INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ.
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Corazón en invierno
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CAPITULO 5
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1815, Afueras de Londres.
El cuartucho apestaba a cigarro barato, alcohol y perfume de mujer de vida dudosa, pero los amantes en el lecho se recreaban como si no aquello no importara.
En realidad, la mujer sí se estaba regocijando, porque en su cruel vida de prostituta eran pocas las oportunidades que tenía de acostarse con un hombre tan atractivo. Sí, de semblante sombrío e impaciente, pero el mejor amante que pudo haber tenido en su triste vida.
En cambio, para el hombre en cuestión era muy diferente. No pensaba en absoluto en la mujer que estaba encima cabalgando, meciéndose con toda intensidad a él.
Ni siquiera le veía el rostro. Para él solo era un intercambio, unas monedas a cambio de un momento de descarga sexual necesaria.
Él gruñó guturalmente, alcanzando su satisfacción, y sin ninguna delicadeza o preocuparse que su compañera sexual alcanzara también su cúspide, le bramó ―. Quítate de encima.
La pobre mujer, aún extasiada por el increíble acto, seguía temblorosa por la intensidad de placer que había sentido, no le oyó. Pero el hombre no estaba para juegos, asi que la movió con violencia.
―He dicho que te quitaras ―le señaló dos tristes monedas sobre la mesa ―. Toma tu dinero y lárgate. Dile al tabernero que me haga subir una botella de aguardiente.
Como ella aún seguía descolocada por la violencia con la que la había sacado, él volvió a ordenar con voz más potente.
― ¿Es que no has oído? ¡Largo de aquí, mujerzuela!
Eso fue suficiente para que la meretriz cogiera rápidamente su vestido del suelo, tomara su pago y huyera rápidamente.
En la habitación quedó un olor a sexo sucio y Bankotsu se levantó del catre, a acomodarse los pantalones. Para su mala fortuna, la pierna izquierda empezó a molestarle, como cruel recordatorio de su situación.
Era casi un lisiado, como le gustaba exagerar él mismo.
Era un veterano de las guerras napoleónicas de 31 años, que había vivido 15 años de su vida entre sangre, sudor y lágrimas, desconociendo por completo el calor de un hogar o una familia.
Del joven amable y de modales aristocráticos ya no existía rastro. En su lugar sólo quedaba un hombre brutal, implacable y violento que se ganó su mote de "El diablo" a pulso, a causa de su truculencia en el campo de batalla.
Y además amargado, porque el año anterior, durante la batalla de Tolosa de 1814, la última de la guerra de la independencia española de las fuerzas napoleónicas, la guarnición del ahora coronel Bankotsu Hamilton sufrió una emboscada, que le costó una horrible herida en la pierna, que le abrió la carne.
Pero también ocurrió lo peor, en esa batalla también murió su mejor amigo, el capitán Hiten Percy, dejándolo desolado y resentido contra la vida.
A consecuencia de su herida, cojeaba levemente y usaba un bastón en ocasiones, que por orgullo usaba lo menos posible. Vivía renegado a causa de las secuelas psicológicas y físicas que le trajo la guerra. La brutalidad de su carácter se recrudeció y se volvió un hombre temido.
Luego de la batalla de Waterloo hace unos meses, donde finalmente lograron vencer a Napoleón y lograr su exilio a la isla de Elba, el coronel Hamilton permaneció un tiempo más en España, hasta que decidió volver a Inglaterra y tenía un pequeño motivo, que era más bien movido por la nostalgia a su fallecido amigo.
Hace cinco años atrás, Hiten le convenció de invertir en una propiedad que los banqueros de Londres ardían de ganas de rematar.
Como Bankotsu se negaba a venir, fue Hiten quien hizo el trámite de comprar la propiedad, con gran parte del capital de Hamilton y una pequeña parte del propio Hiten.
Eran sus ahorros de su arduo trabajo en el ejército, donde ganaron sus espuelas y buenas bonificaciones. Era una finca de mediano tamaño llamada Goldfield, ubicada en la localidad de Lingfield en el Sur de Surrey, alejada de Londres y de otras ciudades ajetreadas. Perfecta para iniciar una vida en Inglaterra, luego de regresar de la guerra.
