INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI
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CORAZON EN INVIERNO
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CAPITULO 17
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DEDICADO A PAULA NATALIA POR SU CUMPLEAÑOS
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La decisión de dejar a Kagome en libertad, era por su propio bien.
Ella no merecía tener las alas cortadas, sólo porque él era un estúpido. Lo hizo porque estaba lleno de prejuicios y rabia acumulada por la burla de hace años, que pretendió cobrársela de ese modo.
Pero ella no era ni sombra de la chiquilla de aquel tiempo. Era una mujer, que, pese a todo, emanaba ternura y en absoluto guardaba rencor por nadie. Ella se quedó, luego de la canallada que él quiso hacerle de acostarse con ella, igualándola a una furcia.
Ahora ya ni recordaba el dolor patente de su pierna, y todo gracias a la paciencia de ella.
Era una mujer con todas las letras y él no deseaba retenerla, poniéndola en peligro y más con la creciente atracción renovada que sentía por ella.
Por eso, luego de que su padrino se marchara, él se puso a la cabeza, junto al señor Murtag y Jakotsu de conseguir un grupo de obreros. Así como le dijo anoche, él reconstruiría lo que destruyó: la escuela, y es más, sería su patrocinador para que ella no necesitase hacer otros trabajos humillantes.
Envió a Murtag la consecución de materiales adecuados, y el párroco le facilitó unos planos que tenía en su bodega, y que podrían servir para la construcción.
Estuvieron tan afanados, proyectando que la comida les tuvo que ser traída en cestas, porque no habría tiempo de ir a comer a Goldfield.
Aun no se habian visto desde el fallido beso de anoche.
Recordar eso le reafirmaba su decisión de que tomaba la decisión correcta.
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Kagome pasó el día preparando comida sencilla que pudiere ser transportada.
El comentario de sus compañeros era de asombro, ya que el coronel se había puesto sobre los hombros la titánica tarea de reconstruir la vieja cabaña.
Kagome no participaba de la conversación, pero oía todo.
Aún estaba decaída luego de las fuertes noticias del día anterior. Habia prendido una vela y deshojado unas violetas, que eran las flores favoritas de Kikyo, al menos las que ella recordaba muy temprano, antes que nadie se levantase.
Le hubiera gustado volver a verla. ¿Cómo estaría su tío?
La vida de su hermosa prima había sido triste y corta.
Le emocionaba que la escuela reabriera ¿pero a que costo?
Si Bankotsu se iba, era probable que nunca más volviera a verlo, porque los hombres que se adentraban en política se convertían en otras personas.
Él regresaría a Londres, se buscaría una esposa acorde a su nueva imagen y no volvería a acordarse de la cocinera que tuvo en Goldfield.
Sacó una medida de harina, y lo arrojó a la mesada. Planeaba amasar algo de pan.
―Tengo que hablar con usted ―una voz intimidante la asustó por la espalda.
La joven giró y se encontró con la figura alta de Naraku Murtag, con su expresión inmutable y el sombrero en la mano.
Nunca había hablado con él desde que llegó a casa y él se cuidó de no cruzársela.
Kagome lo detestaba, porque seguía siendo el acosador de Yura, quien sólo estaba a salvo porque trabajaba cerca del médico y Naraku no se le acercaba.
― ¿Qué se le ofrece, señor Murtag? ―procuró tranquilizarse y volvió a su amasado.
―Tiene que decirle a su hermana que se aleje del medicucho ese.
― ¿Solo porque usted me lo dice?!ella está a salvo de usted!
Naraku parecía nervioso.
―Hablo en serio, no le conviene tanta cercanía a ese hombre. Tiene que decírselo.
Kagome sonrió con ironía.
―Debe tener mucho valor para acercarse a mí y decirme esto, y más cuando puedo contarle al coronel lo que ha hecho y pretende seguir haciendo con mi hermana.
―Usted no me entiende ―refirió Naraku
―Claro que no, nunca podría ¿Por qué no la deja en paz?
Él parecía que pronto perdería la paciencia y Kagome, secretamente anhelaba una explosión de su parte. Tenía confianza de que Bankotsu no toleraría al auténtico ser que ella y Yura creían que era el administrador de Goldfield.
―Solo dígale que tenga cuidado.
―Cuidarnos de usted lo tenemos bien claro ―atinó Kagome
Naraku se alejó de allí, luego de colocarse el sombrero.
Kagome lo vio hacer, con indignación.
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Con la caída de la tarde y la marcha de los obreros, se había trazado los primeros pasos para la reconstrucción de la escuela, Bankotsu permanecía solo mirando el horizonte.
Los verdes campos y las praderas untadas de olor crepúsculo, daban un precioso aire dramático.
Y sólo ahora podía permitirse pensar con claridad en lo que estaba haciendo. Le estaba allanando el camino a la marcha de Kagome.
