FAMILIA Y HONOR
Como últimamente se me están ocurriendo un montón de ideas para seguir escribiendo historias ubicadas en el universo mágico hispano ideado por Sorg-esp, he decidido no dar esta historia por terminada para ir subiendo aquí todo aquello que me venga a la cabeza. Los que seguís a Sorg y los que estáis aquí gracias a ella ya sabéis de qué va esto, así que no tendremos mucho de Harry Potter y compañía en esta historia.
Lo que sí que tengo que hacer (a ver si se me ocurre algo) es cambiar el resumen del fic porque a partir de ahora no sólo aparecerá Ricardo. En fin, voy a tomarme las cosas con calma y ya veremos cómo se desarrollan los acontecimientos. Espero que os guste y que os animéis a dejar vuestras impresiones.
Madrid, Magisterium de Magia, Septiembre de 2003
—¿En serio? ¿Una Nimbus Stellar? ¡Pero si no sale a la venta hasta Navidad!
—Mi padre conoce a uno de los dueños de la compañía y me regaló una.
Antonio Álvarez soltó un silbidito y Darío no pudo contener una sonrisilla de satisfacción. Aunque no era un niño al que le gustara demasiado presumir, ciertamente estaba disfrutando un montón viendo las caras de sus amigos de la escuela de magia, sobre todo la de Antonio. El chico, que era un año mayor que él y tenía fama de ser un poco torpón con la varita, destacaba entre el resto de compañeros por un único motivo: volaba como los ángeles. Verlo subido sobre una escoba era una experiencia inolvidable y había rumores de que un par de ojeadores de equipos de quidditch querían echarle el guante. Todo el mundo estaba convencido de que Antonio iba a ser un jugador de los buenos y Darío no podía evitar sentirse bastante pagado de sí mismo porque un genio como Álvarez pareciera tenerle envidia.
—¿Y la has probado ya?
—Es una pasada —Darío asintió con entusiasmo—. Si quieres me la traigo la semana que viene para que la pruebes.
—¡Oh, muchas gracias, tío!
—Sí, así seguramente alguien le sacará un poco de provecho. Porque Darío, colega, no nos engañemos, ni siquiera con una Nimbus Stellar vuelas bien.
Darío frunció el ceño y le dio un empujón a su primo Alf, un chaval de su misma edad que había llegado a España unos años atrás, durante el gobierno en Inglaterra de lord Voldemort y los suyos. Alfred Cattermole era un chico bajito y muy delgado, moreno y poseedor de unos enormes y saltones ojos de color azul pálido. Tenía los brazos extraordinariamente largos, la cara llena de pecas y nunca había sido demasiado guapo. ¡Qué demonios! Hasta su propia madre afirmaba que su pobre Alfie era más feo que un elfo doméstico, aunque suplía su poco agraciado físico con una simpatía desbordante y un sentido del humor a prueba de bombas. Si alguien le preguntara a Darío quién era su mejor amigo, el chico no dudaría al decir que ése era Alf. Prácticamente habían crecido juntos y casi nunca se separaban, como si fueran una prolongación del otro.
—Pues si yo fuera tú no presumiría tanto, Vallejo. A saber de dónde ha sacado tu padre la escoba.
Darío, que estaba preparándose para decirle a Alf que era un poco cretino, enmudeció al oír la voz de Juanjo López. No recordaba exactamente en qué momento empezó a caerle mal, pero Darío no tragaba a López. En su opinión no era más que un idiota presumido que se pasaba todo el día repitiendo sin cesar que su tío era el Jefe de Aurores y que siempre iba por ahí provocando a todo el mundo. Darío solía pasar de él olímpicamente porque no le gustaba meterse en líos y López atraía los problemas como la miel a las moscas, pero no podía ignorar el comentario, no cuando había utilizado ese tono de voz al mencionar a su padre.
—¿Qué quieres decir? —Preguntó encarándose con López.
—Pues está clarísimo Vallejo. Todo el mundo sabe que tu padre es un ladrón.
