Historias encadenadas
Por Nochedeinvierno13
Disclaimer: Todo el universo de Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.
Esta historia participa en "Casa de Blanco y Negro 2.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".
Condiciones: personaje desconocido, noche y alivio.
1.
Thomas Warrington vio el crimen desde la ventana de su habitación.
Era una tarde calurosa de agosto —la más calurosa de aquel verano— y el sol comenzaba a posarse detrás del bosque de pinos. Él detestaba la estación, no por el calor —el verano londinense era más agradaba que el español, por ejemplo— sino por el hecho de tener que estar en su casa.
Si apenas soportaba compartir las vacaciones de invierno con sus hermanos —Thomas estudiaba en Hogwarts, Marcus y Malory daban sus primeros pasos en el Ministerio de Magia con su padre— que duraban pocos días, dos meses se le hacían cuesta arriba.
No odiaba a sus hermanos. Odiar era un sentimiento muy fuerte y peligroso, corrompía el alma, pero no compartía su forma de ser y de actuar.
«Es porque eres el menor —solía decirle su madre cuando Thomas le expresaba sus pensamientos—. Marcus y Malory son mellizos, y tú crees que no encajas con ellos, pero no es así. —Su madre era una mujer que prefería tapar el sol con una mano antes que admitir que sus hijos no estaban bien, por eso siempre le daba a entender que el problema era él—. Tienes que trabajar en tu autopercepción.» A ella le gustaba usar palabras altisonantes para ser más que una cara bonita, pero rara vez sabía su significado.
Marcus y Malory habían heredado su belleza: pelo castaño claro, ojos grises y rasgos suaves y proporcionados. Habían llegado al mundo juntos y Thomas estaba seguro que lo abandonarían juntos. ¿Quién iba a entenderlos y escudarlos como hacían entre sí?
Cuando Malory le desagradaba una persona, Marcus se solidarizaba y automáticamente la repelía. Cuando Malory jugó su primer partido de quidditch como la nueva buscadora de Slytherin, chocó por accidente con un cazador de Ravenclaw y cayó de su escoba; una semana después del partido, Marcus mandó al chico a la enfermería y lo amenazó para que no dijera la verdad. Malory aprobaba las chicas con las que Marcus salía y viceversa. Cuando ella dijo: «no puedes abandonarme para casarte con Agnes Bulstrode», él rompió el compromiso y Agnes Bulstrode murió en circunstancias que todavía no habían sido aclaradas por los aurores.
Como si todo eso no fuera perturbador, a Marcus le gustaba la caza.
Los terrenos de los Warrington carecían de fauna salvaje. En los tiempos de sus tatarabuelos, los pumas y los jabalíes abundaban en el bosque, pero los depredadores habían acabado con todos los ciervos y zorros y también se extinguieron. Los únicos que permanecieron fueron las aves que su padre usaba para la cetrería.
Pero él, en su afán de contentar a su primogénito, mandó traer bestias exóticas para que Marcus pudiera cazarlas. Posteriormente, arrastró a Malory en su locura por la sangre y la muerte, y le enseñó a desollar a los animales que cazaba.
El bosque cubría todo el oeste de la mansión y estaba encantado para que las criaturas no salieran de los límites —sus padres lo hechizaron luego de que una criatura se escapara colina abajo y atacara un poblado muggle—, mientras que la ventana de su habitación daba a la entrada de la casa. Si bien Thomas Warrington no veía a su hermano internarse en la espesura del bosque, sí escuchaba los sonidos agónicos de los animales al morir.
Marcus cazaba tanto como cuchillo como con magia. Era tan bueno en ello que había inventado su propia maldición para dominar a las criaturas y dejarlas marcadas. «Es mi sello personal», se jactaba.
Cuando él regresaba con los cuerpos al hombro, Malory separaba la piel de la carne y confeccionaba adornos con ella: alfombras, tapices y almohadones. A Thomas no le causaba gracia alguna apoyar la cabeza en la piel de un animal, por lo que su habitación era el único lugar de la casa donde se sentía a salvo.
Ahí podía disponer del espacio, colocar tantas estanterías como quisiera —Phineas se quejaba de su desorden; Gabriel le prestó un martillo y unos clavos para clavarlas él mismo—, llenarlas de libros, y respirar aire puro. Le gustaba abrir la ventana y que la brisa estival agitara los postigos. El chirrido no ahogaba los sonidos que provenían el bosque, pero lo ayudaban a distraerse.
Miró el calendario que tenía sobre el escritorio. Primero de agosto. «Aún falta un mes para volver a Hogwarts y este será mi último año —pensó. Debía encontrar un trabajo y un nuevo lugar para vivir. No pensaba seguir durmiendo bajo el mismo techo que Marcus y Malory. Phineas y Josephine también querían abandonar sus hogares, pues la convivencia con sus padres se hacía cada vez más intolerable—. Podríamos pagar un piso en el Londres muggle.»
Las paredes vibraron cuando sonó el timbre —un gong que provino desde el primer piso— y puso alerta a Thomas Warrington.
«¿Quién será?» se preguntó.
Su madre estaba tomando el té con las esposas de los compañeros de su padre, Marcus estaba cazando en el bosque, Malory lo aguardaba en el almacén donde desangraban a los animales y su padre estaba leyendo la edición vespertina del periódico. Y todos los invitados que llegaban a la mansión, lo hacían por la chimenea.
Thomas se inclinó sobre el alféizar y sintió que el corazón se le paralizaba al ver al hombre que estaba de pie en la entrada de su casa.
Llevaba un abrigo de lana con múltiples remiendos y unos pantalones que estaban igual de todos. Una vestimenta impropia para la época del año que cursaban. En su mano sostenía una bolsa marrón de cuero que estaba vacía.
—¿Quién es usted? —Vio a su padre que abría la puerta y se posicionaba frente al vagabundo—. ¿Qué hace en la puerta de mi casa?
—Un poco de agua —suplicó el hombre—. Por favor…
Thomas Warrington siempre le llenaba la vieja bolsa con frutas frescas, verduras cocidas, abundantes cereales y botellas de agua fresca.
Los elfos domésticos acostumbran preparar comida en exceso —tenían miedo de que no fuera suficiente y sus amos se enfadaran con ellos. Aunque su padre no solía castigarlos, su madre era una mujer muy exigente— y luego tiraban a la basura todo lo que no se comía. Era un desperdicio, en opinión de Thomas. Sus sobras ayudaban al muggle a mantener el estómago lleno y la sed a raya.
La primera vez que lo ayudó, Thomas le dejó en claro que jamás debía volver a subir la colina. «Si mi padre te ve merodeando sus tierras… —se detuvo antes de decir qué podía hacerle. Los muggles no sabían del mundo de la magia y así debía permanecer—. Yo te buscaré en el pueblo.»
No le fue difícil localizarlo, pues dormía en la calle, bajo una farola rota. No tenía más que su abrigo lleno de parches para cubrirse por la noche y una caja para usar de almohada. No conocía su nombre, tampoco su historia, pero Thomas Warrington era incapaz de mantenerse indiferente ante la miseria humana.
