INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ.
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Corazón en invierno
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CAPITULO 15
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CAPITULO DEDICADO A PAULA NATALIA Y A GABRIELA OVANDO.
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Kagura Dougal fue educada desde niña, para saber explotar su mejor potencial: su belleza.
Hija de un rico comerciante de telas de Londres, siempre pesó por su espalda, el hecho de ser una burguesa y que los aristócratas la miraran con cierto desprecio por sus orígenes.
Tsubaki, su hermana mayor, era aún más bella y supo esperar para sacar partido. Se comprometió con el nuevo barón de Elliot, quien antes de eso, era un soldado que peleó por años en la coalición anti napoleónica. Como recompensa por sus servicios, y a instancias del gran duque de Wellington obtuvo aquel título.
Tsubaki fue rápida en cazarlo y de ser una burguesa con aires, ahora era lady Carrington.
Y Kagura también debía casarse con alguien de buenas conexiones.
El deseo de estas mujeres coincidió con una correspondencia que el sargento Mills envió al duque hace unas semanas, donde le informaba que Bankotsu estaba más irritable que nunca y que su carácter había empeorado. La conclusión que sacaron fue que el coronel necesitaba una mujer que lo aplacase. Que necesitaba una esposa.
Fue allí que surgió la conjura. El duque, preocupado por su ahijado, decidió hurgar en las damas más bonitas del círculo, porque conocía su exigente gusto. Fue allí que dio con la hermana soltera del barón de Elliot, su camarada y gran persona.
Prepararon una visita, donde también estaba incluido el duque, que tuvo que cancelar a último momento, pero eso no era impedimento para que las damas viajasen a Lingfield.
El duque estaba muy satisfecho con su gestión. La dama Kagura era una deliciosa belleza, dueña de modales impecables y de carácter alegre. Bankotsu tendría que ser ciego para no admirarla.
Así fue que se fraguó aquel plan para que Bankotsu se encontrara con la joven Kagura.
Jakotsu debía ayudar estando allá.
Aunque éste último debía reconocer que se habían suscitado varios cambios desde la vez que enviara la carta al duque.
Aunque sospechaba que algo tenía que ver la cocinera de la casa, Jakotsu no lo creía como un interés muy profundo. Pero era mejor que Bankotsu se casara antes de crear habladurías sobre la señorita Allem. Si no la quería para nada serio, Jakotsu no quería que él la dañase.
Así que creía estar haciendo un bien para todos.
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Kagome preparaba unos bizcochos con una hermosa decoración. Serían perfectas para servirlas con té a las visitas y que tuvieran una buena impresión de la hospitalidad de Goldfield.
―Si la hubiera visto, señorita Allem, ambas damas eran tan hermosas ―describió Sango, emocionada, mientras lavaba unos cazos
Kagome sonreía al oir la charla de sus compañeras que habían recibido a las mujeres.
Ella no había subido, ya que por tener aún la venda y estar en proceso de recuperación, no era necesario que estuviera. Le era muy entretenido oír las descripciones de las muchachas y lo felices que se veían de atender damas en la casa.
En eso, vino William y dejó una bolsa de patatas sobre el mesón.
―Esto lo envía el señor Anders ―anunció ―. Señorita Allem, creo que acabo de ver a su hermana que venía para acá.
Kagome se emocionó y se dispuso a limpiarse las manos.
―Muchachas, las bandejas ya están listas. Llevadlas arriba con sumo cuidado, y que se vea el detalle de las flores junto a la tetera.
Sango y la otra joven se apresuraron en coger las bandejas humeantes de delicias artesanales con cazos llenos de té y café recién hecho.
―Yo estaré un momento con mi hermana, pero sabéis que cualquier urgencia que os pidan arriba, yo tengo de reserva algunos postres de nuez en la alacena.
Las jóvenes asintieron con gusto, encantadas de trabajar con alguien como Kagome, tan previsora y que además cocinaba sabroso.
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En el salón, el ambiente era agradable.
