Sam descansaba en su cama, era el último día del fin de semana, así que iba a disfrutarlo. Los rayos del sol se colaron por su ventana, y terminaron pegándole en el rostro. Por reacción, se terminó cubriendo más la cara con la sobrefunda. Era su día especial y no quería levantarse.

El sol parecía no lograrlo, alguien más lo hizo. Su gato que se le sentó en la cara.

—Umm, Danny, por favor —le suplicó la rubia al gato.

El felino solamente maulló, y empezó a rasgar el cobertor y parte de su pijama. Sam algo irritada se levantó y vio a su amada mascota morderle la ropa, para después morderle el tobillo.

—¿Tienes hambre mi amorsh? —preguntó la chica, quien tomaba al animalito.

Meow meow meow.

Fue lo único que salió de la boca del gato.

—Creo que sí mi niño, es hora de darte tu comida —habló ella, saliendo de la cama.

Tocó el piso con sus pies, lo halló frío, se contrajo de la incomodidad y por instinto. El gato continuaba maullando, tenía hambre el pobre animal. Sam buscaba y buscaba por todos lados el plato de comida del felino, hasta encontrarlo debajo de la cama. Lo tuvo que sacar y verlo con pelusa.

—Está sucio. ¿Ves Danny? —dijo Sam, mostrando el trasto. De por sí, el gato hizo algo de esfuerzo para alzarse y tratar de comer. Ya conocía su lugar de alimento—. Ay mijo, espera, me estás arañando.

No tuvo otra opción de dejar al animal en el suelo, mientras buscaba la comida. Salió de su habitación, para encontrar algo grotesco, la ropa interior manchada de saber ni qué de su madre. Y a ella tirada en el suelo semidesnuda.

—Vieja ésta, como me cae de mal —dijo Sam, rodeando el poco espacio que quedaba en el corredor, para encontrar la bolsa de comida, algo regada por el suelo. Se enojó—. ¡Diablos!

Se agachó para recoger las croquetas, las tuvo que barrer incluso. Que manera de iniciar el día. El resto de la bolsa se mantenía acostado, abierto. Lo examinó, y mordió un poco de la comida para ver que no estuviese aguada. Lo estaba. Un poco.

—Bien, por lo menos no tiene cosas asquerosas —recordó lo de la última vez. Inexplicable.

Tuvo que tomar el plato del minino y limpiarlo con un poco de aguas residuales que se hallaban en el fregadero. Al estar ya limpió, depositó comida para gato en el trasto, dejándolo en el suelo, el gato se acercó de inmediato a comer. Ella se sentó y quedó contemplando a su mascota comer y comer con gran voracidad.

—Ay mi niño, es tan lindo.

Crunch, Crunch, Crunch, así sonaban las croquetas que se rompían en su hocico al partirlas con los colmillos. Sam pensó que era lo mejor darle un poco de agua, así que en otro trastecito le dejó agua. Como si fuese algo normal o automático, el gato tragaba el agua con su lengua, sonando gorgoteos leves.

—Me encantaría que alguien comprendiera de verdad mi situación, amigos casi no tengo. Podría decir que Lincoln es uno de esos, al igual que Luna —decía la rubia, algo triste por su deprimente situación—. Danny, tal vez no me entiendas, pero tú eres ahora la razón por la que no me gusta llorar en las noches por ésta vil desgracia.

El felino levantó su cabeza y le lanzó un tierno y entristecedor maullido, aunque no fuesen la misma especie, él comprendía la congoja de su dueña, en más de alguna ocasión el pudo oír las pestes que le echaba su madre, y cómo no oírlas cuando son gritos que literalmente pueden servir como despertador —uno muy feo por cierto—.

Sam mordió sus labios, tal vez necesitaba a su padre, o en su defecto algún novio que la hiciera sentirse amada y protegida. Ella no quería aceptar que se sentía deprimida. El gato al final terminó su comida y agua. Y en recompensa, se le acercó a Sam y restregó todo su pequeño y peludo cuerpo en su tobillo, adornado con una pulsera, representaba otra cosa, eso se sabía, pero no se consideraba de esas mujeres. Solo la mantenía allí, porque sí, porque quería. Además, ya casi cumplía la mayoría de edad y podría hacer lo que se le pegara la regalada gana. En ese plan iba incluido su escape de casa. El gato ronroneó.

—Ay cariño, ¿Estás llenito? —le preguntó Sam a su linda y esponjosa mascota.

Meow.

—Bien, quédate aquí mi hermoso gatito pinto —aceptó la chica, acariciando la panza de éste. El gato se relajó, y optó por echarse en sus piernas delgadas.

Siguió con las caricias, ella estaba metida en su mundo. A no ser por el tono quisquilloso, irritante y disparejo de una llamada entrante, gimió molesta y tuvo que dejar a un lado al animalito, se fue caminando a otro lado de la casa, mientras ella se dirigía a su habitación una vez más. Al revisar el contacto, vio que era Lincoln.

Buenos días Sam Sharp. ¿Cómo amaneciste? —fue el primer mensaje del albino.

