INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ.
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Corazón en invierno
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CAPITULO 10
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Capitulo dedicado a LITAMAR, nuestra hermana de México
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Sentía como si su cabeza hubiera impactado contra un cañón enemigo. La sensación era idéntica, porque en efecto, en una batalla en el sur de Portugal había tenido un cruento accidente, que lo dejó fuera de combate por casi dos horas. Hiten ayudó a salvarlo, estirando su cuerpo inerte en aquella ocasión.
Si ese desgraciado estuviera vivo, él también seria coronel y estaría ayudándole aquí en este bendito lugar, perdido de la civilización.
Pero siempre tenía un predicamento, siempre que ocurría algo con alguna parte de su cuerpo, esa molestia nunca significaba nada frente al dolor de la herida de su maldita pierna.
Pero ahora no la sentía, solo la molestia en la cabeza, pero nada más. Oía voces, reconocía la de Jakotsu y la de alguien más.
La otra cosa extraña era la sensación de frescor mentolado en el área de su pierna dañada.
―Creo que debería hacer que traigan más sopa, que estoy a punto de comerme toda la ración del enfermo ―la risa de Jakotsu inundó el lugar
―No hay problema, que siempre puedo preparar más ―era la voz melodiosa de la otra persona. Una mujer.
―El medico ya se fue y fue tajante en avisar que el Coronel quedaba aquí en buenas manos ―nuevamente la voz de Jakotsu.
En ese punto, Bankotsu abrió los ojos y se encontró a su derecha a Jakotsu, sentado y animado, que se incorporó al verlo despertar.
―!¡Has recobrado la conciencia!
Las luces de las velas le empañaban la mirada, pero cuando giró a la izquierda pudo empezar a vislumbrar a la figura que afanosamente aplicaba algo sobre su pierna.
No pudo creerlo cuando acabó la identificación. Era la propia Kagome.
― ¿Qué demonios es eso? ―preguntó Bankotsu con un hilo de voz ―. Huele terrible.
―Es un emplasto hecho con hierbas especiales ―informó ella
Bankotsu volvió la mirada hacia Jakotsu, pidiendo explicaciones.
―Tuviste un accidente hace dos horas. Un golpe en la cabeza al caer por las escaleras. El medico ya te ha revisado y no has sufrido daños de importancia ―reportó Jakotsu y mirando a Kagome agregó ―. La señorita Allem resultó una excelente enfermera, además de asistir al médico, ella tuvo la idea de preparar esta pomada para la pierna derecha
Bankotsu no era imbécil ni sufría de amnesia. Recordaba ya al detalle lo ocurrido y como se dio la caída por las escaleras. Por culpa de esa mujer.
―Yo no pedí curación para mi pierna ¡le exijo que me deje!
―Pero Bankotsu, ella ha dicho que la herida es tratable, que tiene estas secuelas, porque no sido tratada de forma adecuada en todo este tiempo ―intermedió Jakotsu
―Da igual ―gruñó el paciente.
―Quizá no me lo ha pedido ―replicó Kagome ―. Pero llevo casi un año trabajando y aprendiendo enfermería en la consulta del doctor Glenn y algo que tenemos claro, es que nunca abandonaría un paciente o lo dejaría sufrir, teniendo la forma de curarlo.
Ambos contendientes cruzaron miradas, y Bankotsu volvió a gruñir poco dispuesto a entender razones, pero su orgullo no le permitía aceptar la increíble sensación calmante en la pierna.
―Vamos, prueba un poco de esta sopa ―ofreció Jakotsu, acercando un tazón que humeaba,
Bankotsu giró la cabeza.
―Seguro sabe horrible. Llévate eso de aquí.
―Pero es que no lo hizo nuestra querida señora Reynolds, así que te sorprenderá el poder comerlo sin que de arcadas.
El exquisito y humeante aroma de la comida pudo más que la voluntad de Bankotsu, quien moría de hambre.
Sorbió con desanimo una cucharada y se sorprendió.