El sargento Mills era alguien muy amable, y aunque el coronel Hamilton parecía huraño, se portaba cortés.
Afortunadamente Kagura ya iba preparada para este tipo de situaciones y además recibía la ayuda de Tsubaki.
El sargento Mills llevaba la voz cantante de la conversación, procurando traer a colación cualquier tema que iba desde bailes hasta la última moda en Londres. Temas triviales, pero suficientes para crear conversación, y que Bankotsu conociera a sus huéspedes.
Cuando vino el servicio con las pastas dulces, Kagura cambió su rostro. No recordaba haber probado algo tan sabroso ni en el mejor salón de té de Londres.
Mientras Bankotsu bebía su café, y siguiendo su plan, Kagura se puso de pie y caminó por el salón, ya que sabía que su figura era llamativa. Era imposible que el coronel no la mirara.
Habló de la temporada de ópera y que le encantaría asistir.
Tsubaki agregó que ella y su marido habían asistido a todas las funciones.
Cuando pasó por el lado del ventanal, donde Jakotsu estaba mirando, Kagura percibió a dos mujeres que venían caminando.
Sus ojos se ensancharon cuando reconoció a una. Podría haber pasado una década, pero Kagura era perfectamente capaz de reconocer a una de las participes del escándalo social de aquella época.
¿Podría ser que esa mujer del delantal era Kagome Herbert?
La señorita Herbert había sido compañera suya en el colegio de señoritas, y ambas muchachas rivalizaban en belleza y popularidad.
Kagura era hija de un comerciante acaudalado. Kagome era sobrina de un barón, aunque su padre fuera un simple ministro de la iglesia.
Lo cual no le quitaba que fuera temeraria y engreída.
Kagura la detestaba, hasta que afortunadamente desapareció de escena, luego de protagonizar el escándalo de su intento de fuga con un hombre.
Se decía que su familia se deshizo de ella, para salvar el nombre de la familia, y que al menos la otra pobre muchacha que quedaba, hija natural del barón, pudiese salvarse.
A medida que se acercaba a la casa, tenía menos dudas, pero prefería cerciorarse.
― ¿Quiénes son esas muchachas tan bonitas? ―preguntó al sargento Mills
―Es la señorita Kagome Allem, cocinera de Goldfield, pero también es enfermera y maestra. Un pequeño ángel ―refirió Mills, con admiración señalando a una ―. La otra es la señorita Yura Allem, otra angelical persona, enfermera del puesto local.
A Kagura ya no le quepo duda de que era la misma Kagome de antes con apellidos cambiados.
Aquella información valía oro. Decidió guárdasela, para usarla en el momento más indicado.
Volvió al grupo, muy animada.
Su naturaleza alevosa y su rabia natural contra cualquiera que tuviera sangre aristócrata la convertían fácilmente en una villana de cuidado.
Se sentó con parsimonia.
―Coronel ¿Cuándo piensa en deleitarnos con su presencia en Londres?, mi cuñado, el barón tiene planes de hacer una recepción en dos semanas. Por supuesto, usted estás más que invitado.
El hombre, al verse sorprendido con la repentina pregunta no tuvo como zafarse.
―Espero ir, luego de la cosecha y acabado algunos negocios.
Kagura sacó su hermoso abanico importado de Andalucía, regalo de su padre y comenzó a soplarse sensualmente con ella.
―He visto a padre, años con negocios y creo que jamás terminaré de acostumbrarme a ellas.
―Tendrá que hacerlo, señorita Dougal. No será sólo su padre, en algún momento su futuro marido también estará abocado a los negocios. Es lo que los hombres hacen, proveer a su familia ―refirió Bankotsu
Ciertamente el comentario del coronel era grosero, porque nadie hacía esos comentarios tan abiertamente, pero Kagura lo entendió como un desafío, así que desplegó una sonrisa irresistible, que encandiló incluso al sargento Mills. Kagura era bella como un pecado y no temía ir para adelante.