—Buenos días Loud, ¿Todo bien? ¿Todo correcto? —mencionó ella en la ocasión.

Sí, y yo que me alegro —explicó él—. ¿Cómo durmió la chica de mis sueños?

—Me imagino que bien Linc, yo dormí bien, aunque mi gatito me despertó poniéndome su cola en mi cara —dijo ella, omitiendo la verdadera palabra.

Hablaba de ti Sam Sharp —mencionaba Lincoln Loud con algo de pena—. En serio.

—Ahh, bueno, pues, estoy cansada, harta, hasta la chingada por esta mamá que tengo, creo que hice algo muy malo de niña y lo estoy pagando ahora mismo, estoy harta, harta harta harta harta —repetía Sam molesta, abrumada de tanto que había ocurrido, incluso una lágrima resbaló de su mejilla por la frustración.

Lo siento demasiado Sam, en serio, no quería molestarte con éstas cosas. Lo siento —Se disculpaba Lincoln.

—No es tu culpa amiguito. No tienes la culpa de que yo haya quedado en una familia de mierda —le dijo ella con cansancio—. ¿Qué puedes contarme amiguito?

Bueno, acabo de levantarme, y pensé que llamándote iba a hacerte el día, no fue lo mejor que se me puso ocurrir en este momento —hablaba Lincoln con algo de pesar en su voz. Se notaba apagada y muy cansada—. Y pues, allí, casual. Espero que resuelvas pronto esté horrendo problema Sam.

—Gracias Lincoln, haces que este infierno deje de arder por unos momentos con esto. En especial con tus llamadas y con lo atento que eres —daba ella su agradecimiento cordial. Era increíble lo que ambos podían hacer, hacían que un día de porquería cambiara a algo hermoso.

Teamo —susurró con suavidad el albino, de manera rápida y precipitada. Sin medir la consecuencia de tan estúpido acto.

—¿Qué dijiste Lincoln Loud? —preguntó Sam confundida.

Nada en serio Sam, nada —confirmó el Albo con algo de miedo.

—Bueno, pudo haber sido mi imaginación jugándome una broma muy mala, de por si, si lo dijiste tú y no lo aceptas, pues fue lindo, recalco, puedo estar mal de la cabeza con tanto estrés que tengo que manejar ésta semana entrante con lo de las notas y buscar un nuevo hogar. O por lo menos un lugar donde pueda trabajar para alquilar un apartamento de mala muerte donde al fin pueda descansar. Créeme Loud que esto de estar soportando a una alcohólica, rayando en prostituta y drogadicta no es una cosa bonita. Me da tanta vergüenza aceptar que necesito un abrazo... Ahora mismo.

De allí su voz se rompió. Se pudo escuchar al otro lado de la línea la voz femenina de Sam lloriqueando, aquel ardor y nudo en la garganta se incrementó en ambos, ¿La vida debía de ser tan desgraciada para pasarles esto? Ella apenas tenía 17 años y tenía que aguantar estas jodidas situaciones. Aunque amara mucho a su gato él no podía ayudarla.

Lincoln Loud solo tuvo que oír en la bocina del teléfono los incesantes suspiros y jadeos de Sam, era una tortura psicológica fuerte, hiriente, por completo indeseable, más por él que detestaba ver que la gente sufriera y ver que no podía ayudar, esa fría impotencia lo enojaba.

Sam, tranquila. Si quieres puedo ir a tu casa ahora mismo para que hablemos o que miremos qué hacer, no te conozco mucho pero quiero ayudarte, no me gusta verte o oírte sufrir —le decía Lincoln con una pesadez en su voz. También se le rompía la voz.

—No Linc, no te metas en algo en lo cual sabes que no puedes dar una solución, disculpa porque te lo diga así, pero es la verdad.

¿Quieres hablar mejor? —le proponía.

—Claro Linky. Tal vez eso me ayude a sentirme mejor.


Pasaron casi dos horas hablando, aunque se cortó por un rato largo para que el albino pudiera desayunar, claro, esos minutos fueron una eternidad para Sam y su destructiva desazón que le llenó la mente de pensamientos absurdos y casi irreales e infantiles. Estaba a un lado de su cuarto, y abrazaba sus piernas, hasta que sonó el teléfono una vez más. Contestó alegre.

—Llegaste —. Dijo Sam esperanzada.

Sí, ya comí algo, ¿Tú ya desayunaste Sam?

—Para nada Lincoln, estoy tan deprimida que hasta el hambre se me fue a la fregada —pasó su mano debajo del cachete para limpiar una lágrima que de forma involuntaria salió.

Ay no Sam, es malo eso. No me gustaría verte con una horrible gastritis o úlcera, créeme que esas enfermedades son muy dolorosas y varios me han comentado que tanto es el malestar que han dejado de comer muchas cosas las cuales nosotros comemos a diario —advertía el albino.

—Pito. Voy a estar bien Linky, en serio, te lo prometo —esquivó Sam la advertencia.

No puedo esperar demasiado Sam, iré a tu casa para que hablemos, ¿Okey?

—Bien, como digas albino loquito.

Bueno, te veo luego.

—Bye.