Si el viejo había ascendido la colina —después de que Thomas le dijera expresamente que no lo hiciera— era porque estaba desesperado. «¿Se habrá quedado sin provisiones tan rápido? —se preguntó. Le había llenado la bolsa hasta el cordón y dejado una extra—. Que se marche. Que se dé la vuelta y vuelva al camino.»
—Agua —repitió el hombre.
El viejo le enseñó la bolsa a su padre mientras volvía a repetir la palabra; luego, se tambaleó hace adelante y posó sus manos en la puerta.
—¡Váyase! —bramó su padre.
«Vete», imploró Thomas en su mente.
Su padre odiaba a los muggles. La única razón por la que vivían ahí era porque esa mansión había pertenecido a su tatarabuelo, quien llegó de Francia con un sueño y un bebé recién nacido. «Esta casa es nuestro legado —decía él con una expresión nostálgica—. Yo se las dejaré a ustedes y ustedes se la dejaran a sus hijos.» Posteriormente, cuando se desató la cacería de brujas, los muggles de aquel pueblo habían matado a seis de los siete hijos del tatarabuelo Warrington y, desde entonces, no se mantenía contacto con los no mágicos. Y Thomas había roto la primera regla de la familia al ayudar al vagabundo.
Thomas clavó los dedos en el marco de la ventana cuando vio que su padre hacía un brusco movimiento.
Lo demás sucedió muy rápido: su padre desenfundó la varita, apuntó al muggle con ella y pronunció un hechizo. Un corro de luz verde salió disparado de la punta y se perdió en el atardecer. El cuerpo del muggle quedó rígido y cayó hacia atrás. Rodó por los escalones de la entrada y las hierbas del camino lo recibieron con su tacto suave y silencioso.
«¡Lo mató! —pensó. El estómago se le encogió y vomitó hasta el desayuno de ese día sobre el suelo alfombrado. Thomas se recostó contra la pared, como si de ese modo el cuerpo del vagabundo dejara de estar en el jardín—. ¡Lo mató por mi culpa! Si nunca lo hubiera ayudado, no habría muerto. ¡Todo es mi culpa!»
Las lágrimas cayeron por su rostro y le quemaron las mejillas como los remordimientos. Le dio un ataque de nervios. Era la primera vez que veía la muerte con sus propios ojos. No estaba preparado para ello. Nunca iba a estarlo. Él no era como Marcus que disfrutaba de cazar bestias o como Malory que le encantaba abrirlas con su cuchillo y extraerles la piel; él sólo quería que Phineas le pasara los dedos en el pelo, Josephine le dijera «cariño» con su tono meloso, Gabriel le enseñara a clavar las estanterías y Judith le ayudara a hacer el nudo de su corbata. No quería cargar con una muerte en su conciencia.
Thomas Warrington hizo lo único que podía hacer: avisar a los aurores.
2.
Phineas Black estaba discutiendo con su padre cuando escuchó el golpe en la puerta.
Las discusiones siempre comenzaban con un «deja que Belvina se siente ahí» o «has vuelto a llegar de madrugada» y derivaban en «¿qué piensas hacer con tu vida?» —porque su padre se había casado al cumplir la mayoría de edad, luego de graduarse del colegio, y pretendía que todos sus hijos siguieran su ejemplo— y «ni siquiera eres capaz de elegir bien tus amistades».
No le agradaba Gabriel Bulstrode porque su padre había caído en desgracia —aunque eso no le impedía tenerlo contratado en Hogwarts con un salario mediocre—, a Josephine Rosier la consideraba una «rebelde sin causa» por querer usar pantalón en lugar de la falda tradicional y de Thomas Warrington tampoco tenía una buena opinión, decía que le faltaba carácter, ambición. De Judith Rosier no se atrevía a decir nada porque ella había sido prefecta y pronto la nombrarían Premio Anual.
Phineas sabía que criticar a sus amigos era otra forma de decir «cuán decepcionado estoy de ti». Sobre sus hombros cargaba con el peso de llevar el nombre de su progenitor y también sus expectativas. A él le exigía el doble que a sus hermanos. «¿Por qué mierda no nací primero? —se preguntaba a menudo. Sirius era el primogénito, a él se le perdonaba todo—. Todo habría sido más fácil.»
Su padre tampoco aceptaba que durante el año trabajara los sábados en la taberna del viejo McLaggen —la única persona en Hogsmeade que se había atrevido a desafiar al gran Phineas Nigellus Black y contratarlo—, pues su padre mantenía una rivalidad con el hombre desde su juventud. Se rumoreaba que se habían batido a duelo por el amor de una mujer y que el viejo McLaggen había salido victorioso.
Y por él había comenzado esa discusión en concreto.
—No puedes volver a trabajar para McLaggen —espetó su padre. Era el primer día de agosto, lo que significaba que en un mes estaría en la locomotora escarlata rumbo a su séptimo año de colegio. Phineas Black trabajaba en la taberna los días sábados que era cuando los estudiantes acudían a Hogsmeade—. Los Black nacimos para dar órdenes, no para servir. ¡No toleraré que vuelvas a ser usado como elfo doméstico!
Esas palabras habrían tenido más impacto si no fuera la séptima vez que las escuchaba ese verano.
Phineas Nigellus Black lo miró con los ojos entrecerrados desde el sillón de la sala de estar; en sus manos se encontraba la edición matutina del periódico. Por más que aparentaba tener el control de la situación, Phineas Black no estaba dispuesto a ceder ante su padre.
Llevaba un año trabajando para McLaggen —éste le había puesto como condición seguir estudiando para contratarlo— y había conseguido que le duplicara la paga después de haber incrementado el número de clientes.
Desde que se habían implementado las reformas educativas de su padre —reformas que avasallaban los derechos fundamentales de los estudiantes—, los hijos de muggles no podían compartir los mismos espacios que los alumnos de sangre pura. Muchos de ellos habían abandonado el colegio.
Para impedirlo, Phineas Black y sus amigos —ese grupo que su padre tanto desaprobaba— había organizado reuniones clandestinas en la taberna del viejo McLaggen. El establecimiento contaba con una trastienda con una puerta trasera, donde podían acomodarse tres mesas con sus respectivas sillas y encontrar un poco de privacidad. Judith Rosier se reunía todos los sábados con Tessa Roberts —hija de muggles, Hufflepuff, dientes ligeramente separados—, al igual que otros estudiantes que habían sido forzados a separarse de sus amores y amigos.
—La diferencia entre los elfos domésticos y yo es que a mí me pagan —respondió Phineas, altivo como de costumbre—. Por cierto, me gustaría que le pagáramos a Kreacher por sus servicios.
No lo dijo enserio, pero aquello hizo que su padre golpeara el periódico contra la mesa y se pusiera bruscamente de pie.
—¡Esto es inaudito! —exclamó el director—. ¡No toleraré más tus insolencias! ¡Dejarás de trabajar para McLaggen o…!
No terminó de formular la amenaza porque sus palabras quedaron ahogadas por un golpe seco que resonó en la puerta.
Phineas Black atravesó rápidamente el pasillo donde estaban colgados los retratos de sus antepasados —su padre ya había reservado un marco de oro y plata para cuando pasara a mejor vida; Phineas quería convencer a sus hermanos de encerrarlo en el ático— y observó a través de la mirilla, pero su ojo solamente captó la luz dorada del mediodía.
