Nada de Katekyo Hitman Reborn me pertenece, solo la historia y uno que otro agregado que aparecerán más adelante en la historia.
Jumping Through Time
Extra 1
Si había algo que nadie podía entender era la relación entre el Décimo y el guardián del trueno. Después de todo, desde casi el principio el Décimo se había apegado al niño, se había encariñado con él. La actitud malcriada, la mala conducta, y el don de molestar a todos al punto de querer ahorcar al niño no era algo que cualquiera pudiera ignorar. No ayudaba la conducta amenazante y posesiva del Decimo que solo el niño podía presentar indirectamente cuando usaba la bazuca. Nada de eso tenía sentido. O al menos así fue hasta que "El Incidente" ocurrió, una revelación a su sombra de la que nadie hablaría en voz alta.
-…bo! – Un chico de cabello chocolate se detuvo, manos en las rodillas y jadeando con fuerza, sudor corriendo por su frente. - ¡Lambo! – Volvió a llamar, más preocupado que molesto.
Más molestos que preocupados a este punto estaba la mayoría. Estar detrás de un niño que no hacía caso y les sacaba la lengua y se burlaba y no tomaba en serio las advertencias, amenazas y lo que se le decía era para estallar de furia. Lambo creía que era un juego, tal vez las atrapadas, llevándose consigo la bazuca que tenía una grieta y echaba chispas. El niño probablemente no había notado esto último, por andar jugando todo el rato. De seguro creía que eran mentiras que le estaban diciendo para hacer que se detuviera y hacerlo perder lo que sea que estaban jugando.
Era muy probable que Lambo ni siquiera se hubiera dado cuenta del daño, o lo estuviera ignorando a propósito-
-… mocoso. – Termino de mascullar el chico de pelo plateado, cara embarrada de barro gracias a un tropezón que lo derribo al suelo. - ¡Deja de reírte desgraciado idiota! – Estallo una vez más, esta vez al otro chico que no veía nada malo con lo que sucedía y solo se reía.
- Ma ma, se preocupan demasiado, solo esperen a que se canse. – Lo decía el que tenía mejor condición física y el que creía que todo era un juego.
- No estaría preocupado si alguien no hubiera tumbado esa bazuca con una pelota a un charco. – Yamamoto solo siguió sonriendo como si nada ante la acusación y la mirada furiosa, solo por práctica. Por dentro el beisbolista hizo una mueca y se preguntó porque, de todos los días, Lambo tenía que haberse venido a escondidas detrás de ellos.
Como un susurro traicionero, Yamamoto y Gokudera recordaron la razón:
- ¡Papá no alcanza a Lambo-sama! – Fue tanto una burla como un llamado cariñoso, no ayudaban los gestos que estaba haciendo el chico para llamar la atención de Tsunayoshi.
Ahora que Lambo sabía quién era "papá", lo seguía o lo buscaba a todas partes. No hacía más que sonreír, una sonrisa que decía muy bien que sabía que no saldría castigado y con la suficiente superioridad como para que más de una persona quisiera meterle un coscorrón gracias a la pizca de celos que eso producía. Unas lindas palabras, esa sonrisa, y "papá" no haría más que regañarlo y complacerlo en gran parte sin saberlo, cargando al chico con él hasta que volvieran a casa, ignorando o sin notar las miradas de suficiencia que el niño les lanzaba a todos sus acompañantes como diciendo: "él es mío y no hay nada que puedan hacer, perdedores".
Lo peor del caso es que, a veces, no podían evitar pensar que el niño tenía razón en eso. Por más que Tsuna tratara de negar y corregir a Lambo de que no era "papá", por más que le entrara nervios y vergüenza, el niño lo tenía envuelto como anillo al dedo.
- ¡Bájate de allí! – Cualquier "regaño" que Lambo hubiera conseguido por como llamo a Tsuna, fue olvidado por la vista del chico subido en una baranda muy inestable y alta. - ¿En qué momento se subió allí? – Murmuro para sí entrando en pánico, y no era de extrañar por qué. - ¿Cómo diantres llego allí? – Algunas cosas eran mejor no saberlas, pero en este caso ninguno tenía idea. - ¡LAMBO!
Yamamoto y Gokudera compartieron unos segundos con una expresión singular, una que demostraba no sorpresa y "estamos muy viejos para estas cosas". Ninguno entro en pánico o en verdad se movió a auxiliar al niño que iba a caerse en cualquier momento, al menos no iniciando. Ese pánico entro tarde, por así decirlo. Ese niño se metía en tantos problemas que en verdad ya nadie se sorprendía al principio.
- Te ten-¡puff!
