HONOR Y FAMILIA

Lo sé. Esta vez no me he currado demasiado el título. Andaré un poco falta de imaginación :(


Toledo, Septiembre de 2003

En cuanto llegó a casa, Clara se deshizo de los zapatos y se dejó caer en su sillón favorito. Acababa de acudir a la consulta de su ginecólogo muggle de confianza y él le confirmó lo que ya le dijeron en San Mateo: que Amelia estaba perfectamente, que iba a ser una niña grande y sana y que no tenía que preocuparse por nada. Y realmente Clara no estaba preocupada porque todo el embarazo había sido bastante tranquilo, pero quería que Amelia naciera ya.

Aunque todo el mundo le dijera que exageraba, Clara era plenamente consciente de lo mucho que había engordado. Se sentía pesada y torpe, tenía las piernas hinchadísimas y la espalda le dolía un montón. Suponía que todas aquellas cosas eran normales para una mujer que saldría de cuentas en un par de semanas, pero estaba harta. No tenía forma de saber si con Darío se hubiera puesto tan gordísima porque su hijo nació un par de meses antes de la cuenta, pero Clara consideraba que podría haber controlado un poco mejor la parte del aumento de peso. Era todo culpa suya, por haber sucumbido a los numerosos antojos que había padecido durante todos esos meses, y se horrorizaba al pensar en lo mucho que iba a costarle recuperar la línea.

Su único consuelo consistía en pensar que Amelia iba a ser un bebé sano, no como su pobre hermano mayor. Cuando Clara estaba embarazada de siete meses, había vivido una situación ciertamente traumática que le había provocado el parto. La primera vez que vio a su hijo, Darío era una cosita enrojecida y diminuta por la que los médicos no daban un duro. Clara se había hartado de escuchar que no era conveniente tener esperanzas, que el niño pesaba demasiado poco, que sus pulmones no estaban formados, que en caso de sobrevivir sufriría serios trastornos de salud. Había llorado y sufrido como nunca y se había pasado días enteros rezando por su bebé.

Pero Darío no se había dejado vencer. Clara ignoraba si el hecho de ser un mago había influido y a veces se preguntaba si la medicina muggle podría haber hecho lo que la mágica hizo por él, pero eso ya carecía de importancia. Darío se había aferrado a la vida y durante dos largos meses luchó como un jabato para salir adelante. Tal vez fuera algo milagroso, pero no hubieron secuelas de ninguna clase. Darío creció, dejó de ser aquella criaturita esmirriada a la que Clara temía coger en brazos por si le hacía daño para transformarse en un bebé precioso, sano y tragón.

Sin embargo, librarse de los malestares típicos del embarazo no era el único motivo que tenía Clara para anhelar el nacimiento de su hija. Adoraba sentir a Amelia en su interior, notar cómo se movía de un lado para otro y tocar sus puños o sus pies cuando se advertían a través de la piel. El embarazo era una experiencia única y la había disfrutado durante aquellos nueve meses, pero lo que ahora quería Clara era ver a su hija. Muchas veces se había imaginado cómo sería su rostro, se preguntaba a quién se parecería y cómo sería su carácter.

Darío había sido un niño bastante tranquilo y risueño, tímido con los desconocidos y muy cariñoso con la familia. Nunca fue dado a sufrir berrinches y desde muy pequeñito fue muy organizado y cuidadoso con sus cosas. Tenía una imaginación desbordante y un montón de sueños, la mayoría de ellos bastante difíciles de cumplir. Clara reconocía que nunca le había dado un problema y ese hecho no dejaba de hacerle gracia habida cuenta de quién era su padre. ¿Sería Amelia igual que él o le tocaría lidiar con una niña rebelde?

—¿Necesitas algo? Me vuelvo al colegio, a ver si llego a tiempo para la última clase.

John no se había perdido ni una sola de sus visitas al médico, ya fuera muggle o mágico. Aunque no se parecía demasiado al ideal de hombre con el que Clara hubiera querido casarse, estaba bastante contenta de haberse encontrado con Caradoc Dearborn. A veces aún le resultaba un poco desconcertante la historia vital de su compañero de fatigas, pero teniendo en cuenta que era uno de los mejores amigos del señor Ricardo Vallejo, a Clara ya no podía extrañarle nada. Reconocía que le había costado un poco de esfuerzo acostumbrarse a todo el asunto de los falsos nombres, pero todo se resolvió con relativa facilidad. En público, su esposo era el profesor John Doe; en privado, era simplemente Doc.