Hiten no pudo regresar, pero Bankotsu sí.
Y sólo por eso volvía en este apestoso sitio que le recordaba que además de las barbaridades sufridas en la guerra, era allí donde le robaron lo que hubiera debido ser suyo.
Hoy no extrañaba el título de vizconde ni la fortuna que Inuyasha cogió para él, sino la forma en que se dieron las cosas. Por supuesto, aquellos años, alimentó su odio hacia su hermano y siempre decía que, si volvía a verlo, le arremetería un tiro certero, ya que seguía siendo uno de los mejores tiradores que hubo tenido el ejército británico.
Habia llegado a Londres hace poco más de una semana, y lo había pasado en sitios de mala muerte como el que estaba ahora, bebiendo y pasando con prostitutas.
Habia estado ignorando deliberadamente varios mensajes que le habían llegado. No deseaba ver a nadie. Al único al que permitió molestarle era al sargento Jakotsu Hills, un soldado que él rescató de una trinchera, en una batalla que ya no recordaba el nombre.
El joven, que tenía su misma edad se había mostrado agradecido y jurado servirle siempre que pudiera.
A Bankotsu no le vino mal tener sus servicios, ya que Jakotsu era eficiente y hacía lo que él le mandaba. Y pensaba llevarlo a Lingfield de capataz.
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El carruaje con la librea de la casa de Wellington paró justo frente a la taberna. Un coche demasiado lujoso para el basural donde estaban.
Un hombre elegante vestido como militar de alta categoría bajó del mismo y caminó sin miedo hacia el local.
Era difícil no reconocer a aquel hombre. Era el gran duque de Wellington, el conductor de la victoria aliada contra Napoleón y que llevaba su excelso título como recompensa de su gran triunfo, por haber opacado al tirano.
Arthur Wellesley era un genio militar y ahora era un par del reino, por gracia del Príncipe Regente.
A pesar de su nueva posición, no olvidaba sus orígenes y menos a sus afectos, como a la persona que más quería por considerarlo un hijo en toda regla: el ahora coronel Bankotsu Hamilton.
Él sabía que Bankotsu ya no era el mismo, él había visto la transición por la que pasó, y se puso feliz de saber que regresó al fin a Inglaterra.
Conocía acerca de la propiedad que compró en Lingfield y estaba seguro que venía a tomar posesión de la misma. O quizá intentar revenderla, quien sabía.
El duque sabía que pese a toda la ferocidad y rabia que acarreaba, aún era un hombre de honor, por los años de vida militar al cual se entregó valientemente la mitad de su vida.
Y en una de las últimas conversaciones, su ahijado le prometió que asistiría con él a la recepción que ofrecería el príncipe regente a varios referentes de las fuerzas militares británicas que pelearon en las guerras napoleónicas. A la cabeza, por supuesto, el propio duque, quien tenía el crédito de haber liderado las batallas decisivas, que empujaron a Napoleón a abandonar España.
Y estaban invitados los representantes de aquella generación de valientes que pelearon en las distintas coaliciones aliadas. El coronel Bankotsu Hamilton era considerado uno de los mejores tiradores que se hubiera conocido. Con un pulso y precisión propia de un francotirador.
El Regente le había dicho al Duque de Wellington que quería tenerlo en su fiesta.
Así que Arthur había venido a buscar a su ahijado a quien pensaba empujar a aquella cena, usando el recurso de la promesa de honor.
El propio tabernero, en medio de reverencias se aseguró de abrirle la puerta del cuartucho donde estaba el coronel.
―A estas alturas ya te imaginaba vestido y listo para la jornada ―arremetió Wellesley, al ver a su ahijado recostado en el sillón bebiendo de la botella, sin copas.
Bankotsu sonrió sardónicamente.
―Su Excelencia ―sin levantarse.
Por supuesto se comportaba así porque estaban en privado y nadie podía ver el trato que tenía con su padrino.