Humo rosa envolvió el sitio en donde Tsuna atajo al niño antes de que este se cayera al suelo luego de perder el equilibrio.
- Al menos el Lambo adulto no es tan problemático… - Murmuro para si Gokudera, pellizcándose el puente de la nariz.
Un llanto muy conocido se dio a conocer en ese momento, y ambos chicos se miraron en horror, recordando tardíamente que la bazuca había sido dañada, y solo Dios sabría que habría traído o si, por fortuna, no había hecho nada. A paso rápido, casi corriendo, terminaron de llegar, solo para encontrarse con un niño vestido de vaca llorando y llamando a su papá y alzando las manos como si esperara ser cargado.
El descubrimiento tardío de que el Tsuna del futuro debía de ser mucho más empalagoso con el pequeño que el Tsuna de este tiempo no ayudo a la situación. De hecho, tal información paso a lo más bajo de la lista, si es que había una, ante una pequeña vocecita que se dio a conocer antes de que el humo terminara de desaparecer:
- ¿Mamá? – La vocecita no era… conocida, no como tal. Pero era alarmantemente familiar.
Grandes ojos chocolate dieron con ellos, paralizándolos en el sitio y acabando con el llanto del otro niño, pasando a uno por uno, gran curiosidad e inocencia en ellos. Era más pequeño que Lambo, pero no por mucho. Mejillas gorditas y rosaditas, cabello revuelto, de color chocolate. Vestido con una camisa naranja y unos chores color crema, unas gomas en sus pies. Manitas hundidas en el pelaje artificial de un leoncito de peluche que era casi tan grande como él.
- ¿Mamá? – Volvió a llamar el chico, bajando la cabeza y ocultando parte de su rostro en el peluche, buscando a su madre con la vista.
Si ya antes ambos chicos pensaban que estaban en problemas, esto era la confirmación de que lo estaban. Más aun, se miraron en pánico, porque el niño que obviamente era el yo pasado de su amigo tenia pinta de que iba a llorar a cantaros y ninguno tenía idea de cómo tratar con niños y menos uno tan miedoso y tímido como lo era Tsuna.
Si, a veces, de por si no sabían que decir o como tratar a su Tsuna siendo un adolescente como ellos… no querían saber cómo sería de niño. Debía de ser-
- ¿Mamá? – Los ojitos brillantes dirigidos a ellos, como si tuvieran todas las respuestas del mundo, como si pudieran bajar el sol y la luna con las manos, no estaba ayudando.
Lo que ninguno sabia, lo que ninguno tenía la más mínima idea, era lo que se ocultaba detrás del peluche, lo que el niño les estaba ocultando a propósito.
- Mamá… - ¿Qué demonios le decían?
- ¡Fue a buscarte un regalo! – Yamamoto ignoro lo mejor que pudo la incredulidad de su compañero ante la afirmación.
- ¿A mí también? – Lambo no ayudaba, pero ya que no estaba llorando más, podían usar esto a su favor.
- A ti también. – Una mentira piadosa no hacía daño, ¿cierto?, no es como si pudieran decirle la verdad…
Por un momento el nuevo niño solo los miro, sin decir nada de nada, y eso no ayudo a sus nervios. Al menos, por fortuna, Lambo parecía entender que era una situación delicada y no abrió la boca. En todo caso, Lambo no dejaba de mirar al otro niño con algo extraño en su expresión, moviéndose detrás de ellos como buscando escudarse.
- Okey. – Fue la respuesta tenue del niño, mirando al suelo ahora y abrazando más al peluche.
- Volverá pronto, no te preocupes. – Internamente: "por favor no llores, no vas a llorar…" – Vamos a llevarte a ca-
- ¿Tsu-kun puede tener un helado? – El niño levanto la mirada lo suficiente como para ver parte de sus ojos, un brillo inusual en ellos.
- ¡Claro! – Lo que sea para que no llorara. Un helado no era-
- ¿De qué sabor lo quieres? – Por una vez Gokudera fue muy cuidadoso en cómo se dirigió a su jefe.
El único problema era que, tan pronto el niño les dijo que quería de fresa, Gokudera salió volando a cumplirle, dejando solo a Yamamoto con dos niños pequeños mirando cómo era dejado solo en tal situación con la boca abierta.
Cuando Yamamoto se recuperó y volvió a mirar hacia Tsuna…
- A la… - Se detuvo justo a tiempo para morderse la lengua y no maldecir.