—Estoy bien.

—Hasta dentro de un ratito entonces.

—Adiós.

John le dio un beso en los labios y se desapareció directamente desde el salón. La escuela de magia estaba bastante cerca de casa y John casi siempre iba a trabajar dando un paseo, pero esa mañana tenía prisa por llegar lo antes posible. Era un hombre muy responsable y, aunque tenía muy claro que la familia era lo primero, no le gustaba perder clases.

Clara permaneció sentada unos minutos. Convocó un zumo de naranja bien fresquito desde la cocina y se lo bebió mientras miraba por la ventana. John y ella compraron aquella casa poco antes de casarse. Se habían tomado unos meses para pensar si se instalaban en Madrid o en Toledo y se habían decidido cuando Omar Bennasar, un viejo amigo de John, les había hablado de esa vivienda. El brujo se dedicaba al negocio inmobiliario y les había conseguido la casa a buen precio. Al parecer, su anterior dueño había sufrido un serio revés económico y había tenido que vender a toda prisa casi todas sus propiedades. Aunque era de nueva construcción, se había respetado al máximo la arquitectura típica de las antiguas casas toledanas y Clara disfrutaba especialmente del pequeño patio interior, un lugar fresco y agradable que permanecía rebosante de plantas durante todo el año.

Ya había terminado de tomarse el refresco cuando escuchó abrirse la puerta de la calle. Alarmada, echó mano de la varita, pero no eran intrusos los que acababan de llegar.

—¿Mamá?

En cuanto llegó a la entradita, Clara vio como Ricardo cerraba la puerta. Darío estaba parado a su lado, cabizbajo y un poco ruborizado. Lo primero que pensó la mujer fue que estaba enfermo, pero en cuanto vio la cara de su padre supo que había pasado algo grave.

—Darío. ¿Qué haces aquí? Deberías estar en el colegio.

—Yo…

—Ve a tu habitación. Yo hablaré con tu madre.

El chico asintió y desapareció escaleras arriba. Clara puso los brazos en jarra y no tardó ni un segundo en encarar a Ricardo en busca de una explicación.

—¿Qué ha pasado?

—Vamos a sentarnos.

Una vez acomodados, Ricardo procedió a contarle todo lo ocurrido durante esa mañana. Clara apenas pudo creerse que Darío se hubiera metido en una pelea y mucho menos que hubiera herido de aquella manera a un compañero, pero en cuanto Ricardo le explicó los motivos que había tenido su hijo para pegarle a Juanjo López, Clara lo entendió todo. Si bien era cierto que al principio de su relación con Ricardo no tenía ni idea de quién era él, en cuanto supo la verdad se dio cuenta de que las cosas no serían fácil, ni para ella ni para Darío. Habían pasado varios años desde que tuvo su aventura con Ricardo y Clara sabía que él nunca fue completamente honesto con ella. Le había hablado de algunas de sus actividades ilícitas, de la existencia de ciertos enemigos y de sus esfuerzos por cambiar y Clara siempre había tenido la sensación de que Ricardo se guardaba lo peor para sí mismo.

Al principio se había planteado la posibilidad de alejar a Darío de su padre. Ricardo no parecía ser una buena influencia para nadie y definitivamente el peligro le acechaba en cada esquina, pero Clara no había tardado en ver lo mucho que ese hombre quería a Darío. Le había jurado que nunca permitiría que le hicieran daño y se había comprometido a cambiar y a alejarse de su vida delictiva. Y había cumplido con creces, eso Clara no podía negarlo. En ocasiones aún se angustiaba al imaginar la clase de cosas que Ricardo podría haber llegado a hacer, cosas de las que el mismísimo John parecía ser consciente, pero reconocía que el brujo ya no daba ningún motivo para desconfiar de él. El hecho de que su pasado le persiguiera era inevitable y por eso Clara no se sorprendió demasiado al escuchar lo que Juanjo López le había dicho al chico. Imaginaba lo mucho que a Darío debió dolerle oír algo así, pero eso no excusaba su comportamiento. Y Ricardo estaba de acuerdo con ella.

