INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ.

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Corazón en invierno

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CAPITULO 3

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Bankotsu despertó apenas la mañana siguiente.

Pese a su estricta formación militar, le había costado conciliar el sueño, atendiendo los graves sucesos de la noche anterior. Esperaba no pasar por descortés por pasarse un par de horas el horario habitual de desayuno.

Cuando bajó, la mesa estaba dispuesta para él, y el mayordomo le atendió con exquisita cortesía.

― ¿El teniente Percy? ―preguntó por el paradero de Hiten.

―El teniente acabó su desayunó y luego salió para la oficina de Correos. Dijo que volvería en cuanto terminara ―informó el hombre mientras servía el té

Allí Bankotsu recordó que Hiten le había avisado de que hoy tocaba hacer unas diligencias en la oficina postal.

Igual la mesa estaba vacía. No estaban ninguna de las señoritas Herbert y menos el barón.

― ¿Podría informarme donde están los demás?

El mayordomo carraspeó, con cierta incomodidad.

―Temo que no lo sé con seguridad.

Bankotsu ya no insistió, terminó su té y luego fue a refugiarse a la biblioteca a leer unas cartas que le llegaron, en especial la que le enviaba su padrino, el actual comandante Arthur Wellesley, recién llegado de la India, donde estuvo cumpliendo funciones con su hermano, Sir Richard Wellesley.

Bankotsu no era tonto, estaba consciente de que estaban viviendo épocas complicadas con Napoleón y sus ansias de conquistador que aterrorizaban al mundo, y que estos días, eran probablemente los últimos tranquilos que tendría en su vida.

Dentro de todo, el asunto de su propio matrimonio era una cuestión trivial en comparación. Aunque ahora sus ideas se vieron desajustadas, ya que la destinataria de su pedido se había convertido ahora en una imposible, aún era su deber el pensar como un hombre practico y sujetarse a sus intereses.

Debía pedir la mano de la señorita Kikyo Herbert.

Aunque en su interior, deseaba que la señorita Kagome Herbert reflexionare sobre el craso error que había cometido.

Estaba aún leyendo las cartas del comandante, cuando la puerta se abrió y el teniente Hiten Percy entró presuroso, como si hubiera visto al diablo por el camino.

Venía de la calle y en efecto las noticias que traía, le hicieron olvidar todas las reglas de cortesía.

― ¿Qué demonios? ―preguntó Bankotsu

― ¿Es que aún no sabes nada? ―preguntó Hiten, acercándose a Bankotsu, quien seguía sentado.

―Pues no sé de qué hablas…

―Lo que pasó anoche con la señorita Herbert es una comidilla en la ciudad ―reveló Hiten ―. Todo el mundo sabe de su intento de fuga con un hombre que no planeaba casarse con ella.

Bankotsu se incorporó sorprendido.

― ¡Pero si nosotros no dijimos nada!

―El propio Inuyasha estuvo esparciendo la infamia desde la madrugada y el barón se enteró muy temprano ―Hiten pareció dubitativo de seguir

― ¡Habla! ―exigió Bankotsu

―Pues que el barón ha hecho preparar todas sus pertenencias y la hizo enviar muy temprano de aquí. Que su reputación fue destruida, la ha enviado a la campiña, a una ciudad que nadie conoce, y para que no vuelvan a relacionarla con la familia, porque como sabes la desgracia puede condicionar que nadie quiera casarse con la señorita Kikyo, al tener una pariente…con esas inclinaciones.

Bankotsu apretó los puños con furia.

Ese malvado de Inuyasha arruinó la reputación de una jovencita ingenua. Y aunque hubiera podido cerrar la boca, se aseguró de que todos lo supieran, dando a entender a Bankotsu de que su intención siempre fue la de dañar la honra de la señorita Kagome Herbert.

Tuvo la tentación de ir a buscarlo para arreglar cuentas, y eso incluía romperle un par de dientes.

―Nadie sabe dónde la han mandado, pero el escándalo ha sido tan grande, que me sorprende que Inuyasha no divulgó que fuimos nosotros quienes detuvimos a la señorita Herbert.

―Esto es un desastre ―exclamó Bankotsu, arrojándose al sillón

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Ya pasada la tarde, el barón volvió en compañía de la señorita Kikyo Herbert. Ambos se veían abatidos.

Él se notaba cansado y ella entristecida, porque acababa de perder a la compañera con quien se había criado.

Bankotsu los recibió en silencio, mostrando su solidaridad. Kikyo se retiró a sus habitaciones y en el salón sólo quedaron el barón junto a Bankotsu a beber una copa de brandy.

Lord Herbert estuvo en silencio, hasta que finalmente pudo esgrimir unas palabras

―Supongo que ya sabéis la desgracia que acontece a mi familia.

Bankotsu sólo se limitó a asentir, no valía la pena volver a reproducir en palabras la horrible experiencia sufrida por aquel hombre.

