INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ.
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Corazón en invierno
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CAPITULO 6
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Dedicado desde Paraguay a mi hermana argentina, doña Paula Natalia.
La tríada de niños pasó como un aluvión, a ver de ganar la carrera de quien era capaz de conseguir más bayas en aquella excursión.
Tommy, el más grande de doce años empujó Charlie de nueve, para hacerse con uno, que resultó en una falsa alarma. Inmediatamente, Arthur de ocho se puso en plan defensivo y se arrojó al mayor para defender a su primo.
Los tres niños rodaron en el suelo boscoso, gritando improperios.
Hasta que apareció alguien para separarlos.
― ¿Pero que estáis haciendo? Lo suyo era recolectar bayas, no arrojarse al suelo y arruinar las pocas ropas que tenéis ¿queréis más motivos para que vuestros padres os quiten el permiso de venir a la escuela? ―una severa voz femenina los sermoneó
Inmediatamente al oír eso, los niños se cuadraron y bajaron la cabeza.
― ¿Tenéis algo para decir? ―preguntó la mujer.
―Que los sentimos mucho, señorita Allem ―refirieron los mayores, pero el pequeño Arthur no los imitó.
Eso le valió una mirada seria de la señorita Allem, que hizo que finalmente el niño desistiera de su rebeldía y bajara la cabeza como los otros pequeños.
―Quedáis perdonados, entonces ―. Ahora, marchad a la escuela y asegúrense de que tengamos todo listo para preparar el almuerzo. Yo me quedaré un momento a buscar ajos silvestres de los setos, que será el ingrediente de nuestra sopa de hoy.
Los ojos de los tres se iluminaron ante la sola mención de esa comida, que para cualquiera podía ser muy simple, pero para ellos representaba un exquisito platillo de la señorita Allem.
Se marcharon canturreando, como si saborearan de antemano aquel manjar.
La joven quedó sola, y suspiró con cierta satisfacción de verlos aun acudiendo a las clases que ella impartía en la pequeña escuela que tenían en el pueblo.
De casi quince alumnos regulares que tuvo, solo quedaban estos tres. El resto ya no pudo volver, porque debían quedarse a ayudar en la labranza o conseguir algún trabajo para ayudar en la economía familiar.
Ella no se engañaba. Sabía que los pequeños Tommy, Arthur y Charlie, venían a la escuela, más por llevarse un bocado al estómago, que por aprender a leer, escribir y hacer cuentas.
Es que las clases de la señorita Allem implicaban un curso por la mañana y luego servía un almuerzo, que se elaboraba netamente de lo obtenido de un huerto ubicado en el predio de la pequeña escuela.
La mujer se agachó a mirar unos hongos y ver si podrían servir. Debía tener cuidado al escogerlos, y más en este bosque, porque algunos eran venenosos.
Seleccionó algunos y las puso en su cesta.
Murmuró algún enojo cuando se percató que había ensuciado sus manos con lodo, y ahora no tenía más remedio que caminar unos metros al pequeño lago del bosque para lavárselo.
Cuando se acercó a la orilla, su reflejo apareció materializado en ella.
Una mujer de mediana estatura, delgada. Con los cabellos castaños y los ojos marrones. Tenía hermosas facciones, pero no resaltaba porque su vestuario era muy sencillo: sólo vestidos de colores monocromáticos y siempre con una cofia encima de los hombros. Tampoco es que tenía recursos para mejorar aquello.
La piel la tenía algo curtida por el sol, pero no mermaba su atractivo. Sus manos estaban algo callosas, pero ella los tenía con orgullo.
Pero hace diez años atrás esto era impensable, pero la señorita Kagome Allem, antes conocida como la señorita Herbert, sabía que lo que le pasaba no era algo gratuito ni fortuito.
Ella estaba pagando las consecuencias del peor error de su vida.
La de haberse intentado fugar con un hombre que sólo quería burlarse de ella, y que, pese a que la tentativa fue abortada, el seductor de Inuyasha Hamilton igual diseminó la información, que sepultó la reputación de Kagome, convirtiéndola en poco menos que una leprosa.
Su tío, preocupado por el nombre de la familia y que no siguiera el destino de su imprudente sobrina, se apresuró en sacarla de Londres y enviarla lo más lejos que pudiera, donde nadie la relacionara como la protagonista de tamaño escándalo público.
Tanto así, que Kagome acabó adoptando el apellido de la familia que la recibió: Los Allem.
