INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ.

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Corazón en invierno

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CAPITULO 9

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Capitulo dedicado a MONSE, nuestra hermana de Tamazunchale, México.

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Kagome estaba llena de recelo y pavor, porque luego de hacer su ofrecimiento, el único movimiento que ese hombre atinó a hacer fue la de arquear una ceja, como de desconfianza. Luego pareció estudiarla unos segundos y para bochorno de la joven, él se puso a avizorar su figura al detalle, como si estudiara el producto ofrecido.

Se removió incomoda.

―Está bien, tendremos un trato. Venga esta misma noche, a cumplir su parte ―finalmente esbozó él

― ¿Cómo? ¿esta noche? ―preguntó ella sobresaltada

― En la guerra aprendí que el tiempo es demasiado valioso. Por el momento, detendré la orden de desalojo contra su familia ¿Cómo dijo que se llamaban?

Kagome estaba casi sin palabras del modo que él decidía su situación de forma casi sumaria.

―Los Allem ―aclaró ella, y luego agregó ―. ¿Cómo que de momento detendrá la orden de desalojo?

Él se levantó y se sirvió una copa de brandy.

―Pues los resultados del mantenimiento de su contrato de arriendo dependen de usted y su rendimiento y aquí acabó la rutina de preguntas. Le aconsejo prepararse para la noche ―él le dio la espalda, zanjando la conversación ―. Cierre la puerta al salir y dígale al señor Murtag que entre.

La degradante entrevista había terminado. Para él sólo fueron negocios.

Como si fuera un simple intercambio con una prostituta. Porque, al fin y al cabo, lo era.

Nunca en su vida, Kagome se había sentido abyecta y ultrajada en su vida, así que aprovechó el permiso y se marchó de prisa de allí, no sin antes avisar a ese otro desgraciado de Naraku Murtag que su patrón quería verlo. Muy posiblemente para hacer detener el desalojo de los Allem.

Cuando Kagome iba a subir a su caballo nuevamente, Jakotsu salió a su encuentro.

Pese a que era cercano al Coronel, y todavía no se presentaron, Kagome tenía un buen presentimiento de aquel hombre. Se veía amigable.

―Creo que no nos han presentado adecuadamente, señorita. Me llamo Jakotsu Mills, sargento de guarnición, bajo las órdenes del Coronel Hamilton.

―Yo soy Kagome Allem.

―Su rostro se ve algo turbado, señorita Allem ¿requiere ayuda? ¿le ha dicho algo el Coronel, que le pudo molestar?

Kagome no estaba por la labor de explayarse con nadie. Además, si era un subordinado del Coronel, era claro que conocía sus gustos y sabría de sus dudosos intercambios de favores.

―Sólo estoy cansada. Si me disculpa, debo irme.

La muchacha desapareció veloz, como había llegado. Jakotsu quedó extrañado de su aspecto aturdido, que estaba seguro que mucha culpa la tenía Bankotsu.

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Como estaba pactado, se detuvo la orden de desalojo a los Allem. Kagome no tuvo corazón para confesarles el trasfondo del arreglo. Y a Yura, tampoco, porque no deseaba comprometerla y meterla en problemas.

Ella sufriría en silencio su vejación. El coronel la consideraba una meretriz y ella no estaba en posición demostrar lo contrario.

En la granja, el trabajo volvió a la normalidad, salvo el incómodo momento cuando Naraku Murtag vino a verlos, aunque afortunadamente se retiró pronto.

El rumor más extendido es que el Coronel había echado a todos en la Casa, conservando sólo un par de sirvientes. Que tenía un humor terrible, era intransigente y no perdonaba el mínimo error. Decían que fue por su educación y vida militar, tan disciplinada y férrea, que no le permitía ver a otros de forma más amigable y condescendiente.

Yura, aprovechó para seguir con su trabajo de costura. La muchacha era una excelente bordadora, y la modista del pueblo, quien solía recibir encargos de otras ciudades, por sus bajos costos, solía emplear a Yura para algunas cosas.

