INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI
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CORAZON EN INVIERNO
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CAPITULO 20
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DEDICADO A LUCYP0411
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Inuyasha Hamilton siempre vivió bajo la férula de un padre que no lo amaba tanto como si amó al otro hijo.
Ocasionando serias diferencias. Inuyasha se crio y vivió en Bristol siempre, a diferencia de Bankotsu quien lo hizo en Londres, y recibió una esmerada educación.
El fallecido vizconde también le procuró un buen padrino para acompañar a Bankotsu, para guiarlo en su carrera militar.
A Inuyasha no lo guío nadie, salvo su madre, que sólo fue una aventura de una noche para el vizconde. Creció en medio del rencor y envidia que le ocasionó perfilarse un carácter sibilino e intrigante.
Sedujo a Kagome Herbert, cuando era una adolescente, sólo para arruinar las perspectivas de su hermano. Se mudó a Londres, sólo para esperar su momento y la providencia estuvo de su parte, ya que al final terminó heredando el título nobiliario y la fortuna.
Casado con la más bella de las mujeres Herbert, su matrimonio con Kikyo fue tranquilo gracias al carácter de su esposa.
Inuyasha dedicó esos años a vivir como un manirroto.
Pero hace pocas semanas, su mujer murió en el parto, lo cual le quitó cualquier oportunidad de seguir recibiendo algún dividendo del barón Herbert, su suegro, quien estaba convaleciente, pero que había dejado instrucciones a su abogado de velar siempre por Kikyo, en caso que ella lo pidiera.
Muerta Kikyo, terminaron los pedidos y por ende Inuyasha se hallaba en una situación desesperada, agobiado por deudas y arruinado hasta la medula.
Un poco feliz comentario del abogado de su suegro le dio una idea.
―Lord Herbert siempre fue precavido y antes de perder facultades, me encomendó que velara siempre por su hija…y también por su sobrina, si ella lo pedía. Pero esto último nunca se pudo hacer, porque el barón cayó enfermo antes de entregar los datos de ella, es una lástima, porque sobre su cabeza pesa un interesante fideicomiso que ha crecido bastante con los años.
Esa información era interesante. Finalmente, luego de mucho rastrear, pudo ubicar a un antiguo valet del barón, y él pudo decirle que la sobrina descarriada fue enviada hace diez años a un pueblito llamado Lingfield. Que era todo cuanto recordaba.
El resto fue simple, decidió enviar primero a Myoga, su fiel criado a peinar el área.
Myoga regresó a los quinces días con una inquietante averiguación.
Kagome Herbert, que ahora era conocida como Kagome Allem vivía en Goldfield, la finca de referencia de Lingfield, como cocinera y quien sabe que más.
Lo peor es que el dueño de casa era su despreciado medio hermano mayor, Bankotsu.
Y fue ahí que Myoga le compartió una suposición horrorosa.
Aparentemente entre Kagome y Bankotsu, la relación era extraña, y quizá no era propia de un amo y criada.
Inuyasha preparó su equipaje y acompañado de Myoga vino a Lingfield a buscarla a ella, decidido a hacer un trato que ella no podría rechazar.
Ofrecerle limpiar su nombre ante la sociedad londinense, casarse con ella, y claro, obtener la administración del fideicomiso.
Al llegar al pueblo, lo odió. Era pequeño y demasiado provinciano. Con las coordenadas de Myoga, pudo ubicar Goldfield y la casa de la familia Allem.
Pudieron rastrear finalmente a Kagome, una mañana en la casa de los Allem.
Luego de diez años de no ver a la ingenua muchachita que una vez quiso huir con él, Inuyasha se sorprendió.
La que tenía enfrente era una mujer hecha y derecha, que estaba a prueba de las palabras galantes y seductoras que él empleó.
Él fue al grano, en medio de tanto lisonjeo.
Pero la respuesta de Kagome fue contundente, munida de una mirada de desprecio.
―Lo único que lamento es que mi prima haya desperdiciado su vida con un alguien como usted. Hace diez años que vivo de esta manera ¿cree que unas palabras amables de un hombre que no veo hace años me pondrá bien?