La mujer, de ahora veintiséis años, agradecía el haberlos encontrado.
Los Allem era una familia compuesta por Lilian y Marcus, y su única hija Yura, una muchacha de la edad de Kagome.
Esta humilde familia acogió a Kagome, a cambio de una pequeña renta mensual que el barón Herbert enviaba.
A pesar de que, al inicio, Kagome tenía ciertos aspavientos de muchacha criada en aristocracia, enseguida aprendió lo que era el trabajo duro.
Debía despertar temprano, ordeñar vacas y traer leche para el desayuno. Ayudar en la huerta familiar, el aseo de la casa y compartir otras tareas con las otras dos mujeres de la casa.
Al cabo de dos años, el barón Herbert dejó de enviar dinero, pero la familia Allem le tenía un especial cariño a la joven que se esforzaba por encajar y pasó a formar parte de la familia.
Kagome trabajaba muy duro. La consciencia le pesaba porque sabía que todo esto era corolario de sus malas acciones, así que en esos diez años se perfeccionó en todas las tareas hogareñas y de huerta, perfilándose en la cocina que le encantaba, ya que era capaz de leer libros de recetas y hacer mezclas de sabores.
Y también trabajaba para aportar dinero a la casa. Fue institutriz por dos años, pero la familia que la contrató, que era una acomodada del pueblo, la despidió cuando Kagome se negó a hablar de su pasado, que era un misterio para todos, salvo para los Allem.
Estuvo cesante un tiempo, hasta que la providencia quiso que un joven médico escocés, recién recibido de la escuela de medicina se mudara al pueblo para sustituir al anciano galeno que falleció dejando vacante su puesto.
El doctor Miroku Glenn era un hombre moderno y estudioso, al que le agradó que la muchacha fuera instruída y con capacidad de ayudarlo en las crisis con pacientes en su sala de consulta, así que Kagome trabajaba de enfermera con él, absorbiendo como esponja los conocimientos de como suturar y limpiar heridas, como administrar medicamentos, practicar sangrías, limpiar orinales y preparar plasmas para dolor.
Gracias al pequeño sueldo, además de aportar a la casa Allem donde vivía, la muchacha pudo cumplir un sueño desde el año anterior: montar una pequeña escuela para todos los hijos de granjeros y arrendatarios de la zona.
Una vieja cabaña abandonada sirvió para su ambicioso cometido. Lo acondicionó, encargó una pizarra de la tienda del pueblo y prestó unas sillas de la parroquia,
Daba clases por la mañana con un modesto pero delicioso almuerzo elaborado con ingredientes del huerto escolar. Por la tarde, dedicaba por completo al trabajo en el pequeño hospital del doctor Glenn. Regresaba a casa ya muy tarde en la noche, agotada pero satisfecha.
En estos años se había resignado que ésta simple y sacrificada existencia sería todo cuanto tendría. Nunca podría aspirar a conseguir algún trabajo bueno de institutriz, por causa de sus antecedentes. Y menos algún marido que al indagar en su pasado, que no se horrorizara de ella.
No le quedaba más que trabajar aplicadamente. Aunque había noches que extrañaba a su familia londinense. Lo único que sí llegó a saber es que su prima Kikyo alcanzó a casarse con Inuyasha Hamilton, luego de la desaparición de aquel joven teniente en la guerra. No supo más, porque luego hasta su tío dejó de enviar dinero, cortando cualquier conexión con ella.
A veces, tenía remordimientos tardíos de lo que hubiera sido su vida si ella hubiera aceptado casarse con aquel joven y no se dejaba llevar por aquella rebeldía que la llevó por el mal camino. Cuando supo de la muerte de ese teniente, ella lo lamentó, porque no merecía un destino así. Lo recordaba cómo alguien carismático y honorable, ya que él sí guardó silencio acerca de su fuga, salvándola de cometer aquel irreparable disparate.
Acabó de cargar los hongos y pretendía volver a la vieja cabaña que servía de escuela, donde ya la estarían esperando esos tres niños ansiosos, cuando percibió que Yura Allem su hermana postiza se acercaba corriendo.
Kagome sonrió, porque adoraba a Yura. Ambas se llevaban maravillosamente bien y se complementaban una a la otra. Mientras Kagome le enseñó a leer, escribir y algo de matemáticas, sin Yura, Kagome no hubiera podido aprender a desenvolverse en aquel mundo.
Era la hermana que el cielo le regaló. Aunque no mereciese ninguna recompensa.
