INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ.

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Corazón en invierno

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CAPITULO 4

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1807, dos años después

Sur de Copenhague, Dinamarca.

Las tensiones entre los reinos de Noruega y Dinamarca contra Gran Bretaña eran patentes, desde que estos dos primeros, quienes al inicio de la contienda se habían mostrado neutrales, se aliaron al Imperio Francés, proporcionando barcos cañoneros para ayudar a mermar a las convencional Marina Británica.

Ya en 1801, el gran Horatio Nelson había bombardeado Copenhague para detener estos ataques.

Pero la verdadera gran intervención se dio en el año 1807 de nuestro Señor, cuando sin declaración de guerra previa, el gran Comandante Arthur Wellesley, dirigió una flota para atacar de nuevo la capital danesa, y apoderarse de las cañoneras para evitar que Napoleón las tomara primeo.

El teniente Bankotsu Hamilton participó de la batalla a las órdenes de su padrino. Como era de esperarse, se suscitó una victoria británica indiscutible, pero la guerra estaba aún lejos de terminar.

El teniente Hiten Percy también luchó de lado de su gran amigo Bankotsu, y ambos se cuidaron las espaldas.

Es lo que podía hacer si en algún momento pretendían volver a casa.

Ambos amigos llevaban ya dos años lejos de su país natal, cumpliendo servicio continuado y con imposibilidad de licencias, por tanto, el matrimonio de Bankotsu y de Kikyo no se había materializado aún, aunque la pareja mantenía una cordial correspondencia, en la medida de las posibilidades, ya que ambos apenas se conocían.

De hecho, Bankotsu no era capaz de recordar completamente el rostro de su prometida.

Era imposible pensar en aquellos detalles, más cuando le rodeaban la muerte y la desolación. Habia visto caer muchos camaradas, compañeros de armas y amigos.

Bankotsu se había convertido en el mejor tirador de su guarnición, por eso sus servicios siempre fueron bien calificados por sus superiores, aunque el joven teniente siempre trabajara a las órdenes de su padrino.

Ese día, luego del primer bombardeo a la ciudad, el superior de Wellesley, el almirante James Gambier, se prestaba a iniciar otros bombardeos hasta que hubiera una rendición por parte de los locales, y fue su pedido expreso, que el teniente Hamilton se uniera a su grupo de ataque.

No era una invitación, era una orden. No había modo de sustraerse de ella.

Bankotsu preparó su equipo y le dio un apretón de manos a su querido amigo Hiten, quien se marcharía a reagrupar con el grupo del comandante Wellesley.

―Nos veremos en unos días en el campamento ―se despidió el joven teniente. No había perdido la tendencia risueña pese a todo lo que vivieron. Y lo que les tocaba por vivir, claro si antes no morían.

―Te guardaré el mejor aguardiente. Nos prometieron una remesa al campamento.

―Sé que lo harás ―sonrió Bankotsu

― ¿No dejarás cartas? ―preguntó Hiten

Pero Bankotsu meneó la cabeza.

―Apenas tuvimos tiempo de pensar en comer, menos para escribir cartas a nadie.

Hiten ya no volvió a mencionar el asunto. No podía culpar a su amigo de estas fallas, porque Bankotsu casi nunca recordaba a la señorita Herbert de no ser en el sentido práctico que era el acceso a la herencia Portland. No es que Bankotsu fuera un hombre ambicioso y artero, pero había sido criado con esas ideas.

Luego de que la flota dirigida por Wellesley se marchara, Bankotsu regresó a su formación. El almirante Gambier le dió el control de una cañonera en el barco y sólo debía esperar la orden de comenzar el bombardeo.

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Al día siguiente, el teniente Hiten ya en el campamento de Wellesley, estaba recibiendo su ración de desayuno cuando el propio comandante se le acercó con aspecto descompuesto.

Hiten se cuadró al verlo, pero el superior estaba atribulado.

―La plaza danesa ha sido capturada.

―Comandante, esa es una gran noticia ―sonrió Hiten, pero al ver que Wellesley seguía acongojado, agregó ―. ¿Lo es?

―A un costo terrible ―anunció el hombre―. El barco donde estaba comisionado Bankotsu fue alcanzado por el bombardeo danés y se destruyó por completo. No han encontrado sobrevivientes.

Por un momento, Hiten creyó que esto debía de ser una broma. Bankotsu no podía haber muerto de ese modo tan tonto

Negó con la cabeza.

