INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ.
.
.
.
Corazón en invierno
.
.
.
CAPITULO 14
.
.
.
Capítulo dedicado a CONEJA
.
.
.
Bankotsu hubiera querido permanecer en la casa, pero tenía que trabajo que cumplir. Y cuando regresó tarde por la noche, descubrió que ella ya había vuelto a la buhardilla.
Además, la mansión hervía de actividad, ya que Naraku, siguiendo la orden del coronel, volvió a rehabilitar las habitaciones de servicio que estaban clausuradas, para el personal activo, y para los que fueron recontratados. Así fue como los mellizos y la señora Reynolds regresaron a vivir a la mansión, lo cual implicaba un alivio, ya que el gasto de pensión que tenían era muy alto.
A ellos se le fueron sumando más criados, los mismos que semanas antes fueron despedidos.
Naraku no estaba de acuerdo, su frugalidad escocesa le impedía ver aquellos actos altruistas como detonantes de mejoría.
Esa primera noche, Bankotsu sintió la diferencia con la cena. La comida, preparada por la ayudante de cocina recontratada no era mala, pero no tenía el toque mágico de Kagome.
Antes de irse a descansar quiso pasar a verla, pero la buhardilla estaba atestada de sus compañeros de trabajo, felices de que Kagome se hubiere recobrado y que no hubiera pescado alguna neumonía.
Observó la puerta de ella varios segundos, y se marchó enseguida cuando oyó pasos que se acercaban.
.
.
.
Kagome tuvo tiempo de descansar. Su familia estuvo con ella por la mañana, antes de regresar a la granja. Estaban agotados luego de haber pasado la noche en vela.
Con la fiebre remitida, la muchacha sólo tenía la molestia por el golpe en la cabeza y el agotamiento propio de haber salido de un enfriamiento severo.
Tuvo mucha compañía con la señora Reynolds, los mellizos que pasaron a bromearle un momento y también varias caras nuevas que la señora Reynolds le presentó.
Pero Bankotsu no vino.
Y era su presencia, la que ella hubiera querido ver, porque lo había sentido en los sueños de la fiebre.
Por los relatos de Yura sabía que él se había encargado de su cuidado, pero también le informó que él dijo que lo hacía porque se sentía muy culpable por lo ocurrido y que era su forma de curar su culpa.
La joven se tocaba los labios. Estaba segura que en medio del fulgor de las altas temperaturas en la cual estaba sucumbida, sintió la boca de Bankotsu sobre la suya.
¿Por qué tenía estos estos sueños tan inconvenientes?
No prestaba atención al bullicio de su habitación.
Ella sólo podía pensar en el coronel Hamilton y en absoluto le culpaba de su accidente.
Sino de la propia naturaleza, ya que una serpiente le salió al paso, y su pobre yegua se asustó, ocasionado que Kagome se cayera. Luego ya no recordaba nada.
Nadie tenía la culpa. ¿Quién podía prever que un reptil paseara por el bosque?
También temía que, con esta muestra, el coronel se cansara de ella y que acabara quitándole el trabajo. Volvió a mirar a la puerta.
Pero él no aparecía.
.
.
.
Al igual que ella, Bankotsu apenas concilió el sueño, y por la mañana siguiente, muy temprano ya no pudo con sus impulsos y cogió camino a la buhardilla.
Pero lo único con lo que se encontró fue con Sango, una de las nuevas sirvientas a quien se le devolvió el empleo.
Esta se apresuró en hacer una reverencia a su patrón.
―Coronel.
― ¿Qué hace aquí' ―preguntó Bankotsu
―La señora Reynolds me dijo que hoy me tocaba a mí la limpieza de esta área ―reveló la joven, muy asustada, ya que el coronel la atemorizaba y más cuando sólo hace horas pudo recuperar el trabajo.
― ¿Y la señorita Allem?
―Retomó su labor y está organizando el almuerzo, señor ―respondió Sango, sorprendida del interés de su señor.
Bankotsu ya no siguió indagando y salió rápidamente de allí, a buscar a esa descuidada de la cocina. Sólo hace dos noches, languidecía de enfriamiento y fiebre. Ahora se prestaba a volver a trabajar.