Decidió ir al pueblo a buscar cintas blancas para terminar de retocar unos sombreros que la modista le había ordenado. Tomó el camino del vecinal, para evitar toparse con Naraku.

Quiso la mala suerte que el hombre la estuviera esperando a mitad de camino. Aparentemente se había dado cuenta de su jugarreta y sabía dónde emboscarla.

La joven iba con su cesta, caminando. Él, en cambio, a bordo del enorme caballo, tenía un aspecto que le generaba miedo.

Naraku Murtag era un hombre atractivo, pero poseía un aura siniestra que aterrorizaba a las personas. Sumado a sus rumores de depredador de mujeres y la insensibilidad que siempre presentó hacia los granjeros, no era alguien de fiar.

El pecho de Yura se infló de alarma. Al cruzarse con el corcel del administrador, hizo un movimiento para sustraerse de su rango de visión y huir, pero Naraku fue más rápido y le cerró el paso.

―No sé qué pudo decirle tu hermana al coronel, pero que sepas, que no desisto de mi plan de que seas mía.

Esa desconocida información de que Kagome había intervenido la cogió de sorpresa, pero decidió tomar esa aclaración para ponerse frente a Naraku.

―Pues eso significa que podremos contar con el Coronel y llegará el día que te ponga a la calle ―desafió la joven, girando como podía y correr de allí.

Naraku no la siguió, pero quedó mirándola mientras escapaba.

Yura no se detuvo hasta alcanzar el pueblo y verse refugiada en la amable gente de Lingfield.

Por la noche cuando se encontrara con Kagome, aprovecharía para agradecerle su gestión. La imaginaba en estos momentos en la escuela.

Allí alzó la mirada y se encontró con el rustico cartel de la consulta del médico.

El doctor Miroku Glenn estaría, en estos momentos, atendiendo algunos pacientes.

Yura miró su cesta. Tenía una manzana brillante y roja que le sobró del desayuno.

De sólo pensar en aquel hombre, Yura se sonrojaba. Era demasiado tímida, pero moría de ganas de entrar e invitarle aquella fruta al amable médico.

Pero el valor no aparecía, así que decidió volverse a casa de la modista, pero cuando giró, la tenue voz del escocés la hizo quedar.

―Señorita Allem ¿es usted?

El sonrojo la carcomía, pero no podía ignorar el llamado del médico, así que cogió ánimo y respondió a su invitación.

―Doctor Glenn ―hizo una reverencia

―Vamos, pase a tomar un té. Estoy libre en este momento.

La joven sonrió.

Té con fruta no era un mal plan mal. Además, sería uno que le quitaría el mal sabor en la boca que le dejó el encuentro previo con Naraku Murtag.

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Bankotsu junto a su equipo pasó el día recorriendo las tierras de Goldfield, muy ocupado como para pensar en detalle en el pacto realizado con aquella mujer.

Sólo durante la cena, dijo algo a Jakotsu.

―Esta noche me visitará una mujer, así que no quiero interrupciones

Jakotsu entendió la orden. No era la primera vez que él quedaba de guardia mientras su superior recibía visita de alguna cortesana complaciente.

Bankotsu escupió la última parte de su plato de ostras y decidió vaciar su vaso de vino.

―Esta comida es horrible ―haciendo una mueca de asco ―. Retire esa basura ―ordenó a William, quien estaba aterrorizado de su patrón.

―Lo siento, Coronel, temo que la señora Reynolds nunca ha trabajado en cocinas, antes.

― ¡Que inútil!, como si cocinar implicase una gran labor ―refunfuñó Bankotsu

Jakotsu apenas terminó su cena también. En este caso apoyaba a su Coronel, y era claro que las comidas de la finca no mejoraban. La pobre señora Reynolds sería despedida muy pronto y sería terrible, ya que la mujer tenía una familia numerosa que mantener con el salario que ganaba allí. Ya había tenido suerte en no haber sido despedida en la primera oleada.

―Nadie te molestará, te lo garantizo ―prometió Jakotsu, siguiendo con el pedido tácito de su amigo.