―No puede ser posible…

―El almirante Gambier se encargó de enviarme un mensajero, ya que conocía mi relación filial con el teniente Hamilton.

Hiten ya no pudo sostenerse en pie y cayó sobre el pequeño sillón que tenía en su tienda.

El comandante Wellesley se acercó a darle unas palmaditas en el hombro, pero se sentía desconsolado y roto. Bankotsu era como un hijo para él, criado a su imagen y semejanza.

Joven noble y probo. Con la pizca justa de mordacidad para alguien de su edad, pero fuera de eso, nada reprochable.

Soldado honorable e hijo obediente. ¿Cómo es que esto podía pasarle a alguien como él?

Dio su vida por la causa, antes de disfrutar de los frutos de su esfuerzo y de los sueños de su padre de que sea él quien subiera al sillón del Vizconde de Portland.

Hiten y Wellesley lloraron, con el corazón destrozado por aquella noticia.

Cuatro días después, y como no aparecía ninguna milagrosa noticia de que todo se trataba de una equivocación y de que Bankotsu hubiera reaparecido, fue que Hiten se dispuso a redactar la peor carta de su vida, dirigida al Barón Herbert y a la señorita Kikyo, quienes se merecían saber esta cruel realidad.

De que el teniente Bankotsu Hamilton había perecido cuando bombardearon el barco anclado en el mar. No pudieron encontrar su cuerpo, así como el de muchos otros soldados, que murieron peleando contra la tiranía de Napoleón

Hiten hubiera querido no tener que escribirla, pero las reglas lo indicaban. La señorita Herbert merecía conocer los motivos por el cual su compromiso se viera roto y tenía todo el derecho de reaparecer en el mercado matrimonial.

El joven teniente se sintió peor que nunca al hacerla despachar.

El dolor se hacía aún más patente al notar que la pluma que usó para ella, era una que perteneció a su mejor amigo. Más que eso, un hermano.

Del tipo de amistades que difícilmente florecen por segunda vez.

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Agua, sólo agua y un sonoro golpe en la cabeza. Es todo cuando recordaba.

Que parecía que iba a ahogarse y luego cientos de voces indistintas.

La luz que surgía de algún lado le daba horribles jaquecas. Al rato volvía a dormir y cuando despertaba no estaba seguro de donde se encontraba.

En un momento, ya que era imposible para él deducir el tiempo transcurrido, tuvo consciencia de que estaba en un catre y por la cantidad de hombres en deplorables condiciones que estaban en las otras hamacas, finalmente pudo colegir de que se trataba de un espartano hospital de campaña, de esos comunitarios ya que la mayoría hablaba en idioma danés.

Las mujeres, las enfermeras le daban agua y comida hecha puré que no estaba mal, incluso deliciosa en comparación a la horrible gastronomía del ejército.

Cuando pudo armar los recuerdos, pudo definir que el barco donde él estaba recibió un cañonazo. Y cierto milagro tuvo que ocurrir para que él sobreviviera en el agua, ya que la corriente no lo llevó a la orilla, donde lo hubieran rematado los locales o quizá tomado como prisionero de guerra, sino que lo llevó a una distancia prudencial, donde las mujeres que presidían, atendían a todos los heridos sin importar su bandera.

Bankotsu Hamilton no estaba muerto, pero en los primeros días estuvo muy mal herido, por la conmoción cerebral y que casi se ahogara luego del estallido del navío donde estuvo comisionado el cañón que le dieran.

Tenía la cabeza vendada, y escasa fuerza aún. Varios días intentó que las mujeres que lo curaron lo entendieran, pero el inglés no era su fuerte.

Lo único que sí tenía claro es que no podría moverse hasta tener una recuperación aceptable. Una de las mujeres le dio a entender de que los militares daneses no lo buscarían allí.

Allí Bankotsu comprendió que Reino Unido ganó la plaza. Eso hizo que se relajara en parte y parase sus deseos de huir por el temor de ser atrapado por los enemigos.

Lo que hubiera dado en esos momentos por algo de papel, pluma y alguien dispuesto a llevar un mensaje a sus seres queridos.

Estarían preocupados por él, o en el peor de los casos, incluso creerlo muerto. Así fue adoptó una posición de tranquilidad y relajo, hasta poder alcanzar un estado que le permitiera correr y buscar a otros británicos que estarían en la ciudad, si es que en verdad como pensaba, la plaza fue tomada.