Era obvio que Ricardo también se sentía mal. Quizá Clara no había tenido ocasión de conocerle en profundidad, pero con los años sí que aprendió a leer en sus ojos. Y esa mañana había dolor en ellos. Dolor, vergüenza e impotencia. Clara, que estaba enfadada con Darío porque odiaba que se metiera en líos, no podía evitar comprenderles a los dos.

—Ya me he encargado de imponerle un castigo —Dijo Ricardo cuando llegó a la parte final de su relato—. No sería justo que tú también lo hicieras.

—¿Qué castigo es ese?

—Le he confiscado la escoba hasta fin de año y le he dejado bien claro que el haber sido expulsado de la escuela de magia no es motivo suficiente para que sus notas se resientan. Darío sabe que seremos más exigentes con él que nunca.

Clara asintió. Indudablemente la pérdida de su reluciente y novísima escoba voladora debió ser un duro varapalo para el chico, así que la mujer se sintió satisfecha. Tampoco creía que Darío mereciera sufrir más restricciones porque en el fondo tuvo buenos motivos para hacer lo que hizo. No se había peleado por cualquier tontería de críos, sino por defender a su padre, y eso Clara no podía obviarlo. En cualquier caso, había un punto que Ricardo no había tenido en cuenta.

—Se te olvida una cosa —Ricardo entornó inquisitivamente los ojos—. Darío debe pedirle disculpas a ese chico.

—¿Qué?

—Lo ha enviado al hospital. Es lo menos que puede hacer.

Ricardo apretó los dientes y a Clara le sorprendió que negara con la cabeza.

—Darío sabe que lo que ha hecho ha estado mal y ha prometido que no volverá a hacerlo. No creo que sea necesario que se disculpe ante nadie.

—¿Cómo que no?

—Mira, Clara. Odio tanto como tú que nuestro hijo se meta en problemas, pero no voy a obligarle a que se disculpe porque un niño idiota se ha metido donde no le importa.

—¡Ricardo!

—Sabes también como yo que López me la tiene jurada desde hace tiempo. Y no digo que no le falten motivos, pero si ese chico sabe ciertas cosas sobre mí es porque en su círculo familiar se habla sobre ello. Lo que esa gente tiene que hacer es callarse cuando los niños están delante, así que si se meten en problemas por eso es cosa de ellos.

Clara parpadeó, sorprendida por la salida que Ricardo acababa de tener. Por supuesto que era consciente de que el Jefe de Aurores había dedicado mucho tiempo y esfuerzo en perseguir a Ricardo y que le había costado sangre sudor y lágrimas encontrar algo que sirviera para enviarlo a prisión, pero nunca se había planteado lo que Ricardo decía. Le costaba muchísimo esfuerzo imaginar a hombres adultos envenenando las mentes de sus niños, así que posiblemente no eran conscientes de lo que chicos como Juanjo podían o no podía escuchar. Seguramente en casa de los López se hablaba habitualmente sobre cosas del trabajo y el nombre de Ricardo Vallejo habría sonado alguna vez. O tal vez ni había hecho falta que Juanjo escuchara según qué conversaciones porque la comunidad mágica no era demasiado grande y sólo había que escarbar un poco para averiguar el pasado de cualquier mago o bruja del país. El que Ricardo hubiera estado en la cárcel era un secreto a voces y Clara creía que el brujo exageraba con su último comentario.

—Estoy convencida de que López tiene cosas mejores que hacer que convencer a su sobrino para que se meta con Darío. Lo que quiero es que a tu hijo le quede bien claro que hacer daño a la gente tiene consecuencias. Para empezar, ese chico debe estar pasándolo fatal en el hospital porque tengo entendido que el proceso de crecimiento de los dientes es muy doloroso.

—No tiene nada que no se haya buscado.