―Mi propuesta de matrimonio es seria ¿es que no reconoce algo bueno?
Inuyasha notó que los ojos de Kagome se cristalizaban de rabia. La vio apretar sus puños, como si quisiera darle un golpe, pero que superó el verse enfrentada con su pasado, efímero ciertamente, pero cuyas consecuencias aún cargaba.
Kagome lo echó de allí. Inuyasha se marchó, pero prometió volver porque no pensaba dejar ir esa posibilidad de dinero.
Ya cuando se estaba alejando con el coche, pudo ver desde la ventanilla como su hermano aparecía a bordo del caballo y se la llevaba a lomos del animal.
¿Cómo es que ese maldito volvía a aparecerse en su perfecta ecuación?
De vuelta a la posada, tomó la decisión, de ir a arreglar cuentas con su medio hermano porque era claro que él tenía una extraña influencia sobre Kagome.
La manera que él la tomó para alzarla sobre ese caballo, en actitudes propias de un amante celoso. Esa insinuación fue suficiente para que Inuyasha decidiera hacer lo que siempre amenazaba cuando se veía con Bankotsu.
Que un día arreglarían cuentas.
Habia llegado, finalmente. Si Bankotsu era el obstáculo entre Kagome y su fideicomiso, tendría que sacarlo del medio. Tenía mucha confianza en sí mismo, y estaba seguro que luego podría continuar su seducción a Kagome.
Fue a Goldfield y esperó en la entrada.
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―No tengo tiempo de jugar contigo. Lárgate, que tengo algo que hacer ―exigió Bankotsu, sorprendido y rabioso de verlo allí esperando insolentemente por él.
―No voy a irme de aquí. Vine aquí por ella, tú sabes de quien hablo ―replicó Inuyasha
Bankotsu apretó sus puños.
―No tengo que hablar de ella contigo ni con nadie ―rugió Bankotsu, e hizo ademán de salir, pero Inuyasha se puso enfrente.
Era igual de alto que su hermano, y pensaba desafiarlo.
―No me iré de aquí sin hablar antes. Sólo será un momento.
Bankotsu tuvo el primer impulso de darle una bofetada y romperle algunos dientes, por su atrevimiento. Pero también podría ser un buen momento para aclararle a ese imbécil que Kagome sería su esposa muy pronto, que no la volviera a molestar. Podría hacerlo allí mismo, afuera, pero los criados y cualquiera que pasara por el lugar, podría oírlos, así que asintió.
Le hizo un gesto con la cabeza a Inuyasha para que entrara
―Vamos al despacho ―pero al ver que Myoga, el criado lo iba a seguir, le cerró el paso ―. Tú te quedas aquí.
Enseguida estuvieron dentro del enorme despacho de Bankotsu.
―No es tan grande como el despacho de Mont House ―se burló Inuyasha, mirando el interior y comparándola con la mansión que heredó como vizconde.
―Quizá me hayas podido robar la herencia de nuestro padre. Pero estás a punto de quedarte en la calle, así que mejor cierra la boca ¿crees que no sé qué quieres apoderarte del fideicomiso de Kagome?
―Le ofrecí reestablecer su nombre, que no es poco ―contraatacó Inuyasha
Bankotsu se sirvió una copa de brandy.
―Te daré dinero para que desaparezcas de nuestras vidas. Kagome es mi mujer y no necesita que imbéciles como tú la protejan de nada. Además, te odia.
Esa última frase de Bankotsu, molestó profundamente a Inuyasha.
Cogió una copa de vidrio vacía y lo estampó contra la pared.
― ¡Estoy harto de oír eso! ¿Qué demonios tienes que todos acaban queriéndote más a ti?, nuestro padre, mi propia esposa y también Kagome ¡todos! ―Inuyasha se acercó a Bankotsu ―. ¿Crees que puedes comprarme por unas monedas?
Bankotsu sonrió sardónicamente.
―Claro que sí. Estás en bancarrota, cualquier moneda te viene bien.
Inuyasha no pudo con la provocación y se acercó a darle un puñetazo, que fue desviado por Bankotsu, quien aprovechó para apretarle la mano y empujarlo hacia atrás.
