INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ.
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Corazón en invierno
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CAPITULO 8
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Capitulo dedicado a doña GABY, nuestra hermana de Nicaragua.
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―Acuéstese conmigo…y permitiré a su familia permanecer en mis tierras.
Por un corto segundo, Kagome creyó haber entendido mal, pero la firme mirada del hombre sentado tras aquel enorme escritorio de roble, que esperaba su respuesta le hizo comprender que no era fruto de su imaginación.
Un profundo rubor se apoderó de sus mejillas y caminó rápidamente los pasos que la separaban de aquel sujeto y dobló para entrar a él.
Apretó su puño dispuesta a cruzarle el rostro de una bofetada, por tamaño atrevimiento, pero Bankotsu, sentado, tranquilamente detuvo el golpe con un movimiento de su mano.
Para más horror de Kagome, él sin soltar aquella mano, lo apretó mientras se levantaba del sillón, y sin sacarle la mirada de encima. Caminaba haciendo que ella retrocediera, era imposible para ella pretender detenerlo con su escasa fuerza.
―Que yo recuerde, su moral era bastante cuestionable…―declaró Bankotsu
Esa maligna frase desarmó a Kagome, quien bajó la mano y su rostro se volvió blanco.
Una dolorosa mezcla de indignación y culpabilidad la azotó e hizo uso de la escasa resistencia que le quedaba para imprimir fuerza a sus pies y lograr huir de allí.
La mujer huyó tan rápido, que ni siquiera correspondió el amable saludo del sargento Jakotsu, con quien se cruzó.
Menos con la señora Reynolds o los mellizos, mozos de la casa.
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Bankotsu se quedó solo en el despacho, sonriendo maquiavélicamente, satisfecho de aquella acción.
Internamente sentía que se estaba desquitando por lo que ella le había hecho hace diez años atrás. Era como un entretenimiento.
Lo cierto es que Bankotsu estaba demasiado amargado con cualquier cosa que le recordare el modo en que perdió su herencia y su título. Kagome formaba parte de ese paquete.
Aunque él cargaba otros fantasmas, como las consecuencias de la guerra que estresaron su espíritu y finalmente, como cereza final, la muerte de su mejor amigo, todo eso se había transformado en un combo único que disparaba el modo de conducirse con las personas.
Pretendía ser justo, pero a su manera.
― ¿Pero qué ha pasado con la señorita? ―la voz de Jakotsu entrando al despacho, lo despabiló.
― ¿Cual señorita?
―La dama que salió llorando de aquí ¿acaso le hiciste algo?
Bankotsu sonrió de lado, tocándose el puente de la nariz.
―Nada que no se mereciera, así que no te metas ―advirtió Bankotsu, serio.
Apreciaba y confiaba en Jakotsu, pero no le iba a permitir que le arruinara su modo de ver las cosas.
Siguió revisando el libro contable, mientras Jakotsu miraba desde el ventanal como la mujer escapaba a bordo de un caballo. Era la primera vez que veía a una mujer cabalgar con ambas piernas de lado, como si fuera un hombre.
Lo que sí tuvo claro es que ella y Bankotsu se conocían de antes, mucho antes de que él viniera a estas tierras.
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Otro que estaba teniendo un día de desquite era Naraku Murtag, quien desde lo lejos y encima de su caballo, observaba como los Allem sacaban de a poco sus cosas de la casa.
Y es que sólo así Yura podría entender quién era él. Ella lo había rechazado tantas veces y esta ultima vez, aún con la amenaza a cuestas, Yura se dio el lujo de no entregarse a sus avances.
El orgullo de Naraku estaba herido y exigía sangre, así que cumplió su amenaza. Los Allem no estaban incluidos originalmente en la lista de desalojos que el Coronel ordenó, pero Naraku logró convencerlo de incluirlos.
Cuando Lilian Allem recibió la orden, casi se desmaya en brazos de su esposo, Marcus Allem.
Pero lo que más le gustó de todo este sufrimiento fue la expresión derrotada de Yura, mientras ayudaba a sacar las cosas junto a sus padres.
Naraku no entendió porque repentinamente aquella visión de Yura llorando fue demasiado para él, así que ordenó a su caballo marcharse para Goldfield.
Sus deseos por esa mujer siempre fueron extraños y contradictorios, una mezcla de sentimientos dulces junto a otra más insana de pura obsesión, como parte de la oscuridad que lo embargaba.
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Kagome no se animó a llegar a su casa o a refugiarse a la consulta del doctor Glenn, ya que todos se asustarían con sus ojos bañados en lágrimas.
