INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ.
.
.
.
Corazón en invierno
.
.
.
CAPITULO 13
.
.
.
Capítulo dedicado a NICKY, nuestra hermana de México.
.
.
Bankotsu se horrorizó al ver regresar sola a la montura de Kagome y además la yegua parecía asustada.
― ¡Preparad los caballos, que salimos ahora mismo! ―ordenó, señalando a los otros hombres ―. Incluso vosotros ―agregó Bankotsu, mirando a William para que avisara también a su mellizo.
Jakotsu no discutió, así que corrió junto a William a preparar cuatro caballos.
La yegua de Kagome fue llevada al establo, estaba demasiado estresada y para peor cuando los hombres cabalgaron, se suscitó una llovizna más fuerte.
Pero a Bankotsu no le importaba, tenían que encontrarla, aunque le tomara toda la noche, luego de cruzar el bosque, irían al pueblo, y no dejarían de escudriñar ningún sitio.
Incluso rogaba que estuviera tomando té en casa de ese médico, que no lo causaba ninguna gracia a Bankotsu, pero prefería eso que estuviese perdida.
Al llegar al bosque, los cuatro se separaron, todos llamando a Kagome.
― ¡Señorita Allem!
Pero sólo el gutural sonido del silencio del bosque mezclado con la sempiterna de la lluvia, que, para peor, empezó a caer con más fuerza conforme avanzaba el grupo.
Jakotsu y Bankotsu, haciendo uso de su capacidad de rastrear, se dispersaron en el bosque. William fue a casa de los Allem y Wilder al pueblo a preguntar al tendero, donde Kagome debió haber ido y también al médico, por si la joven estaba allí.
Pero Bankotsu tenía un mal presentimiento y su estado de ánimo se atormentaba. Finalmente, su capacidad de rastrillaje dio fruto cuando dio con las huellas de la que probablemente fue la yegua de Kagome, ya casi borrada por las gotas de agua.
Bankotsu se acercó despacio, hasta que el horror se apoderó de él.
Un cuerpo estaba arrojado en medio del barro. Él se apresuró en bajar y revisar.
Apenas sorteó la oscuridad, para su pánico, reconoció a Kagome.
― ¡Oh dios mío!
Estaba viva, pero inconsciente, y totalmente empapada. Mantuvo su autocontrol, cargándola sobre el caballo y sacó su pistola para arrojar una bala al aire. La señal para que Jakotsu entendiera que Kagome ya pudo ser hallada y que debían reunirse.
El coronel acomodó su preciosa carga, y galopó a toda prisa hacia Goldfield. En la salida del bosque, ya lo esperaba Jakotsu.
En ese momento también apareció William, que regresaba de la casa de los Allem.
―Fue un desastre, ya que los señores Allem insistieron en venir a ayudar ―informó el joven mozo al ver que el coronel cargaba a la joven cocinera.
―¡Ve y busca al médico! Aunque sea a rastras lo vas a traer ―le ordenó Bankotsu, antes de emprender la marcha a la casa.
Debían resguardar a Kagome a como diera lugar.
.
.
.
El cuerpo inerte de la joven fue puesto en la cama de invitados de Goldfield, ya seca y aseada. Gentileza de la señora Allem y Yura, quienes llegaron a la finca, asustadas luego de que los mellizos pasaron a buscar a Kagome.
Además, también vinieron el señor Allem, la señora Reynolds y el médico que fue traído casi de los pelos por William.
Los Allem ya estaban en la puerta de Goldfield cuando el grupo de Bankotsu llegó. Era claro que no la dejarían, porque Kagome era de los suyos.
Kagome tenía un severo enfriamiento y un golpe en la cabeza, un traumatismo que se dio al caer de la yegua.
Las causas de la caída, sólo sabrían cuando ella misma despertare.
Pero no daba señales de ello. Miroku le administró los mejores medicamentos que conocía según el diagnóstico.
Un tratamiento a base de quinina y propolio para bajar la fiebre, para ayudarla a despertar de la inconciencia.
Pero la muchacha no daba muestras de mejorar.
―Debe haber otro tratamiento ―insistió Bankotsu
―Me temo, coronel, que la quinina y el propolio para la fiebre es lo único que puedo ordenarle ―dictaminó Miroku ―. Además, ella necesitará que se los administre cada dos horas, así que necesitará alguien que pase la noche en vela para dárselos y claro, cuidarle el vendaje de la cabeza.
Yura, quien junto a su madre estaban sentadas al costado de la cama de la enferma, se levantó junto a Miroku.
―Yo cuidaré de ella
―No ―la voz potente de Bankotsu sorprendió a los presentes ―. Yo me quedaré con ella, es mi responsabilidad el haberle permitido esa tonta aventura. Me corresponde a mí el quedarme, además en la guerra, nosotros mismos debíamos aplicarnos medicinas así que sé de qué trata.
En todo caso Bankotsu no tenía derecho ni obligación. No era el marido ni el amigo de la herida, tan sólo el patrón, pero con tamaña determinación demostrada ¿Cómo luchar?