Él no tenía duda alguna de que había escuchado un golpe, como de un saco que caía al suelo de improvisto, y sabía que no se trataba de un muggle. Su casa estaba protegida por un encantamiento y solamente podía ser encontrada por aquellos que ya habían visitado la residencia con anterioridad.
—¿Quién es? —preguntó.
—Phineas… —susurraron al otro lado de la puerta.
Su corazón se aceleró al reconocer a quién pertenecía esa voz.
Rápidamente, Phineas abrió la puerta y se encontró con Thomas Warrington tendido en el suelo, contra la puerta, a punto de desvanecerse. En los peldaños de la entrada había quedado un rastro de sangre y el rostro del propio Thomas era una amalgama roja y negra.
Se abalanzó sobre él e intentó ponerlo de pie, pero con cada esfuerzo, Thomas Warrington se desvanecía en sus brazos como un títere al que le cortaban las cuerdas una y otra vez. «Esto no puede estar sucediendo», pensó. ¿Quién le había hecho eso a su Thomas?
Phineas gritó por ayuda.
—¿Qué hace él aquí? —preguntó Phineas Nigellus Black desde el pasillo. Ni se inmutó al verlo herido—. Su familia pronto estará envuelta en un escándalo.
—Me importa una mierda —respondió Phineas. Una semana atrás, el señor Warrington había sido detenido por asesinar a un muggle. La familia estaba haciendo todo lo posible para que la noticia no llegara a los periódicos—. ¡Mamá! ¡Mamá! —llamó.
Úrsula Black —de soltera Flint— descendió los peldaños de la escalera de dos en dos cuando escuchó su grito de auxilio.
—¡Está herido, Phineas! —bramó—. ¿Le cerrarás la puerta a un niño lastimado? —Ella no aguardó la respuesta. Movió su varita con un movimiento fluido y el cuerpo de Thomas Warrington levitó en el aire, en dirección a las escaleras—. Phineas —dijo refiriéndose a él—, ve por mi botiquín. No lo tocaremos hasta saber qué le sucedió.
En otros tiempos, su madre había soñado con convertirse en sanadora, pero el matrimonio y los hijos se cruzaron en su camino. Pero ella tenía una habilidad innata para la curación. Sus manos eran mágicas en todos los sentidos.
Mientras el cuerpo de Thomas flotaba en dirección a su habitación, Phineas corrió a la recámara de sus padres.
Entrar allí siempre le provocaba escalofríos. Era el cuarto más oscuro de la casa, el papel tapiz no había sido cambiado en los últimos diez años y su padre tenía una colección de artefactos oscuros expuestos en las estanterías clavadas en la pared. Su madre, en cambio, gozaba de un tocador con espejo ovalado. Pero, en lugar de tener polvos y sombras —como sus hermanas—, tenía una cajita de madera con múltiples divisiones que contenían pociones, antídotos para toda clase de venenos y extractos de plantas.
Tomó la cajita y se dirigió a su habitación.
Al llegar, quedó devastado por la imagen con la que se encontró: Thomas Warrington yacía sobre su cama, en un mar de sangre, con las facciones del rostro totalmente desfiguradas. Su madre estaba arrodillada junto al colchón y, varita en mano, trabajaba en su herida.
—Mamá… —susurró Phineas. Todo el miedo que no había sentido en sus diecisiete años de vida había acudido a él en ese instante—. ¿Qué le sucedió a Thomas?
—Una maldición —contestó ella.
Arrancó un pedazo de su propio vestido en la desesperación por ayudarlo y lo empapó con una poción que Phineas Black no reconoció. Con la tela limpió la sangre del rostro; posteriormente, tomó un hilo dorado y lo manipuló con su varita. Phineas Black no desvió la mirada en ningún momento, ni siquiera cuando la aguja invisible penetró la carne expuesta y el hilo comenzó a cerrar la herida.
Aguardó y aguardó.
Los segundos se volvieron minutos y los minutos se volvieron horas, pero él no interrumpió en ningún momento a su madre. Confiaba en ella. Sabía que Thomas estaba a salvo en sus manos.
Cuando limpió las manchas carmesíes de las sábanas y acomodó los frasquitos vacíos en su botiquín, Phineas sintió que le volvía el alma al cuerpo. Su mente fue bombardeada por un sinfín de preguntas. ¿Qué le había sucedido a Thomas? ¿Quién le había lanzado la maldición? ¿Ya había pasado el tiempo de riesgo o debía seguir temiendo por su vida?
Antes de retirarse de la habitación, su madre le colocó una mano en el hombro y le dijo:
—Mi trabajo aquí ha terminado. La maldición ha quedado anclada en su rostro. Procura que Thomas no llore.
—¿A qué te refieres?
—Escucha mis palabras hijo: Thomas no debe llorar —reiteró—. Le di poción para el dolor y para dormir, pero despertará antes del anochecer. Debes asegurarte de que no llore o será peor para él. De momento, las vendas protegerán la herida de posibles infecciones.
Phineas Black se sentó en el alféizar y dejó que sus ojos se perdieran en el cielo. El dorado era deslumbrante; una lechuza abrió las alas y echó a volar. Sus vecinos muggles encendieron la chimenea y una nube grisácea pintó el paisaje.
Luego decidió cerrar las cortinas por si la luz molestaba a Thomas. «Con la poción para dormir no habrá nada que lo perturbe», pensó, pero igual dejó la habitación sumida en penumbras. Caminó de un lado al otro, frotándose la barbilla con la mano, ¿debía escribirles a sus amigos? ¿O debía esperar a que Thomas despertara y le contara lo acontecido?
A medida que la tarde caía en Grimmauld Place, Phineas escuchó a sus padres discutir en la planta baja de la casa. Su madre tenía una voz firme y alta, mientras que su padre elevaba la suya para equipararla. Su madre dijo: «hemos visto a ese niño crecer en nuestra casa, ha dormido todos los veranos bajo nuestro techo, no le daré la espalda cuando más nos necesita. Y tú tampoco lo harás». Su padre no se atrevió a responderle a su última frase. Phineas Nigellus Black podía mandar en Hogwarts, pero en el número doce de Grimmauld Place mandaba su señora esposa. «No quiero que se corra la voz de que está aquí», cedió.
En algún momento, Phineas se quedó dormido en la silla que acomodó junto a su cama para estar más cerca de Thomas. Su cabeza cayó hacia adelante por culpa de la gravedad y el peso de la preocupación. Un hilillo de saliva le corrió por la conmensura de la boca y se secó en su cuello.
No se despertó hasta que sintió una mano rozando la suya y una voz ahogada que murmuraba su nombre.
—Thomas —habló Phineas—, ¿cómo te sientes?
Demoró en responderle.
—Embotado. La cabeza me da vueltas.
—Mi madre te dio todas sus dosis de poción para dormir. También te dio algo para el dolor. Eso también aumenta el mareo. Mi madre dice que te lanzaron una maldición —reveló Phineas—. ¿Puedes recordar quién te hizo daño?
