INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ.

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Corazón en invierno

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CAPITULO 11

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Capítulo dedicado a ISADI, nuestra hermana de Lima, Perú.

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Habia podido evitar al Coronel durante casi dos días. Todo el tiempo lo pasaba en la cocina y él no había requerido su servicio de enfermería. Ni loca entraría a ofrecérselo por su cuenta.

Kagome era consciente de lo que ambos pasaron juntos y ella era incapaz de olvidar esa mirada que emitía juicios de valor sobre ella.

Dos días, el hombre los pasó en la habitación recuperándose del golpe, y en todas las ocasiones era la señora Reynolds quien le llevaba las comidas al cuarto.

Agradecía tener a una mujer como ella trabajando. Era cierto que la pobre no sabía cocinar, pero discreta y diligente, ya que se encargaba de subir todas las comidas sin decir una sola palabra.

Además del personal de servicio y del Coronel, también debía cocinar para el sargento Mills y ese siniestro señor Naraku Murtag.

Con respecto a su familia, Kagome no tuvo problemas. Era notorio que ella necesitaba un trabajo y ellos no se opondrían. Pero nunca supieron del arreglo que ella hizo con el Coronel para detener su desalojo, triste destino que sí sufrieron otros granjeros,

A quien sí tuvo el tino de aconsejar fue a Yura, que no se le ocurriera de visitarla en cualquier hora, que ese señor Murtag estaba en la propiedad, para no tener problemas. A ella si acabó confesándole la verdad, con la promesa de no contárselo a sus padres.

Le dieron una habitación en la buhardilla. Y desde entonces preparaba tres comidas al día, sin contar el café, ya que el Coronel detestaba el té.

Esa mañana se levantó, sacó ingredientes y se puso a amasar. La señora Reynolds le había comentado que el patrón solo bebía café y odiaba las pastas dulces. Así que a Kagome se le ocurrió que un pan recién horneado podría servir.

Como comenzó temprano, el desayuno estuvo listo poco después de las siete de la mañana.

Mientras ordenaba a los mellizos como servir los platos para llevarlos al comedor, por la ventana pudo vislumbrar que su buen amigo, el doctor Miroku Glenn se acercaba por el patio trasero, donde estaba la entrada de servicio.

La joven sonrió, porque apreciaba al médico.

―Lleva estos platos, Wilder y cuida de no echarlos en la escalera ―pidió a uno de los mellizos ―. Yo saldré un momento a recibir al médico.

El muchacho obedeció.

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Bankotsu aún sentía una ligera molestia, pero aún así decidió saldría de esa habitación para reincorporarse al trabajo.

Y tenía que reconocer que las lecciones eran muy diferentes de la realidad. En el colegio, había recibido educación financiera, pero nunca antes había administrado una finca.

Maldita la hora en la que Hiten le dejó este problema.

Se acercó a la mesilla donde William le dejó un cubo de agua y unas cuchillas para poder afeitarse.

Estaba en la labor cuando un delicioso aroma inundó sus fosas nasales.

El perfume de las hogazas de panadería. Claro que lo conocía, sólo que hace mucho tiempo que no sentía uno.

Era claro que venían de las cocinas y Bankotsu de inmediato asoció la razón. Kagome Herbert llevaba trabajando en la casa desde hace unos días. No la había visto, pero la estuvo sintiendo en todos los odiosos pero sabrosos platos que estuvo engullendo.

No comprendía porque le daba comezón pensar en ella. Quizá porque lo engañó y no lograba perdonarla. O quizá, todo tenía una raíz más profunda, de cuando ella prefirió huir antes que casarse con él hace tantos años atrás.

Bankotsu bufó. Ese no podía ser el motivo. Él ya no era un crío y, de todos modos, se salvó de casarse con una libertina.

Acabó su labor y terminó de vestirse para bajar a desayunar. En eso, desde el ventanal del pasillo, vio una escena que no le agradó.

Kagome, vestida con delantal sonreía de lado junto a ese tal doctor Glenn, su supuesto mentor. Ambos conversando animadamente y ella parecía entregarle una cestilla. Era claro que le estaba convidando parte de la comida que se preparaba en la casa.

¿Quién le había dado autorización?

Pero sobre todo ¿Qué rayos hacía ese sujeto en su finca?

