INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI
.
.
.
CORAZON EN INVIERNO
.
.
CAPITULO 16
.
.
CAPITULO DEDICADO A FRAN GARRIDO E ISADI
.
.
― ¿Viene, señorita Allem?
Yura, quien estaba acabando de cargar algunos insumos en el estante de farmacia, se volteó al oír al doctor Miroku Glenn.
―Ya voy enseguida a llevarle la medicina al señor Anders ―la joven cargó algo en el bolsillo de su delantal y salió.
Miroku le esperaba en la puerta.
―No, me refería si vendrá a Escocia conmigo.
Yura quedó detenida, no esperaba que el amable medico se la pusiera tan difícil.
Sólo hace un par de días, fue a Goldfield a preguntar a Kagome su opinión sobre aquello.
Su hermana le dijo que la decisión estaba en sus manos, pero que, aunque el doctor Glenn fuera un buen hombre, ella no dejaba de ser una doncella soltera, que podría ver arruinada su honra si viajaba sola con un hombre.
―Yo sé de qué te hablo ―le refirió Kagome esa vez.
Yura quería ir. Pero también era una mujer sensata, y temía lo que esto implicara para su vida. En algún momento se le había metido en la cabeza que el joven y guapo médico la miraba con interés y que sería la llave para su futuro.
Además, por supuesto, de salvaguardarla de miradas indeseadas como la de Naraku.
¿Es que las mujeres siempre estarían supeditadas y limitadas?
―Aun no tengo una respuesta ―respondió Yura
―Es la que estoy invitando a Edimburgo, no a prisión, señorita Allem.
Era claro que para hombre las cosas eran o blancas o negras. Y muchas más fáciles. Yura entendió aquello como un ultimátum.
.
.
.
Bankotsu sabía que en algún momento debían venirse las consecuencias de haber echado de la finca a esas dos mujeres.
Él no tuvo contemplación con ambas, pero fue bastante claro con Kagura Dougal. Él no hacia amenazas vanas y no se consideraba un caballero. Habían pasado cuatro días.
Estaba bebiendo una taza de café en su despacho cuando desde el ventanal vio llegar el enorme carruaje con el imponente emblema del ducado de Wellington.
Nadie le había escrito, así que su padrino venía enfadado o traía noticias.
No había tenido tiempo de hablar con Kagome, como le pidió. Ella parecía esconderse y él no quería forzarla ni incomodarla.
Bankotsu bajó su taza y fue a recibir a su padrino.
.
.
.
Kagome recordaba al duque de Wellington, antes conocido como el coronel Wellesley con cierto cariño. Un hombre afable y amable. En la actualidad era considerado un héroe nacional por su actuación en la guerra.
Pero ella lo asociaba más como la auténtica figura paterna que tuvo Bankotsu en su vida.
Decidió que el servicio de té, lo entregaría ella misma, ya que le gustaría volver a ver a aquel caballero tan amable. Además, podría ver a Bankotsu, sin que éste se sintiera mal por ella.
Ella se había mantenido escondida pero no por ello, menos conmovida por la apasionada defensa ejercida hacia ella. Ambos se evitaban, y ella decidió que era hora de mostrarse. Le dijo a William que ella misma se encargaría de llevar las bandejas al despacho, donde el duque estaba con el coronel.
―Es que estos bizcochos requieren ser servidos adecuadamente ―se excusó Kagome, en un pretexto tonto.
William la miró sin entender, pero igual le dio su espacio.
Kagome acomodó su delantal, y con un sonrojo especial en el rostro se dirigió al despacho del coronel.
Ambos hombres hablaban y Kagome entró con la bandeja. Claramente pudo percibir la mirada azul de Bankotsu en su espalda.
Llevó la taza al duque, que le dio una sonrisa de agradecimiento, lo cual denotaba su humildad, pero en cuanto a Bankotsu fue muy diferente, porque él despegó sus ojos de ella. Incluso le pareció que le prestaba más atención a ella que al propio duque.
Kagome se dirigió a la mesa para colocar las pastas dulces en las bandejitas individuales.
―Ha sido una tragedia. Vuestra cuñada, la vizcondesa de Portland no sobrevivió al parto y ha dejado viuda a tu hermano ―informó el duque con voz triste
Cuando Kagome oyó eso, se paralizó. Y una taza se le cayó de las manos, haciéndose añicos.