Yura Allem era una muchacha de la misma edad de Kagome, de vistoso aspecto por su curvilíneo talle que no podía disimular, aunque se pusiera las ropas más recatadas. De piel trigueña y bello semblante, tenía un carácter afable y tranquilo.
― ¡Cielos, como vienes! Ni que fuera a acabarse el mundo ¿ocurre algo? ―al ver a Yura, casi perder el aliento por apresurarse en llegar
La recién llegada se dobló para normalizar su respiración.
―Es que tenía que contarte las noticias. Todos están hablando de esto y nos carcome la curiosidad.
― ¿Qué noticias?
―Pues que el dueño de Goldfield vendrá al fin a tomar posesión de su finca. Me lo ha dicho Robert, uno de los criados, que ese señor Murtag les ordenó acondicionar otra habitación a toda prisa, ya que tuvo que abandonar él la principal.
Kagome se llevó las manos al pecho. Era una noticia que podría cambiar muchas cosas.
Goldfield era la finca más grande del pueblo de Lingfield, y congregaba a todos los arrendatarios de la zona, incluida la familia Allen que era aparcera de Goldfield desde hace años, de hecho Yura nació en la propiedad. El ultimo dueño la vendió hace menos de cuatro años, y nunca conocieron al nuevo propietario, de quien lo único que se sabía es que era un militar de rango cumpliendo servicio en el continente.
De todos modos, tenían en falta a alguien que pudiera detener los abusos del administrador Naraku Murtag, un hombre taimado que permaneció en su puesto, pese al cambio de patrón.
La compra de Goldfield se había realizado de una forma poco usual. Fue otro camarada del nuevo dueño quien realizó los tramites de compraventa y dejó como directiva que las condiciones de arriendo y personal siguieran en las mismas condiciones hasta que el amo viniera a tomar posesión del mismo.
Esta especie de anarquía dio pie a que el cruel señor Murtag reluciera lo peor de su carácter: le gustaba acosar muchachas y en los últimos tiempos, se había fijado en la joven Yura, hostigándola y persiguiéndola. Hasta el momento, Yura pudo escurrirse de él.
¿Pero cómo luchar contra el hombre que tenía el poder de cancelar el contrato de arrendamiento de los Allem y echarlos a la calle?
Era algo que atormentaba a las jóvenes, pero que se cuidaron de no comentarlo con los señores Allem, para no preocuparlos.
Pero la llegada del amo, cambiaba el escenario. Siempre podía ir y pedir ayuda. Imaginaba que un caballero, un militar que vertió sangre en las injustas guerras napoleónicas no permitiría a una sanguijuela como Naraku en su propiedad. O al menos, el administrador mermaría sus intenciones abusivas al verse ante el jefe.
Kagome y Yura se abrazaron.
Una luz de esperanza acababa de erigirse ante ellas y Yura al fin, podía verse librada de la persecución de ese depravado.
― ¿Si festejamos la noticia ayudándome a preparar el almuerzo para los niños? ―sugirió Kagome
―Claro, faltaría más ―concordó Yura
Ambas muchachas, cargando la cesta abarrotada de hongos silvestres se marcharon canturreando rumbo a la escuela.
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El coronel Bankotsu Hamilton no había disfrutado del paisaje. Estaba de pésimo humor.
Pero al sargento Jakotsu le había encantado, desde que pasaron por parajes boscosos hasta alcanzar el pueblo, con sus casitas campestres y los verdes prados.
El coronel sólo atinó a dar una emoción cuando al fin alcanzaron a ver la casa señorial: Goldfield, cuando el cochero se los señaló.
Bankotsu resopló aburrido, el pasar por las callecitas del pueblo le pareció soporífero con todos esos niños y adultos saliendo a mirar su carruaje. Él claramente oyó que murmuraban que en ese coche venia el amo de Goldfield. Campesinos arruinados, probablemente la única novedad que tendrían en el año era la aparición de un coronel autentico.
Goldfield resultaba una enorme casona solariega de tres pisos, con cuatro torres adosadas, con pórticos clásicos y ventanas rectangulares. El jardín también tenía una buena extensión, pero a Bankotsu esos detalles no le llamaron.
Lo que, si le sorprendió, era la cantidad de criados esperando en la puerta de la mansión.
Habia estado en comunicación con el señor Murtag, el antiguo administrador del sitio, que conservó el trabajo aun luego de que Hiten tramitase su compra, así que ya lo esperaban.