―Luego de té, vuestras habitaciones os esperan. Supongo que querréis descansar luego del viaje. He ordenado una buena cena para agasajaros ―informó el coronel, con la mirada pegada a Kagura, como si la estudiara.
―Me encantan las sorpresas ―replicó Kagura, sin dejar de responder la examinación de aquel hombre.
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La cena fue un diseño de Kagome a base de faisán asado, sopa de crema, estofado de cerdo con deliciosas guarniciones caramelizadas: coles de Bruselas, zanahorias y papas.
De postre, un pudin Yorkshire.
Kagome hizo bastante cantidad. Segura que sobraría para convidar mañana a sus tres ex alumnos, ahora convertidos en sus comensales.
Las muchachas de la cocina ayudaron a preparar todo, bajo la estricta vigilancia de Kagome, de que tanto el sabor como la presentación de los platos quedaran perfectos.
Cuando estaban terminando, Sango bajó cansada y se arrojó al sillón.
―Debes estar presta, Sango, para el servicio de cena ―observó la señora Reynolds, quien ayudaba en las tareas.
―Estoy algo agotada, es que luego de que las damas despertaran de su siesta, he pasado la tarde intentando peinar y vestir a las invitadas. Nada les gustaba.
―Me hubieras llamado a mí, algo sé del trabajo de una doncella ―observó la señora Reynolds
―Las peiné tal cual vi en ese manual de peluquería que me prestó la señora Pettise, la costurera francesa y los deshacían. Les molestaba también el modo que tenía de ajustarles del corsé…―Sango estaba desanimada, como si se hubiera desilusionado a causa de la grosería de las visitas ―. Incluso, Lady Carrington amenazó con hacerme echar de aquí en cuando tomen la propiedad.
― ¿Tomar la propiedad? ―Kagome dejó lo que estaba haciendo, extrañada de oír eso
―Es obvio que la señorita viene para arreglar su boda con el coronel ¿Por qué otra razón vendría una dama soltera hermosa a casa de un hombre soltero?
Kagome nunca lo había visto así, pero ahora que escuchaba la posibilidad tan claramente, ya no se figuraba algo lejano. De hecho, tenía bastante lógica.
Se le cayó el cucharón de las manos.
― ¿Se encuentra bien, señorita Allem?
Kagome fingió recuperarse.
―Creo que pasar todo el día en la cocina, me ha pasado factura hoy
―Enseguida tocaremos la campana para cena, además del coronel, estará el sargento Mills y el administrador Murtag, y claro las visitantes. No te preocupes por nada, Kagome, que haremos nuestro trabajo bien ―esta vez fue la señora Reynolds quien se acercó a animar a la cocinera.
La mujer creía el cuento del cansancio laboral.
Lo cierto es que Kagome había sufrido un impacto con la realidad. Y no tenía derecho a sentirse así ¿Por qué ser mezquina por alguien que estaba fuera de su alcance?
Y que, además, conoció de primera mano lo veleidosa que fue en su juventud.
La mujer se sentó y no oía como sus compañeras se afanaban en llevar las cuidadas bandejas arriba. No escuchó como le daban ánimos o felicitaban.
La mente de Kagome estaba en blanco.
Es que el saber que él podría casarse, de un momento a otro, le producía una desazón que la debilitaba. ¿Por qué sentía que la invisible ilusión que albergaba su corazón se mimetizaba con la nada misma?
Una lagrima solitaria se soltó de ella, antes de que su consciencia pudiera frenar su aparición. Es que no era tan fuerte como aparentaba.
Eso sí, se apresuró en limpiársela, para que nadie viera que estaba llorando.
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El servicio de cena transcurrió impecable gracias al esfuerzo de los lacayos en servir correctamente los platos que les pasaban las muchachas desde la otra punta, ya que era parte de la etiqueta que los sirvientes varones realizaran este trabajo. A Bankotsu generalmente no le interesaban esas reglas, pero como tenían a sus visitantes, se procuraba cierto esmero.