―Entonces es perfectamente entendible que no deseéis emparentaros con mi familia ―retrucó el barón abatido, dejando el vaso sobre la mesa ―. Mi corazón está roto y decepcionado por quien más esperanzas tenía en el mundo, aún por encima de mi propia hija, ya que Kagome era una flor aguerrida de conocimientos que me asombraba. No volveré a verla.

Bankotsu oía en respetuoso silencio ante el profundo dolor del barón. Era claro que el hombre tenía preferencias por aquella imprudente muchachita.

Aún asi, Bankotsu sabía que tenía poco tiempo, y además con Inuyasha cerca. Era cierto que los Herbert tenían ahora una mancha en la sociedad, pero la cláusula de su padre era vinculante y el joven teniente había regresado sólo para cumplir.

―Aún en estas horas tan oscuras, quiero que sepáis que mi voluntad de unirme a vuestra familia no ha mermado ―anunció Bankotsu, haciendo que el barón se girase a verlo, con sorpresa ―. Deseo pedir la mano de vuestra hija, la señorita Kikyo Herbert. Quizá yo sea muy joven ahora, y tengo un deber militar que me apremia, pero deseo poder volver al continente, prometido a la señorita Kikyo, claro sí es que lo permitís.

Lord Herbert se sintió conmovido con aquel pedido. Por supuesto que no negaría la mano de su hija al hijo favorito de su difunto amigo.

―Kikyo es una muchacha dulce y tranquila, ella aceptará vuestro petitorio, pero lo mejor es que la propuesta se haga recién mañana, porque hoy ha sido un día muy terrible y no deseo asociarlo con la fecha de pedida de mano de la única niña que me queda.

Ya estaba hecho.

Por un momento, Bankotsu tuvo la curiosidad de preguntar cuál fue el destino final de la señorita Kagome Herbert, pero no debía asociarse con la impertinencia. También se cuidó de develar cual fue el papel que él mismo tuvo aquella desafortunada noche.

―También es mi deber el pedir perdón en nombre de la familia Hamilton por la indiscreción cometida por mi hermano Inuyasha.

El barón meneó la cabeza.

―Sé que no tenéis ninguna relación con ese cabeza hueca y hacéis bien. Pero no es con él con quien estoy enfadado, sino con mi pequeña sobrina, quien debió mantener la compostura y decencia que se le ha inculcado.

Luego de acabada la botella de brandy, ya no hubo más tema de conversación. El barón se retiró cansado y Bankotsu se reunió junto a Hiten para ponerlo al corriente de las últimas decisiones.

―Pediré la mano de la señorita Kikyo Herbert mañana mismo ―y al ver la expresión sorprendida de Hiten, añadió ―. No quiero oír ni una sola palabra.

El teniente Percy sólo sonrió. Es lo que único que quedaba en esos momentos.

Pero como cambiaban las cosas de un día para otro.

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Viajaba sólo con una mujer que fue contratada bajo estricta confidencialidad. Sin doncella y sin equipaje de importancia, sólo un bartulo con escasas ropas.

La otrora orgullosa señorita Kagome Herbert estaba irreconocible por las lágrimas. Desde la mañana que su día solo transcurría de coche en coche, cuando se realizaba el recambio de caballos. Ni siquiera le dejaron preguntar dónde se dirigían.

Kagome lloraba de recordar la mirada de decepción de su tío amado.

―Ya no eres mi sobrina. No eres nadie y nada para mí. No quiero volver a verte.

Cuando quiso explicarse, recibió una bofetada en el rostro. Y lo peor es que a su tío parecía haberle dolido más el golpe que a la propia destinataria.

Lo peor es que su querido tío tenía razón en hacer esto.

Ella traicionó su confianza, dejándose seducir por las galantes palabras del atractivo sujeto que había aparecido hace menos de tres semanas en su vida en secreto, enviándole cartas, dedicándoles palabras lisonjeras y besando su mano que hicieran que ella se derritiera por esa persona.

No sólo era un desgraciado que pensaba deshonrarla, porque nunca tuvo intención de casarse con ella, sino que era medio hermano de aquel teniente, que sólo el día anterior le había expresado su deseo de casarse con ella.

¡Que diferente hubiera sido su vida si no hubiera sido tan estúpida!

Pero como buena tonta, había caído y tanto que ella se burlaba de las mujeres huecas, y al final, resultó que era como ellas. O peor.

Ese tal teniente Bankotsu sí era un hombre de honor, no como ese villano de Inuyasha.

Y ahora marchaba a un pueblo que no conocía a cumplir el destino que les tocaba a las mujeres con reputación arruinada, que nunca más serían vistas por su familia. Como si tuvieran una enfermedad infecciosa o hubiera muerto.

Lloraba de saber que nunca más vería a su tío y a su prima Kikyo, quien pudo sustraerse un momento para abrazarla y despedirse. Era claro que mientras el barón Herbert viviera no se volverían a encontrar.

―Llegaremos en dos días a destino, así que debéis estar preparadas para aún varios recambios de caballos. Solo pararemos en una posada más en el Norte donde podréis asearos, que fue toda la orden que no dio Milord Herbert ―anunció el cochero en un momento.