Thomas movió ligeramente la cabeza; Phineas se encontró con su rostro vendado. Un ojo azul pestañeaba entre las tiras de algodón.
—Mi hermano Marcus… Él me maldijo —confesó. El ojo se humedeció—. Marcus se enteró de la verdad. Sabe que yo le entregué a padre a los aurores. Es mi culpa que esté en Azkaban. —La voz se le quebró—. ¿Qué me hizo? —preguntó—. Dime Phineas, ¿qué me hizo? —demandó saber.
—Cuando llegaste aquí, tenías una herida en el rostro… La sigues teniendo, en realidad. Mi madre la cosió con hilo y magia y te colocó vendas para protegerla.
Comenzó a llorar; las lágrimas humearon cuando tocaron su piel. Thomas se llevó las manos al rostro e intentó arrancarse las vendas que lo cubrían.
«A esto se refería mi madre», dedujo.
—Atabestias. Así se llama la maldición que me lanzó Marcus. Me marcó como a una de las criaturas que tanto le gusta cazar. Y es cuestión de tiempo para que mi hermana venga a desollarme.
3.
Gabriel Bulstrode se enteró de lo sucedido después que volvió de Whitechapel.
No le gustaba transitar por el camino de la mentira, pero conocía muy bien a sus padres. Él lo golpearía por atreverse a hurgar en el pasado —aunque, en realidad, era el pasado y el presente de Gabriel también— y su madre se echaría a llorar, pensando que había hecho algo malo. Y Gabriel también sabía que le dolerían más las lágrimas que el golpe.
Cuando era pequeño, su padre era el gran Benedict Bulstrode, uno de los más afamados abogados del mundo mágico, pero ahora no era más que una sombra en el ocaso de su miseria. Y, como todo fracasado, depositaba su responsabilidad en los demás. Le gustaba dejarle la palma marcada en el rostro —acompañado de un «así aprenderás que el respeto se gana»—y lanzar comentarios viperinos para que su esposa abandonara el comedor a mitad de la cena.
Toda la fortuna que él había amasado durante sus años profesionales —con el respaldo de la familia de su esposa, los Abbott, quienes les dieron el capital inicial para montar su propio bufete—, se derrumbó como un castillo de naipes al viento. Benedict Bulstrode se iba a Whitechapel con los bolsillos llenos de dinero y volvía desnudo.
«Se lo gasta todo en juegos de azar, alcohol y mujerzuelas —escuchó que su tía, la hermana mayor de su madre, le decía una tarde que fue a tomar el té a la mansión. Cuando él no estaba cerca, ella abandonaba los pañuelos, sonreía y hasta se recreaba en el jardín—. Es cuestión de tiempo para que queden en la ruina.»
En aquel tiempo, Gabriel tenía diez años y pensaba que su tía era una adivina; cuando maduró, entendió que era una crónica anunciada. Su padre gastaba más de lo que producía. Los Abbott le quitaron el bufete antes que lo llevara a la quiebra e intervinieran para que no perdiera la casa —«siempre supe que hundirías a mi hermana y a mi sobrino en la miseria, pero no tengo el corazón para verlos en la calle», le dijo ella a Benedict. La tía Hannah era una mujer muy adelantada, se las ingenió para poner la propiedad a su nombre, con la amenaza implícita de «a ti sí puedo echarte en cualquier momento»—, y su padre comenzó a trabajar en Hogwarts como conserje porque eso era a lo único que podía aspirar.
Nadie quería involucrarse con un abogado venido a menos, al que le habían retirado la licencia por llegar borracho a un juicio y agredir verbal y físicamente a un jurado del Wizengamot.
Hasta que Marcus Warrington se presentó en su casa, solicitando sus servicios.
Gabriel Bulstrode no lo vio en persona, pues Marcus Warrington se marchó por la chimenea —ver su cuerpo siendo devorado por las llamas esmeraldas, le causó un placer momentáneo— y él llegó ascendiendo por la colina. «Mejor que no lo haya cruzado —pensó Gabriel. Habían pasado tres años desde lo acontecido con su prima, pero lo seguía recordando con cada atardecer—. ¿A qué habrá venido?»
En su recorrido por las calles repletas de pub y casas de curri, Judith Rosier le confesó que Marcus Warrington le inspiraba miedo. «¿Y a quién no? —le respondió Gabriel. Luego le agradeció por haberlo acompañado a Whitechapel—. No me habría atrevido a hacerlo de si no me acompañabas.» «Si…siempre sa…sales con…conmigo», le respondió su amiga.
Judith Rosier era tartamuda, por eso nunca hablaba en clases, pero eso no le impedía ser la mente más brillante de su generación. No obstante, su madre era una mujer muy conservadora que no permitía que sus hijas salieran de casa sin la compañía de un hombre. A Josephine le daba igual saltar por la ventana o pedirle a Thomas que la fuera a buscar; Judith, en cambio, prefería endulzarle el oído a su madre y lo usaba como guardaespaldas.
«Iremos al Callejón Diagon a ver cuánto cuestan los libros de este año —mintió Judith a su madre. La señora Rosier sabía cuan precaria era la situación de los Bulstrode, así que no sospechó—. Luego nos tomaremos un helado. Llegaré antes del ocaso.»
Mientras recorrían el lado más tradicional de Whitechapel, con sus calles empedradas y sus arquitecturas antiguas, Judith le expresó su deseo de vivir en el mundo muggle con Tessa Roberts, una vez que se graduaran de Hogwarts. Ella llevaba enamorada de la Chica Hufflepuff —como la habían apodado después de conocerla— desde que habían hablado por primera vez en la biblioteca y se habían besado en la taberna del viejo McLaggen.
Gabriel no sabía qué quería hacer con su vida. A veces soñaba con montar su propia taberna en Hogsmeade o en el Callejón Diagon, pero no tenía el dinero para hacerlo, y el mundo muggle era un lugar inhóspito para él. Se había acostumbrado tanto a la sociedad mágica que a veces se olvidaba cuáles eran sus orígenes.
No fue hasta que se encontró frente a ella —más joven que su madre, pelo rojo como el fuego, nariz desviada— y vio a la niña en sus brazos que sintió el pánico apoderándose de su ser. Tomó de la mano a Judith Rosier y salió corrieron de Whitechapel antes de ahogarse en su propia desesperación. «Soy un cobarde —pensó una vez que dejaron atrás. Ni siquiera echó un vistazo por encima del hombro—. Debería haberle hablado.» Pero tampoco sabía qué decirle.
Acompañó a Judith de regreso a su casa y se disculpó por hacerle perder el tiempo. «To…tómate tu…tu tiempo», aconsejó. Ella —al igual que Phineas, Thomas y Josephine— sabía la verdad y lo apoyaba en cada trémulo paso que daba: hablar con su madre, preguntarle el nombre, averiguar dónde vivía, etc.
Ya con los ánimos por el suelo, Gabriel Bulstrode quedó desconcertado al ver a que Marcus Warrington había estado allí. Más aún cuando escuchó que su madre bajaba rápidamente las escaleras y comenzaba a discutir con su padre. Él percibió las voces acaloradas desde el otro lado de la puerta.
—No puedes aceptar el caso —dijo su madre.
