INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI
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CORAZON EN INVIERNO
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CAPITULO 19
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DEDICADO A FRAN GARRIDO, NICKY, MONSE, NENA TAISHO, ISADI, LITAMAR, Y ANNAISHA LOPEZ
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La rabia homicida que se apoderó de Bankotsu fue tan intensa, que por un momento tuvo el impulso de salir de su escondite, matar a Inuyasha y pedirle explicaciones a Kagome de qué hacía con ese sujeto, y más luego de haberle rechazado tan bruscamente.
Pero se contuvo.
Inuyasha se marchó enseguida y Kagome quedó en la entrada.
Al verla allí, no pudo con su mal genio y se acercó, enorme y poderoso a bordo del caballo.
Ella parecía sorprendida de verlo y no pudo prever lo que él iba a hacer.
Se acercó lo suficiente a su lado, para atraparla con una mano y alzarla con él.
No gritó, posiblemente para no alarmar a los señores Allem, aunque hizo cierto esfuerzo de zafarse. De todos modos, ambos bajaron en el bosque, porque Bankotsu quería privacidad.
Tenía los labios apretados y los puños endurecidos. Kagome lo vio ir y venir de un lado a otro.
―No tenías derecho a traerme aquí sin mi consentimiento ―replicó ella, sacudiéndose el brazo por donde él la había tomado.
Él paró allí y se dirigió a ella, con sus ojos brillantes de furia.
―Siempre estuviste esperando por ese idiota de Inuyasha ¿verdad? ¡responde!
Ella se acercó, presa de cólera y le dio un empujón con todas sus fuerzas, que de todas formas apenas lo movió.
― ¿¡Cómo te atreves a decirme eso, infeliz!?
A Kagome comenzaba a cristalizársele los ojos del cabreo.
Bankotsu estaba celoso y rabioso, pero verla de ese modo, casi lo desinflaba.
― ¡Estoy harta de que vosotros hombres que pretendéis hacer conmigo lo que queráis! ¡no lo permitiré! Años viví en el ostracismo porque un hombre me envió aquí y ahora nuevamente, tú y tu hermano parece que se pusieron de acuerdo para estropearme la vida.
―Kagome…
― ¡No me sigas! ―gritó ella, negando con la cabeza y volviendo a correr para su casa.
No estaba dispuesta que él volviera a atraparla, así corrió con toda la fuerza que podían sus piernas.
Bankotsu quedó muy afectado de verla en ese estado y no la siguió. Fue culpa de su imprudencia e impulsividad, minada de celosos sentimientos que lo llevaron a gritarle de ese modo.
Pero eso no quitaba que ella hubiera recibido a ese desgraciado de Inuyasha y las explicaciones habían sido insuficientes.
Volvió a subir a su caballo y enfiló directo a Goldfield, porque estaba demasiado irritado y temía hacer algo de la que después se arrepintiera.
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Apenas Kagome llegó a la granja se arrojó a los brazos de Lilian Allem, quien la acunó con cariño.
La joven se echó a llorar.
¿Por qué le pasaban estas cosas?
En un solo día, Bankotsu, el hombre que amaba la acorralaba a un matrimonio de simple lastima, algo que ella no quería. Y también apareció sorpresivamente Inuyasha Hamilton, el sujeto que arruinó su vida.
Y no venía con planes desinteresados.
Inuyasha Hamilton, vizconde de Portland, recién viudo de su prima, y completamente arruinado, le informó que, sobre su cabeza, pesaba un fideicomiso a cobrar, y que fuera establecido por su tío que ahora yacía en cama sin hablar.
Inuyasha fue directo al grano.
Le ofreció matrimonio y restablecer su nombre y honra ante la sociedad londinense. Él se encargaría de limpiar su reputación. A cambio, él pedía la administración de ese fideicomiso que ahora se enteraba que tenía.
También con esto, se enteró de porqué su tío nunca más envió dinero a los Allem. Llevaba años postrado en cama, sin habla y perdido facultades.
Kagome estaba harta que su destino fuera manejado por hombres, como si ella fuera un peón de su campo de juegos particular.
―Iré a descansar ―informó Kagome, limpiando sus lágrimas ―. Lo único que quiero es huir y no se encontrada.
―Tengo una hermana que vive en Milton, si deseas tomar distancia. Nadie podrá encontrarte allí ―ofreció Lilian, para sorpresa de Kagome ―. Pero antes, descansa, que no permitiré que venga nadie a molestar.
