INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SI
.
.
.
CORAZON EN INVIERNO
.
.
.
CAPITULO FINAL
.
.
.
DEDICADO A todas las queridas mercenarias.
.
.
.
El humo que había aspirado le quitaba fuerzas.
Sobre sus hombros, tenía a su medio hermano Inuyasha que ya estaba inconsciente. La esperanza de salir lo había perdido desde el momento que el techo cayó, y tanto Jakotsu como Naraku que intentaron hacer un boquete tuvieron que irse para no morir calcinados.
Él mismo les ordenó a los gritos que se fueran.
Bankotsu golpeó todas las paredes y la puerta que se encontraba bloqueada.
El destino vino a buscarlos de forma inexorable a él y a su hermano, a quien pese a toda la rivalidad y la rabia no lo había bajado al suelo.
Con las escasas fuerzas que aún tenía, en la única persona en la que pensaba era en Kagome. Él moriría sin volver a verla, sin pedirle perdón y sin decirle que la amaba.
Todo había sido culpa, por no dejarse llevarse por aquella abrasadora fuerza liberadora de los sentimientos que le gritaban hace tiempo que siempre estuvo enamorado de Kagome.
La amaría hasta el final. Sólo en eso, sentía que moriría bien.
Mentalmente comenzó a rogar al cielo que ella tuviera una buena vida y que fuera feliz. Es lo único que podía hacer ahora.
―!Bankotsu! ¿me escuchas? ¡por favor, responde!
El grito de la voz de Kagome lo despertó de su letargo. ¿Estaba alucinando? ¿esto era el cielo?
¿Estaba ya muerto y no lo sabía?
Pero volvió a oír los gritos de la mujer amada y entendió que no era imaginación suya.
―! Kagome! ―respondió él, bajó a Inuyasha al suelo y comenzó a dar patadas a la puerta. Una fuerza se apoderó de él al sentir el terror de que Kagome pudiera estar encerrada allí ¿Cómo había llegado a ese lugar?
― ¡He venido a por ti! ―gritó la joven, comenzando a toser el humo.
―¡No deberías estar aquí! ¡Vete, por favor! ―fue lo único que se le ocurrió a él gritar
Ese sonido de sofoco de Kagome desesperó a Bankotsu, quien en un arranque de desesperación imprimió un puñetazo final a la puerta, tan fuerte que le hizo sangrar los nudillos.
Pero surtió efecto, porque la puerta cayó al suelo, y fue ahí que Bankotsu la vio, alejada unos metros de la puerta derribada.
Kagome, sucia de humo y sudorosa. Era ella en medio de las llamas.
Aunque podría quedarse la vida a admirarla, la muerte se les venía encima, así que se agachó a recoger a Inuyasha, colocarlo sobre sus hombros y correr hacia Kagome, a quien sostuvo por el brazo.
Bankotsu corrió con todo lo que pudo, asegurándose de no soltar jamás a su hermano y tampoco a ella.
Sorteó unos obstáculos e hizo un salto para cruzar la que fuera la puerta de entrada de Goldfield.
Pareciera que la casa sólo estaba esperando que él saliera para derrumbarse, porque apenas Bankotsu, Kagome y el desmayado Inuyasha escaparon, la propiedad se desmoronó.
Bankotsu no miró atrás, y terminó cayendo varios metros adelante, a salvo, y con muchas personas alrededor.
Eran los arrendatarios y criados de la mansión.
― ¡Llamad a un médico ahora! ―gritó un agotado Bankotsu
Pero quien vino fue Yura, a ejercer sus conocimientos de enfermería. El doctor Miroku Glenn ya no estaba en el pueblo, luego de la sutil amenaza de Naraku, pero Bankotsu aún no lo sabía.
― ¡Está vivo, pero igual mandaremos buscar a Guilford a por un doctor! ―refirió Yura, mencionando la ciudad más cercana
El tumulto de las personas que lo rodearon y luego de asegurarse de que Inuyasha aún estaba vivo, fue que se percató que su mano derecha estaba fuertemente enlazada a la de Kagome, quien estaba acostada en la hierba junto a él.