No había nadie. Por más que mirara, Tsuna no estaba por todo el lugar. Y por más que lo llamara, el niño no respondía. Lambo no fue de mucha ayuda, a pesar de que se estaba comportando inusualmente bien dadas las circunstancias. Lambo debía de entender que estaban en un aprieto, o su papá específicamente estaba en un aprieto. Yamamoto estaba bastante seguro de que, si la bazuca le hubiera dado a alguien más, Lambo no se estaría portando también.
Fue en ese momento que Yamamoto entendió porque Tsuna trataba de no quitar su vista de Lambo cuando sabía que estaba allí. No podría haberle dado la espalda por más de un minuto, ¡y ya no estaba por todo el sitio!
Detrás de la cerca, caminando silenciosamente hacia un árbol, un niño finalmente bajo el peluche, llevándolo de una mano. Una sonrisa traviesa y divertida fue revelada gracias a esto, cambiando por completo el significado del brillo inusual en sus ojos: alguien era libre para hacer lo que quisiera.
- Tsu-kun no debe hablar con extraños… - Murmuro el niño para sí, un tono casi cantarín, desapareciendo entre las sombras de los árboles.
- ¡¿COMO QUE LO PERDISTE?! – Esa fue la reacción del guardián de la tormenta cuando regreso con el cono de helado. Dicho cono no sobrevivió el arrebato.
- ¡Te fuiste como si nada Gokudera! – Le recordó el guardián de la lluvia con ganas de ahorcar al otro. – Me dejaste con dos mocosos, ¿cómo se te ocurre? – Ninguno era precisamente bueno con niños. Tsuna era la excepción, y suponían que era porque Tsuna vivía con los mocosos.
- ¡Es Juudaime! – Gokudera contraataco, como si la sola idea fuera suficiente defensa.
- Tsuna de niño no es lo mismo que el adolescente. – Yamamoto le recordó con una mueca.
- Tsk, como sea. – Gokudera pateo una roca, ceño fruncido. – Ve a llevar al mocoso a casa, iré a buscar a Juudaime mientras. – Y finalmente: - Llévate la bazuca también, y será mejor que le digamos a Reborn la situación… - Antes de que algo horrible pasa-
- Creo que ese es tu teléfono. - ¿Quién rayos estaría llamando justo ahora?
- No, no creo que… - Gokudera se apagó, teléfono en mano y sonando. - ¿Halo?
- Acaban de llamar de la policía, algo acerca de un niño perdido. – Gokudera aparto el teléfono de su oreja lentamente, mirando la pantalla con una mezcla de horror y asombro. – Pensé que era Lambo, pero la descripción no concuerda y-
- Es Juudaime. – La persona del otro lado de la línea, su hermana, quedo en silencio. – Hubo un accidente con la bazuca, no hace ni media hora… - Ese era el asombro que Gokudera tenía.
- ¿Me estás diciendo que hay un mini-Tsuna rondando y lo perdieron en cuestión de minutos? – La incredulidad y tiempo de respuesta fue muy corto, muy corto como para responder. – La policía no fue mejor, lo perdieron antes de siquiera hacerlo entrar en el auto, junto con un paquete de donas.
Ante esta información, ambos chicos se le quedaron viendo al teléfono con las cejas al cielo y pura incredulidad en sus expresiones.
En otro lugar, debajo de la sombra de un árbol, estaba un niño con un peluche, una caja de donas y con un perro gigante sentado obedientemente enfrente, mirando las rosquillas con la carita de cordero más linda que podía ofrecer. En las cercanías podía oírse los llamados de un par de personas, buscando a alguien llamado "Colmillo".
- ¿Te gustan tanto? – Tsuna le pregunto al perro gigante que lo había estado siguiendo por todo el parque, un perro que más que le doblaba el tamaño, y tenía un collar rojo en el cuello con el nombre de "Colmillo".
El perro negro con blanco gimoteo en respuesta, haciendo el gesto de querer las rosquillas. Tsuna aún se estaba comiendo la primera que agarro, las manos pegajosas por el dulce y la cara manchada por lo mismo. De hecho, la ropa no se había salvado, desafortunadamente. No es como si al niño le importara, honestamente.
Tsuna empujo la caja al perro, quien no dudó ni un segundo, moviendo la cola de un lado a otro con energía. Los señores policías le habían pedido que sostuviera la caja un momento mientras pagaban y hacían una llamada. Nunca le dijeron que tenía que quedarse allí. No se iba a quedar, no luego de sentir que debía de irse de allí si no quería volver a casa aún. Y no quería volver aún.
- No hay más. – Aclaro inocentemente al animal que volvió a mirarlo al terminar, esperando más, alzando las manos al perro para que viera que en verdad no había mas.
