INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ.

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Corazón en invierno

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CAPITULO 7

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Capitulo dedicado a FRAN GARRIDO, la doñita chilena

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Kagome incluso llegó a pensar que era un espejismo de su pasado muerto. Pero que aquí estaba y bien vivo.

―Tu…―murmuró la joven con la mirada clavada en el hombre encima del caballo ―. Eres el teniente Bankotsu Hamilton…

Naraku, quien no entendía que era aquel particular duelo de miradas entre la muchacha y el Coronel, no dudó en sermonearla y más para intentar obtener buenas migas con el amo.

―No sea imprudente, señorita Allem, le recuerdo que es el Coronel Hamilton para ti y así se dirigirá de al señor de estas tierras.

Fue allí que Bankotsu movió la mirada, arreó al caballo, ignorando groseramente a la joven y se dirigió a Miroku.

―Regresaremos a la casa y queda usted avisado sobre las ordenes que pesan sobre esta molestosa construcción.

Dicho eso, sin mirar atrás, galopando con exigencia, tras lo cual lo siguieron los otros, sólo el joven desconocido tuvo la amabilidad de sonreírle con afabilidad.

Kagome quedó con la protesta en la boca.

Literalmente ese sujeto la había ignorado, portado grosero y tenía un aspaviento rígido y agrio.

¿Será que la había reconocido y recordaba?

Imaginaba que como cualquier persona que conociera su pasado, la despreciaba por su pecado y más cuando él vivió de primera mano la intentona de fuga con ese despreciable seductor.

Las mejillas de Kagome enrojecieron de la vergüenza que la sumió. Misma que siempre tenía cada que rememoraba su pasado.

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Bankotsu enfiló a Goldfield, sin haber cruzado palabra con la muchacha. ¿Cómo es que aún la providencia le marcaba la presencia de una mujer tan indiscreta?

Claro que la recordaba, como la joven con la que él intentó casarse en el primer momento que llegó a la casa del barón Herbert. Su intrepidez y su porte le habían llamado la atención. Mismas que tuvo que dejar de lado, cuando descubrió su reputación voluble.

Entonces fue en este pueblo perdido donde su tío la encerró.

Se obligó a olvidar el asunto, para enfocarse en el trabajo.

Ya había caído la tarde, y desde que llegó a la propiedad, no había estado un minuto en quietud, sin descansar desde su llegada y tenía totalmente acaparado a Naraku, quien no esperaba un amo tan hiperactivo.

Mientras Jakotsu terminaba de organizar el resto de la casa y ayudaba a verificar los libros de cuentas, Bankotsu explicaba sus nuevas órdenes a Naraku con la indicación de cumplir al dia siguiente, sin pérdida de tiempo.

Goldfield debía recuperar su estatus de finca de alta productividad

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Luego de aquella comitiva se marchara, Kagome se despidió a Yura, aconsejando que siempre se cuidara del señor Murtag, y encargó a los niños regresar a sus casas.

Ella debía cumplir horario en la consulta del doctor Glenn y no podía postergarlo, a pesar del impacto que aún tenía por haber visto aquel fantasma de su doloroso pasado.

Yura tuvo que regresar a la granja de los Allem, de lo contrario le hubiera pedido que le diera una mano en la consulta del médico. Kagome tenía ciertas esperanzas entre que Yura y el doctor Miroku se diera algo más, ya que el joven se había mostrado interesado en la muchacha.

Un matrimonio sería una excelente forma de huir definitivamente del acoso del señor Murtag, ya que aparentemente el Coronel no mostraba indicios de deshacerse de él.

Apenas llegó a la consulta, se puso el delantal, saludó a todos, y fue directamente a la cocina a preparar alimentos livianos para los enfermos que estaban internados en la consulta.

Luego te tocaría limpiar unas heridas y preparar un empastado medicinal a base de aloe y menta para aplicar a los pacientes, víctimas de golpes o fracturas.

No tuvo tiempo de seguir recordando al mentado Coronel ni de asociarlo con sus tristes remembranzas de adolescente, ya que la consulta del doctor Glenn estuvo abarrotada de pacientes.

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Bankotsu cerró el enorme libro de cuentas y Jakotsu se sentó agotado en un sillón. Habían trabajado casi hasta poco antes de la cena, pero adelantaron mucho trabajo.

