INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI
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CORAZON EN INVIERNO
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CAPITULO 18
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DEDICADO A LENKA387
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Kagome había despertado, cuando el aroma exquisito del rocío de la madrugada se le impregnó por las narices. Justo a tiempo para poder admirar al delicioso hombre dormido y desnudo que tenía a su lado.
Eran las ultimas horas antes que el sol apareciera. Quizá debía despertarlo y volver a la casa.
¿Pero cómo?
¿Cómo se darían las cosas de ellos de ahora en adelante?
Ella era plenamente consciente de sus sentimientos. Él se mostró dulce y extremadamente apasionado, pero no le dijo nada. No le prometió cosa alguna. Fue una pasión arrolladora la que los envolvió, enigmática y poderosa.
Pero no hubo palabras de por medio.
No se atrevía a acariciarle el rostro, tan apacible mientras dormía, lejos de la imagen recelosa y precavida. Y no le increpaba aquello, porque sus motivos valederos tenía para proceder de ese modo.
Así que Kagome volvió a acurrucarse a su lado, y pegó su nariz al pecho masculino. A su lado, y entre esos brazos se sentía tan segura y feliz.
Como si pudiera volar.
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Un par de horas más tarde con el primer claro del sol, Kagome abrió los ojos por la intensidad de los primeros rayos. Se sintió vacía y con una mano buscó a su lado, pero el sitio estaba frio.
Fue ahí que vio a Bankotsu, de espaldas a ella y de impresionante talante, ya vestido, pero con la camisa aun fuera de los pantalones.
La muchacha sonrió y al hacer un movimiento hizo un ruido, que hizo que él girara a verla. Estaba muy serio, muy diferente al semblante de horas antes, cuando rodaban por la hierba, buscándose desnudos.
― ¿Qué ocurre? ―preguntó ella, preocupada.
Él no se acercó.
―La única cosa en el mundo que no deseo es ser como mi medio hermano Inuyasha, que va por el mundo comprometiendo mujeres y luego huyendo ―refirió con voz sobria. Kagome se removió incomoda con aquella mención.
Él siguió hablando, sin mermar su expresión.
―Lo que he hecho anoche es imperdonable, comprometiendo su reputación y su nombre. Quitándole la posibilidad de concertar un matrimonio respetable ―declaró Bankotsu, sus ojos azules brillaban ―. Por supuesto, para reparar esta falta, me casaré con usted ―anunció, volviendo a la formalidad.
Kagome pensó que bromeaba, pero él estaba circunspecto y grave, que no dejaba a lugar a dudas de que hablaba en serio.
La muchacha se quedó helada al entender la implicación de aquella declaración.
¿Él se casaría con ella, sólo por haberse acostado la noche anterior?
¿Qué acaso no fue un acto de amor espontáneo?
Para ella, toda esa entrega fue de corazón, y él estaba actuando mecánicamente.
Se incorporó violentamente, cogió la chaqueta de Bankotsu y se lo arrojó al rostro, dando lugar a la impulsividad de su pecho.
― ¿Y si no quiero casarme? ―le desafió
Él se adelantó unos pasos, como advertencia, luego de bloquear el golpe de la prenda.
―No fue una petición. Es algo que se va a hacer. Con la imprudencia de anoche, además de poner entredicho tu nombre, pudiste haber quedado encinta ¿acaso quieres quedar en evidencia ante todo el maldito pueblo? ―él volvió a usar un tono informal, saliendo de lo mesurado.
Oír eso fue el colmo para Kagome.
¿Qué se creía este imbécil para decirle eso?
¿Cómo si ella no supiera que aún debía convivir con las desastrosas consecuencias de sus acciones con Inuyasha Hamilton?
― ¿Sólo porque me pagas un salario como cocinera? ¿crees que estoy bajo tu voluntad? ¡No voy a casarme, si no quiero!
Él no pudo contenerse y se acercó.
― ¡Claro que lo harás! Y te voy a obligar si hace falta ¿crees que dejaré que vuelvan a sepultar tu honra? ¡serás mi esposa y no hay nada más que discutir! ―zanjó él, acercándose a su caballo, para luego girar para pasarle la mano ―. Vamos, sube.
Los ojos de Kagome estaban vidriosos de la indignación, rabia y vergüenza. Tantos años viviendo en la ignominia por causa del mandato de unos hombres. Y que justamente el hombre que ella ahora amaba, no la viera con ojos diferentes que no fuera un compromiso asumido. Se casaría por obligación y deber.
Sus manos comenzaron a temblar de pura ira, así que echó a correr del lugar.
Bankotsu iba a subir al caballo para seguirla, pero en eso el casco de caballos de una carreta le indicó que llegaban los obreros de la obra y peor, el señor Naraku Murtag venía con ellos.
El administrador parecía sorprendido de ver a su patrón en esas fachas, pero fiel a su discreción habitual, lo calló. No era su problema.