Bankotsu se levantó de inmediato a ella.
― ¿Se encuentra bien?
Pero Kagome no podía responderle, es como si todo se hubiera nublado.
¡Kikyo estaba muerta!
Hace diez años que no la veía, pero ambas se criaron juntas. Su pobre prima nunca fue malvada, sino fue otra víctima de su propio sexo, supeditada a los manejos de los hombres.
¿Pero muerta?
Bankotsu se apresuró en hacerle una seña a Wilder que estaba en la puerta.
―Acompañe a la señorita y llévela a la señora Reynolds que la atienda. Y manda a alguien que limpie esto ―señalando los vidrios rotos.
Kagome estaba demasiado tocada que se dejó llevar, lo último que vio fue el rostro compungido de Bankotsu mientras Wilder la llevaba.
.
.
.
El duque de Wellington no entendía nada de lo que pasaba.
Lo que más le sorprendió fue las molestias que Bankotsu se tomó para proteger a la muchacha. Incluso parecía distraído cuando ella estaba ahí.
Solo cuando el otro criado retiró a la alterada joven, Bankotsu volvió a su silla y parecía más preocupado en lo que ella podría estar pasando.
― ¿Está enferma?
Bankotsu negó con la cabeza.
―No tiene caso seguir ocultándotelo a ti. Le afectó la noticia de la muerte de mi cuñada ―informó Bankotsu ―. Ella es prima de Kikyo y pese a a que la abandonaron, ella siempre los recuerda.
El duque quedó bastante sorprendido con la información. Si hubiera sabido aquello, no hubiere deslizado la información del fallecimiento de la vizcondesa de un modo tan insensible.
―No sabía de aquello ―recalcó el duque, y luego esbozó sorpresa ―. Eso quiere decir que esta joven es la misma que…
―Lo es ―ratificó Bankotsu, sin ánimo de hurgar en el lamentable pasado.
El duque lo entendió así también. Además, no era de caballeros hablar de estas cosas, pero al perceptivo hombre no se le escapó del despiste de su ahijado, que parecía tener la mente en otra parte
Decidió seguir contando lo que vino.
―También he sabido que Inuyasha Hamilton ha dilapidado en estos diez años la fortuna que le dejó vuestro padre y también la dote de su esposa.
―Querrá decir la fortuna que ese sinvergüenza me quitó de las manos, usted sabe perfectamente que yo era el elegido de nuestro padre ―agregó Bankotsu.
―Han sido desafortunadas las situaciones donde ambos se han visto involucrados. Rogaré por el alma de su pobre esposa, la vizcondesa se merecía un mejor marido.
En tanto Wilder volvió y junto a William se afanaban en limpiar los vidrios rotos.
El duque consideró que era hora de proponer a su ahijado lo que tenía en mente.
―Sabes que nunca estuve de acuerdo que decidieras enterrarte aquí.
―No me regañe por el asunto de las mujeres Dougal. Si vino a interceder por ellas, no transigiré un solo paso. Si el marido quiere duelo, lo tendrá, que no tengo interés alguno en disculparme, que han sido ellas quienes vinieron a insultar en mi propia casa ―respondió Bankotsu, adelantándose.
El duque meneó la cabeza.
―No vine a eso, es un asunto diferente el que me trajo aquí. Pronto entraré a la cámara de los lores, por el partido Tory, que es con el cual me identifico y milito. Te quiero a mi lado, y negociaré con el príncipe regente, tu nombramiento como Lord, así que me acompañarás en esta creciente carrera política. Eres mi ahijado y nunca recibiste suficiente recompensa por tus servicios en la coalición. Vende este lugar y toma un lugar en el mundo ahora que al fin puedo dártelo.
Aquella petición extraordinaria inclusive paralizó a los mellizos que oyeron todo, pero que tuvieron que irse de prisa, luego de una mirada del coronel.
Bankotsu miró a su padrino, como si estuviera bromeando, pero el duque tenía la cara firme y seria.
La propuesta ya estaba hecha y sólo quedaba en Bankotsu el poder elegir.
.
.
.
Kagome, en compañía del resto del personal, bebía el té calmante que le ofrecieron.
Cuando Wilder la trajo, estaba muy alterada, pero ahora ya estaba más calma y pensativa. Y sus compañeros no le preguntaban el motivo de su malestar.