—¿No te he dicho que no escuches mis conversaciones privadas, Ofelia? —Debía haber recibido a Marcus Warrington en la sala, pues el despacho del segundo piso contaba con un hechizo que aislaba el sonido—. ¡Son diez mil galeones! —recalcó Benedict Bulstrode—. Y me regresaría mi licencia. Es una oportunidad que no puedo dejar pasar.
—Escúchame, querido. Siempre he mirado para un costado cuando se trataba de tus fechorías y me he tapado los oídos cuando las malas lenguas hablaban, pero confía en mi criterio esta vez —suplicó la mujer. El tono de voz le revolvía las tripas. Su madre lo usaba cuando tenía miedo de cómo podía reaccionar—. Un hombre que le hace daño a su propia sangre no es de fiar.
—Marcus Warrington lo atacó porque el chico entregó a su padre a las autoridades. ¿Quién en su sano juicio hace eso?
—¡Un chico que vio cómo mataban a una persona! ¿Recuerdas cuán afectado quedaste cuando tu padre se batió a duelo y mató a tu tío? —Benedict no contestó—. Si un muchacho de veintiséis años viene, se sienta en tu sillón y te dice: «mi señor padre mató a un vagabundo muggle, mi hermano avisó a los aurores y yo lo maldije por eso», tienes que desconfiar.
»Los Warrington tiene tanto oro como los Malfoy en sus arcas de Gringotts. Podrían contratar a cualquier abogado e incluso comprar a todo el Wizengamot. ¿Por qué crees que Marcus ha venido a buscarte? —Su padre tampoco respondió—. ¡Porque está desesperado!
Gabriel Bulstrode sintió que una mano de hierro le arrancaba el estómago.
¿Sus padres estaban hablando de Thomas Warrington, uno de sus mejores amigos desde que tenía memoria? ¿Qué le había hecho Marcus a Thomas? ¿Era por eso que su amigo no respondía a las cartas que le enviaba?
Pegó la oreja contra la puerta para seguir escuchando.
—Necesitamos el dinero, Ofelia.
—No. Ese dinero está manchado de sangre inocente.
—¡Estamos hablando de un muggle, de un ser inferior! —Era irónico que él lo dijera cuando era adicto a los juegos de los muggles, al alcohol de los muggles y al sexo con muggles—. Ofelia, estás dejando que tu corazón de mujer hable por ti. No podemos permitir que las rencillas del pasado se interpongan en nuestra economía.
«Se llamaba Agnes y no fue una rencilla. Era mi prima, tu sobrina, y Marcus la destruyó. Y ahora hizo lo mismo con Thomas.» Agnes había crecido en Francia, pero se había mudado a Inglaterra para que Gabriel tuviera
El chico abrió empujó la puerta con el hombro, dispuesto a interrumpir la conversación. Pronto se encontró sumergido en el palacio de mármol que era su casa. El material formaba parte del suelo, de la escalera y del techo. Todo era de mármol blanco.
—¿Es verdad lo que acabo de escuchar? —Miró a su madre. Sus ojos nunca mentían—. Si Marcus atacó a Thomas, ¡no puedes defenderlo!
Su padre era un hombre menudo, más bien bajito, pero su voz retumbaba como un trueno en aquellas paredes.
—No puedes impedirlo —aseguró Benedict—. Si tu madre no ha podido hacerlo, ¿qué te hace pensar que tú si vas a conseguirlo? —desafió.
Gabriel Bulstrode no se consideraba una persona valiente —principal razón por la cual había ido a Slytherin y no a Gryffindor—, pero en ese instante dejó que la ira y la impotencia hablaran por él.
Sabía que su padre lo había perdido todo en su vida: su trabajo, su renombre, su fortuna, el respeto de su esposa e hijo, pero aún conservaba un secreto, una verdad que no quería que el mundo conociera.
—Si aceptas el caso, le contaré al abuelo de Ginger. —Así se llamaba su anterior favorita de Whitechapel—. Y ya sabes qué piensa el abuelo sobre los muggles.
Su abuelo le había inyectado los ideales de la sangre desde pequeño. Su padre odiaba todo lo relacionado a los muggles, pero también los amaba por los bajos placeres que eran capaz de otorgarle. Y siempre había ocultado la doble vida que llevaba. Si el abuelo Bulstrode se enteraba, estar hundido en la miseria sería la menor de sus preocupaciones.
El muchacho se mantuvo rígido frente a la chimenea y no cerró los ojos cuando su padre lo golpeó en ambas mejillas. Gabriel sintió que el rostro le ardía, pero su corazón ardía aún más.
—¿Qué sabes de Ginger?
—Hice algunas averiguaciones —contestó Gabriel. Jamás iba a delatar a su madre. Sabía que él la mataría por haber hablado—. No fue muy difícil encontrarla. Bastó con ir a Whitechapel y buscar a una mujer que fuera pelirroja. —Mientras que sus padres tenían el pelo castaño y rubio claro, Gabriel era el único que tenía el pelo rojo—. Me dijo que la próxima vez que fuera me contaría toda la historia.
Sus fosas nasales se hincharon.
—Jamás vuelvas a Whitechapel. ¿Me entendiste? —le gritó.
Su padre encendió un habano —uno de los pocos vicios muggles que podía conservar en su bancarrota— y se marchó en dirección a su despacho a escribir una carta.
Gabriel Bulstrode saboreó la sangre y la victoria en su boca.
—¿Fuiste a Whitechapel? —preguntó su madre con voz ahogada. Se había sentido tan airoso de poder enfrentar a su padre que olvidó ese efecto colateral—. ¿Por qué?
—Tenía derecho a verla con mis propios ojos —contestó él—, saber de dónde vengo.
—No vienes de mi vientre, pero sí de mi corazón. ¿Hablaste con ella?
Gabriel negó.
—No me atreví.
—No te confesé la verdad para que fueras a buscarla, Gabriel. Esa mujer quería deshacerte de ti. Te entregó a tu padre, pero podría haberte dado a cualquier persona. ¡No merece que te preocupes por ella!
Su madre tenía razón, pero no podía evitar querer desvelar el pasado. «¿Pensó que estaba haciendo lo correcto cuando me entregó a Benedict? —se preguntó. Pensó en la niña que cargaba en brazos—. ¿Será su hija?»
—Tú me acogiste en tu casa cuando tenía un mes de vida, me alimentaste, me cuidaste y me arrullaste por la noche. Tú eres mi madre, eso nunca cambiará. Pero tengo derecho de saber por qué no me quiso. Aunque fuera una prostituta, yo era su hijo. ¿Por qué no quiso conservarme?
No siguió ahondando en el tema porque no soportaba ver a su madre llorar, pero Gabriel Bulstrode volvería a Whitechapel a buscar la respuesta a su pregunta.
Pero antes debía saber cómo estaba Thomas.
4.
Josephine Rosier se apersonó en Grimmauld Place cuando le llegó la noticia.
Era noche cerrada en Islington; una hilera de farolas iluminaba la calle y las siluetas de las casas del vecindario. La residencia de la Noble y Ancestral Casa de los Black estaba oculta por sortilegios mágicos y nadie que no hubiera estado allí antes podía encontrarla.