Bankotsu no necesitaba sus servicios.

Con un pésimo humor, bajó las escaleras.

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Té, café, hogazas calientes de pan, salmón ahumado, tartas de carne y tartaletas. Era un desayuno preparado con esmero.

Kagome sabía que el Coronel hoy se reincorporaba al trabajo y deseaba causarle buena impresión, así que se despertó temprano para cocinar los platillos.

Además, la joven tenía mucha confianza en sus habilidades, así que estaba segura que comerían con gusto, incluso ese señor Murtag.

Habia sobrado algo de panecillos, así que cuando su amigo el médico pasó a saludarla, ella no dudó en invitarle con una cesta. Miroku sólo quedó un momento, más había venido para preguntarle si su hermana Yura podía tomar su lugar en la enfermería.

Kagome quedó en enviar recado a Yura y ambos se despidieron.

Se puso a ordenar la alacena, cuando Wilder uno de los mellizos bajó corriendo con una bandeja llena, sin tocar.

― Pero ¿qué ocurre?

El pobre mozo parecía avergonzado.

―Le serví los platos tal como me dijo…y aunque el sargento y el administrador los comieron…el coronel probó un bocado y los rechazó.

― ¿Cómo que los ha rechazado?

―Lo siento, señorita Allem, él pidió devolver todos estos platos y ordenó que se rehagan

Kagome llevó un dedo a las comidas de la bandeja y le dio una probada. Sabían muy bien, bastante deliciosos y en su punto.

¿Qué era esta escena de ese hombre infantil?

Tuvo el primer impulso de ir a reclamar. ¿Pero cuál era el punto?

Ella era una simple criada y además si lo hacía, corría peligro de comprometer al pobre Wilder, que estaba aterrorizado de ser despedido.

La joven suspiró.

Recogió su melena, buscó harina, huevos y algo de carne seca. Conocía una receta de tarta, que no llevaba mucho tiempo el cocinarse, así que decidió hacerla.

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Jakotsu y Naraku miraban sorprendidos ante la desmedida reacción de Bankotsu.

Ambos alcanzaron a probar algo de la comida y era deliciosa, pero él las hizo devolver en la cocina e intimando a que se volvieran a preparar.

Por supuesto, no se pondrían en plan de contradecirle, porque podía tener una reacción terrible.

Naraku no entendía la situación, así que prefirió levantarse luego de excusarse en que debía revisar las caballerizas.

Quedaron Bankotsu con Jakotsu, y cuando el segundo iba a preguntarle que tenía de mala la comida que se llevaron, el ruido de unos tacones lo hizo desistir.

La propia Kagome se materializaba, cargando una humeante bandeja.

Bankotsu no le despegó la mirada de encima, mientras ella servía los platos.

― ¿El administrador no desayunará?

―Limítese a servir el desayuno sin hacer preguntas y por su bien, espero que esta vez sepa bien ―gruñó Bankotsu, con una grosería que espantó a Jakotsu, quien se sentía en medio de una fuerte tensión en el fuego cruzado de miradas entre la joven y el Coronel.

El joven sargento, incomodo, dejó su servilleta y salió discreta y rápidamente del allí, arrepentido de no haber seguido a Naraku.

Bankotsu notaba que ella intentaba contenerse.

―Si me dice la siguiente vez cuales son los ingredientes que no le gustan de la comida, las omitiré la siguiente vez ―adujo ella, con el rostro rojo y nervioso.

Pero Bankotsu tenía atascado algo en la punta de la lengua que no iba a mesurar.

―El problema aquí es que está distraída.

―No sé a qué se refiere, siempre cuido mucho los fogones y el gramaje de las cantidades ―se justificó ella, sin comprender el ataque.

Pero el mal genio de Bankotsu estaba desatado.

― ¿Acaso me va a negar que las visitas masculinas que recibe no la distraen?, no pierde el tiempo ¿verdad? ―refirió con crueldad ―. En mi casa, no aceptaré liberalidades de ningún tipo ¿acaso no aprendió la lección en casa de su tío?

La cara de Kagome se arreboló con intensidad, y en su pecho se acumularon la rabia y la indignación.

En un impulso, cogió el té frio que estaba en el tazón y se lo derramó directo a la cara de Bankotsu.