Pero Inuyasha no pensaba dárselo fácil. La última vez que fueron a las manos fue luego del funeral de su padre, cuando aún eran unos adolescentes.
Inuyasha creía tener ventaja, porque conocía la debilidad de la pierna adolorida de su hermano y enfocó sus golpes a esa zona, pero Bankotsu era demasiado fuerte.
Se arrojaron al piso a golpearse con todo lo que tenían, descargando rabia y tensión de años de rencor.
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Myoga había estado atento desde que su amo entrara con su hermano a la casa.
Su enfermiza lealtad a Inuyasha le permitía conocerlo muy bien. Sabía que su némesis siempre sería aquel maldito hermano que nunca eligió, pero que el destino puso en su camino. A pesar de haberle ganado la batalla por el título, sabía que lo envidiaba porque el coronel Hamilton había amasado fortuna y reputación propias. Y luego el asunto de los afectos.
Comenzando por el difunto vizconde, quien nunca ocultó su preferencia hacia Bankotsu.
Lady Kikyo tampoco fue una excepción. Si bien, ella cumplió con su marido, en el fondo le tenía miedo y podía ver en sus ojos que siempre lo compararía con el hermano.
El asunto de Kagome era otro que venía a agregarse a la ecuación. Si bien, Inuyasha y Kagome compartieron un pasado escabroso, el vizconde tenía confianza de poder obtener aquel fideicomiso con aquel soborno, pero Kagome se mostraba inmune.
Y la culpa de nuevo era de Bankotsu.
Myoga era peligroso. Pensaba que Inuyasha no tenía suficiente valor para deshacerse de Bankotsu. Quizá necesitaba una ayuda, no merecía mancharse las manos cuando lo tenía a Myoga para servirlo.
La enferma mente de Myoga fue rápida en maquinar una oscura idea y más veloz en ejecutarla. Tomó un trozo de madera y golpeó en la cabeza a Wilder, que cuidaba la entrada e ingresó a la casa, rápidamente.
Dio un vistazo e inmediatamente identificó los gritos desde el despacho. Cogió una calderilla que estaba encendida y caminó hacía allí.
Encontró otras calderillas y las cogió.
Decidió no perder más tiempo y comenzó a arrojarlas a las cortinas, donde comenzaron a arder.
Abrió la puerta del despacho y se encontró con ambos hermanos peleando.
Myoga fue veloz en entrar y tirar la última calderilla a donde estaban los libros para que las llamas se esparcieran más rápido.
Ambos contendientes pararon la pelea al ver lo que se había desatado.
―Milord, he cumplido su más grande designio ―refirió hablando con Inuyasha, cogió un trozo de hierro que vio cerca de la chimenea y arremetió contra Bankotsu.
Si idea era dejarlo inconsciente y que muriera en aquel incendio mientras él ayudaba huir a su amo.
No habría culpables.
―! ¿Qué rayos estás haciendo?! ―gritó Bankotsu
Mientras Inuyasha observaba sin poderlo creer, tirado a un costado, Bankotsu se opuso a Myoga, pero el humo ya estaba haciendo lo suyo. Las llamas y los gritos que se vislumbraban desde afuera mostraban la voracidad del incendio iniciado por Myoga.
El siniestro hombrecillo sonrió y aprovechó su corta estatura para dar el golpe de hierro directo a la pierna lastimada de Bankotsu, que hizo que este cayera.
Myoga aprovechó para ir hacia su amo y ayudarlo a levantarse para escapar, pero el fuego era implacable, y no pudo prever cuando parte del mueble de la biblioteca cayó sobre él. Jamás pudo llegar a Inuyasha.
―! Myoga! ―el grito de Inuyasha inundó el despacho y fue lo último que oyó el criado.
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En pocos minutos, el fuego se había adueñado de todo. Bankotsu se levantó, adolorido del piso. Ese desgraciado criado le había dado muy fuerte en la pierna, pero logró incorporarse.
Podía oír gritos indistintos. Esperaba que los criados de la casa hubieran podido salir. Se incorporó y ahí vio a Inuyasha en el suelo.
Aplastado al suelo porque una parte del mismo mueble que mató a Myoga, había caído sobre las piernas de Inuyasha.