Pero no aguardaba que una procesión de personas innecesarias estuviese para darle la bienvenida.
― ¿Qué demonios? ¿Por qué tantos criados?
Jakotsu también se fijó, desde la ventanilla.
―Goldfield debe ser la fuente principal de sustento para toda la zona, entre arrendatarios y empleos directos.
Bankotsu meneó la cabeza, disgustado. Estas cosas debían cambiar.
Apenas bajaron, un hombre alto se adelantó a hacerle una reverencia y se presentó como Naraku Murtag.
―Coronel Hamilton, es un gusto conocerlo finalmente.
Bankotsu correspondió el saludo y señaló a su compañero.
―Este es el sargento Jakotsu Mills, ha venido aquí a ser mi mano derecha, asi que tened a bien el conocerlo, porque se encargará de ejecutar mis órdenes.
Naraku se apresuró en saludar al sargento.
Bankotsu bufó, se quitó los guantes y pidió entrar a la casa.
― ¿No queréis ser presentado al servicio primero? ―consultó Naraku. Lo usual es que el amo se presentase antes de tomar posesión de la casa
Pero Bankotsu le dirigió una mirada, que hizo que Naraku se apresurara en abrir la casa.
Apenas cruzó el umbral, Bankotsu hizo un rápido vistazo por el interior.
Un salón espacioso, biblioteca con despacho, comedor, una salita de verano, escalones, área de habitaciones y Naraku le informó que el área de servicio estaba en planta baja.
Acabado el corto paseo, Bankotsu se giró a Naraku.
―No era necesario hacer esa procesión de sirvientes ―replicó ―. Se ha acabado la fiesta y no necesito tantos criados, así que proceded a echar a todos, salvo por una ama de llaves, lacayo para limpieza, y un mozo para caballos que no necesito más. Corredlos a todos con el salario de la semana.
Naraku se quedó boquiabierto con la orden.
― ¿Estáis seguro, coronel?
―Goldfield necesita ingresar dinero a sus arcas, no perderlas. Así que el personal innecesario debe irse, porque esto es un negocio y cada metro de las parcelas debe producir. Haced que ensillen caballos para mí y el sargento.
Naraku no deseaba ponerse en línea de fuego en la barrida del nuevo amo, que era un hombre totalmente inflexible e intransigente. Ni siquiera tendría oportunidad de influir en un sujeto como ése.
― ¿No descansareis del viaje?
Bankotsu negó con la cabeza.
―Soy un soldado de contienda, estos viajes no me cansan en absoluto. Tengo más curiosidad de conocer mis tierras y todo lo que se edifica en ella, así como los que viven ahí. Usted nos acompañará, porque requeriré informes completos ―conminó a su administrador
Jakotsu no participó de la conversación, porque conocía muy bien a Bankotsu y éste ya le había advertido que pretendía recuperar su inversión ya que había usado todo su fondo de ahorros para que Hiten lo comprase.
Naraku corrió a cumplir las primeras ordenes emanadas de su severo patrón.
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Un pequeño tumulto con suplicas incluidas se instaló en las cocinas, donde Naraku comunicó la orden del Coronel.
Todos rogaban quedarse y conservar el empleo. Naraku hizo una rápida selección y dejó a los tres que el Coronel solicitó. Al resto los despidió de prisa, y más porque no les pagó la parte que Bankotsu decretó.
Pero los dispersó enseguida y los amenazó que no divulgaran aquel detalle o no recibirían recomendaciones para sus nuevos empleos.
Todos temía a Naraku Murtag, así que fueron de prisa, y con las manos vacías.
Quedaron la señora Reynolds como ama de llaves también encargada de la cocina y los mellizos William y Wilder, para establo, limpieza y cualquier cosa que el Coronel les mandase.
A estas alturas, el propio Naraku temió ser despedido y que su puesto fuera tomado por aquel sargento Mills.
Le ordenó a uno de los mellizos que preparara tres caballos, que el Coronel, él mismo y el sargento saldrían a explorar Goldfield.
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Recordaba las palabras de Hiten mientras observaba el predio de la finca.
―Es enorme y dará bastante trabajo
Aunque la voz del señor Murtag lo quitó de aquella alusión.
Mientras los tres hombres cabalgaban, pasando por delante de cada granja perteneciente a arrendatarios, Naraku los iba enumerando y explicando el monto de su arriendo anual. Muchos llevaban décadas en el lugar.