Nunca se soltaron.
Ella jadeaba, tenía el rostro sucio de humo y su vestido manchado, hecho jirones por algunas quemaduras, pero estaba bien.
Sus ojos lucían brillantes, pero cansados.
Ambos se miraron, como si el gentío del alrededor hubiera dejado de existir, como si no les importase estar en esa posición, con tanta gente cerca.
Kagome sólo le soltó, porque cogió ambas manos de él, para besarle los nudillos ensangrentados. Un beso que más de cariño, era de alivio puro.
―Gracias al cielo que estás bien…―murmuró ella
Él negó suavemente con la cabeza.
―No, es gracias a ti ―con la boca henchida de amor ―. Sólo pude salir, porque escuché tu voz…porque viniste por mí ―él acarició las manos de ella que sostenían la suya y luego rozó la piel caliente del contorno de su cara.
―Nada en el mundo me hubiera detenido ―murmuró la joven, con los labios temblorosos.
Era un momento mágico, de cortas palabras, pero intensamente emocional para ambos.
―Estaba yendo a buscarte, para explicarte tantas cosas… cuando ocurrió todo esto.
Ella apretó la mano de él.
― ¿Qué querías decirme? ―preguntó ella con una voz que denotaba ansiedad. Si no fuera por todas esas personas ya se le hubiera abalanzado encima.
― ¿Estáis ambos bien? ―la voz de Yura, seguida de Jakotsu y Naraku los interrumpió.
Solo por eso cortaron el contacto, porque Yura prácticamente se arrojó a los brazos de Kagome, aliviada de que estuviera bien.
Jakotsu tampoco se contuvo en el abrazo.
―Ese hombrecillo, criado de Inuyasha no alcanzó a salir
― ¿Y vosotros? ¿el resto del personal? ¿nadie ha salido herido? ―preguntó Bankotsu
―Están todos a salvo, pero me temo que…―mencionó Naraku girando a la casa que ardía en llamas ―. Goldfield quedó irremediablemente destruido.
Bankotsu se incorporó y se levantó del suelo.
Frente a sus ojos, Goldfield se estaba volviendo cenizas. Era curioso, porque ni siquiera él había elegido aquella finca, todo formó parte de una idea de su fallecido amigo Hiten.
Recordaba que él vino a este lugar, sin ningún tipo de apego por ella. De hecho, aun no había tenido tiempo de encariñarse con Goldfield.
Habia vivido demasiado tiempo, con rabia y furia contra todo el mundo. Sus ansias sólo se vieron colmadas cuando se reencontró con Kagome y volvió su mirada hacia ella, quien también se había incorporado junto a Yura.
Pese a que todo se desmoronaba alrededor de ellos, y el gentío que los rodeaba, para él, solo estaba ella. Y para Kagome, ocurría lo mismo.
A Bankotsu no le importó más nada y corrió hacia ella a abrazarla con fuerza.
Ella le correspondió como pudo.
―Te amo…y creo que siempre lo hice ―murmuró él, solo para que ella le oyera ―. Rechazaste mi oferta de matrimonio, así que te lo vuelvo a proponer. Quiero que sepas que aun, cuando no te cases conmigo nunca, siempre seré afortunado de tenerte.
Si la piel de ella hubiera estado hecha de cera, ya se derretiría, pero resistió.
―No escaparás de mí, nunca ―susurró ella al oído de él, en medio de aquel dulce abrazo ―. Porque me casaré contigo.
El corazón de Bankotsu casi no pudo de gozo con aquella aceptación.
Tantos malentendidos, rabia acumulada, equívocos, desencuentros y resentimiento lo habían separado de aquel amor latente, que probablemente siempre sintió, desde aquella primera juventud cuando se topó por primera vez con ella, una jovencita que desafiaba a los paradigmas de su tiempo, y que viera cortada sus alas por culpa de una trampa.