―Lo que sea, puede esperar ―refirió Bankotsu, ya sobre el caballo, y mirando en dirección a donde Kagome, había corrido tan rápido, que incluso ya desapareció en la espesura del bosque.
―Vienen los agentes de salubridad, los que contactamos en Bath. Vienen a firmar los permisos de explotación ―informó Naraku.
Eso hizo parar a Bankotsu. Hace meses esperaban la visita de esos malditos burocráticos. Volvió a mirar en dirección al bosque.
No tenía más remedio que ir con su administrador a hacer esos estúpidos papeles. Ya luego vería de arreglarse con Kagome.
Los obreros de la obra, quedaron a trabajar en la construcción y él marchó con Naraku a por aquellas gestiones.
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Yura marchó a trabajar con una extraña sensación de que alguien la vigilaba.
Desde que Naraku le hubiera advertido, ella caminaba temerosa cuando iba al pueblo, por ello siempre se arreglaba de coincidir con la señora Fellman, la esposa del carnicero que tomaba ese mismo camino en carreta.
De por sí, esa mañana fue rara, que Kagome vino apareciendo en la casa de sorpresa, llorosa y con aspecto de haber dormido poco.
Los Allem, quienes se disponían a iniciar el trabajo del día, tampoco le preguntaron nada y la recibieron con los brazos abiertos. Yura se quedó lo justo para prepararle un té, porque no podía llegar tarde al trabajo. Pero le prometió regresar antes del cierre, para estar con ella.
Yura intuía que los problemas de Kagome tenían que ver con el coronel.
Se conocían de antes, así que era claro, que tenían asuntos pendientes.
Mientras se aferraba al amable brazo de la señora Fellman, quien conducía su carreta, Yura reflexionaba sobre lo difícil que era ser mujer en una época como esa.
Hoy le tocaba decirle al médico que no iría a Escocia, aunque parte de su corazón hubiera querido. Kagome tenía razón en su consejo, que ella no podía dejarlo todo e ir a otro país.
Pero el buen doctor nunca le dio muestras o avances de sentir algo más hacia ella. Quizá se había ilusionado en vano, por causa del deseo tan grande que tenía de huir del rango de visión de Naraku, ese maldito bastardo que la atosigaba y acosaba, que ahora se atrevía a mandar amenazas por intermedio de Kagome.
Sólo por eso, Yura tuvo el primer impulso de aceptar la propuesta de marchar a Escocia.
Miroku le decía que no había nada como Edimburgo.
Aires de libertad….
Finalmente llegaron al pueblo y la señora Fellman la bajó, con una sonora carcajada.
Yura, volvió a mirar hacia atrás y de lado, buscando aquella sombra oscura que ella creía vislumbrar a su espalda, entrando a tientas a la clínica, descuidada y sin mirar el camino, se tropezó con el rostro alegre del médico Miroku Glenn.
―Señorita Allem, justo la recordábamos allá en la sala. Ha venido el señor Finn a por la curación de su brazo.
Yura se apresuró en disculparse y acomodar su delantal.
Era cierto, tenía trabajo que hacer y por causa de Naraku no podía vivir eternamente con miedo.
Además, luego del almuerzo, aprovecharía de decirle al médico acerca de su negativa de viajar, para darle oportunidad que el hombre buscase otra enfermera más disponible.
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Los funcionarios de salubridad se marcharon luego de las firmas respectivas que se hicieron en el despacho de Bankotsu.
Bankotsu pidió que le trajeran café, que le bastaba por todo desayuno.
Luego que el señor Murtag saliera a su vez, y quedara solo Jakotsu con él, quien lo veía con suspicacia, Bankotsu le hizo una seña a su amigo.
― ¿Tengo algo en la cara?
Jakotsu rió.
―Oh, claro que sí. Porque no soy ciego ni sordo ―replicó éste ―. Además, la señorita Allem no amaneció aquí, tu tampoco. Estas de mal humor y ella no retomó su trabajo en la cocina ¿Qué conclusión tengo que sacar?
―No es tu asunto ―rezumó él, aunque luego giró hacia su amigo ―. ¿Alguien más lo notó?
Jakotsu negó con la cabeza.
―Dije que la señorita Allem marchó a su casa, por razones personales. Claro que he pensado que todo esto, sería motivo de habladurías.
Bankotsu sintió alivio.
Le quemaba la piel él solo pensar que también en este maldito pueblo la conceptuaran de un modo que volvieran a sepultar su reputación. No entendía aun porque se enfadó esta mañana, dejándole solo. Él solo le propuso matrimonio, porque eso es lo que todas las mujeres quieren ¿no?
Luego de terminar sus labores en Goldfield, marcharía a buscarla a casa de los Allem. Ya Kagome estaría más tranquila y podrían hablarlo como adultos.
Igual no le gustaba el modo que Jakotsu tenía de mirarlo, como si lo juzgara.
