies tu carrera atacando a un civil, aunque sea a este miserable ―sugirió Hiten ―. La muchacha ya está a salvo.
Inuyasha sonrió sardónicamente.
―! ¡Un día, tu y yo rendiremos cuentas y acabaremos muy mal, desgraciado! ―exclamó Bankotsu, apuntándole con un dedo acusador.
Una amenaza que era una promesa que ninguno de los dos debería de olvidar.
El coche transportando al fallido seductor de la señorita Herbert se marchó a toda prisa, antes de que el teniente Hamilton cambiara de opinión acerca de molerlo a golpes.
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Afortunadamente todo el alboroto fue afuera y el único que despertó fue un viejo lacayo. Al verlo, Bankotsu le pidió que despertara a la doncella y que atendiera a la señorita Kagome.
―Que nadie se entere de eso ―pidió el joven oficial
Kagome estaba con los ojos llorosos arrimada a una pared, con sus puños apretados.
Bankotsu hizo uso de todo su autocontrol para decirle unas palabras.
―Por mi honor, que de mis labios y del oficial Percy, nadie se enterará jamás de esto ―ella le dirigió una mirada de odio ―. Nunca dejaría que una hija de esta casa sea mancillada por un hombre sin honor como ése.
Kagome le cruzó el rostro de una bofetada, pero Bankotsu no se inmutó. Afortunadamente llegó la doncella y se la llevó de allí.
Hiten vino a su lado, mientras observaban la escena de la muchacha siendo llevada a su habitación. El oficial Percy, conocedor de la predilección de su amigo por esa joven le dio una palmadita de consuelo.
Bankotsu apretó su puño con furia descomunal contra Inuyasha.
Hay situaciones de honor que no podían obviarse y por mucho que Kagome le agradara, no podía perdonar su indiscreción ni su predisposición a fugarse con un hombre.
No podía pedir la mano de una mujer así.
Él guardaría su secreto, pero no se casaría nunca con ella.
CONTINUARÁ
Gracias hermanas.
Gracias por su recibimiento y compañía.
Besos a mis primeras comentaristas GABY013, MI FRAN GARRIDO, ISADI, NICKY, PAULAYJOAQUI Y MONSE.
Por ser una familia muy especial.
Volviendo al fic, Bankotsu sigue siendo un buen chico, en el capítulo anterior tenía 16 y ahora 21, y todavía no vivió el proceso de convertirse en el OC que esperamos.
El capítulo ya está en proceso y vendrá pronto. Máximo el 30 si no es antes.
Besos.
Paola.