A Josephine le parecía irónico que, teniendo en cuenta que los Black eran una de las familias más supremacistas, vivieran rodeados de muggles.
Luego de que la tía de Phineas —Isla, creía recordar que se llamaba así— se fugara del brazo de un muggle errante, se había hechizado la propiedad para que, incluso con las ventanas abiertas, los ruidos del exterior no perturbaran la armonía familiar. «Mi tía se enamoró de un músico de la calle», le dijo Phineas.
A ella no le gustaba ir a Grimmauld Place. Le parecía grotesco que la casa tuviera que abrirse paso entre las otras construcciones para revelar su ubicación. También le parecía oscura y vieja. Una constante capa de polvo cubría los retratos y los muebles, como si estuviera allí desde los orígenes de la familia.
Iba a Grimmauld Place cuando la situación lo requería —como cuando Phineas se quebró el tobillo por una zancadilla que le hizo Sirius o cuando Belvina se convirtió en mujer y Phineas pensó que su hermana se estaba muriendo desangrada— y ésa era una de ellas.
Después de recibir la carta, Josephine se enfadó con su amigo por no haberle contado la verdad antes. «Thomas también es mi amigo —fue su pensamiento en ese momento. Lo conocía desde los once años, no se habían separado desde los catorce y se habían besado a los quince—. Merecía saber que estaba herido.»
También sintió impotencia por no poder acudir enseguida a verlo, pero su madre no le permitía salir de su casa sin la compañía de un hombre y, como Josephine se negaba a cumplir tal condición, tuvo que aguardar a que ella tomara su habitual copa de vino y cayera rendida en los brazos de Morfeo. El resto fue sencillo: abrir la ventana de su habitación y saltar al vacío. Estaba tan acostumbrada a hacerlo que ya caía de pie.
Llamó a la puerta y aguardó.
La recibió Úrsula Black, la madre de Phineas. Ella vestía un camisón floreado y llevaba el pelo recogido en un moño. En su mano sostenía la varita con un lumos que cegó a Josephine por un momento.
—Disculpe la hora, señora Black.
—Descuida, querida —contestó—. Phineas me dijo que vendrías. Están en su habitación. —Úrsula le besó la mejilla a modo de saludo—. Procura no hacer mucho ruido. A mi esposo no le gustó que viniera Gabriel.
No era necesario que añadiera: «a mi esposo no le gustan las visitas» porque Josephine ya lo sabía. Phineas Nigellus Black era un hombre ermitaño y tosco, rara vez se lo veía en los pasillos del colegio o cenando en el Gran Comedor.
Úrsula, en cambio, tenía don de gente. Sabía tratar bien a sus invitados y jamás los juzgaba. Ella fue la única persona fuera de su círculo de amigos que halagó su corte de pelo. «Es radical —le dijo. Había pasado de llevar una larga trenza a una melenita por encima de los hombros—, pero te queda muy bien. Resalta tu boca.»
Lo que sí le extrañó fue saber que Gabriel había estado allí. ¿Phineas le habría avisado antes que a ella?
Josephine se quitó los zapatos para subir la escalera. Tuvo que moverse a tientas por la oscuridad, apelando a sus manos para ir palpando las paredes. Se sumergió en el largo pasillo que llevaba a las habitaciones de los chicos Black. Las puertas tenían las iniciales grabadas de cada uno de ellos y se ordenaban de mayor a menor.
El resplandor que escapaba por debajo de la segunda puerta delataba a los chicos.
Cuando entró, se encontró con una escena que le enterneció y la desgarró por completo al mismo tiempo.
A la vela solo le quedaba un dedo de cebo, pero era suficiente para alumbrar a Thomas dormido sobre el torso de Phineas, con el brazo enroscado en su cintura. Parecían dos niños ajenos a los males del mundo.
Hubiera deseado poder acomodarse junto a ellos y disfrutar de la calidez que emanaban sus cuerpos. Muchas veces habían dormido juntos en Hogwarts —era fácil romper las reglas cuando hermana y amigo eran los prefectos—, pero eran menos de las que hubiera deseado.
Sus ojos quedaron anclados en la herida que atravesaba el rostro de Thomas. La piel podrida dejaba ver el músculo y el hueso del tabique. El ojo derecho era un pozo negro sin fondo y los párpados parecían quemados. Y apestaba a muerte.
—Phineas —llamó y lo sacudió ligeramente por el hombro—. Cariño, despierta.
Phineas se incorporó en modo de alerta; suspiró aliviado al ver que Thomas seguía dormido.
—Josie —dijo medio adormilado—, ¿cómo te escapaste?
—Por la ventana, como siempre. —Ella enarcó una ceja—. ¿Dudabas de que fuera a venir? Sabes cuánto quiero a Thomas y cuánto te quiero a ti. No quería que cargaras solo con esto.
Josephine le pasó la mano por el pelo negro que le caía a Thomas sobre la frente.
—Mi madre tuvo que darle el doble de poción para dormir porque tenía pesadillas —explicó Phineas.
Josephine se sentó junto a la cama, sacó un cigarrillo de su pantalón y lo encendió. Fumaba cuando estaba nerviosa; Phineas lo sabía, por eso no se quejó del humo. «Le hace falta una ventana —pensó. Grimmauld Place le daba claustrofobia—. Y tendría que cambiar este bendito papel tapiz.»
—Tu mamá me dijo que Gabriel estuvo aquí.
—Yo no le avisé —se atajó Phineas—. Thomas no quería que los preocupara. Ya sabes cómo es. Le convencí de escribirte porque sabía que te enfadarías si no lo hacía. —Ella le dio la razón—. Gabriel se enteró porque Marcus Warrington fue a buscar al señor Bulstrode. Quería que tomara la defensa del caso.
—Pero Benedict no tiene licencia para ejercer su título.
—Marcus le aseguró que se la devolvería si aceptaba. Y también intentó sobornarlo con dinero.
Benedict Bulstrode había perdido su licencia —junto a su fortuna— muchos años atrás, cuando se dio a la bebida y a las malas decisiones. Era un abogado que no podía ejercer como tal. ¿Para qué lo querría Marcus?
—¡Pero él no puede hacer eso! —exclamó—. ¡Thomas es nuestro amigo!
Phineas se llevó un dedo a los labios para hacerla callar.
—No lo hará. Gabriel lo convenció de no aceptar. —Josie sintió alivio cuando lo escuchó. Benedict podía estar arruinado, pero conocía los vacíos legales. La ley mágica no contemplaba la muerte de los muggles a mano de los magos, con excepción que fuera mediante un Avada kedavra—. Pero eso no significa que otro abogado defienda a la familia. De momento, el señor Warrington está en Azkaban, a la espera del juicio, pero Thomas, tarde o temprano, será llamado a presentar testimonio.
Josephine Rosier miró en dirección a la cama. Thomas parecía un muñeco abandonado, sin vida, no lo imaginaba tomando Veritaserum y siendo sometido a un legeremante. El Ministerio de Magia tenía magos expertos en hurgar los recuerdos ajenos. El proceso era largo y desgastante, casi una tortura.