—¡Por Dios, Ricardo! No digas esas cosas —El hombre se cruzó de brazos y suspiró como si considerara que lo que Clara estaba diciendo eran tonterías—. No sé porqué tengo la sensación de que López no es el único que está un poco obsesionado. Tú no pareces tenerle demasiado afecto

—No voy a discutir contigo sobre mi relación con ese hombre porque sólo es asunto de nosotros dos —Y Clara lo agradecía, aunque Ricardo estaba haciendo evidente lo acertado de su última teoría—. Pero no voy a consentir que meta a los chicos por medio.

—No creo que esté haciendo eso. Por lo que me cuentas, ese tal Juanjo López es un matón. Si lo único que le interesa es meterse con otros niños, dudo que lo ocurrido con Darío sea algo personal. Se ha limitado a utilizar la información que tenía para hacerle daño. Ni su padre ni su tío tienen nada que ver con ello.

—Pues mejor me lo pones. Si ese chico va buscando pelea, debería ser él quién se disculpara, no Darío.

—Pero es él quien ahora mismo está en el hospital, Ricardo —Clara hablaba con suavidad y firmeza—. Entiendo tu punto de vista y no quiero discutir contigo. Date cuenta de que pedir perdón es lo mejor que Darío puede hacer.

Ricardo no habló ni se movió durante unos segundos. Era un hombre bastante razonable y, aunque le costó cierto esfuerzo, finalmente aprobó la decisión de Clara, quien sonrió y le dio una palmadita en el brazo.

—Esta misma tarde iremos al hospital. ¿Vienes con nosotros?

—Me gustaría mucho dejar que López y compañía que desuellen vivo, pero tengo que volver a Bilbao lo antes posible. A primera hora de la tarde recibimos un cargamento con mercancía peligrosa. Pídele a Doc que os acompañe. Su diplomacia británica os hará bien.

El tono sarcástico y malhumorado del hombre hizo que Clara sonriera y decidiera seguirle el juego. Ahora que el asunto de Darío estaba solucionado le apetecía bromear un poco.

—Te recuerdo que tú tienes un cincuenta por ciento de sangre inglesa, Ricardo.

—Sí. Y esa criaturita que tienes ahí dentro también. Hoy has estado en el médico. ¿Verdad?

—Acababa de llegar a casa cuando habéis venido.

—¿Y qué te han dicho? ¿Va a salir de ahí de una vez o no?

—Mucho me temo que Amelia está demasiado cómoda aquí dentro —En ese momento la niña se movió y Clara dio un respingo—. Te confieso que yo sí que tengo ganas de tenerla en brazos de una vez. Estos nueve meses se me están haciendo eternos.

—En serio, mujer, no hay quién te entienda. Te quejas porque la niña lleva el tiempo justo dentro y también te quejas porque Darío nació antes de lo que le correspondía. ¿Es que a ti no te hace feliz nada?

Clara se encogió de hombros y se acarició el vientre. Si había dos motivos en el mundo por los que era totalmente feliz eran sus hijos. Darío y Amelia.


A Clara le estaba resultando bastante difícil pasar desapercibida mientras recorría los asépticos pasillos del Hospital Mágico de San Mateo. Su inmensa barriga la precedía. Junto a ella caminaban su marido y su hijo, ambos silenciosos y pensativos. John se preguntaba qué consecuencias podría traer la reciente pelea de Darío en el seno familiar. Lo que había pasado no era más que una chiquillada, pero Ricardo era un hombre que se tomaba ciertas cosas muy a pecho y a esas alturas debía estar muy preocupado por Darío. El chico parecía haber asumido con relativa calma el saber que su padre fue un delincuente y se le notaba a la legua que no quería disculparse con López, pero Clara estaba decidida. Y cuando esa mujer tomaba una decisión no había nada que se pudiera hacer. De nada habían servido las protestas de su hijo; en cuanto John terminó su jornada laboral, Clara los había cogido a los dos y se los había llevado a Madrid, directos al hospital.

Aunque la razón le decía a John que pedir perdón era lo mejor que podía hacer Darío, en el fondo pensaba que no era buena tan idea después de todo. El chico iba a llevarse un disgusto de los gordos y obviamente ya había sido debidamente reprendido tanto por los profesores como por sus padres. John tenía la sensación de que esa disculpa sólo serviría para hurgar en la herida y eso era algo que nadie necesitaba, especialmente Darío y Ricardo. Evidentemente los dos se sentían heridos y Clara aseguraba que entendía a la perfección el punto de vista de ambos, pero ni siquiera eso la detuvo.