Al darse cuenta de su acción, Kagome se asustó y corrió.

Bankotsu se incorporó intempestivamente también y caminó zancadas para alcanzarla. No fue difícil y la detuvo fuertemente por un brazo.

Ella lloraba.

― ¿Cómo se atreve? ¿Quién es usted para juzgarme? ¡suélteme! ―ella quiso desasirse

― ¿Acaso lo negará? ―insistió él

― ¡Por supuesto que lo niego!, el doctor Glenn sólo es mi mentor, quien me dio trabajo cuando nadie lo hacía. Es un buen hombre ―Kagome se limpió las lágrimas con el brazo libre ―. ¿es que acaso me seguirá castigando toda la vida porque no quise casarme con usted cuando éramos jóvenes? ¡créame que lo sigo pagando!

Kagome había ido directamente al grano, colocando sobre la mesa sobre aquello de lo que no hablaban.

Bankotsu la soltó.

―No es eso.

―Entonces nada tiene justificación. Y ya que tanto pregona que su casa no aceptará liberalidades de ningún tipo ¿Por qué sigue trabajando con Naraku Murtag?, es un hombre siniestro y no tiene buenas intenciones con mi hermana ―Kagome se puso defensiva.

―Murtag es un sujeto sombrío y hasta pintorescamente extraño, pero no es mala persona. No sé si pueda decir lo mismo de su amigo.

―Usted no lo conoce.

―Pero sé leer a las personas, y en esto tengo bastante experiencia.

Kagome lo miró con sus ojos cristalizados.

―Si tanto sabe de las personas realmente ¿de verdad me cree una meretriz?

Hubo un cruce de miradas.

Bankotsu fue capaz de ver el cristalino del iris de sus ojos de ella. Transparente y diáfano, incluso cansado. Quizá de que todos la juzgaran y que siguiera pagando tan caro un error de su juventud.

Ella decía la verdad. No era ninguna furcia. Tan solo una mujer atribulada.

Y él era un imbécil.

Kagome se marchó corriendo hacia la buhardilla, dispuesta a coger sus escasas pertenencias y largarse de allí.

Bankotsu quedó unos momentos, hasta que la siguió hasta la puerta de su habitación donde le cerró el paso.

―De acuerdo, soy un idiota. No debí haberle dicho tal cosa.

Ella que no se esperaba tal muestra, porque nunca creyó que el implacable coronel pudiera aceptar un error, quedó boquiabierta.

―Retome su trabajo y prometo no volver a decirle algo como esto. Es parte de mi endemoniado carácter que ya no puedo controlar ―siguió diciendo él

Ella, una buena persona por naturaleza, asintió con la cabeza.

Aceptaba aquella disculpa, dicha tan a la manera del impetuoso coronel.

―Entonces, déjeme servirle el desayuno. No podrá negarse a la tarta, que es mi mejor receta.

El hombre esbozó una sonrisa y la siguió de nuevo al comedor

Habían corrido peleados y con enojo. Ahora regresaban tranquilos, como si una parte del rencor entre ellos se había apagado en parte.

Bankotsu devoró con fruición el desayuno ante la mirada de la joven.

Él iba a decirle algo, pero la charla se cortó, cuando entró William a avisar de que el señor Murtag tenía dificultades con algunos desalojos.

Cuando Bankotsu volvió la mirada, ella ya había regresado a la cocina.

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Kagome no volvió a salir hacia el comedor o algún otro sitio donde pudiere cruzarse con Bankotsu. Luego de que ella y sus compañeros acabaron la cena, ellos se marcharon a casa. Ella subió a su habitación a prepararse para el sueño. Estaba agotada.

En la alacena de la cocina había dejado algunas tartas, porque Jakotsu le dijo que volverían tarde.

El sargento Mills era alguien muy afable, ya que luego de la discusión con Bankotsu, fue a buscarla para preguntarle si todo estaba bien.

Ella no le dio detalles, pero insistió que ya todo estaba bien.

La joven se desató la trenza y se puso un camisón abrigado. Se sentó a escribir una carta para Yura, para comentarle sobre la oferta laboral del médico. Que le enviaría mañana con uno de los mellizos, luego del desayuno, cuando los hombres se hubieran ido.