Bankotsu la amó aún más por eso.
Kagome nunca flaqueó pese a sus actitudes y ese afán de castigarla que él le tenía, por puro despecho y rabia.
Estaba seguro de no querer soltarla nunca más.
Se separó un poco más de ella, para confirmar algo.
― ¿Me aceptarías aun cuando la casa que podría haberte dado, se ha destruido?
Ella sonrió.
―Nunca me ha importado ―ella tenía los ojos brillantes ―. Además, sólo son piedras, y podemos reconstruirlo.
Y sin interesar que tuvieran público, ambos se besaron.
Dejando sin palabras a Jakotsu, Naraku y Yura, que eran los que estaban más cerca.
.
.
.
El médico de Guilford, un hombre serio y de mediana edad se instaló provisoriamente en la que fuera la casa del prófugo doctor Glenn para atender a Inuyasha Hamilton, quien se recuperaba satisfactoriamente luego de aquel horrible percance.
Cuando el vizconde estuvo en capacidad de hablar, pidió hablar con su medio hermano.
Inuyasha, pese a su lastimoso estado, fue consciente de que el hombre que le salvó la vida fue Bankotsu, quien no lo dejó atrás, pese a la carga que era.
Eso no podía olvidarlo.
Así que haciendo a un lado su orgullo, recibió desde la cama a su medio hermano, el hombre al que durante tiempo había aborrecido y envidiado, porque lo creía el causante de perder siempre lo que más quiso.
En aquel pacifico encuentro, Inuyasha, por primera vez en treinta años le pasó la mano a Bankotsu como forma de enterrar el hacha de guerra.
Ambos hermanos no se dijeron nada, pero aquel gesto fue suficiente para que entendieran la transcendencia de lo que estaban haciendo.
Inuyasha se permitió ver a su hermano con ojos diferentes. Era un hombre valiente, y no sólo por ser un héroe de guerra, sino por las acciones de salvataje el día de aquel incendio, que fue culpa suya, por haber creado a una criatura como Myoga, un ser enfermo y peligroso para mal disponerlo.
La casa de Bankotsu ahora estaba hecha cenizas. Inuyasha comprendió que debía hacer lo correcto.
―Quiero que tengas Mont House, en Burnley ―ofreció Inuyasha ―. Es justa compensación por la casa que perdiste.
Bankotsu no daba crédito a las palabras de Inuyasha. Antes hubiera tomado el sitio sin titubear, pero las cosas habían cambiado.
Mont House era la casa ancestral de los vizcondes de Portland, donde vivió su padre y que Inuyasha poco utilizó, más porque vivía en la casa Portland en Londres.
―No ―respondió Bankotsu ―. Mont House debe pasar a tus hijos varones, porque forma parte del acervo del vizconde de Portland.
Inuyasha tuvo ganas de abrazar a Bankotsu.
―Goldfield fue hecho cenizas y ahora estoy quedando en la posada del pueblo, pero me propuse reconstruirlo ―refirió Bankotsu y luego añadió ―. Me casaré con Kagome.
Inuyasha bajó la mirada, lleno de arrepentimiento por todo el daño causado.
―Si me permites, deseo verla. Sólo quiero pedirle perdón.
―No tengo nada que permitirle. Ella es libre de ver a quien quiera. Le diré de tu deseo.
Esa misma tarde, Kagome fue a verlo. Y lo hizo sola, porque Bankotsu decidió respetar su momento, aquel que se debía con su pecado de juventud. Uno que aun la avergonzaba y que la estigmatizaba.
Aquella jornada terminó con un apretón de manos entre ambos contendientes.
Inuyasha le pidió perdón por todo lo que le había hecho y lo que estuvo a punto de causarle. El encontrarse de frente con la muerte le hizo reconsiderar aquello como una suerte de redención, darse cuenta que siempre fue un hombre afortunado, que no supo valorar las posibilidades de la vida.