Cuando faltaban unos metros para llegar a la habitación en la que Juanjo López estaba pasando su convalecencia, Darío se detuvo para llamar la atención de su madre. Estaba enfurruñado y lo que más le apetecía era salir corriendo en dirección contraria, pero sabía que no podía hacer tal cosa. Cuando su madre se enfadaba de verdad podía ponerse hecha una furia y, embarazadísima y todo, resultaba terrible cuando eso ocurría.

—Mamá, que sepas que sólo le voy a pedir perdón una vez.

—Eso es lo que habíamos acordado.

—Pero López es un idiota. Y no pienso suplicarle ni nada.

—Nadie quiere que supliques. Lo único que tienes que hacer es decirle que sientes haberle hecho daño.

—Cómo si fuera a creerme.

—Bueno, si se lo dices con esa cara de fastidio seguro que no te cree. Ahora mismo no pareces muy arrepentido.

Darío no dijo nada. Seguramente no tenía pinta de lamentar lo ocurrido porque no lo lamentaba en absoluto. Aunque John encontraba que el comportamiento demostrado durante la pelea era del todo inaceptable, no podía evitar ponerse del lado de Darío. No le cegaba el cariño que sentía por el chico, pues siempre lograba ser bastante objetivo a la hora de resolver conflictos familiares y no acostumbraba a dejarse llevar por sus sentimientos cuando se trataba de dilucidar quiénes eran responsables de tal o cual cosa, pero en ese caso Darío tenía la razón. Seguramente él también habría reaccionado de la misma forma en una situación semejante. Aún recordaba sus años de estudiante en Hogwarts, lo furioso que se sentía cada vez que alguien insultaba a sus padres muggles y lo mucho que le costaba aplacar sus nervios cuando eso ocurría.

—¿Seguro que no puedo escribirle una carta o llamarle por teléfono?

Clara negó con la cabeza y siguió andando. Menos de un minuto después estaba llamando a la puerta de la habitación y una mujer de estatura media y complexión fuerte le abría y le dirigía una mirada interrogante.

—Buenas tardes. ¿Es usted la madre de Juanjo López? —La mujer, que tenía el pelo cobrizo y los ojos oscuros y hundidos, asintió con lentitud—. Yo soy Clara Muñoz, la madre de Darío.

Clara se apartó un poco para que la otra mujer pudiera ver a Darío. A John no le gustó demasiado la cara de disgusto de la señora de López y tuvo serias dudas sobre lo conveniente de aquella visita. En ese preciso instante un hombre apareció detrás de la mujer. Tenía cierto aire desgarbado, el pelo castaño y con unas entradas muy amplias y utilizaba unas gafas que hacían que sus ojos lucieran diminutos.

—¿Quién es, Paqui?

—La madre de Darío Vallejo.

Definitivamente el tono de voz de la mujer no fue demasiado agradable. Incluso Clara pareció contrariada por la forma que esa mujer tuvo de pronunciar el nombre de su hijo, aunque decidió mostrarse comprensiva y fingió que no estaba pasando nada. Tenía buenos motivos para estar allí y sólo debía encontrar la forma de demostrárselo a esa gente. Después de todo no era tan raro que disgustados porque Darío había enviado a su pobre niño al hospital.

—¿Qué quiere, señora?

John alzó las cejas. El señor López no estaba siendo precisamente educado. No sólo no se había presentado debidamente, sino que se había atrevido a hablarle a su mujer con desdén. Y por si eso fuera poco, sus ojos se deslizaron hasta posarse en Darío con algo que se asemejaba mucho al desprecio. Vale. El chico le había pegado a su hijo, pero tal y como Clara no se cansaba de repetir habían sido cosas de críos y los adultos debían ser conscientes de que esos asuntos se podían manejar con calma, no poniéndose a la defensiva como si se estuvieran preparando para una batalla campal. A pesar de la manifiesta hostilidad, Clara aún era capaz de mantener la calma, algo que a John le extrañaba un poco porque el embarazo no había hecho de ella una mujer precisamente sosegada. No se había vuelto loca ni nada parecido, pero la paciencia brillaba por su ausencia.