Por algún motivo no podía dormir y cada tanto dejaba la escritura e iba mirar por la ventana, cuando creía oír el casco de un caballo.

Si vio al sargento Mills cuando llegaba, incluso cuando lo hizo Naraku que se retiró enseguida. El administrador vivía solo en una casa dependiente a dos kilómetros de la mansión principal.

Kagome acabó la carta y seguía inquieta. No sabía cuánto tiempo había transcurrido. Cogió la palmatoria y salió al pasillo, a buscar el viejo reloj.

Ya era poco más de las diez de la noche. Muy tarde.

Y ni rastro del Coronel.

Lo que era claro es que no podía dormir. Tal vez un poco un de aire fresco le vendría bien.

Encima de su camisón, se calzó un sobretodo y tomando la puerta trasera, decidió salir.

La luna se reflejaba en su piel y la brisa nocturna era agradable. No recordaba la última que hubiera dado un paseo así. Siempre estaba trabajando y volvía cansada a la casa de los Allem.

Sólo tenía pensado llegar hasta la entrada del bosque, donde acababa el prado para luego regresar, ya que era oscuro y le temía a las serpientes.

Pero cuando llegó al que debía ser su punto de llegada, el sonido de un hacha cortando algo con fuerza la hizo quedarse.

Debía regresar, pero en cambio, movida por un sentimiento inexplicable se acercó atraída al ruido, que llevaba ya cerca del pequeño lago interno del bosque.

Al principio no vio nada, pero se apresuró a esconderse tras un árbol, cuando se encontró con el causante del pequeño alboroto.

Era el Coronel, sin camisa, sólo con pantalón y botas, junto a una pila de troncos.

El hombre no se había dado cuenta de su presencia y cortaba cada una de aquellas grandes ramas con mucha fuerza.

Kagome quedó boquiabierta con la intensa visión de la piel desnuda de aquel hombre. El fulgor de la luna destellaba por sus pectorales perfectamente formados y esos brazos que tenían el tamaño suficiente para sofocar a una mujer de su tamaño si quisiera.

Pero la admiración duró hasta que se dio cuenta de su expresión.

El coronel tenía un semblante dolido, agobiado, angustiado y triste. El brillo de sus ojos lucía apagado como si estuviera viendo imágenes traumáticas o que inclusive los estuviere reviviendo.

El hombre no estaba cortando troncos porque le gustara o por necesidad, sino que, con aquel acto de golpear, estaba descargando una tensión que lo estaba ahogando.

Luego en un acto fugaz, lo vio arrojar el hacha a un lado y sacó una pistola y comenzó a disparar a unas piedras dispuestas.

Todas fueron partidas en dos, dando cuenta de la precisión del tirador. Kagome no entendía de armas, pero era claro que era una pistola adaptada, ya que según había leído, éstas necesitaban ser recargadas entre balazo y otro.

Igual, aquel hecho no le importaba.

Lo que sí la mortificó fue comprender el motivo por el cual el Coronel estaba haciendo eso.

Lo había leído una vez. Que decían que era un mal que traían los soldados de la guerra. Como un trauma que les impedía dormir o tener relaciones sociales adecuadas. Incluso cambiaba el carácter a las personas.

Kagome entendió que ella estaba demás allí. Ese asunto sólo le concernía al coronel y ella estaba violando su privacidad en algo donde las demás personas sobraban.

Acomodó su sobretodo y se escabulló de prisa de allí.

De camino a la casa, entendió todo.

Así como ella cargaba el estigma de ser una ramera para todos los que la conocieron en su vida pasada, sobre él pesaba el doloroso fantasma de la guerra. Ese maldito genocida que se llevó miles de vidas, entre ellas de su mejor amigo, Hiten.

Aquel descubrimiento suscitó en Kagome, una insólita ternura por aquel hombre que seguía peleando sus batallas aun cuando estas ya habían acabado.


CONTINUARÁ

Ya tenemos 11 y aquí dejo mis besos a PAULAYJOAQUI, ISADI NUESTRA DEDICADA, MONSE, NICKY, NENA TAISHO, NUESTRA GABY013, LITAMAR, NUESTRA FRAN GARRIDO.

Y TENEMOS UNA GUEST.

Veo si el 12 puede estar listo el domingo pero si acabo antes, ya saben que publicaré.

Los quiere.

Paola.