La vida le daba una segunda oportunidad y pensaba aprovecharla.
Y ahora con la firme convicción de que su medio hermano era un buen hombre y que siempre estaría para él, si lo necesitase.
Inuyasha Hamilton se marchó de Lingfield luego de ser dado de alta por el nuevo médico.
Pero se iba munido de perdón y nuevas posibilidades.
.
.
.
Con la destrucción de Goldfield, Bankotsu se mudó a la posada del pueblo. Como las plantaciones y los arrendatarios aún seguían, el trabajo no había mermado. El problema que le vino encima fue qué hacer con el personal de la casa que quedó vacante.
Naraku les sugirió que les diera un trabajo diferente: ayudar en la reconstrucción de la casa.
Bankotsu tenía la posibilidad de vender las tierras y largarse de esa ciudad. Aún tenía una pequeña parte de sus ahorros, y podría ir a vivir a la zona costera de España.
Pero la cosas habían cambiado. Ya no podía pensar por él mismo, pronto se casaría con Kagome y necesitaban raíces. Ella amaba ese lugar.
Así que decidió emplear lo que le quedaba en resguardo para reconstruir Goldfield. Por amor a ella, decidió seguir con aquel plan de ser terrateniente. Algún día, los hijos de él y Kagome, heredarían esas tierras, así que le tocaba esforzarse por hacerla crecer.
.
.
.
Kagome, por supuesto, volvió a casa de los Allem y comenzó a trabajar, dando clases en la escuela que Bankotsu mandó reconstruir.
Para dar pie a su sueño, junto a los Allem y su prometido viajó a Londres a reencontrarse con su tío, el barón Herbert.
El anciano estaba muy enfermo y en cama, y Kagome lloró al verlo.
―Me casaré, tío. Quiero que lo sepa ―le dijo en un momento ―. Con quien siempre debí haberme casado.
El barón sonrió débilmente, y ambos se dieron mutua compañía por varios días. Lo cierto es que tampoco Kagome podía quedarse en la ciudad.
Y más cuando en un paseo se topó con Kagura y su hermana.
Tampoco podía llevarse a su tío, que era atendido por enfermeras contratadas por el abogado del barón. Ella no tenía casa ni comodidades para ofrecerle.
Fue en medio de aquella visita, que el abogado de su tío le hizo entrega de los certificados que la acreditaban como dueña de un fideicomiso. El buen hombre se sintió aliviado de al fin encontrarla.
Kagome recibió el dinero, en parte llamada por sus responsabilidades. Tenía el sueño de la escuela y también su hogar con Bankotsu.
Habia perdonado a su tío hace mucho tiempo.
Igual decidió que, cuando la nueva casa estuviera lista, acondicionaría una habitación para su tío. Buscaría una enfermera local para que le ayude, para evitarse el rechazo de las remilgadas enfermeras de Londres, que se negarían a venir a vivir al campo.
La pareja y los Allem regresaron a Lingfield luego de aquello.
Kagome, conforme pasaba por las calles, se muñó de una lejana nostalgia. Ella se había criado en Londres junto a Kikyo y su tío.
Hoy nada de eso importaba. Ya no sentía a esta ciudad como su hogar. Ella ya tenía uno, muy lejos de allí, con seres que amaba y que la amaban.
Apretó la mano de Bankotsu, quien iba a su lado.
No tenía miedo de caminar junto a él por aquel sendero al futuro.
.
.
.
El coronel Bankotsu Hamilton y la señorita Kagome Herbert se casaron cuatro meses después del incendio de Goldfield. Fue una larga espera, ya que tenían mucho trabajo en la reconstrucción de su finca.
Por supuesto, los apadrinó el duque de Wellington, feliz por su ahijado y su elección.
El hombre, incluso ofreció a los recién casados que fueran a vivir a una finca suya en el norte, pero los recién casados se negaron a abandonar lo que consideraban su hogar.