—Hemos venido para interesarnos por la salud de su hijo. Darío…

—Juanjo está bien, pero no es gracias a su hijo —El señor López había interrumpido a Clara y John se vio obligado a intervenir.

—Buenas tardes, señor López —Dijo mientras estiraba la mano para que el otro hombre la estrechara. López frunció el ceño, pero terminó por corresponder al saludo—. Soy John Doe, el marido de Clara. Hemos venido a acompañar a Darío al hospital porque quería disculparse con su hijo.

—¿Disculparse? —El señor López frunció el ceño y no le quitó ojo a Darío.

—Usted ya sabe cómo son los niños. Indudablemente lo que ha hecho Darío no ha estado bien, pero está arrepentido y le gustaría hacérselo saber a Juanjo. ¿Le importa?

A López pareció haberle agradado el aire respetable que parecía rodear a John, así que compartió una mirada con su mujer y terminó por asentir. Los López se hicieron a un lado y dejaron que Darío se acercara a la cama para decir lo que tuviera que decir.

La verdad era que a Darío no le hacía mucha gracia tener que disculparse. Siempre era difícil tener que hacer cosas como aquella, pero en cuanto vio la cara de Juanjo sí que se sintió un poco mal. Vale. El chico era un cretino y un tocapelotas de mucho cuidado, pero era evidente que lo estaba pasando fatal mientras le crecían los dientes. El enfado que sentía contra su madre se aplacó un poco e incluso se arrepintió de lo que había hecho. Estaba dispuesto a que su disculpa sonara sincera siempre y cuando López no se comportara con la misma mala uva de siempre.

—Hola, López.

—¿Qué haces tú aquí?

—He venido a disculparme.

—¿En serio? —Juanjo hizo una mueca de dolor, molesto porque aquel tipo estuviera allí. ¿Es que no había tenido suficiente con lo que le había hecho esa mañana?—. ¡Anda ya!

—No tendría que haberte pegado y siento lo de tus dientes —Y realmente lo sentía—. Pero tú no debiste decir eso de mi padre —Pero no del todo.

—¿Por qué no? Es la verdad. Tu padre estuvo en la cárcel.

—Sí, pero fue por ayudar a la gente de Inglaterra.

—Sí, claro.

—Es verdad. Había un tipo que iba por ahí matando a los magos y brujas de primera generación y mi padre les ayudó a salir de su país y a buscar un trabajo. Y no le quedo más remedio que saltarse la ley, que lo sepas.

Juanjo López miraba al chico con pasmo absoluto. Darío estaba satisfecho con el resultado obtenido porque, aunque si bien era cierto que su padre sí que había sido un ladrón de los de verdad, lo habían mandado a la cárcel por meter la pata cuando se ocupó de los refugiados ingleses.

—Pero estuvo en la cárcel.

—Pero ya no roba ni nada.

Los niños mantuvieron un duelo de miradas y al cabo de unos segundos Darío resultó vencedor. Juanjo suspiró y se llevó la mano a la boca después de sentir un molesto pinchazo en las encías.

—¿Te duele?

—Mogollón.

—Lo siento —Darío sonrió y compuso una expresión maligna—. La próxima vez que te metas conmigo te hechizaré.

Juanjo frunció el ceño. Era lo suficientemente listo como para darse cuenta de que Darío le estaba ofreciendo enterrar el hacha de guerra y se dijo que aceptar su oferta no sería tan malo. Ahora que sabía lo duro que era capaz de pegar aquel idiota, sería mucho mejor estar a buenas con él. No le interesaba ser su amigo, pero podía pasar el resto de sus días ignorándolo olímpicamente.

—Sí, Vallejo, como si fueras capaz de ganarme en un duelo mágico.

—Cuando quieras te lo demuestro.

—Ya hablaremos cuando vuelvas al colegio. ¿Te crees que no sé qué te han expulsado?