Al llegar cerca de la columna, oyó la voz suave de Kagome, ordenando a las otras jóvenes.
―Limpia los pichones y saca una medida de harina para el pan. No olvidéis fregar el cazo de la sopa, que debemos tener listo el almuerzo a hora…
Bankotsu se quedó mirándola, desde las sombras, como ella con toda naturalidad y calma daba las órdenes. Y se la veía bien, como si agradeciera tener una tarea.
Hubiera preferido pasar desapercibido, pero justo una de aquellas niñatas de la cocina lo vio y se apresuró en saludarlo, para que todas lo oyera.
―Mi señor
Kagome giró al oír eso y junto a sus compañeras, repitió el saludo.
Bankotsu no miraba a las demás, tan sólo a ella. Como si todos los demás hubieran desaparecido.
Estaba tan agradecido que sus plegarias hubieran sido oídas y que Kagome estuviera a salvo. Se la veía feliz en la cocina y de sentirse útil. No le quitaría eso.
―Habéis regresado pronto a las labores ―dijo el coronel
―No olvido que además de las faenas diarias, aún hay pendiente las visitas que mencionó el señor duque ―adujo ella
El rostro de Bankotsu se contrajo.
― ¡Maldición, lo había olvidado! ―aunque luego recompuso su cara, para que su exabrupto no asustara a las mozas de la cocina
Si no estaba equivocado, la visita llagaría al día siguiente y él tan tranquilo, sin idea de nada. De no ser por la propia Kagome, él no estaría enterado.
―En efecto, por un descuido olvidé informar que las dos amigas del duque llegaran mañana a Goldfield ¿puedo pediros que informéis al personal para que organicen habitaciones y todo eso?
Kagome asintió con la cabeza, con una sonrisa.
―No se preocupe, déjelo a mi cargo.
Si las miradas hablaran, podrían vislumbrar desde anhelo hasta ternura.
Bankotsu quería decirle más cosas, pero la presencia de las otras mozas se lo impedía, así que se volvió para su despacho a preparar el trabajo del día.
Naraku Murtag había traído muchos informes y estaban muy atrasados.
Estaban trabajando bastante para acomodar los contratos de aparcería, y sobre todo establecer claras reglas de arriendo.
Los granjeros debían adecuarse a los nuevos sistemas de cultivos para poder suscribirlo. Era avanzar o quedarse en lo antiguo.
Jakotsu estaba muy orgulloso del trabajo logrado por su amigo. Y los cambios tan patentes en él y era claro que la causal tenía nombre y apellido.
Estaba menos irritable y se portaba incluso amable. Y hasta había dejado la costumbre aquella de cortar troncos y disparar a mansalva, cuando estaba nervioso.
A eso se le sumaba que su pierna había dado un avance interesante y ya no sentía dolor, aunque desde que Kagome tuviera el accidente no se había puesto la pomada.
¿Cómo tanto podía cambiar en tan poco tiempo?
Aunque Jakotsu sospechaba que todo esto tenía un trasfondo aún más profundo.
.
.
.
Yura canturreaba feliz, mientras acomodaba algunos frascos de la farmacia.
Estaba muy contenta.
Con la última amenaza hecha al señor Murtag, parecía que podría pensar que ya era capaz de quitárselo de encima y que no volvería a molestarla.
―Señorita Allem ¿podría venir un momento? ―la voz del doctor Miroku en el despacho la quitó de su ensoñación.
La joven se apresuró en acomodar su delantal y fue pronto a reunirse con el joven, que escribía unas notas.
―Me ha salido una oportunidad de viaje, señorita Allem
Yura no supo que decir.
― ¿Quiere que mantenga la clínica abierta en su ausencia?
Miroku meneó la cabeza.
―No, lo que quiero es que me acompañe.
A Yura la tomó de sorpresa aquella noticia. Él seguía escribiendo como si nada.
― ¿Acompañarlo?
Él asintió y continuó con su trabajo, mientras ella estaba estática, procesando la información.
―Sé que es mucha información, así que le daré un par de semanas para que lo piense. Voy a regresar a Edimburgo y espero contar con su ayuda.
Yura se quedó de una pieza.