Risas salieron de él al ser tumbado y lamido por el animal, quien movió mas la cola si era posible ante las manitos que se aferraron a él. La poca diversión termino cuando el niño sintió que debía de moverse de allí, y para hacerlo debía de palmear al animal en la nariz y jalarlo de la correa que tenía en su cuello.
Un par de minutos después, en donde había estado, un par de chicos se detuvieron ante la caja arruinada de donas. Los extraños sabían su nombre, pero no por eso dejaban de ser extraños. Mamá había sido clara en eso. No sabía que querían, pero no importaba. ¡Había muchas cosas que hacer!
Sin poderlo evitar, una sonrisa traviesa se formó en su rostro una vez más.
- ¿En serio seguimos en esto? – Se quejó un oficial, un dolor de cabeza formándose. – Por todo lo que sabemos ya sus padres lo encontraron. – Su compañera le dio una mirada que decía: "estas bromeando, ¿cierto?"
Detrás de la oficial, había un grupo de personas que habían declarado ver a un niño pequeño de cabello y ojos chocolate ir de un lado a otro en el parque con un perro gigante justo detrás o llevándolo en su espalda, dando ojitos de cordero, pidiendo un dulce o dos, y desapareciendo al segundo siguiente, dejando o llevándose cosas. O simplemente moviéndolas de lugar. Pequeñas bromas, un niño travieso por donde se mirará.
Ya más de una persona había terminado sentándose en crema batida o en algún líquido. O que le cayera algo encima. O encontrándose con dibujos y palabras infantiles en cualquier lado. Había un joven molesto porque alguien le había rayado la cara con marcador negro, y lo habían llenado de flores y carritos.
- Debe ser otro chico. – La oficial no cambio de expresión. – Vamos, el de ahora tiene un-
El oficial se cayó, viendo el perro gigante de color negro siendo acariciado por un niño muy pequeño, uno que sonreía hasta mas no poder, caminado por la acera como si nada. Como si el niño sintiera su mirada, giro la cabeza, sonriendo aún más antes de abrir la boca.
- ¡No pueden atraparme! – Llamo con fuerza antes de salir corriendo, a gran velocidad para el tamaño que tenía, el perro siguiéndolo fielmente.
- Retracto lo que dije. – Porque por más que quisiera negarlo, esa era la misma voz del niño que dulcemente le había preguntado en donde podía conseguir helado.
Su dolor de cabeza empeoro, y no era por la pareja que venía hacia ellos con mal semblante. No se veía nada fuera de lugar con ellos, pero tomando en cuenta el número de personas que había venido a reclamar o simplemente a pedir que encontraran a los padres del niño porque ningún niño tan pequeño debía de estar solo y su sola conducta decía que estaba muy insolado y no debía de tener con quien jugar…
Ambos oficiales, y probablemente los otros grupos, temían que alguien ya hubiera contactado con servicios infantiles…
- Disculpen oficiales, ¿han visto a un niño con-
- ¿Con ojos y pelo marrón y camisa naranja?, acaba de irse por allá. – Y antes de que se fueran: - ¿Familiares? – Porque si eran los familiares-
- Amiga familiar, tía cuando mucho. – La señora suspiro profundamente, acomodándose el pelo detrás de la oreja. – Bianchi, y este idiota de aquí es Ryohei.
- ¡EXTREMMOOOOO!
Fuera del parque, un niño se ría mucho, ¡no se había divertido así nunca!
- Por aquí Oreo. – Porque el perro le recordaba a esas galletas, ¡y eran buenas galletas y el perrito era bueno!
El buen humor del chico cambio por completo al mismo tiempo que Oreo comenzaba a gruñir. Sin cuestionar, tomo a Oreo del collar y jalo, yendo hacia la derecha sin mirar en otra dirección en ningún momento. No sabía a donde iba, pero tenía un camino y la urgencia de apretar el paso. Oreo no podría tener o sentir lo que debían de hacer, pero agradecía que no cuestionara tampoco.
Cuestionar era malo, era perder el tiempo, y lo que sentía jamás fallaba.
Hibari caminaba por la calle cercanas a la escuela, haciendo su recorrido como siempre, cuando se percató de algo corriendo hacia él en una dirección cercana. El prefecto arqueo una ceja al ver al perro gigante, preguntándose internamente en donde estaban los dueños… hasta que dio con lo que el animal cargaba en el hocico y un nuevo nivel de asombro/orgullo/terror/incomprensión llego a su ser.
El mocoso, que lucía sospechosamente como cierto Omnívoro, señalaba hacia delante, y parecía estarle dando direcciones al perro de todas las cosas. No había miedo en lo absoluto, al menos no del animal. Hibari no movió ni un musculo cuando el animal paso, por un lado, sin darle siquiera una mirada.