Naraku se había retirado hace contados minutos, probablemente era la primera vez en años que trabajaba tanto.

―Pedid a la señora Reynolds que deje listo café para la noche ―fue la orden que dejó a uno los mozos ―. Que acondicione los granos que he traído.

Porque Bankotsu Hamilton se había acostumbrado a tomar café en el ejército y perdió costumbre de beber té.

A pesar de que la bebida le quitaba sueño, eso le gustaba, porque eso le ayudaba a mantenerse alerta ya que sería la primera noche que pasaría en aquella casa.

―Sigo pensado que no deberías ser tan rotundo con esos campesinos. Podrías mejor conocerlos antes de que tu administrador ejecute las ordenes que le diste ―aconsejó Jakotsu.

Porque era cierto, esa tarde, en ese despacho, el coronel Hamilton había emitido ordenes que cambiarían el rumbo de la finca de forma importante.

―Si no son capaces de aguantar una orden así, no es culpa mí. Estoy decidido a transformar este lugar y sólo se logrará en base a trabajo y disciplina ―fue el último comentario que esgrimió Bankotsu y lo hizo dirigiendo una mirada a Jakotsu de que ésa era su única decisión.

Eso significaba que Bankotsu se mostraba reacio a volver a discutir o rever una decisión.

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Kagome pasó la noche en el pequeño hospital.

Hubo un accidente de carruaje y pasó la noche en vigilia, cuidando que nadie se infectara las heridas.

Además, el dueño del coche ofreció a pagarle por aquel servicio y a Kagome, cualquier entrada monetaria le iba bien.

Cuando Sango, la otra muchacha que ayudaba al médico vino, ella se retiró agotada para descansar en su casa.

Se enjuagó el rostro, preparó su cesta vacía y con un suspiro de satisfacción por el dinero obtenido se dispuso a ir a la su casa.

Le pareció extraño no encontrar mucha gente recorriendo el mercado, pero no le dio importancia.

Mentalmente calculaba que, con este dinero, podría comprar varias semillas nuevas para el huerto escolar. El vuelto podría usarlo en zapatos nuevos para la señora Lilian e incluso darse el gusto de comprar algunas pastas para el té.

Pero al llegar a la casa, el ambiente era otro.

Si bien los Allem vivían en una casa de una planta, bastante espaciosa, siempre era posible encontrarla cálida y humeante, gracias a las chimeneas que eran prendidas todos los días.

Pero se topó con que estaban sacando varios enseres de la casa y colocándolo en carretas. La joven apresuró la marcha, y fue ahí que Yura, que tenía un aspecto lastimoso, con signos de haber estado llorando, se acercó corriendo a ella.

― ¡Esto es un infierno, Kagome!

― ¿Pero ¡¿qué ocurre?! ¡Tienes que calmarte!

Yura se limpió las lágrimas.

―Esto ha sido horrible. El señor Murtag trajo la orden del Coronel Hamilton, que así se llama el nuevo dueño, de un decreto de que debemos desalojar y que el arriendo ha quedado cancelado ―sollozó Yura ―. Padre ha intentado tener una audiencia con el Coronel, pero el señor Murtag no lo ha permitido.

Kagome oía horrorizada las malas noticias.

Los Allem vivían allí desde treinta años. Todo cuanto tenían estaba plantado allí, incluida las raíces, ya que Yura la única hija había nacido en ese lugar. Y en los últimos diez años habían dado cobijo a Kagome, aunque el dinero de su pensión dejó de enviarse, nunca le pusieron en falta un plato de comida y un ambiente familiar saludable.

― ¿Cómo es posible? ―preguntó Kagome

―Todo ha sido culpa mía ―murmuró Yura, bajando la voz ―. El señor Murtag vino anoche a mí, cuando ayudaba a guardar los cerdos….

Kagome, quien conocía el malsano interés de ese bastardo en Yura, apretó los puños.

― ¿Te hizo daño?

Yura negó con la cabeza.

―Me hizo una propuesta, que sí yo accedía a sus peticiones, él influiría en el Coronel para que nuestra familia no sea desalojada ni perdiese el arriendo. Pensé que exageraba y me negué….

― ¡No es tu culpa que ese miserable sea un perverso!, no tenías por qué ceder tu integridad ―Kagome la abrazó con el fin de contenerla.