―Hoy es la cena del Príncipe Regente, lugar al que me prometiste que irias y es tarde para cambiar de opinión. El coche espera afuera, quedaremos un momento en mi casa, donde te ayudaran a asearte y vestirte con un uniforme acorde a tu rango.
Bankotsu alzó sus pies sobre la mesa.
―No tengo nada que hablar con petimetres que creen que estar en guerra es un campo de juegos.
Wellesley se quitó el sombrero y se sentó junto Bankotsu.
―Claro que son unos petimetres y hasta imbéciles si se quiere ―acordó ―. Pero una promesa es una promesa. Y será la única y última vez que hagas esto, luego podrás marcharte a donde quieras.
Bankotsu se tocó el puente de la nariz.
―Lingfield queda tan lejos de aquí, pero intuyo que debe ser poco poblado. Sólo por eso pienso ir a ese sitio. No sé en que estuvo pensando Hiten cuando decidió que esa sería una buena inversión ―los ojos de Bankotsu se tornaron cristalinos al rememorar a su difunto amigo.
Hubo un corto silencio, ya que Wellesley también consideró a Hiten como otro hijo más. Lloró con su absurda muerte.
―Haz esto por mí, asiste a este evento y luego prometo que quedarás desobligado por siempre de estas personas ―volvió a pedir el duque.
Bankotsu miró su botella casi vacía.
Tendría oportunidad de tomarse las selectas bebidas de la bodega del príncipe regente, y además las mujeres de sociedad siempre eran muy peculiares, y su rango de coronel junto con su particular mote de El diablo, siempre las atraía. Sería una ocasión perfecta para acostarse con mujeres diferentes a las prostitutas con las que estuvo tratando.
Por lo menos eran meretrices algo más aseadas, porque Bankotsu las tenía en el mismo concepto que las furcias de cantina.
Bankotsu arrojó su botella vacía contra la pared, que se hizo añicos con el contacto.
―Que no se diga que no cumplo mis promesas. Vamos a ese maldito lugar ―manifestó el joven coronel, ante la sonrisa complaciente de su padrino.
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El Regente no había escatimado en gastos para la cena en honor a los héroes de Waterloo, además de estos insignes militares, cursó invitación a varios nobles, constituyendo la invitación más codiciada, porque sólo lo mejor estaría en ese lugar.
El coronel Bankotsu Hamilton decidió llevar su bastón. En casa de su padrino le vistieron de gala con su uniforme militar y realmente tenía un aspecto impresionante con su altura y que dicho atuendo le quedara como un guante en su figura musculosa, alejada de la fina fibrosidad de su primera juventud. Estaba hecho un hombre de rotunda masculinidad, y su rostro de piel tostada se veía enmarcada por sus enormes ojos azules. El cabello lo llevaba en una coleta, porque lo había dejado crecer, dándole un aspecto imponente y fácilmente sobresalía donde fuere que estuviere.
Y esta no era la excepción, desde que entró al salón y fuera anunciado, el príncipe regente tuvo que levantar ligeramente la cabeza para poder verle la cara.
Luego de acabadas las presentaciones, el coronel Hamilton se dispuso en una esquina, donde se saludó con algunos camaradas.
Él no se engañaba a sí mismo. Tanto él como esos pobres hombres estaban completamente rotos. Las batallas habían terminado, y ahora luchaban contra todos los demonios que quedaron ¿podían simular que no estaban realmente solos?
Con toda la gloria, pero sin alegría alguna. La guerra les había quitado mucho y nunca recuperarían ese trozo de sus vidas.
En eso, ayudándose con su bastón se dirigió a buscar algo de beber, y fue ahí que un anuncio del chambelán hizo que se detuviera.
―El Vizconde de Portland, Lord Inuyasha Hamilton y su esposa, lady Kikyo Hamilton.
La pareja hacía su triunfal entrada y Bankotsu pudo verlos claramente.
Hace diez años que no veía a Inuyasha, desde aquella noche cuando iba a cometer la rufianería de raptar a la prima de su actual esposa, sólo por destruir su honra.