Lo mismo no podía decirse por el grupo de gente sospechosa que apareció al poco tiempo, uno con llamas azules y unos binoculares. A partir de allí, la paz volvió por unos minutos. Luego fue cosas raras que comenzó a ver, como gente quejándose o buscando algo, y luego policías y los herbívoros…
Honestamente Hibari no debió de haberse sorprendido de encontrar la oficina del comité hecho un lio, gente mirándose entre sí y cosas fuera de lugar. Y gente con dibujos en la cara y sin querer tocar el café. Mucho menos debió de sorprenderse de ver al perro gigante acostado a los pies de su silla. Aun menos de encontrarse con un niño subido en su silla comiendo galletas que estaba seguro que eran del comité y no de dicho niño.
- ¿Debíamos de sacarlo? – Fue la respuesta que uno de sus soldados le dio al exigir una respuesta.
Era solo un niño, un niño que no le tenía miedo en lo absoluto. ¿Por qué decía esto?, el niño le alzo los brazos y le sonrió. Si eso no era suficiente, los grandes ojos chocolate, con un tinte naranja, los había visto en otro lado.
- Hmmm… - Subiendo al niño en sus brazos, ganándose una risilla del mismo y un frote de mejillas infantil, entendió porque los herbívoros estaban por allí. Al menos algunos de ellos.
No regaño al chico cuando dio una mirada de cordero minutos después a uno de sus soldados, pidiendo un marcador. En todo caso, se quedó quieto cuando el niño procedió a dibujarle la cara y hablarle de cosas tontas, mayormente en tercera persona. No tuvo problemas en hacerle comer algo, ni de que hiciera caso. El tinte naranja en sus ojos le daba todo lo que necesitaba saber por el momento.
- ¿Qué pasa? – Pregunto el prefecto luego de un tiempo, notando la repentina atención del niño, quien había estado haciéndole la vida triste a su gente en juegos de atrapadas y bromas aquí y allá, en la ventana.
El niño había quedado inusualmente quieto, como una presa sintiendo un depredador. El tinte naranja había cobrado más fuerza, pero más que eso la intención de escaparse por la puerta era más urgente en su mente.
- Tsu-kun no quiere ir a casa aun… - Fue el murmullo que apenas alcanzo a oír.
- Ya veo. – Sin pensarlo mucho, palmeo su escritorio.
Ojos casi naranjas dieron con él antes de bajar a donde toco, a donde estaba Oreo, y en un dos por tres el niño se había ocultado allí, abrazando al animal con algo que decía que sabía que ese lugar, que esas acciones, no serían suficientes.
No era de extrañar porque, pero sin duda alguna a Hibari le encantaría tener tal precisión y tal tiempo alargado de preparación. Para cuando sintió la nueva presencia, el niño había tenido tres veces el tiempo de haberlo hecho.
- Hibari. – Saludo el bebé carnívoro desde la ventana, su mirada barriendo por el lugar en segundos. – Bonito arte. – Comento el asesino como quien no quiere la cosa, dando a entender que sabía que pasaba y no iba a engañarlo.
Ha. Como si Hibari deseara engañarlo.
- Bebé. – Se limitó a dar como saludo, sin darle más atención que eso.
- Debiste avisar. – Salió luego de un momento, viendo que Hibari no iba a decir nada más.
- No fui quien lo perdió. – Para Hibari, era tan sencillo como eso.
Nuevamente el silencio invadió por un rato. Reborn suspiro profundamente antes de llamar:
- Vamos Dame-Tsuna, es hora de ir a casa y hay que devolver ese perro. – Hibari casi quiso rodar los ojos, pero:
- Tsu-kun. – Corrigió el prefecto, casi neutral, dándole una mirada curiosa al Arcobaleno. – Sus llamas están activas, sabía que vendrías mucho antes que yo. – Si bien no creía que el pequeño pudiera escaparse del carnívoro: - Tsu-kun no desea ir a casa. – Bajo una mano para revolver el pelo del niño que estaba tan tenso que se sobresaltó ante el toque. – Tsu-kun quiere seguir divirtiéndose, en casa no tiene a nadie a quien hacerle travesuras o jugar con él. – Si bien no conocía a Sawada Tsunayoshi lo suficiente como para estar seguro, había oído cosas.
Este niño no le tenía miedo, era un pequeño travieso y uno muy juguetón. Su cara pintada, al igual que muchos, así como los juegos y las risas infantiles, por no hablar del perro gigante, era como ver el reflejo de un espejo de lo que sabía. De Sawada Tsunayoshi siempre se habló que era solo él y su madre, y de que siempre había sido un torpe…
Viendo al chico que, milagrosamente, no se había tropezado en ningún momento en toda su estadía… Hibari podía creer sin problemas que algo había ocurrido, algo traumaste, que dejo más que una simple marca.