Bajó de la montura, en pleno bosque tupido. Necesitaba estar sola y aspirar aire fresco, así que se recostó por un árbol y dio rienda a su llanto, y descargó todo aquello que le pesaba.
Kagome siempre fue consciente de su culpa y la carga que llevaba sobre los hombros. Sus malas decisiones casi arruinaron a toda su familia.
Era una meretriz, aunque intentase tapar aquello escudándose con el trabajo duro y el esfuerzo. Hace diez años se había transformado en otra persona, buscando el perdón y la redención.
Recordaba las cientas de cartas que llegó a escribir y que nunca envió a su tío, el barón Herbert, alguien que la amó sinceramente y a quien ella decepcionó de la peor forma.
Incluso sabía que su tío alcanzó a quererla más a ella, que, a su propia hija, Kikyo.
Miró sus manos, que ya no eran las de una dama refinada.
No podía culpar al Coronel, él como todo que supo de su indiscreción, no tenía buena opinión de ella.
Rememoraba la frialdad y dureza de su mirada, y como la estudió de arriba abajo.
Se sentía tan culpable, avergonzada y humillada.
Se levantó del tronco y volvió a subir a su caballo para volver a su casa, que no estaba lejos de allí.
Cuando llegó, el panorama era aún peor, ya que los Allem intentaban cargar lo poco que tenían en el mundo en la única carreta.
Sería una procesión deprimente. Vio a Yura atar a los dos únicos animales que llevarían, ya que el resto fue confiscado por el Coronel en concepto de arriendos atrasados.
Los Allem eran las mejores personas del mundo y ahora lo estaban perdiendo todo por su culpa.
Ellos la habían recibido, abrigado y cobijado cuando el mundo le dio la espalda. Y lo siguieron haciendo aun cuando el dinero de Lord Herbert dejó de llegar.
Nunca la despreciaron ni le echaron en cara sus antecedentes y permitieron que Yura creciera con ella.
Kagome no podía dejar caer que ellos cayeran en ignominia ahora. Así como no la dejaron a caer a ella en el pasado.
Debía hacer algo por ellos, y sabía muy bien que era.
Dio vuelta a su montura a dirección contraria.
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Bankotsu ya estaba bebiendo su segundo café de la mañana y, de hecho, ya había olvidado su divertido escarceo matinal con la ex señorita Herbert, cuando Jakotsu exclamó ―. La señorita está regresando.
― ¿Quién? ―Bankotsu alzó la mirada, desde el sillón.
―Pues la muchacha que cabalga con las piernas de lado. Vaya que tiene agallas ―declaró Jakotsu, desde el ventanal.
― ¿Le prohíbo la entrada, Coronel? ―preguntó Naraku, quien había llegado hace un rato y estaba trabajando con ellos, en el despacho.
Bankotsu estaba seguro, que la mujer volvía para proferir insultos. Igual, eso le entretenía, así que fue firme.
―No, permite su entrada ―autorizó ―. Váyanse de aquí, los dos, que estoy seguro de poder lidiar con una mujer.
Naraku, no tenía animo de pelear con su imprevisible patrón y salió sin mayores discusiones, pero Jakotsu se quedó mirando a su Coronel, desconfiado y algo temeroso. Finalmente salió despacio del lugar.
Bankotsu se acomodó en el sillón, esperando que la puerta se abriera y que volviera a entrar ella. Le daba curiosidad que haya regresado.
Oyó el repiqueteo de los zapatos y las voces indistintas de uno de los mellizos, que la acompañaban a la puerta, así como la de Naraku autorizando la entrada de la mujer.
Finalmente, uno de los mellizos abrió la puerta. Detrás de él, la mujer.
―Coronel, la señorita Allem ha venido a verle.
El mozo desapareció pronto, y allí quedó ella, pequeña y temblorosa, como si estuviera a punto de ser ingresada a un matadero.
Tenía aspecto de haber llorado, lo cual era desagradable, porque Bankotsu detestaba ver llorar a las mujeres.
― ¿Qué le trae de vuelta, por aquí?
Ella estaba trémula, pero aun así hizo el esfuerzo para hablar.
―He venido aquí, porque he decidido aceptar su proposición ―su voz pareció amortiguarse, pero se recompuso de inmediato ―Por mi familia y por protegerlos, me acostaré con usted.
CONTINUARÁ
Gracias a mi GABY013, a quien hoy se dedica capitulo.
BESOS A MIS COMENTARISTAS FRAN GARRIDO, LITA MAR, MONSE, NENA TAISHO, ISADI, PAULAYJOAQUI.
Porfa, ¿podrian decirme a las preciosas que me leen, de que nacionalidad son?
Me voy a preparar capitulo siguiente.
Paola.