Fueron cortos segundos, donde ambos hermanos se miraron.
El fuego apremiaba. Uno tenía la posibilidad de tratar de huir y dejar al otro. Terminaría la rivalidad y el acoso hacia Kagome.
Años de rabia, resentimiento y animadversión se conjugaban en un solo momento que podría derivar en la decisión final.
Sería una liberación para cada uno.
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Kagome estaba en la habitación que compartía con Yura, en casa de los Allem, cargando su baúl, que llevaría en el viaje con la diligencia. Por ahora esconderse a Milton no sonaba tan descabellado.
En eso, oyó gritos del señor Allem y de otros vecinos.
Kagome salió a mirar.
― ¡Es un desastre! Goldfield arde en llamas.
― ¡Oh, por dios! ¿y las personas?
―Cuando vine, el señor Naraku Murtag había contabilizado que todos los criados alcanzaron a salir, pero el señor…
Cuando la joven escuchó eso, el corazón se le heló.
No importaba que él no pudiera amarla, ella sí lo amaba tanto que sus huesos y piel clamaban por él. Saber que pudo haberle pasado algo era algo que no podría aguantar.
En un impulso corrió al establo, subió a pelo sobre la yegua marrón del señor Allem y haciendo oídos sordos a los gritos de las personas que estaban allí, Kagome apeó su montura rumbo a Goldfield.
Intentando de corazón detener las lágrimas que amenazaban salir de sus ojos y perder la compostura. Ella quería y necesitaba estar allí.
Cuando llegó a la entrada de Goldfield, se encontró con una dantesca escena.
El fuego consumía vorazmente todo
Reconoció a los arrendatarios del coronel, los criados de la casa, con ropa de dormir y sucios de humareda, que salieron de sus camas, disparados por el fuego.
La joven bajó del animal y se dirigió directamente hacia el señor Murtag, quien ayudaba a los heridos.
― ¿¡Donde está el coronel!?
El rostro compungido del administrador le respondió la pregunta.
El hombre estaba sucio y cansado, era claro que fue uno de los que ayudó a sacar a las personas.
Kagome lo cogió por las solapas de su ropa.
― ¡Miente!
Pero Naraku bajó la mirada.
Jakotsu se acercó a ella y ayudó a alejarla.
―El coronel no ha salido. Todos aquí procuramos sacarlo del despacho, pero algo ha bloqueado la entrada allí. Incluso con el señor Murtag intentamos abrir un boquete desde arriba, y se rompió. Apenas salimos con vida y eso que oí el grito de Bankotsu desde dentro del despacho donde nos gritaba que salváramos nuestra vida.
El sargento tenía la mirada cristalizada rememorando aquel horrible momento.
Kagome retrocedió horrorizada.
¿Acaso eso era todo?
La impotencia que sentía era tan grande como la desolación que la amenazaba.
Pero el fulgor del amor que salía de su pecho era más intenso que el fuego que consumía la otrora finca modelo del pueblo.
Fue una decisión de un segundo, y corrió hacia la casa ardiente.
Quisieron detenerla, pero la determinación de Kagome era más poderosa que eso.
Ella quería verlo.
O morir intentando ayudarle.
Pero no iba a quedarse en silencio, viendo como el amor de su vida se volvía cenizas, sin que ella no intentara nada por él.
― ¡Señorita Allem! ¡Regrese!
―!No haga eso!
Cogió las puntillas de su vestido y entró a la casa en llamas.
Sabía que podía morir. Pero al menos lo haría, yendo a por él.
No quería vivir en un mundo donde Bankotsu no estuviera.
CONTINUARÁ
¡FINAL próximo capítulo!
Me he tardado por culpa de una serie de tv jajajaja, perdón.
Por amor hacemos cosas por impulso y sin medir las consecuencias como vemos que hizo Kagome. Veremos si ambos sobreviven.
BESITO A PAULANATALIA, FRAN GARRIDO, GABY013, NICKY, MONSE, NENA TAISHO, ISADI, LALABELL, ELSA2082, LENKA387, LITAMAR, LUCYP0411, ANNAISHA LOPEZ.
Los quiero mucho
Paola
