INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ.
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Corazón en invierno
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CAPITULO 12
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Capítulo dedicado a NENA TAISHO, nuestra hermana de México.
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Kagome Herbert, es decir Allem llevaba trabajando para Goldfield cerca de dos semanas.
Y Bankotsu entendía que estaban llevando la fiesta en paz.
La comida era deliciosa y aunque se encontraban por las tardes cuando ella le aplicaba el emplaste medicinal por la pierna, el trato era frío y profesional. Sea lo que esa pomada tenía, le producía un alivio intenso, tanto que se atrevió a viajar sin llevar el bastón que tanta vergüenza le daba, porque le daba una sensación de ser un lisiado.
Y aunque el trato entre ambos tenia las características de un patrón y una sirvienta, con la distancia que conllevaba la misma, algo había cambiado.
Y era la transigencia, tolerancia y respeto que ahora se daban, luego de la horrible discusión tenida donde ambos dieron a conocer sus pensamientos sobre el otro.
Otro punto que le agradaba de ella, es que no lo miraba con lastima cuando curaba su pierna maldita, sino que le imprimía un cuidado discreto.
El coronel Hamilton junto a Naraku Murtag programaron un viaje de negocios a Bath, ya que el dueño debía arreglar algunas transacciones que se vieron trastocadas luego del corte de suministros ocasionados por el despido de varios aparceros.
El sargento Mills quedó a cargo en lo que iban a ser cinco días de ausencia y se respiró cierto alivio entre el personal.
―De los quince aparceros con orden de desalojo, sólo cuatro cumplieron efectivamente, al resto aun le aplicamos cierta tolerancia por antigüedad ¿quiere que emita un boletín pidiendo nuevos granjeros? ―preguntó Naraku, quien tomaba nota.
Ambos estaban en el comedor de la posada donde quedaban en Bath.
Bankotsu no entendía su propio cambio de pensamiento. Cuando tomó posesión de la propiedad estaba decidido a renovar todo, pero aparentemente el contacto con esas pobres personas le ablandó en parte el corazón.
La culpa la tenía Kagome, ya que ella había suplicado tanto y fue capaz de todo por salvar el contrato de su familia.
Sólo por eso estaba haciendo la vista gorda y no procedía al desalojo compulsivo de aquellas personas, pese a que ya había recibido solicitudes de otras de mejor prospecto para arrendar.
Sólo llevaba dos días y medio en esa ciudad. Y ya estaba agotado. Quería volver. Deseaba hacerlo. Tenía que hacerlo. Como si algo le llamase a regresar cuanto antes.
Fue cosa de un segundo decidir que Naraku quedara a terminar el trabajo y él se volvería sólo a caballo a Lingfield.
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Yura Allem era demasiado bella para su propio bien, y por ello agradecía el haber conseguido el trabajo con el médico. Uno que perfectamente podía conjugar con el trabajo de costura y bordado que tan bien se le daba.
Además, le permitía estar de cerca junto al buen doctor. Y como bien le dijo Kagome, el otro motivo por el cual ella se marchaba en paz a trabajar a Goldfield era el saber que ella, con el apoyo del buen doctor, estaría protegida de Naraku, ya que el médico se encargaba de llevarla y traerla.
Miroku era una persona alegre y jovial con los pacientes, pero también era reservado y educado.
Porque nunca daba muestras de avanzar sobre Yura, que empezó a beber los vientos por él gracias al estrecho contacto.
Sería un matrimonio bastante dispar si llegaba a concretarse, ella hija de un granjero, y él un médico de buena posición económica. Pero por soñar no pasaba nada.
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Bankotsu llegó, y apenas lo hizo, salieron los sorprendidos mellizos a recibirlo. No lo esperaban.
―Llevad a Diablo al establo, y ponedle doble ración de agua y forraje ―ordenó entregando las riendas
Wilder se adelantó, parecía nervioso.
― ¿Por qué no pasáis primero al salón por té?
Eso sí fue extraño. ¿Desde cuánto le ofrecían eso en su propia casa? Y además él no bebía té.
Notaba al mellizo, como si no quisiera que entrara más allá.
―Haced lo que os digo. A ambos ―volvió a ordenar a Bankotsu
Los pobres hermanos no tuvieron más remedio que obedecer, pero era claro que le ocultaba algo.