Aquel caldo de vegetales era delicioso. No recordaba haber comido algo tan sabroso en años. las raciones en el ejército no tenían sabor y los platos que probó desde que tomó posesión de Goldfield eran pésimos.
Y la visión de la joven mujer inclinada, masajeando suavemente su pierna, con dedicación y esmero.
Era claro que Kagome actuaba para poder salvar a su familia, ya que era alguien que no cumplía los pactos. Ella prometió entregarse, pero a cambio, prefirió huir en la parte más interesante, y no contenta con eso, por culpa de eso, él tuvo este estúpido accidente.
Al cabo de unos minutos ella acabó el masaje.
―Saldré un momento a preparar un té decente que podamos beber ―refirió la mujer antes de salir. Por supuesto, sin mirar a Bankotsu, aunque éste no despegó la mirada sobre ella.
Cuando estuvieron solos, Jakotsu le frunció la frente a su amigo.
―Deja de ver a la señorita Allem como si quisieras matarla, que ha sido muy amable en quedarse y ayudar. Además, cocina delicioso.
―Sabes que no es ninguna blanca palomita. Sabes a que ha quedado ella ―emitió él
Jakotsu se encogió de hombros.
―Si me pusiera a juzgar a todos…
Bankotsu acomodó la venda de su cabeza. Por la luz de la luna de afuera, podía deducir que aún era de madrugada. Vaya alboroto que hasta tuvieron que traer a un médico.
― ¿A alguien más le ha parecido raro que la muchacha estuviera aquí?
Jakotsu lo pensó un poco.
―El médico sí, pero no dijo nada, y tampoco creo que se airee el rumor, ya que entiendo que es amigo y mentor de la señorita Allem.
Los mellizos y la señora Reynolds no vivían en la casa, sino que venían a cumplir horario muy temprano. Bankotsu lo había querido así, porque no soportaba tener sirvientes husmeando su privacidad a toda hora.
Con esa información se relajó un poco.
Entonces la reputación de Kagome quedaría a salvo. Aunque no entendía porque le molestó la mención del amigo médico.
¿Cómo es eso de un mentor?
Que ridículo.
Jakotsu le miró con ojos escrutadores.
Él era un buen hombre y era su amigo, confiaba en él, pero siempre hubo entre ambos una pequeña distancia por la posición jerárquica superior de Bankotsu.
―Ya, dime lo que quieras decir ―autorizó Bankotsu
―Creo que le debes una disculpa a la señorita Allem, se ha comportado muy bien.
Bankotsu entornó los ojos.
―Ni hablar, ella vino aquí sin ataduras y buscando obtener algo de mí. No la defiendas, porque la conozco de mucho antes y sé cómo es ella.
―Creo que te estas apresurando en juzgarle.
Bankotsu ya no respondió, porque estaba cansado y el efecto del láudano ya había pasado.
Aunque tenía que reconocer que ella quedó a auxiliarle, cuando podía haber huido. Y hasta le aplicó aquel extraño calmante que hizo olvidar por un momento el dolor de su miembro inferior.
Kagome Herbert era una caja de sorpresas misteriosas. Era cierto que creía, en efecto, que su moral era relajada, pero era una buena persona. Eso sí le iba a reconocer.
En ese momento Jakotsu le acercó de nuevo el tazón de sopa. Lo devoró con fruición.
La otra cosa que debía reconocer es que la sazón de su comida era deliciosa.
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Estaba malhumorado. Habia vuelto a perder un buen puñado de billetes en el club.
Inuyasha Hamilton, Vizconde de Portland, arrojó su abrigo al suelo y pateó la puerta de su habitación con violencia.
Su mujer, Kikyo, aun lo esperaba frente al fuego.
Verla lo puso de peor humor.
A la desgraciada se le había ocurrido embarazarse justo ahora, cuando los problemas los carcomían y la hipoteca de la finca lo agobiaba.
Era la perfecta excusa para odiarla, porque le echaba en cara su dote escasa. Su tacaño padre, ese viejo imbécil de Lord Herbert le dio un monto que dilapidó en pocos años.