Sólo debía encontrar el momento y la situación perfecta para largarse de allí.

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Habían transcurrido dos meses del presunto fallecimiento del teniente Hamilton y desde entonces, Hiten Percy pasaba sus días cumpliendo guardias extras y ya le había pedido al comandante que, en la siguiente contienda, él quería estar en primera línea.

Estaba deprimido y desanimado.

Era una fría mañana de otoño, cuando un cabo vino a decirle que el comandante Wellesley quería verlo en su tienda.

Hiten se acomodó el traje y salió a cumplir la orden.

Al llegar, el joven teniente se cuadró con una seriedad impasible, aunque le descolocó que Wellesley estuviera con una sonrisa en el rostro.

―He recibido una noticia, pero por respeto a usted, he decidido que vayamos juntos a verificar, porque sé cuánto le importa.

―No comprendo, comandante ―refirió Hiten, extrañado.

Wellesley caminaba de un lado a otro del reducido espacio de la tienda de campaña.

―Alguien que usted y yo conocemos, y cuya pérdida aún sufrimos sigue con vida ―en ese punto el rostro de Hiten se desencajó y Wellesley se apresuró en añadir ―. Uno de los navíos que zarpó de Copenhague y que encalló anoche, lo trajo.

― ¿Cómo es posible?

―El Capitán del barco me ha dicho que el teniente Hamilton apareció un día, con la cabeza vendada y con aspecto de haber escapado de algún sitio, cansado y sucio, pero se identificó como soldado británico. Lo hizo justo a tiempo, cuando ya estaban por zarpar, por eso no tuvimos aviso previo.

―Comandante, tenemos que verlo.

Wellesley cogió su gorro.

―Está en el hospital de campaña más al norte de Lisboa.

Lo cual implicaba un viaje de un par de horas, ya que el campamento británico se encontraba asentado en Portugal.

Hiten apenas tuvo tiempo de coger algo de víveres para el corto viaje y pedir dos escoltas más para el comandante.

Estaba tan feliz, que ni siquiera había pensado en las consecuencias que traería la supuesta noticia de su muerte.

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Bankotsu acomodó su vendaje de la cabeza mientras se sentaba en el borde del catre. Tenía la paz de alguien que al fin estaba entre los suyos.

Habia huido de las enfermeras danesas. Eran buenas personas, pero literalmente era un prisionero, así que hizo acopio de toda la fuerza que tenía y escapó. Se le abrieron algunas heridas y se provocó unas nuevas, pero pudo alcanzar una fragata británica que estaba por zarpar.

El capitán no podía creer que un hombre hubiera sobrevivido en aquella explosión y se apresuró en acomodarle. No había tiempo de cartas, y marcharon a Portugal, donde estaba se estaban reagrupando las fuerzas británicas.

Se estaba descalzando las botas, cuando alguien entró empujando el cortinal.

Apenas tuvo tiempo de entender, cuando alguien lo abrazaba con fuerza. Era Hiten y literalmente estaba llorando.

Detrás suyo, y con ojos cristalizados, su padrino Wellesley.

Al verlo, Bankotsu se incorporó y se cuadró.

―Descanse, soldado ―autorizó el comandante.

Fue un momento de emociones encontradas y reencuentro.

Bankotsu les narró al detalle de cómo pudo sobrevivir milagrosamente y toda la faena que implicó su estancia en un hospicio danés y su propia fuga.

―Qué alivio al fin, ver caras conocidas, estoy harto de enfermeras y hospitales de campaña.

―El medico de aquí dice que estás muy bien y pronto estarás listo para regresar al campo de batalla ―expresó el superior

Bankotsu sonrió atrayendo un espejo de la mesilla, misma que le habían traído para poder afeitarse la barba de leñador que tenía.

―De hecho, quisiera pedir una licencia ―anunció, y luego se viró a sus visitantes ―, me tomaré unos días para regresar a Inglaterra y casarme de una maldita vez. Casi muero sin ser el vizconde que mi padre hubiera querido, al menos quiero tener dinero en los bolsillos la próxima que regrese aquí.

Se hizo un silencio lioso. Hiten y Wellesley se miraron incómodos.

―Estuvo bueno ¿Por qué rayos me miran como si fuera un imbécil? ―exigió saber Bankotsu ―. ¿Qué ocurre?