Bankotsu era desconfiado y se llevó una mano en el saco, donde guardaba un puñal, y entró a la casa.
Todo en orden. Sus instintos no le daban cuenta de nada extraño, pero cuando se acercó hacia el pasillo que conducía a las cocinas, oyó varias vocecitas indistintas.
Imprimió cuidado a sus pisadas y fue más adelante, al llegar a la cocina se ocultó y allí vio a tres niños sentados en la mesa del servicio, comiendo dulces y de espaldas, Kagome atendía el fogón. Los pequeños comían con fruición y Kagome se veía tan feliz y relajada en medio del bullicio infantil.
Muy diferente a esa tensión que le notaba cuando estaba con él.
Ahora entendía porque los mellizos se pusieron nerviosos al verlo llegar inesperadamente. Es que eso significaría que se revelaría el pequeño secreto de que Kagome recibía niños en la casa y les daba de comer.
En otros tiempos podría regañarlos, por desobedecer sus órdenes o por meter extraños a la casa.
Pero no pudo hacerlo. No cuando Kagome se veía tan distendida y tranquila.
Temía que, si intervenía, sí que lo tildarían por el mote por el cual se lo conoció cuando estaba en el ejército, El Diablo Hamilton, el mortífero tirador de las fuerzas de coalición contra el bloque bonapartista.
Muchos le creían un sujeto sin sentimientos e incluso amoral, por su falta de paciencia. Pero lo cierto es que él era un hombre hecho a sí mismo que le costaba entender la debilidad de otros, porque él creía no haber tenido nunca ninguna.
Así que dio vuelta y se marchó calladamente para que ella ni los mocosos no se dieran cuenta de su presencia.
Además, tampoco tenía ganas de admitirse que había vuelto, porque quería estar cerca de la tranquilidad que le inspiraba esa mujer tan particular que el destino se empeñaba en ponerla una y otra vez frente a sus narices.
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Unas horas más tarde, cuando le tocó preparar la cena, Kagome ya había sido alertada de que el Coronel había vuelto.
No quería que los mellizos pagaran por su culpa, así que cuando las bandejas de salmón estuvieron listas, ella misma se encargó de llevarlos a la mesa donde esperaba el Coronel y Jakotsu.
Al entrar se topó con que él no le despegaba la mirada de encima, y eso la puso nerviosa. Tanto que se equivocó al servir el arroz al sargento Mills. Es que a pesar de que ella tenía los ojos atentos a la mesa y la labor, ella podía sentirlo a él.
Sabía que se vendría un reclamo en un momento a otro.
― ¿Dónde están los mellizos? ―oyó la voz del Coronel
―Es que sentí que estos salmones para poder disfrutarlos, merecen una buena mezcla con las salsas y debe hacerlo alguien que sepa de cocina ―se excusó ella
―O quizá temen que los despida porque me ocultaron la interesante visita que tuvieron hoy.
Las manos de Kagome temblaron. Lo que temía.
―Le ruego asumir toda la culpa. Son niños, los mismos de la escuela…
―Esa cabaña fue demolida ―observó Bankotsu
―Lo sé, y esos niños solo contaban con esa ración de comida de la escuela. Sus padres perdieron sus trabajos con el anuncio de cancelación de contratos de arrendamiento que se aplicó. Yo pagaré toda la comida que les di ―se apresuró Kagome en rogar
Un silencio de unos segundos se hizo.
Ni Jakotsu se atrevió a intervenir.
―No sea ridícula, no soy tan miserable como para obligarla a pagar por un mendrugo de pan.
Kagome alzó la mirada, sorprendida por aquella respuesta tan magnánima.
―Puede seguir invitando a esos mocosos, siempre y cuando no entren al despacho ni se acerquen a mí ―agregó.
Si Kagome hubiera tenido platos en la mano se le hubieran caído.
Aquel permiso casi la hizo lagrimear. Se apresuró en hacerle una reverencia de agradecimiento.
―No haga eso, no estamos frente al príncipe regente ―siseó él, algo avergonzado del gesto de ella.
Y allí ocurrió algo que le iluminó. Kagome le sonrió dulce y cálidamente.
Tanta fue la impresión que la causó, que casi se atraganta con un trozo de la cena. Afortunadamente ella se marchó antes de darse cuenta.