- ¿Es así…? – La mirada del asesino se suavizo, pero no era algo que nadie pudiera detectar.
- Llego por cuenta propia. – Agrego el prefecto, solo para ver que reacción podía obtener del asesino.
La única reacción que hubo fue que el Arcobaleno quedara tan quieto como una estatua por una fracción de segundo, y que luego bajara el sombrero para ocultar su ceño fruncido. Eso, y algún cambio en el ambiente que Hibari era incapaz de sentir porque el niño bajo su mano comenzó a gimotear y a temblar.
- Cometieron una mala decisión. – Murmuro Reborn mas para sí que para Hibari, viendo la reacción del niño y tratando por todos los medios de controlar su sed de sangre. Tsuna a esta tierna edad era sensible, inconscientemente manipulando su herencia de forma que haría a muchos envidiosos. – Tsu-kun, ¿puedo llamarte así? – Con algo suave, tenía que empezar así.
Un resoplido le dijo a Reborn que quizás un método menos amable sería mejor. Arqueo una ceja ante la sonrisa petulante del prefecto, quien jugaba con un marcador de forma bastante sugerente tomando en cuenta que tenía la cara marcada de cosas ridículas como pájaros y conejitos.
Minutos más tarde, las risillas de un niño en conjunto con ojos naranjas brillantes le dijeron a Reborn que, mientras se mantuviera tranquilo, tenía la atención del niño. Tanto para bien como para mal, porque su intuición estaba en casa justo ahora.
- Vamos a casa. – No, definitivamente no quería ir a casa. - ¿No crees que has causado suficiente alboroto por hoy? – En lo más mínimo, si esas mejillas infladas decían algo.
- ¡Tsu-kun siempre juega solo! – Cualquier diversión ante la carita con mejillas infladas y pucheros se fue ante esta declaración. Infantil o no, eso explicaba todo el desastre que había ocasionado en la ciudad. Y la razón de que servicios infantiles había aparecido en la casa. – Mamá muy ocupada para jugar con Tsu-kun. – Ah. – Mamá dice que Tsu-kun no puede tener mascotas hasta que Tsu-kun sea más grande. - ¿Tsuna había querido mascotas?, en realidad, ¿qué niño no quería una? – Tsu-kun casi siempre solo…
A esta edad Nana no lo dejaría salir solo, y no debía de haber empezado la escuela siquiera. Una madre soltera con un niño pequeño, probablemente solo saldrían cuando ella lo necesitara y no para reapreciación propiamente. Iemitsu era un gran idiota…
- No estarás solo esta vez. – Esos ojos volvieron a él con la suficiente intensidad como para sentirse incómodo. Estaba siendo evaluado por un niño pequeño. Nono jamás le creería si le decía que un niño le había ganado con creces. – Hay unas cuantas personas en casa, esperándote. – No precisamente para jugar, aunque una vez que se diera a entender… Reborn no dudaba que lo complacerían todo lo que pudieran, en especial si el chico seguía usando su herencia de tal modo. – Alguien incluso llevo helado que le pidieron. – Sea como sea: - Mañana pueden llevarte al parque o a otro lugar, pero ya es tarde Tsuna. – Debía de volver a casa, ya había pasado la hora de cenar.
Si no fuera por la forma en la que el chico visiblemente lo estaba evaluando, en la que tomaba cada palabra, y en la muestra de que su intuición está trabajando sobretiempo porque el chico le tenía miedo, pero no el miedo esperado sino miedo de ser castigado (miedo de cualquier niño por parte de sus padres, de sus guardianes, por desobedecer), estaría rodando los ojos mentalmente ante lo fácil que era engañar a un niño. Tsuna no había preguntado quien era, o su nombre, no parecía interesarle tal información.
Este niño le había hecho la vida triste a la policía y a sus futuros guardianes solo por diversión. Y medio parque. Y a la pareja dueña del perro. Y a un par de vendedores de perros calientes ambulantes. Y al Comité Disciplinario, por lo visto. El sitio necesitaba una buena limpieza…
- ¿Puede ir el Señor Gomitas? – Suponiendo que era el peluche de leoncito que no había soltado en todo el día, asintió.
La mirada del niño paso directamente a Hibari, y como si eso no hubiera sido suficiente para que asesino y prefecto tuvieran un momento de horror/diversión, el chico subió la escala:
- ¿Por favor Señor Gomitas? – Hibari había ganado el apodo de "Señor Gomitas", el chico solo se salvaba porque era muy pequeño. – Señor Gomitas jugara con Tsu-kun… - Esto, o las implicaciones, cambio el ambiente y las opiniones del nombre dado.