Fueron a vivir a una casa alquilada en Lingfield, que Bankotsu hizo reacondicionar para vivir con su esposa los primeros tiempos de su matrimonio.
Jakotsu y Naraku quedaron en la posada, aunque este último se portaba de modo extraño, a decir de Jakotsu.
De su frio carácter, y aparente poca empatía por otras personas, comenzó a dar muestras de una súbita amabilidad. Jakotsu lo achacó a la amistad que había forjado con la señorita Yura Allem.
Aun la ciudad estaba espantada de la huida del doctor Miroku Glenn.
Para evitar suspicacias, los únicos que supieron del ataque de Miroku a Yura fueron sus seres más cercanos.
Kagome se encargó a agradecer a Naraku lo que hizo por su hermana y esto sirvió para limar asperezas con el administrador de su marido.
Fue por esa época que la pareja recibió una inesperada visita: un notario de Surrey vino a por ellos. Grande fue la sorpresa cuando reveló su objetivo.
Años antes, fue él quien se encargó junto al teniente coronel Hiten Percy, de la compra de las tierras de Goldfield. Percy las recorrió de punta a punta y antes de marcharse hizo un encargo al notario.
Le entregó un sobre lacrado, que sólo debía entregar al coronel Bankotsu Hamilton, cuando oyera que se había casado con la señorita Kagome Herbert.
Al pobre notario, fiel destinatario de fe publica, le costó enterarse de la boda, principalmente porque la novia del coronel era de la familia Allem y fue difícil relacionarlos.
Bankotsu recibió el sobre con mucha emoción.
Hiten fue el mejor amigo que la vida le pudo dar. Aun penaba por su perdida.
No podía creer que se hubiera tomado tiempo de dejar algo para él y Kagome. ¿Cómo es que podía saberlo?
Era claro que su amigo había visto a Kagome cuando visitaba las tierras para comprarla.
Bankotsu leyó la carta, una tarde invierno, en compañía de Kagome.
14 de abril de 1813
Bankotsu
Si recibes esta carta, quiere decir que no sobreviví a la guerra.
Pero también significa que pudiste cumplir con un antiguo deseo de vida.
Cuando realizaba un reconocimiento de estas tierras, pude reconocer en casa de unos de los arrendatarios, a la muchacha que perdiste cuando eras más joven, y que, de algún modo, nunca dejaste de amar.
Yo lo sabía, solo que tu no.
Me alegra que hayas dejado la tozudez y que hayas podido recuperar lo que siempre debieron tener.
Desde donde sea que me encuentre, les deseo a ambos que seáis muy felices juntos.
Hiten Percy
Marido y mujer no pudieron evitar que sus ojos se les cristalizaran.
Hiten Percy, muchos años antes ya había previsto que ellos podrían llegar a encontrarse y si lo hacían, que su destino natural era estar juntos.
Él siempre lo supo, a Bankotsu le costó más tiempo saberlo.
Bankotsu apretó la mano de Kagome, conmovido.
―Él siempre supo que yo te amaba a ti, aunque no te hubiera visto en años. Siempre se trató de ti, aunque tardé en darme cuenta ―concordó él
La pareja bebió un trago largo de ron, en memoria de aquel amigo que ahora velaba por ellos desde las estrellas.
.
.
.
Goldfield estuvo listo para ser habitado, completamente reconstruido, según planos originales, dos años después de la boda de Kagome y Bankotsu.
Justo a tiempo para que ella diera a luz a su primer hijo: James, quien nació en la nueva Goldfield.
Y también para inaugurarla con la boda de Naraku y Yura. Una unión que llegó inesperadamente para algunos y no tanto para otros,
Ambos se habían acercado mucho luego del desastre de Goldfield, y acabaron enamorándose.
Bankotsu los apadrinó. Y no pudo evitar intercambiar guiños con su esposa, recordando que un par de años antes, Kagome y Yura sentían repelencia hacia ese hombre.