Y les desesperaba la imagen de Lilian y Marcus Allem cargando la carreta.

Kagome sintió un pinchazo al saber que estaban a punto de perderlo todo.

¿De qué iban a sobrevivir?

Esto acabaría matando a Marcus y a Lilian. También sumiría en depresión a Yura, creyendo de que, si hubiera cedido ante los bajos instintos del administrador, ellos no estarían en la calle.

La cruel vida que les esperaba pasó por delante de los ojos de Kagome.

Pero ella no iba a permitirlo. Iba a agotar las instancias

―Por favor, ayúdame a ensillar el caballo ―pidió Kagome a Yura, quien se extrañó del pedido, pero se apresuró en cumplir el pedido.

Kagome subió de prisa, montando al animal.

― ¿Dónde vas?

―Voy a apelar al Coronel ―explicó Kagome

― Pero ¿cómo puedes acercarte si no lo conoces?, no puedes contar con el señor Murtag para eso.

Kagome tenía vergüenza de explicar el modo por el cual conocía a Bankotsu.

Si bien los señores Allem conocían cuando la chiquilla les fue traída, que había cometido una grave indiscreción, de los mismo se enteró Yura, pero no conocía los detalles, y a ninguno le había interesado hablar sobre ello.

Ellos amaban a Kagome por lo que era, y no por la posición que tuvo en el mundo.

―Te explicaré todo en algún momento, Yura ―prometió Kagome, antes de echar rápido galope, rumbo a la casa principal de Goldfield.

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Bankotsu estaba bebiendo su café, cuando oyó el casco de un caballo que se acercaba de prisa.

Hizo un rápido vistazo por el ventanal, esperando que quizá sea uno de los aparceros cuyos contratos debían ser liquidados hoy por el señor Murtag. No tenía pensado recibir a nadie, porque no estaba de humor para suplicas.

Él no era un centro benéfico, sino que era un terrateniente. Si venia alguien para llorar sus decisiones, que lo atendiera Jakotsu.

Pero Jakotsu había salido temprano y recién volvería pasado al mediodía.

Pero grande fue su sorpresa cuando diferenció a una mujer y lo más sorprendente, es que estaba cabalgando con ambas piernas de lado.

Por un instante, el coronel tuvo un corto dejavú. En su vida sólo había visto a una mujer montar de ese modo.

Cuando finalmente ella quedó frente a la casa, pudo identificarlo y asociar aquella imagen con sus recuerdos.

Era la ex señorita Kagome Herbert. Ni siquiera recordaba el actual apellido que portaba.

Le dijo al mozo William que aceptaran la audiencia de la muchacha.

Bankotsu tenía curiosidad de saber que podría decirle ella. Y muy en el fondo, aunque no lo admitía, quería verla.

Al cabo de unos minutos, William abrió la puerta y entró la muchacha, quien tenía el borde de su vestido manchado, el cabello desordenado y unas profusas ojeras. Era claro que había tenido mala noche.

A la clara luz que se filtraba por las ventanas, él pudo apreciarla mejor.

Con su estatura pequeña, el cabello castaño era mantenido con un sencillo peinado, la piel estaba algo curtida y las manos se veían ajadas a la vista, pero mantenía un brillo intenso en los ojos y su talle seguía siendo esbelto. No tenía una pizca de maquillaje y joyas de ninguna clase.

Pero era claro que ya no era ninguna señorita Herbert, y que sus días de niña criada entre algodones había pasado hace mucho tiempo.

Al entrar, la joven saludó con un movimiento en la cabeza.

Él no se levantó del sillón del despacho y tampoco devolvió el saludo, pero no dejó de examinarla y estudiarla a fondo. Era claro que, con la forma de entrar, aún mantenía parte de sus ademanes afectados que no pudo desterrar en estos diez años de exilio.

Pero él no iba a ceder ante ella ni nadie. Esa mujercita no había tenido problemas en decepcionar a su familia y hundir su honra ¿Por qué debía ser él considerado con ella?

― ¿Qué hace aquí? ―preguntó abruptamente, asustando a la joven, por su brusquedad.

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Kagome había creído que esto sería fácil, considerando el pasado de ambos. Al entrar y verlo detalladamente le sorprendió.

El mentado Coronel era igual que hace diez años, pero a su vez tan diferente.