La señora Allem acabó tomando el brazo de Yura, para que cediera, porque el coronel estaba decidido.
―Se hará como dice ―agregó la señora Allem
El médico le enseñó a Bankotsu las medidas. Y era claro que, si Kagome pasaba la noche, sobreviviría, ya que aquella medicina combatiría la fiebre desde adentro.
En eso, Yura y su madre salieron al pasillo para unirse al señor Allem, que esperaba preocupado.
Dentro quedaron el coronel, Jakotsu y el doctor Miroku escribiendo la prescripción.
El sargento Mills era un hombre sensato, así que aprovechó que el médico estaba concentrado escribiendo en el pequeño escritorio, para acercarse al coronel.
―Esto quizá no sea bien visto. No puedes quedarte con la muchacha a solas, deja que lo haga su familia ―le dijo en voz baja y luego añadió ―. Quizá tu tengas reservas sobre su reputación…
―Estaba equivocado ―lo interrumpió Bankotsu, cansado y afligido ―. Ella no se merece que nadie la juzgue, y menos yo.
Jakotsu ya no pudo replicarle nada más y más al ver el estado de su amigo.
―Tengo que hacerlo yo, porque todo es culpa mía ―agregó el joven coronel, antes de volverse al médico que le entregó lo necesario para medicar a Kagome.
Los Allem no se marcharon, quedaron en vela, junto a los mellizos y la señora Reynolds que quedaron en el comedor del área de servicio.
Las horas pasaban y el asunto era aún más desesperante. La joven había pasado en la intemperie varias horas, sufrió el embate de las lluvias y el enfriamiento producía una fiebre que no le bajaba.
Pero pese a todo, Bankotsu permaneció en el sillón a su lado, firme, sin permitir que nadie más interviniese. No confiaba en nada más que sus manos para asegurarse que ella recibiera la medicina. Permanecía atento a cualquier movimiento.
Además de la desesperación, le podía la culpa y el remordimiento.
Si él no hubiera echado a todo el resto del personal de la casa, Kagome no se habría visto en la necesidad de aventurarse y tener aquel accidente. Es que sólo él podía ser tan imbécil y avaro, por ahorrar unas míseras monedas, y de paso arruinar el modo de vida de esas personas.
Era claro que el cielo le estaba castigando.
Casi las cuatro de la madrugada, el pesar ya no pudo con él, y se acercó a la enferma.
Le cogió la mano, que hervía en calentura.
―Solo pido que despiertes…―susurró tuteándola ―. Si lo haces, te prometo que reconstruiré la escuela y volveré a recontratar a toda esa gente. Incluso dejaré a esos arrendatarios que hice echar…no te vayas, no me cargues el arrepentimiento…
Si tenía que rogarle al cielo, lo haría. ¿Cómo es que de nuevo la vida le arrebataba lo único bueno que tenía su vida?
Primero le quitó a su mejor amigo y ahora pretendía quitarle a ella.
¿Y que era ella?
Bankotsu no tenía más que rendirse a la evidencia. Estaba haciendo un espectáculo frente a todos con esta actuación, comprometiendo el honor de la joven, pero no quería ni podía dejarla. Y no entendía el motivo.
Sólo es que sabía que, si era posible, él daría su vida por ella.
Una mujer inocente y buena como Kagome no tenía que pagar la de pecadores como él.
Volvió a apretar la mano inerte de Kagome y en un acto reflejo inevitable, al ver los labios de ella, acercó su boca a la suya por unos cortos segundos, pero suficientes para detectar su sabor y calor.
Se alejó enseguida ¿Por qué estaba haciendo eso?
En eso golpearon la puerta y dio el permiso.
Era Jakotsu, que traía café en las manos.
―Están todos en la cocina, incluso el señor Murtag que acaba de llegar del viaje y se ha encontrado con este desastre.
―Ese hombre no merece cargar con nuestros problemas, acaba de llegar, así que mándalo a descansar ―ordenó Bankotsu ―. Pero antes dile algo.
― ¿Qué cosa?
―Que mañana vuelva a recontratar a todo el personal despedido desde mi llegada, y que renueve contrato con todos los antiguos aparceros. Que los que llegaron a irse, que mande mensajeros con mi oferta renovada.
Jakotsu se quedó de una pieza.
―Debe ser una broma ¿verdad?
―Ninguna broma.
Jakotsu no se iba a poner a discutir lo que siempre le pareció una injusticia, así que luego de dejar la taza de café en manos de su amigo, se marchó a cumplir la última orden del coronel.
Bankotsu cerró la puerta, dejó la taza humeante en cualquier parte y regresó al lugar cerca de la cama donde estaba ella.
.
.
.
Yura estaba en el Porche trasero, derramando lagrimas silenciosas por Kagome. Ella era su hermana en todo menos en la sangre. Así como su otra familia la abandonó, ella ni sus padres no la dejarían nunca a su suerte.