Darío sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Sabía perfectamente que su padre no siempre había sido el hombre honrado que era a esas alturas de su vida, pero las palabras de López le habían afectado profundamente. Durante un segundo se quedó paralizado, sin saber qué hacer o decir, pero entonces todo su cuerpo reaccionó al mismo tiempo. Sintió cómo el corazón empezaba a latirle a toda velocidad y supo que se había puesto totalmente rojo porque las mejillas le ardían. Apretó los puños e instintivamente echó mano de su varita, aunque aún no hizo uso de ella. Quería creer que había oído mal, aunque Juanjo López había hablado alto y claro.
—¿Qué has dicho, imbécil?
—Pues que tu padre ha estado en la cárcel por robar. Es obvio de dónde ha sacado esa escoba.
Darío apretó los dientes y todo su cuerpo tembló. La ira le subió por la columna vertebral y nubló su razón por completo. No fue consciente de que sus amigos estaban rodeándole, enmudecidos y sorprendidos por aquella revelación. No escuchó a los amigos de López reírse como borregos idiotas y no sintió la mano de Alf en su brazo mientras intentaba evitar que hiciera alguna estupidez. Darío no había estado tan enfadado en toda su vida e hizo lo único que podía hacer dadas las circunstancias: dejarse llevar por la furia.
Ricardo cerró la puerta del despacho y respiró hondo. Necesitaba templar sus nervios antes de enfrentarse a Darío. Estaba tan enfadado con él que se sentía capaz de decirle cualquier barbaridad, así que tardó casi un minuto en separar la mano del picaporte. Cuando lo hizo y se dio media vuelta vio a Darío cabizbajo a un par de metros de distancia, con los brazos caídos a ambos lados del cuerpo y evidentemente nervioso.
Darío era un buen chaval. Nunca se metía en líos, era buen estudiante y un chico bastante espabilado y con cierta facilidad para hacer amigos. Cada vez que lo miraba, Ricardo pensaba que había hecho un buen trabajo con él. Siempre había querido que Darío creciera siendo un niño normal y corriente, que no tuviera que pasar por todas las penurias que él mismo había pasado cuando era un crío. Estaba convencido de que lo había conseguido, al menos por el momento, y ahora Darío le venía con esas.
Cuando le llamaron de la escuela de magia, Ricardo apenas podía dar crédito a lo que le estaba diciendo Samanta, la tutora de su hijo. Al parecer, Darío se había metido en una pelea durante el recreo. O mejor dicho le había dado una paliza a un chico, porque el único que había necesitado pasar por la enfermería fue el otro chaval. Según los testigos presenciales, Darío se había abalanzado sobre el otro chico y había empezado a pegarle al estilo muggle, arrancándole un par de dientes y dejándole un ojo a la funerala. A los profesores les había costado bastante separar a Darío de su desdichada víctima y un buen rato más calmarle. Al otro chico, Juanjo López, se lo habían llevado al hospital para que sus nuevos dientes crecieran allí. Y bendita la gracia que le hacía a Ricardo que el chaval fuera sobrino del Jefe de Aurores.
Pero no era esa la cuestión que le preocupaba en ese momento. Si López quería convertir una pelea de críos en algo personal, algo que a Ricardo no le extrañaría ni un poco, ya tendría tiempo para solucionar eso. Lo único que le importaba en ese momento era Darío, averiguar por qué había hecho una estupidez como aquella. Según Alf, Darío había hecho lo que tenía que hacer, pero Ricardo no siempre daba crédito a las afirmaciones de aquel mocoso. Prefería que fuera su hijo quién se explicara. Darío no había abierto la boca mientras estaban reunidos con su tutora y el director del centro, ni siquiera cuando anunciaron que iban a expulsarlo durante un mes entero.
Ricardo volvió a tomar aire y entornó los ojos mientras observaba al chico. Al parecer, López no había conseguido golpearle ni una sola vez durante la pelea y, aunque definitivamente no era el momento, no podía evitar sentirse extrañamente orgulloso del muchacho. Por supuesto que no quería que se metiera en problemas, pero era bueno comprobar que, llegado el caso, Darío sería perfectamente capaz de defenderse.
Con movimientos lentos y bien estudiados, Ricardo rodeó la mesa del despacho y se acomodó en su butacón de cuero. Darío le miró de soslayo y dio un pasito atrás.