El hecho de que hubiera gente en casa no significaba que querrían jugar con Tsuna, eso era lo que acababa de decir. Reborn solo sabía que el chico debía de saber que lo haría volver a casa, lo quisiera o no, y estaba buscando aferrarse a lo que pudiera.
- El perro si no. – La pareja quizás entendiera, pero el perro no era de ellos.
- ¡Oreo es un buen chico! – Pues sí, lo creía sin problemas. No había forma en la que alguien tan pequeño pudiera secuestrar a un perro que podía cargarlo sin problema alguno.
Iemitsu era un gran idiota, no podía evitar pensar Reborn. Lo que el asesino no podía creer, viendo esto, era que Nono se le ocurriera la magnífica idea de sellar las llamas de este niño, su sucesor. Este niño mostraba más habilidad, más capacidad, que el chico de 14 que conocía. No es que el Tsuna de esta época no pudiera, en lo absoluto. El hecho estaba en que no era lo mismo y nunca lo seria, sellar parte de alguien los cambiaba por siempre, e incluso sin eso, Nono había matado el desarrollo natural que este niño podría haber tenido.
Cualquiera mataría por tener a un usuario de llamas del cielo, en especial con estas capacidades que Tsuna estaba demostrando. Así fuera por protección, era algo increíblemente estúpido sellar, bloquear esto. Por más que entrenara, nunca sería igual a lo que un desarrollo natural pudiera lograr. Después de todo, no era igual aprender a usar un brazo nuevo a uno que siempre habías usado. El segundo siempre seria natural, con muy pocas excepciones, y el primero solo sería natural luego de mucho tiempo entrenando, y sería más metódico.
El Tsuna de esta época no podía verlo a los ojos y ver a través de él como este chico lo había hecho, como lo había hecho con Hibari. Y esa era una de las cosas más llamativas de este encuentro.
El paseo en los hombros de Hibari fue casi un postre para el niño. Aparte de hablar cosas tontas y uno que otro movimiento para ver algo, el chico estuvo tranquilo. La cosa cambio cuando llegaron a casa, y ojos se clavaron en el niño sobre los hombros de Hibari y en Hibari.
- ¡Papá! – El buen humor de Lambo se acabó al dar con el otro niño. Allí se fue su esperanza de que todo hubiera vuelto a la normalidad.
- ¿Señor-
- No. – No, Hibari no iba a dejar que nadie oyera eso.
- Oh. – Perdiendo el interés en el otro niño, Tsuna miro a todos los presentes, y en un dejo de timidez: - ¿Alguien quiere jugar con Tsu-kun?
- Solo si no te nos escapas otra vez. – Eso fue una pesadi-
- Tsu-kun no promete nada. – Se cruzó de brazo, miro a otro lado, e inflo los cachetes.
Un par de personas miro a Lambo y luego a Tsuna un par de veces.
- Tengo que buscar a Oreo, ¿quién le va a dar sus donas? – Se defendió el niño cuando Reborn se le quedo mirando.
- Donas que te robaste. – Y no fue lo único.
- Tsu-kun no robo nada. – Y en un tono que decía perfectamente que él tenía la razón y todos los demás estaban equivocados explico: - Los señores le pidieron a Tsu-kun que sostuviera la caja, ellos nunca le dijeron a Tsu-kun que tenía que quedarse allí. – Les saco la lengua y todo.
- Ante esa lógica nadie gana. – Gokudera comento para sí, tratando de no reírse. No sabía si era por lo dicho o porque ya estaba medio histérico.
- ¡Tsu-kun es muy listo! – Y lo que mato el momento: - Señor Plata. – Y como si eso por sí solo no bastara, el niño lo señalo y todo.
- Es Hayato, Gokudera-
- He dicho Señor Plata. – Obviamente, en este punto, Gokudera estaba condenado.
Si en este punto habían dudas de la personalidad casi opuesta de la persona que conocían, esto no tardo en disiparse:
- ¡¿Cómo diantres llegaste allí?! – Podrían haber más de 5 personas jugando con el niño, incluyendo otro problemático como Lambo, quien no se hallaba con lo que vivían, pero eso no cambiaba nada.
Una carita bonita, unas palabras lindas, un segundo o dos de no mirarlo y listo.
- Tsu-kun es el mejor~ - Encima de la biblioteca. – Nadie puede atrapar a Tsu-kun~ - Se estaba burlando de ellos, se estaba burlando. – Ni siquiera Mini-Cuernitos puede con el increíble Tsu-kun~ - Risillas, las risillas de un niño encantado y muy feliz. Incluso si era a costillas de su futura familia.