Pero si quedó Jakotsu, quien quedó mirándolo con cierta pillería.
―No quiero oír comentario alguno ―siseó Bankotsu, para cortar cualquier idea de su camarada.
Él siguió cenando, procurando que por su rostro no se vislumbre de que estaba feliz por haber vuelto a casa. Y todo porque sabía que ella y su deliciosa comida lo esperaban.
De hecho, ni él lo admitía para sí mismo.
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Al día siguiente, volvieron a encontrarse cuando Kagome fue a llevarle el café en el despacho.
Él estaba trabajando.
Ella, hacendosa, trajo la bandeja con las delicias y la bebida preferida del coronel.
Hubo un interesante silencio mientras ella servía. Él no le quitaba los ojos de encima y cuando ella estaba marchándose de vuelta con la bandeja vacía.
―Creo que eres apta para una pregunta.
Ella giró, con cierto nervio a cuestas.
―Estoy a sus órdenes.
―Me gustaría saber tu punto de vista, porque es claro que tienes uno, sobre los desalojos dispuestos a los antiguos granjeros ―preguntó él
Ella se asombró que la consulta fuera esa. ¿Por qué le preguntaba eso si sabía que la respuesta la iba a comprometer?
―No tema darme su auténtica opinión ―autorizó él
Ella apretó su mano con la otra.
―Es injusto con esas personas, muchos llevan trabajando en esas parcelas desde otras generaciones. No merecen perder por lo que tanto han trabajado.
Bankotsu bajó su pluma.
― ¿Entonces es justo que yo acepte aparceros que no se adecuen a las nuevas reglas de agricultura? Ya no estamos en la década pasada. ¿Por qué debería aceptar las debilidades de otras personas que no fueron capaces de adecuarse al sistema? ―argumentó él
―Es que nadie dijo que fuera justo para usted, pero esos granjeros no tuvieron oportunidad de adquirir los conocimientos de las nuevas corrientes. Estoy segura que si se les diera una chance, una capacitación adecuada, las cosas serían distintas y usted estaría satisfecho ―razonó ella
Él sentía interés por el punto de la joven.
― ¿Y porque cree que sería mejor con ellos?
Kagome suspiró.
―Los lugares cambian de dueño, pero la memoria no ―Kagome los miró con sus enormes ojos marrones ―. Nadie podría entender sus parcelas como la entienden ellos.
En este punto, Bankotsu estaba fascinado oyendo la justificación de la joven. Él nunca lo había pensado de aquella forma. Se levantó y se acercó a la joven, tan cerca que él podía verla a los ojos, con sólo bajar la mirada.
Justamente su aversión a la debilidad y cobardía, es que sus últimas acciones podían ser catalogadas como insensibles y malvadas. Pero Bankotsu creía tener razón.
Pero de boca de esta mujercita, se oía diferente.
Antes de poder decirle algo, tocaron la puerta y William entró con una bandejita con una carta que acababa de llegar.
Kagome quiso aprovechar y huir con William, quien salió apenas entregó lo que el correo acababa de traer.
―Quédese, por favor ―pidió él, mientras rompía el sobre y extendía la carta para leerla.
Era una misiva del gran duque de Wellington, su padrino. Generalmente las cartas de él le agradaban, ya que ese hombre era como su padre y responsable de gran parte de su crianza.
Acabó de leerla y arrugó la carta.
Kagome lo miró interrogante.
―Espero no sea nada malo.
Bankotsu negó con la cabeza.
―Pero sí inoportuno ―el coronel regresó a sentarse a su despacho ―. Tendremos visitas en la casa.
― ¿El duque vendrá? ―preguntó Kagome
―No, pero sí unos amigos que estarán de paso por aquí. Aparentemente son gente de cierta posición y el duque nos pide recibirlas ―anunció Bankotsu con aburrimiento, maldiciendo internamente a su padrino de meterlo en estos aprietos ―. Ni siquiera sé que se hace con un huésped.
―Pero yo sí y la regla de la hospitalidad es recibirlos con una buena comida. Puedo diseñar un menú ―ofreció ella, con una sonrisa jovial
A Bankotsu ya no le sorprendía que ella tuviera una solución. Su respuesta de hace un rato, sobre los aparceros, había sido tan clara y firme que había resquebrajado cualquier idea anterior suya.