—Siéntate —El chico dio un respingo y obedeció de inmediato—. ¿Se puede saber en qué estabas pensando?
—Yo… —Darío alzó la cabeza un instante, enfrentó la mirada de su padre y se encogió sobre sí mismo—. Lo siento, papá.
—¿Lo sientes? ¿Envías a un compañero al hospital y eso es lo único que se te ocurre decir? —Darío no dijo nada y Ricardo consideró que lo mejor era hacer las preguntas precisas—. Nunca antes te has metido en una pelea. ¿Por qué ahora?
A Ricardo le sorprendió que Darío pareciera a punto de echarse a llorar. No creía estar siendo excesivamente duro con él. De hecho estaba consiguiendo templar sus nervios con bastante facilidad, así que no terminaba de entender porqué su hijo le miraba como si estuviera a punto de ser sacrificado. Después de unos segundos que se hicieron eternos, Darío negó con la cabeza y volvió a plantar la mirada en el suelo.
—Sólo te lo voy a preguntar una vez, hijo. ¿Por qué le pegaste a ese chico?
Darío siempre era honesto con él. Desde que era muy pequeño sus padres le habían enseñado que decir mentiras estaba muy mal. No importaba lo que hubiera hecho, nada era tan terrible como intentar engañarles a ellos. Sólo por eso Ricardo pensó que el chico le contaría lo ocurrido. En vez de eso, Darío hizo un nuevo gesto negativo.
—Sé que ha estado mal y lo siento, pero… —Darío pareció buscar las palabras adecuadas—. Castígame y ya. ¿Vale?
Ricardo entornó los ojos y no dio crédito a lo que acababa de escuchar. Esa mañana estaba resultando ser un tanto extraña. El comportamiento de Darío era insólito. Primero se liaba a tortazos con un compañero y ahora se negaba a explicarle por qué.
—¿Cómo que castígame y ya? Me vas a decir por qué te has peleado y me lo vas a decir ahora mismo —Ordenó Ricardo con un tono de voz que no admitía réplica. O tal vez sí porque Darío se mantuvo firme.
—Da igual, papá.
—No me toques las narices, Darío, te lo estoy advirtiendo.
—López es un idiota.
—¿Y por eso le has partido la cara? —Darío apretó los dientes y se encogió de hombros—. Me estás cansando, niño. Si no me dices lo que ha pasado, iré a hablar con Juanjo López y estoy seguro de que él sí que me contará la verdad.
Darío alzó la cabeza bruscamente. Parecía horrorizado y un poco más cerca de sucumbir a las lágrimas que un par de minutos antes. Estaba a punto de claudicar y aún así logró emitir una última queja.
—Papá…
—¿Por qué le pegaste a Juanjo López?
El labio inferior de Darío tembló antes de que el chico apartara la mirada y hablara.
—Dijo que eres un ladrón.
Esa vez fue Ricardo quien sintió como si le hubieran dado un poderoso puñetazo en el estómago. Sus pulmones se vaciaron de aire y su cabeza se nubló por culpa de los cientos de pensamientos que la asaltaron.
—Le dije a Antonio Álvarez que iba a prestarle la escoba nueva y Juanjo dijo que seguramente la habías robado, que todo el mundo sabe que has estado en la cárcel.
Darío había dicho aquello último sin poder controlar el llanto. Ricardo vio las lágrimas rodando por sus mejillas, el rostro rojo y congestionado de su hijo, la mirada repleta de ira y dolor y él mismo tuvo ganas de echarse a llorar. Siempre supo que ese día llegaría, que alguien se encargaría de echarle en cara a Darío sus propios fallos, pero una parte de sí mismo había conservado la esperanza de que no ocurriera nunca. Finalmente había pasado y a Ricardo ya no le importaban ni la pelea ni la expulsión de Darío. Lo único en lo que podía pensar era en que su hijo iba a tener que cargar con unas culpas que no le correspondían y quiso salir corriendo. Pero no podía hacer eso. Tenía que afrontar la situación como un hombre.
—Así que Juanjo López te dijo eso.
—Lo siento, papá —Darío se puso a hablar entre sollozos—. Sé que no quieres que me pelee, pero López es un broncas y siempre está provocando a todo el mundo. Yo paso de él, de verdad, pero cuando dijo eso de ti… No podía dejar que fuera por ahí diciendo eso. No tiene derecho.