―Recíbela por la puerta trasera, que no los vea nadie ―agregó Bankotsu

Luego de aquella ultima instrucción, Bankotsu se retiró a sus aposentos. Ya se había aseado con agua caliente antes de la cena, así que tocaba solo quitarse las botas y esperar a la muchacha.

Su habitación tenía una decoración casi espartana. La cama era enorme y tenía una silla funcional junto a una mesita para el té. El colchón de plumas se veía apetecible, pero lo cierto es que Bankotsu no lo podía utilizar. Se obligó a olvidar aquellos detalles y concentrarse en su próxima visita.

Kagome Herbert había sido alguien que él deseó en el pasado, cuando era un joven estúpido y comedido. Quedó como un deseo fallido, a causa de la volatilidad de la muchacha.

Ahora era él quien le enseñaría quien mandaba. Él lo tomaba como una pequeña venganza y además obtendría un pequeño beneficio con una mujer gratuita.

Apagó las velas y esperó que Jakotsu viniera a avisarle que ella ya había llegado.

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Kagome salió del trabajo con el doctor Glenn. Cuando volvió a casa, apenas y prestó atención a la conversación. Yura quería darle conversación, pero Kagome estaba demasiado nerviosa. Ni loca le revelaría la verdad a su hermana del corazón.

Lo bueno de la mudanza frustrada es que todos estaban demasiado agotados y luego de acabada la cena, se echaron a dormir. Incluso Yura, que pasó el día cosiendo sombreros.

Lo cual era perfecto para el triste plan de Kagome.

La de huir a hurtadillas a Goldfield y cumplirle a ese hombre detestable.

Se puso una cofia y sigilosamente marchó para la gran casa. La luz de la luna era lo suficientemente fuerte y brillante para alumbrar su camino.

En su mente quería llorar, pero debía mantenerse fuerte por su familia.

Porque aparentemente era su destino el de escapar furtivamente para realizar algo deleznable.

¿Es que sólo para eso había nacido?

Cuando Inuyasha Hamilton se burló de ella, aún era una jovencita inmersa en sueños románticos tontos. Ahora era una mujer, con una vida de sufrimiento a cuestas, con cicatrices que nunca cerraron y que conducían su forma de vida actual.

Cuando llegó a la parte trasera temió que la señora Reynolds, que conocía a su familia, la viera, por eso se asustó cuando la puerta se abrió y salió el sargento Mills.

En parte, respiró aliviada.

― ¿Señorita Allem? ¿es usted? ―preguntó sorprendido, con una palmatoria en la mano.

Parecía desconcertado de que ella fuera la mujer que venía furtivamente a visitar al Coronel, pero al instante esbozó una sonrisa tranquilizadora.

―No tema, y pase por aquí.

Kagome nunca había entrado antes a esa área de la casa grande, y le sorprendió.

Ella se había criado en una mansión, pero hace mucho no veía una, así que quedó sobrecogida de ver una estancia tan grande.

Jakotsu se portaba amable y la guio a subir unas escaleras.

Le señaló una puerta.

―El Coronel aún no emplea doncellas, por eso no le ofrezco alguien que la asista, pero detrás de esa puerta, encontrará todo lo que necesite ―y luego le señaló una campanilla que estaba pegada a la pared del pasillo ―. Tóquelo si falta algo y a dos puertas de aquí es la del Coronel, entre sin tocar.

El tono amistoso y con cierta lástima le daba a entender que Jakotsu no le tenía asco por lo que estaba por hacer. Seguro había conocido a muchas mujeres en el mundo, que no tenían más remedio que vender sus cuerpos para sobrevivir. El sargento bajó las escaleras de forma discreta.

Kagome cruzó el umbral y Jakotsu tenía razón. Habia un cubo de agua caliente, jabones y toallas. Hasta un camisón recién almidonado. Se acercó y lo olió. Era claro que era nuevo.

Con resignación, comenzó a quitarse la ropa para asearse y prepararse para lo que le esperaba.

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Bankotsu estaba sentado en la penumbra, cuando sintió unos pasos dubitativos acercarse a su puerta. En otros tiempos hubiera sacado un arma y esperar al intruso. Pero ahora sabía que era ella. Al cabo de unos segundos, la puerta se abrió de un suave empujón.