―Di lo que tengas que decir ―le autorizó.
― ¿Qué has hecho?
― ¿Por qué asumes que yo hice algo?
―Es que por siempre tienes la culpa y la señorita Allem es transparente como el cristal de esta ventana.
Bankotsu sorbió el tazón de café completo.
―Le propuse matrimonio y ella no aceptó.
Si Jakotsu hubiera estado bebiendo también café, lo escupiría.
―Si, como lo oyes. Kagome rechazó mi oferta, cuando es lo menos que puedo hacer por reparar mi afrenta.
―Se escucha como si fuera una propuesta de negocios ¡por dios! ¿es que no tienes una pizca se sensibilidad? ―refutó Jakotsu
Bankotsu se encogió de hombros.
―Somos adultos, no los chiquillos de antes. Es una simple pedida de mano, no necesitamos un circo alrededor.
Jakotsu no daba crédito a lo que escuchaba. Al principio creyó que Bankotsu bromeaba, pero no, él estaba actuando natural.
Así que sargento se levantó y se posicionó cerca del coronel que estaba viendo a la ventana.
―Pero ¿la amas?
Bankotsu pareció tocado al oír aquello. Le costaba un mundo exteriorizar sus sentimientos y más cuando Jakotsu se los mencionaba como si fuera algo sencillo.
Pero sí, pese a todo el desastre de su vida, él se daba cuenta que se quería casar con Kagome, no sólo por haberle arrebatado la virtud. La amaba, aunque le costaba hasta pensarlo.
Y si ella podría sentir lo mismo ¿Por qué no se casaba con él?
Jakotsu no necesitó confirmación de palabras.
―Ella te rechazó porque cree que te casas con ella, por obligación, no porque quieres. Con la vida que ha llevado lo que menos desea es sentirse ligada a una cadena ¿es que no te has dado cuenta? Obviamente por eso huyó y no ha vuelto hasta ahora. No volverá, y eso puedo asegurártelo.
Bankotsu giró sorprendido al oír la increíble retahíla lógica de Jakotsu.
Se sintió automáticamente un imbécil.
¿Cómo es que siempre se daba aires y no se percató que hirió el corazón de la mujer más noble que hubiera conocido?
No, peor aún. De la mujer que amaba. Porque con todo este devaneo, se daba perfecta cuenta de sus sentimientos.
Cogió su chaqueta y se dispuso a salir.
― ¿La vas a buscar?
―Incluso dejaré que me dé una buena bofetada ¿Cómo es que pude ser tan ciego?
Jakotsu le hizo un gesto con la cabeza.
Se alegraba que Bankotsu tomara las riendas de su corazón. Él se había dado cuenta, mucho antes que él mismo, de las chispas habientes entre Kagome y su amigo.
Bankotsu sólo merecía un empujoncito.
Desde el ventanal del enorme despacho, pudo ver como Bankotsu salía montado sobre su caballo favorito en dirección a la casa de los Allem.
Era claro que pronto sonarían campanas nupciales en la casa.
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Bankotsu, quien había estado de pésimo humor por el rechazo, estaba con el semblante aliviado y feliz.
En cuanto notó su estupidez marchó a buscar a Kagome a casa de su familia. Nadie le había dicho que allí estaba, pero era el único lugar donde ella podría ir.
Bankotsu sonrió pensando que pronto eso cambiaria, que Goldfield sería su hogar como dueña y señora.
Cogió el camino más corto del bosque, pasando por el lado de la construcción de la escuela, donde los obreros se afanaban en las labores, y que se detuvieron a saludarlo, cuando lo vieron pasar cerca de ellos, a bordo del caballo.
Cuando notó la granja de los Allem esbozó una sonrisa, pero se detuvo abruptamente cuando notó algo inusual.
Un carruaje elegante estaba estacionado enfrente y el cochero del mismo estaba a un costado, descansando.
Bankotsu decidió verificar, porque tuvo un mal presentimiento, así que decidió rodear la granja y salirse del camino, para poder acercarse y ver de qué se trataba aquello desde detrás de los árboles de adjunto.
Quedó helado al reconocer el emblema de la casa Portland, misma que hubiera sido el distintivo de él, si su medio hermano Inuyasha no le hubiera jugado sucio.
¿Qué rayos pasaba allí?
Pero nada lo preparó para que lo vio a continuación.
Dos personas conversaban en la entrada. La figura alta y masculina era de ese infeliz de Inuyasha y la mujer que conversaba con él era Kagome.
CONTINUARÁ
Trataré de preparar el capítulo 19 más rápido que este, es que cuesta despedirse de una historia.
BESITO A ANNAISHA LOPEZ, FRAN GARRIDO, ISADI, NENA TAISHO, PAULA NATALIA, LITAMAR, LENKA387, MONSE, NICKY, CONEJA, GABY013, ELSA2082
PAOLA