No sólo eso, cualquier cosa que ella decía se le prestaba prudente y sensato.
―Entonces confiaré en sus ideas ―aceptó él
Ella se puso las manos en el delantal y parecía estar haciendo una visualización mental.
―Necesitaré ir al pueblo por ingredientes.
―Lo que necesite, haga una lista y enviaremos a uno de los mellizos que lo traiga mañana.
Pero Kagome negó.
―No, mañana ya sería tarde, porque hay alimentos que necesitan ser marinados, y lo mismo los pasteles. Tienen un tiempo de elaboración y cocción ―razonó la joven ―. Entiendo que los mellizos están ocupados arreglando el coche averiado, así que iré yo misma.
― ¿Es que no puede esperar que ellos estén libres?
―Yo sé de cocina ―rebatió la mujer ―. Si salgo ahora mismo, podré volver esta misma tarde, soy buena amazona.
Por supuesto que Bankotsu sabía que ella era una gran amazona, posiblemente la única mujer que conocía que podía cabalgar a la par de un hombre.
―Hasta me daría tiempo de visitar a mi hermana, y traer algunos implementos para la medicina del emplasto.
Bankotsu ya no pudo negarse, no cuando ella estaba tan animada. Además, aquella excursión le serviría para ver a su hermana. Los caminos eran seguros y ella volvería esa misma tarde.
Maldijo que no estuviera Naraku para suplirle. De estar presente el administrador, Bankotsu podría acompañarla.
Kagome salió rápidamente a prepararse, una vez obtenido el permiso tan preciado.
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Ya había caído el anochecer cuando los Bankotsu y Jakotsu regresaron a la casa. Pasaron el día reparando las caballerizas y el carruaje averiado.
No esperaban más encontrar a los mellizos ni a la señora Reynolds, pero si la sabrosa cena de Kagome.
¿Qué platillo habrá preparado?
Probablemente llovería, así que un plato de sopa estaría muy bien.
Los hombres entraron a la casa, y salió uno de los mellizos a su encuentro.
― ¿Por qué no has ido a tu casa? ―preguntó Bankotsu
―La señorita Allem me dijo que me quedara hasta que ella volviera, así que yo y William, que está encendiendo las chimeneas la seguimos aguardando.
Eso le dio mala espina a Bankotsu.
¿Cómo es que ella aún no había vuelto?
Miró hacia la calle y la entrada, y nada. Ningún sonido de casco de su caballo.
Bankotsu se sacó los guantes y entró al corredor.
―No te preocupes, seguro que el encuentro con su hermana se extendió más de la cuenta ―expresó Jakotsu
Wilder se apresuró en traerles un refresco, pero Bankotsu no prestaba atención.
―Creo que debería ir a buscarla…
―No, recuerda que le diste un permiso. Eres su patrón, no su marido ¿Cómo se verá que no respetes su espacio? ―adujo Jakotsu, cogiendo el tazón fresco que le ofreció el joven mozo ―. Por la cena, no te preocupes, que, en la alacena, ella siempre deja tartas de carne seca.
En eso se oyó el sonido de galope de un caballo.
¡Tenía que ser ella!
Bankotsu dejó su vaso sin terminar y salió a la puerta.
Pero sus ojos se abrieron con todo, cuando notó que en efecto ése era el caballo que Kagome utilizó para ir al pueblo, pero venía sin su jinete.
― ¿Qué demonios?
Tras suyo, apareció Jakotsu.
Para más drama, comenzó a lloviznar, pero a Bankotsu no le importó y salió a revisar el caballo junto a los otros hombres. La montura estaba puesta e incluso la bolsa de monedas atada a ella.
Pero ni rastro de Kagome.
CONTINUARÁ.
Gracias hermanas, y bienvenida CONEJA al fic, que vino a unirse a FRAN GARRIDO, GABY013, PAULAYJOAQUI, ISADI, NENA TAISHO, MONSE, NICKY Y LITAMAR. Y NUESTRA MISTERIOSA GUEST.
Ahora a preparar capítulo 13.
Ah, olvidé decirles que salvo imprevisto quealgún capitulo sea muy extenso, este fic tendrá 21 episodios.
perdón si se topan con errores, jajaja, que no me di cuenta
Besuque.
Paola.