Seguía siendo un hombre de porte atractivo, pero más maduro y más alto. Pero sus ojos azules, grandes y claros, que antes eran transparentes ahora se veían oscuros y fríos.

Lo mismo sus modales, en contraste de cuando era un teniente, y que se mostraba cortés y caballeroso, ahora ni siquiera se había levantado al verla entrar, ni tampoco ofrecido asiento o algo de beber.

Es más, la miraba como si estuviera desnuda. Igual, la mujer cobró ánimo para decir lo que venía.

―Ha pasado un tiempo Teniente…quise decir Coronel Hamilton.

―Porque no me dice de una vez lo que quiere, no tengo tiempo para sumergir en recuerdos que a nadie le importan ―esgrimió el hombre con impaciencia.

Esta última grosería fue suficiente para que la joven dejara de ir por ese plan.

―He venido aquí, porque el señor Murtag, ha expedido orden de desalojo contra mi familia, por cancelación de aparcería

Bankotsu se encogió de hombros.

―Claro, yo he ordenado las cancelaciones

Kagome avanzó unos pasos.

―Los Allem son una familia maravillosa, que ha vivido más de treinta años en estas tierras…

― ¿Y quiere que conserve sus contratos porque son gente maravillosa? ―profirió el Coronel, con una mueca irónica ―. No voy a cambiar mis planes de expansión para Goldfield, así que no insista, igual se me hace satírico que envíen a sus mujeres a negociar ¿Por qué no ha venido su marido?

―Ellos no saben nada ―aclaró ella ―. Y no tengo esposo, pero los Allem son mi familia.

El Coronel levantó una ceja al oír eso.

Kagome entendía que era difícil apelar ante la aparente frialdad de aquel hombre, así que decidió a recurrir de otro modo.

―Usted me conoció en el pasado como la señorita Herbert…pero ahora soy la señorita Allem, y recuerdo que usted fue amable conmigo y tuvo buena disposición hacia mí y los Herbert en aquel entonces ―ambos se miraron en aquel momento, porque era claro que se refería a cuando Bankotsu quiso casarse con ella y la salvó del malvado de Inuyasha Hamilton ―. Por eso, en honor a esa vieja amistad, apelo a por su ayuda a mantener a los Allem.

El coronel se levantó del sillón y caminó hacia donde estaba ella.

Kagome retrocedió unos pasos, del susto, pero él siguió rodeándola, mirándola, estudiándola en aquella incómoda posición de la cual la mujer no se movió, porque no comprendía aquella examinación tan irreverente.

Incluso, el aroma a café que él emanaba se le metió por las narices, ya que ella conocía esa bebida, porque era algo que solían preparar en la consulta.

Sentía la mirada de él en su nuca y Kagome comenzó a respirar más fuerte, por lo inapropiado de la situación, pero cuando ella iba a pedirle que tomara distancia, él afortunadamente regresó a su sitio en el despacho.

Y eso fue por ventura, porque Kagome no hubiera querido regañar al hombre a quien venía a pedir un favor.

―Está bien, señorita ¿Allem?, acepto su petición ―la repentina voz del coronel, quien se había vuelto a sentar la tomó con sorpresa.

― ¿De verdad permitirá eso? ―los ojos de Kagome se iluminaron de felicidad y dicha y se apresuró a hacer una reverencia de agradecimiento al hombre, que no era tan déspota como aparentaba.

―Pero con una condición irrevocable ―aclaró él

―Claro, estoy segura que mi familia estará abierta a firmar un nuevo contrato y suscribir las nuevas reglas.

―No, eso no me interesa ―puntualizó él, esbozando un brillo, que a Kagome le pareció que tenía un tinte hasta infernal.

― ¿Cuál es la condición?

Él sonrió de lado, acomodado en su sillón de trono como si fuera un monarca.

―Acuéstese conmigo…y permitiré a su familia permanecer en mis tierras.


CONTINUARÁ.

Perdón por la demora, hermanas, es que hice maratón de un dorama chino en Viki.

Besuque a mis dulces comentaristas: PAULAYJOAQUI, FRANCITOGARRIDO, GABY013, MONSE, NENA TAISHO, NICKY, LITAMAR E ISADI.

Besos, y manos a la obra con el 8, ya saben que me puse en plan de actualizar cada dos o tres días. Si se puede intentaré antes.

Paola