Aquella información era interesante porque con urgencia quería y debía estar lejos, para sustraerse de esos hombres.
Escapar nuevamente.
Y ni siquiera era culpa suya.
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Bankotsu bajó con violencia del caballo, sin saludar. Entró intempestivamente al comedor y los criados que estaban cerca, huyeron de allí. El coronel estaba completamente fuera de sí.
La reciente imagen de Kagome con Inuyasha era una estampa que apenas y podía tolerar.
Aunque él comprobó en carne propia que Kagome había sido doncella hasta anoche, eso no quitaba que ella hubiera amado a ese bellaco de Inuyasha.
Y eso era peor, mil veces peor. En un arranque cogió toda la vajilla de la mesa y lo echó a suelo, haciéndolo añicos, golpeó la mesa, partiéndolo en dos con sus enormes puños. No contento rasgó las cortinas y destrozó todos los objetos que veía a su paso.
Los mellizos quisieron detenerlo, pero él era más fuerte que esos dos.
Le ordenó que le trajeran todo el alcohol que encontrasen. Wilder y William no tuvieron más remedio que obedecer.
― ¡Que nadie se acerque aquí!
Bankotsu bebió tanto esa tarde, que en un momento dado perdió el sentido y cayó al suelo.
No supo cuánto tiempo estuvo así, pero cuando despertó horas después, no tenía idea del tiempo transcurrido. Por la oscuridad de la habitación, dedujo que ya el sol se había escondido.
Pasado la amargura del sabor de la bebida, habían regresado los malos recuerdos, le dolían los puños de haber machacados muebles y su pierna había comenzado a molestarle.
Se levantó del suelo, con cierta dificultad, y en eso la puerta se abrió.
Era Jakotsu, portando una palmatoria. Y no estaba solo.
Bankotsu achinó los ojos y pudo reconocer a la mujer, como a Yura Allem.
―Espero hayas terminado, porque la señorita Allem tiene algo que decir.
Bankotsu se sentó y buscó a tientas su botella,
―No, largaos de aquí.
Pero Jakotsu no estaba por la labor de obedecer. Yura Allem había venido desesperada con información que podría interesar al coronel.
Jakotsu se acercó y le quitó la botella a Bankotsu.
―No intervine mientras jugabas al borracho, aunque creo que lo que te mereces es una buena tunda.
Bankotsu rió.
―No podrías ganarme ―desafió el coronel
―¡Basta los dos! ―la voz de Yura paró aquel ridículo cruce, la joven se veía cansada ―. Vine desde mi casa, porque he encontrado a mi hermana preparándose para coger la diligencia de la madrugada. Se irá lejos y todo es vuestra culpa ―acusó Yura, mirando a Bankotsu
La joven se acercó.
―Kagome me ha contado que no tiene más remedio que marcharse de Lingfield, porque si se queda, ese tal Inuyasha la acosará sin descanso y tampoco puede vivir en la propiedad de un hombre, que parece que no la entiende, y que la acusa antes de oírla.
Bankotsu se levantó del sillón.
Fue el turno de Jakotsu de intervenir.
―Es como dice la señorita Allem, Kagome se irá de aquí por causa de dos hermanos que se odian desde la cuna, y que parece que se han puesto de acuerdo en estropear su vida ―agregó Jakotsu, y luego acercándose cerca del oído del coronel, para que no le oyera Yura, le susurró ―. No va a quedarse aquí a ser el objeto sexual de un hombre ni el juguete de fortuna de otro, eso es todo.
Bankotsu cogió del cuello a Jakotsu por su atrevimiento, pero la voz de Yura volvió a detenerlo.
Le contó toda la verdad acerca de la visita de Inuyasha. En realidad, no fue tal, fue una irrupción con aire de chantaje.
Al escuchar la verdad que tan estúpidamente no oyó antes, Bankotsu soltó las solapas de la camisa de Jakotsu.
―Ella le ama y usted los sabe. Y si de verdad, usted la quiere, no debería permitir que ella sacrifique de nuevo su vida, yéndose del lado de la gente que la quiere ―refirió Yura, con los ojos cristalizados.
Bankotsu estaba paralizado, sintiéndose más imbécil que nunca.
Yura se limpió la lagrima que se había logrado escabullir, hizo un gesto a Jakotsu. Debía volver a casa antes que fuera muy tarde. No quería que nadie la acompañara como le ofreció el sargento Mills, porque temía que Kagome se pusiera mal al verla llegar en un coche de Goldfield. Además, ella vino, sin avisar a nadie.