—¿Cómo deshacemos la maldición? —preguntó Josephine.
—No podemos hacerlo. La maldición fue creada por Marcus. Solamente él puede quitarla.
—Hablemos con un rompedor de maldiciones.
—Josie, ¿me estás escuchando? La Atabestias fue inventada por Marcus. No existe antecedente de cómo romper esa maldición.
—No podemos darnos por vencidos. Tenemos que buscar una forma de que Marcus deshaga la maldición —respondió ella. Se acabó el cigarro y encendió otro más. Las manos le temblaban—. ¿Probaste un finite?
Phineas cruzó los brazos sobre su pecho.
—¿Estás bromeando? Fue lo primero que hice. Mi madre sabe de maldiciones, Josie. También intentó todo. Consiguió retrasar su proceso, que la maldición quedara retenida en el rostro y no se extendiera al resto del cuerpo.
—Siempre supimos que Marcus estaba mal de la cabeza, pero ¿cómo va a hacerle eso a su propio hermano?
Thomas a menudo le contaba lo que hacía Marcus en el bosque de los Warrington y cómo Malory se dedicaba a quitarles la piel.
—Cuando Thomas llora, las lágrimas le queman y empieza a retorcerse. La única forma de evitarlo es que sienta dolor, por eso le doy pociones.
—¡Pero no podemos tenerlo en un sueño eterno! —respondió—. Podría morir de inanición.
Josephine Rosier no entendía cómo alguien podía tener el corazón de lastimar a Thomas.
Él era la persona más pura que conocía. Thomas era la clase de chico que ayudaba a los de primero cuando los estudiantes mayores se metían con ellos, llevaba galeones extras en sus salidas a Hogsmeade para comprar dulces para todos en Honeydukes y sabía cómo contagiar su optimismo al grupo.
Mientras que Thomas era como un amanecer, cálido y dorado, sus hermanos eran la noche, oscuros y malvados. «Quien es capaz de arrebatarle la vida a un animal, no tiene corazón», era su pensamiento.
—Hay algo que no me estás contando, ¿verdad?
Phineas asintió; Josephine suspiró, lo conocía tan bien.
—Cuando Thomas tuvo un momento de conciencia dijo algo que me dejó preocupado. Aseguró que Malory vendría a desollarlo, al igual que hace con los animales que Marcus caza.
Ella apagó el cigarrillo en la palma de su mano. No le importó quemarse. Estaba cegada por una rabia virulenta. Nadie iba a hacerle daño a Thomas, aunque tuviera que quedarse a vivir en Grimmauld Place para evitarlo.
—Sobre mi cadáver.
5.
Judith Rosier llegó a la mansión de los Warrington por la red flú.
Al principio, pensó que sería mejor ir a pie. Gabriel Bulstrode podía llevarla en su motocicleta hasta el pueblo muggle que cobraba vida a los pies de la colina y luego ella haría el ascenso sola. Pero su amigo la persuadió para que no lo hiciera.
«¿Y si Marcus rompió el hechizo que mantenía a las criaturas en el bosque? —dijo. El señor Warrington había llegado a Azkaban por asesinar a un muggle que se había atrevido a llegar hasta la puerta de su casa—. Ya sabes, como forma de persuadir a los futuros invasores.»
Y, aunque Judith Rosier no le tenía miedo a las criaturas que Marcus solía cazar y Malory desollar, solamente podía defenderse por medio de su varita y la magia fuera de Hogwarts estaba prohibida cuando se trataba de menores de edad. Josephine y ella cumplirían los diecisiete años el próximo tres de septiembre y después de que se graduaran del colegio podían solicitar la licencia para aparecerse.
Así que le moverse por la chimenea le pareció la mejor opción. Si los Warrington habían sellado la conexión, lo sabría cuando su frente impactara contra los ladrillos de la chimenea. Pero las llamas verdes que envolvieron su cuerpo, la arrojaron a una sala amplia y muy luminosa.
Judith Rosier se puso de pie sin dificultad y limpió las cenizas de su falda.
Pronto se vio rodeada de cabezas de animales que estaban incrustadas en las paredes y que la seguían con los ojos muertos. La piel de un jaguar se extendía en el suelo a modo de alfombra y otra colgaba junto a la ventana como un tapiz. Los sillones eran de cuero de venado y tenían almohadones de cervatillo a juego. Hasta los marcos de los retratos estaban hechos de partes de animales.
Ella ignoró la mano que le revolvía el estómago y amenazaba con hacerle vomitar el almuerzo. «¿Cómo pueden vivir rodeados de muerte? —se preguntó. Su madre no tenía el mejor gusto a la hora de decorar la propiedad. Le fascinaban los colores que saltaban a la vista, pero jamás había usado pieles, plumas o colmillos de animales—. Qué desagradable.»
Si bien Thomas les había contado acerca de sus hermanos y los perturbadores pasatiempos que tenían, ningún relato se comparaba a presenciarlo con sus propios ojos.
—¿Judith? —habló una voz a sus espaldas. La aludida se volteó. En lo alto de las escaleras, se encontraba Malory Warrington enfundada en una bata de seda y con los labios pintados de carmín—. ¿Qué haces aquí?
—¿Po…podemos hablar? —preguntó. Su tartamudeo solía empeorar dependiendo de cuán nerviosa estuviera—. De…de Thomas y de…de lo…lo que…que pa…pasó. —«Pero no aquí», pensó.
Malory Warrington se pasó una mano por el pelo castaño que caía en bucles sobre sus hombros y chasqueó la lengua. Luego, se dio vuelta, contoneó sus caderas y le indicó que la siguiera a su habitación.
Judith Rosier maldijo por sentirse como una niña bajo sus ojos grises, fríos y letales como puñales, pero obedeció. Subió la empinada escalera agarrándose del pasamano para no resbalar. Cuando llegó al final, se dio cuenta que sus zapatos dejaron huellas de hollín en el inmaculado suelo, pero Malory Warrington no se percató en el detalle.
La habitación de la muchacha era normal comparada al resto de la casa. Las paredes estaban pintadas de un color crema suave y agradable a la vista, la cama estaba cubierta por un edredón de plumas de ganso, tenía un escritorio de caoba con múltiples carpetas que contenían papeles ministeriales y un tocador para maquillarse.
Ella se sentó en la cama.
—¿Qué quieres saber?
—¿Tienes pa…pa…papel?
—No me molesta tu tartamudeo. Nunca me molestó —respondió. Cruzó la pierna izquierda sobre la derecha. La bata se deslizó por su piel y dejó al descubierto parte de su muslo—. En el cajón del escritorio hay tinta y pergamino.
Judith encontró los materiales con facilidad. Tomó la pluma y escribió su primera pregunta.
«Marcus le lanzó una maldición a Thomas. Él está postrado en una cama, a base de poción de sueño y de dolor. No puede moverse o siquiera llorar.»
—Marcus me dijo que le lanzó su Atabestias. «Morirá antes de que pueda testificar», fueron sus palabras, pero estaba equivocado. Al parecer, Thomas es más fuerte de lo que pensaba.
Judith tachó sus anteriores palabras y las sustituyó por: «¿cómo puedes hablar de la muerte de Thomas con tanta frialdad? ¡Él también es tu hermano!»