―Totalizamos 18 aparceros y sus familias ―siguió diciendo Naraku
―Quiero un reporte completo para la mañana, con detalles de cada pago realizado ―indicó Bankotsu ―. De todos modos, ya tengo ideado un plan que ejecutaremos lo antes posible. Esto es una pocilga de finca, necesita un orden.
Cada que pasaban frente a una granja, salían a verlo en tropel. Todos se quitaban el sombrero al verlo pasar. No les era difícil deducir que aquel enorme sujeto era al mentado Coronel, dueño de Goldfield.
Bankotsu no tenía ánimo alguno de ser amable con nadie, así que pasó de largo, pero tomaba cuidadosa nota mental de montos y beneficios.
Él los veía como simples números.
Casi en el límite con el bosque, pero aun dentro de la finca, sobresalía una pequeña cabaña.
Bankotsu paró a su caballo.
― ¿Qué es esto? ―fijándose que la pequeña estructura tenía una huerta minúscula y parecía bien cuidada.
―Es una choza abandonada, coronel…pero creo que algunos han pasado por encima de las órdenes y lo han estado usando como una escuela ―informó Naraku, enfadado consigo mismo por no haber previsto que hacer con ella antes de la llegada del dueño.
Su teoría de sitio abandonado se esfumó cuando vieron a tres chiquillos comiendo raciones en una esquina junto a la huerta.
―Esto no está abandonado ―rezumó Bankotsu, mirando a su administrador ―. Pero como sea, esto no es beneficencia y mi propiedad no necesita escuelas, este lugar debe demolerse cuanto antes. Ya le dije que quería cada metro de Goldfield produciendo a su máxima capacidad.
Naraku se mordió la lengua para no delatarse a sí mismo. Él mismo había permitido el funcionamiento de aquella escuela a la señorita Kagome Allem, obviamente no con fines altruistas. Hace tiempo que la hermana de aquella joven, la señorita Yura se le presentaba como la mujer más deliciosa que hubiera visto nunca y en su ardua campaña de cortejo, con el fin de obtener el favor de la otra muchacha, es que dejó que ese circo se instaurase en el lugar.
En ese momento, la señorita salió a darle más comida a esos mocosos, y Naraku aprovechó para intentar desligarse.
― ¡Señorita Allem! ¿Cómo pudo desafiar mis órdenes y reabrir esto? ―la retó desde la altura de su caballo ―. Que sepa que mañana mismo este lugar será echado abajo, por órdenes del Coronel Hamilton, dueño de estas tierras.
Kagome giró, furiosa. Y más cuando ella misma había obtenido permiso de Murtag.
― ¿Cómo que van a demoler este lugar, señor Murtag? ―pero el resto de las palabras murió en sus labios, cuando se topó con el imponente hombre que también cabalgaba, junto al señor Murtag y otro hombre desconocido.
Fue la primera impresión más intensa que tuvo nunca. Esos enormes ojos azules y algo de ese porte, ella ya lo había visto en otra parte, en otro tiempo, en otra vida. Un fantasma, porque se suponía que debía estar muerto Se quedó unos segundos boquiabierta, hasta que el vozarrón de Naraku lo confirmó.
―Es el Coronel Bankotsu Hamilton, el patrón de Goldfield y usted no tiene ningún permiso para usufructuar esta área.
Por su parte, a Bankotsu le tomó algunos segundos el evadirse del asombro, cuando la dama mostró su rostro.
Esa mujer. Él ya la había conocido. Claro, hace mucho tiempo, como parte de su pasado.
Podía estar un poco ajada, que no en vano pasaron diez años desde la última vez que la viera y quien sabe el estilo de vida que llevaba en la actualidad, pero esa mujer desafiante era la que una vez conoció como Kagome Herbert y no Allem como oyó que Murtag la llamó.
¿Cómo es que destino era tan caprichoso y lo volvía a cruzar con una mujer como ésa?
Continuará
Gracias hermanas por su compañía y besitos a GABY013, PAULAYJOAQUI, ISADI, NENATAISHO, PAME, MONSE, LITAMAR Y DOÑA NICKY
El capítulo siguiente ya entrará en producción.
Por cierto, iré dedicando episodios a cada una de mis preciadas comentaristas, hasta completar los 21 que conformarán esta historia.
Hoy le tocó a paulayjoaqui pero todas tendrán el suyo, que sepan que a veces aunque no conteste ( por distraída), sí que las recuerdos a todas.
Los quiero.
Paola.