Todos se vistieron con sus mejores trajes, incluso el silencioso señor Murtag, quien tenía cara de circunstancia.
Pero Kagura tenía algo en mente y pensaba desplegarlo.
―Creo no haber probado nunca un plato de estofado así ¿es posible felicitar al servicio de cocina?
Al oír eso, el rostro del coronel pareció interesado e hizo una seña que llamara a las que lograron este prodigio.
―A ellas les agradará oír que sus platillos fueron del gusto de un paladar tan exigente como el suyo ―recalcó el coronel.
Kagura sonrió.
No mentía en cuanto al sabor de la comida, pero sus intenciones eran muy diferentes a los de un mero saludo.
Al cabo de unos minutos, una joven ataviada con un impecable, seguida de otras dos jóvenes se presentó con una reverencia. No la miraron a los ojos.
―Señorita Dougal, Lady Carrington, os presento a la señorita Allem, creadora de los platos que alabasteis durante la cena y más temprano, durante el té.
A Kagura no se le escapó el modo de presentarla que tuvo el coronel y que además no despegaba los ojos de esa mugrienta criada.
Su alarma se disparó cuando notó que ella le devolvía la mirada en un acto descarado.
Kagura era lista y junto a su hermana se dieron una ojeada cómplice. Allí había tensión y era claro que esa mujer de las cocinas cumplía un rol extra en la vida del coronel. No le extrañaría que fuera amante de éste.
El árbol torcido jamás endereza.
La muchacha no la miró directamente y por ello, quizá no la reconocía.
Así que decidió usar la artillería pesada.
―Esto es una coincidencia extraña. Nunca en la vida pensé que volvería a cruzar caminos con usted, señorita Herbert.
Al oír su verdadero nombre, Kagome la miró y por su porte, allí la reconoció.
La cocinera no sabía cómo responder ni que decir.
―Nos halaga que hayáis disfrutado la comida. Ahora, si nos disculpáis ―Kagome y su grupo quisieron irse, pero la sibilina voz de Kagura se lo impidió.
―Me alegra en el alma que hayáis hallado sosiego con esta actividad y podáis emplear mejor vuestro tiempo. Los errores de juventud pueden arruinar la vida de alguien y también la de las familias.
Kagome se quedó estática ante la malvada y malintencionada declaración.
Una terrible incomodidad se generó en la mesa menos en Tsubaki, quien sonrió con la táctica de su hermana.
Jakotsu quedó helado. Naraku, quien no entendía lo que ocurría hasta sintió vergüenza ajena.
El coronel, al cabo de unos segundos de estupor, decidió hablar.
―Os agradecemos, señorita Allem , podéis retiraros.
Kagura entendió aquello como un salvavidas para la pequeña zorra.
Kagome y las otras dos, huyeron de prisa luego de una reverencia.
El golpe había sido dado. Si Kagura siempre sintió envidia por la sobrina del barón por sus aspavientos, ahora le había dado su merecido.
El resto de la cena, transcurrió en completo silencio. El coronel parecía turbado con todo lo ocurrido.
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Kagome no había podido subir a la buhardilla, aun cuando todos ya se habían marchado a descansar. El impacto por aquel inesperado encuentro con su pasado, la golpeaba y agobiaba en partes iguales. Claro que reconoció a la señorita Dougal como parte de ese paquete que ya no existía.
Decidió quedarse en la cocina, con un libro que cogió de la biblioteca del coronel, pero lo cierto es que no podía leerlo. No estaba de ánimo.
Si esa mujer se casaba con el coronel, ella no quería estar allí para verlo. Porque además la joven Kagura no era alguien apacible, sino más bien maliciosa e intrigante, si no dudó en exponerla frente a todos ¿Qué otra cosa sería capaz de hacerle?
Cuando iba a coger la calderilla para ir a su buhardilla, el reflejo de una palmatoria le anunció que ya no estaba sola.
Kagura Dougal, ataviada aún con su elegante vestido de la cena de antes, había encontrado el camino a la cocina.