En eso, los bulliciosos mellizos venían hablando en cuchicheos.
―Si os dedicarais al trabajo, tanto como al chisme, iríais muy lejos ―observó la señora Reynolds
Parece que esa fue toda la autorización que Wilder necesitó para revelar lo que oyó.
―Es que sí deberíamos estar preocupados. Acabamos de oír una charla entre su excelencia y el coronel.
―No deberíais de hacer eso ―observó la señora Reynolds
Kagome no intervenía, pero no podía evitar oírlos. Además, los mellizos no eran maliciosos, pero si algo chismosos.
―Que parece que el coronel va a volver a vender la finca, para volverse a Londres y trabajar por un partido político ¿Cuál era, William?
El otro se rascó la cabeza.
―Tampoco recuerdo, pero sí que es probable que cambiemos de patrón de nuevo…o seamos despedidos.
Los criados que oían se llevaron las manos a la boca.
Porque si estos mellizos tenían razón, de nuevo sus empleos pendían de un hilo. Y justo ahora que el coronel había mejorado su humor.
Si bien, la incertidumbre era para todos.
Oír eso para Kagome fue terrible.
¿Cómo es que él podría irse?
Sus manos comenzaron a temblar, pero se cuidó que los demás no la vieran, pero por dentro moría de inquietud.
Si Bankotsu se marchaba ¿Qué sería de ella?
Aunque había aceptado que nunca sería suyo, ella amaba verlo y admirarlo desde su posición, cuidarlo con sus mejores emplastos médicos y cocinarle los mejores platillos.
Es lo único que tenía para entregarle el amor que le carcomía por dentro.
Pero si él se marchaba, y justo donde ella nunca podía volver, recordando que Londres estaba vedado para ella. Solo hace unos días, tuvo un corto encuentro con alguien que la conoció en ese tiempo y fue horrible.
Se apresuró en limpiarse la lagrima y se levantó hacia donde estaban los cazos.
―Estáis todos perdiendo tiempo. Vamos a preparar la cena, que para servir es que nos pagan ―dándoles la espalda que no vieran su cara.
―La señorita Allem tiene razón! ¡A trabajar! ―la voz autoritaria de la señora Reynolds se hizo escuchar, dispersando a los criados a trabajar.
Unos a limpiar, otros a realizar tareas coadyuvantes a la cocina de Kagome.
Kagome decidió sumergirse en lo que amaba hacer, ya que eso le ayudaría a olvidar por un momento las oscuras noticias recibidas.
La muerte de su prima y la posible marcha del hombre que amaba.
.
.
.
Bankotsu nunca antes había tenido animo de ser descortés con su padrino, pero era el día que deseaba que la cena pasara más de prisa. Tenía muchos deseos de encontrar a Kagome y ver como estaba.
Luego de aquel cruce en el despacho cuando oyó las malas nuevas de boca del duque, es que no la había vuelto a ver.
Luego de acabado, en vez de compartir la sobremesa con su invitado y con Jakotsu, prefirió disculparse y salir de prisa.
Se acercó a la cocina, y el resto del personal parecía divertido contándose anécdotas. Bankotsu los observó desde las sombras, para no ser visto y pudo contar a todos menos a Kagome.
Silenciosamente volvió a salir, presto a dirigirse a la buhardilla, y justo se topó con Naraku Murtag, que llegaba del pueblo tan tarde.
―Coronel ―le saludó, y pareció notarlo algo nervioso, así que le comunicó con tranquilidad ―. La señorita Allem fue a las caballerizas, no sé si es prudente que suba a una yegua tan pronto. Me acabo de cruzar con ella.
Esa era toda la información que necesitaba, hizo un gesto con la cabeza a su administrador y salió fuera para buscarla. Naraku quedó quieto, pero sin denotar sorpresa, ya que podía ser todo, menos estúpido.
Cuando Bankotsu llegó al establo, Kagome acariciaba a la misma yegua que la había echado aquella vez durante la lluvia.
El coronel se recreó un momento observando aquel momento de intercambio de cariños y palabras susurradas.
Se adelantó unos pasos.
―Señorita Allem.
Ella giró, presa de la sorpresa y terriblemente nerviosa.
―Coronel Hamilton…
―He venido aquí porque le debo una conversación. Y además me gustaría proponerle algo ―él fue enfático y rápido en expresarse, sin preámbulo.