Y saber eso, aunque fuera decisión de su propia mano, le dolía, le afligía. Se sentó sobre una piedra, sintió un ligero resquemor en su pierna y evocaba esos momentos tan intimistas de cuando ella le aplicaba el emplasto. Había pasado muchas semanas de la última vez y coincidentemente fue antes de que se instaurara entre ellos la sensación de algo más.
Ella le curó esa parte del cuerpo que nadie pudo antes. Y lo peor, es que también le aflojó parte del carácter, suavizó su mal humor y apaciguó su alma, siempre combatiente, y rabiosa ante los mínimos errores de otros.
Y todo fue culpa de ella. Nadie más la tenía.
En otros momentos, él estaría aplacando la beligerancia de su espíritu y los demonios del mismo, dando cuenta del hacha o de su pistola, descargando tensión y furia acumulada de quince años de guerra, donde dio sus mejores años, y donde también perdió mucho.
Quizá ganó cosas materiales, pero el resto quedó vacío, como su ser. Su alma se llenó de una adrenalina que no descansó un solo momento, volviéndolo déspota e intolerante. Hasta cruel.
Ahora miraba sus manos y casi podía reconocer algunos de los rasgos del muchacho que fue hace diez años.
Jakotsu se acercó en ese momento.
Bankotsu lo miró, con cierto arrepentimiento ya que sentía que nunca valoró completamente a aquel hombre tan leal y bueno. Es que siempre lo comparaba con la fraternal amistad que tuvo con Hiten.
―Si todo va bien, este lugar estará completo en menos de tres semanas, con la cantidad de obreros contratados y con los materiales que Naraku ya pudo conseguir.
Bankotsu asintió con la cabeza.
Jakotsu lo miraba, parecía querer decir algo, pero se abstenía.
―Dí lo que tengas que decir ―autorizó Bankotsu
―Todo es por ella ¿verdad?
―Se lo debo ―confesó Bankotsu ―. Yo le quité esta parte de su vida, es justo que se lo devuelva.
Jakotsu ya no volvió a opinar, sentía que se movía en arenas si iba en aquella dirección.
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La brisa nocturna era maravillosa, así que Kagome decidió ser algo temeraria, se puso un chal encima del vestido y salió caminando hacia el bosque.
Era la primera vez que salía desde su accidente. Decidió no subir a la yegua, porque el trauma era aún muy reciente, así que luego de asearse y servir la cena del personal, estuvo esperando para hacer lo mismo para el coronel, pero William sólo vino a buscar una cesta con comida para llevarle. De vuelta no comería en la casa.
Kagome pretendía que esa caminata nocturna le sirviera para sentirse menos triste.
Y no tanto por su prima Kikyo, ya que con ella creía haber cumplido ya con el ritual de despedida. Sino con el inminente adiós con todo esto, que al principio odiaba, pero que ahora no podía dejar.
Ella volvería a lo antes, estancada y él se iría.
¿Cómo es que una sólo persona podía condicionar tanto a otra?
Bankotsu Hamilton fue parte de su historia desde que era una adolescente alocada, sólo que ahora lo era de un modo más intenso y profundo, con la libertad de los sentimientos propios de la adultez.
Una lagrimas furtivas cayeron de sus ojos, y que se dispersaban mientras ella caminaba a paso tranquilo, por las seguras praderas.
―Nadie puede amar como amamos nosotros, nadie sufre como sufrimos nosotros…
La frase tópica que leyó en algún pasaje del libro se le coló como triste recordatorio de su desgracia.
Amaba a Bankotsu, y lo hacía tal como era él. Con sus virtudes de hombre leal y valiente. Y con sus vilezas, que no eran tal, sino sólo producto de la oscura vida que llevó.
Finalmente se topó cerca del gran árbol de manzanas que ella conocía muy bien. Era la misma que usaban sus alumnos para disfrutar un postre en medio de sus clases.
Ya no estaba la vieja construcción que ella conoció, sino que ahora se vislumbraba varios cimientos y maderas encimadas.
Habia llegado a la localización de la nueva escuela en construcción. ¿Cómo es que había llegado allí por inercia?
Pero todo perdió importancia cuando vio aquella ancha espalda, iluminada de perfil con los trazos de la luna.
Al sentir sus pasos, él giró y ambos dieron encuentro a sus ojos. Los azules de él se veían cansados y los castaños de ella aún estaban cristalizados por las lágrimas vertidas.
Él acortó las distancias, acercándose ya que ella quedó paralizada. Se lo veía sorprendido de verla allí.
― ¿Te gusta? ―era claro que le preguntaba por la escuela y además lejos de cualquier formalidad patrón – cocinera.
Ella afirmó con la cabeza.
Claro que le gustaba. Todo le gustaba, y, sobre todo, el hermoso paisaje que se denostaba con la figura de él, con su camisa con parte de los cordones desprendidos.
Un hermoso conjunto que pronto se iría.
― ¿Cuándo se va?
Él paró en seco, al oír esa pregunta.
― ¿A qué te refieres?
―La propuesta del duque, todos hemos oído de ella ―reveló ella, bajando la mirada y sin poder evitar el hormigueo en sus manos y piernas.