Pero sentía el deber moral de poner las cartas sobre la mesa para el coronel. Porque los protagonistas de esa historia aparentemente no conocían todos los lados de aquel cuento.
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Yura se colocó su cofia, miró hacia atrás, despidiéndose del sargento Mills y enfiló rumbo a su casa, donde la esperaban sus padres y también donde Kagome, preparaba sus pertenecías.
Ella no quería que Kagome se fuera tan lejos. Los que debían marcharse eran esos hombres. Con la verdad dada a conocer, sólo ahora podía saberse si el coronel era realmente digno de Kagome.
Al entrar a la espesura del bosque, extrañamente esa sensación de persecución volvió a apoderarse de Yura. Fue tonta, hubiera aceptado el ofrecimiento de que uno de los mellizos la acompañara.
Miró varias veces hacia atrás y apresuró sus pasos, pero cada que avanzaba sentía que podía sentir la sombra de alguien, incluso el olor.
El pánico la sobresaltó y echó a correr con más fuerza. Este era territorio de Naraku, era demasiado fácil para él, aparecer aquí y…
No quería ni pensarlo.
Parece que la estupidez no era exclusividad del coronel. Tampoco podía devolver sus pasos a Goldfield así que aligeró su corrida esperando salir del bosque y alcanzar la pradera del camino a su casa.
Sintió un alivio al ver desde lejos el final del bosque, pero un fuerte empujón, como si alguien la hubiera estirado violentamente de la cofia la arrastró al suelo.
En la oscuridad no podía verlo bien, pero su miedo más grande se había materializado. Una figura alta, vestida con prendas oscuras y con un trapo tapando su rostro, del cual sólo se vislumbraban los ojos.
Yura quiso gritar, pero una enorme mano le tapó la boca.
La pobre joven sabía que estaba perdida. Naraku finalmente la había cazado, asegurándose de encontrarla en el momento más vulnerable; ni siquiera el coronel, el único con ascendiente sobre Naraku podría ayudarla.
El hombre la arrastró del cabello y en esos momentos terroríficos Yura pudo capitular que el día terminaría de la peor forma.
Habia comenzado mal, con la renuncia presentada al doctor Glenn, luego encontrarse con el problema de Kagome en su casa, el enfrentamiento con el coronel y ahora que este miserable la hubiera atrapado.
La joven se removió e intentó resistirse, pero en cambio, un puñetazo le cruzó el rostro. Uno que casi la mandó a dormir.
―Déjame ir…por favor Naraku ―rogó la joven, cuando el hombre la soltó, dejándola inmóvil en el suelo, a causa del efecto del golpe.
Yura veía como el hombre comenzaba a desprenderse el pantalón, se arrodilló, le levantó la falda buscando a tientas arrancarle la ropa interior.
Y fue allí que algo muy extraño y repentino ocurrió.
Algo golpeó la cabeza del hombre que estaba a punto de abusar de ella. Este quiso incorporarse, pero el recién llegado le propinó un puñetazo tan fuerte que rompió la tela que cubría su rostro y lo envió al suelo.
Yura, se removió un poco, acomodando su vestido.
Aun atontada vio la escena.
¿Quién la había salvado?
¿Jakotsu? ¿el coronel? ¿el propio Miroku Glenn?
Su salvador era demasiado alto para que fuera uno de los mellizos de Goldfield.
Todo era muy oscuro, pero cuando vislumbró que se acercaba a ella, luego de cerciorarse que el abusador estuviera inconsciente, la claridad de la luna alumbró sus facciones.
¡Era Naraku Murtag!
¡Su salvador era ese hombre!
Yura abrió la boca de la sorpresa y él le pasó la mano para ayudarla a levantarse.
―Tome mi mano y no tema…
Y Yura lo hizo.
Giró a mirar el cuerpo tendido.
― Pero ¿quién es ese hombre?
Naraku hizo una mueca y la ayudó a ir donde estaba el sujeto.
Yura se horrorizó de reconocer tras las telas rotas al amable Miroku Glenn.
―Es vergonzoso, pero ese hombre es mi compatriota. Yo lo conozco, sabía que no era de fiar y por eso la hice advertir a usted. Pero creo que todo ha sido culpa mía, soy escocés y mis modales son escasos y fácilmente me pueden confundir con un loco ―admitió Naraku
Yura estaba anonadada de lo que había ocurrido en cuestión de segundos.