Acababa de recibir una oferta ¿de trabajo?
Como el médico ya no la miró, Yura salió al corredor, aún sin comprender el todo, el extraño pedido de su jefe.
Ella no podía irse así nada más, con un hombre soltero. Ella era una señorita, pese a su origen humilde, nunca sería bien visto que ella se marchara a otras tierras, lejos de su familia.
A menos que el doctor Miroku, a su estilo parco, lo que hizo fue proponerle matrimonio.
¿Era eso?
Por otro lado, no le disgustaba la idea del todo, ya que estando lejos, nunca más estaría al alcance de ese Naraku Murtag.
La joven regresó a sus labores, teniendo mucho que pensar.
.
.
.
Bankotsu maldecía que, con la cantidad de personal que revoloteaba por la casa preparando la llegada de las visitas, no era posible encontrar a Kagome a solas. Deseaba cruzar unas palabras con ella.
Por el otro, tampoco se atrevía a llamarla a solas en el despacho ni ir a su buhardilla.
Ya suficiente motivo de cotilla había dado al cuidarla toda una noche. Bankotsu deseaba proteger la honra y reputación de Kagome, y para evitar habladurías innecesarias.
Así que, de forma discreta y furtiva, la interceptó cuando la joven dirigía a las nuevas en la decoración de comedor.
Bankotsu no hubiera querido que trabajara tan pronto luego de su accidente, pero hacer aquello animaba a Kagome y ayudaba en su recuperación total. Además, ahora tenía muchas ayudantes.
Cuando ella pasó por su lado, la cogió del brazo y la llevó a la bodega.
Ella se sonrojó al notar el contacto y la sensación de esa mano en su brazo.
― ¿Coronel?
―Hay mucho personal nuevo, por favor, no se esfuerce tanto y delegue.
Ella asintió, pero no entendía que sólo por aquello, él la hubiera detenido de ese modo.
Él se dio cuenta y la soltó.
―Perdone, no quería incomodarla ―pidió él ―. Agradezco todo lo que hace por las visitas…y también quería decirle que una vez que estas se vayan, tenemos que hablar ¿se dará el tiempo para hacerlo?
Kagome sonrió.
―Si…téngalo por hecho. Una vez que Goldfield se libere, habrá tiempo para aquella conversación.
Dicho eso, Bankotsu le dirigió una sonrisa cálida y salió satisfecho. Lo hizo primero para que no los vieran salir juntos.
―Debo volver al campo ― fue lo último que dijo antes de marcharse a toda prisa.
Kagome le observó irse.
Era un hombre de talante impresionante y llamativo.
A ella no le importó que él no tuviera modales. A decir verdad, ella también deseaba agradecerle todo lo que había hecho por ella. Quería, a su vez, reconocerle aquellos magníficos cambios logrados en la finca y con las personas que dependían de ella.
Que hubiera devuelto su empleo a todos lo que quedaron cesantes o que devolviera sus granjas a los aparceros desalojados.
Ella misma ya no se sentía una prisionera haciendo este trabajo a cambio de la dádiva de mantener el contrato de los Allem.
Se prometió a sí misma, que una vez liberada de los visitantes, ocuparía las tardes en elaborar un nuevo emplasto con una formula mejorada que había leído días antes de su accidente.
Mucho antes de aquella desafortunada caída que no compartían aquel particular momento de aplicación de esa pomada, ya que el coronel insistía en que el dolor había mermado considerablemente.
Kagome miró sus manos, mismas que habían tocado aquella porción caliente de piel. Lo había masajeado y tocado. Cerró sus ojos, evocando el momento, sus labios se entreabrieron.
―¡Señorita Allem, llegó el tendero con el pedido! ―la voz chillona de una de sus nuevas ayudantes de cocina la quitó de su inapropiada ensoñación.
Kagome se apresuró en acomodarse y salir de la bodega.
―Señorita Allem, tiene el rostro sonrojado ¿no estará resfriada?
―No digáis tonterías ―refunfuñó, como un método para que nadie se percatara de los nervios a flor de piel, a causa de sus remembranzas inconvenientes ―. Venid todas conmigo a recibir el pedido, que debemos seleccionar sólo lo mejor.