—Marcus es mi otra mitad. La conexión que tengo con él, jamás la podré tener con Thomas —respondió Malory—. Thomas no debió avisarle a los aurores. Delató a su propia sangre.
«¡Tu padre mató a un muggle! ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Qué le ayudara a esconder el cadáver?»
—Marcus lo hizo.
—Thomas no…no es… es Marcus.
—Da igual. Thomas no morirá —aseguró Malory. «¿Cómo lo sabe?» se preguntó Judith—. La maldición que creó Marcus no es mortal. Sirve para que las criaturas no lloren en el momento de su muerte. Las lágrimas y el miedo suelen estropear la piel y la carne.
Judith Rosier sintió que la sangre le hervía.
Mientras que su hermana estaba anclada junto a la cama donde yacía Thomas en Grimmauld Place, sin moverse de su lado por miedo a que Marcus o Malory se atrevan a hacerle daño, ella justificaba impávida el accionar de su hermano.
«Dime cómo deshacer la maldición», demandó.
—¿Y qué te hace pensar que sé el contrahechizo?
«Tú misma dijiste que tu conexión con Marcus es especial. Si alguien debe saber cómo deshacer la maldición, eres tú.»
Malory se tapó la boca para no enseñar su sonrisa.
—Bueno… Quizás sí sepa cómo deshacerla, pero no te lo diré.
Judith sintió que la desesperación se apoderaba de su cuerpo, pero intentó serenarse. Su hermana confiaba en ella para descifrar el contrahechizo de la maldición, pero si Úrsula Black no había podido hacerlo, cuando ella tenía un campo más amplio de conocimiento, ¿qué podía hacer Judith?
«Hubo un tiempo en el que te llevaste bien con Malory —decía la carta que Josephine le envió esa misma mañana desde la residencia de los Black—. Si hay alguien que puede deshacer la maldición es ella, pero Malory no hablará con ninguno de nosotros.» Aunque entendía la razón de su hermana para confiar ciegamente en su poder de convencimiento, Malory Warrington era una chica taimada y desleal.
«Por eso te dejé», escribió con furia.
—Te equivocas, Judith. Tú no me dejaste, yo te dejé ir —corrigió—. Puedes que vayas diciendo por ahí que estás enamorada de otra, pero tú y yo sabemos quién fue tu primer amor. Y no nunca lo podrás borrar.
De la furia que sentía, quebró la punta de la pluma con la que estaba escribiendo y las gotas de tinta salpicaron sus manos.
—No...no quería bo...borrarlo hasta hoy. Eres de...de...de...
—¿Deplorable? —completó Malory, sin inmutarse—. Y tú eres una víbora traicionera, Judith. Me usaste durante todo el verano para ver si te gustaban las chicas, besándome a escondidas, y cuando viste que era así, corriste a los brazos de Tessa Roberts.
—¿Cómo sabes de Tessa? —se sorprendió de no haber tartamudeado en toda la frase.
Malory le enseñó una sonrisa gatuna.
—Tu tartamudeo desaparece cuando hablas de ella. Curioso. —Chasqueó la lengua una vez más—. Thomas es muy voluble cuando se trata de su correspondencia.
—Y tú muy...muy entrometida.
—No te lo voy a negar. Nunca he querido perderte de vista, Judith, por más que me hayas roto el corazón.
Judith Rosier se sintió desarmada.
«¿Tanto daño le cause? —se preguntó. Lo suyo había sido un amor de verano. Judith se había sentido atraída por su belleza y ese magnetismo que ejercía en las personas. Aunque sabía que era la hermana de su amigo Thomas, no fue hasta que se apareció en su casa con un asunto del Ministerio para tratar con su madre que puso los ojos en ella. Malory tenía cuatro años más que ella, sabía moverse por el mundo y fue cuestión de tiempo para que se acercaran—. Ella misma decía que era un juego, que perdía quien se enamorara.»
Judith no se había enamorado, pero Malory sí. El rencor que brillaba en sus ojos lo demostraba. «Fue un error venir aquí. Malory me odia. Jamás me dirá cómo acabar con la maldición», pensó.
—Thomas piensa que...que vas...vas a ir...ir a desollarlo.
—Es un efecto secundario de la maldición —dijo con tranquilidad—. Marcus creó esa maldición para las bestias del bosque. Él las caza; yo les quito la piel. Pero no voy a hacerle eso a mi hermano. —Apoyó el pulgar en su barbilla—. Ahora que lo pienso, nunca he desollado a una persona. ¿Será igual que con los animales?
—Eres ma...macabra. —Malory se encogió de hombros—. Me...me marcho.
Cuando Judith Rosier caminó hacia la puerta, ésta se cerró bruscamente. Malory no estaba dispuesta a dejarla ir tan fácil. Ella se puso de pie, dejó que la bata se deslizara suavemente por sus hombros y enseñara su lencería de encaje, le pasó las manos por las mejillas y rozó sus labios con su cuello.
—¿Sabes qué es lo que más me molesta, Dith? —Hacía años que no la llamaba así—. Que hayas venido a mi casa, mirándome por encima del hombro como si fueras mejor que yo y me hayas llamado «deplorable». Si me hubieras pedido el antídoto de una manera más amable, te lo habría dado. No por Thomas, me da igual lo que pase con él, pero por ti iría hasta el fin del mundo.
Malory se inclinó en su dirección, pero no llegó a besarla.
—Estoy con... con Tessa. No...no voy...voy a traicionarla.
—Te conozco, Judith. Sé que no vas a hacerlo porque eres fiel, pero no puedes negar lo que te causo. —La voz de Malory sonaba suave contra su oído—. Tienes los brazos erizados y te has humedecido los labios dos veces desde que me puse de pie. —Judith ni se había dado cuenta del gesto involuntario. Tenía que pensar en Tessa y en su sonrisa dulce, en Tessa y sus manos cargando libros, en Tessa y sus piernas cruzadas en la taberna del viejo McLaggen—. Cuando te aburras de tu novia, vuelve. Aún me quedan cosas que enseñarte.
Malory dejó que la bata muriera a sus pies y de la parte superior de la ropa interior, extrajo una pequeña botella con forma de lágrima. Dentro, un líquido espeso y ambarino se movía como las olas del mar.
—Las... las maldiciones se tra...tratan con contrahechizos.
—Esta no. Atabestias es una maldición única, creada por la mente brillante de mi hermano. A él siempre le gusta ir contracorriente, por eso inventó una poción igual de única para revertirla. —La colocó en su mano y le cerró los dedos—. La cicatriz le quedará para siempre, pero la poción funcionará. Confía en mí.
Nota de la autora: Pensaba incluir un epílogo desde el punto de vista de Phineas Nigellus Black donde se alegraba que Thomas hubiera sanado para que le dejaran de copar Grimmauld Place, pero el oneshot me iba a quedar más largo de lo que ya es.
Ya había escrito de estos personajes en el capítulo de Phineas Black de Estrellas caídas y me quedé con ganas de contar más sobre ellos, aquí una de sus historias. Próximamente me pondré con la reformas políticas que impulsaron ellos en favor de los muggles.