―No sé qué podría proponerme a mí ―replicó la joven, procurando conservar tranquilidad ante la cercanía del hombre por el que tanto suspiraba.
Casi perdió el control, cuando él acortó la distancia.
―Siento mucho que se haya enterado de las noticias de su prima, de esa forma.
―Le agradezco su amabilidad…
Bankotsu apretó sus nudillos, decidido.
―Quiero compensarle la perdida que sufrió por mi culpa. Voy a reconstruir la cabaña que usaba como escuela antes de mi llegada, sé cuan buena es usted con los niños y sé que perdió ese trabajo por mis exigencias. Estoy en conocimiento que su empleo de enfermera ya no se encuentra vacante, así que Goldfield patrocinará su emprendimiento.
― ¿Me está despidiendo? ―en este punto Kagome se horrorizaba, porque eso confirmaba el chisme de Wilder de que quizá el coronel se marcharía pronto.
―Tómelo como un retiro voluntario. Usted ha hecho muy buenas cosas aquí y no merece trabajar de cocinera, cuando puede hacer otras cosas.
Antes oír aquello, hubiera sido la gloria para Kagome, pero ahora no era más que un camino de tristeza. Saber que ya no volvería a verlo. Su corazón empezó a desbocarse dentro de su pecho.
― ¿Por qué…?
―Quiero compensar el error cometido…aunque sea parte de ellos. Luego de todo lo que hemos vivido aquí y usted sabe a qué me refiero. Déjeme hacerlo de esa forma, devolviéndola de donde nunca debí obligarla a salir.
Aquellas palabras le supieron a ella, de pura ternura. Que un hombre enorme como ése y que se mandaba un carácter terrible tuviere esa increíble muestra con ella, fue demasiado para su alma sensible.
Eso vino a mezclarse con el poderoso sentimiento de amor que le tenía. Y apareció en simultaneo para ambos la fuerza que sale desde dentro, la que mueve el cuerpo más allá de la voluntad.
Estuvieron a punto de juntar sus labios, sugestionados por el anhelo de un beso.
―El duque quiere cabalgar…―la voz de Jakotsu interrumpió el acto, que hizo que ambos se separaran de prisa y con mucha vergüenza de parte de ella.
En el umbral estaban el sargento, acompañado del duque, quienes observaban estupefactos la escena.
Kagome, abochornada, se apresuró en hacer una reverencia y huir de prisa hacia dentro.
Bankotsu odió por un momento a esos dos.
Aunque no sabía si agradecerles por cortar algo que ya no tendría marcha atrás. Él no quería convertirse en alguien que se aprovechara de la joven. Pese a todas las aclaraciones, él siempre temería de ofenderla y, sobre todo, no quería rociar su alma inocente, con la oscuridad de la suya.
Además, se sentía con el deber moral de liberarla.
―Buena hora para cabalgar ―atinó a responder y luego señaló a dos ejemplares ―. Esos dos son los mejores para un corto paseo nocturno. Escoge el que queráis.
Jakotsu y el duque fueron muy prudentes en hacer comentario alguno sobre lo que habían visto. Bankotsu buscó a su vez otro caballo.
Quizá sería buena idea, coger aire fresco en un recorrido nocturno por el prado, en compañía de su amigo y su padrino.
Sería excelente para aclarar ideas.
.
.
.
El duque de Wellington se marchó de Goldfield por la mañana.
Aunque había tratado muchos temas de importancia con su ahijado, el hombre sentía que de todo, lo más interesante que pudo deducir fue un importante conocimiento.
Que su terco ahijado estaba enamorado de aquella joven con la que casi se besó en las caballerizas.
Quizá el muy obcecado ni siquiera lo sabía.
El duque se alegró sinceramente con aquel descubrimiento.
El alma de Bankotsu había estado corriendo sólo y triste demasiados años, agriando su existencia. Ya era hora que descansara.
CONTINUARÁ
GRACIAS HERMANAS, BESITO A FRAN GARRIDO, PAULA, GABY, ISADI, MONSE, NICKY, NENA TAISHO, LITAMAR, CONEJA, ELSA2082, ANAISHA LOPEZ, Y BIENVENIDA LENKA387.
Todavía todo será light hasta el 17, pero habrá problemas desde el 18
Os quiero mucho y disculpen errores.
Paola.