Kagome se apresuró en hacerle una reverencia como saludo.
Pero la señorita Dougal la miraba con ojos fríos, como si se tratase un insecto que se debía aplastar.
―Ya que me reconoces, no hace falta tanta parsimonia ―la retó
―Ya me iba a mis habitaciones ¿desea que le sirva algo? ―Kagome no entendía que podría querer esa mujer, pero claro que vino a por ella.
―He venido a dejar en claro unas cosas. Vine a este pueblo, para comprometerme con el coronel Hamilton porque mi belleza y mi reputación intachable así me lo permiten.
Kagome hizo un esfuerzo para contenerse ante la directa ofensa.
―Os felicito a ambos por la decisión.
― ¡No te hagas la mosca muerta! ¿crees que no sé cómo eres?, te echaron de Londres con ignominia por eso. No permitiré que estés aquí, provocando a mi futuro esposo, con tus aspavientos de mujerzuela. Así que esta misma madrugada, te largarás de aquí o le contaré a todos en Londres sobre tu paradero ¿sabes cómo volvería a afectar eso a la parentela que aún tienes allá? ―Kagura esbozó una sonrisa maquiavélica
Kagome se sintió atrapada. Hace diez años que no sabía nada de su tío o su prima, pero ya suficiente tristeza les había ocasionado una vez, como para volver a añadirles más sufrimiento.
―La que se largará de aquí es usted, señorita Dogal o cómo diablos se llame ―reclamó una voz autoritaria que apareció.
Bankotsu se materializó en el lugar. Había estado oyendo desde las sombras.
―Coronel Hamilton… ―adujo asustada una sorprendida Kagura
―Así que ya sabe, la intimo a usted y a su hermana a largarse de aquí en este momento. No les daré la noche en mi casa ¡váyanse ahora mismo! Ambas son unas buscavidas y yo no les debo nada. Y siga soñando que vaya a casarme con usted ―amenazó Bankotsu con dureza, y luego esbozó una sonrisa infernal ―. No voy a permitir que mujeres como ustedes, insulten a alguien de mi casa y le advierto que, si usted cumple su amenaza, yo lo haré aún peor, porque divulgaré a los cuatro vientos, que usted vino aquí como buscona, visitando la casa de un hombre sin haber sido presentada antes ¿Cómo cree que quedaría su intachable reputación? Además, creo que se equivocó de hermano, hubiera ido por Inuyasha, es más falso y fácil que yo ―Bankotsu fue cruel es su intimación.
Kagura temblaba de terror y casi se echó a llorar allí mismo. Segundos después, echó a correr de allí, rumbo a la habitación donde quedaba.
Kagome estaba atónita oyendo y viendo esa escena.
―El único favor que tendrá de mí, es que Wilder las lleve a una posada en el pueblo. Pero no las quiero volver a ver aquí. Y no le temo al marido de la tal Tsubaki, que es un cobarde. Pero no dejaré que le insulten a usted. Nunca lo permitiría ¿se encuentra bien?
El módulo de voz con que le dijo esas palabras era calmo y tranquilizante, muy diferente a poco antes, cuando echó a Kagura.
Kagome asintió y quedó mirándole por la espalda, ya que él se tuvo que ir a arreglar la marcha de las visitantes.
Con sus ojos cristalizados por la emoción y conmovida profundamente por la defensa que Bankotsu ejerció por ella.
Nunca antes un hombre la había protegido y cuidado de ese modo.
Hace semanas que se sentía atraída por el atractivo físico del coronel, pero era ahora cuando se rendía a la otra verdad. No era simple admiración.
Él le encantaba. Le gustaba. Se sentía inexorablemente llamada a él.
¡Por un demonio que estaba enamorada de ese hombre!
CONTINUARÁ
Gracias Hermanas
Paulayjoaqui, Fran Garrido, Gaby013, Litamar, Monse, Nicky, Coneja, Isadi, Nena Taisho, Elsa2082, os quiero mucho mucho.
Paola.