Ricardo luchó nuevamente por dominar su carácter, aunque en esa ocasión su enfado ya no estaba dirigido a Darío. Se levantó y fue junto al muchacho, agachándose a su lado y cogiéndole el rostro con ambas manos. Su cerebro trabajaba a toda velocidad en busca de las palabras adecuadas.
—Tienes razón, Darío. Ese chico no tenía ningún derecho a decirte lo que te ha dicho, pero eso no justifica tus actos.
—Pero papá…
—Nada de peros. No me importa si ese López o cualquier otro intentan provocarte. No quiero que lo que ha pasado hoy vuelva a repetirse. ¿Entiendes?
—Dijo que eres un ladrón. Delante de todo el mundo.
Ricardo suspiró y decidió que Darío no era el único que estaba obligado a decir la verdad. Se la debía a su hijo en compensación por todo el dolor que su pasado pudiera causarle en el futuro.
—Tú sabes que Juanjo López no ha dicho ninguna mentira. ¿No? —La expresión de Darío fue devastadora y Ricardo necesitó tragar saliva para poder continuar. Odiaba que estuviera pasando aquello. Lo odiaba de verdad y únicamente podía confiar en que su hijo fuera lo suficientemente fuerte como para afrontar la realidad—. He estado en la cárcel.
—¡Pero fue por algo bueno! ¡Por ayudar a gente como el tío Reginald y la tía Mary!
Ricardo negó con la cabeza. Volvió a rodear el escritorio para buscar un paquete de pañuelos de papel que guardaba en el cajón superior y se encargó de limpiar la cara humedecida de su hijo. Después se sentó a su lado, convencido de que debía mantener con él una conversación de hombre a hombre. Estaba aterrorizado.
—No tienes ni idea de lo tonto que era cuando tenía tu edad, Darío. Mi madre murió cuando yo era pequeño y mi padre resultó ser un pésimo modelo a seguir, pero yo le admiraba y cuando lo metieron en la cárcel quería ser como él —Darío ya conocía esa historia, así que asintió mientras se sorbía los mocos—. Yo era un crío y tuve la oportunidad de elegir. Algunas personas buenas quisieron ayudarme, pero yo decidí seguir los pasos de mi padre. Y mi padre era un ladrón, Darío.
—Pero tú no…
—Sí, hijo. Yo sí —Ricardo vio como el chico apretaba los dientes y tuvo que aclararse la garganta porque la voz no le salía. ¡Por Dios, qué mal lo estaba pasando!—. He cometido muchos errores a lo largo de mi vida y no sabes cuánto lamento que idiotas como ese López te los echen en cara a ti, que no tienes la culpa de nada —Darío abrió la boca como si fuera a decir algo, pero al final sólo pudo apartar la mirada—. Estoy esforzándose mucho por arreglar todas las cosas que hice mal. Todo el mundo puede equivocarse. Lo importante es saber rectificar a tiempo.
Esperaba de todo corazón que Darío se diera cuenta de eso. Cuando era más pequeño y le hablaba de su padre y de las cosas que había hecho cuando era crío, Ricardo procuraba que todo pareciera una aventura emocionante. Quería que Darío estuviera preparado para situaciones como las que se habían producido aquel día, pero siempre había tenido claro que no le hablaría con absoluta franqueza hasta que no fuera lo suficientemente maduro para comprender. López el Bocazas había acelerado un poco el proceso, pero Ricardo esperaba que Darío estuviera preparado para perdonarle.
Padre e hijo estuvieron callados durante dos largos minutos. Ricardo tenía la sensación de que su cabeza podría explotar de un momento a otro y Darío permanecía pensativo, mordiéndose el labio inferior y golpeando el suelo con la punta del pie una y otra vez. Cuando el chico al fin habló, su voz sonó tan infantil que Ricardo estuvo a punto de acunarlo como si volviera a tener tres años.
—Pero tú ya no haces nada de eso. ¿Verdad?
—No, hijo. Hace mucho tiempo que no.
—Vale —Darío se cruzó de brazos—. Y no vas a volver a la cárcel ni nada. ¿A que no?