Una luz minúscula alumbró la estancia, ya que la mujer portaba una palmatoria. Parecía perdida y no darse cuenta que él estaba sentado en el sillón, así que su voz la sobresaltó.

―Deja la calderilla sobre la mesa.

La joven obedeció, pero se mantenía vacilante para avanzar.

―Acércate ―ordenó él, sin levantarse ―. Cierra la puerta.

La mujer, que temblaba, se acercó titubeante, acortando la distancia entre ella y el hombre que seguía sentado.

Parecía sobrecogida de percatarse de que él seguía allí sin moverse.

A él le divirtió su aparente timidez, pero le gustó la visión de la joven vestida únicamente con aquel camisón blanco, que William o Wilder, no distinguía bien cuál de los mellizos, fue a comprar del pueblo.

La luz de la única palmatoria iluminaba parte del ropaje de la mujer, dando forma a sus curvas que se vislumbraban. Sin duda, una mujer bien formada. A Bankotsu se le hizo un nudo en la garganta de imaginarla desnuda. Y lo quería ahora.

―Desnúdate ―le pidió

Ella pareció dudar, pero la fiera mirada azul que él le dio, la empujó a comenzar a quitar los cordoncillos del camisón. Desde su sitio él podía sentir el calor de su cuerpo y hasta notaba sus mejillas arreboladas.

Ya estaba perdiendo la paciencia.

―Apresúrate ―ordenó

Ella cerró los ojos y finalmente el camisón cayó al suelo. La mujer instintivamente se llevó las manos para cubrir sus partes pudendas.

Él se levantó intempestivamente y cogió esas manos y se las apartó. Quería examinar esas formas sin nada que tapara su visión.

Cuando lo hizo, pudo notar el estado agitado de la joven, que temblaba como una hoja, como si fuera que vaya a asesinarla.

A él no le importó y comenzó a estudiarla, pese a lo humillante que estaría siendo para ella, el ser inspeccionada de modo tan patente por un hombre.

Pechos llenos, buena cintura y piel clara. Buenas caderas.

Llevó una mano al vientre desnudo de la joven y ella se sobresaltó.

―Quieta, que no entiendo que te da miedo si ya has experimentado esto.

Ella no le contestó y él volvió a tocarla. La insoportable suavidad de la piel de su vientre lo encendió como mecha, y la besó en el cuello de forma violenta. Le dio un ligero empujón para que cayera en la cama.

―Ábrete para mí ―ordenó él, con voz excitada

Pero la mujer, apenas tocó el colchón se levantó de nuevo como un resorte, cogió el camisón del suelo y se lo deslizó por encima de la cabeza.

Negó con la cabeza.

―Lo siento…no puedo hacer esto ―y abrió la puerta para salir de allí.

Pero Bankotsu estaba echo un manojo ardiente. Ella no podía dejarlo así, excitado y llameante de ardor por ella. Un deseo y furia animal se apoderaron de él y la siguió para darle alcance.

Él era el maldito señor de ese lugar y una mujercita con malos antecedentes no vendría a rechazarlo dos veces.

Al verlo, Kagome, quien ya estaba en el pasillo, comenzó a correr, pero él era más rápido y fue tras ella. Al llegar a los escalones, levantó su mano para estirarla desde los cordones, pero ella se movió de su rango de alcance, y dio un mal paso por causa de su pierna mala, la que tenía la herida de guerra.

Cayó rodando por las escaleras y no pudo alcanzar a cogerse de los barandales.

Cuando llegó al suelo, su cabeza impactó con un mueble esquinero y de allí, todo fue oscuridad.

Lo último que alcanzó a sentir fue los gritos de Kagome y el ruido de la campanilla del pasillo.


CONTINUARÁ.

Muchas gracias a las hermanas que comentaron en el 8 y que alcancé a ver: FRANCITOGARRIDO, GABY, MONSE, LITA MAR, ISADI, PAULA Y JOAQUI.

Manos a la obra con el 10.

Besos.

Paola.