Mientras los niños resolvían sus diferencias, los cuatro adultos permanecían un poco apartados, inmersos en su propia lucha por proteger a sus hijos. Los López estaban demostrando ser unas personas profundamente desagradables, Clara se arrepentía de haber ido esa tarde al hospital y John permanecía alerta por si las cosas se desmadraban. Los López parecían dispuestos a decir cualquier barbaridad y Clara no tenía pinta de ir a tolerarla. Lo dicho, el embarazo le había dejado cero paciencia.

—Con que el chico quiere disculparse —Dijo López en cuanto Darío llegó a la cama y empezó a hablar con Juanjo—. Me va a perdonar, señora, pero me extraña mucho.

—¿Por qué?

López observó a los muchachos y no respondió a la pregunta de Clara.

—Así que usted no está casada con el padre del chico.

—Pues no, pero no sé qué tiene eso que ver con lo que ha pasado en el colegio.

—No quisiera ofenderla, señora. No dudo que usted sea una mujer perfectamente normal y su marido parece un hombre del todo respetable, pero tengo mis reservas respecto al chico.

—Juanjo —El tono de la señora López sonó a advertencia, como si supiera lo que iba a decir y no le hiciera mucha gracia que se trataran ciertos temas en público. Indudablemente era más capaz de mantener las formas que su marido. Sin embargo, el señor López siguió hablando.

—¿Qué se puede esperar de él siendo hijo de quién es? De tal palo, tal astilla.

Clara se envaró. Eso era el colmo. ¿Cómo se atrevía ese cretino a decirle esas cosas? Si el niño se parecía un poco a su padre, Darío no se merecía ser castigado por haberle pegado. Se merecía una medalla. A pesar de que lo que más le apetecía en ese momento era arrancarle los ojos al tal Juanjo López, logró contener su mal genio y recurrir al diálogo en lugar de a la violencia física. Y si la mano de John sostenía fuertemente su brazo era pura coincidencia.

—Me va a perdonar usted a mí, señor, pero no le consiento que hable así ni de mi hijo ni de Ricardo —López frunció el ceño, tan desdeñoso como antes—. Darío es un niño muy bien educado que nunca se ha metido en problemas hasta hoy, algo que por lo que tengo entendido usted no puede decir de su hijo —López fue a protestar, pero Clara no le dejó—. Y si Ricardo ha cometido errores en el pasado, ya pagó su deuda con la sociedad y merece que le dejen en paz. En un hombre trabajador y un buen padre y no le voy a permitir que hable así de él. Es más, lo que tenía que hacer es asegurarse de que su hijo se mantenga calladito porque está hecho todo un bocazas.

Los López no daban crédito a lo que Clara acababa de decirles y el propio John se sentía extraño. Ahí estaba su mujer y con un panzón tremendo, las piernas y la cara hinchadísimas, echándole la bronca al hermano del Jefe de Aurores, defendiendo con uñas a dientes a Darío y a Ricardo Vallejo. Ella había insistido en que lo correcto era ir al hospital a disculparse, pretendía que Darío obtuviera una lección positiva de todo aquello y mira como terminaban las cosas. Aunque no habían llegado a elevar el tono de voz, era obvio que la inminente discusión podría alcanzar cierta gravedad si no la cortaban de inmediato, así que decidió tomar medidas.

—Será mejor que nos vayamos a casa, Clara —Si no eran bienvenidos, allí no pintaban nada. Su mujer asintió.

—Darío, nos vamos.

Mientras la tensión entre los adultos había ido aumentando, los niños habían conseguido mantener una conversación bastante civilizada. Ese hecho sorprendió a los padres al mismo tiempo que les hizo sentirse un poco avergonzados. Supuestamente deberían haber sido ellos los que afrontaran la situación con calma y madurez y mira por donde los niños, que unas pocas horas estaban liándose a mamporros, fueron los únicos capaces de llegar a un acuerdo de no agresión.

Sin atreverse a protestar demasiado, Darío se reunió con su madre y con Doc y abandonó con ellos el hospital. Ninguno de ellos abrió la boca mientras llegaban a casa, pero Clara estaba convencida de que Darío no era el único que había aprendido algo aquella tarde. Su propia lección fue aún más importante y estaba segura de tardaría en olvidarla mucho tiempo.