Recordaba que poco después de la boda, hubo una disputa por este caso, cuando Inuyasha fue a reclamar a barón por este asunto, resultando en una discusión que enfermó al anciano. En la actualidad vivía en cama y nadie sabía a ciencia cierta cuál era su padecimiento. Pero el que sea que tenía lo estaba matando y le producía perdida de lucidez y memoria. Según Inuyasha se estaba volviendo loco, pero aun así el abogado del viejo no quiso soltar prenda para entregarle más dinero.
Inuyasha Hamilton, actual Vizconde, era un hombre de 30 años, bien parecido y con gran parecido físico a su medio hermano, el Coronel. Los ojos de Inuyasha era de color miel y su rostro era agradable, pero el porte físico era casi igual al de Bankotsu. La misma altura y esbeltez.
Recordar a ese imbécil, empeoró su estado de ánimo.
Hace pocos días, lo había vuelto a ver, con ese porte estúpidamente altivo y recibiendo honores por su jerarquía militar.
Lo enfurecía pensar en el gesto despectivo que destiló al verlo. Era claro que lo tildaba de cobarde por no haberse enlistado nunca o por no acudir a la leva.
Lo único que alcanzó a decirle fue una burla por el hecho que tuviera un bastón.
Todos en la maldita gala de príncipe regente le ofrecieron sus respetos y lo señalaban como héroe.
Los sentimientos de Inuyasha hacia su medio hermano siempre fueron una mezcla de resentimiento y envidia.
El anterior vizconde, padre de ambos siempre prefirió a Bankotsu y, de hecho, quería que él fuera su sucesor. Aquella clara diferenciación de afectos fue el detonante para su rivalidad amarga. Por eso desde siempre, procuró estar un paso adelante para disgustarle su existencia.
Como, por ejemplo, cuando se dispuso seducir a las primas Herbert, las dos únicas mujeres disponibles y que eran la llave a la herencia de vizconde de Portland.
La más joven cayó enseguida, rendida ante su encanto. Luego de que el mismo Bankotsu le frustrara la fuga, éste imbécil no tardó en comprometerse con la otra.
En este punto, fue la providencia quien estuvo de su parte, con la presunción de muerte de ese imbécil, lo que facilitó que él se casara con la única chica Herbert que sobraba.
Y aprovechó la oportunidad.
Podía sentirse satisfecho cuando la noticia de que Bankotsu estaba vivo se esparció, ya que él sabría que todo cuanto era para él, se lo arrebató.
Pero no, pasaron los años, y siguió alimentando esa envidia, rencor y resentimiento. Si hasta su maldita esposa Kikyo, que rara vez hablaba, solía recordarlo con palabras de admiración.
¿Es que nadie podría verlo sólo a él?
Ahora sabía que se había instalado en una enorme finca en Lingfield, lo suficientemente lejos del mundo y nunca cruzarían sus caminos.
El vizconde salió a sentarse en el despacho.
Cuando notó que su botella ya estaba vacía, lo arrojó al suelo y se hizo añicos. En ese momento, y como movido como resorte, entró Myoga, su criado a recoger los vidrios rotos y correr a buscar otra botella de la casi vacía bodega.
Ese pequeño hombre era tan fiel que asustaba. Inuyasha estaba seguro que si le ordenaba a Myoga que viajara furtivamente a ese pueblucho donde estaba enterrado su hermano y le daba una pistola con el encargo de matarlo, aquel hombrecillo siniestro lo haría con gusto.
Pero por algún motivo, Inuyasha nunca ordenó tal cosa. Y tenía claro que es porque esperaba matar a Bankotsu con sus propias manos, algún día.
Saborear la muerte de su némesis sería la gloria.
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Ya eran casi las cuatro de la mañana, cuando Kagome decidió que debía marcharse. Con el doctor Glenn habían arreglado que la excusaría de que estuvo ayudándole en una difícil curación en Goldfield, que el Coronel tuvo un accidente. Los Allem no eran desconfiados, pero Kagome necesitaba una excusa por si en el pueblo se difuminaba el chisme de que ella estuvo en la mansión.