La malhumorada mujer que estaba sentada junto a Kagome en el coche, y que era claro que venía a ejercer de su carcelera durante la travesía, sólo emitió un sonido gutural como respuesta.

Mientras afuera, el cielo ya había oscurecido por completo. Una noche sin estrellas y sin luz, como presagio de la nueva vida de Kagome, como sentencia por el grave error cometido.

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Si el día anterior fue funesto, esa mañana fue diferente. Lord Herbert y la señorita Kikyo se comportaron perfectamente corteses y como si nada hubiera ocurrido. Y ya como el barón adelantó, la señorita Kikyo aceptó la propuesta de matrimonio del teniente Hamilton, que podría celebrarse en cuanto se pudiera disponer.

Entre amonestaciones y diversas organizaciones, podría prepararse en dos semanas.

Bankotsu pudo departir con su nueva prometida, que era silenciosa y comedida. Tan diferente a la explosiva de Kagome, y tan acostumbrada a obedecer.

Kikyo Herbert sería una esposa perfecta, de eso no cabía duda, y aunque Bankotsu intentaba verla mejor, ni su belleza tenía el imán que la otra ejerció en él.

Se hizo una pequeña celebración privada, donde el único tema vedado fue la desaparecida Kagome.

Quien llegó justo a tiempo para unirse a la cena de honor, fue el padrino del prometido, el notable Comandante Wellesley, quien llevaba en Londres ya varios días y que visitaba la casa Herbert, no sólo por cordialidad o por felicitar a la nueva pareja.

Traía noticias de interés para todos, y sobre todo un comando para los dos oficiales que se hospedaban allí.

Hace menos de cuarenta y ocho horas se había librado una cruenta batalla naval en Trafalgar, que culminó con una desastrosa derrota franco española, y una gran victoria del Reino Unido.

Aunque el gran líder conductor del triunfo, el gran vicealmirante Horatio Nelson murió en el conflicto, las consecuencias del éxito eran rotundas, ya que implicaba el dominio absoluto de los mares ante el avance de Napoleón y su intentona de conquista militar en Europa.

―El vicealmirante francés Villenueve ha sido capturado ―comentó el comandante Wellesley en la ronda donde estaban el dueño de casa, Bankotsu y también Hiten.

―Yo no digo que los franceses de Napoleón no vayan a venir, pero desde luego, no vendrán por mar ―rió Bankotsu

El resto también se divirtió con aquel comentario.

Luego levantaron sus copas en honor al gran Horatio Nelson y los compatriotas caídos, quien con su accionar, procuraron el dominio británico de los mares ante la irrefrenable ambición francesa.

―Todas las guarniciones han sido llamadas a formación, y navegar al continente. No habrá tiempo para licencia alguna, yo mismo asumiré mi posición ―anunció Wellesley

Aquella no era una mera declaración, era una orden.

No habría tiempo para felices celebraciones de matrimonios.

No cuando el imperio francés amenazaba a Europa.

El barón Herbert también lo comprendió. Levantó su copa, orgulloso del querido hijo de su añorado amigo, dedicado al deber.

―Que así sea.

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Dos días después se dio la triste despedida. Aunque no habían alcanzado a intimar lo suficiente, Bankotsu le tenía aprecio a su prometida. Era claro que era una muchacha de bien.

Con anuencia del barón, la joven prometió mantener correspondencia seguida y que se casarían en cuanto él regresare con una licencia de unos días.

Que este tiempo se dedicarían a juntar el resto de los requisitos como las amonestaciones.

Los hombres subieron a la calesa del comandante Wellesley, luego de la calida despedida a sus anfitriones, con la promesa de la celebración de la ceremonia de matrimonio en cuanto el teniente Hamilton pudiera tomarse unos días.

Kikyo se despidió con un saludo suave como el viento y Bankotsu se sintió conmovido con aquel toque.

Cuando el carruaje ya se estaba yendo, se cruzaron con un caballo negro que galopaba sólo y sin jinete, como si regresare de dar un paseo.

Bankotsu, desde la ventanilla pudo reconocer al corcel, que parecía estar disfrutando de su libertad.

Era Viento Oscuro, la montura que Kagome montaba, rebelándose contra cualquier regla de conducta de una buena señorita.

Con ambas piernas de lado.

Y en el cielo vibraba un viento pesado, como si alguien faltase en la escena.


CONTINUARÁ

Muchas gracias hermanas, ya tenemos capítulo 3, y ya estoy cocinando cap. 4 y todo muy lento, es que deseo contar como es que da la metamorfosis de Bankotsu en lo que termina convirtiéndose después. Ahora es muy joven.

El siguiente capítulo ya será el último de esta línea suya y se ubicará dos años después de esta despedida.

Y todos esos personajes Wellesley, Horatio Nelson, Villenueve, fueron importantes figuras de las guerras napoleónicas, y los pongo aquí para dar un poco más de contexto.

Besos a mis comentaristas: GABY013, PAULAYJOAQUI, FRANCITAGARRIDO, MONSE, LITAMAR Y NICKY.

Gracias por leer.

Paola.