―Puedo ser alguien severo y a veces, hasta injusto, pero el trabajo de un administrador no es tan simple como suena. Me tocan las decisiones más difíciles ―explicó él, con brutal sinceridad.
Yura no podía ni hablar de la impresión. Siempre había juzgado a Naraku de cierto modo, por la cubierta que presentaba. Y lo mismo le pasaba con respecto al médico, a quien ella incluso creyó otro tipo de persona. Hasta fantaseó que pudiera convertirse en su esposo.
―Miroku Glenn es de Edimburgo como yo, lo conocía de los barrios y siempre fue un hombre peligroso. En Inverness cometió hechos deleznables y huyó a Inglaterra por esos motivos. Su fachada de hombre bueno y correcto lo mantenía a salvo aquí, pero no ha perdido las mañas.
Naraku se arrodilló y usando una soga que traía, ató las manos del hombre.
―Me encargaré de entregarlo a las autoridades.
― ¿Qué puede esperarse? ―preguntó Yura, fue lo único que se le ocurrió.
―La horca.
―No lo denunciaré, no deseo que mi familia pase por un escarnio público. Ese hombre recibirá su castigo justo ―concluyó Yura, tocándose la mejilla roja, donde Miroku la había golpeado.
Naraku se aseguró se atar a Miroku a la grupa del caballo y asintió.
―Igual, déjeme acompañarla desde la distancia. Quiero asegurarme que llegue bien a su casa.
Yura aceptó y comenzó a caminar lentamente.
Y aunque nunca volteó atrás a mirar, sabía que Naraku la seguía a prudente distancia.
Bajo aquella oscuridad, había comenzado a vislumbrar a ese hombre bajo otra luz y perspectiva.
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¿Cómo era posible que, en un solo día, hubiera podido cometer tres estupideces seguidas?
El amor lo volvía cretino y demasiado celoso. Debía controlar esos impulsos malévolos.
No tenía disculpa para el horrible día que le hizo pasar a Kagome, poniéndola entre la espada y la pared. Entre un amante carente que no sabía decirle que la amaba y el otro sujeto que le había arruinado la vida.
Cogió la botella de ron, semi llena aún, y lo hizo añicos contra el suelo, ante la atenta mirada de Jakotsu, sonriente ante la determinación final de su amigo, quien era claro que necesitaba un escarmiento y abrir los ojos ante la verdad.
Ya luego se encargaría de agradecer a la señorita Yura Allem.
―Iré por ella y esta vez no habrá lugar para malentendidos de niños ―anunció Bankotsu, antes de salir directamente para afuera.
Se fue tal y como estaba, sin colocarse una chaqueta encima de la camisa raída. Y sin importar que fuera tan tarde.
Era más urgente encontrar a Kagome y explicarle todo. Sobre todo, quitarle la idea de la cabeza de marcharse de Lingfield. Que juntos podrían pelear contra Inuyasha, que no la dejaría sola en esa cruzada.
―William o Wilder, el que sea, ensillad mi caballo ahora mismo ―ordenó mientras cruzaba el umbral de la casa, a uno de los mellizos que lo seguían.
Todo cayó en saco roto, cuando en la entrada misma, vio a la única persona que no pensaba ver nunca en una propiedad suya.
Su medio hermano Inuyasha Hamilton, con apostura arrogante estaba allí mismo.
Detrás suyo, el carruaje con los estandartes de la casa Portland, el mismo que lo había traído.
Se acercó, presuntuoso.
―Hermano ―con voz irónica
―Tú no eres mi hermano, maldito petulante ―retrucó Bankotsu
Inuyasha esbozó una sonrisilla autosuficiente, aunque se vislumbraba en sus enormes ojos, muy parecidos a los de Bankotsu, una rabia fulgurante.
― ¡Tú y yo arreglaremos cuentas aquí y ahora! ―amenazó Inuyasha.
CONTINUARÁ
Besote a FRAN GARRIDO, GABY013 PAULA NATALIA, LALA BELL (bienvenida al fic), ANNAISHA LOPEZ, NICKY, MONSE, NENA TAISHO, ISADI, ELSA2082, CONEJA, LITAMAR, LENKA387
Ya el fic está a punto de terminar. Solo quedan 2 episodios.
Besuque.
PAOLA