Y que le robara su título y fortuna, luego de aquel malentendido por causa de la explosión en Copenhague.
Apretó los puños con furia e iba a alejarse de allí, cuando uno de los acompañantes del propio Regente hizo una seña a donde él estaba, mostrándoselo a los recién llegados.
Ya no pudo marcharse, porque venían directamente hacia él.
El estúpido entrometido sujeto del que Bankotsu no recordaba ni el nombre, seguida de la pareja.
Ya Bankotsu había cruzado una fiera mirada con Inuyasha.
―Coronel Hamilton, supongo que esto será una sorpresa ―dijo el hombre ―. Entiendo que Lord Hamilton es su medio hermano y es una agradable coincidencia que pudierais encontraros aquí.
―Coronel Hamilton…hermano ―saludó Inuyasha, con un irónico saludo
―Inuyasha ―masculló Bankotsu, saliéndose de lo formal y educado, pero se contuvo por la presencia del extraño.
― ¿Puedo presentarte a mi esposa, hermano? ―Inuyasha señaló a su mujer, una elegante y madura Kikyo, quien parecía incómoda ante la innecesaria presentación.
Y bien que ella lo sabía, porque se sintió muy mal cuando supo que su ex prometido sobrevivió y todo fue un malentendido. Pero ya era tarde, ella ya estaba casada con Inuyasha. Tiempo después le regresó el anillo de compromiso por intermedio de su padrino Wellesley.
Bankotsu se limitó a hacer una reverencia.
―Milady ―pero apenas la miró.
Lo cierto es que Bankotsu nunca albergó ningún sentimiento hacia esa mujer. Cuando se prometió a ella, fue por pura practicidad, porque la que de verdad le hubiera gustado para casarse fue su desgraciada prima.
Y ahora tampoco le guardaba resentimiento, ya que la pobre sólo intentaba sobrevivir en un mundo injusto. No podía culparle de nada.
En cambio, Inuyasha sí era un truhan.
Cuando el otro caballero se retiró y quedaron los tres solos, Inuyasha tiró la primera piedra.
―No sabía que necesitabas asistencia para caminar. Desconocía que fueras un lisiado.
La ira se hizo en el pecho de Bankotsu, pero no era el momento y el lugar. Era claro que Inuyasha solo deseaba provocarle una reacción.
Se acercó unos pasos hacia el Vizconde, sólo para que él le oyera.
―No me provoques, pequeño cobarde ―advirtió ―. Aunque me falte una pierna, aún puedo volarte los sesos. Tu y yo terminaremos muy mal un día.
Dicho eso, Bankotsu hizo una falsa reverencia, con una sonrisa incisiva y salió de allí.
Dejando a Inuyasha turbado por la explicita amenaza.
En ese punto, la fiesta ya no tuvo mucho sentido para Bankotsu.
Luego de acabada la cena, pidió permiso al Príncipe Regente para retirarse porque le esperaba un largo viaje, por la madrugada.
Apenas se despidió de su padrino y se largó.
No le había mentido al Regente, en verdad iba a irse de Londres, porque no estaba dispuesto a compartir suelo con la escoria de Inuyasha.
Iría a buscar a Jakotsu, que esa misma madrugada cargaran sus baules para coger camino a Lingfield y tomar posesión de la dichosa finca que Hiten había escogido.
Quizá una vida de trabajo en la campiña le harían olvidar, por un momento, la rabia y resentimiento que lo carcomía.
CONTINUARÁ.
¿Y dónde está Kagome, ya me preguntaran?
Pronto lo sabremos.
Mis besos a mis GABY013, PAULAYJOAQUI, ISADI, LITAMAR, NICKY, MI FRAN GARRIDO, Y MONSE CON SU DOBLE MENSAJE JAJAJA.
Hoy les quité su mote de doñas jajaja.
Por cierto, los nombres de batallas, años y que Wellesley se convirtió luego en el gran duque de Wellington son datos históricos ciertos. Este Wellington es un héroe nacional ingles por su liderazgo durante la guerra con Napoleón,
Les quiere.
Paola.