Las muchachas, canturreando, se marcharon a tropel rumbo a la cocina, lideradas por Kagome
.
.
.
Esa mañana de setiembre, y tal como dictaba la impecable puntualidad que tenían los londinenses, el carruaje con emblemas de la casa del duque de Wellington, que estaba abarrotado de baúles, además de las mujeres que iban de pasajeras.
El coche, fue gentileza préstamo del duque para con ambas damas.
Llamaron la atención en todos los pueblos que pasaron.
Lady Tsubaki Carrington, baronesa de Elliot por matrimonio y su hermana soltera, la señorita Kagura Dougal. Dos de las damas más bellas y refinadas de Londres.
Lady Elliot se había casado hace menos de seis meses con el recientemente nombrado Barón, quien obtuvo su título como recompensa por su actuación en la batalla de Waterloo. Todo a instancias del duque de Wellington, quien apreciaba al teniente Carrington
Una vez obtenido su título, enseguida encontró esposa, la hermosa Tsubaki Dougal.
Y siguiendo el plan de matrimonios ventajosos, lady Elliot estaba dispuesta a lo que sea con tal de ubicar a su ambiciosa hermana Kagura en otra buena unión, que tuviera buenos vínculos con el gran duque de Wellington.
―No creo poder acostumbrarme a este clima deprimente ―refirió la más joven, una dama de menos de 25 años, de una belleza felina por sus cabellos oscuros y de ojos violetas
―Lo tendrás que hacer, querida. El coronel Hamilton es el ahijado del duque de Wellington y ama vivir en este basurero, y es un hombre muy rico, con una fortuna que no termina de crecer ―refirió la no menos preciosa Lady Elliot, quien a diferencia de su hermana menor era rubia, muy alta y esbelta. Sus ojos claros eran maravillosos.
―Es que esto está lejísimos de Londres, de los mejores bailes, de las tiendas, de la gente que conozco ―se quejó Kagura
―Pues queda en ti, el convencerlo de salir de este pueblo perdido. Tu primer objetivo es conquistarlo. Debemos terminar esta visita, con él comiendo de tu mano, lo cual no será difícil con tu belleza. Serás la señora Hamilton y ahijada política del gran duque, eso ya puedo verlo ―rió Tsubaki
Finalmente, pasando el camino del pueblo de Lingfield y del espeso bosque, se vislumbró finalmente la gran mansión Goldfield.
Kagura, quien observaba por la ventanilla, sonrió al ver la fachada del lugar.
Campestre pero impresionante.
Desde su distancia, pudo vislumbrar la fila de criados que esperaban respetuosamente su desembarco, y en la punta a un hombre notoriamente alto. Muy apuesto y llamativo.
Tsubaki sonrió maquiavélicamente.
―Ese hombre tan cautivante es el coronel ―le señaló
Kagura tuvo que cerrar la boca, que se le había abierto de la tamaña impresión.
Un brillo infernal se incrustó en sus hermosos ojos.
Seducir al coronel no sería nada difícil.
Un lacayo corrió a abrirles la puertilla, y el mismo hombre que Tsubaki etiquetó como al objetivo, se acercó luego para recibirlas con una reverencia.
Fue allí que Kagura pudo apreciarle, extasiada.
Y tuvo más que claro que ese hombre debía ser suyo.
CONTINUARÁ
Gracias hermanas y perdón por los errores.
BESUQUE ETERNO A FRAN GARRIDO, ISADI, LITAMAR, MONSE, NICKY, NENA TAISHO, PAULAYJOAQUI BELLA, GABY013, ELSA2082 QUE LA QUIERO MUCHO, QUE ERA BROMA LO DE ESPIA, A CONEJITA, Y NUESTRA MISTERIOSA GUEST, QUE NUNCA DEJÓ NOMBRE PARA QUE LE DEDICARAMOS CAPIS.
IGUAL, AHORA COMENZARÉ A RE DEDICAR EPISODIOS, PORQUE YA AGOTAMOS CUPOS JAJAJA.
Vamos a preparar capitulo 15 y veremos que no me tome más de tres días el elaborarla, porque será un episodio ciertamente candente.
Las quiero
Paola,