Aún seguía lloviendo y Yura tenía ganas de arrojarse afuera, empaparse y pedirle al cielo por su querida hermana.
En ese momento, algo caliente le cubrió los hombros, haciendo que Yura girara de sorpresa.
Se topó directamente con Naraku Murtag, quien le había puesto su propio abrigo encima.
Ese hombre de nuevo.
Yura se apresuró en quitarse el abrigo y se lo arrojó.
―Creo que nunca entenderá que no quiero nada de usted ¿Cuándo me dejará en paz?
Yura se sentía envalentonada, porque estaba en casa del coronel, y además su reciente trabajo con cercanía al médico le daba un cierto tinte se seguridad.
― ¿Por qué no puede aceptarme? ―la voz de Naraku emergió
―Porque amo a alguien más y pronto me casaré con él ―mintió Yura ―. Así que le sugiero que cese con sus avances o de lo contrario se lo contaré a mi prometido.
― ¿Quién es ese hombre? ¿lo conozco? ―Naraku parecía afectado, pero se recobró.
Yura decidió ahondar en su farsa,
Si servía para alejar a este molesto sujeto.
―Es el doctor Miroku Glenn y cuando nos casemos, nos iremos a Escocia ¿Qué le parece?
Pero Naraku no respondió, pero se quedó viendo a Yura, como si quisiera beberse su cara.
―Yo también soy escocés.
―Pero es uno que no quiero ―amenazó Yura
―Es que no me conoce
― ¡Ni quiero hacerlo! ―exclamó Yura.
Naraku se acercó un poco más y parecía que iba a decir algo.
― ¿Está todo bien? ―interrumpió Jakotsu
Naraku se acomodó el sombrero.
―Nada, que ya me retiraba.
El hombre se marchó enseguida. Ya poco antes el sargento Mills le había dado sus nuevas órdenes y no tenía nada que hacer allí.
Yura, cruzada de brazos, observó marcharse al sujeto. Siempre le había parecido siniestro, pero la reciente cercanía le dio cuenta de que ese hombre quizá era algo más. Tenía un aspecto hasta humano.
Igual Yura no tenía deseos de indagar más en ese sujeto tan reservado.
―Creo que debería entrar al comedor con sus padres, señorita Allem. Aquí refresca o si gusta le proporcionamos una habitación para descansar ―ofreció Jakotsu, sacándola de sus particulares pensamientos.
Yura meneó la cabeza.
―No podría descansar con mi hermana en ese estado.
El sargento Mills se compadecía de la situación.
―Entonces venga a tomar té con nosotros.
Yura aceptó. Era mejor entrar y así quitar cualquier posibilidad de reencontrarse con Naraku.
.
.
.
Le dolía la cabeza y la sensación de cansancio era agotadora. Además, sentía sus ropas mojadas. Estaba empapada, era claro. Quizá por el sudor de la fiebre, porque algo había percibido en su letargo. Por la ligera luz que percibía tras sus retinas cerradas, era evidente que el sol ya había salido.
Recordaba su propio accidente y las imágenes se agolpaban en su mente.
Sin abrir los ojos, quiso llevar una mano sobre su cabeza, cuando notó que su derecha estaba fuertemente sostenida.
Abrió los ojos y se encontró con el coronel Hamilton, que dormitaba con la cabeza sobre la cama y el cuerpo arrodillado, pero que no soltaba su mano.
Dormía y Kagome sabía que, si movía sus dedos, él despertaría, así que quedó quieta unos segundos, admirando con ternura a aquel hombre que no aflojaba su agarre, como si temiera que se perdiera.
Kagome derramó una lagrima conmovida y llevó su mano izquierda para acariciar aquel punto de unión de su otra mano.
Él despertó repentinamente, como resorte al notar aquel movimiento.
―Despertaste…―murmuró él
Ella iba a decir algo más, pero la puerta se abrió, con Yura y su madre que entraban.
Al verlas, el coronel y Kagome soltaron sus manos.
Yura pegó un grito de felicidad al ver despierta a Kagome y la señora Allem se acercó feliz a su hija adoptiva.
Bankotsu se hizo a un lado, dejándolas pasar. Es lo menos que debía hacer, ya que ya les había robado mucho tiempo.
Decidió salir y avisar al resto, que no habían descansado por la noche entera, de las buenas noticias, y antes de partir, compartió un significativo cruce de miradas con Kagome.
CONTINUARÁ
Me tardé, porque andaba con sueño desde el domingo y hoy que estaba terminando el capítulo, me enganché con una serie y casi hice macana de vuelta.
Me pongo en plan de ordenarme de nuevo.
Besito para PAULAYJOAQUI, GABY013, NICKY, MONSE, NENA TAISHO, FRAN GARRIDO, ISADI, CONEJA, LITAMAR Y ELSA2082 QUE LEE EN WATTPAD, PERO VINO A ESPIARNOS JAJAJAJA
Me pongo a preparar capitulo 14 donde sabremos chiqui mas del accidente y quien es la visita.
Los quiero.
Paola.