—¡Dios! —Ricardo soltó una carcajada. A pesar de que Darío tenía once años y continuamente se esforzaba por parecer un chico mayor, aún era capaz de hacer preguntas como aquella. Ricardo sintió como la ternura aplacaba todo el dolor anterior —. Realmente espero no tener que volver allí nunca más.
—Porque ahora todo lo que haces es legal. ¿No?
—Eso es.
—Entonces, si López vuelve a decir por ahí que ahora eres un ladrón. ¿No puedo pegarle?
—¿Qué? ¡No!
—Vale, papá —Darío se encogió de hombros y Ricardo supo que el chico no tenía nada que reprocharle—. Pensé que estaría bien defender el honor de los Vallejo y todo eso.
—¿El honor de los Vallejo? —Repitió con pasmo el mayor. No tenía ni idea de lo que el chico quería decir, pero en cualquier caso sería complicado defender el honor familiar porque Ricardo dudaba que lo hubieran tenido alguna vez. Aunque quizá en el caso de Darío fuera diferente.
—Es algo que Doc dice a veces. Ya sabes lo raros que son los ingleses —Ricardo soltó un resoplido de risa. Darío había dejado de llorar un rato antes y parecía estar de mejor humor. En sus ojos aún quedaba una pequeña cicatriz, pero seguramente no tardaría en esfumarse—. Y hablando de Doc. ¿Vas a decirle a mamá que me han expulsado?
—Difícilmente podría ocultárselo.
—Pero se enfadará un montón. Y como Amelia está a punto de nacer y todo eso, pues he pensado que podríamos mantenerlo en secreto. Para que no se preocupe.
—¿Será posible? ¿Sabes lo que nos haría tu madre si se enterara de que la engañamos? Además, sólo está embarazada, no enferma. No hace falta que la cuidemos tanto.
—Pues vaya —Darío suspiró—. Me va a caer una buena.
—Te va a caer una buena se lo digamos a tu madre o no —Darío resopló contrariado. Ricardo pensó que había llegado el momento de imponer el correspondiente castigo, pero antes quería aclarar un último detalle—. Quiero que te des cuenta de una cosa, Darío. A lo largo de tu vida te encontrarás con gente parecida a Juanjo López que hablará de mí en no muy buenos términos. Cuando eso pase, quiero que me prometas que te darás media vuelta y pasarás de ellos.
—Pero papá.
—No, Darío. Nada de peros. No quiero que vuelvas a pelearte con nadie más, menos aún que te pegues con tus compañeros por defenderme a mí.
Darío le miró fijamente. Ricardo realmente no quería eso. No quería que su hijo batallara una guerra que no era suya. Quería que siguiera creciendo como hasta ahora, feliz y a salvo, siendo un chico normal y corriente. Un buen chaval.
—Prométemelo, hijo.
—Vale —Darío asintió tras un segundo de deliberación—. Te lo prometo.
—Buen chico —Ricardo revolvió el pelo de su hijo y se dispuso a recuperar su posición al otro lado de la mesa—. Y ahora hablaremos de tu castigo. Lo que has hecho no ha estado nada bien.
Darío resopló con disgusto pero apenas se quejó cuando Ricardo decidió confiscarle su preciada y novísima escoba voladora hasta final de año. Después de todo, el problema no se había resuelto demasiado mal. La expulsión era un engorro, pero Alf podría encargarse de llevarle los deberes y Doc de echarle un cable con las dudas, así que Darío no se quedaría atrasado con respecto a sus compañeros de clase. La charla con su padre le había ayudado a comprender bastantes cosas sobre el pasado y el presente de Ricardo Vallejo y, aunque Darío era consciente de que su padre había hecho un montón de cosas malas en su juventud, también se daba cuenta de lo mucho que había cambiado desde entonces y, sobre todo, de lo mucho que se preocupaba por él. Era sólo un niño, pero ya sabía qué era lo más importante en la vida de Ricardo Vallejo y se sintió muy orgulloso. Más incluso que mientras le hablaba a Antonio Álvarez sobre su nueva escoba voladora. Darío sabía que las cosas no siempre serían fáciles en el futuro, pero no importaba mientras tuviera a su familia al lado.