Del enigmático doctor Miroku Glenn no volvieron a tener noticias hasta que un amigo de Naraku, venido de Edimburgo, le contó que ese hombre fue asesinado por un padre vengativo, por haber abusado de su hija. El propio Naraku se sintió aliviado con aquella novedad, ya que siempre estuvo en guardia, temiendo que Miroku volviera a hacer daño a Yura o a otro miembro de su familia.
Una vez casados, la pareja se mudó a una propiedad en Lingfield, que Naraku compró a su mujer, como regalo de bodas, así él podía seguir cumpliendo sus funciones de administración en Goldfield.
Yura siguió trabajando como ayudante de enfermería para el nuevo médico, y con tiempo se convirtió en comadrona encargada de ayudar a las parturientas del pueblo.
La prosperidad de Goldfield, trajo bonanzas para todos, ya que permitió que el coronel, asociado a Naraku y Jakotsu montaran una fábrica de pastillas de jabón con los años.
Fruto de arduo trabajo y esfuerzo.
Para aquella época, las familias ya estaban ensanchadas. Kagome ya era madre de tres hijos y Yura lo era de cuatro.
Además, las novedades nunca cesaron, ya que fiel a su promesa, Kagome se hizo cargo de su anciano tío, acondicionando una habitación en la nueva Goldfield para él y que pudiera vivir al menos con su familia.
Los hijos de Kagome, en especial el pequeño James le tomaron mucho cariño a su tío abuelo.
Cuando le barón falleció unos años más tarde, se encontraron con la sorpresa de que su hijo mayor James Hamilton fue nombrado heredero por el fallecido. Era su pariente varón más próximo y es lo que le correspondía, además el propio Lord Herbert lo plasmó en su testamento que hizo redactar a su fiel abogado. Que velara que sea James, el hijo de su sobrina, quien heredara el título y sus propiedades, salvaguardándolo de cualquier otro pariente lejano que viniera como buitre por su herencia.
.
.
.
Kagome ya no necesitó emplearse fuera nunca más, ahora que tenía la protección de un marido y la fortuna de Goldfield, dedicándose a cuidar a su familia y ejercer de matrona de la finca.
La que fuera una cabaña que albergaba la rústica escuela, ahora era una enorme casa, donde ella seguía impartiendo clases.
Ni los tres hijos de su feliz matrimonio le impidieron seguir con aquella vocación.
Bankotsu y Kagome habían pasado tantos obstáculos y dificultades que impidieron su unión desde jóvenes.
Años lejos del otro y otro tanto rabiando contra el otro.
Pero al final, lo único que quedaba de aquello era amor, ese sentimiento que salía de dentro, que mueve el cuerpo más allá de la voluntad.
Que mueve al mundo con sus hilos, de lo inevitable, de lo ineludible, que derrumba barreras al precio que sea, ante el que se rinde hasta el más poderoso de los hombres.
La historia de Bankotsu y Kagome fue, es y será siempre una historia de amor.
Y pensaban seguir escribiéndola por el resto de sus vidas.
Nadie puede amar como amamos nosotros.
Nadie sufre como sufrimos nosotros.
FINAL
GRACIAS, hermanas, por su compañía en esta historia.
Voy a ver si puedo preparar otra para empezar en octubre, tengo que ver si hago otra de regencia (que son las de esta época, le dicen así por el príncipe regente) o una de highlanders escoceses o de viajes en el tiempo, como Outlander. Tengo que pensarlo y planearlo bien, pero tengo que comenzar en octubre ya si es que quiero terminar a fin de año.
BESOS, MUCHOS BESOS A MIS QUERIDAS PAULA NATALIA, FRAN GARRIDO, GABY013, ISADI, LITAMAR, NICKY, MONSE, LENKA387, LUCYP411, LALABELL1, ELSA2082, NENA TAISHO, ANAISHA LOPEZ, todas la que dieron fav y follow.
Os quiero, como dicen las españolas.
Paola.