- ¡Lambo-sama es el mejor! – Fuera como fuera, Lambo había aguantado mucho la situación.
- ¡No! – Y eran niños. - ¡Tsu-kun es el mejor!, ¡mamá lo dice!
Iba a ser una noche largaaaaaaa…
- ¿Mini-Cuernitos? – Murmuro Yamamoto, escapándose del desastre que los niños estaban causando justo ahora. I-pin y Fuuta no eran suficiente para dos chicos que querían estar arriba, eran tercos, y uno de ellos era un peligro con una linda sonrisa. - ¿Quién es Mini-Cuernitos? – A él lo había llamado Señor Sonrisas.
A todos les había puesto nombres ridículos…
- ¡Tsu-kun! – Ahora que lo pensaba… - ¿Quién es Mini-Cuernitos?
La pelea se detuvo el tiempo suficiente para que se oyera algo crujir y no de las mejores maneras, junto con:
- Duh. – Eso sonó sospechosamente como: "idiota". – El que es como Tsu-kun, pero no es como Tsu-kun. - ¿Ah? – Y viste de negro, pero no usa el tenedor gigante, Tsu-kun se pregunta si tal vez lo dejo en la ciudad de abajo sin querer…
Reborn, quien había estado mirando y disfrutando del caos que estaba ocurriendo, mayormente por las reacciones y el mal momento que había en procesar como el chico mas tímido, cobarde, miedoso del grupo era un completo opuesto de niño, giro la cabeza al niño que acababa de hablar debatiendo en asustarlo o felicitarlo.
Lo había llamado Satanás básicamente. Honestamente pensó que el nombre era para Lambo, por los cuernos.
- Madre mía…
- Ne, ¿de dónde sacas esos nombres Tsuna? – Porque Yamamoto no creía que fuera solo coincidencia-
En respuesta, la pelea termino, dejando a Lambo discutiendo solo de muy malhumor. Un niño tomo su peluche olvidado y antes de verlo venir, Yamamoto se vio tomando dicho muñeco.
- Señor Sonrisas. – Ojos naranjas y una expresión muy seria dieron con él, y el niño repitió: - Señor Sonrisas.
Si había algo un tanto extraño que Reborn encontró al revisar la casa cuando llego, fue un conjunto de peluches guardados en un armario. Debido a esto, Reborn entendió inmediatamente lo que estaba pasando aquí. Por ello, Reborn desapareció de la vista y cuando regreso fue con una bolsa de peluches, una bolsa que más que llamo la atención del niño con ojos naranjas.
Las cosas quedaron en completo silencio en poco tiempo, al cuarto peluche siendo entregado con un nombre en particular.
- Mini-Cuernitos. – Era un peluche de un ser con alas, un par de cuernos, un cuerpo de quimera, con un tenedor y un cuchillo en manos. La figura sonreía, era un muñeco algo raro, en especial con el delantal.
- Ok. - ¿Que más se le podía decir?
No sabía cómo Nana había podido con este pequeño travieso, en especial cuando se sentía tan solo como para llegar a esto. Tal vez no necesito preocuparse o tuvo el tiempo para hacerlo. Reborn estaba casi seguro que luego de la decisión de su padre y de Nono, Nana no necesito preocuparse por un niño travieso o lleno de energía como este.
¡Puff!
- Ya era hora. – El humo se quitó para mostrar a un adolescente bebiendo tranquilamente leche con chocolate y un muñeco particular en mano. Tenía forma de toro. – Por un buen rato temí que fuera a tener que dormir en un callejón o… - El chico pauso, viendo el absoluto desastre de la habitación. - ¡HIIIIIEEEEEEEE!, ¿qué diantres paso aquí?, ¿qué le paso a las paredes?, ¿por qué hay fuego en el rincón?, ¿por qué el estante está en el piso?, ¿que-
- Tsu-kun es peor que Lambo. – Afortunadamente Tsu-kun no tenía armas, pero no le tenía precisamente miedo.
- Bromeas. – La palabra goteaba incredulidad y molestia. – Mi madre aun no deja de recordarme cuantas veces tuvo que empujarme detrás de ella para ir a la escuela o salir de la casa o siquiera saludar a alguien. – La mala cara solo acentuaba el tono de "no me creo esa ni por un segundo". – Oh cierto, Lambo, mira lo que conseguí~
Aun ahora, Tsunayoshi en lo que pensaba era en el niño que, inesperadamente, era más similar a él de lo que nadie hubiera creído.