Él sacó una risita.
―No pienso tomar esa propuesta ―informó él
Ella alzó el rostro, asombrada, porque el dolor de todo el día estuvo basado en la idea de la pronta ida de él.
¿Entonces se quedaría?
Aunque eso no quitaba que ella estaba pronta a dejar el trabajo en Goldfield.
Ambos se miraban como si cada uno quisiera beberse el rostro del otro, saboreando el mar de los ojos, en medio del pecho de ella que se agitaba nervioso.
Y de pronto, la fuerza del instinto, de lo inevitable que derrumba las barreras al precio que sea sobre el que solo cabe rendirse, hizo efecto.
Él llevó una mano y rozó suavemente el mentón de la mujer, acariciándolo con ternura.
Él la besó con toda la pasión que emanaba de él. Ella le correspondió con todo lo que podía, recibiendo a aquel enorme hombre, fiel creyente de que podría tomarlo completo como un dulce néctar ofrecido en plena sequía.
Cayeron sobre la hierba, con la luna y los arbustos perfumados, como todo testigo.
Él se aseguró de no aplastarla con su peso, mientras deshacía los cordoncillos del vestido de ella con la impaciencia de quien desea algo de forma tan insoportable y dolorosa.
Ella cerró los ojos y sintió los labios de Bankotsu recorriendo los retazos de piel blanca desnuda. Ella se relajó y se dejó hacer.
Pese al mote desdichado que pesaba sobre su reputación, continuaba siendo doncella. Pero sobre todo era una mujer adulta que podía sentir el calor y el delicioso tacto de ese hombre que la recorría completa, como si fuera un postre delicioso, como las que ella cocinaba y él solía devorar con fruición.
Un cosquilleo subió de sus partes bajas a las más altas, haciendo que arqueara su cuerpo, para que él acabara de quitarle por completo aquel vestido.
Sentir aquellas caricias en su bajo vientre subiendo hasta su cuello, la hizo gemir por la desconocida y sabrosa sensación. Pero abrió los ojos cuando sintió que él se alejó.
Lo que vio casi la deja sin el poco aliento que aún tenía.
Él se había incorporado para acabar de quitarse su propia ropa, exhibiendo una desnudez masculina y firme, que hizo que un hilito de saliva se perdiera de ella.
Era la primera vez que veía a un hombre en todo su esplendor y la vista era tentadora como irresistible.
Se arrojó sobre ella con toda la suavidad de la que era capaz un hombre de su talante. Le separó los muslos y se unió a ella con todo lo que poseía.
Ella no se quejó, aunque debió haberlo hecho. Él la miró con rostro sorprendido ante la inesperada novedad de que se trataba de un cuerpo intacto.
Aunque moría por poseer aquel cuerpo con todo el deseo posible, se contuvo y se dedicó a ofrecerle a ella, una experiencia más tranquila y suave.
Que ella tuviera una primera vez memorable.
Él no se equivocaba en eso, porque ella dedicó a guardar cada pedazo de aquel maravilloso instante en el fondo de su alma.
Ella estaba haciendo el amor con el hombre que amaba y era todo lo que importaba.
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Unas luciérnagas aparecieron al costado del manzano, otorgando un hermoso espectáculo, como si se hubieran puesto de acuerdo para entregar su belleza para distracción de los amantes que descansaban desnudos y agotados de tanto reconocerse bajo el amparo de la oscuridad y del bosque.
La camisa de él servía de sabana, sobre el cual ella reposaba, cansada pero feliz. Tenía la cabeza de Bankotsu sobre su pecho, donde él se había refugiado luego de haberla tenido.
Ella acariciaba los cabellos de su amado con toda la dulzura de sus dedos. Él se apretaba a su pecho, abrazando su cintura, como si hubiera encontrado al fin, el lugar perfecto para reposar y encontrar sus sueños.
Kagome lo sentía completamente relajado, tranquilo y con la guardia baja, como nunca antes lo había visto antes. Recordaba las penosas jornadas nocturnas de él, intentando sacarse de encima todo el dolor que llevaba encima, con toda la gloria del soldado, pero sin ninguna alegría, renegando de las causas que lo llevaron a la guerra.
Ella deseaba tanto poder ofrecerle algo más incluso que esta paz que su cuerpo le había otorgado ahora.
―Ya todas las batallas han terminado…―le susurró dulcemente acariciando mechones de su cabello oscuro ―. Ya no estás sólo...
CONTINUARÁ
Gracias Hermanas y ya saben que el limón no es lo mío.
BESOTE A PAULANATALIA QUE HOY ESTA DE CUMPLE, FRAN GARRIDO, GABY013, NICKY, MONSE, LITAMAR, NENA TAISHO, LENKA 387, ELSA2082 (REVISA QUE EL CAPITULO 16 SI ESTÁ), ISADI Y NUESTRA MISTERIOSA GUEST.
Nos quedan 4 capis y ya se vienen los problemas.
Los quiero.
Paola.