Hiten tragó saliva y habló.

―No será posible aquello.

―Explícame, yo me he ganado la licencia a pulso.

―No tiene que ver con las licencias ―apuntó Wellesley

―La señorita Kikyo Herbert, al saberte muerto se ha casado hace como veinte días ―finalmente confesó Hiten

En ese momento, la incredulidad y rabia afloraron en el pecho de Bankotsu y tomó de las solapas a Hiten.

― ¡Mientes!

Hiten se desasió del agarre. Su rostro denotaba culpabilidad.

Negó con la cabeza.

―Ya hay un nuevo Vizconde de Portland ―informó, sintiendo una pena profunda por su amigo ―. Ella se casó con tu medio hermano Inuyasha Hamilton y éste accedió a la herencia, al ver cumplida la cláusula que tu padre estipuló.

Aquella información fue como un golpe directo al rostro de Bankotsu. Le dolía más que si fuera atrapado y torturado por La Gran Armée francesa.

Hiten intentó acercarse para darle unas palmadas de solidaridad, pero Bankotsu no se dejó, dándole la espalda a ambos hombres.

Wellesley le hizo una seña para salir y dejar a Bankotsu sólo. Que el impacto había sido muy duro, ya que él siempre creyó que sería vizconde, haciendo cientos de planes para el día que lo fuera.

El teniente Hamilton en su fuero interno agradeció la prudente táctica de su padrino, ya que se encontraba demasiado abatido, furioso y con deseos asesinos, y temía pelear con las dos personas que más apreciaba en el mundo.

Inuyasha, ese jodido bellaco, se lo había vuelto a hacer, aprovechando un desgraciado malentendido.

En un ataque de ira, Bankotsu arrojó todo al piso, desarmó el catre, y todo lo que había sobre la mesilla, desbaratando todo lo que encontró en su tienda.

― ¡Maldición!

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El clima portugués era caluroso, muy diferente al lluvioso inglés, así que las cenas servidas a la soldadesca eran frías y se regaban con una jarra de vino.

Hiten estaba bebiendo su ración, pero desde la distancia vigilaba la tienda de su amigo, para ir junto a él en caso que lo necesitare.

Por ello, le sorprendió cuando vio salir a Bankotsu y caminar directamente hacia él.

Tenía la mirada decidida.

―Basta de sentimentalismos ―anunció, cogiendo la jarra de vino de Hiten para beberse un trago largo ―. No volveré a Inglaterra, me uniré a las fuerzas permanentes de la Cuarta Coalición aliada o donde sea que haya que ir para evitar volver ese maldito país, que no quiero volver a ver a esos malditos que se pusieron a festejar apenas supieron que me convertí en cadáver. No los necesito, y que le aproveche la fortuna de nuestro padre a ese despreciable de Inuyasha.

Hiten lo escuchaba conmocionado por la decisión.

¿Pero quién podría culparlo?

Bankotsu había perdido todo lo que tenía en un abrir y cerrar de ojos.

Se levantó y le pasó la mano a quien era como un hermano para él, para fundirlo en un apretón.

―Y yo me uniré contigo, amigo mío ―declaró Hiten, decidido.

Era más que mera lastima. Era una amistad alimentada por camaradería, solidaridad y fraternidad.


CONTINUARÁ.

Aquí ya terminan los capítulos donde se narran los primeros acontecimientos que eran necesarios para entender la transformación de Bankotsu, que es el protagonista.

Tuve que tomar detalles reales de las guerras napoleónicas para ambientar algo este fic, pero ya acaba aquí.

En todos mis fics, casi siempre es Kagome la figura estelar, pero en este fic será Bankotsu la estrella principal por eso dedico a desarrollarlo tanto.

Desde el siguiente capi comienza el fic a toda regla y estoy intentando actualizar seguido con escaso intervalo ( ser posible cad días), porque estaba viendo mi velocidad del año pasado cuando hice El duque de Suffolk y me gustaría recuperar esa forma.

BESOS A MIS BELLAS COMENTARISTAS:

Doña ISADI, doña PAULAYJOAQUI, DOÑA GABY013, doña NENA TAISHO, doña NICKY, doña LITAMAR, Y DOÑA FRAN GARRIDO, por su compañía en comentarios.

Y doña Monse, que vino justo cuando ya estaba por alzar este episodio.

Besos.

Paola.