Necesitaba descansar y además recordaba que aún estaba en problemas, porque no cumplió su parte con el Coronel, y era claro que ese hombre déspota echaría a su familia, sin contemplación.
Se sentía culpable por no ser capaz de hacer aquel sacrificio por los Allem. Pero no pudo, aunque su cuerpo se estremeció con el contacto de la piel caliente de ese hombre, que se bebió con sus ojos a su cuerpo desnudo, ella no pudo entregarse.
Era cierto que en Londres la consideraban una meretriz y en la mente del propio Coronel también era una, pero lo cierto es que Kagome no lo era.
Tan solo fue una muchacha ingenua y tonta, pero nada más.
La joven detuvo la lagrima silenciosa y se dispuso a cargar su morral para irse. Ni siquiera pensaba volver a entrar a la habitación del Coronel, cuando la puerta se abrió y salió el risueño sargento Mills a invitarla a entrar.
―Señorita Allem, supongo que estará cansada y desea irse. Permítame que yo mismo me ofrezco a llevarla, pero antes, el Coronel quiere decirle unas palabras.
Kagome apretó sus labios. Lo que temía.
―Yo la espero aquí en el pasillo ―informó Jakotsu
― ¿Cómo? ¿no entrará usted? ―Kagome temía encontrarse a solas con esa bestia.
―No tema, sólo será un momento.
La mujer no tuvo más remedio que obedecer y entrar.
Vio al enorme Coronel, con la venda en la cabeza, pero ya aseado y con las ropas cambiadas. Era claro que Jakotsu le ayudó en aquella empresa.
―El sargento dijo que usted me necesitaba.
El hombre le dirigió una de sus miradas azules indescriptibles.
―Más bien es usted la que necesita de mí. Teníamos un trato y usted lo ha roto ―adujo él con tranquilidad.
El coronel iba al grano sin tiempo que perder.
Kagome negó con la cabeza.
―Lo siento, pero es que yo…
―Ahórrese las excusas, señorita Allem ―esgrimió Bankotsu haciendo una mueca de comillas al decir el apellido presunto de la mujer ―. No me interesa que la detuvo, pero tengo que reconocer que puedo sacar otros beneficios de usted.
―No comprendo a que se refiere…
―Que la voy a contratar como cocinera y también hará trabajos de enfermería, que he visto su desempeño con mi pierna. Por supuesto, ganará usted un salario.
Aquella información tomó por sorpresa a la mujer, que esperaba cualquier cosa menos eso. Pero tampoco era algo que podía tomar. Ella ya tenía un trabajo con el médico y un compromiso diurno con la escuela.
―Yo ya tengo un trabajo…
―Pues renuncie y le asignaré un sitio en el área de servicio, un lugar mucho más cómodo que la granja donde vive ―refirió él, con cierta malicia ―. ¿Ya le he dicho que tomar este trabajo es la condición que le impongo para salvar a su parentela de echarlos de mis tierras?
Al oír la última frase, Kagome rindió su negativa y su reticencia.
Ese malvado hombre la estaba colocando en una posición entre la espada y la pared.
Pero también era una oportunidad única de regresarle el favor a los Allem.
―O es eso o acostarse conmigo. De todos modos, en ambos casos ganaría dinero. Tómelo o déjelo ―presionó él
Aunque Kagome gustaba de asistir al médico y le hacía mucha ilusión el mantener la escuela y el bonito huerto escolar, no le quedaba mucho salvo rendirse a la evidencia.
No podía negarse a ese hombre, por mucho orgullo que tuviera. No, cuando los Allem estuvieran de por medio.
―Está bien ―asintió la mujer ―No me deja mucha alternativa, así que acepto trabajar para usted. Todo sea por el bien de mi familia.
CONTINUARÁ
Como le contaba a Pauli en Instagram, tuve un retraso por causa de un drama chino que pillé en Viki y ese me desconcentra.
Besos a mis FRAN GARRIDO, GABY013, LITAMAR, NENA TAISHO, ISADI, MONSE, NICKY que al fin volviste, PAULAYJOAQUI.
Ya me pongo a preparar el 11.
Cariños.
Paola.
